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Cultura

La cultura lleva tu nombre

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Se fue hace veinte años. La cultura, sus amigos, su barro, le siguen echando de menos. Y es que no ha habido nadie capaz de tomar su lugar, ni de emular sus logros intelectuales. Este es un testimonio, una revelación, pero es sobre todo una confesión de parte de cómo nos conocimos y cómo, pocos años después, nos despedimos. Si la cultura tuviera un nombre, un apellido, esos son los suyos: Manuel Baquerizo Baldeón.

Hasta entonces solo había leído su nombre en los suplementos culturales y me había solazado con sus impecables críticas de arte. Pero ahora lo tenía allí, frente a mí, con su saco a cuadros y su gorrita de golf, destacando entre las veinte personas que habían asistido a la pinacoteca. Sostenía una copa entre las manos. Me acerqué, menguado, y él estrechó mi mano como se la estrecharía a cualquiera, amable pero distraído. Le planté mi nombre, balbuciente, y entonces se hizo el milagro: “Ah, es usted, mire qué gusto, lo he leído muchas veces”. Lo único que Manuel Baquerizo Baldeón podía haber leído de mí era un artículo raquítico sobre la papa a la huancaína que me había costado la vida publicar en un diario de Huancayo. Mis cuentos permanecían bajo siete llaves. Hasta esa noche poco había conseguido con ellos, pese a haber abandonado dos carreras, haberme peleado con mi familia, haber casi muerto de hambre con tal de llegar a ser un escritor.

Mi pálido éxito radicaba en que dos veces me hubieran nombrado finalista en unos concursos literarios y que una revista me diera la oportunidad de conocer a Julio Ramón Ribeyro. En realidad no había tenido una mano amiga, un preceptor, un cofrade intelectual, ni siquiera enemigos literarios (esos llegarían después) que orientasen mi literatura. Esa era la razón por la que había caminado a tropezones, en la más completa orfandad, confiándole todo al instinto porque de técnicas y recursos no tenía la menor noticia.

Pero parecía que mi fortuna empezaba a cambiar, porque ahí estaba el destino con su saco a cuadros y su gorrita de golf, dándole la oportunidad a mis desvalidos cuentos, por primera vez, de tener a alguien que los ausculte, los diagnostique, los medique. Y no cualquiera. Nadie menos que el maestro. Ya lo había dicho Laura Riesco: “Manuel Baquerizo, él mismo, es un acontecimiento irrepetible de las letras peruanas. Se trata del más acucioso investigador de la literatura peruana, sobre todo andina, capaz de enclavarse en los pliegues más profundos de la cultura de nuestro país. Nunca perdió, sin embargo, la visión del entorno latinoamericano y mundial”. Cuánta razón tenía. Pero ese no era el momento para pedirle que viera mis cuentos. Era el momento de brindar, conversar a flor de agua sobre la muestra pictórica que había reunido al mismo grupo de siempre, ofrecerle un espacio en el diario en el que yo trabajaba para asegurar nuevos encuentros y, en uno de ellos, filtrarle de contrabando mis relatos.

La táctica de ofrecerle una columna en el diario dio un excelente resultado: Manuel Baquerizo se convirtió en un asiduo colaborador de la página cultural y pronto empezó a visitar la redacción. Todavía no estrechábamos la amistad, pues yo seguía esquivo, pero no por altanería como todos creían sino por cortedad, y seguía bajando los ojos cuando él conversaba conmigo, o seguía sintiéndome un sabelonada cuando lo escuchaba hablar de cualquier tema.

El diario donde me deslomaba, Primicia, quedaba en plena Calle Real, en una casona en la que, se decía, había nacido el gran poeta de los polirritmos: Juan Parra del Riego. La redacción quedaba en el segundo piso, pero no teníamos recepción, así que recibíamos a nuestros invitados en el patio. Una noche, Manuel Baquerizo llegó abrazado de la última novela de Mario Vargas Llosa, una sobre un señor que anotaba en un cuaderno sus fantasías eróticas. Admiraba —admiro— tanto a Vargas Llosa que siempre estaba —estoy— a la caza de anécdotas sobre él. Imaginé que Baquerizo, con lo distinguido que era en el mundo intelectual, podía haber alternado con el novelista.

—¿Usted conoce a Vargas Llosa? —le pregunté.

El maestro afirmó con la cabeza. Pese a que mi tarea de editor había quedado inconclusa, lo invité a sentarse en uno de los sillones verdes colocados en el patio, debajo de la arquería, y me senté a escucharlo. Me contó que en una ocasión los críticos Abelardo Oquendo y Carlos Araníbar, integrantes de un círculo de escritores en ciernes de la universidad de San Marcos, lo invitaron a una tertulia de amigos. Entre ellos había un muchacho desconocido del círculo, alto, espigado, que iba por primera vez a la reunión. Le invitaron a leer un cuento y él lo hizo, interrumpiéndose cada tanto, balbuciendo, sobreponiéndose a su propio nerviosismo. “Todos lo escuchábamos con atención. Se trataba de un cuento sobre una extraña mujer que contaba su vida en los cafés y bares de Lima”, recordaba Baquerizo. La reunión, lamentablemente, fue desalentadora para el muchacho: al finalizar, todos lo miraron, guardaron silencio, y cuando reanudaron la conversación empezaron a hablar de otras cosas, evadiendo desdeñosamente su cuento: “Era Vargas Llosa, oiga usted, y era todavía estudiante. No sabe la pena que me causó que nadie le hiciera caso”.

Sinceramente, me fascinó la anécdota, como me fascinó el modo de narrar, de pegar la hebra de Baquerizo, a quien a partir de entonces empecé a ver con muchísimo más respeto. Me enteré que acababa de cesar en la Universidad Nacional del Centro, en el cargo de vicerrector, y que ahora se dedicaba exclusivamente a lo que mejor sabía hacer: potenciar la cultura. Leía desde las seis de la mañana, periódicos, libros y revistas, y por la tarde se sentaba a escribir largos y cerebrados ensayos sobre arte y literatura; es decir, vivía una vida más rica e intensa que la realidad cotidiana, como lo decía él mismo. Nuestra amistad era, todavía, germinal.

Unos meses después, por bocazas, me metí en un embrollo del que no hubiera podido salir sin el socorro de Baquerizo. Eran épocas difíciles, de dictadura civil, y un buen día llegó a la redacción un nuevo director para el periódico: Richard Molinares. Se trataba de un treintón enorme, con calvicie prematura, que —decían— llegaba de un periódico limeño que le servía rastreramente al absolutismo. Al principio medimos nuestras miradas, nos apartamos el uno del otro, sin darnos una tregua. Luego, por cosas del trabajo, fuimos acercándonos, hasta que terminamos por allanar nuestras diferencias. Una noticia remeció el país por esos días: un grupo de terroristas encapuchados secuestró la residencia diplomática del Japón, tomando cautivas a más de treinta personas, entre las que se contaban magistrados, empresarios y congresistas. En la abridora del diario se afirmaba que unos terroristas habían tomado “de” rehenes a treinta personas, y yo (metiche y arrogante) le sugerí a Richard que cambiara la preposición material “de” por la partícula gramatical “en”, puesto que los cánones lingüísticos así lo exigían (en realidad se lo había escuchado decir a Martha Hildebrandt una vez y no me había dado el trabajo de ahondar en el tema). Richard me hizo caso, sin saber que estimulaba el fuego de una trapatiesta magnífica, y al día siguiente el diario, con enormes letras coloradas, informaba que unos “terroristas habían tomado ‘en rehén’ a treinta personas en la residencia del embajador japonés”. Desde muy temprano empezaron a llegar las llamadas telefónicas, algunas mordaces y otras furibundas, pero todas enfiladas contra el titular: “No sean, pues, ignorantes, nos dijo el dueño del periódico, enojadísimo, tirando un ejemplar sobre la mesa de redacción. ¿Desde cuándo se toma ‘en rehenes’ a la gente?”. Hasta media mañana me tocó a mí torear los insultos y las imprecaciones, pero a esa hora llegó Richard y, con cara de yo no fui, le endosé el problema para que lo enfrentara en su condición de conductor del medio. Nadie tuvo compasión con él, nadie le dio el beneficio de la duda, nadie siquiera le palmeó la espalda, así es que a las tres de la tarde se plantó delante de mí para espetarme: “Tú me metiste en esto y ahora me sacas”. Pasaba que ni él ni yo teníamos argumentos sólidos para defender nuestra posición lingüística y, huérfanos e indoctos, estábamos a merced de la maledicencia de la sociedad que nada perdona. Con su sonrisa marcial, con su saco a cuadros y su gorrita de golf, recordé entonces la sabiduría de Manuel Baquerizo. Busqué su número de teléfono en la guía de abonados y me contestó una voz femenina, informándome que el maestro no estaba en Huancayo, que había viajado a Lima. El cielo se desplomó sobre mí. Cuentan mis compañeros de trabajo que me veía desesperado, que recorría la estancia a pasos agigantados, que tenía la marca de la muerte en la cara. Debía ser cierto porque me sentía perdido, sin un pérfido libro donde hacer la consulta, con todas las salidas tapiadas. Pero existe una fuerza interna —lo confirmo— que delimita la supervivencia del hombre. Esa fuerza me condujo a pensar sobre frío: Baquerizo me contaba que siempre que iba a Lima pasaba gran parte de la tarde en la librería El Virrey. Pregunté por el número telefónico de la librería y llamé. Me respondió una contestadora automática, toda una novedad para la época, que me enlazó luego con una recepcionista.

—Buenas tardes, disculpe, llamo de Huancayo —empecé.

—Sí, ¿en qué puedo ayudarlo? ¿Desea un catálogo?

—No, muchas gracias —dije—. En realidad llamo porque quisiera saber si el doctor Manuel Baquerizo está en la librería.

—Manuel Baquerizo —repitió la recepcionista—. No, aquí no trabaja.

—Ya sé que no trabaja con ustedes —repliqué—. Es un cliente y siempre se pasa horas en la librería.

—No, pues, no conocemos a nadie con ese nombre.

—Entonces hágame un favor, señorita —imploré—. Mire si en las mesas hay un señor con saco a cuadros y una gorrita de cuero.

La respuesta de la recepcionista, casi inmediata, me restituyó una brizna de esperanza: “Sí, allá al fondo hay un señor con esas características”. Le pedí que por favor me comunicara con él y ella, raro modelo entre las de su especie, accedió, imagino, levantándose de hombros. Segundos más tarde la voz de Manuel Baquerizo, enérgica y francota, sonaba en el auricular.

—Aló, ¿con quién hablo?

—Soy Bossio, doctor, buenas tardes.

—Ah, don Sandro, qué sorpresa.

—Sí, disculpe que lo importune, pero se trata de un asunto de vida o muerte.

En seguida le puse al corriente de lo ocurrido y, al final, con una súplica, le solicité asistencia. “No se preocupe, don Sandro, me dijo. Estamos en el lugar ideal. Déjeme revisar unos libros y lo llamo en una hora”. Manuel Baquerizo era un hombre cumplidor, escrupuloso con los tiempos, y ese día lo constaté: una hora después sonó el teléfono y ahí estaba de nuevo su voz intensa: “Sí, don Sandro, tiene usted toda la razón. El Diccionario de Seco y el manual de Lázaro Carreter están de acuerdo con su planteamiento. Lo que pasa es que ‘rehén’ es sinónimo de ‘prenda’ y hay que trabajar con todas sus preposiciones. O sea, decir ‘quedaron en rehén’ equivale a decir ‘quedaron en prenda’. Esa es la razón”. De inmediato le alcancé a Richard los esclarecimientos correspondientes y al día siguiente sacamos una nota aclaratoria con las explicaciones de Baquerizo. Nadie ya dijo esta boca es mía.

A las pocas semanas conocí a Eleodoro Vargas Vicuña, a quien entrevisté con gran ilusión, porque accedió a darme una audiencia, pese a que hacía muchísimos años que se negaba a conversar con la prensa. Me precio de haber sido el último periodista en haberle hecho una larguísima entrevista, que luego publiqué en mi periódico y dupliqué en algunos medios de Lima. En cuanto se divulgó, Manuel Baquerizo me llamó a la redacción y, por primera vez, me invitó a una copa. Fuimos a una panadería del centro, aledaña a la catedral, donde el maestro era querido y respetado, y donde —según me dijo— se preparaba el mejor “caliente” de Huancayo. Supe entonces que Baquerizo era un buen bebedor, culto y refinado, y que el ron Caldas era su favorito. Esa noche me felicitó, me dijo que había hecho una excelente entrevista, y que había logrado con Vargas Vicuña lo que nadie había conseguido hasta entonces: que confesara su nacimiento en Acobamba, Tarma, en contraposición a Arequipa, de donde se reclamaba por pecaminoso orgullo. Bebimos tres rondas del delicioso trago sin apartar de nuestra mesa las técnicas y los recursos literarios más efectivos. Ese encuentro me brindó los arrestos necesarios para, a la semana siguiente, presentarme en su casa sin previo aviso: habiéndome llenado de valor, llegaba a ella con una carpeta bajo el brazo, continente de cinco cuentos, corregidos y recorregidos para ver si pasaban su prueba de fuego. Se los entregué al maestro con el pedido de que los revisara. Él le dio una mirada a los papeles, luego cerró la carpeta, y afirmó: “perfecto, dijo, los veo y le llamo”. Fueron las semanas más angustiosas de mi vida. Mientras esperaba la llamada del maestro, un sudor helado recorría mi cuerpo, como ramalazos, y me decía que si Baquerizo les cortaba la cabeza, habría fracasado en mi intento de ser escritor, y doce años de trabajo se habrían ido por el excusado. A los pocos días me llamó, pero no para alcanzarme una crítica, sino para pedirme autorización para corregir los cuentos. “Haga con ellos lo que crea conveniente, doctor, al final están preparados para todo”, le respondí. Quince días después recibí de nuevo su llamada, citándome en su casa, a donde acudí puntualmente. Hablamos varias horas, de otras cosas que nada tenían que ver con mis cuentos, mientras yo me consumía en ansiedad, hasta que ya cerca de las diez de la noche sacó la carpeta y me la entregó mientras me decía: “He leído todos sus cuentos, don Sandro, y todos me han gustado. Pero hay dos que realmente me han impactado: el de la enfermera y el de la pianista. Son realmente excepcionales”. Pero había un grave problema —me dijo— que no permitía que mis cuentos alcanzaran su esplendor: la prosa. Entonces eché una mirada a los papeles y me escalofrié con la cantidad de palabras tachadas, de frases sustituidas, de calificativos eliminados, de preposiciones agregadas. Realmente, poco quedaba de lo que yo alguna vez había escrito, y entre los jeroglíficos y las tachaduras solo de vez en cuando reconocía una o dos palabras que habían quedado en pie. “Tiene que evitar el circunloquio”, me dijo. Llegué a casa con los ánimos por los suelos, pensando que mi carrera literaria tocaba a su fin. La desesperanza hizo presa de mí durante unos días, pero al cabo de ellos estaba de nuevo sobre el caballo, repasando las correcciones de Baquerizo, escrutándolas, estudiándolas, colonizándolas con lápiz y papel, remitiéndome al diccionario. Semanas después, de tanto haber reescrito los cuentos con las correcciones, y de tanto haber estudiado el uso de los infinitivos y los gerundios, estaba realmente maniatizado. Hice varias versiones más de los cuentos y, para probarme una vez más, los metí en un sobre y los envié al concurso de cuentos de una empresa petrolera.

Entretanto, seguí cultivando mi amistad con Baquerizo. Nos reuníamos semanalmente en su casa (recuerdo con agrado ese patio solariego donde arrimaba cómodos sillones para conversar en la intemperie y, además, el olor delicioso de las maderas barnizadas de su sala en el segundo piso) o, a lo mejor, en un café. Y conversábamos. La mayoría de las veces él hablaba (monologaba) y yo me embebía en su verbo, en sus vivencias, en su mundo pasado. Pero a veces yo inquiría y él respondía. Así me enteré de muchísimos pasajes de su vida: que había empezado trabajando en la universidad San Cristóbal de Huamanga, que había tenido una fuerte polémica filosófica con Abimael Guzmán Reynoso, que una vez había bebido más de lo necesario con Ciro Alegría y habían terminado en un rinconete de baja monta, que a veces firmaba sus escritos como J. Barquero, que había dirigido varios suplementos culturales (del que más orgulloso se sentía era de Proceso), que había sido gran amigo de José María Arguedas. ¿Por qué el maestro, con ese verbo y esa nombradía, se había quedado a vivir en Huancayo? Un día se lo pregunté y me respondió que vivir en provincia le permitía seguir las incidencias literarias del mundo, del país y del interior al mismo tiempo. Amaba, realmente, a su tierra, a la que llamaba “su barro”. En verdad, había leído todos los libros, todos, los clásicos, los contemporáneos y a veces pensaba que aún los que estaban por escribirse. En otra ocasión le pregunté por su biblioteca y me llevó a conocerla. El momento en que ingresé en ella parece haberlo descrito Carlos Ruiz Zafón en su novela sobre libros malditos: “Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible”.

Al rayar el fin del milenio, a un grupo de amigos se nos ocurrió fundar un semanario de interés público llamado Página 20. Al principio fue una publicación más, llena de material de relleno, hasta que una compañera y yo tomamos el control y, con la venia de Enrique Melgar Moscoso, el financista, decidimos convertir el medio en una plataforma de resistencia política. Recuerdo mucho a gente valiosísima como Mario Castillo, Toño Bráñez, Paúl Cárdenas y Hernando Torres que no tuvieron empacho en arriesgar hasta la vida por cumplir con las difíciles comisiones que les encargábamos. Este nuevo espacio también contó con la pluma de Manuel Baquerizo, quien, además, corregía nuestros textos (en una ocasión Mario Castillo se presentó en la redacción, muy deprimido, diciendo que el doctor había “despedazado” su texto). Fue la época en que la Academia Peruana de la Lengua lo incorporó como Miembro Correspondiente y nosotros, claro, le dimos una portada. Se alegró mucho y nos dijo que había sido una noticia inesperada: “Lo cierto es que yo no me dedico al trabajo intelectual en forma sistemática y orgánica. Escribo sobre un tema, solamente cuando me agrada y cuando siento placer o satisfacción en hacerlo”. Fue la época también en que entró en nuestra vida Jair Pérez, un leído estudiante de literatura de San Marcos que tenía una bonita taberna, donde empezamos a reunirnos los viernes por la noche para dar recitales y conversar y emborracharnos sin disimulo. Gracias a Baquerizo (sobre todo durante el congreso de literatura que organizó con Nicolás Matayoshi por aquella época) conocí a mucha gente. Mis amistades legadas por él se cuentan por montones, pero puedo recordar a Miguel Gutiérrez, a Oswaldo Reynoso, a Virginia Vilchez, a Zein Zorrilla, a Samuel Cárdich, a Washington Delgado, a María Teresa Zúñiga. Con muchos de ellos me encontraría años después en Europa, o en México, o en Argentina, en las diferentes ferias de libros a las que asistiría, pero entonces yo era apenas un pobre periodista iluso que vivía casi del aire. Otro amigo muy cercano presentado por Baquerizo es Jorge Jaime Valdez.

La aventura de Página 20 terminó dramáticamente, con dos de nosotros encarcelados y perseguidos por la dictadura, llenos de deudas, pero con la satisfacción de haber puesto el pecho en su oportunidad. Los chicos que aprendieron con nosotros, poco después, publicaron un valiente periódico universitario con el molde de nuestro desaparecido semanario.

Por entonces tenía una enamorada con la que nos veíamos a hurtadillas, en un departamento de soltero que había habilitado para fines bélicos, y una tarde en que estaba con ella, retozando a oscuras, sonó el teléfono. Reconocí de inmediato la voz de Baquerizo. Ahí estaba otra vez, hablándome con gran entusiasmo, casi con frenesí: “Don Sandro, me acaba de llamar González Vigil, de Petroperú, y me dice que tres de sus cuentos han quedado finalistas en el concurso de este año”. Desde luego, quedé pasmado, entrelazados mis dedos con los de la enamorada fugaz, perdido en las tinieblas azules de la habitación. “Aló, don Sandro, ¿está ahí?”. Claro que estaba ahí, escuchando la voz llena de ímpetus del maestro, su exaltación. Me vestí de inmediato y fui en su búsqueda. Me llevó a la presentación de un libro y se encargó de que dieran la buena nueva por el micrófono. Tiempo después me enteré que Baquerizo había comprado un buen lote de los libros donde se publicó uno de los cuentos finalistas, el más breve, y que lo obsequiaba a mis espaldas a todos sus amigos, diciéndoles que en Huancayo había también buena literatura.

A los pocos meses de cerrarse el semanario político, el doctor me llamó para proponerme la dirección de otro medio de comunicación escrito, “independiente y culto”, según me dijo. Después de algunas tratativas, concordamos con Ricardo Soto, el propulsor, que yo me haría cargo de la plana periodística del nuevo semanario y que Manuel Baquerizo dirigiría un suplemento cultural mensual. Varias fueron las reuniones para determinar los nombres: finalmente el medio se llamó Nuevo siglo y el suplemento Ciudad letrada. Trabajamos tres meses, denodadamente, pero la situación política era atroz y, pese a habernos hecho el firme propósito de no tocar temas gubernativos, el medio empezó a virar hacia ellos, hasta convertirse, otra vez, en una trinchera de combate a la dictadura. La organización que nos subvencionaba trabajaba independientemente, pero temía represalias del gobierno, así es que un buen día nos sentamos a conversar amigablemente y decidimos ponerle fin al medio. “Lo único que les pido, les dije, es que matemos a la madre, pero no al cordero”. Entendieron mi demanda y fue así como Ciudad letrada se independizó y se posicionó en las esferas literarias del país. “Me siento complacido de tener en mis manos este mensuario nutrido y acorde con los tiempos. Es halagüeño saber que las ediciones se terminan y las tiradas crecen mes a mes, pues hemos empezado a llegar a Lima, Puno, Huánuco, Iquitos y otros lugares distantes”, diría Baquerizo tiempo después en una larga entrevista periodística.

Fueron los últimos meses de vida del maestro. Salieron veinte números de Ciudad letrada y yo colaboré muchísimo con ella. En una ocasión, incluso, representé a Baquerizo en el Club Huancayo de Lima para presentar la revista a un gremio de abogados huancaínos. Y es que el maestro, sin que nos diéramos cuenta, había caído enfermo.

Era la época en que yo, con todo lo aprendido, escribía una novelita de amor ambientada durante el terremoto de 1746, y había entrado a trabajar en la universidad que Baquerizo —cosas del destino— había abandonado hacía poco.

Un día me enteré que el maestro estaba internado en el hospital de la seguridad social. Fui a verlo y le llevé un libro. Me dijo que el mal había empezado con un zumbido en el oído y que ahora, después de varias pruebas, no podían diagnosticarlo, así que debía trasladarse a Lima. En efecto, en el mes de noviembre de 2001, se lo llevaron al hospital Guillermo Almenara. Me llamó varias veces. Me contaba que tenía dolores insoportables en los músculos, que había bajado de peso, que los médicos continuaban buscando la enfermedad. Y me recomendaba que no descuidara la edición de Ciudad letrada. Un día me enteré que, finalmente, habían dado con el mal y que se trataba de una miopatía. Entonces fui a una tienda de ropa y le compré una camisa de franela, roja y a cuadros como a él le gustaban, y viajé con ella a Lima para saludarlo. Lo encontré postrado, marchito, pero aún rebosante de la vitalidad que nunca le abandonó. Conversamos interminables horas.

Entretanto, a escondidas de todos, envié la novelita a un concurso literario patrocinado por el Banco Central de Reserva, pensando que si no ganaba, nadie se enteraría que había participado.

Baquerizo murió en febrero. Ese día me llamó Carolina Ocampo para echarme el mundo encima y recuerdo que, ebrio de furia y desaliento, recorrí las casas de los amigos más cercanos informándoles de lo acontecido. Las exequias fueron fastuosas: el alcalde de Huancayo, Dimas Aliaga Castro, le hizo un homenaje y cubrió su ataúd con la bandera de la ciudad. En el cementerio la familia me hizo el honor de ser uno de los oradores sombríos del cortejo. Mientras sellaban el nicho y alguien cantaba ese huaynito que tanto le gustaba al maestro “…Ay, la vida se me está yendo como se fue mi suerte…” sentí que el dolor de la garganta, como una represa fracturada, se derramaba en lágrimas arrasadoras. Al voltear, Jair Pérez también lloraba, y más allá Ana Espejo, y más allá Giovanna Almonacid, y más allá Sergio Castillo, y más allá Abel Montes de Oca. Llegaron cartas de pésame de todas partes del mundo y con Nicolás Matayoshi decidimos publicar un número de homenaje de Ciudad letrada con las decenas de epigramas y obituarios arribados.

Un mes después, me llamó el propio Luis Jaime Cisneros para felicitarme por haber obtenido el premio del Banco Central de Reserva. Mi novelita, escrita a la loca en una difícil situación económica, vencía. Después la historia es conocida: me entrevistaron en todos los periódicos y en la televisión, me dieron un cheque nada despreciable, publicaron mi libro, se multiplicaron las ediciones, me invitaron a viajar por varias partes del mundo, pero nunca tuve el premio que realmente apetecía: que Manuel Baquerizo Baldeón, mi maestro, leyera la novela fraguada con sus propias manos. Y, claro, que usara la camisa roja que se quedó sin abrir.

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Cultura

René Quispe Navarro: “Lo que desecha Lima yo lo convierto en arte”

Conversamos con el talentoso artista René Quispe Navarro, quien viene participando de la muestra colectiva DNS en la galería Martín Yépez del Centro Histórico de Lima.

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René Quispe Navarro es un artista egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú, desde muy joven respiró de cerca el trabajo del maestro Vinatea Reinoso y las pinturas de Francisco de Goya.

Hijo de padres puneños que llegaron a Lima en busca de un futuro mejor, y como muchas otras familias se establecieron en Comas, y formaron parte del fenómeno social, que el antropólogo Matos Mar llamó “Desborde popular”.

Autorretrato de René Quispe.

Desde muy temprana edad, René Quispe fue influenciado por el ruido y el caos de una ciudad que nunca duerme. A pesar que estudió electrónica para solventar sus gastos, nunca dejó de soñar con estudiar en la histórica ENSABAP ubicada en el jirón Ancash 681, en el Centro de Lima.

En la Escuela Nacional de Bellas Artes encontró su pasión, y un nuevo mundo que le permitió conocer a otros artistas y forjar un compañerismo entre pinceles y paletas de colores.

René, actualmente viene participando de una muestra colectiva titulada DNS en la Galería Martín Yépez. Si bien su trabajo por muchos años estuvo ligado a la acuarela, su propuesta actual sorprende por el uso de materiales reciclables.  “Lo que desecha Lima yo lo convierto en arte”, nos dice mientras exploramos la superficie de sus obras: cartón, retazos de telas y pantalones que alguna vez usó.

Obra “Control integrado” técnica mista sobre cartón.

Su obra viene recorriendo diferentes galerías nacionales e internacionales, y se encuentra en colecciones privadas.  Además, viene trabajando para lo que sería su próxima muestra individual en Monumental Callao, el emblemático epicentro del arte chalaco que acoge a artistas nacionales y extranjeros.

Aquí la entrevista con el artista.

Estás participando en la muestra colectiva DNS en la galería Martín Yepes. ¿Cómo ha sido producir tu arte para una exposición luego de dos años de pandemia?

Yo le debo mucho a Lima, le debo mi residencia, Lima me ha protegido, me ha salvado, entonces hago esta propuesta como un pago, así como hacen en las regiones andinas, yo hago un pago utilizando materiales reciclables; uso la ropa, los cartones que probablemente Lima desecha, pero yo le doy otra vida.

¿Se puede decir que tienes una relación especial con la ciudad?

Claro, es por eso que, en gratitud a eso, lo que desecha Lima yo lo convierto en arte.

En esta muestra estás presentando trabajos en cartón, telas, pantalones, de alguna forma tú lo reciclas para transformarlo en arte. ¿Cómo se inició esto?

Curiosamente la inquietud que yo tengo es hacer una cosa muy distinta. En acuarela tengo una forma muy particular de pintar que se diferencia con la acuarela común. Yo hago un salto de la pintura. La intención que yo tengo es hacer algo distinto con las ropas, que muchas de ellas son mías, para convertirlo en una exposición.

Tu trabajo de acuarela es bastante buena, ¿existe algún tipo de influencia arequipeña?

Obviamente la acuarela es bien reconocida porque en Arequipa se practica mucho, pero cuando yo desarrollo mi obra lo hago de una manera muy personal, de repente mis propias investigaciones, naturalmente van saliendo cosas que ni yo mismo lo pensé y da como resultado lo que estoy haciendo ahora.

A diferencia de las acuarelas ¿qué has encontrado con la experiencia del cartón o las telas?

La pregunta es muy válida. El cartón es un elemento que no se utiliza ni pincel ni agua, por el contrario, he utilizado una cuchilla para hacer cortes tipo collage para hacer íconos ancestrales; en un principio resultaba simple la elaboración, pero el resultado final se fue convirtiendo en algo que a mí realmente me gustó.

¿Cómo surge la invitación para ser parte del colectivo en la galería Martín Yepes?

Nosotros postulamos al concurso del Instituto Británico, y nos seleccionaron, pero no llegamos a pasar la segunda fase, así que nos agrupamos Iván Alejandro Alcázar y yo. Él me invita para poder participar en el proyecto.

¿Se puede decir que te dedicas a tiempo completo al arte o te dedicas también a otras cosas?

Creo que sí me dedico al 100% aunque hay momentos en que también tengo que buscarme cómo agenciarme económicamente, pero sí, actualmente me estoy dedicando completamente al arte. Es un compromiso que tengo.

Dejaste la electrónica para dedicarte de pleno a Bellas Artes. Es una decisión muy radical.

Sí y no. Yo ya tenía una forma de vida avocada al arte, pero enfocarme de lleno al arte sí fue una decisión muy chocante. En ocasiones uno se puede arrepentir, pero en mi caso no ha sucedido eso.

Hablando de electrónica, eso se ve reflejado en tus obras con el cartón, con una especie de cortes y conductos.

Todo lo que uno pasa en la vida no es en vano, todo tiene algo que ver. Yo he estudiado electrónica y de alguna manera lo estoy empleando ahora, y mira eso está dando algo diferente. Las experiencias que uno tiene lo explayan en su obra.

El espacio cultural es bastante, por decirlo de alguna manera, ‘laborioso’. Hay una especie de carga que se tiene que arrastrar y para alguien que no es de una familia con un apellido compuesto es doble la batalla. Te apellidas Quispe y no tienes esa estela de continuidad como Tola o Szyszlo. ¿Cómo te ves de acá a unos diez años?

Yo veo las cosas con calma. Pienso que las cosas se van dando, se van desarrollando, y sí hay una doble carga como bien dices, pero no me desespero. Yo me veo, como todo el mundo que está en el arte, con un objetivo. No tengo ningún complejo, sé que es difícil para mí, pero sin embargo estoy ahí (en el arte).

¿Eso se debe tal vez a la sangre puneña que llevas en las venas?

Pienso que sí. A veces pienso que a los puneños lo ven como sencillos o humildes, pero tienen por dentro el ego muy elevado.

Víctor Humareda es todo un símbolo para Puno en el arte peruano, digamos que ha marcado un camino y veo un punto en común con tus obras.

Pienso que sí, de manera contemporánea. La vida hace eso, yo solo sigo lo que tengo que hacer.

Cuéntame sobre tus referentes.

En Perú sigo mucho a Jorge Vinatea Reinoso, me parece que fue un artista muy referencial para mí, y de alguna forma en mis obras y en mis trabajos vengo desarrollándolo. Y en el extranjero me gustan bastante las obras de Francisco de Goya; desde la escuela siempre he admirado a Goya.

Acuarela de René Quispe.

¿Qué extrañas de la Escuela Nacional de Bellas Artes?

Los momentos de compañerismo, de escuela, de ocio, del menú que siempre compartíamos, y vivía una tranquilidad, como que no tenías preocupaciones de nada.

A excepción de las tomas, entonces no había tanta tranquilidad.

Claro, las tomas eran muy recurrentes. Yo participé en dos tomas justamente cuando yo iba a terminar ya y me tocó vivirlas afuera.

Había un grupo desde afuera que se encargaba de pasar comida.

Sí, y también se pasaban información sobre sus familiares.

Para finalizar, invita a todos para que te visiten en la galería Martín Yepes y en tus redes sociales.

En Instagram me pueden seguir como René Quispe Navarro, todo junto, y les invito a la exposición que estará hasta el 30 de junio en la galería Martín Yépez, en el Centro Histórico de Lima, al costado de la Plaza San Martín.

Aquí más sobre sus obras.

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Cultura

Regresa la Feria Internacional del Libro de manera presencial

Edición número XXVI irá del 22 de julio al 7 de agosto y podrá disfrutarlo también vía online.

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Luego de dos años de pandemia regresa la Feria Internacional del Libro (FIL) en su edición número 26, y esta vez se realizará en el Parque de los Próceres, ubicado en la cuadra 17 de la avenida Salaverry, distrito de Jesús María. Esto, sin lugar a dudas, motivará a toda la familia a recobrar el hábito de la lectura, entre tantas plataformas digitales que acaparan la atención de los más pequeños de la casa.

Alrededor de 50 invitados internacionales y a Portugal como país estelar, la FIL en esta ocasión estará cargado de más de 600 actividades culturales, en las que se podrán disfrutar presentaciones de libros, presentaciones teatrales, conciertos, y muchas otras exposiciones artísticas.

Organizar la FIL Lima 2022 de forma presencial, sin embargo, trae ciertas condiciones en tiempos de pandemia. Según comentó Willy del Pozo, presidente de la Cámara Peruana del Libro (CPL) para RPP, este año habrá un límite en el aforo, mientras que el espacio “se verá reducido a un 50% respecto de los 200 expositores” que había en 2019. “Estamos bordeando los 130”, señaló. En cuanto a los auditorios, estos serán solo cinco, y habrá más de 160 stands de libros.

El presidente de la CPL afirmó que habrá “una mixtura” entre actividades presenciales y virtuales en la FIL Lima 2022. “No pensamos solo en la transmisión en vivo, sino vemos la posibilidad de una interconexión entre los invitados extranjeros y nacionales a través de una presencialidad”, sostuvo. Asimismo, se mantendrán las compras de entradas y libros vía web.

De acuerdo con Willy del Pozo, el regreso presencial de la FIL Lima se debe también al buen precedente que marcaron las cinco ferias del libro presenciales de 2021, como la del Bicentenario, Ricardo Palma, y las distritales que se hicieron en MagdalenaMiraflores y San Miguel. “Hicimos esos flujos de pequeñas ferias, fuimos in crescendo”, sostuvo.

Sin embargo, al estimar las cifras de asistencia de este año, Del Pozo señaló en primer lugar que la FIL Guadalajara, un referente en la región, tuvo gran afluencia este año, aunque menor en comparación a otras ediciones. Por eso, dijo con cautela: “Pongamos como cuota límite lo que alcanzamos en asistencia en la FIL Lima 2019”. Es decir, casi 587 mil personas.

Portugal, invitado de honor

Portugal será el país invitado de honor a la edición de este año, nación que contará con un ‘stand’ especial en el recinto ferial donde el público podrá conocer más sobre la patria de grandes literatos como Fernando Pessoa y Luís de Camões.

Como parte del evento, una delegación de doce invitados acudirá a la FIL Lima 2022, entre los que destacan el novelista y poeta José Luís Peixoto, autor de “Nadie nos mira”; la educadora, editora y escritora de libros infantiles Adélia Carvalho; y el escritor, músico y cineasta Afonso Cruz, entre otros.

El dato:

La feria abrirá desde las 11 de la mañana hasta las diez de la noche, durante sus fechas de atención. La venta de las entradas se podrá realizar por medio de Atrápalo (vía online) y en boletería, de manera directa.

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Cultura

Fer Reyna alista nuevo disco y se lanza como productor [VIDEO]

Cantautor peruano regresó de España donde se capacitó como productor musical para lanzar su nuevo disco “Gravedad Cero”.

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Considerado como uno de los artistas revelación de la escena musical peruana de los últimos tiempos, el cantautor nacional Fer Reyna anuncia el lanzamiento de su nuevo disco “Gravedad Cero” con temas que lo consolidan en el género latin urbano y en la balada pop. Y como un adelanto de lo que traerá su nueva producción, Fer Reyna se presentará este 7 de julio en el local Rock and Pez (Miraflores) con más de una sorpresa.

“Este nuevo disco nace en momentos de mucha turbulencia y opresión debido a la pandemia. El estar distanciado de los escenarios por mucho tiempo parece una fuerza abrumadora. Por eso la única fuerza para contrarrestar esa situación la volqué al hacer música y producir este nuevo disco que es mi respuesta ante esa bola de nieve que nos ha tocado vivir en estos últimos años. Este álbum es la fuerza que uso para contrarrestar todo este caos”, afirma Fer Reyna sobre su retorno a los escenarios.

Fer Reyna es un músico versátil que no solo compone sus temas, sino que también toca la guitarra, el ukelele, el bajo, el piano y la batería, lo que le permite realizar sus propias producciones musicales. Precisamente, el joven intérprete acaba de retornar de España donde se estuvo capacitando como productor musical para producir a otros artistas.

Actualmente, el single ‘Cantaré y Bailaré’, con una melodía y letras positivas, se escucha en diversas emisoras del país. “Cantaré y Bailaré es un tema que desborda la energía que he venido conteniendo todo este tiempo. Amo producir mis propios temas, voy desafiándome en cada paso y me encanta el resultado”, dijo el joven músico que alista el lanzamiento de su nuevo disco “Gravedad Cero” para octubre y evalúa realizar presentaciones en México.

Fer Reyna es conocido en el medio musical por su primer disco “Estoy aquí”, que lanzó años atrás con muy buena recepción y tuvo colaboraciones de cantantes conocidos como Luis Fonsi y Noel Schajris. Por ello, para esta nueva producción, el intérprete nacional no descarta convocar a otras figuras de la música para grabar a dúo.

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Cultura

¿El robo del bronce? una historia de película en Jesús María

Cuatro puertas de bronce con un peso de casi media tonelada desaparecieron del Monumento Histórico del Campo de Marte. Han pasado dos semanas desde la denuncia de los vecinos de Jesús María pero el alcalde Jorge Quintana se mantiene en silencio de lo que podría ser uno de los más grandes robos de nuestra historia.

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El Monumento a los Héroes del 41 se construyó en 1944 en el Campo de Marte de Jesús María y se terminó en la década del 60. Desde ese momento, este patrimonio arquitectónico era custodiado y mantenido por el Ejército Peruano; sin embargo, actualmente las 4 puertas de bronce que lo integran han desaparecido ¿Acaso fue un robo sistemático?

El pasado 08 de junio los vecinos de Jesús María alertaron sobre la desaparición de las piezas de bronce, y que forman parte del elemento escultórico principal realizado por el eminente escultor peruano Artemio Ocaña.

En el registro fotográfico de los vecinos se puede observar que las puertas ya no permanecen en el monumento. Prácticamente, ya no reposan en el lugar que les fue asignado desde el año 1944; es decir, hace más de 78 años.

Pero, lo más sorprendente, es que La Municipalidad de Jesús María no ha emitido ningún comunicado o pronunciamiento que indiquen qué sucedió con estos elementos que conforman el monumento a los caídos del 41.  

Ante la indiferencia, las vecinas de Jesús María, Sandra Roca y Esther Fernández hicieron las denuncias, ante la Municipalidad de Jesús María, la Comisaría de Jesús María, la División de Investigación de Delitos Contra el Patrimonio Cultural DIRPOFIS – PNP, el Ministerio de Defensa, el Ministerio de Cultura y el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y la Comandancia General del Ejército.

Una de las denunciantes afirmó que remitieron un oficio adjuntando 200 firmas y que hasta el momento no tienen una sola respuesta del alcalde, ante los gravísimos hechos en contra del patrimonio de la nación y de nuestra historia.

Lima Gris intentó comunicarse con la gerente de Comunicaciones de la Municipalidad de Jesús María, para que nos den una explicación sobre este grave hecho, pero no obtuvimos respuesta.

Según nuestras fuentes, el ministro de Cultura Alejandro Salas ya tiene conocimiento de esta denuncia, así como la congresista Martha Moyano y también estamos a la espera del pronunciamiento del Presidente de la Comisión de Cultura del Congreso, el parlamentario Alex Flores.

Cabe indicar que hace dos días durante la sesión de Concejo Municipal Jesusmariano, algunos regidores abordaron el tema de la “desaparición” de las puertas, dado que, a la fecha, no existe un pronunciamiento oficial del alcalde Jorge Quintana y de sus funcionarios, habiendo transcurrido 15 días desde que se hizo público. 

Nuestra fuente también nos indicó que el Gerente de Seguridad Ciudadana Jorge Valenzuela al ser consultado por el hecho y la ubicación de las cuatro puertas de bronce, respondió a través de WhatsApp a una vecina: “que estaba de vacaciones” y que cualquier cosa, coordinaran con el Mayor Velarde; pero cuando otra vecina le consultó al mayor Velarde, este subgerente de Serenazgo que está obligado por ley a darle explicaciones a los administrados, simplemente evitó responder. 

A pesar de haber pedido información oficial a través de trámite documentario de la MDJM, adjuntando doscientas firmas de vecinos, el alcalde Jorge Quintana sigue sin responder, a lo que está obligado por la ley.

Es imposible que nadie se haya dado cuenta del robo de cuatro puertas de 120 kg. cada una y 2.10 m. de alto.

Al observar las fotografías, vemos clara evidencia que los anclajes fueron cortados con alguna herramienta eléctrica ¿De dónde obtuvieron energía eléctrica para cortar los anclajes? ¿Acaso se trata de personas que conocen perfectamente el lugar y sus accesos?

Lo grave de todo esto es el irrespetuoso silencio de las autoridades que hasta ahora no salen al frente para asumir sus responsabilidades, sobre todo si leemos el artículo 20º de la LOM que señala en su inciso 1 que una de las principales atribuciones del alcalde es defender y cautelar los derechos e intereses de los vecinos.

¿Acaso el patrimonio cultural arquitectónico no tiene valor para las autoridades?

Finalmente, lo que queda claro es que los vecinos Jesusmarianos no descansarán hasta descubrir quiénes fueron los autores del “robo del bronce”.

Hoy por la mañana, el Ministerio de Cultura mediante un comunicado señaló que han solicitado la visualización de las cámaras de vigilancia del Campo de Marte. Además, mencionaron que la investigación acarreará las acciones administrativas y penales correspondientes.

Aquí el reportaje con todos los detalles sobre la desaparición de las cuatro puertas de bronce del histórico monumento del Campo de Marte.

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Cine

La diosa Killa se hace carne

Entrevista con César Galindo, el productor y director de cine nos da un alcance de la nueva producción cinematográfica “Killaq Wawan”, protagonizada por Magaly Solier.

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Durante el siglo XVII, se ejecutó  en lo que fuera el virreinato del Perú, una de las campañas más violentas y aniquiladoras de nuestra historia, pues en aquella etapa que comprende desde 1609 hasta 1626 fueron destruidas infinidad de huacas, apachetas, mallquis y todo signo que representara la fe de los hombres del Tahuantinsuyo para sustituirlos con las creencias católicas. Francisco de Ávila, Gonzalo de Ocampo y el arzobispo Pedro de Villagómez, fueron los doctrineros encargados de lo que se conoció como  “extirpación de idolatrías”.

La estrategia destructiva, surgió como respuesta a uno de los movimientos más significativos e intensos aparecidos para preservar la cultura ancestral. “La enfermedad del canto” o TAKI UNQUY (en quechua ayacuchano) o Taqui Onqoy, tal como llegó hasta nosotros desde que surgió hacia 1564 en la sierra central (Ayacucho y Apurímac). Vinculado a antiguas raíces andinas  propiciaba el abandono de todo tipo de creencias y costumbres traídas por los hispanos. Paralelamente apareció el mito de Inkarrí, después de la ejecución de Felipe Túpac Amaru, el 24 de septiembre de1572 que anunciaba el retorno del Inka cuando se uniesen sus partes repartidas por los cuatro suyus.

Habla el cineasta

César Galindo, es un cineasta comprometido con la cultura autóctona y de ahí que en sus producciones, recoja siempre elementos nativos. Esta vocación le viene por sus orígenes pues de niño vivió en el caserío de Molle Pucro  (Puquio, Ayacucho) y en su alma continúan retratadas las costumbres tradicionales de su pueblo como el techado de las casas, los carnavales, la marcación del ganado, los bailes de los danzantes de tijeras.

César Galindo, cineasta.

Ese rico bagaje, se trasuntó en documentales como “Nuqa”,”Yaku”,”Cinco minutos por los muertos de América” y el largo metraje” Willaq Pirqa”. Pero será siempre una de sus grandes inquietudes, descifrar lo que llama “el quipu emocional” ese ente incógnito que hirió su infancia y trata de descifrarlo a través del violín del maestro Andrés” Chimango” Lares, siguiendo la ruta del escritor José María Arguedas y quizá también con el cine.

Killapa Wawan

Dicen que en la danza se expresan emociones y sentimientos que relucen a través de los movimientos. Pero también, que estos evocan creencias y mitos que solo es posible sacarlos a luz,  tal como ocurre con un baile que más pareciera un rito: la danza de tijeras.

Al respecto César Galindo, nacido en Lima, pero criado en Puquio, nos dice que esta nueva producción “persigue buscar la expresión de  voces de una de las regiones del Perú”. El cineasta elude utilizar el castellano y la cruz en sus películas.

El argumento de “Killapa Wawan” (Hija de la Luna) rescata una versión del mito, que se expresa en la danza de tijeras y ha sido adaptada por la creatividad del cineasta. Killari (Luz de Luna) es una adolescente de 15 años y ha sido criada por su madre Agucha, quién no llegó a decirle a Pacha phuyu que iba a ser padre y siente pena por eso. El abuelo Remigio, el otro miembro de la familia, llora la muerte de su hijo Pacha quien fue vencido por Lucifer en una contienda a través de la danza de tijeras.

La trama transcurre en las afueras de Ayacucho, en el caserío de Razuhuillca cercana a los 4,000 mts de altura y muestra cómo la bella Killari, es escogida por los Apus para enfrentarse al Enemigo, cuando iba a recoger leña en Pusapaqcha (cataratas). Una designación muy singular pues los danzantes desde antiguo solamente fueron varones. Con este cambio, nuestro cineasta nos habla sobre la equidad de géneros que  se dio en el mundo andino.

Creemos que esta nueva producción se suma a los grandes largo metrajes de esta índole como “Extirpador de Idolatrías”,”Retablo”,”Wiñaypacha”,”Laulico” y la iniciadora de este valioso género, “Kukuli”.

Actriz peruana Magaly Solier.

La Ficha Técnica de Killapa Wawan ( con diálogos en quechua ) reúne los nombres de César Galindo como productor, director y guionista. Productor Ejecutivo, Paulo Puerta, Director de fotografía, Juan Durán, ingeniero de sonido, Juan Acevedo.Entre los actores principales están: Carolina Luján, Magali Solier, Chimango Lares. Idioma: Quechua.

Lima Gris, conversó con este excelente productor y director de cine para que nos de un alcance de la nueva producción cinematográfica “Killaq Wawan”.

Esta nueva producción se fue realizando en varias etapas, pues ya antes de la epidemia me hablaste de la película. ¿Fue difícil retomarla y sobre todo volver a convocar a los actores?

Efectivamente debió de filmarse un año antes, pero por la epidemia, me vi obligado a suspenderla un año. Esto me permitido definir  a los actores y conocerlos mejor. No debemos de olvidar, que hay muy pocos actores quechua hablantes y encontrarlos, es tarea de los que apostamos por uno de los idiomas oficiales de mi país.

El detrás de cámara de la película “Killaq Wawan”.

Aparte de tu preocupación por la preservación del quechua y anhelo de que sea el segundo idioma oficial del Perú, entiendo que quieres proyectar la visión andina que tuvo el escritor y antropólogo José María Arguedas. ¿Es posible seguir rescatando esos mitos y leyendas, cuando la globalización tiende a erradicarlas y reemplazarlas con creencias y costumbres ajenas a nuestra identidad?

Creo que es posible y se debe rescatar nuestros mitos y leyendas, que forman parte de nuestra identidad. En el mundo como una reacción a la globalización, también se ha producido una suerte de autoafirmación, de nuestras propias culturas, que muestran que no somos una sola masa cultural, sino la suma de muchas, que forman parte de nuestra riqueza ancestral.

¿La comunidad de Matará apoyó la realización de esta nueva producción?

Las comunidades que se nombran en la película y que inspiraron a la historia se encuentran en realidad en otro lugar. Pero sí hubo una colaboración de los ayllus locales, pues participaron en algunas escenas colectivas.

¿Cuánto de auténtico y cuánto de creación propia tiene este argumento? ¿Copia alguna leyenda quizá? 

El argumento recoge vivencias personales de mi infancia en Puquio y el mito del “ niño danzaq ”, el cual lo amplio y lo hago parte de la historia, dentro de una trama construida como una tragedia andina, teniendo como testigos a nuestras montañas, nuestros cóndores, nuestros Apus. 

Fotograma de la película “Killaq Waean”.

La tradición impone que los danzantes de tijeras sean solamente varones, sin embargo se está imponiendo cada vez más la participación de la mujer. ¿Cómo interpretas este fenómeno?

Creo que es importante, mostrar que los seres humanos, indistintamente de nuestro sexo, tenemos los mismos derechos y posibilidades, aun si esto suena a un “cliché teórico”, debemos de insistir hasta convencernos que es cierto.

¿En qué fase se encuentra la producción de “Killaq Wawan? ¿Para cuándo  está previsto su estreno y dónde?

El rodaje se terminó el último día de mayo, el material ya está sincronizado y en etapa de edición. Sin pecar de optimismo espero que “Killaq Wawan” salga a la luz, antes de fin de año.

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Cultura

Revolución Caliente de Rodolfo Ybarra: el aullido permanente

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Por Miguel Blásica

“El amor es una rata de desagüe”

                                                                                                              mirando la explosión…pág. 522

Resulta interesante observar la forma que puede tomar la novela contemporánea cuya propuesta narrativa de partida logra afianzar una temática inicial, pero que luego ve superada con creces la predeterminación inicial de su autor. La complejidad en la articulación de sucesos que rodean una determinada realidad que toma a la megapolis como telón de fondo, se apodera del timón de la trama con la fuerza de un oleaje que desarma el rumbo previsto de la nave, y se traga de un bocado las probables expectativas de los acontecimientos previstos.

Es así que el vértigo del caleidoscopio en el que se convierte una realidad como la peruana en los últimos treinta años, precipita al autor a un archipiélago, a islas en emergencia de conexión, a una miscelánea obligada, tal vez porque comprende, reconociendo en la conclusión de la travesía, que el anhelo de capturar el pathos de un momento y lugar histórico termina devorando a sus personajes, conduciendo la pluma hacia un torrente de apuntes, reflexiones poéticas y cuestionantes filosóficas desde las entrañas de sus criaturas cuyos dramas vivenciales  se han desmenuzado ante la fantástica y lisérgica brutalidad de lo real.

Considero que Rodolfo Ybarra ha trazado ese recorrido en la novela “Revolución Caliente” (Grupo Editorial Arteidea. Lima. 2020) y ha sido una ardua tarea recuperar una serie de hechos que han zarandeado este país, pensarlas y cuestionarlas desde la acidez y desparpajo que es el sello característico del autor en sus escritos, hechos y situaciones en el Perú en el lapso del tiempo mencionado y que han transformado violentamente su faz, paradójicamente, para que nada cambie.

La realidad peruana, ese “corral de chanchos” a la que alude continuamente Ybarra, resulta solo un esperpéntico telón de fondo que captura lo esencial: el costurón de la piel vuelta cicatriz, los muñones sangrantes luego de la guerra permanente, la supervivencia al lado del deseo de encontrar algo por el que valga la pena morir entre rumas de desperdicios. Revolución Caliente nos habla del idealismo, pero también de un profundo desencanto, la frustración y la rabia, una rabia clavada a fuego ante una trasformación social justa, ante un proyecto de país que nunca llegó y que adquirió una visión reiteradamente liminal, contrahecha, cíclica y funesta.

 La propuesta del autor apunta a una relevancia mayor, superando una mera atmósfera gore presente en anteriores trabajos. Se atreve a abordar una especie de suma novela que integre lo que ha sido la experiencia dolorosa y vívida de la sociedad peruana. Considero que la novela es una obra patética, no uso aquí el término en sentido peyorativo sino en cuanto al humor sardónico e incluso cruento.

 La obra entronca en el estado de ánimo de una generación desde los heroísmos personales de sus personajes frente al arrasamiento y la aniquilación de la esperanza que instala en Lima una cultura permanente de atrofia e inercia, resignación y parodia, estupidez y abulia, tan sólo nos queda el vuelo de faetón que termina hecho añicos en el cruce de las avenidas Wilson y La Colmena en la búsqueda del último trago en la decadencia de una larga noche.

En el primer bloque de la novela Ybarra es firme en el trazado argumental, en un primer momento, al presentarnos al grupo anarquista La Alcantarilla integrada por un grupo de iconoclastas y marginales que han hecho de su colectivo una suerte de collera subte, un grupo de exiliados que posteriormente y como correlato a sus ideas y en asunción de una praxis política que materialice sus ansias de un mundo diferente, se pliegan a Anarquímedes, una suerte de gurú o líder mesiánico (cuya figura es imposible de desligar de Abimael Guzmán Reynoso) y cuyo carácter de primacía de pensamiento generará una decidida adhesión militante a pesar de que forma parte de la facción que se presenta como tercera opción, distante y con propósitos propios que guardan similitud y que en algunos aspectos, desde su anarquismo militante, se desligan de la intolerancia ideológica de los rojos y los negros, clara alusión al PCP Sendero Luminoso y al MRTA respectivamente.

En ese sentido Ybarra parte de un soporte narrativo fijo, bajo el cual constituirá hechos que pueden ser complementarios al entronque principal presente en el colectivo que agrupa a sus personajes; pero luego, son los hechos periféricos, deshilvanados, poéticos, presentes en las reseñas personales, vivenciales, y de angustia de los personajes, las características del entorno violento y distópico, los que toman las riendas de la narración; allí están presentes las drogas para volver dócil a la violencia, el desenfreno copulatorio frente a la pesadilla de la hipocresía y el cretinismo social, cuadros de miseria y tugurización, denigración y desamparo.

A ello se opone la organización, el ideario y las acciones terroristas como única salida posible de cambio desde una verticalidad de pensamiento y obra como pasos necesarios, una salida que implica convertirse en kamikazes intentando llevarse a la tumba a la mayor cantidad de gente posible, las recetas para preparar explosivos como quien prepara galletas. Vemos así que la miscelánea se apodera de la narración en una especie de curso natural y terminan devorando las expectativas en los hechos de algunos personajes, por ejemplo, no llegamos a saber qué sucede con la acción suicida que el Partido Anarquista le encarga a La Caballo en relación a seducir a “Mantequilla” (fascistoide y depravado personaje, evidente alter ego de Agustín Mantilla, uno de los criminales apristas de la masacre de El Frontón. Capítulo 97. Capítulo: Una misión para BB “La Caballo”. Pg. 273).

En su enfoque del contexto de un período que, como señalé, abarca los últimos 30 años, la novela apela a la ucronía, deforma intencionalmente una realidad de por si monstruosa, aberrante y paroxística, apelando también a la sátira desencantada, corrosiva y amarga. Ybarra sabe bien que no hay salida y creo que ello predeterminará la inconclusión de su propuesta en la trama que se plantea, por ello, en su proyecto de novela histórica, le resulta necesaria una vasta documentación variada que acompañe y de sustento al desequibrio de la realidad enfocada en la narración. Le ayuda también su reconocimiento de la factura periodística.

RC es una novela generacional donde la generación X se ve representada no sólo en cuanto a la vivencia y el sentido creativo, a la expectativa y la sensibilidad que a su vez dirigía la esperanza en la juventud de los protagonistas, sino también enmarca su relación con el sentimiento de una generación que creció entre el rocanrol, las drogas, la poesía y la solidaridad como una flor flotando entre la descomunal inmundicia acuosa de la realidad, el amor del Resinoso (alter ego de Ybarra) por Monick, la musa que le da a la novela ese sentido de amor escondido entre las entrañas, la rabia y la furia a flor de piel. El autor ensaya aquí esa vena poética que ha desplegado en otras creaciones, ello matiza el panorama siniestro que no amaina y que resulta en el transcurso de sus páginas un ritmo trepidante y luctuoso que el autor desnuda sin tapujos.

La novela de Ybarra es el probable grito de la clasemediera Generación X a la cual también pertenezco. Un aullido dirigido hacia los adentros, una generación silenciosa en la imposibilidad de una gesta mayor, golpeada y casi en la lona, pero a su vez rica y creativa en manifestaciones que al paso de los años empiezan a ser reconocidas. La novela nos acerca sin cortapisas y con absoluta sinceridad a mirar ese abismo que nos circunda, que nos respira en la cara. Un abismo de horror que increpa nuestro paso convertido en el taedium vitae generacional, en una cotidianeidad convertida en pátina y que ha visto hasta el hartazgo como cambiaron las cosas para que en el fondo todo siga igual.

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Cultura

Ximena Heraud, la artista peruana que expone en Grecia

Conoce a la artista peruana Ximena Heraud, que estará exponiendo sus cuadros en Grecia desde el 21 de junio al 5 de julio como parte del Festival de Poesía LEA.

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Su pasión es la pintura y los viajes, y gracias a su trabajo la artista Ximena Heraud estará exponiendo su muestra “Recorriendo Perú”, en Atenas, Grecia. La exposición es auspiciada por la Embajada de Perú en Grecia. En la emblemática ciudad cultural, cuna de grandes artistas y filósofos, Heraud presentará 16 cuadros de paisajes peruanos que narra sus vivencias viajando por el Perú, acompañados de videoarte y sonidos que logran una inmersión del espectador en la experiencia de viajar.

Esta muestra está dentro del marco del Festival de Poesía LEA en donde además se están incluyendo una serie de poemas inéditos que estará presentando por primera vez, acompañados también de los poemas de su tío Javier Heraud. Esta poesía seleccionada describe su conexión con la naturaleza y narra una experiencia íntima y personal que siente al viajar sola.

Lima Gris conversó con Ximena Heraud antes de su viaje al país de los dioses griegos. Habló sobre sus influencias, su tío Javier Heraud, la Bienal de Venecia, el Ministerio de Cultura, y sobre su pasión por el arte y su exposición en Grecia.

Cómo llegas a Atenas, porque si bien ganar espacios dentro del país es difícil, afuera lo es mucho más, entonces cuéntanos ¿cuál es tu secreto para terminar exponiendo en países como Grecia?

Toqué puertas en todos los sitios que pude y lo sigo haciendo, desde galerías, Embajadas, Bienales, concursos, ministerios, etc. Cada día que puedo escribo a distintos espacios artísticos de todas partes del mundo. Tengo bastante claras mis metas. Algunos artistas piensan que solamente por pintar y poner una que otra foto en sus redes sociales o exponer en un centro cultural limeño van a lloverle clientes y la realidad es que para tener éxito llegando al extranjero también está involucrado un trabajo post producción artística de investigación, seguimiento a otros artistas, relaciones personales, marketing, manejo de redes sociales. Es un conjunto de cosas que muchos no se toman el esfuerzo de aprender o les da vergüenza preguntar o presentar su proyecto sabiendo que van a tener muchos rechazos en el camino. De 500 puertas que toqué, por allí se me abrió una y así sucesivamente. Lo importante es no desanimarse en el camino y seguir adelante a pesar de las críticas o los desánimos de quienes no aceptaron nuestro trabajo porque siempre que sepamos nuestro verdadero valor nada ni nadie puede derrumbarnos.

Es invertir bastante tiempo, porque primero está el tiempo de inspiración, de creación, y el proceso de gestión para llegar a esos tipos de espacios.

Primero viajé dos años por el Perú, y durante esos dos años estuve pintando todas mis experiencias, porque no solamente es una muestra de pintura, sino que también tiene una parte de audiovisual que es un video de los viajes que hice, las experiencias que tuve con las pinturas, así que también hay audios; en cada lugar que llegué grabé los sonidos de los espacios, por ejemplo hay un cuadro que se llama “La cueva de las lechuzas”, en donde te puedes poner los audífonos y puedes escuchar a las lechuzas gritando en el mismo lugar, entonces es una muestra que abarca el sonido, audiovisual y va a tener poesía junto con los cuadros, es como bastante amplio. Todo eso lo hice más o menos en dos años en donde a veces me quedaba pintando hasta las tres de la mañana, de verdad me esforcé un montón, y cuando empecé a tener mucha fe de lo que hice empecé a tocar puertas, galerías, ir a distintas partes en donde pensé que podrían aceptarlo y así fue recorriendo distintos países.

Esta muestra que vas a tener hay pintura, poesía, audio y video, entonces será una obra multidisciplinaria. Me llama la atención la poesía porque eres familiar del poeta Javier Heraud. ¿Es algo natural que fluye entonces?

Tengo ese vínculo artístico, definitivamente. Esta poesía que estoy presentando la escribí entre los 15 y los 17 años, por ahí uno que otro a los 19, pero ha sido cuando estaba en una etapa bastante joven; en los últimos años de colegio empecé a escribir un montón de poemas, escribía todo el día poemas, entonces un día edité todos esos poemas que tenía y los puse en mi libro.

Lo que pasa es que esta muestra está dentro de un festival de poesía que se llama el Festival LEA, de Grecia, y va a estar dentro de un centro cultural que se llama Melina Mercury Cultural Center, y es una muestra individual de 16 cuadros míos y tiene poemas de mi autoría y también de Javier Heraud.

¿Ha sido difícil hacer esa selección de poemas?

Justo los poemas que he seleccionado son los que están relacionados con viajes; yo cuando viajo improviso muchísimo y recojo cosas del lugar, me conecto con la tierra, entonces todos los poemas están seleccionados en base al contacto con la naturaleza, con los ríos, las plantas, el aire, la libertad. He seleccionado esos poemas que combinan perfecto con la libertad de viajar.

Estudiaste Arte y Comunicaciones, pero al final te inclinaste por lo primero.

Yo empecé a pintar cuando era bien chiquita, a los 6 años; después he estado en varios talleres de arte y siempre me ha encantando el arte en general. En las clases de matemática yo iba dibujando en mi cuaderno, igual me pasó en la universidad durante las clases aburridas, entonces siempre fue algo que ha estado muy pegado a mí. El arte y las comunicaciones son muy compatibles.

Entre la literatura y la pintura ¿Qué diferencia encuentras?

En la parte similar es que en todos estoy bastante aislada, quizás en la parte de literatura y poesía es que ahí me siento completamente sola, es como que saco a la luz cosas muy internas mías, y en cuanto a la pintura es como si descargara información. Ahorita estoy usando bastantes patrones geométricos, y estoy usando como señales, visiones que tengo, y experiencias que he recopilado como símbolos de huacas.

En ese sentido, dentro de la pintura, ¿cuáles son tus referentes?

Tengo bastantes influencias de artistas extranjeros. Desde hace muchos años sigo el trabajo de una artista japonesa que se llama Yayoi Kusama que su vida misma es una obra de arte, desde su forma de vestir hasta sus instalaciones. También me gusta mucho la libertad con la que se expresa el pintor alemán Gunther Forg que me inspiró a reconectarme nuevamente con mi niñez y ese trazo libre que solía tener. El trabajo de la pintora suiza Heikedine Guenther es muy similar al que vengo explorando, ya que trabaja con patrones circulares y geométricos. El trabajo de la ceramista española Anne-Laure Cano me recuerda mucho a unas piedras con las que me conecté en un viaje de exploración que hice llamadas Piedras Brujas y que es muy similar a mi forma de ver la vida. Y desde que viví en Australia seguí de cerca el trabajo del ceramista australiano Peter Rushforth que me maravilla con su color y formas de la tierra. Finalmente, en performance me parece súper interesante el trabajo de la artista serbia Marina Abramovic porque rompe patrones y se arriesga a expresar su lado más íntimo en un teatralismo real. Sin embargo, mi mayor influencia son el arte aborígen australiano, simbología ancestral de huacas y patrones preincas de cerámica o telares, geometría sagrada y misticismo de culturas ancestrales en combinación con las cosas que voy encontrando en medio de la naturaleza en viajes solitarios.

En los propios tejidos, por ejemplo.

Me encanta toda esa parte de los textiles, me parece fascinante. En la parte Inca y Pre Inca me encanta toda la cerámica porque ahí están representando su mundo interno, ahí te puedes dar cuenta de muchas cosas. Hay símbolos de tipo panteras, animales de poder, cabezas clavas. Creo que esa era su forma de comunicarse.

Regresando a Grecia, sin duda es interesante en el tema de filosofía, historia y cultura. ¿Con qué más piensas que te vas a encontrar ahí?

En el 2019 fui a Grecia, fui a Atenas, estuve ahí en un par de islas; estuve bastante tiempo en la parte del sur de Atenas, Calamata me parece que se llama. Yo tengo antepasados griegos de parte de mi abuela por parte de mi papá. Entonces tengo un poquito de Grecia en mi sangre.

Laguna el Milagro. Obra de Ximena Heraud.

¿Cómo ves el arte en el Perú?

El arte en Perú ha sido impresionante desde la época preincaica. Tenemos una influencia artística de una de las mejores y más valoradas cerámicas a nivel mundial, así como telares antiguos, arte shipibo, influencias chamánicas de ayahuasca, variedad de colores en la comida y espacios diversos naturales que crean un modo de ver las cosas único. Sin embargo, actualmente debido al problema de educación hay una falta de interés en un gran área de la población por nuestro propio arte. El nivel de movimiento artístico es bastante escaso a comparación de otros países más avanzados. La mayoría de colegios fomentan de manera muy ligera el desarrollo artístico a temprana edad. También noto una excesiva preocupación por un sector que está enfocado en la apariencia ante la sociedad limeña que inhibe a muchos artistas a arriesgarse un poco más. Lo que también veo es que acá hay muchas exposiciones en centros culturales pero que son como exposiciones que no se venden, siento que hay un círculo de artistas que están siempre moviéndose en las mismas galerías.

¿Podríamos hablar de una argolla estructurada?

Claro, como un grupo de amigos o personas que siempre andan dando vueltas, que no está mal, la verdad, me parece válido, pero para los nuevos artistas siento que deben de esforzarse bastante para entrar a esos espacios.

Y también que el porcentaje de coleccionistas es reducido.

Es poco, cierto. Sí hay personas con poder económico que compran ciertas obras, pero la verdad es un porcentaje muy reducido.

¿Te parece exagerado lo que han pagado por la pintura de Tilsa Tsuchiya, recientemente? Cerca de 900 mil dólares.

No sabía de esa venta, sinceramente; pero si la persona está contenta con esa compra no le veo ningún problema. Yo pienso que debe de existir la libertad de que cada persona cobre lo que quiera por su obra. Si la persona siente que su obra lo vale y que se ha esforzado, o que quiere dar un mensaje importante pienso que puede cobrar lo que quiera.

¿Qué te ha parecido lo que Perú presentó en la Bienal de Venecia?

No es de mi agrado personal y veo que se está enseñando ante el público extranjero una “cultura chicha” que puede ser poco comprendida si no has sido peruano y has crecido bajo ese contexto. Sin embargo, no dejo de destacar una admiración ante este tipo de situaciones de crítica en la que un artista se vuelva polémico debido a que rompe patrones estéticos aceptados por la sociedad. Yo no sabía quién era el artista, pero luego de que fuera odiado y criticado lo empecé a seguir por simple curiosidad y veo que tiene una obra previa dentro de una temática similar. Sigue sin ser de mi agrado personal, pero creo en la libertad del artista para expresarse.

Cambiando de tema, ¿qué opinas del feminismo dentro del mundo del arte?

No me he sentido discriminada en ningún momento por ser mujer, o que tenga menos oportunidades que un hombre, al contrario, todos me han tratado muy bien. Por ejemplo, yo soy una mujer que viaja sola y eso es muy raro; este viaje a Grecia que voy a hacer será por dos meses y lo estoy haciendo sola. El anterior me fui a Egipto sola, y es un país musulmán, en donde hay mucha crítica a la mujer. De hecho, muchas veces me gritaban en la calle o me miraban raro.

Me comentaron que incluso les han tirado piedras a algunos artistas en algunos países musulmanes.

Sí, he tenido experiencias parecidas, sobre todo en Egipto donde tuve que viajar una vez en un bus repleto de hombres y yo era la única mujer dentro.  Yo viajo más que nada para abrir oportunidades a mi arte, y lo que busco en esos viajes, aparte de buscar un lugar en dónde exponer y a dónde llevar mi arte, es culturas extrañas que tengan simbolismo ancestral y recoger cosas de la naturaleza para hacer mi nueva serie de cuadros.

Por ejemplo, he recogido arena del Cairo para hacer mi cuadro, o me he paseado en camello por el desierto, y esas cosas sí son un poquito más difíciles para una mujer, y más si viaja sola, por todas las cosas que le pueden pasar. En ese sentido, sí es un poco más complicado eso de ser mujer.

Y yendo al ámbito político ¿cómo ves la situación en el Perú?

Me enfoco más en el arte que la política para serte sincera. No me gusta mucho estresarme por temas políticos porque todos los gobernantes que hemos tenido en nuestro país han terminado con problemas, entonces trato de enfocarme siempre en las partes bonitas que tiene el Perú.

Mi familia tenía unas tierras en Cusco, que era una hacienda grande que incluso abarcaba las ruinas de Ollantaytambo, y el gobierno de Velasco le expropió todas esas tierras. Así que, me da mucha pena que existan este tipo de gobernantes como los que están ahora en el poder, que no pueden ayudar sobre todo en la educación.

¿Qué te parece el Ministerio de Cultura como institución?

Yo sí siento apoyo del Ministerio de Cultura, me han cubierto un par de notas, quizá sí podrían ampliar un poco más esa visión para darle oportunidad a otros artistas, a otro tipo de actividades en el Perú. Siento que le falta atender muchas más actividades en el país, no solamente en Lima. Veo muy poco arte en general en otros lugares, y eso falta implementar más el tema desde los colegios, que los niños puedan recibir enseñanza artística.

Regresando a tu muestra, ¿qué fecha tiene?

La muestra va del 21 de junio al 5 de julio, pero la noche de inauguración empieza el 22 en Atenas.

Estos son los enlaces para seguir el trabajo de la artista Ximena Heraud y adquirir alguna de sus obras: www.ximenaheraud.com e Instagram: heraud.art

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Cultura

¿El robo del siglo en Jesús María? Desaparecen puertas de bronce de Monumento del Campo de Marte

El Monumento a los Héroes del 41 se construyó en 1944 y se terminó en la década del 60. Desde ese momento era custodiado y mantenido por el Ejército Peruano; sin embargo, actualmente las puertas de bronce desaparecieron ¿fue un robo o un retiro arbitrario?

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El pasado 08 de junio los vecinos de Jesús María alertaron sobre la desaparición de las 4 puertas del Monumento a los Héroes del año 41; pero al no tener más información al respecto, decidieron constatar con fotografías ese mismo día la ausencia de las 4 puertas.

Y en efecto, en el registro fotográfico se puede observar que las puertas ya no permanecen en el monumento. Asimismo, al final del reel fotográfico se observa una foto de archivo con las puertas colocadas en sus habituales lugares.

Imágenes donde se muestra las 4 puertas de bronce.

Lo más sorprendente, es que no se ha vertido ningún tipo de información que señale las razones por las que las mencionadas puertas han sido “retiradas”, o robadas.

Así luce actualmente el monumento, sin las 4 puertas de bronce.

La Municipalidad de Jesús María no ha emitido ningún comunicado o pronunciamiento que presumiblemente indiquen que estos elementos que conforman el monumento a los caídos del 41 estén en proceso de reparación o mantenimiento; tomando en cuenta que los monumentos están bajo la tutela del Ministerio de Cultura en este caso, en coordinación con el Ejército peruano o el Comando Conjunto de las FFAA.

Cabe indicar que, esto no es reciente, ya que el hecho habría ocurrido a inicios del mes de marzo de 2022.

Debido a que la zona ya estaba enrejada y los accesos restringidos a los ciudadanos por la campaña de vacunación del MINSA, desde el año pasado se han colocado vallas que amplían mucho más la zona “restringida” de acceso al público y en la zona central del Campo de Marte, detrás del monumento, se han colocado carpas del Ministerio de Salud, en uno de los pocos espacios públicos que tenemos en el distrito.

Monumento a los Héroes del 41.

Las Vecinas de Jesús María, Sandra Roca y Esther Fernández realizaron las denuncias pertinentes ante la Municipalidad de Jesús María, la Comisaría de Jesús María, la División de Investigación de Delitos Contra el Patrimonio Cultural DIRPOFIS – PNP, el Ministerio de Defensa, el Ministerio de Cultura y el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y la Comandancia General del Ejército, por la desaparición de las cuatro puertas de bronce que forman parte integrante del elemento escultórico principal denominado Monumento a los Defensores de la Frontera, y/o Monumento a los Héroes del 41, ubicadas en el centro de la escultura, en el área central del Campo de Marte, declarado área verde intangible por Ley No. 16979 de abril 1968 y Monumento y Ambiente Urbano Monumental, integrante del Patrimonio Monumental de la Nación, por Resolución Jefatural N° 509-88-INC/J del 01 de septiembre de 1988, y que no están en el lugar en el que se han ubicado desde el año 1944; es decir, desde hace más de 78 años.

La escultura principal llamada «La Victoria» resalta el sacrificio de los soldados y las necesarias pérdidas de las familias para triunfar en el campo de batalla; mientras que dos estatuas alegóricas de la «Justicia» y del «Derecho» recuerdan que el Gobierno siempre afirmó haber llevado este enfrentamiento en el marco de la legalidad internacional y americana, en búsqueda de la paz.

El monumento se encuentra ubicado en el Campo de Marte.

Por su parte, la escultura de la «Solidaridad» y las cuatro puertas doradas que representan a varios sectores de la población y de las Fuerzas Armadas, reafirman la cohesión y unidad de todos los peruanos durante este difícil momento, y borran la posibilidad de eventuales disensiones internas entre el Gobierno y los militares. 

Los elementos escultóricos desaparecidos, ubicadas dos en la parte delantera flanqueando a “La Victoria” y a la “Confraternidad” resguardan la lámpara votiva o pebetero ubicado en el interior del monumento en el área central del Campo de Marte. Cada una de las puertas tiene un peso aproximado de 120 kg. y 2.10 m. de alto en promedio.

¿Acaso el patrimonio cultural arquitectónico no tiene valor para las autoridades? ¿Por qué los funcionarios de la Municipalidad de Jesús María no dan una explicación sobre la desaparición de las 4 puertas de bronce?

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