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Literatura

“La noche de la fea”, un cuento de Gabriel Rimachi Sialer

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A todas las feas del mundo.

 

Estaba desnuda en la orilla, de pie, perdida la mirada en el cielo. La sal se pegaba en sus cabellos, en su pubis violento, en sus pestañas. Sonreía cuando las gaviotas bajaban la cabeza para admirarla. Vanidosa. Un temblor recorrió sus muslos y apretó dulcemente las piernas. Se tendió sobre la arena caliente, su espalda se estremeció. Modeló una almohada con la arena para recostar la cabeza y ver el horizonte adornado por sus senos redondos que remataban en dos pezones que gritaban por salir disparados al nirvana. Pellizcó uno de ellos. Luego ambos. Cerró los ojos. Mientras jugaba lentamente con uno de sus pezones, apretándolo y liberándolo, su otra mano descendió al ombligo. Trazó círculos suaves, delicados. Su respiración se agitó brevemente, acariciaba sus muslos entre sí. El sol se puso más fuerte. Dos gaviotas se posaron a sus pies. Abrió los ojos y les sonrió. ¿Qué miran? Las aves dieron un paso atrás. Ella se apoyó en sus codos. ¿Quieren ver? Las aves dieron otro paso atrás cuando ella separó las piernas, mostrándoles su jugoso misterio. Sonrió. ¿Les gusta? Las aves avanzaron lentamente, curiosas. ¡Fúchi, fúchi! Les gritó. Las aves desaparecieron entre las nubes, dejando caer una pluma que ella recogió. Sonriendo, deslizó la pluma por su piel y descubrió la textura de otra especie. Se volvió a echar sin cerrar las piernas. La pluma descendió hasta su parte más líquida y jugueteó con ese delicioso pedacito que la hacía extraviarse en el placer. El sol le calentaba los labios, pero la pluma era más fuerte que el calor. Apretó los ojos y entresacó la punta de la lengua. Su espalda se contorsionaba a cada instante y sus pezones parecían ondular a cada roce. La pluma bailaba alguna danza acompañada de su mano traviesa. Cada vez más rápido y, de pronto, más lento. Lágrimas asomaron entre sus pestañas, la pluma violenta se perdía entre la selva de su bajo vientre. Las gaviotas descendieron y la rodearon formando un círculo. Ella abrió los ojos y le gritó gimiendo: ¿Les gusta, ah? ¿Les gusta? Y sin detener el frenético arrebato de su mano, volvió a cerrar los ojos. Las aves alzaron vuelo y aquel aleteo la invadió, estremeciéndola aún más. Poco a poco, creyó que perdía la razón. Las imágenes que inventaba su mente desaparecieron con un estallido de luz. Sintió que una corriente volcánica descendía por su nuca, incontenible. Entreabrió la boca. La corriente continuaba su descenso, lentamente, gozando su camino. Y ella lloró entre gritos cuando sintió que la corriente se apoderaba de su cuerpo y de sus cabellos y sus uñas y sus dientes y sus pestañas y sus cejas y su ombligo y sus rodillas. Toda su piel se erizó. Quedó muda un momento y luego lanzó un grito que cubrió al cielo naranja de estrellas fugaces. La corriente no quería irse, y ella continuaba estremeciéndose de aquel terremoto de placer que le enviaba mil réplicas por minuto. Cuando al fin la corriente desapareció, acarició la arena todavía tibia y se estiró un poco. Entonces sonó la alarma.

Aquel ajetreo extraño, feliz, relajante, te recordó algún tiempo pasado, volando de brazo en brazo y tus cabellos perdidos en la noche como un petardo de alegría ¿Recuerdas? Aquel hombre te sostenía fuerte y era tan lindo estar así, su sonrisa tosca, sus manos enormes y descuidadas, su cabello ondulado. Luego otras manos más pequeñas como refugio, que se movían desesperadas a tu alrededor mientras volabas por los aires, cuidando que no cayeras, que no te marearas con el paseo sideral del hombre lindo. Cuidado, dijo ella, que acaba de comer. Las manos grandes te aprisionaron contra su pecho y te acurrucaste. Podías incluso sentir su corazón que ahora era tuyo, igual que el de ella que te adoraba, eras piel de sus pieles, sangre de sus sangres, amor de su amor. Señalaste hacia las luces que subían y bajaban y luego todo tuvo sentido de nuevo: el parque de diversiones recuperaba su presencia, los gritos de la gente, las risas, el olor del algodón de azúcar y tú de pronto ya cabalgabas sobre los caballitos que subían y bajaban con las luces, mientras la música parecida a tu cajita musical se perdía en la sonrisa de mamá, tan linda, con su gran lunar mágico en la mejilla, que con cada besito se ponía más lindo, pensabas, mientras decían ¡hola! Y ¡adiós! A papi, que desde la cerca metálica combatía con su nueva cámara de fotos instantáneas hasta que consiguió cuadrar bien el lente y el ¡ulb! De la foto captó tus negros ojos al desorbitarse ligeramente, pues pensaste que caerías, pero no, fue solo un susto porque ahí estaba Ella, para sostenerte cálidamente, y continuaste cabalgando como lo hacen las princesas, tranquila, y papi reía con la boca abierta y tú con él, feliz, viendo sus dientes gruesos, amarillos, sus labios estirados y esa mueca maravillosa de Rey; tú lo mirabas gigante y él gritaba ¡Mírame, princesa! Y sonreías con tu manita en alto saludando como su Barbie mientras tu otra manita se ocupaba de las riendas del corcel real que subía y bajaba y todos los demás caballitos del carrusel desaparecían y los demás niños desparecían y entonces mami era la Reina enseñándote a cabalgar y tú reías, reías como loquita y bajabas del caballito y  ya princesa, el Rey te volvía a subir por los cielos con sus manos sujetándote y mi adorada princesa, decía mientras abrazaba a la Reina, vamos a tomar un chocolate, que ya está haciendo frío…

Sentada en la cama, pensaba entre salir de ella o dormir un rato más. Aquel sueño la había desconcertado, no solía tener ese tipo de sueños, curioso, pensó. Su entrepierna estaba muy húmeda, se tocó por sobre la trusa y sintió la textura del goce. Luego por debajo de ella, se frotó torpemente, buscando sentir lo que en su sueño, sin éxito. Después de todo no fue tan malo, susurró. La habitación estaba desordenada. Encendió la tele con el control remoto. Vio al relator de noticias que siempre le había gustado, esperó a la sección de espectáculos, se estiró nuevamente, relajando todos sus músculos. Al entrar al baño se miró en el espejo: estaba con los párpados hinchados, el cabello desordenado, le habían aparecido tres pelos gruesos en un extremo del lunar, cogió la pinza, los arrancó, se lavó los dientes y al salir del cuarto de baño se vio reflejada en el espejo de cuerpo entero, que estaba al lado del ropero. No le gustó nada lo que sintió, sus senos caídos, desganados, la ropa de dormir gastada, los vellos de las axilas que asomaban indiscretos, se sintió vieja y fea, ¡pero no! Se dijo, solo tengo cincuenta y tres… aún puedo conseguir algo… La casa era pequeñísima, apenas dos ambientes desordenados a los que nadie llegaba de visita nunca, un baño con la manija desvencijada y la pintura hinchada por la humedad. De pronto sintió que todo encajaba como al salir de un sueño, era demasiado caos en el entorno y tal vez por eso no podía intentar nada. Suspiró y empezó a ordenar las cosas, separó la ropa sucia de la limpia, la colocó en la canasta que ganó en uno de los sorteos navideños del mercado, pasó la franela sobre el televisor y el equipo de música, inevitable sentirse bien en medio de tanto desorden. Poco a poco, la habitación empezó a tomar forma, los espacios necesarios para caminar iban quedando limpios, la escoba bailaba al ritmo de una canción tarareada con entusiasmo. Por fin todo estaba en su sitio. Tomó la franela y se dirigió a los cuatro portarretratos que descansaban sobre la radiola enorme que heredó de su padre, que no funcionaba para la música, pero sí para planchar la ropa. Al momento de quitar la gruesa capa de polvo descubrió los congelados rostros sonrientes en la imagen: ella y su ex marido sentados en un bote, qué será de tu vida, Daniel… por qué tuviste que irte así, de esa manera… antes de que el desánimo le ganara, frotó rápidamente el cristal, sacudió la franela y tomó el otro portarretrato, sus dos hijos aparecieron con toga y los diplomas de la graduación, tan míos, queridos, y tan lejos… por qué no se acuerdan de su madre… pasó la franela rápidamente y luego tomó las dos restantes, ya sin mirarlas, no quería recordar lejanos tiempos felices, pasos perdidos, memorias ajenas. El ropero fue su siguiente meta, lo ordenó de arriba abajo, era lo único que faltaba para completar la misión, pero al ordenar los zapatos descubrió una pequeña caja, sellada con cinta adhesiva, cubierta de telarañas y tiempo perdido. No recordaba aquella caja por lo que la llevó a la cama, se acomodó y la abrió. Fue como destapar la caja de Pandora. Fotografías de su marido y ella, de ella desnuda (con todo en su sitio), cartas que ya le eran ajenas, recuerdos íntimos, un broche y un prendedor que él le dio la noche en que cumplieron veinte años de casados… un tul negro que usaba para bailarle antes de hacer el amor, en qué momento se nos rompió el amor, Daniel, algunos cassettes que contenían las voces entrecortadas de ambos cuando se entregaban al frenesí de la pasión, tal vez te acepté demasiadas locuras, fui demasiado tuya, y un vibrador envuelto en varias capas de tela, que se conservaba intacto. Esto último la sumió en la más profunda de las fantasías, hacía tanto que no sentía estremecer su piel, hacía tanto que no se disolvía en el infinito… y el sueño de hoy, el sueño, quizás era un aviso, una señal de que algo nuevo empezaría pronto, de que como mujer aún estaba viva y deseable, viva… y deseable… 

El chocolate estuvo delicioso ¿recuerdas? Tenías los bigotes más dulces y lindos del parque de diversiones; Él te acariciaba el cabello recogido con dos cintas azules que resaltaban tu vestido rosado de princesa que Ella había cosido justo a tu medida, eres la única princesa en este reino de las diversiones, mi vida, te decía Él mientras disfrutabas golosamente del algodón de azúcar y Ella, presurosa, buscaba el pañuelo en su cartera para limpiarte los labios, las princesas son delicadas, linda, no te embarres la cara de dulce, pero tú estabas tan feliz que solo atinabas a sonreír y mirar a todos lados para no perderte ni por un segundo la diversión que te producía el ver a la gente bajar a velocidad luz por la montaña rusa, gritando como locos y te morías de la risa, mientras el Rey te cargaba nuevamente para que la aglomeración de curiosos no fuera a arrugar tu vestido hecho de rosadas alas de mariposas, y te miraba bobo los hoyuelos que nacían de tu sonrisa linda y la Reina lo abrazaba por la cintura mientras reflejaban el cuadro perfecto de la familia feliz, qué locura la de estos muchachos, ¿no, mi amor?, la Reina sonrió y le murmuró algo al oído, algo que no alcanzaste a oír por las risas de aquella noche y la felicidad que te embargaba, Él te bajó de sus brazos y caminaron tomados los tres de la mano rumbo a la salida, ya era tarde ¿recuerdas? Tus párpados caían lentamente a pesar de lo feliz que estabas pero algo te llamó mucho la atención: una pequeña fila de niñas que esperaban el turno para algo, y quisiste ir a ver y sonreíste y papi murió de amor nuevamente y vamos, pues, princesa, vamos, y mami fue con ustedes hasta la pequeña carpa donde un señor muy simpático con una señora igual de simpática estaban pintando mariposas y gatitos y tigres y flores y Ángelitos en los rostros de las demás niñas, y tú quisiste que tus mejillas también brillaran con la escarcha que se desprendía de los pinceles que cuidadosamente bailaban sobre los pequeños rostros, y le pediste a papi que por favor, por favorcito, y papi miró a mami y ambos sonrieron, murmuraron algo y sólo faltan tres niñas para que le toque el turno, mi amor, y ella está bien, mi amor, vamos por un dulce mientras espera su turno, y tú feliz cuando viste que papi pagaba con monedas brillantes al señor que pintaba las caritas tan lindas con esos colores tan lindos y esperaste tu turno pacientemente porque algunas veces, las princesas también tienen que esperar, y te dijeron que estuvieras sentadita porque solo irían por un dulce y tú, loquita, esperaste en la cola mientras mami no te perdía de vista cuando se alejaba para buscar un dulce que seguro también sería para ti, y llegó tu turno y pediste una mariposa linda, linda, que combine con el vestido que mami había cosido para ti, pero el señor simpático no te hizo caso y llamó a otra niña, y pensaste que a lo mejor la señora simpática sería la que pintara la mariposa pero cuando acabó con la niña de rostro de gatito, llamó a la otra, y no te hizo caso cuando le dijiste que era tu turno y pasaron cuatro niñas más mientras veías que en una mesa, no muy lejos, papi y mami se tomaban de la mano tomando algo caliente sin perderte de vista, pero no te atreviste a decirles nada, te faltó valor, ¿verdad? A lo mejor la demora se debía a que aún los señores simpáticos no encontraban la imagen ideal para ti, pero no te hacían caso, y cuando llegaba nuevamente tu turno, el señor simpático llamaba a otra niña que estaba detrás de ti, y no soportaste el desplante porque a las princesas no se las hace esperar tanto, y el señor simpático te miró de una manera extraña y luego miró a la señora simpática que hacía dibujos lindos y sonreíste pidiéndoles cortésmente que dibujaran una mariposa en tu rostro lindo, y la señora simpática dijo algo acerca de tu lunar igual que el de mami, linda y el señor se pasó la mano por la frente y te tomó del mentón y ensayaste la mejor de tus sonrisas, que estalló en mil pedazos cuando dijo que era imposible arreglar con pintura algo tan feo y no entendiste al principio, ni aún después, cuando papi te cargaba rumbo a casa, que desde ese día no fue más el palacio, y mami sollozaba en el asiento del auto que no fue más el carruaje, y aprendiste lo que era la realidad, mientras te cubrían con la frazada, y papi, mordiéndose los dientes contenía las lágrimas mientras que las tuyas, de un dolor universal, se perdían inexorablemente en el infinito…

La tarde se mostró generosa, tibia, al parecer sabía lo que vendría, imaginaba la escena final, la explosión y mil estrellas. Las personas que caminaban a su alrededor, sumidas en sus propias preocupaciones le parecieron aves perdidas, con destinos distintos y tan lejanos. En su mente solo se atiborraban las imágenes posibles de esa noche. Compró lencería, gastó lo que hacía tanto tiempo no gastaba en ella. La peluquería le quitó más tiempo del debido, pero valía la pena esperar, se acomodó el moño delantero en el espejo y el maquillaje disimuló algunas cicatrices del acné. Llegando a la bodega compró dos botellas de vino dulce y seis pilas grandes. Las escaleras le parecieron más cortas aquella vez, subía danzando, el choque entre las botellas producía un ritmo a su caminar y ella lo seguía. Cuando abrió la puerta vio que todo estaba impecable y ordenado, como si la habitación la estuviera esperando y ya supiera para qué.

De pronto ya estabas enamorada, ¿recuerdas? Aquel príncipe maravilloso, de sonrisa tierna y ojos claros, lindo cuando pronunciaba tu nombre y de pronto entraba en tus sueños y él te rescataba de los monstruos, ya eras una señorita, ya tenías las vergüenzas del fin de mes y los cólicos que te acercaban más a tu condición de mujer y de pronto todo era tan claro, tan sencillo, había tanto sol en tu camino, y esa sensación de creerte correspondida te invadió como una ola de alegría, te llenó. Nunca te diste cuenta de las miradas que te observaban esperando ver en qué momento caer sobre ti, jamás pensaste que el príncipe pudiera haberte hecho eso, que las cosas más simples a veces pueden ser las más crueles, ¿verdad? Y nunca olvidaste la tarde aquella en que el mundo se terminó de caer por segunda vez y para siempre, cuando él te dijo que te quería y tú cerraste los ojos esperando con el corazón a mil que esos labios se posaran sobre los tuyos, que lo habían esperado trece años, la blusa de tu uniforme se estremecía de los nervios y entreabriste la boca cuando oíste las risas y las burlas y sentiste que el mundo giraba locamente y sentiste miedo y pensaste en papi y el entierro y las lágrimas y la falta de protección y sus últimas palabras, nunca estarás sola, princesa, nunca, y de pronto sentiste que tu falda se levantaba y que te tomaban de los brazos y te resististe pero ellas eran más y el príncipe se tornó en monstruo y te arrancaron la toalla higiénica y la viste pegada en la pizarra mientras todos estallaban en risas y palmeaban la espalda del monstruo mientras los vítores invadían tu alma y la voz de aquellos labios que hubieras querido para siempre decían que estabas loca, que jamás habría podido compartir contigo ni uno solo de sus besos, mientras las demás chicas gritaban enloquecidas entre risas que estaban sorprendidas, pues acababan de descubrir que los monstruos también sangraban…

La habitación estaba iluminada por tres velas que despedían un suave olor a coco, ya el vino había trepado lo suficiente como para otorgarle aquel halo de magia que extrañaba tanto, ya la conversación en la gran fantasía de su sueño se había tornado en un coqueteo descarado. La imagen que compartía con ella aquellos momentos ya la había invitado a estremecerse nuevamente, a vivir, a sentirse… Lentamente inició el rito perdido de tocarse, a cada deslizamiento de sus dedos aparecía una corriente eléctrica que la obligaba a imaginarse aún situaciones más intensas, pero en el juego erótico el truco de la gran explosión está en el control. Retardó lo más que pudo ese momento, hasta que no pudo más y descubrió la tela que envolvía el vibrador, lo acarició de arriba abajo, mientras sus palmas se estremecían bajo aquel temblor permanente, lascivo, ya no era dueña de la situación, ya era la hora de la entrega, el frenesí exhalaba a golpes cortos y continuos entre sus labios. Acercó el aparato de látex a su piel y percibió que necesitaría de toda la concentración posible para hacer de aquel momento un recuerdo eterno. Tal vez fue su premura, su necesidad de sentirse lo que desvió su atención por unos segundos, los suficientes para hacer que el vibrador resbalara entre sus manos y en su afán de atraparlo, cayera de la cama volcando los platos donde descansaban las velas. La botella de vino se quebró y el líquido le empapó las medias nylon, la copa que descansaba sobre el velador se volteó y fue a dar sobre su rostro, la llama de una de las velas había iniciado su lenta expansión sobre el aparato de látex que aún vibraba, y a cada vibración se desprendían pequeñas gotas fundidas que se perdían en el suelo, hasta quedar convertido en un charco negro al que tuvo que ahogar con la almohada. La habitación quedó a oscuras. Lentamente se incorporó frotándose los ojos, fue hasta la puerta y presionó el interruptor de la luz. Vio su cuarto como había estado antes de arreglarlo, salvo que ahora una mancha negra de lo que pudo haber sido un recuerdo eterno adornaba el suelo. Apagó la música y corrió al baño, en el lavabo se enjuagó el rostro, su corazón latía fuertemente, recién empezaba a darse cuenta de todo. Al salir, quedó petrificada con la imagen que le devolvió el espejo de cuerpo entero: tenía las medias corridas por algún pedazo de vidrio, la gran mancha lila del vino había estropeado su baby doll, un seno pobre se desbordaba de la copa izquierda, y al frotarse los ojos había convertido su maquillaje de peluquería en un disfraz de mapache. Le causó mucha risa ver todo aquello. Daniel, por qué te fuiste así, sin más ni más, por qué… y entonces recordaste de golpe todo lo ocurrido, ¿verdad? Apretaste los puños y caminaste hacia la radio, intentaste asimilarlo todo como una jugarreta del destino, princesa derrotada, falsa princesa, tu pequeño reino jamás existió, ¿cierto? Y entonces te sentaste en el piso, muerta de risa hasta que no pudiste mentirte más y decidiste ser sincera contigo misma, aunque sea por una sola vez en tu vida; y cogiéndote desesperadamente los cabellos, empezaste a llorar…

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Gabriel Rimachi Sialer. Escritor y periodista. Autor de los libros de cuento "Despertares Nocturnos", "Canto en el infierno", "El color del camaleón", "El cazador de dinosaurios", "Historias extraordinarias" y de la novela infntil "La increíble historia del capitán Ostra". Responsable de antologías de narrativa fantástica, cuentos suyos han sido incluidos en importantes antologías. Dirige el Círculo de Lectores Perú. Considerado entre los mejores narradores de la década en "El Cuento Peruano 2001-2010", por el investigador y crítico literario Ricardo González Vigil. www.circulodelectores.pe

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Literatura

El escritor y candidato a la alcaldía de Jesús maría, Luiz Carlos Reátegui, presentó su nuevo libro “El susurro de tu piel” en la FIL de Lima

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El libro “El susurro de tu piel” ha causado mucha expectativa entre los lectores que se encuentran ya en su búsqueda para poder tenerlo entre sus manos y disfrutar de la genial pluma característica de Luiz Carlos Reátegui, consta de siete relatos, donde se tocan temas sobre las percepciones humanas, la discriminación, la homosexualidad, la infidelidad, la relación conflictiva entre padres e hijos, la mirada y sentido de urgencia del mundo, etc. Luego de que sus libros anteriores (Isabella Nápoles, Prohibido besar a las cholas, La casa abuela) se agotaran rápidamente en tan solo unos meses, la acogida y los buenos comentarios por parte de los lectores en redes sociales han sido más que notorios y satisfactorios.

La literatura es como la democracia, en donde la voz de los lectores, es la voz de Dios. Dijo el político y escritor  Luiz Carlos Reátegui ante el buen recibimiento de los lectores.

En virtud a ello, es que en la Feria Internacional del Libro de Lima hoy se presentó a las 3pm en la sala Clorinda Matto y ya se encuentra disponible en el stand 11 del grupo editorial Mesa Redonda para todos aquellos que deseen adquirir este imperdible conjunto de relatos.

Luiz Carlos Reátegui trabajó el libro sobre cuatro ejes. La percepción humana vivida en carne propia en sus diversas formas, la insatisfacción, el sentido de urgencia en el mundo, y la indolencia social.

En El susurro de tu piel cuenta su autor: Aún hay personajes que pueden parecerse mucho a nosotros o ser una proyección de lo que jamás desearíamos. Son siete relatos que se han venido trabajando desde hace tres años, se tocan diversas tramas, cada uno es independiente pero en su conjunto quizá se pueda percibir la sensación de una realidad social y universal. En los buscadores de internet y redes sociales pueden ver el camino que han recorrido estos relatos de corte Ribeyriano, Carveriano quizá o hasta podría decirse con un guiño a Cortázar. Sabemos que Reátegui ha ganado Premios literarios nacionales e internacionales y en otros ha sido finalista, hasta llegar a ésta bien merecida edición que viene acompañada de más personajes como nosotros: reales, tangibles, genuinos, conmovedores, perturbadores.

Del libro y de su autor ha señalado la periodista Carla Tello, lo siguiente: “Luiz Carlos Reátegui, nos lleva de paseo por distintas situaciones. En lo cotidiano podemos encontrar lo extraordinario. Son historias en la que te ves identificado, los va a sorprender.”

Y añade el escritor Eloy Jáuregui: “Luiz Carlos Reátegui es un autor que tiene en su escritura una sensualidad que ilumina, forja, moldea e intriga, hace magia emulsionando el zumo de las historias, haciéndonos soñar despiertos.”.

Asimismo el músico Salim Vera, menciona: “Muy buenos cuentos, excelente narrativa, es inevitable encontrarse e identificarse en ellos”.

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Cultura

Comida de Gusanos: el arte como enfermedad

Una mirada a la novela de Jonathan Diez.

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¿Se puede ser cuerdo y amar la locura? La respuesta es un rotundo Sí. El policial es todavía un género raro en las letras peruanas, pero un policial sobre un pintor y con un fondo de paisajes de locura es algo que se asemeja a despertar la curiosidad por vivir una pesadilla. Comida de Gusanos de Jonathan Diez, es precisamente eso: vivir una locura y querer quedarse en ella solo por amor a la locura.

Es difícil saber porqué hacemos lo que hacemos, tal vez por eso los escritores solo se dedican a escribir. El oficio de escritor es un oficio de valientes, un ejercicio solitario, se escribe desde uno mismo para uno mismo. Y en lo profundo de esa soledad se está cara a cara con uno mismo. Si no se acaba loco es porque se escribe. Cervantes pudo ser Don Quijote, pero optó por hacer algo más práctico: exorcizarse escribiéndolo.

Jonathan Diez es un escritor limeño perdido entre Francia, Alemania y Luxemburgo. Tiene un perro, le gusta el rock pesado, toca la batería y se pasea por campos sembrados de torres de alta tensión si es que no cerca de centrales nucleares. Da clases de español a despreocupados preadolescentes europeos. Y en todo ese tiempo piensa, piensa, piensa qué escribir, qué contar y por qué sentir lo que siente cuando siente de verdad.

Hincha de Alianza Lima, escribió hasta hace poco en El Peruano, pero su carácter de escritor lo empujó a retirarse pronto frente a las directrices del diario oficial de El Estado. No le gusta las medias tintas ni las cervezas sin alcohol. Defiende su libertad como lo haría un francés del siglo XIX. Su primera aparición como escritor fue con un cuento intimista dentro de la antología Hastío editado y dirigido por Kareen Spano en el año 2020. Su primera novela Comida de Gusanos se publicó este año, 2022, apenas hace unos meses. Esta novela es una rara y bien lograda exploración del alma del artista. Matias, sin tilde, es el protagonista de la historia, un hombre aquejado por una extraña enfermedad desde niño. A través de un misterioso médico, el Dr. Tristán, Matias encontrará en la pintura su tabla de salvación y una cura a su enfermedad. Años después, ya adulto, Matias buscará reencontrarse con su mentor y salvador con el único fin de hacerle un retrato. En el camino conocerá a Violeta, la femme fatal de esta historia, una mujer de identidad escurridiza, un homenaje a Dalí. Entretanto Matias caerá en El silencio, un extraño pueblo donde nada es lo que parece, y en dónde hasta los mendigos traen sorpresas.

Con una estructura narrativa que recuerda a una novela policial, pero con permanentes guiños a la historia del arte y el psicoanálisis, Comida de Gusanos se presta como un raro artefacto dónde la poesía aparece salpicando la historia en un ejercicio de intuición y música que hace justicia a lo que siente y sueña un pintor. Pero sobre todo para graficar los ojos de un demente rodeado de dementes. Y en cuyas páginas la locura puede ser un espejo que quizá podemos comprender más de lo que quisiéramos.

Lo único malo de la novela es que la terminas de leer rápido.

Su libro está disponible en librerías El Virrey, La Familia y ahora también en el stand 22 y 26 de la Feria Internacional del Libro de Lima, también lo encuentras en el stand de Estruendomudo. Imperdible si te gustan las historias de locura y misterio que se transforman en baladas de amor a la orilla de un río de un país sin nombre.

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Cultura

Roger Santiváñez presenta su libro ‘New Port’ en Lima

Escritor y catedrático radicado en los EEUU, Roger Santiváñez, presentará una nueva edición de su aclamado poemario ‘New Port’, en el local municipal de Salamanca de Monterrico, con la participación especial de diversos artistas.

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El poeta y catedrático piurano radicado en EEUU, Roger Santiváñez, presentará su aclamado poemario ‘New Port’ (Francisco León Editor, 2021) en Perú, el próximo sábado 6 de agosto, a partir de las 6:00 PM, en el local municipal de Salamanca de Monterrico (cuadra 11 de la avenida Los Quechuas).

La presentación del libro ‘New Port’, se llevará a cabo en el marco del evento ‘Descentralización de la cultura’, organizado por la Asociación Salamanquinos en Acción.

La presentación del poemario ‘New Port’ contará con la participación en los comentarios del autor, Roger Santiváñez, además de destacadas personalidades de la poesía local: José Agustín Haya de la Torre, Mayra Jara, Carla Vanessa, Leda Quintana Rondón, Francisco León, Gino Dueñas y Pablo Salazar Calderón, quienes ofrecerán un recital de poesía en homenaje al autor.

La actividad poética también tendrá un espacio musical, el cual tendrá como invitados a: Rafo Ráez, Carlos Boro (pionero del rock en Salamanca), Javier Rodríguez (violinista de la Sinfónica Nacional del Perú), Los Viejitos de Barrón (del escritor Juan José Sandoval) y el Conjunto Caminar.

Cabe señalar, que el poemario ‘New Port’ apareció en el año 2015 en una primera edición de formato libro objeto. Desde su lanzamiento, ‘New Port’ fue considerado un homenaje al barrio de Puerto Nuevo, en el Callao. El poemario en sí presenta dos textos interdependientes y muy narrativos: aquellos dedicados propiamente a Puerto Nuevo, con personajes como Vietnam Guerra, Jimmy Marchena y el negro Lalo, y que hace uso del lenguaje de la calle, en una experiencia que remite a la escritura de Antonin Artaud y William Burruoughs, donde se narran experiencias con el síndrome de abstinencia, con un estilo alucinado y neobarroco.

Róger Santiváñez (Piura, 1956) integró el grupo poético La Sagrada Familia y fue fundador del colectivo Kloaka.

DATOS

Presentación del poemario ‘New Port’, de Roger Santiváñez.

  • Fecha: sábado 6 de agosto, a las 6:00 PM.
  • Lugar: Local Municipal de Salamanca de Monterrico (Los Quechuas 1120).
  • Participación poética: José Agustín Haya de la Torre, Mayra Jara, Carla Vanessa, Leda Quintana Rondón, Francisco León, Gino Dueñas y Pablo Salazar Calderón.
  • Participación musical: Rafo Ráez, Carlos Boro (pionero del rock en Salamanca), Javier Rodríguez (violinista de la Sinfónica Nacional del Perú), Los Viejitos de Barrón (del escritor Juan José Sandoval) y el Conjunto Caminar.

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Literatura

“El pasaje”, un cuento de Mario Castro Cobos

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El pasaje, a los ojos de la mayor parte de personas que pasaban y repasaban por ahí, no contenía esencialmente nada fuera de lo común, así que por lo tanto no tenía sentido ocuparse de él. Solo atravesarlo, como atravesamos… muchas cosas, muchos seres, casi todo. A lo más, en algunos, el pasaje provocaba un principio de curiosidad -como para decir que el pasaje despertaba justamente en su condición de pasaje una curiosidad pasajera…- Tras pasar pasabas suave y raudo a otra cosa y entonces era como si nunca hubiese existido.

Lo olvidabas así, sin más, por completo. No era por fuerza mi caso, en repetidas ocasiones. Mi fascinación era inconsciente, involuntaria, sensual, oscura. Agujereaba algo en mi imaginación. A mí, debo confesar, ese pasaje me producía una especie de simpática debilidad. No lo dudaba. El pasaje era definitivamente más fuerte que yo, como si me induciera al ensueño, estando a la vez totalmente despierto. En efecto, como quien sueña, o como quien tiene visiones puntuales y espontáneas, como si su imagen estuviera o fuera proyectada en el aire a muy poca distancia, una película muy corta que no cesa de repetirse enfrascada y enroscada en ella misma como una obsesión independiente del soñador o como un río que hace de puente tumultuoso entre dos mares y no como algo ‘real’ pero resulta que sí fue real: el pasaje permitía, con la interrupción de su irrupción inesperada, ir -casi diría deslizarse, como dentro de un tobogán o un útero alargado- de una calle a otra, en manido tiempo récord, abriendo, con su presencia solapada y subrepticia, la larga cuadra, singular y monótona, entre anónima y severa, que era ‘nada más’ que un muro gastado -a la vez que abstracto- entre las dos calles que todos sabíamos extrañamente paralelas y radicalmente distintas entre sí.

Evocaban dos destinos cercanos, muy cercanos, que nunca, pasara lo que fuera, se cruzarían. No se entendía cómo uno las sentía tan lejanas y excluyéndose mutuamente estando de manera crudamente física tan mágicamente cerca. El pasaje, sin que importara que estuvieras apresurado y abstraído y retraído y distraído y contraído y expandido te hacía detenerte (sin detenerte necesariamente del todo en él, pero ‘algo’ se detenía en ti) -era un hueco horizontal- y te hacía como saborearlo, como un pensamiento impetuoso y vertical que exigía ser pensado en el momento mismo, tenía un aire propio, un espesor delicado, era una membrana metafísica, te sacaba de donde fuera que estuvieras con su indefinible (y sensible e inexplicable y palpable) fuerza de atracción, era mucho más que un área decolorada o gris indecisa o borrosa que conectaba en breves momentos de automáticos pasos fáciles dos estados de ánimo de esa parte equívocamente apacible y de vulgaridad próspera de la contradictoria ciudad.

Yo pasaba por ahí por el puro placer de pasar, era como algo ya pensado desde antes o como algo sin pensar ¿mis pasos pensaban por mí? y lo que el cuerpo disfrutaba la mente aún no lo podía nombrar, y de pasada diré que al pasar por el pasaje yo también era el pasaje por el cual yo pasaba, como al pasar por el pasaje el pasaje pasaba por mí.

El tiempo en efecto pasaba formado de otra forma ahí.

Conectaba el lugar con algún recuerdo perdido en el abismo sin cerrar de la infancia. Como cuando el misterio de cualquier cosa resultaba más bien dulce que oscuro u hosco o inquietante. De niño, sin embargo, que yo pudiese recordar, nunca pasé por ahí… ¿O es que sí pasé por ahí y pasó algo que he olvidado y por eso vuelvo? Sería muy fácil pensar así. El pasaje sería destruido tiempo después y reemplazado por un rentable estacionamiento, tan práctico como un robo o un asesinato, pero más allá de ese detalle me seguía preguntando qué otra cosa más sentía cada vez que atravesaba ese espacio terso e intrigante, y que siempre, hiciera lo que hiciera, se me escapaba al tratar de atraparlo cuando era yo quien quedaba atrapado.

Era (aquí vamos de nuevo, pero ya acaba) una especie graciosa de mini-calle que, teóricamente, no debería encontrarse allí, y que, por tanto, casi clandestina, bien improvisada, superpuesta, pero inocente y apacible, ambigua en su concepción y completamente clara en su uso, se diría una callecita como de juguete y de hecho solo para peatones, que debería dar a un parque, me gustaba que estuviese pensada como un error hecho a propósito, como una broma dentro de una arquitectura más pesada o seria, pero enormemente funcional. Era como si disimulara su existencia sin decidirse a reemplazar por completo el orgullo por la modestia, pero sin esconderla tampoco completamente, el pasaje no daba muestras de experimentar vergüenza de ser lo que era, como alguien que no quería sobresalir pero que, no obstante, queriéndolo o no, transparentaba una incógnita ignorada, que se sentía pero que no se sabía al final qué era… cual ámbito privado hecho público, como una porción de una casa sacrificada para beneficio de la gente que usaba el pasaje y sintiendo su poder sin ponerse a pensar en el porqué.

Conservaba una prestancia discreta y evocadora, un pasillo que lejos de borrarse al cruzarse no solo llevaba de un estado de ánimo a otro y de una calle a otra y de un mundo a otro y de unas personas a otras sino que era un estado de ánimo en sí. ¡Y de qué manera lo era! ¿Pero aún no he dicho qué unía? Dos calles opuestas, como amantes secretos que se entienden y encuentran sus momentos más espirituales en el acto tan preciso de la conversación entre sus sexos. Era lo que necesitaba unirse porque estaba separado.

Era un corte. Sí. Cortaba flujos de pensamientos. Te metía en otro flujo. Y yo me pegaba a qué. Pero no era estridente, no chocaba. Era un corte que no producía dolor sino placer. Era como una puerta sin puerta -abierta y disimulada por la que podía pasar cualquiera. Te llevaba de un punto a otro, sin que le importara para nada unirlos, sin unirlos realmente. Lo hacía limpiamente, pero en el fondo no era cosa suya. El pasaje objetivamente ya no existe pero está en mi mente, y con este texto pretendo, al menos en parte, que esté en la tuya, que viva en ti, y que te incomodes y tampoco entiendas bien nunca de qué rayos estoy hablando y porqué tendrías, maldita sea, que leer algo que ni se entiende y de lo que ahora vas a escapar.

Pero ahora puede que encuentres pasajes así o cosas así por todas partes.

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Cultura

Lima: una foto en pleno siglo XXI

Lee la columna de Julio Barco.

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Foto: El Comercio.

Caminar por las calles del centro de Lima es un asunto entretenido para el que no va con un teléfono celular en la mano. Se puede uno quedar tranquilo con todo lo que observará. En una calle, por ejemplo, las adyacentes a la Plaza de Armas, puede uno ver una protesta de señoras con banderas ondeando y exigiendo un pago a la Municipalidad, y, al otro lado, ver a una jovencita posando para un joven fotógrafo de pelo largo y desgreñado. Al otro lado, observar una orquesta en la calle, jugando con sus baquetas, dando inicio a una canción estruendosa y divertida. También se observan a las palomas, ir entre los pasos apurados de la Alameda Chabuca Granda: señoriales, no olvidan que vivieron en épocas del virreinato.

En esa misma plaza, abundan los jóvenes enamorados, o solitarios, o amigos que muerden un helado, y señoritas solitarias mirando sus celulares, y señoras con sus sobrinas, nietas, hijas, primas, cuñadas, caminando y charlando, mordisqueando una generosa y densa tajada de pizza. Jirón de la Unión hierbe en gente. O, por ejemplo, este jovencito que, sentado en una banca de madera junto a su flaca, frente al Metro de Emancipación, le da vueltas a su cigarrito de cannabis para distraerse del smog cotidiano, o simple y lento, buscar el auxilio doña María.

En las galerías, salen y entran ávidos compradores. Frente a la Plaza de Armas, se observan galerías de vestidos, con jóvenes enfundadas en trajes de novias, y también pollerías lujosas, de ventanas de vidrio, donde los pollos rostizados dan vueltas en tubos metálicos. La librería El Virrey, en la esquina, descansa tranquila del bullicio: adentro reina el silencio fugaz de los lectores. Señoritas te detienen para preguntarte si deseas un par de lentes. También se puede oír a jóvenes delincuentes charlando a voz en cuello, gritando en el Jirón Conde de Superunda. Uno se debe cuidar, procurar distancia y mantenerse alerta frente a esos jóvenes.

Después quedan las calles eternamente averiadas que principian por Cailloma, con el asfalto descuartizado por orden del municipio, enmarañadas de redes de plástico anaranjado levemente sucias que impiden el paso a peatones curiosos a esta destrucción cotidiana. Si queda ganas de conocer más la calle más literaria de la vieja ciudad, pueden pasar por la Avenida Tacna, que reúne una serie de locales a la vera de sus enormes autopistas. En estos locales, veremos inciensos y palo santos encendidos, arrojando el acre humo de su esencia. Aquí, venden crujientes picarones embalsamados de abundante miel; y, claro, sin esperar octubre, turrones de todos los sabores y colores: en caja, en oferta. Cirios rojos y rosarios de plástico fosforescente, todo esto encontramos regado en las calles. Como también, señoras que cortan su fruta para venderla en bolsitas; o señores que arrojan una tela al suelo para ofrecer un abanico de ofertas hechas con telas de colores, como pulseras, o con cablecitos de metal, que logran tomar formas diversas. ¿Ven que un grupo de personas se acumula tras las rejas y se sujeta a ellas en actitud reverencial?

Hemos llegado a la casa de reposo de la imagen de El Señor de los Milagros donde feligreses y niños y vendedores se acomodan según sus necesidades afectivas o económicas. Cuenta los sacristanes que esta imagen fue esculpida por manos hábiles de esclavos africanos, y que tiene poderes sobrenaturales como ayudarte en alguna enfermedad. Sentémonos un rato a observar la calle Camaná, que en su extensión le hace un tajo a todo el centro: frente a nuestra banca, observamos a un señor que cubre a su menor en su pecho. Este lleva colchas y él a veces saca su celular y lo guarda. El celular presenta un estuche de cuero negro, que nos hace pensar que se trata de un señor que cuida sus pertenencias. La calle de Camaná, en dirección a Plaza Francia, nos presenta algunos puestos de libros y de objetos antiguos que es necesario comentar.

Ribeyro dirá que la higuerilla crece como planta salvaje en cualquier lado, así también crece la cultura en Lima: a contracorriente. Aquí empiezan los primeros brotes de una calle capital del centro: Quilca. Acabamos de pasar y vimos a un joven tomando una fotografía a un balcón donde reposa una maceta de hojas secas que reptan al filo del tiesto. ¿Acaso capta el instante que se estrella en la apolillada geografía? En estas calles, hace años, se organiza la rebeldía juvenil, sin embargo, hoy en día es una calle con tatuajes del pasado, como muros pintarrajeados de diferentes tonos, y algunas librerías donde todavía se puede conseguir un tomo con todas las ediciones de la revista Colónida. Jirón de la Unión es la calle comercial y mítica de esta parte de Lima; como todo orden, este modelo de calle se repite en las grandes ciudades de todo el Perú —el Jirón Pizarro en Trujillo, por ejemplo; o el Jirón Mercaderes— y traduce el ritmo de la gran urbe peruana.                              

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Cultura

“Cazador de gringas”, un cuento de Mario Guevara

“Cazador de gringas” cumplió 33 años de editado. El cuento se ha publicado en revistas y periódicos de diferentes países de Latinoamérica y Europa. Aquí el texto que se viene convirtiendo en un clásico de la literatura cusqueña.

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Escritor Mario Guevara Paredes.

El cuento se publicó por primera vez en 1989. El texto de Mario Guevara Paredes ha inspirado a diversas publicaciones literarias incluido el comic. Cazador de gringas también ha sido llevado al teatro, cine y ha servido como base para diversos estudios académicos. Además, fue traducido al inglés, alemán, holandés, italiano y quechua.

Aquí la historia del brichero que saltó las fronteras.

Un cuento de Mario Guevara

Como le contaba, la gente nos ve como a bicho raro. Cuando camino por la calle bien aparrado de una gringa, al instante percibo sus  miradas que dicen: «feo y enano y con una gringa mamacita». Pero usted sabrá que no es nada fácil computar gringas. Este oficio, no se ría, aunque no crea es un oficio como cualquier otro, que tiene ventajas y desventajas. Figúrese que se encuentra con una gringa neurótica y feminista que le transfiere sus problemas. ¿Y qué me dice de las frígidas? ¿Conoció a una frígida? ¿No conoció?  Mejor no las conozca, porque ni un volcán en erupción las calienta. Ni qué hablar de las fumonas que sólo vienen al país a vacilarse con todo tipo de drogas. ¿Qué si yo fumo drogas?  La verdad es que alguna vez lo hice, pero no gusto de ellas y no es mi estilo computar gringas por ese medio, aunque algunos bricheros lo hacen.  También llegan las que buscan exóticas aventuras, porque en sus países andan tan mecanizadas que se olvidaron de esa palabrita llamada amor. Es por eso que gustan de nosotros los latinos y dicen que somos ardientes y cariñosos.

¿Quiere saber sobre la extranjera de anoche? Bueno, a esa gringuita la conocí en la taberna Qhatuchay. Apenas ingresé al local, la vi y me dije: así me la recomendó el médico; no se ría, es cierto, era bonita la fulana, usted la conoce y no me dejará mentir. Estaba sola en una de las mesas, mirando embobada al grupo de invidentes que interpretaban una canción andina. Como le digo, me impresionó sobremanera y como hacía días que andaba pateando latas, mis bolsillos silbaban de pena. Ahora el dinero no alcanza y eso me pasa desde que se marchó la norteamericana con quien conviví durante meses. La gringa era cosa seria. Imagínese que se enamoró locamente de mí, al extremo que prometió enviarme el pasaje para visitarle. La experiencia me enseñó que de esas promesas sólo viven los tontos. Pero no me quejo de los meses que pasamos juntos. Tenía mujer, que más parecía maniquí de feria comercial; habitación en un hostal céntrico y comida de lo mejor. Figúrese que mis bolsillos siempre aparecían con dinero y todo por darle a la gringa un poco de amor. Y pensar que con ese dinero me emborrachaba hasta quedar nublado y ella, sumisa como toda esposa, me soportaba. ¿Y sabe por qué?  Si algo me reprochaba, pues se iba su andean-lover. Las gringas podrán decir muchas cosas de mí, pero nunca que no las hice felices.

¿Que no me vaya por la rama? Bien, iré al grano. Como le decía, la vi y al toque me acerqué a su mesa. En este oficio la competencia está al día. Ahora cualquier aprendiz de brichero te gana por puesta de mano y eso jode, porque las probabilidades de computar gringas se reducen a cero. Además, la gringa de anoche era nórdica de nacimiento. Aunque no le miento al decirle: fuese de donde fuese igual la hubiese enamorado. Ya podrá imaginarse que hacía días andaba como un cazador al acecho por lugares que frecuentan las gringas: plazoletas, cafetines, tabernas y complejos arqueológicos, hasta la noche de ayer en que la pude encontrar. Lo interesante de ella, como usted pudo comprobar, es que hablaba español. Dijo haberlo aprendido durante su estadía en Cataluña, veraneando en las tórridas playas de la Costa Brava. De no haber sabido español hubiésemos dialogado en inglés, idioma que domino desde que me inicié en este oficio. ¿Que cuánto tiempo llevo bricheando? A decir verdad deben ser como diez años. Ahora recuerdo que la primera gringa que computé fue una sudafricana que era un sueño de mujer y créame que por primera vez perdí los papeles, mejor dicho, me enamoré, al extremo que la seguí hasta Corumbá, en Brasil, donde se me acabaron los últimos soles que tenía y tuve que regresar tirando dedo. Como ve, no todo es felicidad en este oficio. Conozco a muchos bricheros que de tan mala vida envejecieron prematuramente y ahora las gringas no darían un solo puto dólar por ellos. Continuando con la nórdica, le diré que su profesión de sicóloga —según ella, le ayudaba a conocerse mejor y por ende a los demás— tampoco fue problema porque le cambié sus esquemas. ¿Que cómo fue?  Pues se lo contaré. Con la gringuita utilicé una vieja artimaña que siempre me dio buenos resultados. Se trataba de convencerla de que este encuentro no era casual, sino que se debía al magnetismo que irradia esta ciudad, haciendo posible que esta noche nos encontráramos, pues hacía tiempo la conocía en sueños. Sonriendo trató de explicarme sobre los sueños, citando no sé si a Jung o Adler. Como ve, la gringa intentaba conducirme al campo de la sicología. Entonces, para trastocarle sus teorías le manifesté que, como iniciado en la práctica del conocimiento del mundo andino, tenía otra manera de percibir la realidad. Y no era la realidad simple que ve la mayoría de la gente, sino la realidad que está dentro de la misma realidad. Y frente a ello, las intuiciones clínicas y psicoanalíticas nada tenían que hacer, ya que mi percepción provenía y se sustentaba en toda una creencia milenaria que sólo se transfería a los elegidos. Ser elegido significaba haber pasado por diversas etapas de conocimiento, en las cuales el desapego por las cosas materiales es una de nuestras principales cualidades. Bueno, no crea que toda la noche nos pasamos hablando, no señor, también tomamos nuestras cervecitas que ella necesariamente tenía que pagar. Además, entre conversación y conversación, le agarraba la mano y susurrándole dulcemente al oído, salíamos a bailar. Como bailo de maravilla no sólo huayno, también salsa y rock, la condenada gozaba cuando la hacía girar como a trompo. Al final, la gringa quedó convencida de que este encuentro era mágico y por efecto de la conversación y la cerveza, afirmaba ser la reencarnación de una valkiria que se había perdido en el tiempo. Salimos de la taberna cuando las mesas estaban vacías y los mozos se aprestaban a limpiar el local.

Como afuera hacía frío, la abracé y caminamos bajo los portales de la Plaza de Armas, donde niños de rostros demacrados y soñolientos se acercaban a ofrecernos cigarrillos o pedirnos dinero. La noche era totalmente nuestra. Así, entre besos y abrazos deambulamos por calles silenciosas hasta llegar al hostal en el que pernoctaríamos. En la penumbra de la habitación y echado sobre una cama matrimonial, empecé lentamente a desnudarla mientras la besaba y la acariciaba. Todo marchaba a pedir de boca. Cuando me disponía a realizar el contacto final, usted me entiende, ocurrió lo inesperado. La gringa, abriendo desmesuradamente los ojos, se desprendió con violencia de mis brazos y, saltando de la cama, prorrumpió a gritar y lloriquear de una forma tan escandalosa que despertó al hostal. Como se podrá imaginar, yo estaba aturdido y desesperado por lo que acontecía y temiendo que la conquista se truncara, me acerqué para tranquilizarla; pero la muy histérica, olvidándose de lo amorosa que estuvo, se me abalanzó como una gata enloquecida, intentando desfigurarme el rostro. Créame que nunca hago uso de la violencia y menos con mujeres indefensas. Por eso, no pensé que al atizarle el golpe la iba a dejar inconsciente. Cuando trataba de reanimarla y estando todavía en cueros, llegaron ustedes y sin mediar palabra alguna arremetieron a golpes, poniéndome de cara en la pared. Insulso fue protestar, ya que me callaron a punta de varazos y mentadas de madre. Lo demás usted lo sabe, porque estuvo cuando me trajeron esposado a esta comisaría. Ahora que se convenció de mi inocencia y de lo jodido que es ganarse la vida en este país, no dudara en dejarme en libertad, señor comisario.

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Cultura

Literatura en Perú: de la hegemonía de la PUCP al ascenso de la Universidad de Lima

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“Para mí este es el momento cultural: estos jóvenes caníbales que empiezan a surgir del fondo de la jungla o de los edificios. Jóvenes lobos.”
Roberto Bolaño

En 2024 se cumplirán 30 años de Salón de belleza, del mexicano Mario Bellatin, un autor formado en la ULima, y cuya irrupción simbolizó también la irrupción de toda una nueva camada de escritores en el ecosistema literario peruano, hasta ahora dominado por autores de la PUCP. A diferencia de los escritores de la Católica, estos autores son un fenómeno reciente, pero persistente, que no se puede suscribir a una generación o a una corriente literaria, como grupo son inclasificables y raros. Más que individualistas son personalistas. Nada los une, salvo una cosa, el origen: la Universidad de Lima.

Y tú, escritor, ¿de qué universidad eres?

Agremiar a escritores por su origen universitario parece más práctico que cualquier otra catalogación como puede ser la clase, afiliación política, raza, sexo o incluso procedencia regional. La universidad era, y aún lo es, pero en muy pocas universidades, un formador de personas. Y he ahí que favorece el desarrollo del arte, pero también una conciencia sobre la condición humana.

La universidad como tal, y por encima de otras circunstancias o contextos, propició un espacio de debate, encuentro y motivación en el desarrollo de la vocación de muchos escritores. Luego, entonces en una gran medida la universidad marcó   el derrotero por el que transita la literatura. Ningún otro espacio organizado ha brindado lo que brindó la universidad en el panorama literario peruano. En un país desorganizado cómo es Perú, y además alérgico a la literatura, la universidad fue esa madre comprensiva que estimuló la vida de miles de escritores. Sin la universidad, os digo hermanos, seríamos más pobres de lo que ya somos.

Es a lo que queda de ese espíritu de universidad, y a lo que fue, al que dedico este artículo.

En el pasado fue San Marcos

Universidad de cholos, comunistas y  ateos. Así la llamaron los bien pensantes de la primera mitad del siglo XX. Entre revolucionarios y académicos fue el primer nicho de escritores peruanos.

Cabe recordar que la Decana de América fue durante siglos la que monopolizó el origen de la gran mayoría de autores peruanos. Hasta mediados del siglo XX muchos de los nombres escritos en bronce de la literatura en lengua española en Perú vinieron de San Marcos: Vallejo (primero en la de Trujillo y luego en San Marcos), Arguedas, Scorza, Ricardo Palma, Valdelomar, Bryce, Blanca Varela, María Emilia Cornejo, la aprista Magda Portal, Eielson, Martín Adán, Verástegui, Ollé. No obstante hubieron notables excepciones provenientes de universidades de provincia, como Reynoso de la San Agustín, y algunos otros más con no menor talento que los sanmarquinos, pero con menor alcance y difusión.

El autor por antonomasia de San Marcos es Mario Vargas Llosa, el último dinosaurio sanmarquino, del Perú para el mundo. Cómo él, la mayoría de futuras vocaciones literarias se formaron en la facultad de Derecho, madriguera de poetas y novelistas, que para lo único que resultaban útiles para la miopía de sus familias, que veían con sospecha su fascinación por la lectura, era la redención de ser abogados.

Sin embargo, esta égida sanmarquina empezó a entrar en declive desde 1960, cuando otra universidad empezó a relevarla como nicho de futuras vocaciones de escritores.

A partir de 1970 comenzaban a ser menos los nombres de autores nativos de la San Marcos, destacaban Verástegui y Ollé, en los ochentas Cromwell Jara y después de los 90s poco menos. Pero sin lugar a duda el mejor novelista que a revitalizado el panorama narrativo peruano de los últimos diez años, sea sin lugar a dudas, Francisco Ángeles, el último sanmarquino joven que aún campea en la arena de la literatura. Salvo está excepción podemos hablar de San Marcos como un geriátrico que va camino a ser cementerio de grandes nombres, porque en San Marcos ya no hay escritores, hay críticos, y nada más.

PUCP, como los masones pero más evidentes

Si crees que el Opus Dei solo se contratan y promocionan entre ellos, es porque no has conocido todavía la PUCP. Quien no conoce a Dios le reza a cualquier santo.

Ribeyro, Fernando Ampuero del Bosque, Alonso Cueto, Iván Thays (durante varios años conductor del programa de tv Vano oficio), Rossella Di Paolo Ferrarini, Isabel Sabogal (la única traductora peruana de literatura polaca al español), Eduardo Chirinos, Santiago Roncagliolo Lohmann, Fernando Iwasaki, Gabriela Wienner, Enrique Prochazka, Luis Palomino, o el matrimonio Montalbetti-Chirif son solo algunos de los nombres que llenan la literatura en Perú de la actualidad. No solo son buenos escritores, sino que son los autores hegemónicos que el lector peruano verá en todas partes. No solo aparecen en página completa de Luces, están sobre todo en tu librero mirándote a la cara con una sonrisa y la pose de un café de París.

Cuando en los años 60, el padre McGregor era rector de la PUCP, él nunca soñó que tan lejos llegaría su sueño, y que tan hegemónico sería la presencia de sus estudiantes en el ámbito cultural peruano.

La hegemonía de la PUCP es aplastante. No hay otra casa de estudio o agremiación con una presencia tan fuerte en todos los aspectos de la vida literaria. La omnipresencia de la PUCP en el ecosistema literario y cultural peruano es arrolladora, están en las principales editoriales y en las que emergen, son miembros de los jurados de premios, gran parte del ministerio de cultura tiene una evidente presencia de ellos, y su red de contactos en el exterior ayuda a posicionar nombres, por lo general siempre de la PUCP. A esto súmese el fino aparato crítico que promueve y difunde escritores y editores, una telaraña de prensa que va de El Comercio, el diario de la derecha, a La República, el diario de la izquierda, pasando por revistas, gerencias de tv, blogs, portales web, etc. Por ejemplo Gonzalo Villamonte, egresado de la Especialidad de Historia de la PUCP, formó parte del equipo organizador de Wayka cuando buscaban financiamiento, y el portal de la PUCP les dio apoyo en difusión para lograr concretar el proyecto; o Rolando Toledo, el fundador de La Mula, quien estudió antropología en la PUCP. Entonces, lo que tenemos es algo muy interesante, algo muy a lo House of cards, de la cultura: puertas giratorias. De las aulas a redactores de prensa, de editores a directivos de medios, de docentes en la universidad a figuras de opinión, y en medio ser escritores. Todo atado y bien atado.

Otro indicador de su hegemonía son los puestos de honor en instituciones aparentemente irrelevantes pero de peso institucional internacional como lo es la Academia Peruana de la Lengua, la cual está asociada con las academias de la lengua de casi una veintena de países y bajo la égida de la toda poderosa Real Academia de la Lengua.

De los 23 académicos de número de la Academia Peruana de la Lengua, que se incorporaron desde 1971, 11 son egresados de la PUCP, y otros dos más trabajan para esta universidad. Tenemos a Ferdinand Carlos Léopold de Trazegnies Granda, José Antonio León Herrera, Ricardo González Vigil, Ricardo Silva-Santisteban, Salomón Lerner Febres, Alberto Varillas, Harry Belevan-McBride, Alonso Cueto, Víctor Oswaldo Holguín Callo, al decano de Estudios Generales Letras de la PUCP Carlos Garatea Grau, y hasta el mismísimo ex rector Marcial Rubio. Otros dos miembros de número son el experto en lenguas indígenas, Rodolfo Marcial Cerrón-Palomino de San Marcos, pero desde 1998 trabaja a tiempo completo como docente en la PUCP, y Eduardo Francisco Hopkins Rodríguez, también empleado de la PUCP.

Cabe mencionar que el último miembro de número de la Academia nombrado fue hace poco Eliana González Cruz, docente de la Universidad de Piura, quien es la segunda mujer en formar parte de la academia desde el ingreso de Martha Hildebrandt 46 años antes. No viene al caso, pero lo menciono porque en su momento muy pocos medios rescataron su nombre.

Otro indicador es la Casa de la Literatura Peruana, que es un órgano de línea del Viceministerio de Gestión Pedagógica del Ministerio de Educación del Perú, el cual entrega, desde 2010, un premio a destacados escritores e investigadores de las letras peruanas como reconocimiento a su contribución a la reflexión y la creación en torno a la literatura nacional, es decir institucionalización de la cultura a través del poder. Este premio es de carácter gerontocrático, y por ende es el que mejor expresa el paso del poder y la presencia de la literatura de San Marcos a la Católica. Sus ganadores, personas de la tercera edad, son sanmarquinos cómo Vargas Llosa, Ollé, etc. Pero Recientemente también empiezan a ganarlo los escritores de la PUCP cómo José Miguel Oviedo, Rossella Di Paolo. A medida que literalmente muere la literatura de San Marcos, también aquí la PUCP la viene reemplazando.

Fuera de evidentes obvias envidias, la PUCP ha hecho muy bien su trabajo, en un país desorganizado la Universidad Católica ha creado su propio orden y ha hecho de las humanidades su principal músculo. De ahí el peso de sus autores en la literatura, de ahí la colocación en el extranjero de sus autores, que ya no son de la PUCP sino los rostros de la literatura del Perú actual. Si, cuesta creer que el rostro de Perú en Madrid o en México DF sea Mariana de Althaus, pero ni modo. Lo que ves es lo que hay.

Finalmente la PUCP llena no solo los estantes de las librerías sino la lista  también el canon. Sea esto inocente o no, la literatura en Perú ahora es de la PUCP.

Bueno, hasta ahora…

Universidad de Lima, una extraña suerte

Si, más caras blancas, pero menos masonería.

Lo de la Universidad de Lima en los últimos 20 años no hay quien lo explique. A diferencia de ese orden existente en la PUCP, en la ULima parece que esto de los escritores surgió sin ningún orden o meta. Como Lima misma: de repente y sin ningún planeamiento. De ahí su sabor a originalidad.

Mario Bellatin, Sergio Galarza, Diego Trelles, Jeremías Gamboa y el Best seller peruano, Renato Cisneros son algunos de los nombres que han emergido con fuerza desde mediados de los 90 y todo el 2000 en adelante.

A diferencia de lo que pasa entre autores de la Cato, dónde encuentras vasos comunicantes en cuanto temática o estilo, aquí ocurre algo distinto, ninguno de estos autores se parece a ninguno. Y la razón podría estar en su propio origen, escriben porque quieren, y surgieron por generación espontánea.

Si me pongo a explicar diría que la respuesta está en una pregunta maliciosa ¿Un escritor de la ULima tiene conciencia social? La sola pregunta es una broma que se hacen los mismos estudiantes y egresados, los estereotipos que provienen de afuera tienen cierto asidero de verdad. No la tienen, no por frívolos , que también pueden serlo, sino por una mejor y más rara  excusa. Los de la de Lima cuando escriben, escriben no para ganar un premio y obtener una buena reseña. No es un tema político el que les preocupa, o la justicia social o de género lo que buscan expresar. Lo suyo no es propio de un  bienpensante. Sus prioridades narrativas son ellos mismos. .

Los de la de Lima va más por una Literatura personalista. En parte todavía contaminada por la lepra de la autoficción, pero con marcadas diferencias. Un autor de la de Lima se parece a otro de la de Lima precisamente en que no se parecen en nada, es ahí su acierto. No hay una mirada ideológica o sesgada de la realidad, no hay una corrección política sumida en un comando de pensamiento progresista o conservador, es más bien lo que la literatura tiene que ser: un ejercicio limpio y honesto de libertad.

Entonces un cuento o una novela de la de Lima por lo general es una película en cámara man, sin juicios ni adoctrinamientos. Es una observación minuciosa y a veces exagerada en egoísmo de sus propios sentimientos, emociones y observaciones de un mundo que solo podemos ver y sentir a través de su autor. Esa es la ley de Lima: Ven y mira.

La mayoría de los autores de esta universidad provienen de la facultad de comunicaciones, pero también de Derecho, psicología y varios más de ingeniería. Las causas de su vocación se desconocen pero se sospechan. Tal vez la ausencia de estudios de género o de literatura etnográfica impulsa a que ellos mismos se busquen sus referentes. Eso ya es especular. Lo que si es un hecho es el aumento en el número de publicados y la mayor relevancia que con los años van ganando en el ecosistema literario peruano e internacional, y todo de manera espontánea. En promedio un escritor de la Lima es alguien joven, de 27 a 47 años. En la flor de su vida, parecen ellos estar determinados a lanzarse a escribir. La respuesta de por qué, es una respuesta personal.

Entre más nuevas voces que emergen están Juma Paredes, Oscar Rengifo (apareció en la antología Hastío en 2020), también hay promesas que se empecinan a no cumplirse como el poeta Rodrigo Ahumada, editores y periodistas culturales cómo Diego Arévalo, o Eugenio Vidal, estos últimos tres tercamente inéditos, hasta ahora.

Leer a uno de estos autores es tener esperanza, y refresca saber que no todo es la literatura canónica de una sola universidad.

Pero, y las escritoras de la ULima ¿Existen?

Bonus track: Los sniper

Pero no todo son un par de universidades. Hay autores aparapetados en los techos empolvados de Lima, esperando su momento para disparar. Son los snipers, huérfanos de instituciones o contactos. Son los apátridas. Escriben en la soledad de dos. Escriben de noche hasta amanecer, con hambre, con frío, con cansancio y el sueño salvaje de solo escribir. Escritores cómo estos fueron en otros tiempos y latitudes: Roberto Bolaño, el desertor del colegio, Juan Manuel de Prada, ese estudiante de Derecho que a los 25 años se propuso ser escritor y nunca abogado. En Perú solo conozco una, se llama Kareen Spano.

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Cultura

Cámara Peruana del Libro se pronunció por el caso de Manuel Rilo Podestá

La Cámara Peruana del Libro tomó la decisión de suspender indefinidamente todos los derechos y atribuciones de su asociado Manuel María Rilo Podestá, por haber sido sindicado como cabecilla de una red de trata de personas que se dedicada a la explotación sexual de mujeres extranjeras en el centro de Lima.

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Manuel Rilo Podestá, asociado de la Cámara Peruana del Libro (CPL), fue sindicado como cabecilla de una organización de trata de personas que operaba en el centro de Lima ejerciendo la explotación sexual de mujeres extranjeras. Luego de cuatro días y ante la presión de distintos sectores, la CPL se tuvo que pronunciar sobre el caso.

Mediante un comunicado publicado anoche, la entidad que organiza la Feria Internacional del Libro de Lima, señaló: “En relación a la orden de captura contra Manuel María Rilo Podestá, señalado como presunto líder de una red criminal de prostitución y trata de personas, la Cámara Peruana del Libro, se dirige a la opinión pública, y a las autoridades para expresar: El Consejo Directivo y la Comisión de Honor han tomado la decisión de suspender indefinidamente todos los derechos y atribuciones que Manuel María Rilo Podestá tenía como asociado, a través de su empresa Amelie E.I.R.L”.

Un comunicado que sale tarde pero que marca una posición dentro de la Cámara Peruana del Libro, que de ahora en adelante debe mejorar el filtro para aceptar asociados dentro de su institución, ya que la CPL es organizadora de la FIL de Lima y de la Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores, eventos donde Manuel Rilo participó como expositor con su sello editorial Amelie.

Este no es un caso aislado, ya que hace algunos años un editor y asociado a la Cámara Peruana del Libro fue denunciado por violencia sexual por cinco mujeres. Sobre ese hecho, lamentablemente la CPL no se pronunció.

Sobre Manuel Rilo, se conoce que obtuvo una licenciatura en literatura hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú (1997) y un doctorado en la Universidad de Miami (2006). Ha publicado Contraeltráfico (Lima, 1997), textos críticos suyos han aparecido en diversas publicaciones como Revista Peruana de Literatura y Hostos Review, entre otras. Además, impartió cátedra de literatura latinoamericana en la Stephen F. Austin State University en Texas (EUA).

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