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Opinión

Un Leviatán en Palacio de Gobierno

Lee la columna de Ricardo Terrones.

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Fuerzas oscuras han asaltado y tomado el poder del Ejecutivo. Un ¡Leviatán!  se ha levantado desde la profundidades más tenebrosas y putrefactas.  Hoy, la presidente en Palacio es una mujer sin escrúpulos, con el corazón lleno de ambición, y en las calles de todo el Perú se le conoce como Dina la usurpadora.

Nuestro país vive una dolorosa etapa de una dictadura cívico militar, una nueva crisis política en su historia republicana. Sabemos todo lo que viene sucediendo por las explosivas imágenes gracias a la prensa alternativa e internacional, imágenes que muestran funestos abusos y genocidio planificado, bajo las órdenes de un macabro personaje llamado el “sanguinario” Otárola.

El Premier junto a sus huestes conformado por neoliberales y fascistas; son los vasallos serviles del poder oligárquico conformado por empresas como Telefónica, Alicorp, Grupo Gloria, Backus, Confiep, Grupo Romero, Frecuencia Latina, ATV, canal 4, Grupo El Comercio, La República, entre otros. Son ellos los que se han beneficiado de millones de dólares, mientras que el pueblo durante décadas sufre el abandono de sus autoridades.

Nos quieren gobernar sometiéndonos a balazos, nos quieren silenciar a punta de gases, pero ante el despertar de la razón, los pueblos del perú profundo han abrazado sus derechos constitucionales y universales y se han autoconvocado a la insurgencia como lo señala el artículo 46 de la Constitución. Es así que la oligarquía ve peligrar sus intereses oscuros de poder económico ante el grito de renuncia y el pedido de nuevas elecciones para este 2023.

Pero el Leviatán en la actualidad tiene el apoyo del Tribunal Constitucional, Poder Judicial, Fiscalía de la Nación, Defensoría del Pueblo, Fuerzas Armadas y de los medios de comunicación del capitalismo neoliberal. Esto es un desbalance brutal, la OEA, la ONU, el Papa, las instituciones de Derechos Humanos y la comunidad internacional se han pronunciado por la barbarie de este régimen totalitario, que ha asesinado a más de 60 manifestantes.

El Leviatán habla de paz, de diálogo, de entendimiento, de comprensión, invita al pueblo ir a su palacete efímero que se cae a pedazos para engatusar y manipular al pueblo. Es así que, bajo sus funestas tinieblas nos observan con miradas de psicópatas. Ellos son un grupo minúsculo de limeños que se mofan llamando indio, cholo y vándalos a los manifestantes; discriminan y señalan de terroristas a miles de peruanos que protestan legítimamente.

Ante la indiferencia y la falta de sensibilidad humana de un grupo de hermanos peruanos, rechazamos la violencia, la discriminación, el terruqueo, el atentado contra la propiedad pública y el cierre de carreteras. Debemos cultivar una esperanza humanista de paz y unirnos por un mejor país.

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Ricardo Terrones colaborador de la revista Lima Gris. Especialista en arte contemporáneo y gestión cultural.

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Opinión

Dirigiendo el barco del Poder Legislativo

Lee la columna Abrahám Vera

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Por: Abrahám Vera

Capitanear un barco carcomido por la gusanera que devora las centenarias cuadernas de una nave en plena tormenta, no es cosa fácil. Y más cuando la tripulación no viene precedida de las mejores referencias, en medio de una borrasca en la que se van a pique la mayoría de embarcaciones que están alrededor. Sin embargo, Alejandro Soto, el capitán de turno del Congreso de la República, parece haberlo logrado, ad portas de arribar a  buen puerto en la travesía política  de un año que acaba en julio.

Soto llegó al cargo precedido de buenas credenciales: Hasta junio de 2023, se registraba su participación en 426 proyectos de ley y resoluciones legislativas, habiendo sido vocero de la bancada de APP.

No obstante ello, apenas asumió la Presidencia, tuvo que hacer frente a la arremetida de algunos medios de comunicación, acostumbrados a no dejar títere con cabeza en este aquelarre político en el que estamos inmersos desde hace años.

Recordemos, además, que ninguno de los que lo presidió en el cargo llegó a consolidar su liderazgo y establecer el principio de autoridad necesario para gobernar a esta suerte de medusa, cuya cabellera la representan esos 130 congresistas que se articulan con autonomía y sin estar sujetos a mandato imperativo desde sus curules en el Parlamento, cada uno con una agenda política propia.

En estos casi nueve meses de gestión, Alejandro Soto ha logrado encaminar al Parlamento, uniendo a los 130 parlamentarios hacia objetivos comunes y posibles, fortaleciendo la institucionalidad del Legislativo, evitando enfrentamientos innecesarios con el Ejecutivo, haciendo respetar su fuero y la sede congresal, todo lo cual se evidencia en la más importante reforma constitucional de los últimos treinta años (la bicameralidad), además de cien leyes promulgadas con criterio descentralista, encaminadas a fortalecer la labor del Estado en sectores como Salud, Educación, Transportes, etc.

El respaldo ciudadano se evidencia, por ejemplo, en la aprobación al retiro de hasta 4 UIT de los fondos de las AFPs que, con criterio salomónico, logra un justo medio entre las pretensiones maximalistas de algunos parlamentarios (que proponían un retiro total de los fondos), y las minimalistas de las AFPs (que propugnaban el archivamiento de esa propuesta).

Mención aparte merece su silenciosa labor apoyando a sectores sindicales, fungiendo de mediador en la sombra y posibilitando reuniones con el Ejecutivo a fin de lograr acuerdos y evitar mayor turbulencia social en el país.

Lamentablemente, el haber logrado mantener a flote y con rumbo cierto a la bicentenaria carabela del Congreso en medio de esta tormenta perfecta que es la política peruana, es el tipo de proezas que los peruanos no solemos reconocer en su debido momento, pecando de una consuetudinaria mezquindad política que nos aqueja desde los inicios de la República.

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Opinión

Eielson 100 años

Lee la columna de Julio Barco

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Ser artista es jugar, jugar, jugar escribió Jorge Eduardo Eielson en uno de sus poemas más sentidos; y tal vez, en clave poética, trazó aquella misión de toda su vida: transformar la realidad en posibilidad; crear escenarios donde el juego, en su estado más salvaje, se manifieste.

Hoy, 13 de abril, se cumplen 100 años desde su nacimiento y es interesante analizar cómo se impuso su verbo en nuestra cultura, en la opinión de muchos entendidos y en el suministro de adrenalina de lectores que simplemente se topan con versos como: Ser artista (…) Es desafiar a la razón/A la época/A la muerte.

Así, entramos a ese mundo ceñido por obras como La noche oscura del cuerpo, donde repasa a la poesía del Siglo de Oro; o, a sus primeros poemarios (Reinos), donde trabaja la poesía de largo aliento, en diferentes recursos estéticos. Sin embargo, su búsqueda lo llevará a experimentar diversas texturas. Y probar con lenguajes como los nudos o el color. En sociedades fenicias, el poeta reserva en su fuero interno un cierto clima de ternura, la humanidad última, con su furor y su miseria.

Es Eielson uno de los poetas más tiernos y (siguiendo la senda ya trazada por Vallejo y luego continuada por Juan Gonzalo Rose) enciende su voz con un decir en gárgara, en la boca del sentimiento, de frente, de perfil, como arrojando más vísceras que mente, más corazón que cerebro. Eielson intuye que no hay salida en el lenguaje: después de expresar la palabra, queda ese gran vacío. Entonces, desde Italia, pone manos a la obra con los nudos, luego monta instalaciones.

Años después, vuelve al Perú con un performance: una mujer disfrazada con mantas, con la idea de representar a una ola. Cuerpo de agua que anda y se expande por la capital. También sabemos que quiso, como último deseo, que sus restos se arrojen en la luna. Nunca sucedió. Sin embargo, sus restos, (es decir, su arte, su sentimiento) sí que llegaron la luna y el corazón de miles de lectores. Que estos cien años de nacimiento sirvan para recuperar la dimensión más concreta y humana de nuestro poeta.

(Columna publicada en Diario UNO)

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Opinión

La histórica melcocha

Lee la columna de Hélard Fuentes Pastor

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Por: Hélard Fuentes Pastor

— ¿Qué sucede si el dulce o la miel adquieren el punto de fusión?

— Pues surge con la dureza de una piedra, la melcocha.

Un diccionario cubano de 1885, nos dice que este producto tan particular en la gastronomía internacional latinoamericana tiene forma de hilos y está hecha con harina, miel y especias de diferente tipo. La referencia la leí de José Miguel Macías y, parecidas, las he visto en mi país. Algunas formando hileras, otras más sólidas como una especie de lámina gruesa y dúctil de caramelo. Esas son las famosas melcochas de azúcar, preparadas con chancaca y maní, a las que usualmente los vendedores le añaden pedazos de coco para darle un buen sabor, tal cual ha documentado un compendio de cocina peruana de 1921, cuyo autor es nada más y nada menos que un limeño mazamorrero.

Este producto solía enriquecer a las tradiciones, sobre todo las procesiones y puede ser el antecedente directo de otros dulces que se exhiben en algunas fiestas: durante el recorrido de estaciones de Semana Santa, en el Corpus Christi o en el Señor de los Milagros, porque la noche es el mejor momento para su degustación. Pero, no siempre fue un caramelo nocturno, pues según destaca el escritor Abelardo Gamarra en un cuento de 1905, a las 3:00 de la tarde pasaba por las calles limeñas el melcochero, costumbre que ha sido reseñada en las tradiciones de Ricardo Palma, en el contexto de la Independencia. 

Es decir, el dulce es tan antiguo que nos remite a la época colonial en el Perú, por ejemplo, una publicación del Mercurio Peruano de 1792 referida a los pueblos peruanos, advierte que los montes de Vilcabamba se ven rebanados a tajadas como las melcochas. El símil permite inferir la popularidad del caramelo de raíz hispana. Asimismo, no fue ajeno a la literatura y al teatro, ya que en la tragedia de José Joaquín de Larriva, titulada: “La ridiculez andando” de 1813, en el tercer acto, durante la descripción de un personaje apellidado López, se dice que realiza unos movimientos con la cabeza como si su “pescuezo fuera de melcocha” (Manuel de Odriozola, 1864).

Hay una vinculación inherente entre los dulces y los niños, pero puede que haya sido consumida por las mujeres de otrora, tal cual se desprende de un apunte de Enrique Carrillo cuando describe a la limeña tradicional. Él, sostiene que, a escondidas, en su habitación, las damas comían dulces como la melcocha que en ocasiones mandaba de la encomendería (Festival de Lima IV, antología, 1959); incluso, hasta los años 50, aparece en las reuniones familiares o de señoras que, además, compartían frutas en almíbar, humitas o refrescos, etcétera.

Hacia mediados del siglo XX, la melcocha ya era muy popular entre los niños, tal cual se desprende del caso criminalístico “El Monstruo de Armendáriz” en Lima, precisamente, en una versión donde se sostiene que el vagabundo Jorge Villanueva, sentenciado a muerte por asesinar a un niño, logró convencer al menor de que lo acompañe comprando dos paquetes de melcocha (años más tarde se demostró la inocencia del acusado). De igual forma, también en un cuento de Estuardo Núñez, recrea a una chiquita, a una niña, comiendo este producto. 

La melcocha es un producto que interactuó con los imaginarios de la niñez hasta entrado el siglo XXI, aunque con menor fuerza ante la infinidad de productos en el mercado; no en vano en el almanaque de Tacna del 2001, se comenta que este dulce envuelto en nylon y celofan, ya no solía prepararse con maní, nueces y “abrigos de naranja”. Con esos aires nostálgicos nos recuerda que las vendedoras lo llevaban en canastos y los niños lo guardaban en su maletín escolar.

De la melcocha, también devienen otros términos como “amelcochar”, que en nuestro país, en Colombia, Uruguay, México, Puerto Rico, Cuba, significa “dar un dulce el punto espeso de la melcocha” (Augusto Malaret, 1947); por eso no nos extraña de que algunos autores como Pilar García Mouton y Álex Grijelmo consideren que al “alfeñique” —otro dulce— también se llame melcocha, quizás por estar estirada en barras delgadas y retorcidas. Eso quiere decir que las melcochas pueden ser de diferente forma y que la diferencia con el alfeñique, por lo menos en Perú, es que las vendedoras del alfeñique amasan el dulce y lo van estirando con la finalidad de que no se endurezca. La melcocha, no. Es tiesa y a medida que pasa el tiempo, se vuelve más rígida.

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Opinión

La muerte de Luis Banchero Rossi

Lee la columna de Raúl Villavicencio

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Por Raúl Villavicencio

¿Quién mató al hombre más poderoso del país? Han pasado más de 50 años y la muerte de Luis Banchero Rossi continúa sin esclarecerse del todo. La historia oficial cuenta que el hijo de su jardinero, Juan Vilca Carranza, un sujeto que media metro y medio y pesaba no más de 50 kilos pudo someter al empresario de un metro ochenta, 42 años, y elogiable condición física, en su residencia de Chaclacayo, el 1 de enero de 1979.

El entonces hombre más rico del Perú fue a recibir el Año Nuevo junto a su secretaria Eugenia Sessarego, la cual muchos apuntan que habría sido una de sus tantas conquistas, pues el otrora magnate natural de Tacna era también conocido como un seductor empedernido.

Aquella noche del primer día de 1979, Juan Vilca, de apenas 20 años de edad, utilizó una pistola Luger alemana para reducir a Banchero y a su secretaria, acuchillándolo y golpeándolo posteriormente en reiteradas oportunidades. Sin embargo, durante la reconstrucción del asesinato se reveló que el exitoso hombre de negocios fue atado luego de haber perdido la vida, contradiciendo las declaraciones de Vilca y de su secretaria, que pasó de víctima a investigada. Por si eso fuera poco, la necropsia también arrojó que el multimillonario fue asesinado a golpes con una manopla de hierro, y que estos habrían sido propinados por más de una persona.

Años después, la justicia peruana condenó a Vilca a 20 años de prisión, y la ex secretaria de Banchero recibió 5 años de condena efectiva.

Otra teoría más plausible fue la que involucra a Klaus Barbie, un ex oficial de la Gestapo Nazi, quien se cambió de nombre a Klaus Altmann para no ser ubicado por la justica francesa, y que tenía la intención de refugiarse en Bolivia.

Enterado de su verdadera identidad, Banchero Rossi le mandó una carta al cazador de nazis Serge Klarsfeld para que dé con la captura de tan oscuro criminal, según lo contado por el historiador Nelson Manrique en su libro ‘Quién mató a Luis Banchero Rossi’.

Es así como Altman/Barbie habría dado con el paradero de Banchero, asesinándolo el primer día de 1979 para luego convencer a Juan Vilca que se declare culpable del asesinato que conmocionó a todo un país.

(Columna publicada en Diario UNO)

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Yana-Wara, de Tito y Óscar Catacora (2023)

Lee la columna de Mario Castro Cobos

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Mirando Yana-Wara, me sentí en una película japonesa —no peruana— o, para ser más justo y exacto, estaba viendo una película aymara (aymara de la Nación Aymara, no solo hablada en aymara). —Insistiré en este punto: conozco mejor la cinematografía japonesa que la aymara—. Sintomático, ¿no?

La etiqueta ‘cine peruano’ es problemática; colonialista, ciega, injusta, empobrecedora: soy peruano (sí, y de paso bastantes otras cosas). Admiré (por momentos, casi sin reservas) una película que tenía que ver poco con mi mundo, que no alcanzaba a entender bien por momentos; y quizás lo más interesante era eso.  

Al ver Yana-Wara vino a mí Kurosawa, por una cierta atmósfera, y una fibra tan dramática; extrañé la lluvia en Rashomon, casi cósmica —no la más tenue y modesta de Yana-Wara—. Recordé, también, conforme avanzaba, alguna película china filmada en zonas rurales. De las que muestran campesinos humildes apachurrados por la fuerza ciega del destino. Cambia destino por estructuras sociales injustas, cruelmente patriarcales y la cosa se entiende mejor. 

La riqueza visual de Yana-Wara y su sabiduría cinematográfica son evidentes, su asimilación de mucho del mejor cine (no necesariamente peruano) es irrefutable; se trata de una de las mejores películas que se han hecho por aquí. Estoy ante un clásico instantáneo, que sintetiza y concentra y supera muchos intentos anteriores y que clarifica el camino a seguir. Nos ayuda a todos.

Relaciono Yana-Wara, junto al terror y misterio japonés, espiritual o temáticamente, con dos películas también japonesas de anime difícilmente olvidables: Belladonna of sadness, de Eiichi Yamamoto (1973) y Midori: la niña de las camelias (1992), de Hiroshi Harada. Dos películas poderosamente traumatizantes, donde si nada puede salir mal es porque todo puede salir peor (al muy joven personaje femenino principal).

Ante más de una de las escenas del juicio, tanto en actuaciones como diálogos, uno no puede evitar sonreír. A la vez, uno imagina, por algún plano visto, que los directores han mirado con atención La pasión de Juana de Arco, de Dreyer.

Cuando la triste y trágica historia llega al límite o lo traspasa y entra en lo kitsch y lo ridículo, entonces se juega la carta del efecto especial terrorífico o fantástico. Y ahí uno también sonríe, esta vez no por la ingenuidad, sino por la inteligencia en el juego con los elementos de la composición.

(Columna publicada en Diario UNO)

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Opinión

Arnulfo Ramos Bustos: la historia de un maestro

Lee la columna de Carlos Rivera

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Decía el gran historiador peruano Jorge Basadre: “La historia es un proceso motivado por fuerzas humanas al que hay que  entender  a través  de términos puramente  humanos. Ella no debe ocuparse sino de la verdad de nuestros semejantes en su calidad de seres que vivieron, a lo largo y ancho del tiempo que nos interesa. El deber de un historiador está en hallar, dentro de lo posible y sin desconocer la verdad de que otros han  de superarlo  inevitablemente más tarde, por lo menos  alguna  de las complejidades  en la conducta ,el pensamiento, la sensibilidad  y las de la existencia humana a través de las distintas etapas  del acontecer  y dentro  de los marcos  específicos  de su  interés profesional”.

Estas palabras del maestro Basadre me sirven como preludio del  homenaje íntimo al Dr. Arnulfo Ramos Bustos  como  mi maestro personal, amigo de toda una vida, y gran forjador de hombres  que   requerían una guía, un camino y  un ejemplo a seguir. Debe ser que por  bendición divina  (a pesar de mi agnosticismo) o del destino, que conocí a una figura intelectual y  de elevada  talla   cultural  que supo arropar en su regazo de sabiduría a un muchachito inquieto e inmaduro de 14 años curioseando los  senderos de la literatura y de sus  desordenadas lecturas.

Con él aprendí a  admirar a Luis Alberto Sánchez, conocer la valía política de Haya de La Torre, La proezas de estudios del Perú que emprendió Basadre, la importancia de Raúl Porras Barrenechea o aquellas maravillosas digresiones de la literatura española de comienzos de la Guerra Civil que tan bien conocía. 

Fueron cada una de las conversaciones  personales  eternas cátedras personalizadas de conocimiento, reflexión y sabiduría por cómo hacerme de  un estilo como manejar las temáticas como  ser crítico, y a pesar de las diferencias ideológicas eso no era óbice para que me siguiera enseñando y yo siguiera aprendiendo.

Como no recordar los libros que me compartió para que mi aprendizaje fuera  mas  diáfano, cuando  me  hizo leer a Atoine Alabalat , gran estilista francés, o cuando me compartió   y quedé  maravillado por aquella  hermosa biografía  acerca del gran  de José  Enrique Rodó hecha a punto de  pinceladas  por otro gran compatriota suyo, Víctor Pérez Petite.

Él, fue testigo de mis primeras escaramuzas literarias, de mis poemitas de adolescente, de mis primeros artículos periodísticos y  de cada proyecto que emprendía, Aprendí que la vida es un proceso con sus vaivenes  malos y buenos, con sus olas de tristezas y fracasos, pero me alentó a nunca perder a bitácora del destino,  a sortear esos sinsabores  y seguir caminando   con mis sueños.

Cuando recibí la noticia de su muerte   en abril del 2017 de súbito, como un golpe helado al pecho, queriendo devorarme la tristeza quise gritar este dolor que se contenía en la garganta por la partida de mi noble maestro.  No comprendía  la incertidumbre del designio final al cual todos llegaremos. Aparecieron en mi memoria esos años junto a él, esas tazas de café y con decenas de galletas platicando hasta que se ocultara el sol y yo me despedía de su biblioteca contando los días para regresar y beber de su sapiencia.

Volviendo al maestro Basadre, y la cita que  empieza el  escrito, entrelazo  este encuentro imaginario de estas dos enseñanzas basadrianas: lo humano y la verdad. Conceptos que el Dr., Arnulfo Ramos Bustos siempre   hizo suyos y  además  entrego su obra y disciplina, su tesón y coraje por la historia por el  bien de la comunidad y del país. Supo iluminar a  personas como el que esto escribe, que  necesitaron de su guía  para poder caminar y  no perderse en los laberintos de lo pusilánime y de  la cobardía.

DATOS:

Arnulfo Ramos Bustos (1922-2017). Exalumno del Glorioso del Colegio Nacional Independencia Americana, promoción 1939, estudió en la Facultad de Educación de la Universidad Nacional de San Agustín y también Derecho en la misma universidad. Fundador del emblemático Colegio Gran Unidad Escolar de Mariano Melgar. Fue Jefe del Departamento de Ciencias Históricas Sociales y Decano de la Facultad de Ciencias Histórico – Arqueológicos de la Universidad Católica de Santa María. Como Docente Principal publicó diversas obras de Historia del Perú: Épocas Pre Inca, Descubrimiento y Virreinato del Perú y la Historia de la Universidad Católica Santa María.25 años después. De la génesis auroral hacia excelencia en el siglo XXI (Fondo Editorial de la Universidad Católica de Santa María,2009).

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Poesía en desgracia

Lee la columna de Márlet Ríos

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Por Márlet Ríos

Muy lamentable la situación del poeta y ensayista Percy Vílchez Vela en Iquitos. Vílchez, autor de varios libros y uno de los fundadores del grupo literario Urcututu, se encuentra en tal estado de abandono que puede pasar por cualquier mendigo callejero.

Hace unos años, el poeta piurano Armando Arteaga me contaba que algunos escritores provincianos debían vender sus libros para poder comer. Sin trabajo regular y acceso a la seguridad social, estaban a merced de la inclemencia de la realidad peruana y los imponderables.

En Lima, el poeta Guillermo Gutiérrez la pasa muy mal. Es uno de los fundadores del grupo Kloaka en 1982; desde hace varios meses, clama por cualquier ayuda voluntaria.

El poeta y periodista Gustavo Armijos, editor de la mítica revista La tortuga ecuestre, pasó los últimos años de su vida muy enfermo y viviendo en un hospicio. Algo parecido le ocurrió al extraordinario Francisco Bendezú, dos veces ganador del Premio Nacional de Poesía (en 1957 y en 1966), fallecido en enero de 2004.

¿El destino, caprichoso e indolente, se ha ensañado con los poetas peruanos? ¿A muchos les espera la suerte de Vallejo y Eguren?

Mientras tanto, nuestros representantes en el Congreso y en los gobiernos locales y regionales siguen disfrutando sus jugosas gollerías y prebendas ad libitum. En plena recesión económica y con los salarios congelados, el Ejecutivo acaba de aprobar un crédito suplementario de más de 50 millones de soles para gastos corrientes. Ciertamente, esta generosa medida no es gratuita. Deducimos cuál es la intención.

Hoy en día, la poesía peruana –sobre todo la reciente– está subsumida en lo pretencioso y lo pueril. Los cambios culturales y las nuevas tecnologías de la información y comunicación están redefiniendo el rol del escritor y han impactado profundamente en los poetas jóvenes. Algo está claro: sin el pensamiento crítico todo está perdido.

A pesar de la indolencia y la frivolidad imperantes, hay entre nosotros poetas emblemáticos como Juan Cristóbal, Feliciano Mejía, Leoncio Bueno, Rossella Di Paolo, Elvira Castro de Quiroz, Luis La Hoz, etc. Pertenecen a generaciones anteriores y a épocas en las que de las escuelas y de las universidades egresaban personas cultas, letradas. Sus bienes culturales han enriquecido nuestras vidas, de sempiternos lectores y amantes de la poesía. En un país donde los representantes, de todos los colores políticos, lucran impunemente y abjuran del bien común, un poeta peruano caído en desgracia es un indicador más de la desestructuración y la deshumanización de nuestra sociedad.

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El caballero de Dios, de Carlos Trujillo

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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Siempre ha sido difícil abordar el tema divino desde la literatura, salvo algunos libros ejemplares y señeros y hasta arqueo-históricos como Los Cantares del Rey Salomón, el Bhagavad-gita o el mismo Popol Vuh. Pero en Literatura se arriesga a encontrar frenos, gibas o corcovas por el tipo de lector. Salvo que el ejercicio narrativo por su belleza en sí nos coloque un escalón más arriba de las posiciones de creencias religiosas, atavíos hermenéuticos o los cinco pies del gato. Y este Caballero de Dios, de Carlos Trujillo da el salto cualitativo y nos pone en un lugar de expectativa.

Este Caballero nos ofrece un mundo de ángeles y demonios, de luchas milenarias, bíblicas y hasta arquetípicas o apocalípticas donde se pronostica el derrumbe del fallen ángel, con ejércitos de atacantes y salvados, incluso planteados en números (¡los 144 mil siempre serán los escogidos?). Y cómo la fe y la obediencia se convierten en herramientas de liberación y de bendición. Por otro lado, están las narrativas más humanas, aquí los conflictos suceden entre la libertad, la alegría, el desamor o el destino.

 Así el libro arranca con El visionario. Nuestro personaje está viajando, conociendo lugares ignotos o personalidades egregias y siempre soñando, pero, sobre todo, leyendo que es como se alcanza todo esto en un abrevadero literario. Todo sucede porque está escrito o todo escrito es ya una realidad y/o se puede vivir una vida alternativa: la vida del lector. Al igual que en El caballero de medianoche en que otra vez es el sueño confundido con la realidad. El mundo onírico se ve traspasado por la realidad o viceversa.

En Las criaturas del bosque es un niño de seis años que vence sus propios miedos o quizás los miedos de un entorno deslumbrante con criaturas fantásticas salidas de un cuento de hadas. Y la aventura de dar el salto decisivo: “Así que una noche me animo a ir con ellas y vivo una infinidad de aventuras mágicas increíbles”.

En Amor de hermanos es el doble rostro de Jano, la alegría y la tristeza, dos hermanos como las dos caras de una moneda y, curiosamente, el hermano feliz fallece en un accidente de tránsito y le deja esa moraleja: “Sonríe, hermano, que la vida es corta y es para vivirla. Sé feliz, ríete de la vida”. Algo que cambiará definitivamente el devenir del supérstite. Como una especie de doppelgänger irregular o la doble cara asimétrica de Jano. Y por compensación o ausencia, la enseñanza permanece y se perenniza en el hermano vivo.

En Verdadera Libertad se conjugan todas las luchas del ser humano donde la más valiosa y la más sublime es la libertad y que por ella se puede perder la vida, ya que no tiene precio y es inconmensurable. Una vida sin libertad no es vida, algo que, por diversas razones, y ciertos vasos comunicantes nos llevarán al último cuento de este libro, lar de poesía y política en conflicto con su tiempo.

La batalla final narra el apocalipsis. Aquí las fuerzas prístinas batallaran contra su contradicción. La lucha del bien y del mal que podría ser también si se quiere (y el autor lo quiere así) la lucha de Dios contra el diablo, algo que nos hace recordar los textos del controvertido Giovanni Papini, desde sus historias sobre Jesucristo hasta El Diábolo.

En el Extraño, un exconvicto de la SS alemán buscará refugio en la ciudad de Huarmey, pero el destino le tendría separado un final de película. Y no sería forzado si esta narración corta nos trae al Sartre de El Muro. La historia de Ramón Gris, el líder anarquista, ya estaba zanjada quizás desde un principio como la de Joseph Dussan, el líder nazi que no podría eludir a la historia ni a sus propios crímenes.

La iluminación narra los avatares de Josué por consagrarse a Dios quien al final le otorgará la vida para que siga haciendo la voluntad divina en la Tierra. Y quizás estos textos bien narrados por Trujillo sean su fuerte por varias razones que él mismo podría explicar perfectamente y porque casi siempre nos deja su mensaje ecuménico. No obstante, el autor sabe sopesar su fe y devoción para entregarnos historias puramente humanas.

El ogro y la niña es un bello cuento que nos trae de recuerdo el cuento de Oscar Wilde “El Gigante egoísta”. Nada más que aquí en vez de un niño divino, se trata de una niña que logra doblegar el corazón duro de un ogro y lo sublima. Curiosamente en el caso de Wilde, sí se trata del niño Dios, el que al final gracias a haberle prestado su jardín para jugar lo lleva el paraíso para disfrutar y ser feliz en la eternidad.

Ocaso en Paris es el itinerario de John, un enamorado de Paris que lo llevará a una muerte absurda, una muerte que se venía venir casi como una catarsis o un cumplido mientras disfrazado de mimo comía un croissant y se atora y muere entre aplausos por una supuesta actuación que había sido su vida entera y francofílica: “John siempre estuvo enamorado de Francia. De niño, soñaba ir a Paris y hacerse un gran artista. Incluso hablaba un poco de francés. Enamorado de la voz de Edit Piaf, la pintura de Renoir, el cine de Godard, anhelaba visitar los lugares que frecuentaban sus ídolos”.

El caballero de Dios nos muestra a un personaje obstinado en ser un “caballero” tiene que pasar diversas pruebas hasta que comprende que ese oficio no es cosa fácil y va a demandar de él algo más que cumplir o simplemente pelear. “En esta vida se lucha por amor al prójimo. Yo lo hice todo por amor y amo mi creación”.

 El mayor tesoro nos muestra a Fortunato, un joven millonario que sale a pasear con su auto de lujo y su chofer. No estaba feliz hasta que se encuentra con un grupo de niños haraposos que en su total estado de abandono y precariedad eran felices. Una niña le regala un caramelo y Fortunato siente que algo cambia en su interior y se ofrece a ayudarles. Este texto muy bien podría independizarse y convertirse en un texto sobre la felicidad. Un tema en el que no muchos se ponen de acuerdo. Sobre todo, en tiempos de neoliberalismo draconiano donde ser feliz es el equivalente a acumular ganancias, carros, casas, propiedades y lujos.

La revelación de Edgar nos muestra a un suicida que por falta de amor quiere acabar con su vida. En ese momento se revela una presencia prístina y celestial que le dice que no lo haga y con un amor infinito lo lleva a presenciar diversos actos y momentos bíblicos. Una especie de revelación y lo único que queda es creer ciegamente. Aunque el final no es precisamente lo que uno piensa o supone. O en todo caso, lo que una persona de creencias y fe ciega sí lo podría aceptar.

La muerte de la poesía es quizás la historia más real y concreta del libro porque narra los últimos días del poeta Jovaldo, seudónimo de José Valdivia Domínguez, en el penal de la isla del Frontón en lo que fue conocido como La Matanza de los penales, orden dada por Alan García y ejecutada por la Marina en la que participó el almirante Giampietri y, según testigos, también Del Castillo. Texto que nos lleva directamente al 18 y 19 de junio de 1986 y los más de 300 presos masacrados con un tiro en la nuca. Aquí el autor no dice “la muerte del poeta”, sino que en una especie de inmanencia concreta y categórica apunta: La muerte de la poesía, o sea, el fin del logos y de la creatio. Y para eso, nos adentra en lo que pensaba Jovaldo en esos días, cuáles eran sus búsquedas, su sino en la poesía lírica, su emblema social y sus poemas que lo llevaron a la cárcel. En ese yo interno también se narra la emboscada que venían preparando los reclusos y la idea de la fuga por el mar (pero recordó que no sabía nadar) y luego el final que todos conocemos, pero que pocos imaginan en su verdadera dimensión y dolor. Por eso y por más, esta muerte de la poesía es el final del libro y aún cuando el autor ya habló entre líneas, nos deja el mensaje de que si uno es El Caballero de Dios nunca morirá. Como los poetas verdaderos y de hierro fundido que quedan libres y eternos en cada uno de sus textos.

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