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Opinión

Magaly se enfrenta a Castillo y defiende programas basura: “Cuando se pone cultura nadie ve”

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Popular Urraca le pone la cruz al candidato de Perú Libre, por posible regulación de la prensa. Dice que la televisión basura es un concepto subjetivo y que Castillo desea imitar a Velasco controlando los medios de comunicación.

Magaly Medina saca su artillería. Preocupada por una posible regulación de los medios —si el candidato Pedro Castillo llega al poder— dedicó un espacio de su programa farandulero a criticar los planteamientos del profesor cajamarquino. Defendió la libertad de prensa diciendo que la gente es libre de elegir el contenido de su preferencia. Además le metió su chiquita al canal del Estado y dijo que nadie ve su programación porque es aburrida y no tiene creatividad. Cree que —de llegar Castillo al poder— toda la prensa será regulada como en la época de Velasco y el Estado impondrá una programación política y cultural en todos los medios: “El estatismo ha fracasado” puntualizó.

Como es de conocimiento público, el presidenciable Pedro Castillo se ha manifestado siempre en contra de los llamados programas basura, pues considera que embrutecen a la sociedad y sobre todo a los niños. Se debe precisar que no sólo su símbolo electoral: el lápiz; sino todo su ideario y el apoyo que ha cosechado en numerosos ámbitos del país proviene de su prédica en defensa del magisterio peruano. En los lugares más lejanos del país hay un niño, una escuela y un maestro. Y las promesas de Castillo  de refundar la nación —tomando como base el empoderamiento de los valores ciudadanos desde la escuela— han llegado al elector de a pie, tanto como los postulados sobre repartir la riqueza de un modo más equitativo con todos los peruanos.

Es de esperar que la popular Urraca no sea la única que salga a pechar a Pedro Castillo. En el Perú los llamados programas basura mueven ingentes cantidades de dinero y sostienen varios medios de prensa, por lo que el candidato del lápiz no la tendrá fácil, si sigue en sus trece, con la regulación de los medios. No se puede negar tampoco la gran sintonía que este tipo de programas tiene entre los ciudadanos. Y aunque han existido diversos intentos por retirar estos programas de la televisión —huelgas incluidas— todo ha sido infructuoso.

Castillo tendrá que sopesar sus discursos, de cara a una nueva estrategia electoral para la segunda vuelta. Pues no solamente tendrá la campaña de terruqueo en su contra, sino que deberá enfrentar la arremetida de los medios de comunicación —programas de farándula incluidos— que harán lo indecible por minar su candidatura.  Es cierto que, desde un punto de vista institucional, no es adecuado que exista un órgano censor que decida qué se ve y qué no se puede ver. Sin embargo, esto no debería ser una carta libre para que los programas basura minen y modelen las emociones y el razonamiento del pueblo peruano. Se necesita una línea educativa programática y mayor alcance del estado en contenido cultural, para que los ciudadanos mismos puedan evaluar el contenido televisivo y restringir, ellos mismos, la llamada televisión basura. Pero eso requiere un trabajo sostenido. Los programas chatarra se han instalado de raíz en el imaginario peruano y no sería improbable que —así como antes se marchó para retirar estos programas de televisión— algún grupo marche por el retorno de Magaly Medina a la televisión, de ser censurada.

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¡Combatir el terrorismo mediático sut’ita rimay!

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Urge en la sociedad que las voces ciudadanas se manifiesten en contra de la infodemia, un mal que a raíz de la cuarentena por el virus #covid-19, la Organización Mundial de la Salud (OMS) catalogó como la crisis de la #desinformación.

Esta crisis ha logrado que millones de ciudadanos en diferentes partes del mundo sean afectados de manera considerable, en muchos casos llegando a la pobreza, enfrentamiento y hasta la muerte.
El claro ejemplo está en las redes sociales y el internet donde prolifera distintas noticias falsas o fake news, pero esto no solamente afecta a los ciudadanos en temas de salud sino también daña a la sociedad con enfrentamientos sociales.

En nuestro país la campaña electoral se vio bombardeada por la desinformación, sin embargo un caso extraño fue que la mayoría de éstas no fueron generadas por grupos de trolls en internet sino por los mismos medios de comunicación que tienen más posicionamiento en el mercado.

Lo que hemos visto en esta lid electoral ha sido una cruenta y descarnada arremetida de las empresas de comunicación que utilizan el periodismo como herramienta para infundir terror en la población.
La gran polarización fue generada sin justificación por las grandes empresas periodísticas y no sólo a través de las redes sociales, el internet, WhatsApp y los avisos publicitarios, sino que en regresión al decenio fujimorista de los 90′, utilizan los canales de televisión en señal abierta y el 80% de los diarios de circulación nacional, para arremeter con desinformación escandalosa amarillista que agudiza aún más el ágora popular.

A esta crisis del periodismo se suma el despido de comunicadores de algunos programas televisivos por el simple hecho de no claudicar su ética profesional, que les impide parcializarse por uno u otra posición política.

Estos comunicadores que fueron expectorados de estos medios de comunicación, por no sumarse a esta campaña de terror, fueron respaldados por la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), el Colegio de Periodistas del Perú (CPP), la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y la Federación Peruana de Periodismo (FPP).

Sin embargo aún existe una gran brecha entre qué deberían hacer las instituciones para detener la abusiva difusión masiva de desinformación en los medios de comunicación que tienen más llegada a la población.

Al respecto el Consejo de la Prensa Peruana (CPP) refiere de que estas instituciones sólo pueden observar las infracciones que suceden a la Ley de Prensa de Perú promulgada en1993, más no hacer una denuncia. Asegura que el Ministerio de Transporte y Comunicaciones (MTC) es el encargado de sancionar sobre la infracción y a través de ellos se ejerce multas mayores a una UIT (Unidad Impositiva Tributaria) contra la empresa que cometa esta en infracción.

Pero ¿quién es el encargado entonces de denunciar el mal ejercicio del periodismo en los medios de comunicación? La respuesta recae en la sociedad civil.

Para que se pueda sancionar a estos medios de comunicación que no cumplen las normativas de ley, se necesita una institución más comprometida con el periodismo que con los periodistas. Ésta debe llamar a la ciudadanía a denunciar ante el MTC, y ésta debe sancionar y exhortar a que estas empresas cumplan con la ley en beneficio de la sociedad.

La sociedad civil deberá ser la encargada de vigilar las acciones de los medios de comunicación escrito, televisivo, radial e internet.

Al respecto las instituciones que defienden el periodismo deberían apostar por invertir en tecnología e inteligencia artificial para ayudar a los periodistas que realizan Fact-checking a que cumplan con la labor de combatir la desinformación.

En países de Europa, Asia, Indonesia y Estados Unidos la inteligencia artificial se viene utilizando de manera considerable para el desarrollo de tecnologías que ayuden a combatir la desinformación.
En nuestro país ya existen plataformas dedicadas al análisis de la información emitida por los medios de comunicación, esto se hace a través del Fact-checking. Inclusive están en construcción aplicaciones digitales que utilizan machine-learning e inteligencia artificial para combatir la desinformación con algoritmos de búsqueda y retroalimentación.

En el Perú, ante la falta de credibilidad de los periodistas que dirigen y son rostros de los medios de comunicación que emiten desinformación y terrorismo mediático las 24 horas del día, queda en la sociedad civil la responsabilidad de denunciar estos hechos. Sut’ita rimay, frase en idioma quechua que traducido al español es “decir la verdad”, resulta fundamental no solo para ayudar a nuestra sociedad sino también al periodismo.

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Yo voté por usted, señora “K”

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Me prometió, sosteniendo una biblia, que iba a respetar las reglas de juego, que a partir de ese momento iba a obedecer la constitución, que iba a hacer todo lo posible para que todos los peruanos podamos vivir en armonía, haciendo hincapié en que las diferencias se iban a tomar en cuenta; que lo del pasado ya quedó atrás, que ya no era la misma de antes, que esa lágrima al final de su discurso se quedó atrapada en su ojo, por eso nunca salió. Por eso voté por usted.

Yo fui convencido a votar aquel domingo de junio en que usted había sido tocada por un ángel cuando estuvo en cautiverio aquellos días aciagos en el penal de mujeres, que las palabras del Señor salían de tu boca como verdad absoluta; que con usted todo iba a estar mejor.

Sin embargo, al día siguiente de los resultados electorales otro fue su semblante. Ya no se le veía alegre y amable, ya no sostenía una rama de olivo ni las palomas se posaban en su regazo; usted había cambiado su discurso y me costaba mucho creer en la mujer de hace unos días atrás, vistiendo la camiseta de la selección y repitiendo constantemente el nombre del creador durante sus mítines: Dios, Dios, Dios…

Ya no se le veía sonriente, ya no se le veía serena ni acompañada de sus familiares; ahora la veo rodeada de un ejército de abogados, uno tras otro declarando “fraude, fraude, y más fraude” a cada momento del día, como si usted me quisiera convencer en su discurso para que mi mente se quede la palabra fraude en vez de la de Dios. No creo que usted esté jugando nuevamente con mi subconsciente. No la creo capaz, usted me prometió que había cambiado.

Usted me miró fijamente a los ojos y me dijo que el enemigo era otro, que la lucha era contra la futura dictadura que se quería instaurar, pero cada vez que veo los medios hay un coro que repite su inocencia y santidad. No me advirtió que la dictadura ya usted la estaba instaurando. Usted me hizo creer que era la enviada por el creador. Yo llegué a creerle y oraba todos los días por el amor infinito que irradiaba.

Le di mi confianza, a pesar de que siempre había jurado que jamás iba a votar por usted, por todo el daño que le había hecho a mi país. Me creí el cuento de que estaba defendiendo la democracia, pero no veo que usted la respete. No puede ser que su juramento realizado en la ciudad blanca, que se suponía iba a durar para toda la vida, se rompa así de fácil cuando los resultados le son adversos.

Está quedando como una mala perdedora y me avergüenzo de haber votado por usted, de haberle confiado el destino de mi país a alguien que no me demuestra que quiera crear vínculos de unión entre todos los peruanos, que cada día que pasa usted puede ser capaz de desaparecer de la faz de la tierra ese pequeño país rojiblanco para que nadie más lo tenga.

Rojiblanco. Curiosa combinación de colores ¿no? Rojo y blanco. Pero usted solo quiso quedarse con el blanco y desaparecer el otro. Haciéndonos creer que el otro era el malo, y que solo lo “blanco” es bueno. Pues se equivoca, señora “K”. Pienso que ambos son necesarios para conformar un solo país, dividido últimamente por la torpeza de su discurso.

Yo voté por usted, pero ya no lo volveré a hacer si es que al final se tengan que repetir de nuevo las elecciones; ya fue suficiente. Y la próxima vez que se vuelva a poner la camiseta fíjese bien que hay una enorme franja roja que la atraviesa, y acuérdese de no volverla a invisibilizar.

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¿Será Castillo el nuevo Humala?

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Escribe: Carlos Vargas

Keiko Fujimori, la hija corrupta del dictador más corrupto del Perú, ha sido derrotada por tercera vez en una segunda vuelta presidencial. Los dirigentes reformistas celebran su derrota y anuncian que con Pedro Castillo y Perú Libre se abre una era de cambios progresivos y hasta revolucionarios. Sin embargo, ¿no nos dijeron lo mismo cuando Humala le ganó a Keiko el 2011, o cuando el mismo Alberto Fujimori le ganó la elección a Vargas Llosa en 1990?

En 1990, Fujimori era el candidato emergente, sin pasado político que ofrecía defender los intereses del pueblo frente a un intelectual acomodado de ultraderecha. Por esta razón, los dirigentes sindicales y reformistas de entonces, reunidos en Izquierda Unida, llamaron a votar por Fujimori, en algunos casos “críticamente”, como “mal menor”. El resultado de este error, o mejor dicho de este crimen, es conocido por todos.

En una entrevista realizada en 1991, el fenecido Javier Diez Canseco reconocía que: “Nosotros no nos dimos cuenta que Fujimori simplemente cambiaría de bando y conseguiría el apoyo de las fuerzas militares e imperialistas”. Dos décadas después, tampoco se dieron cuenta que Humala terminaría masacrando Cajamarca, privatizando más la salud, e impulsando una reforma laboral que no fue derrotada por los dirigentes que lo llamaron a votar, sino por los jóvenes no sindicalizados más explotados de Lima, autoorganizados en Zonas.

Diez años después alguien podría pensar que esta gente logró aprender algo de sus “errores” más recientes e históricos y, sin embargo, no importa cuantas veces se equivoquen y se vuelvan a equivocar, no importa cuantas veces reconozcan su “error” y prometan enmendarlo, una y otra vez llamarán a votar por el “mal menor” nacionalista o hasta liberal que candidatee, porque para esta gente “fuera de las elecciones todo es ilusión”.

Llamaron a votar por Humala el 2011 y luego negaron haberlo hecho, hoy llamaron a votar por Castillo, es decir, por el nuevo Humala. Y la excusa es la misma de siempre: “había que derrotar a los golpistas de la CONFIEP”. Sin embargo, nos preguntamos ¿acaso los golpes se crean o destruyen en las urnas? Ciertamente el partido nazi participó de las elecciones parlamentarias de 1930 pero en estas solo obtuvo la tercera parte de los votos y esto le bastó para tomar el poder tres años después. Keiko ha obtenido el 49.823%, ¿no debería solo este hecho hacer sonar la alarma de los defensores “marxistas” de la “democracia” en términos generales?

Nada de eso. Los “marxistas” en términos generales celebraron inmediatamente el triunfo de Castillo esperando que los golpistas acepten su derrota democrática. Sin embargo, los golpistas del fujimorismo mostraron ese coraje propio de dirigentes políticos que sí defienden los intereses de su clase. Keiko denuncia fraude y lo está haciendo de la forma más burda posible lo que debería generar más pánico aún porque confirma que su vía al Poder Ejecutivo no es o no será legal. Lo que en realidad se está preparando son medidas de fuerza, medidas que necesitan tener respaldo popular pero no necesariamente del 51%. ¿Esta amenaza de golpe militar fujimorista justifica entonces el apoyo político al ex toledista Pedro Castillo?

En primer lugar, debemos recordar que Keiko ha obtenido el apoyo de la pequeña burguesía pobre de la ciudad aislando a los obreros y a los campesinos pobres combativos, como resultado del apoyo de los reformistas al falso socialismo venezolano y a liberales corruptos como PPK o Vizcarra, a quien defendieron de la vacancia participando de una “revolución” que tuvo el apoyo de la mayoría de limeños[i], sí, de la misma mayoría que luego le daría su voto a Keiko Fujimori.

La burguesía nativa bolivariana de Perú Libre, esa que ha obtenido millonarios contratos inmobiliarios con el gobierno regional de Junín, no representa los intereses de los obreros que explota ni de los campesinos que desprecia. No, nuestra burguesía no es ni patriótica ni democrática como creían los maoístas de Sendero Luminoso. No, el ex aprista Guillermo Bermejo no es nuestro Robespierre. El tiempo de las revoluciones democrático-burguesas ya pasó hace rato.

Ahora toda la economía mundial se encuentra bajo el dominio del capital. Ahora le toca el turno a la revolución socialista, a la revolución permanente que teorizó y dirigió León Trotsky en Rusia y extendió a todos los países atrasados. En América Latina la revolución permanente busca abrirse paso en Chile, en Colombia. Es hora que las masas peruanas se sumen a esta lucha continental y mundial por su liberación[ii].


[i] https://zonaobrera.wordpress.com/2020/11/18/revolucion-anti-corrupcion-o-movilizacion-anti-vacancia/

[ii] https://zonaobrera.wordpress.com/2021/06/15/ni-fujimorismo-ni-chavismo-luchemos-por-el-verdadero-socialismo/

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La incorrección política del neo – fujimorismo

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Manifestantes usando polos con frases estampadas. Colectivos portando carteles y pancartas. Frases: muerte al comunismo. Carteles: Pedro Castillo aplastado por una bota. Pancartas: un sombrero cajamarquino tachado como símbolo de peligro. Jóvenes con antorchas recreando el ritual del Klu Klux Klan.  Tuits de influencers que piden no hacer turismo en Cusco ni mandar frazadas a Puno. Comunicados que exigen macartismo para los artistas antifujimoristas. Chats filtrados donde se anhela la desaparición de todos los serranos de mierda que votaron por Castillo. Keiko y sus adláteres cantan el himno nacional. Keiko y sus adláteres estiran las manos. Keiko y sus adláteres haciendo el saludo romano. ¿Cómo se llama la obra?

La marcha, “por la libertad y la democracia”, sacó a la palestra una variada simbología de corte fascista que fue trasmitida, sin empacho, por la prensa concentrada. Algunos desavisados dicen que fue una marcha democrática, que se está tergiversando su “espontaneidad” y que no hubo manifestación de tipo racista o fascista. No es cierto.

Para comprender el fenómeno, en su complejidad histórica, se puede desandar el camino y llegar hasta los tiempos de Sánchez Cerro, la Unión Revolucionaria y las camisas negras. Sin embargo, este neo fascismo criollo (desperdigado en grupúsculos que no han tenido mayor trascendencia durante los últimos años) catalizó en la candidatura de Rafael López Aliaga.

El popular “Porky” —venido de los escombros de Solidaridad Nacional y heredero de las privatizaciones fujimoristas— se convirtió en el outsider político, apelando a la incorrección política y  al populismo, con un estilo Trump – Bolsonaro.

Su estrategia de campaña se manifestó en diversos niveles —fue un menú a la carta— de acuerdo al elector. Con los grupos empresariales se mostró calculadamente agresivo; con los sectores populares utilizó un lenguaje procaz y ramplón; con los jóvenes se valió de la incorrección política. Se apoyó en grupos conservadores, en sectores del empresariado, en reservistas, escuadristas, influencers y otros círculos de diverso cuño. Y emprendió una guerra contra la prensa “mermelera”, el enfoque de género, los comunistas, Odebretch. Los resultados son conocidos: no llegó a la segunda vuelta, hizo berrinche y declaró, durante varios días, que le robaron la elección.

Pero su acto más incendiario sucedió después de las elecciones de primera vuelta: cuando pidió la muerte de Cerrón y Castillo, en un espacio público. Semanas atrás, había realizado una parafernalia con un grupo de reservistas, donde le entregaron una bandera, mientras recreaba rituales de corte “patriótico”. Con todas esas credenciales reforzó en sus adeptos conductas desaforadas. Aunque perdió las elecciones, sus caballitos de batalla (lucha contra el comunismo y lucha contra la prensa “mermelera”) quedaron intactos. Al declarar su apoyo a Keiko Fujimori, le traspasó también sus caballitos ganadores.

El caballito de “lucha contra la prensa mermelera” no fue utilizado por Keiko Fuimori, pues ella no necesitaba luchar contra la prensa —sino dirigirla— tal como lo hizo. El caballito de “lucha contra el comunismo” —por el contrario— robusteció a Keiko Fujimori, en la segunda vuelta. Aprovechó la improvisación de Castillo y el ideario radical de Cerrón, para liderar su “lucha contra el comunismo” lo que le evitaría al país, ser como Venezuela.

Se posicionó como la única defensora de la democracia y la libertad, se quitó el polo naranja y se adueñó simbólicamente de la camiseta nacional: desde entonces, Keiko es la encarnación de la patria. Para sostener esta narrativa se valió de diversos mecanismos.

Con el núcleo duro del fujimorismo mostró su dureza y reivindicó el gobierno de su padre; con los sectores religiosos se valió de un discurso pro – religión y anticomunismo; con los jóvenes utilizó la incorrección política de los influencersporkystas” y con el pueblo magnificó una campaña del terror, amenazando con el cuco del comunismo, que llamaría a la puerta si no votaban por ella.

La recreación neo – fascista del último sábado es parte de esta estrategia. Sus orígenes históricos remiten a la Unión Revolucionaria, a la Italia de Mussolini, al Klu Klux Klan. Sus orígenes recientes provienen del caballito de batalla anticomunista, que Porky legó a Keiko Fujimori. Manifestaciones del mismo estilo se han exhibido, años atrás, en algunos estados de U.S.A., en España, etc. En Perú no eran evidentes, hasta el viernes.

No se puede negar el trasfondo de desprecio racial, colonialista y clasista, que son la base de estas representaciones de fascismo criollo; pero se debe atender otro punto crítico, aparejado a esta mecánica: la incorrección política juvenil.

Y es que el caballito de batalla que Keiko heredó de “Porky”: “la lucha contra el comunismo”, tuvo gran llegada en diversos sectores juveniles, que ya estaban cansados de todo lo que para ellos significaba el comunismo: el lenguaje inclusivo, la superioridad moral, el progresismo, el rechazo del machismo, la dignificación de lo gay. En suma: la izquierda heroica, censora y puritana.

Desde la masificación de las redes y el internet —en casi todos los estratos sociales limeños— existen diversas páginas, grupos de troles e influencers que juegan con una narrativa chauvinista, anticomunista, antiprogre, anticaviar. Conectan con sus seguidores gracias al uso de un lenguaje procaz, vulgar, destemplado: un estilo que engancha rápidamente en diversos sectores juveniles. Se adhieren al pensamiento libertario, al discurso de ultraderecha. Sus ídolos son Milo Yiannopoulos, Javier Milei, etc. Tienen redes, foros, grupos y canales de YouTube. Y hay también páginas públicas, de corte abiertamente fascista, que reivindican todo lo relacionado a esta ideología.

Pero esta variante criolla se inspira en un fenómeno creciente a nivel mundial: el rechazo ultraderechista contra “la influencia globalizadora”, el progresismo y  la izquierda. Sus armas, en gran medida, son la ironía, el sarcasmo y todo lo que sea políticamente incorrecto.

Si antes —en los 60s, en Norteamérica, por ejemplo— la izquierda tuvo a la incorrección política y a la ironía como armas; hoy toda esta dinámica ha pasado al uso de la ultraderecha. Con tales armas en ristre no es difícil conseguir el fervor juvenil, como se puede imaginar. Esto es consecuencia del giro progresista hacia un puritanismo censor  y sagrarista: se dejó una puerta abierta para que la ultraderecha se haga con todas esas herramientas, que tanto éxito le reportan hoy en día. 

Lo que sucedió en el evento del sábado fue, sencillamente, la visibilización de estos grupos, que pululan por diversos espacios, canales de youtube y foros de Internet.

La versión criolla de esta ultraderecha es un Frankestein, que ha tomado forma apresuradamente. La exaltación patriótica se materializa con las camisetas nacionales y las banderas; el enemigo particular toma cuerpo en Pedro Castillo y todo lo que él representa, el enemigo general es “el comunismo”; las fake news son el “fraude electoral”; el pasado simbólico y heroico se inicia con la Constitución fujimorista; el macartismo se aplica contra los “privilegiados” antifujimoristas que critican al modelo y a su creador.

Es evidente que el gran caudal de personas, que asistieron al campo de Marte, no comparte esta ideología. Muchos han sucumbido a la campaña del fujimorismo y no desean que el país se vuelva “comunista”. Sin embargo, los grupos de ultraderecha han visibilizado sus símbolos. El clímax llegó ya entrada la noche, con Keiko Fujimori rodeada de sus jóvenes adláteres, cantando fervorosamente el himno nacional y con el brazo estirado hacia adelante.

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Los de arriba y los de abajo

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Keiko Fujimori y Pedro Castillo.

Hace unos días, antes de irme a dormir, recordaba mi niñez con cierta melancolía. En mi memoria pasaban momentos de mi vida en que ser niño era vivir sin saber qué era la política, qué era la discriminación o  tal vez el racismo. Ahora que lo pienso, dentro de todas mis carencias fui un privilegiado. A mis cortos siete u ocho años otros niños ya se ganaban el pan de cada día con el sudor de su frente en una grisácea calle de inicio de los noventa. Ahora, bordeando casi los cuarenta años, mi yo del pasado me invita a retroceder y así olvidarme de la vorágine que se ha vuelto este país.

Ahora, no hay un momento en el día en que tenga que presenciar lo tan polarizados que nos encontramos; y pensar que hace solamente 4 años atrás todos los peruanos nos confundíamos en un prolongado abrazo por haber clasificado a un mundial de fútbol, el opio moderno para muchos. Pero eso solo era una ilusión.

Intentar dar tu opinión en las redes sociales es prácticamente un boleto sin retorno para que tus amistades o familiares te estigmaticen por favorecer a tal cual partido político. No hay punto medio muchas veces, y la cordura ha sido reemplazada por un fanatismo que linda con la creencia acérrima de una religión en el siglo doce.

He visto comentarios de amigos míos diciendo, textualmente, que “si votaste por tal candidato no podría conversar con un comunista. Elimíname, bloquéame, porque no podría ser amigo de una persona incapaz de razonar”. Otros manifiestan abiertamente que dejarán de visitar el Cusco porque la mayoría votó por el hombre nacido en Chota. Y del otro lado señalan que los privilegiados deberían de irse del país, o criticarlos por el color de su cabello o sus ojos. Así de destruidos como sociedad estamos.

Los de arriba culpan a los sureños por darle la espalda a un modelo económico que solo ha ido creando más brechas entre ricos y pobres.

Los de abajo acusan a los capitalinos de vivir encerrados en una burbuja y pensar solamente en ellos.

Los de arriba defienden una utópica “democracia” que solamente aparece cuando está del lado de ellos, y se esfuma cuando chocan con los intereses de los más poderosos y corruptos.

Los de abajo piden que se les tome en cuenta en las decisiones del gobierno.

Los de arriba insultan, los de abajo también insultan.

Los de arriba terruquean a los que piensan distinto a ellos. Los de abajo vivieron el terrorismo en carne viva.

Y esas diatribas y sacadas de lenguas fueron bien elaboradas por dos candidatos que no merecen ser nombrados como nuestro futuro presidente. Ni naranja ni rojo. Pues todo lo que hicieron fue ir destapando ese rencor y racismo que se ha ido ocultando desde el colonialismo. Los poros del resentimiento se han ido abriendo y solo nos van dejando un país que nunca terminó de cuajarse aquella mañana de 1821.

200 años y el país pareciera estar pegado con una curita a punto de resbalarse de la superficie, esa curita que a la fuerza intenta sujetar a dos casados que por mucho que se esfuercen por salvar la relación ya no se soportan más, pero tienen que seguir conviviendo porque no hay otra opción.

Amor u odio, bueno o malo, frío o caliente, negro o blanco, izquierda o derecha, arriba o abajo, es el triste sistema binario que hemos ido creando e inconscientemente muchos de nosotros hemos fomentado durante décadas.

Volveré entonces esta noche antes de irme a dormir, a pensar que mi país se quedó guardado en mi niñez y que es ahí donde me gustaría que un día mis hijos conozcan; sin rencores ni partidos, sin apellidos ni colores, donde el vaivén sea solo un juego más y que los que están arriba por un momento caigan para darles impulso a los que se encuentran abajo, y así sucesivamente porque el juego se acaba si uno deja de moverse para levantar al otro.

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La izquierda llega a Palacio de Gobierno, por primera vez

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Pedro Castillo —el candidato tacabambino de izquierda regional— llega a Palacio de Gobierno luchando contra todo y contra todos. El establishment limeño lo ninguneó y aún ahora se resiste a proclamarlo como nuevo jefe de Estado. Es el primer presidente de izquierda en los 200 años de República. Su triunfo es celebrado por los ciudadanos ignorados por el Estado, por los campesinos enfeudados a las grandes corporaciones, por quienes exigen un cambio político y por todos los peruanos que creen en un proyecto que defiende democracia y libertad sin pendejada ni corrupción.

En la capital peruana nadie lo vio, la prensa concentrada lo ignoró olímpicamente, sus adversarios ni lo tomaron en cuenta y, para el grueso de limeños, nunca fue una opción. Hoy, el profesor chotano, Pedro Castillo es el nuevo presidente. Su candidatura fue impulsada por las provincias, los centros poblados y las comunidades indígenas, consuetudinariamente postergadas en los dos siglos de política republicana.

Al 100 % de actas se puede decir que Pedro Castillo es presidente electo con el 50. 196% frente a su contendora Keiko Fujimori, que tiene el 49. 804%. Se convierte, además, en el primer presidente de izquierda en el Perú, en su bicentenario.

Es cierto que en la historia republicana se han aplicado algunas políticas con influencias de izquierda, pero nunca hubo un presidente con esta tendencia política en nuestro país. Ni Velasco, ni Alan, ni Ollanta, fueron presidentes de izquierda. Tampoco Vizcarra ni Sagasti.

Se ha sostenido  —erróneamente— que ya hubo presidentes de izquierda en Perú, pero es falso. Velasco nunca fue un presidente de izquierda; solamente aplicó el programa diseñado por el CAEM, que buscaba aliviar en algo las tensiones sociales existentes, debido al abuso de los hacendados y oligarcas. Durante su régimen hubo censura de muchos adherentes a la izquierda y el mismo régimen impidió la articulación de un movimiento izquierdista en Perú.

Alan García tampoco fue un presidente de izquierda, sus propuestas interventoras provenían de idearios apristas que fueron aplicados de mala manera; el aprismo no es izquierda. Ollanta tampoco fue un presidente de izquierda, pues mudó su discurso de la gran transformación hacia una hoja de ruta que no profundizó en cambios sociales.

Vizcarra y Sagasti tampoco son de izquierda, si bien es cierto en sus gobiernos se aplicaron políticas sociales de orientación “caviar”, esto no los hace de izquierda. Lo “caviar” busca mantener intacto el modelo económico y se enfoca en políticas culturales y sociales progresistas, pero esta postura no ha obtenido el apoyo de la ciudadanía en las elecciones.

Castillo es el primer presidente de izquierda y se espera que realice los cambios políticos que los ciudadanos vienen exigiendo.

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Abogados del pueblo y abogados de cuello blanco se enfrentan por nulidad de actas

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Al partido naranja no le importa pedir la nulidad de diez o cien mil actas, si de imponerse en una elección se trata. A sus abogados, que no tienen noción de lo ético y lo justo, tampoco. Por ello una horda de “letrados” white collar (provenientes de los más rankeados bufetes limeños) se ha empecinado en sustentar la leguleyada de un posible “fraude comunista”. Para contrarrestar esta avanzada naranja, el jurisconsulto Edison Tito Peralta “El Wanka”, secundado por el letrado Julio Arbizú, está preparando una denuncia contra los abogados implicados en esta componenda antidemocrática.

Esta denuncia se sumaría a la que presentó el Frente Amplio el día de ayer, por los hechos de connotación penal que configurarían el delito de financiamiento prohibido de organizaciones políticas. Este es un capítulo más de la polarización, que sigue viviendo el país ad portas del bicentenario.

Luego de los comicios, Keiko Fujimori instó a la ciudadanía a enviar información sobre posibles fraudes en las elecciones de segunda vuelta. Para ello utilizó el hashtag “fraude en mesa” y desde entonces esa frase ha sido la etiqueta de múltiples denuncias, por aquí y por allá. A su vez, una caterva de abogados limeños trabaja incansablemente en el “noble” propósito de voltear el partido antes del pitazo final. Todos sus conocimientos jurídicos están concentrados únicamente en revisar actas donde Pedro Castillo tenga mayoría. Según ellos, los personeros del profesor Castillo han cometido “fraude”, por lo que han pedido la nulidad de estas actas, en diversos lugares del país.

Su consigna es obtener en mesa los votos que no se consiguieron en la cancha.

La candidata naranja ha explicado su estrategia: presentar pedidos de nulidad. Estas leguleyadas le cuestan al partido fujimorista más de 800 000 soles, pero eso no representa un inconveniente para el objetivo mayor, que consiste en hacerse con el poder. Para llevar adelante esta estrategia, los abogados fujimoristas han clasificado el posible “fraude” en distintas categorías, que incluyen la supuesta falsificación de firmas, la falsificación de resultados en mesa, el reemplazo de miembros de mesa y miembros de mesa con apellidos idénticos. Con estas maquinaciones, los abogados de cuello blanco se empeñan en pedir la nulidad de actas, lo cual no procede porque el escrutinio de votos es irrevisable.

La norma es clara: El artículo 284 ° de la Ley Orgánica de Elecciones señala que el escrutinio realizado en Mesa de Sufragio es irrevisable. Los Jurados Electorales Especiales se pronunciarán sólo sobre las apelaciones que se hubiesen interpuesto contra las resoluciones de la Mesa respecto de las impugnaciones a que se refieren los artículos 268 ° y 282 ° de la presente ley y sobre errores materiales en que se puede haber incurrido en las operaciones aritméticas del escrutinio.

Pero no solamente eso, los abogados de cuello blanco estarían contraviniendo una regulación jurídica: sus asesorías no pueden ser consideradas voluntarias o pro bono, sino un aporte en especie. Las normas electorales son claras. El aporte en especie, que supere el mínimo permitido, está prohibido por ley, por lo que estas asesorías calificarían como fuentes de financiamiento legalmente prohibidas, lo que constituye delito. A ello se suma que estos aportes no han sido declarados legalmente, por lo cual se constituye otra vulneración a la normativa electoral. En la desesperada carrera por hacerse con el poder, los abogados de la cúpula naranja estarían contraviniendo normas electorales, de un modo flagrante.

En ese sentido, el Frente Amplio ha presentado una denuncia contra los abogados que están vulnerando la ley electoral. A ellos se suman los abogados Edison Tito Peralta “El Wanka” y Julio Arbizú, que también presentarán una denuncia penal contra los letrados fujimoristas involucrados en este chanchullo jurídico.

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¿El bicentenario será fujimorista o será del pueblo?

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Parece un cliché, pero no es así: estas elecciones son históricas. El próximo mes se celebra el Bicentenario de la República y el nuevo presidente impondrá, aprovechando esta conmemoración, un discurso oficial del Perú. Si el partido naranja llega a Palacio de Gobierno, el fujimorismo encubrirá sus delitos y renacerá como la fuerza política de estos doscientos años. Pasaremos de San Martín a Keiko Fujimori Higuchi, con letra y música del himno nacional de fondo. Si el profesor cajamarquino —Pedro Castillo— llega a Palacio, el pueblo creará una nueva narrativa para estos tiempos, con los aciertos y defectos que este proyecto implique.

Afirmar que el nuevo presidente le impondrá una narrativa oficial al Bicentenario podría ser apresurado, pero al calor de la coyuntura es previsible. Es cierto que las narrativas patrióticas deberían ser producto de un consenso entre las fuerzas políticas y los representados; sin embargo este no es el caso.

En la primera vuelta se observó un fenómeno singular; la oferta de candidatos fue numerosa, pero el apoyo ciudadano a las distintas candidaturas fue minoritario: hubo un rechazo en bloque al sistema de partidos. Un rechazo mayoritario que dejó —como muestra de desprecio al sistema partidario— a los dos candidatos con más anticuerpos de esta primera vuelta. Las elecciones de segunda vuelta, por consiguiente, han polarizado a los ciudadanos.  Las fuerzas políticas en disputa son una negación radical del adversario. Todo esto descontando lo más importante: que la polarización ha sido “impuesta” por el sistema electoral. Lo que obliga, a la mayoría ciudadana, a jugar con las dos únicas cartas disponibles. Les guste o no les guste. Como resultado de este embrollo, los dos candidatos que llegaron expeditos a la segunda vuelta tuvieron, solamente, el 30% de apoyo ciudadano.

Vistas así las cosas, el sentido común diría que el terreno es fértil para un consenso y para una narrativa oficial pluralista, que incorpore al 70% de ciudadanos (los que votaron por otros candidatos y la mayoría, que se abstuvo o vició el voto) pero tratándose de dos candidaturas en cuyo núcleo central está el objetivo de tomar el poder, es difícil que ese ideal se cumpla a cabalidad. Sin embargo, a estas alturas, no se puede equiparar totalmente a ambos contendores. Hay matices y por tanto, la posibilidad que uno de ellos sea más democrático que el adversario.

Si recurrimos a la historia veremos que en la celebración del centenario de la República, el escenario era opuesto. Era 1921 y gobernaba el país Augusto B. Leguía, un presidente que salió de las canteras del civilismo y llegó a imponer un poderoso movimiento político. Su gobierno se caracterizó por utilizar subterfugios y mecanismos políticos hechos a su medida, a la vez que reforzaba una gran red clientelar en distintos puntos del interior del país, lo que le permitió obtener un gran arraigo popular, por medio de partidarios suyos, debidamente remunerados. El telón de fondo de su gobierno fue un período de bonanza económica, gracias al mercado internacional y la dependencia a la economía norteamericana. Leguía aprovechó este caudal económico para “cumplir” con su red clientelar y diseñó, además, proyectos de gran envergadura en la capital y en distintas provincias del país.

Para celebrar el centenario de la Independencia se diseñó un proyecto a gran escala, sustentado en la bonanza económica de la época. Se construyó la Av. Venezuela, la Av. Leguía (hoy Av. Arequipa), la plaza San Martín, etc. En provincias también se diseñaron diversas obras, que beneficiaron directamente a la red clientelar de Leguía e indirectamente al resto de peruanos.

La celebración del centenario fue una fiesta nacional y no se escatimó en gastos; muchas obras de esa época siguen en pie y forman parte, después de cien años, de la cotidianeidad. Por esos años surgieron también dos movimientos de gran arraigo en el país: el socialismo y el aprismo, que propugnaban un trato digno a los indios, campesinos y obreros, a la vez que una lucha contra el imperialismo norteamericano. Estos movimientos buscaban reivindicar a la gran masa de peruanos, pues en dicha época los ciudadanos no eran iguales entre sí. No todos votaban y los privilegios, que hoy son denunciados, eran lo común y lo aceptado.

El leguiísmo, dependiente de las finanzas norteamericanas, llega a su fin en 1929: con el crack de la bolsa gringa. Las finanzas externas disminuyeron, se dejó de otorgar prebendas a la red clientelar, el descontento popular fue creciendo y sucedió lo que es una tradición en el país, en momentos de crisis: un golpe de Estado. Leguía es encarcelado y acaba sus días en el Panóptico, la cárcel de Lima.

Por el contrario, la celebración del bicentenario tiene el telón de fondo de la pandemia, con un país que ostenta el record de la más alta cantidad de muertos en el mundo y un sistema de salud totalmente colapsado. No hay una expectativa propiamente celebratoria, sino duda, temor, confusión y rabia. Pero tampoco los preparativos para esta conmemoración, antes de producirse la pandemia, tuvieron el sello de la magnificencia, como en las épocas del leguiísmo.

El clima de confrontación político, la corrupción, el descrédito de los partidos, la indiferencia de los líderes y diversos factores aunados a ello, avizoraban una celebración más modesta que hace cien años.

 Sin embargo, el sustento celebratorio tenía visos de ser explotado. Y es que amparados en el crecimiento económico, la élite política logró venderle a la ciudadanía el cuento de una prosperidad, únicamente sustentada, en base a la explotación laboral. Esto se resume en la frase: “el pobre, es pobre porque quiere”. Es verdad que hubo un crecimiento de la economía, pero no hubo una distribución adecuada. El sistema de salud siempre estuvo en piloto automático y se fue pauperizando cada año un poco más; el sistema educativo tiene el honor de ser uno de los más negligentes de la región y el sistema de transporte parece diseñado por el Joker.

En resumen, el rico se hizo muchísimo más rico y el pobre dejó de ser, un poquito, menos pobre; mientras la clase media vivía en un sueño de opio que llegó a su resaca con los estragos de la pandemia: ciudadanos vendiendo su riñón, empeñando su auto, hipotecando su casa. El covid – 19, mató a muchos peruanos, despertó de su letargo a quienes no murieron y movió el gallinero de la élite política. El resultado a un mes del bicentenario: dos candidatos aspirando a la presidencia; uno de izquierda populista e improvisada y otro de derecha corrupta y limosnera, enfrentados a rabiar y sin puntos comunes entre sí. Cada uno con una visión de país enmarcada en su ideología; cada uno sustentado por un núcleo duro que se desvive por tomar el poder; cada uno con vocación de cambiar la historia.

Si llega al poder Keiko Fujimori; el fujimorismo será el partido del bicentenario. Aquí no importa si su llegada al poder se debió al apoyo de los neo – fujimoristas, de los fujimoristas del ala dura o de quienes no quieren “que el Perú sea Venezuela”. Si el fujimorismo llega al poder, la invención política de Alberto Fujimori licenciará sus delitos y se constituirá, oficialmente, al nivel del civilismo, del socialismo o del aprismo histórico. Keiko Fujimori lavará los delitos  de Alberto Fujimori e impulsará el engrandecimiento de su figura. La constitución, deslegitimada por gran parte de la ciudadanía y, nacida al amparo de la dictadura, será la verdad oficial que sustente a la nación en sus doscientos años.

La heredera del dictador no solamente entrará al Bicentenario como quien “salvó del comunismo” al Perú, tal como ha intentado posicionarse para la segunda vuelta; sino que también llevará a cabo la lucha contra la pandemia del coronavirus. Con estos pergaminos, Keiko Fujimori posicionará, de modo oficial y antojadizo este neo – fujimorismo al nivel histórico del civilismo posterior a la Guerra del Pacífico.

No solamente eso: la figura de Alberto Fujimori será elevada como tótem de la tribu. El bicentenario será la ocasión para diseñar una narrativa que reivindique su legado y dirija el futuro de su partido, como fuerza nacional. La línea histórica entre el primer fujimorismo y el neo – fujimorismo utilizará dos guerras y dos crisis como telón de fondo: el primer fujimorismo, la guerra interna y la crisis económica de los 80s; el neo – fujimorismo, la guerra contra la pandemia, la crisis económica actual y la “lucha contra el comunismo”. En ambos casos los Fujimori se posicionarán como los salvadores de la patria, con todas las prerrogativas e inimputabilidades que este blasón implica.

De entrar Pedro Castillo a Palacio de Gobierno; será “el pueblo” quien tome las riendas de la nación en su Bicentenario. Claro que esta abstracción tiene que ser aterrizada: el pueblo tiene que ser batuteado. Y detrás de esta batuta estarán distintos movimientos que, de mover mal sus cartas, provocarán su propia implosión. Con Castillo las ansias de una nueva constitución – de una transferencia del poder – serán cada vez más factibles. El vehículo será la llamada democracia representativa, que busca empoderar a distintos movimientos en la conducción del país: es un poder disperso. El profesor cajamarquino ha dado ya señales en ese sentido: empoderar a los ronderos, a los maestros, a las comunidades indígenas, a los campesinos, sectores evangélicos, etc.

La convocatoria a una Asamblea Constituyente viabilizará un proyecto federativo y de concretarse le otorgará una cuota de poder a distintos actores, hasta ahora relegados. Sin embargo, el trayecto hacia este objetivo está empedrado: tiene que sortear diversos filtros que pueden impedir la consecución del proyecto. Pero hay un factor delicado en este escenario. Porque es cierto que una Asamblea Constituyente buscará empoderar a distintos movimientos de talante democrático; pero detrás de ellos acecharán también sectores ya proscritos por la sociedad y de nula vocación democrática, que buscarán aparejarse en su seno forzando el concepto de “pueblo”. Sin embargo, de llegarse a convocar una asamblea con los debidos mecanismos y la debida apertura, los sectores democráticos tendrán la oportunidad de jugar adecuadamente sus cartas, ofreciendo una alternativa consensuada y ciudadana, muy alejada de quienes creen que rechazar el modelo neoliberalista es herejía y de los que tienen como mantra armar revoluciones como quien arma aviones de papel.

Pero podría haber un tercer camino en la narrativa histórica del bicentenario: las botas, los tanques. De ambos lados han sonado las alarmas. Desde el lado de Keiko Fujimori, diversos ex – altos mandos militares han conminado a rechazar lo que ellos llaman “un proyecto comunista” y han amenazado veladamente con impedir la voluntad ciudadana. Desde el lado de Pedro Castillo se ha escuchado la voz de Antauro Humala lanzando bravatas y ofreciéndose como chaleco del profesor cajamarquino. Las fuerzas armadas no son un bloque monolítico: hay multiplicidad de actores en actividad y en retiro. Si se tiene en cuenta que en momentos de crisis se ha recurrido al concurso de las Fuerzas Armadas, no se podría descartar su actuación, en algún sentido. Sin embargo, si eso sucediera, digo, es un decir, el Bicentenario sería la ocasión histórica para recordarnos que no hemos aprendido nada.

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