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“Porky” Aliaga se almuerza a Keiko

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Lidera el chiquero de la extrema derecha. De acuerdo a la última encuesta de Ipsos, Rafael López Aliaga gruñe desde el tercer lugar, pisándole los talones a “Autogol” Forsyth y “Pepe Le Pew” Lescano. Atrás quedó el romance entre Keiko y los plutócratas. “Porky” se ha convertido en la baza de la derecha y la extrema derecha. Y ha salido de la piara con la pata en alto.

A un mes de los comicios, la ola celeste levanta a varios candidatos. Su novedad y el billete desplegado en la estrategia de marketing lo mantienen en ascenso. López Aliaga ha sabido conectar con el hombre de a pie; le habla en su lenguaje, es pragmático y ha identificado los cucos de una parte del electorado: Odebretch, los comunistas, la corrupción, los monopolios. Ese fue el bolsón de Keiko; pero las acusaciones de corrupción en su contra, la herencia de la dictadura, el manejo avieso de sus congresistas, la contracampaña y el antivoto la han relegado. La derecha empresarial y la extrema derecha recalcitrante ya tienen ahora a su elegido: Keiko ha comenzado a perder piso.

Sin embargo, a pesar de la aparente novedad, López Aliaga no es un outsider, ni viene a refrescar la política. Proviene de la cantera de los viejos empresarios que se beneficiaron durante el fujimorato. Dice no pagar deudas porque no ha sido notificado y emprende una lucha contra la concentración empresarial: un oxímoron; su riqueza proviene de la práctica monopólica que ahora quiere combatir. López Aliaga ofrece promesas como quien regala caramelos. Sabe lo que la gente quiere escuchar, como buen populista.

Las últimas declaraciones, que lo posicionan —invariablemente— como el Bolsonaro peruano han sido la comidilla de gran parte del electorado. López Aliaga despliega así sus filias más secretas en un intento por monopolizar la atención pública: una estrategia que no lo desdora y  le viene muy bien a sus intereses de figuración política. Es caserito de los programas y en sus últimas apariciones se le ve ordenando y dirigiendo: su efervescencia electoral lo mantiene con la pata en alto.

Pero el fenómeno López Aliaga no se agota en derecha y extrema derecha; sus votos provienen también del gran electorado peruano que ve en él —erronamente— al empresario honesto y exitoso. El mismo lo dice: trabaja para el sector C y D. Este sector del electorado – cansado de tanta mecida de los políticos tradicionales – encuentra en él un pragmatismo cercano a su cosmovisión política. El pueblo ve en él una especie de Buda andino, con jama y billete para todos. López Aliaga lo sabe y lo aprovecha. En una sociedad con instituciones endebles no sería sorpresa que el país se convierta en una porqueriza.

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El infame nacimiento de los fujikaviares en el Perú

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El progresismo liberal ha parido una nueva variante: el fujikaviarismo. Su acta de nacimiento está rubricada en el bicentenario de nuestra república; los exhibe siendo capitaneados por el converso marqués Vargas Llosa y su hijo Alvarito, secundados por Pedro Cateriano y amadrinados —en los medios de prensa— por la inefable Rosa María Palacios. Los fujikaviares son los mismos que combatieron fervorosamente el legado fujimorista y que, ahora, se refugian bajo el catingoso kimono naranja, para no perder sus privilegios.

La conversión política de Mario Vargas Llosa ha sintetizado los anhelos de un sector de la ciudadanía —crecientemente mayoritario— que sigue en confusión, debido al ascenso de Pedro Castillo y Keiko Fujimori como próximos contendientes de la segunda vuelta, para elegir presidente en el Perú. Puesto que, ambos candidatos, proponen un conservadurismo social y un autoritarismo en temas de democracia, la elección del mal menor se ha vuelto más difícil que encontrar honradez en el régimen de Alberto Fujimori. A estos candidatos los diferencia la postura estatista del candidato del lápiz y la defensa del modelo, que propone la heredera de la dictadura. Pero desde ya, el legado autoritario que encarna y condona la candidata naranja bastaría para no asumir una postura favorable con su candidatura. Sin embargo, Vargas Losa ha hecho todo lo contrario: se ha avenido con el proyecto político de la china y le ha dado su aval, condicionando ciertos puntos para complacer a la tribuna.

El giro de Vargas Llosa en el Perú —similares actuaciones ya ha tenido, apoyando a Bolsonaro y Uribe— es la punta de lanza que esperaban los progresistas vergonzantes que detestan a Pedro Castillo, pero que a la vez sienten legítimo asco por la candidatura de Keiko Fujimori. En un rápido balance ellos ya tenían su mejor opción,  pero hacer público el endoso a la candidata naranja era motivo de vergüenza. Ahora Vargas Llosa los ha liberado de esos prejuicios y amparados en un amor irrestricto por su patria ya pueden anunciar su apoyo a la candidatura de Keiko Fujimori.

Keiko Fujimori y Pedro Cateriano.

No sería extraño que luego de este pacto infame, que hace nacer al fujikaviarismo en el Perú, veamos a los antiguos caviares sirviendo en las covachas fujimoristas y acomodando sus discursos para medrar del estado, si es que la china llega al poder. Y es que —en el fondo— sus ideas liberales no atacan a todas las dictaduras, sino específicamente a las dictaduras de izquierda. En los regímenes autoritarios de derecha sí se sienten arropados.

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Vargas Llosa se jodió

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Se convirtió en lo que, alguna vez, juró destruir. En su columna Piedra de Toque —publicada en el diario La Crónica de hoy, de México— el Nobel peruano entierra su trayectoria política: pide a los peruanos apoyar a Keiko Fujimori. Políticos, intelectuales y antifujimoristas entran en trompo, mientras la señora K agradece el apoyo y fujis celebran chinos de risa.

Le ganó el cuco del comunismo: Vargas Llosa toma postura apresurada —faltan dos meses para las elecciones de segunda vuelta— y apoya indefectiblemente a Keiko Fujimori. Sostiene que el fujimorismo es el mal menor, si Keiko se compromete con un esquema democrático. Reconocido escritor olvida, o no quiere recordar, que la señora K ya se comprometió, en las elecciones pasadas, a respetar una serie de puntos que hubieran viabilizado un horizonte democrático en el Perú. Pero la señora K nunca cumplió. El marqués tira por la borda todos los años de lucha por la democracia y el respeto por los derechos humanos. Desecha —sin piedad— sus vehementes críticas contra todo tipo de dictaduras: se propone avalar a la hija de un dictador, que reivindica el legado de su padre.

Lo de Vargas Llosa es, desde todo punto de vista, inconcebible. Fue el mismo Nobel peruano quien —con justicia—  ayudó a forjar una narrativa antifujimorista en el Perú, la cual fue fundamental para comprender el descalabro que generó la dictadura del chino, la llamada década de la antipolítica. Hoy, el mismo Vargas Llosa, pide a sus compatriotas que voten por Keiko Fujimori, la heredera favorita de la cepa fujimorista. Según sus argumentos, el ascenso de Pedro Castillo desestabilizaría al país y sería un mal mayor pues su régimen podría degenerar en una dictadura.

De este modo, nuestro premio nobel repite el papel de garante, esta vez con Keiko Fujimori. Es necesario recordar que el marqués nunca la ha chuntado como garante: todos sus defendidos han terminado en cana.

Parece quedar claro que Vargas Llosa condena las dictaduras, pero no todas las dictaduras: prefiere las dictaduras de derecha, antes que las de izquierda. El régimen dictatorial, del chino Fujimori, es avalado por su hija Keiko Fujimori, lo cual dice mucho de su noción de democracia, más allá del rostro acojudado y los llamados a la convivencia, que lanza la misma señora K.

En su testamento político, el marqués no se opone al indulto a Alberto Fujimori, lo cual indica, implícitamente, que condona la dictadura del chino. Por el contrario condena la posible dictadura de Castillo, que es plausible, si se escuchan las prédicas de sus titiriteros. Y por eso se tienen que ajustar todos los candados democráticos, pero no llamar al voto por la heredera de uno de los peores regímenes que asolaron nuestro país.

Vistas así las cosas —y hablando desde el plano político—  viene a la memoria la frase que el asesor Hernando de Soto dijo años atrás en el programa de Dennis Vargas Marín: “Vargas Llosa es un hijo de puta”.

Esto no implica, desde luego, menoscabar la brillante trayectoria del Nobel ni resta un ápice a la portentosa obra narrativa que el reconocido escritor le ha legado a generaciones de peruanos. Las obras de Vargas Llosa constituyen uno de los más grandes monumentos de nuestra literatura nacional y cualquier exabrupto del nobel deja intacto su legado literario.

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Magaly se enfrenta a Castillo y defiende programas basura: “Cuando se pone cultura nadie ve”

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Popular Urraca le pone la cruz al candidato de Perú Libre, por posible regulación de la prensa. Dice que la televisión basura es un concepto subjetivo y que Castillo desea imitar a Velasco controlando los medios de comunicación.

Magaly Medina saca su artillería. Preocupada por una posible regulación de los medios —si el candidato Pedro Castillo llega al poder— dedicó un espacio de su programa farandulero a criticar los planteamientos del profesor cajamarquino. Defendió la libertad de prensa diciendo que la gente es libre de elegir el contenido de su preferencia. Además le metió su chiquita al canal del Estado y dijo que nadie ve su programación porque es aburrida y no tiene creatividad. Cree que —de llegar Castillo al poder— toda la prensa será regulada como en la época de Velasco y el Estado impondrá una programación política y cultural en todos los medios: “El estatismo ha fracasado” puntualizó.

Como es de conocimiento público, el presidenciable Pedro Castillo se ha manifestado siempre en contra de los llamados programas basura, pues considera que embrutecen a la sociedad y sobre todo a los niños. Se debe precisar que no sólo su símbolo electoral: el lápiz; sino todo su ideario y el apoyo que ha cosechado en numerosos ámbitos del país proviene de su prédica en defensa del magisterio peruano. En los lugares más lejanos del país hay un niño, una escuela y un maestro. Y las promesas de Castillo  de refundar la nación —tomando como base el empoderamiento de los valores ciudadanos desde la escuela— han llegado al elector de a pie, tanto como los postulados sobre repartir la riqueza de un modo más equitativo con todos los peruanos.

Es de esperar que la popular Urraca no sea la única que salga a pechar a Pedro Castillo. En el Perú los llamados programas basura mueven ingentes cantidades de dinero y sostienen varios medios de prensa, por lo que el candidato del lápiz no la tendrá fácil, si sigue en sus trece, con la regulación de los medios. No se puede negar tampoco la gran sintonía que este tipo de programas tiene entre los ciudadanos. Y aunque han existido diversos intentos por retirar estos programas de la televisión —huelgas incluidas— todo ha sido infructuoso.

Castillo tendrá que sopesar sus discursos, de cara a una nueva estrategia electoral para la segunda vuelta. Pues no solamente tendrá la campaña de terruqueo en su contra, sino que deberá enfrentar la arremetida de los medios de comunicación —programas de farándula incluidos— que harán lo indecible por minar su candidatura.  Es cierto que, desde un punto de vista institucional, no es adecuado que exista un órgano censor que decida qué se ve y qué no se puede ver. Sin embargo, esto no debería ser una carta libre para que los programas basura minen y modelen las emociones y el razonamiento del pueblo peruano. Se necesita una línea educativa programática y mayor alcance del estado en contenido cultural, para que los ciudadanos mismos puedan evaluar el contenido televisivo y restringir, ellos mismos, la llamada televisión basura. Pero eso requiere un trabajo sostenido. Los programas chatarra se han instalado de raíz en el imaginario peruano y no sería improbable que —así como antes se marchó para retirar estos programas de televisión— algún grupo marche por el retorno de Magaly Medina a la televisión, de ser censurada.

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Pedro Castillo, el chicote que castiga a la derecha y a la izquierda progresista

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Mientras la izquierda progresista se preocupaba por cojudeces —como el lenguaje inclusivo— y la derecha empresarial dosificaba su veneno entre las tres cepas del fujimorismo; Pedro “Speedy” Castillo corría de rincón a rincón, conquistando desde abajo —a punta de anacronismo, ira y populismo— al elector mayoritario del país. No lo empelotó la gran concentración y lo basureó la izquierda barranquina. Hoy el desconcierto cunde en los limeños que confunden el Perú con La Planicie y en los intelectuales que siguen esperando el voto de Nueva Zelanda.

El Perú parió a Pedro Castillo dos veces. Su primer nacimiento se dio en el marco de la lucha por la educación, los intríngulis del enfoque de género y la pauperización del magisterio.  Su retorno se produce en un país desangrado por la pandemia, que día a día bate el record de tener la peor gestión sanitaria, con un pueblo que descree de su clase política y de la política en general. En un país que ha hecho de la indecisión una costumbre, el voto es una veleta y se entrega de acuerdo al humor del momento. El boca a boca y el rechazo prenden más que los planes de gobierno, que nadie lee porque nadie tiene tiempo de leer. Todos los candidatos remontaron —en su momento— la ola, pero el crecimiento incontenible del profesor cajamarquino se produjo días antes de los comicios. Y llegó a las elecciones en la cresta misma de su popularidad. Ya nadie lo podía desbarrancar.

El padre de Pedro Castillo es la derecha despiadada, que lucra con la miseria de los peruanos, robando oxígeno y engordando sus arcas con la pandemia. La madre de Pedro Castillo es la izquierda hipster, enfocada en cojudeces como el lenguaje inclusivo y asuntos no prioritarios como el matrimonio igualitario y el aborto. Ya la encuesta del IEP, realizada a fines del año pasado, trazaba el sentir y las filias del pueblo peruano ad portas del bicentenario. ¿Y qué quería el pueblo peruano? Mayor intervención del estado en la economía, autoritarismo y respeto por los valores culturales tradicionales. Es decir: autoritarismo de izquierda, una izquierda conservadora. Una lectura atenta y desprejuiciada de esa encuesta hubiera diseñado, en mejor medida, la estrategia electoral de los políticos que hoy siguen desconcertados con el ascenso de Castillo. Pero los políticos tradicionales tienen los ojos puestos en su ombligo, cuando no en su pincho o su chucha: ombliguismo, alpinchismo y quechuchismo son las divisas de nuestros padres y madres de la patria.

¿Y dónde estuvo, todo este tiempo, Pedro Castillo? Decir que el profesor cajamarquino representa una novedad es mentir; encumbrar a Castillo como un purista identificado con el pueblo es hablar a medias. Y es que el profesor chotano es un zorro viejo de la política profunda, un equilibrista de la política regional, esa política que la caviarada limeña mira sobre el hombro y que hoy le patea el culo. Sin embargo, su incursión en Perú Libre —debido a la indisposición para postular del líder Vladimir Cerrón— no fue nunca un proyecto veterano, sino un recurso de último momento, para que el partido no pierda la inscripción. Castillo no es un improvisado en política de base; pero su fórmula electorera y con la cual aspira a ponerse la banda presidencial es un sancochado, un ceviche cuajado de mala manera, un tocosh que se desparrama por los bordes de la olla. Castillo y su discurso rupturista sintetizan, simplemente, los anhelos de una gran parte de los peruanos contemporáneos. Tan simple, tan arcano y tan verídico como eso.

No es menos verdad que la “Caperucita” Mendoza sintetizó mayoritariamente, allá por el lejano 2016, los anhelos del peruano profundo. Y siguió aglutinando dicho caudal en estos últimos comicios. Pero el terruqueo de la derecha, el sabotaje de los medios de prensa, el desprecio de sus enemigos y el ombliguismo de sus fanáticos impidieron que ese proyecto se concrete a cabalidad. ¿Castillo le quitó votos a Mendoza? ¿O Mendoza le regaló los boletos del pase a segunda vuelta? La respuesta tiene varias aristas, pero la desconexión entre Mendoza y el peruano de a pie se hizo sentir. Sí, la extrema derecha la terruqueó; sí, fue ignorada por los medios y sí, el progresismo liberal de derechas se cebó en su candidatura a punta de chongo y joda; pero no se puede negar que fueron sus propios fanáticos los que sabotearon su campaña. Fue su propia gente la que profundizó el abismo que la separaba del peruano de a pie. Y además, hay que decirlo claramente: el apoyo de la intelligentsia nacional a Mendoza no le endosó votos en lo absoluto. Los intelectuales, los artistas, los escritores, los académicos y politólogos no leen correctamente al Perú. Su opinión no importa. No tienen capacidad de endose. No son. No pintan. Es más: casi nadie los conoce.

Fue la misma gente de Mendoza quienes destiñeron su caperuza. Y frente a Castillo, ella se vio como la derecha de la izquierda. Con un candidato al congreso que funge como la Paisana Jacinta en versión travesti, con una candidata salida de la prensa concentrada, que vacaciona en Miami y desprecia a las universidades misias, con una candidata que ya no es virgen en política y que, por eso mismo  —con las mañas de los viejos zorros— basurea a su caudal de electores. Y con fanáticos trenzados de heroísmo, déspotas y distantes, que despreciaban a quienes no veían la superioridad moral de su candidata. Fue la misma gente de Mendoza quienes le dejaron la tierra arada a Castillo. Porque Mendoza dejó de hablar del agro y pregonó el lenguaje inclusivo, porque Mendoza mostró como una medalla el apoyo de los economistas gringos y olvidó al votante del sur profundo. Como si el voto en el Perú se decidiera en Barranco, en los yunaites o en las europas. Se dirá: pero eso es caer en dicotomías, se pueden hacer ambas cosas. Se dirá que Mendoza era la promesa de llevar a cabo reformas en varias direcciones. Y no es, necesariamente, así.

El progresismo de izquierdas debe entender que sus teorías y propuestas no le interesan a la mayoría del pueblo peruano. Que el peruano de a pie ve sus prédicas como cojudeces. Si se parte de ese punto la estrategia podría cambiar y en lugar de salir con la pata en alto, a batutear a la ciudadanía, podrían tender puentes con el electorado. Pero no, su estrategia fue confrontar, imponer y censurar. Y ajustar su argolla de superioridad moral, claro está. El progresismo liberal de izquierdas le comió el corazón a Verónika Mendoza y la alejó del peruano profundo. Castillo cosechó las flores que se deslizaban por la cesta mendocista. Cuando las flores que caen no se recogen… como decía Heraud. Y Castillo recogió y recogió bien.

Hoy el progresismo liberal de izquierda dice que el Perú se perdió a Verónika Mendoza. Y sí, en parte es cierto. Pero no es menos que verdad que fue ese mismo progresismo quien la alejó del Perú. Y es que en plena pandemia ¿A quién carajo le importa el lenguaje inclusivo? ¿Qué le importa el matrimonio igualitario a un hombre del Perú profundo? ¿Acaso el campesino, que envía a su hijo al colegio, desea escuchar las prédicas del enfoque de género?

Un hombre pasa con un pan al hombro/¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?/Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo/¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?/Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano/¿Hablar luego de Sócrates al médico?/Un cojo pasa dando el brazo a un niño/¿Voy, después, a leer a André Bretón?/Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre/¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?/ Otro busca en el fango huesos, cáscaras/¿Cómo escribir, después del infinito?/Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza/¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?/Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente/¿Hablar, después, de cuarta dimensión?/Un banquero falsea su balance/¿Con qué cara llorar en el teatro?/Un paria duerme con el pie a la espalda/¿Hablar, después, a nadie de Picasso?/Alguien va en un entierro sollozando/¿Cómo luego ingresar a la Academia?/Alguien limpia un fusil en su cocina/¿Con qué valor hablar del más allá?/Alguien pasa contando con sus dedos/¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

Pero los progresistas liberales de izquierdas no leen a Vallejo, pues se masturban con Michael Foucault y ven los campos de Bordieu hasta en la sopa; leen a Judith Butler y siguen creyendo que Simone de Beauvoir dirigió alguna vez la Biblioteca Nacional.

Esto no es desmerecer los ideales progresistas, claro está. No se puede caer en el esquematismo de quienes se pasan a la otra acerca y creen que la tradición es canon o que el orden cultural debe seguir tal como está. Y que el machismo, el autoritarismo y el culto al caudillo son valores nacionales que se deben respetar. Pero no se puede intentar un cambio cultural con imposiciones, con censuras y considerando a todo aquel que disiente como un potencial enemigo. Los progresistas liberales —que han copado diversas instituciones del estado— han arado sus feudos en base a ideologías progresistas, con las que el pueblo nunca comulgó. De ahí las premiaciones del estado a cualquier cojudez que ostente el lenguaje inclusivo, de ahí el poco consenso a la hora de discutir el enfoque de género, de ahí el plato servido que le dejaron a la extrema derecha para que los moteje como defensores de ideologías divorciadas del pueblo. De ahí nace Porky y su ataque a los caviares. Y es que, debido al puritanismo y a la argolla del progresismo liberal, el candidato de apariencia porcina pudo blandir el cuco del progresismo como el mayor enemigo del país. Si el progresismo liberal se hubiera abierto en pleno diálogo, en lugar de encerrarse en argollas para esquilmar del estado, si hubiera escuchado los intereses de la ciudadanía; entonces Verónika Mendoza sería más. Pero el progresismo liberal jugaba sus propios intereses y eso solamente conduce a un Pedro Castillo, a una Keiko Fujimori, a un Rafael López Aliaga o Hernando De Soto.

Y Pedro Castillo es el cuco que la gran prensa ahora no quiere ver. Porque Castillo es el cuco que construyó la gran prensa concentrada, ocupada como estaba en terruquear a la “Caperucita” Mendoza. Castillo es el engendro de los periodistas que emplazaban a la caperuza con preguntas sobre Venezuela como si la Mendoza fuera contendiente de Maduro. Y fue esta misma prensa la que ayudó a diseñar un candidato que sí reivindica a Maduro, que sí quiere disolver el Tribunal Constitucional y sí está dispuesto a cerrar el parlamento, como en los mejores tiempos del chino. Porque el muñeco cobró vida propia y ahora mantiene en ascuas a los amos. Y es que detrás del muñeco está el peruano de a pie, invisible pero decisivo en disputas electorales.

Pero nada más lejos que intentar ahora un elogio a los pergaminos de Castillo. Pues Castillo será novedoso para los limeños apitucados, pero es un zorro viejo de la política nacional, con todas las taras y filias de los viejos políticos. Un político que no dudó en tranzar con el fujimorismo durante las protestas del magisterio, saliendo con la sonrisa amplia al costado del indescriptible Becerril. Un viejo zorro que ha transitado por diversas tiendas políticas y cuyas conexiones o infiltraciones, en su círculo, del ala “institucionallizada” del senderismo siembran más sombras que luces. Un viejo político que recurre a la ira y al populismo para catequizar a su electorado. Y el representante de la izquierda más anacrónica, más macha, más medieval; en suma, más peruana.

Y si Castillo es un viejo zorro de la política regional,  su propuesta electoral es una suma de improvisación y de anacronismo: Castillo cree que seguimos en la Guerra Fría. Y el más grande pergamino que se cuelga y que sus seguidores le cuelgan, es el de ser el representante de la izquierda más sufrida. Y que por ese hecho tiene el deber moral de conducir los destinos del país. Que entonces, el Perú debe ser su chacra y que toda desviación se castiga a punta de chicotazos. Porque él es campesino, porque él es rondero, porque él es maestro: porque es un peruano del Perú profundo. Y si la credencial más importante para regir los designios de nuestro país es ser un peruano sufrido, entonces que sea presidente Tongo.

Algunos progresistas liberales han comenzado un mea culpa diciendo que no vieron al elector de Castillo. Y los izquierdistas recalcitrantes ya comienzan a elogiar un andinismo esencialista. Como si ser cholo, pobre y misio le otorgara, ipso facto, las credenciales democráticas. Nos movemos rápidamente al otro extremo: pasamos de los que han hecho de lo gay y del feminismo algo sagrado, a los que hacen de lo cholo y del andinismo lo sacrosanto. Pero quienes recurren a esos ejercicios de culpa y de mala fe son los mismos que viven desconectados del pueblo, aquellos que, enclaustrados en cómodos pupitres, no conocen las peripecias del peruano. Su culpa les hace sacralizar al cholo, que conocen a través de Quijano, Nugent o Bruce. Su penitencia es divinizar al cholo, porque solamente lo reconocen por manuales. Pero quien conoce las dinámicas populares no sufre de ese tipo de neurosis y sabe que ser cholo, como ser gringo, como ser negro, como ser chino, no implica un heroísmo atávico. Quienes paternalizan lo cholo son los que se sienten lejos de las dinámicas cholas, su mala fe y su distancia les hace ser acríticos e hipócritas. Y entonces, cuando lo cholo es criticado, sacan el dedo acusador del ¡clasismo, clasismo! para disimular su desconocimiento de las dinámicas peruanas. Según ellos, lo cholo es una categoría sagrada. Es más fácil, entonces, decir que Castillo es un fascista de izquierdas, o un autoritario de izquierdas, que decir que el grueso del electorado que votó por Castillo tiene el germen y el combustible del pensamiento autoritario. Porque Castillo no se representa a él mismo, sino al peruano de a pie, aquél peruano sobre el que trabajó, a medias y en vano, el caviarismo y al que despreció la derecha durante tantos años.

Y ahora se tiene que elegir entre la hija de un mafioso dictador y un autoritario de sinuosa carrera política —y representante del esencialismo andinista— que tranzó con la bancada del mafioso dictador. Entre el plomo y el chicote; entre la coca y la hoja de coca; entre “la letra con sangre entra” y el “nosotros matamos menos”. Entre la yakuza y los herederos de Benel; entre la derecha autoritaria y la izquierda intransigente. Entre la china hipócrita, que se calza un chullo para verse como peruana y el cholo, que dice representar – solamente él – al verdadero peruano.

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Prensa y poder en el Perú

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Con honrosas excepciones, una de las cuales son diarios que ejercen con eficacia un periodismo independiente y objetivo, el panorama de la prensa nacional está signado por la manipulación de la información y la desinformación.

En el Perú, la mayoría de empresarios periodísticos utilizan su poder para dictaminar qué enfoque deben tener las informaciones, cuáles serán omitidas o manipuladas, qué campañas periodísticas hay que hacer para favorecer o desprestigiar a alguna persona o algún sector de la sociedad.

En mi reciente artículo “’Ciudadano Kane’: una metáfora de la prensa y el poder en el Perú”, sostuve que: “El personaje de la película [Citizen Kane, 1941], también usa su cadena de periódicos para influenciar en los electores de su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos. Lo vemos ahora en el Perú, donde grandes grupos que manejan periódicos y canales de radio, televisión e internet, colocan a sus candidatos preferidos e intentan hundir a los que no son de su entorno”.

Esta es una práctica muy presente en medios de comunicación, especialmente la prensa escrita en el Perú, ligada a la desinformación y la manipulación de la información, donde los empresarios deciden qué se publica y qué no se publica en un periódico, de acuerdo a sus intereses personales, olvidando inclusive que un medio de comunicación tiene el deber de informar con veracidad, objetividad e imparcialidad, y que su principal destinatario, el público (los lectores) tienen el derecho a leer noticias y opiniones veraces, trascendentes.

Aunque los medios de comunicación surgieron a partir del idealismo y del servicio social, de querer hacer las cosas bien, de luchar por el progreso de su comunidad, pero en el ascenso vertiginoso de la popularidad esta inicial pureza se va trastocando y evoluciona gradualmente en una implacable búsqueda de poder.

Por ejemplo, el grupo editorial más grande del Perú manejado por una familia, nace a fines del siglo XIX con el ideal de hacer un periodismo al servicio del país, ahora controla más de la mitad de los medios de comunicación, y entre ellos maneja periódicos de corte sensacionalista, que exaltan en sus primeras planas hechos delincuenciales o, en otros casos, dan cobertura excesiva a la vida privada y romances de farándula, ventilando los trapos sucios de ciertos personajes intrascendentes de la televisión. ¿A quién le importa esto?

En cuanto al llamado “derecho de la información”, la libertad de expresión y el derecho de expresión, no son sino caras de la misma moneda del “deber de informar”. Yo tengo el derecho de informar, pero antes tengo el deber de formarme en los rectos principios éticos y en aprender todas las técnicas que me permitan desempeñar bien mi deber, según lo ha explicado el Dr. José María Desantes Guanter y la Dra. Marisa Aguirre Nieto, estudiosos del Derecho de la Información.

En este contexto actual de crisis global, debemos señalar que el estado de la economía peruana representa una desventaja para el próximo gobierno electo, después de haber soportado el embate de una pandemia que hizo caer el PBI un 11,12% y que lanzó a dos millones de habitantes al desempleo en 2020.

La Conferencia Episcopal Peruana, literalmente “Conferencia de los Obispos del Perú” ante todo recuerdan que “en el último lustro, la democracia peruana ha sido seriamente afectada por haber tenido cuatro presidentes y dos congresos distintos”, lo que no ha permitido que el país “camine hacia el desarrollo integral” y la consolidación de su institucionalidad democrática, ni tampoco “hacer frente eficazmente a la pandemia que está causando mucho sufrimiento en nuestra población”.

A lo largo de los años el periodismo ha fluctuado entre el compromiso, la indiferencia y la parcialización respecto de los fenómenos sociales. En la actualidad hagamos de los medios de comunicación una herramienta ética para anunciar el Perú actual.

(*) Escritor, poeta, editor y sociólogo. Presidente del Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y director de Editorial Río Negro.

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La corrupción no quiere dejar el poder

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Durante el primer gobierno de Alan García en 1985, el Perú entró en un trance que le ha generado pesadillas, insomnios, gases y una intoxicación iniciada por el dólar MUC. Luego llegó el fujimorismo con el lema: “Honradez, tecnología y trabajo”, y nos jodimos casi todos. La dictadura generó un sistema de corrupción donde solo algunas familias de “buen apellido”, dueños de medios de comunicación y empresarios, acumularon inmensas riquezas a costa de la tragedia de un país.

Hoy, muchos de aquellos beneficiados se han lavado la cara, pero sobre sus hojas de vida ha quedado marcado su servicio al fujimorismo a cambio de montañas de dólares bien apilados sobre la mesita del SIN. Los jóvenes de hoy no los conocen porque esos personajes se han reciclado y cada vez que pueden se sacuden del fujimorismo y lo atacan para crear distancia del plato del cual se alimentaron.

Después de la caída de la dictadura de Alberto Fujimori, llegó Valentín Paniagua, y todos creímos que habíamos recuperado la “democracia”. Era el año 2001 y las nuevas elecciones pusieron como presidente a Alejandro Toledo. El gobierno toledista solo se dedicó a arar el terreno para las llamadas ONG’s y desde ese momento el Perú cayó en manos de una nueva dictadura. Hablo de la dictadura caviar, personajes que aprendieron a vivir sin trabajar. Zánganos que con el tiempo han creado movimientos políticos y han jugado en pared con vientres de alquiler, con una única finalidad de continuar viviendo sin trabajar. Una forma que se ha vuelto común para robarle al Estado.

De los cuatro presidentes mencionados hasta aquí, tres fueron elegidos por voto popular. Los tres: García, Fujimori y Toledo fueron denunciados por corrupción. De los tres, el primero se suicidó, el segundo sigue preso y el tercero, vive la vida loca en los Estados Unidos riéndose de la extradición y la justicia peruana, con los millones de dólares que le robó al Perú.

Sorprendentemente Alan García volvió a convertirse en presidente en el año 2006. En ese periodo la zona de confort de los caviares fue golpeada. Muchos de ellos quedaron fuera del poder, y se arroparon bajo el techo de sus llamadas ONG´s, pero con Ollanta Humala en el 2011, regresaron para quedarse. La corrupción no está en la derecha ni en la izquierda, mucho menos en los colores que las identifican. La corrupción está en la sangre de esos personajes que durante más de 30 años siguen dando vuelta como gallinazos sobre el poder. Todos los conocemos, son las mismas caras que salen en los diarios, los mismos rostros que aparecen en los televisores y los mismos candidatos que saltan como pulgas de partido en partido para instalarse a chupar la sangre del Estado, sangre que es el dinero generado por el sudor de los peruanos que sí trabajan y se fajan por su familia y por su país.

Los caviares son fáciles de detectar, les encanta la cháchara y al terminar la universidad levantan el teléfono para llamar al amigo, al tío o algún conocido para ingresar a desfalcar más al Estado. El caviar no ingresa a trabajar por sus capacidades, sino por la dedocracia. Todos hablan un mismo idioma y usan la pornomiseria como símbolo social.

Luego llegó el 2016 y a Palacio ingresó PPK, un nuevo inquilino que tomó el poder apoyado por la izquierda, los caviares y el voto antikeiko. El gobierno del presidente de lujo —bautizado así por los caviares— solo duró 20 meses. Una nueva denuncia de corrupción dinamitó su gobierno y PPK tuvo que renunciar.  El vicepresidente y exministro de Transporte que fue sacado del país por el escándalo del proyecto del Aeropuerto Chinchero, tuvo que regresar al Perú y dejar su puesto de embajador en Canadá, mientras en Lima los caviares salivaban y se frotaban las manos.

Hasta aquí, el destino no fue diferente para Ollanta Humala, PPK y Martín Vizcarra. Los tres cargan sobre sus hombros denuncias de corrupción, dos de ellos: Humala y PPK pisaron la cárcel y el tercero está muy cerca también de hacerlo. Mientras PPK sigue con arresto domiciliario, Humala y Vizcarra quieren seguir siendo parte del círculo vicioso y descaradamente son candidatos en estas elecciones, uno para la Presidencia y el otro para el Congreso.

Tras varios días agitados en el Congreso de la República, el expresidente Martín Vizcarra terminó vacado por incapacidad moral, el hedor de la corrupción otra vez sacó de Palacio al inquilino traidor. Esto llevó al expresidente del Congreso, Manuel Merino de Lama a convertirse en Presidente del Perú, tal como lo indica nuestra Constitución. Pero Merino solo duró cinco días como presidente. Aquí la dictadura caviar apareció en su mejor forma: vociferando “golpe de Estado”, se inventaron desaparecidos y convulsionaron las calles sin importarle la vida de miles de jóvenes. Los caviares no quisieron dejar el poder y no les importó que se derramara la sangre de dos jóvenes para mantenerse vigentes. ¿Y qué nos dejaron? Un remedo de presidente transitorio al cual hoy miran con gesto de asco y al que niegan hasta ponerse morados.

La dictadura nunca se acabó, solo mutó a algo más peligroso que ha llevado al Perú a convertirse en la vergüenza del mundo, siendo el país con el peor manejo de la pandemia. A pesar de todo, no tienen sangre en la cara, y hoy estos personajes que se siguen aprovechando del dinero del Estado te quieren decir por quién votar. Además, estos zánganos hoy salen a decir que la democracia está en peligro. Son unos sinvergüenzas. No seas inocente frente a sus discursos: piensa.

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Opinión

Encuestas truchas siguen confundiendo a los peruanos

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Se desató la guerra de los troles. Como hace veinte años, las encuestadoras, que se vendieron ante los poderes fácticos, siguen desubicando a los ciudadanos. Las portátiles de ayer son los troles de hoy, y están en su ambiente: los porkylovers siguen tirando mierda con ventilador; los verolovers serranean a los troles de Castillo, que se autoproclaman – con bombo – la izquierda más sufrida. Los morados intentar levantan el cuco de la catástrofe nuclear; mientras los sotolovers intentan maquillar las declaraciones de su jefe. Desde su guarida, la china ríe y ríe bien.

En el Perú nada cambia. Las mismas encuestadoras, de hace veinte años, marcan el ritmo electoral. Y hay quienes les creen. En tiempos de restricciones sociales, los troles arman su festín con los resultados truchos que se deslizan por las redes. Las encuestas, con su falaz manto de secretismo, proliferan oportunamente tratando de direccionar el voto del pueblo.

Desde todas las tiendas políticas, los troles usan y desechan los resultados de las encuestadoras, según les convenga. Están también los que —oportunamente— cambian el marco de su foto de Facebook para aconchabarse con la collera del candidato de turno: analistas, politólogos, constitucionalistas y opinólogos rastreros que luego reciben una patada.

Los porkylovers siguen con la táctica de disparar ignominia y soltar el cuco de un posible saboteo, si no gana su rey Porky; los verolovers, los mismos del todos y todas,  basurean y serranean a la izquierda pobre, que no es parte de su argolla. Los troles de Castillo se emocionan con su inflada en las preferencias del electorado y juegan la carta de ser los más anacrónicos, los más peruanos. Los morados ya despintaron hace tiempo, pero todavía creen que tienen el derecho de batutear a la población.

Mientras tanto los fujis esperan serenos y calmados jugando la carta del estadista. Y el grueso del electorado que ya no cree en los candidatos, que ya no cree en los partidos políticos, que ya no cree en este sistema demuestra cuál es su preferencia en las encuestas: no sabe, no opina. Y es que con esta democracia, con estos candidatos, con este sistema de partidos el voto es simplemente una anuencia para que, otra vez, venga un cojudo a mecernos cinco años más.

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Opinión

Génesis 1:1,2: “Y en el principio, Hernando de Soto creó los cielos y la tierra”

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Le ganó el egocentrismo. En el debate de ayer, uno de los candidatos más esperados era el economista Hernando de Soto; sin embargo, su alocución dejó un enorme sinsabor: no llegó a completar sus propuestas, manejó mal el timing y ocupó gran parte del tiempo hablando de sí mismo. Un poco más y dice que él fundó el Perú.

Hernando de Soto ha experimentado una subida en las últimas encuestas; desde los últimos días es posicionado como uno de los candidatos que pasaría a la segunda vuelta. Este economista octogenario, que ha asesorado a distintos gobiernos y organismos internacionales, es percibido por un sector de la población como alguien serio y capaz de reflotar la alicaída economía en tiempos de pandemia. Por eso, su alocución en el debate, generaba gran expectativa entre sus electores y los indecisos. Sin embargo, el candidato del trencito se quedó a medio camino: no pudo concretar sus planteamientos y se trenzó en una absurda competencia con el candidato Humala, que estaba a gran distancia suya, según los sondeos.

La abrupta salida de José Vega del debate, le dejó la cancha libre a De Soto para exponer sus propuestas sin cortapisas, pero tampoco eso pudo aprovechar: debatió contra él mismo y perdió. Se enfrascó en dar vueltas en torno a sí mismo, a lo que había hecho y a los “grandes beneficios” que sus teorías trajeron a nuestro país. De Soto, según De Soto, había participado en todos los momentos álgidos que vivió el Perú y en cada oportunidad había sido el salvador. Y por si eso no fuera poco citó, en una confusa intervención, a Abimael Guzmán, dando a entender que el cabecilla terrorista lo reconocía como su enemigo. La impresión que dejó es la de un político que perdió el tiempo ufanándose de sus logros (existentes e inexistentes) y no la de un estadista que propone soluciones concretas para el país. Su intervención en el debate fue una caricatura en toda forma.

Dice, el economista De Soto, que él no conoce las minucias del país; sino los términos macro. No sabe cuánto cuesta el pan, no conoce las incertidumbres de los ciudadanos, no sabe cuánto cuesta un pasaje y confunde la ONPE con la ONP. Su conocimiento del hombre popular se ha quedado estancado en la década de los 80s, en los tiempos del IDL, cuando invitaba al Perú a Friedrich Von Hayek y fantaseaba diciendo que detrás de cada ambulante se escondía un capitalista en ciernes.

Se ufana De Soto, diciendo que es un gerente en lo macroeconómico: si él había creado tanta riqueza y había solucionado todas y cada una de las peripecias por las que pasó nuestro país ¿Por qué la economía se encuentra en estas condiciones? ¿Dónde estuvo De Soto en los últimos veinte años? De Soto le habló al pueblo desde las alturas y casi se proclama el fundador de estos lares, pero entró en la espiral del ridículo: el pueblo no lo entendió. Al parecer el único que lo tiene en un nivel etéreo es el excéntrico Chibolín: es su hermano superior.

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