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Libertad bajo Palabra / Percy Vilchez Salvatierra

UNA PALIZA

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Estaba por tocar apenas el segundo punto introductorio de la exposición cuando el profesor me interrumpió. Yo era un novato en la vida universitaria, pero ya el colegio me había enseñado que nada bueno podía devenir de una irrupción tan prematura. Todos en el salón paseaban sus miradas de un lado a otro –sus ojos rojizos como péndulos trasnochados- entre mis compañeros de grupo, el profesor y yo.

-¿Ustedes han escrito esto? –preguntó nuestro docente.

-Sí –respondí, frunciendo el ceño, arrugando mi frente con una expresión de extrañeza pantomímica que era incapaz de disimular mi nerviosismo.

-¿Ustedes han escrito esto? –volvióa preguntar el profesor, esta vez agitando el folder manila engrosado por las cincuenta hojas mecanografiadas. Mis compañeros me miraron –ellos estaban realmente extrañados-. Yo les había sugerido que se ocuparan de los trabajos de otros cursos y me dejaran hacer este. “Mi papá trabaja en esto”, les dije, “de sobra lo termino y les paso sus partes para que las expongan. Minutos antes de la clase yo me había ofrecido a hacer la introducción y ahí estaba, empezando a empapar con sudor la camisa que había tomado de la gaveta de mi padre y sintiendo un escozor entre las piernas por el pantalón de tela gruesa, flagelante en ese verano criminal. Di dos pasos al frente, quedando entre mis compañeros y el profesor, y contesté con aplomo.

-Sí.

El profesor pasó las páginas de la monografía una y otra vez. Avanzaba y retrocedía, volvía a avanzar, pasaba su dedo con las cutículas devoradas por alguna nerviosa malacia producto quizá de los rumores de que su esposa se acostaba con el director académico de la facultad que, sabíamos, era un vejete salaz y mano larga. Luego de prolongar un rato más escrutinio de las hojas mecanografiadas, que para mí resultó tan largo como un invierno polar, levantó su mirada y se dirigió exclusivamente a mí.

-Tú has hecho este trabajo.

Asentí. El profesor se acercó hasta quedar apenas a dos palmos de donde yo estaba. De pronto, esa idea que había albergado en mi cabeza de que el profesor era un tonto mendicante cuya enseñanza no aportaba nada –rumores sembrados por gente de ciclos avanzados- desapareció por completo y, por primera vez en todo el ciclo, lo vi como un tipo amenazante. El escozor se intensificó en mi entrepierna y el sudor había vulnerado ya las sisas de la camisa de mi padre. El profesor le habló a uno de mis compañeros de trabajo.

-Anda a la biblioteca y dile a Patricia que te dé estos libros, dijo, apuntándolos sobre el folder manila que guardaba mi trabajo.

Las miradas del resto de mis compañeros eran elocuentes, pero, creyendo que eso no bastaba, uno de ellos empezó a mover sus labios dibujando un “¿qué pasa?” constante que caía sobre mi como repetidas puñaladas sobre mi ego. El profesor se dirigió al resto de la clase.

-Antes de que todos sigan, quiero recalcar lo que les dije al principio, cuando les dejé el trabajo: esta investigación debe ser original, y no deben de dejar de citar sus fuentes. Aquí –dijo señalándome, moviendo un poco su torso para descubrirme frente al resto de alumnos apostados en sus carpetas unipersonales, que me miraban comparecer como quien ve a Cristo expuesto a la sentencia de Pilatos- El señor, ¿disculpa, cuál es tu apellido?

-Puñal –respondí-. El salón dejó escapar una risa tímida que se evaporó ni bien el profesor retomó su charla.

-Aquí el señor Puñal ha copiado frases completas de dos libros que, casualmente, son mis favoritos.

Ese terrible viento gélido que penetra ropa, piel, hueso, y que recorre la espalda hasta llegar a hacer un nudo en el cuello, llegó a mí. El sudor hacía que la tela de la camisa empezara a pegarse en mi espalda. Mi compañero apareció con los dos libros. El profesor los recibió levantando las cejas y exhalando un “ah” con la boca muy abierta y una sonrisa justa para su victoria. Abrió uno de los libros y empezó a leer.

-Aquí dice: “en el proceso de la planeación de recursos humanos se debe fijar las adaptaciones y los cambios futuros que una organización tendrá que hacer a su estructura interna, debido a las modificaciones en su ambiente interno y externo. Se emplea el término planeación de la organización para hacer referencia a este proceso de cambio.”

Luego tomó la monografía.

-Bien aquí en tu trabajo has puesto: “en el proceso de la planeación de recursos humanos se debe fijar las adaptaciones y los cambios futuros…” ¿Ves? Está igualito.

Mis compañeros empezaron a llevarse las manos a la cabeza, acariciar sus cabellos, mirar de lado, tratar de esconderse, como si aquello fuese posible, de la inquisidora gesta con la que el profesor nos avergonzaba delante del resto de la clase. Mis orejas parecían estar a punto de reventar, las sentía calientes, como si estuvieran bajo el viento de una secadora de pelo silenciosa. Mis sienes se apretaban y el sudor había convertido mi camisa en un trapo. El profesor siguió cotejando la monografía con el resto de libros, que sin duda eran sus favoritos, ya que podía ubicar con facilidad el tema y la página para confrontarlo con mi lamentable trabajo.

-¡Has copiado hasta la introducción del libro! –dijo, dejando escapar una risa sardónica -¡Hasta los pies de página! ¡Qué increíble!

Agaché la mirada, la cabeza, por completo, para que no notaran el rubor y las lágrimas cobardes que querían asomar a mi rostro. Todavía recordaba la tienda en la que había comprado ambos libros, las respuestas nulas de mi padre, que me dijo que no sabía nada de esos temas, y que él trabajaba en esa área, sí, pero ni sabía que existiesen esa cosas, “es que tú ya estás viviendo otros tiempos, muchacho”, e intenté explicarme el por qué no me detuve; el por qué empecé copiando un pequeño texto y luego no pude parar y termine prácticamente resumiendo ambos libros y convirtiendo mi monografía en un burdo trasunto de dos autores que –me sentí aún más estúpido- eran los más conocidos en la carrera que estaba estudiando.

Mis compañeros ya ni siquiera me miraban. El profesor se acercó y me dio el trabajo. El folder estaba magullado, y me concentré en los títulos de los libros apuntados a mano.

-Eso, señor Puñal, no se hace. Nunca. Jamás. Eso es trampa. Has jalado. Y has jalado a los demás contigo.

Extendió su mano, señalando nuestros sitios. Uno de mis compañeros despegó los papelógrafos casi arrancándolos con furia, desahogando con ellos lo que, por su tamaño, difícilmente podría hacerme conmigo. Yo llegué primero a mi sitio e intenté por todos los medios posibles no mirar no mirar a nadie.

-Así es, señores –les dijo el profesor a mis compañeros de grupo- el señor le ha hecho honor a su apellido y les ha dado con eso. Ya verán ustedes como agradecerle. ¡Segundo grupo!

Seis muchachos se pusieron de pie en el lado sur del salón de clases. Escuché el sonido de sus papelógrafos, el ruido de sus pasos, pero no levanté la mirada. Me quedé ahí, ensimismado, con el peso deldelito cometido partiéndome la espalda, mientras imaginaba los puños de mis compañeros apretándose y pensando en que era una verdadera desgracia que la facultad tuviera un solo acceso.

Mire el reloj. No me quedaba mucho tiempo para terminar de aprender mi lección.

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Luis Humberto Moreno Córdova (Lima 1979) Escritor, estudió Gestión de Recursos Humanos en la universidad de San Martín de Porres. Ha publicado su libro de cuentos "La horas imperfectas".

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Reflexiones matutinas sobre la Poesía en su ‘Día Mundial’, por Percy Vilchez Salvatierra

Lee la columna de Percy Vilchez Salvatierra.

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En la vida, resolver problemas lo es todo. No importa si eres un contemplativo o un hedonista, para poder atender con rigor a tus contemplaciones y placeres, debes tener un estado existencial libre de complicaciones, es decir, nada de problemas.

En este sentido, ¿qué problema resuelve la poesía y cuál es su utilidad?

Siendo que la poesía no resuelve nada (y acaso complique más todo) es importante exponer que, pese a ello, nos da la oportunidad de explicar las mayores contradicciones y sinsentidos (hasta se le ha configurado, en algún momento, como si fuera la única ‘coincidentia oppositorum’ real). En todo caso, da espacio, como ella sola, al deslumbramiento de la palabra ante el misterio mismo de la vida y todas sus posibilidades y variantes.

Esto último es difícil de definir y no hay ningún autor (poeta, filósofo, etc.) que haya logrado una forma unánime, una definición absoluta de lo que es la poesía pues ninguna otra palabra evoca tantas maravillas como ella. Y, así, la  poesía no es sólo un ornamento o una suma de palabras bonitas como se suele creer. Es, sí, una suma de imágenes que provoca en el lector el deseo o la añoranza de realidades inalcanzables e imposibles de aprehender salvo que se acceda a ellas a través de esta propuesta verbal. El desvelamiento de emociones ordinarias que se suele contar como una manifestación poética es, en este orden de cosas, un error.

En ese sentido, medio mundo en algún momento ha oído la patética expresión “eso era lo que yo quería decir, pero no pude hallar una forma adecuada”. Eso es superfluo y conformista puesto que la poesía  implica exponer y enseñar conocimientos o perspectivas respecto de dichos conocimientos que sean singulares y potentes,  emocionantes sin claudicaciones tanto en la inteligencia como en la sensibilidad.

Luego, tenemos gente que escribe ‘mal’ y dice poco y gente que escribe ‘bien’ y dice menos aun. Pero, la poesía no suele encargarse de tales minucias.

Además, la poesía no te hace más bueno ni más malo, ni más fino ni más sensible, acaso más audazmente imaginativo y, generalmente, más profundamente retorcido. Y, sin embargo, su contemplación basta para saciar una vida hasta su agotamiento o su máxima exaltación. Así, en ‘El espejo y la máscara’, la Poesía es una palabra única que engloba el máximo pecado, conocer la belleza que es un don vedado a los hombres, según la fábula de Borges. Siempre  orientados por el último vidente latinoamericano, hallamos que en ‘Undr’, la Poesía es, así mismo, otro vocablo misterioso y lleno de poder.

Claro que esto depende de la poesía que disfrute el lector pues ahora se escribe tanta ‘poesía’ que, todo está permitido y pésimamente pocas personas interesadas en esta forma espléndida disciernen entre la hez y la luz.

La figura del poeta es otro aspecto muy importante para reflexionar. Así, Holderlin nos enseñó que los poetas son ánforas sagradas que contienen el vino de la vida, y resguardan el alma  de los héroes. Y, sin embargo, Bukowski refirió con lucidez asombrosa (en la famosa entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para Interview) que cuando era un niño la palabra poeta sólo representaba, en su escuela,  a un tipejo muy afectado y ridículo, objeto del escarnio y de todas las burlas posibles. Esa escuela no sólo era su escuela sino que nos sirve como un reflejo del mundo contemporáneo y nos lleva a preguntarnos, ¿qué cosa pasó y qué varió entre las circunstancias de  Holderlin y Bukowski?

Bueno, pasó todo un cambio de mentalidad y un tremendo giro de época (en términos sociales y políticos) pero eso no llega a justificar la variación. Sucedió, en cambio que la poesía en verso dejó de proponerse conceptualizaciones totalizantes salvo rarísimas excepciones y así el poeta pasó a ser un oficiante menor en la liturgia magnífica de la alta creación literaria. Así, durante el Siglo XIX hubo muy pocos poetas que congregará la ambición y los resultados de los grandes maestros de la novela. Así, los poetas prefirieron sus propias cuitas y eso de generó en los autores menores a proponer formas cada vez más y más pauperizadas y yoistas, no en balde Rimbaud, en arrebato genial aunque coherente con su debilidad, tuvo que orinar sobre la mesa de los principales ‘poetas’ franceses de su tiempo como un emblema de rechazo al promedio burocrático en que había degenerado el oficio poético.

Esto no puede seguir así. Por lo tanto, hay que cambiar la imagen que se tiene del poeta como un inservible y un marginal (la imagen en boga) y hay que recordar que hubo poetas que vivieron muy bien y tuvieron grandes ambiciones (incluidas las políticas) y no eran una partida de afectaditos (Goethe o Dante, que pagó carísimamente su ambición e inteligencia, serían antípodas respecto de sus resultados sociales, pero ambos jugaron un mismo juego, el del poder).

Otros tuvieron grandísimas aventuras y cantaron epopeyas y grandes hazañas (todos los poetas épicos).

Los hubo, también, fantasiosos y metafísicos (estos inventaron a Dios y se sirvieron de él pues instituyeron los cultos y el mundo de lo sacro). Su contraparte oscura creo la magia, la nigromancia y todo tipo de conjuros.

No faltaron los licenciosos y sensuales, los locos, los juglares, los trovadores, etc.

Por todo ello, ver a los poetas como una caterva de desesperanzados hombres sin brío es una cosa reciente y si no se retoman los caminos antiguos, la poesía (casi agotada plenamente en este momento) desaparecerá como género o como forma versada. Por suerte para la humanidad, sin duda, la Poesía sobrevivirá en cuanta forma escrita o audiovisual proponga un testimonio de la magia y de la maravilla que es sentir y pensar de verdad en este mundo.

Esa garantía o esperanza es lo único que faculta a entidades como la UNESCO respecto de instituir una solitaria fecha conmemorativa para la Poesía (21 de marzo de cada año) cuando, en realidad, conmemorar a la poesía debería ser cosa de todos los días pues celebrar a la poesía es celebrar a la vida.

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¿SOLO EL AMOR BASTA?

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Hannah Arendt y Martin Heidegger

Es una pregunta que sin querer ha asomado durante toda la semana. Hablando del hecho moral con mis alumnos en clase, viendo una obra de teatro sobre el romance de Martin Heidegger con Hannah Arendt, reparando en un par de canciones que escuché a razón de un artículo que leí y que me llevó a pensar en esto.

Les comentaba a mis alumnos que el mayor error que cometemos con el paso de los años, es la idealización del amor. No es algo premeditado, por supuesto. Es la acumulación de relatos, historias, películas, canciones, realities, memes, tuits y demás maquinaria audiovisual que estalla frente a nuestros ojos de forma constante y repetitiva. Las telenovelas y las películas en general nos dicen que el amor es el máximo objetivo en nuestras vidas (acompañado, por ende, de la felicidad). Es tan poderoso el rodillo mental que pasa sobre nosotros, que terminamos por creer que, en efecto, el amor ha de llegar para salvarnos de todas nuestras aflicciones, problemas y de nuestra triste e insoportable soledad.

Idealizamos tanto al amor que terminamos creyéndolo más de lo que es.

Heidegger le escribe a su amada Hannah: “¿Por qué es el amor tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos.”

Creer que el amor es la solución nos hace pensar fuera de la realidad. Y la realidad, estemos de acuerdo o no, influencia dramáticamente en nuestras vidas. Heidegger le pinta a Hannah, su estudiante judía, un escenario de amor perfecto: una cabaña en las afueras de la ciudad, un rincón aislado del mundo. El mundo entonces es convulso y violento, el partido Nazi llega al poder, Heidegger es un convencido de que solo Hitler puede restaurar en el pueblo alemán la dignidad perdida. No tiene un pronunciamiento sobre el “asunto” judío. Está casado y tiene dos hijos, y es considerado una eminencia en el campo de la filosofía. Ama a Hannah, de eso no queda duda a decir de sus cartas. Pero su amor es más que todo un ideal, un hecho aislado. No está dispuesto a ceder nada en pos del amor que siente por su alumna. Su amor, simplemente, no es viable. Hannah termina siendo la primera en darse cuenta.

El amor por sí solo no funciona. Podemos enamorarnos de alguien que nos arruina moralmente, podemos estar al lado de alguien cuya vida es tan desastrosa, que termina arrastrándonos a su ruina, podemos amarnos de alguien con una vida tan compleja que solo termine sentándonos en el banco de la eterna espera, podemos enamorarnos de alguien con pocas ambiciones en la vida, o con metas personales que chocan terriblemente con las nuestras, podemos creer estar enamorados de alguien por el simple hecho de que nuestra vida no nos satisface y vivirla en soledad es casi una tortura.

Sea como sea, creemos que enamorarse es también encontrar un alma gemela. Una persona que se acople a nosotros con la perfección propia de una pieza de un rompecabezas. Creemos que el chispazo del deseo y un par de promesas iniciales son suficientes para asegurar que hemos encontrado a la persona correcta. La relación a largo plazo es la que paga los platos rotos de nuestra emocionalidad: o termina siendo una serie de desencuentros y peleas, o uno de los dos termina sometiéndose al otro, perdiendo su autonomía y su libertad.

El amor es un efecto emocional, puramente químico. La compatibilidad, en cambio, encuentra su base en el razonamiento. Es insano creer que van de la mano pues, por lo general, se oponen constantemente. De ahí que todos tenemos a ese amigo que se enamora de la persona incorrecta y cree que es necesario dejarlo todo, alejarse de todos, olvidarse de su vida con tal de poder aferrarse a ella. El resultado de este empecinamiento ha sido contado de generación en generación y sin embargo el error sigue cometiéndose. La escritora Colette decía que el amor correspondido nos vuelve completamente idiotas.

John Lennon escribió una canción épica “All You Need is Love” (Todo lo que necesitas es amor). Pues bien, Lennon, además de ser un tipo talentoso, le pegaba a sus esposas, abandonó a una de ella con sus hijos, insultaba a su agente por ser judío y homosexual. Le pidió a su equipo de filmación que lo grabara todo un día desnudo, tendido sobre su cama.

Trent Reznor, de la banda Nine Inch Nails escribió una canción no tan épica “Love is not enough” (El amor no es suficiente). Reznor, a pesar de ser un polémico frontman –basta ver sus presentaciones y sus videos grotescos e hirientes-, decidió limpiarse de las drogas y el alcohol, se casó con su novia, tuvo dos hijos y decidió cancelar giras y la grabación de dos álbumes para poder estar en casa con su familia. La letra de su canción, aunque dura, resulta estimulante.

Reznor tuvo que tomar una decisión, una decisión meditada y profunda. Tuvo, además, que someterse a un cambio nada fácil: dejar de lado una vida de excesos a la que estaba acostumbrado, pasar por un duro proceso de limpieza, afirmarse en el compromiso a las personas (su esposa, sus hijos) que tenía a su lado. Esto no fue producto meramente del amor, sino el resultado de la razón y de la disciplina, basado en el amor propio y en el respeto al prójimo.

Si el amor fuera suficiente para solucionarlo todo, Reznor no hubiera tenido que preocuparse de nada. El respeto por los demás, el compromiso con otros, la humildad para meditar sobre nuestras acciones serían cosas innecesarias, que tranquilamente podríamos dejar de lado.

El mundo ahí afuera, sin embargo, no le da cabida a la falta de reflexión.

El amor no es paliativo para los problemas. No los desaparece; los aplaza. Es como echar el polvo debajo de la alfombra hasta que explota en el aire tras cada pisada que le damos, de forma inevitable y lo contamina todo. Es como dejar la basura en al patio hasta que apesta tanto que nos resulta insoportable. El amor funciona como placebo para los conflictos de pareja, pero tarde o temprano la enfermedad se impone, y a veces el remedio real no es otro que la terminación de la relación que tanto quisimos rescatar.

Mientras el amor como acción química actúa en nuestro cerebro permitimos todo de nuestra pareja. Poco a poco el efecto decae, regresamos a la normalidad, odiamos a la persona que tenemos al lado, pero ya le permitimos todo, no podemos decir nada al respecto más que odiarla en silencio, aborrecer su llegada a casa, aborrecer dormir a la lado de ella, tratar de contentarnos con una buena comida y una serie en la TV antes de dormir sin siquiera querer tocarla. Resignarnos hasta que podamos encontrar una puerta de salida, como la que Heidegger quiso encontrar para amar a su joven Hannah, sin éxito alguno. Nuestras vidas, entonces, quedan condenadas a una rutina adicional a la de nuestra propia vida. No nos soportamos solos, no soportamos la compañía, no tenemos escapatoria. Solo sonreír con pequeñas tonterías y repetirnos al espejo todas las mañanas que eso es la felicidad.

Entonces caemos en la última mentira, la más dura y prolongada de todas: que el amor debe soportarlo todo.

El clásico versículo de la Carta a los corintios que escribiera San Pablo, pero llevado a un extremo que sobrepasa cualquier característica de la normal moral. Sí, el amor es devoción y sacrificio, pero no de manera ciega, sino meditada. La pregunta que no debe dejarse de lado es cuánto se está sacrificando y por qué. Sin esa pregunta, las personas caen en un hoyo tenebroso, el pero de todos lo que puedan existir en el breve tramo de nuestras vidas: la falta de amor propio, la pérdida de la dignidad.

Es loable, y muy saludable para la relación el diálogo y la concertación. A veces implica sacrificar algunos deseos para poder llevar un camino junto a nuestra pareja. Esto es en gran medida lo que llena de valor y le provee éxito a una relación. Toda relación echa tierra en el entendimiento y la búsqueda del bien común.

Pero hay un delgado velo que separa ese sacrificio voluntario del burdo y violento condicionamiento. Sacrificar nuestro amor propio, nuestra dignidad, nuestra salud física, nuestro espacio personal y nuestro propósito de vida solo por estar al lado de alguien termina siendo un suicidio en vida. Permitir que nuestra pareja nos avergüence, nos controle de manera descarada, nos haga escoger entre algo que queremos y ella, nos obligue a alejarnos de personas que estimamos solo para su conveniencia o satisfacción no es amor alguno en absoluto, sino mero sometimiento. Si empezamos a tolerar un comportamiento predominante, impositivo y restrictivo, entonces lejos de amar, estamos negando el amor y nos negamos como seres humanos. Rompemos las cuatro características esenciales de la virtud en el amor: La autonomía, la incoercibilidad, la unilateralidad y, sobre todo, el propósito mismo, ese que nos llevó a escoger compartir nuestra vida con esa persona, supuestamente para siempre. Si dejamos que la prepotencia de nuestra pareja nos avasalle, dejamos entonces que el amor nos consuma y, con el tiempo, solo quedará de nosotros la arrugada envoltura del ser humano que fuimos alguna vez, seremos el recuerdo de alguien que nuestros amigos no reconocerán nunca más. Nuestra esencia, apagada, quemará en nuestra conciencia evocando ese “tiempo pasado que fue mejor”, sacando de la foto a la persona que, entonces, creeremos culpables de la ruina de nuestra vida: nuestra pareja. Y no: los únicos culpables seremos nosotros, los que fuimos incapaces de poner un freno, marcar una distancia, defender nuestro espacio íntimo y, en cambio, nos deshicimos en permisividad.

El único consejo posible para hacer del amor algo único y especial es tener en cuenta que el amor no es tal cosa. El amor no es nada por lo que valga la pena algún desmedido sacrificio. La mejor manera de disfrutar del amor es eligiendo en nuestras vidas una meta propia, establecer un plan de realización como personas, alimentarnos, estudiar, leer, estimular nuestra espiritualidad: convertirnos en personas dignas de admiración. El amor encuentra su fuente en esta última virtud: la admiración. El amor sin admiración es mera posesión. El amor sin admiración es cualquier cosa: un rito de supervivencia, conformidad, intolerancia al aburrimiento, ganas de no estar solo, aprovechamiento, conveniencia, pero de ninguna manera es amor. Hay que cuidarnos de eso.

La individualidad, la dignidad y la autonomía –el amor propio-, en cambio sí son virtudes y  condiciones valiosas en nuestras vidas. Y una vez que las perdemos, perdemos nuestra capacidad de amar, y nos extraviamos en una vida mustia y lóbrega.

Martin Heidegger le escribe a Hannah Arendt: “Todavía, creo yo, no nos hemos familiarizado con las leyes silenciosas de la singularidad y de la fortaleza del corazón, necesarias para mantenerse grandes en ellas. Pero quizá aún nos esté dado precisamente pensar estas leyes y fundar a partir del amor. El hecho de que el amor precise del amor es más esencial que todo necesitar y apoyar.

Pero Heidegger nunca llegó a estar con Hannah, y todo se diluyo en medio de la mera ilusión y el gran golpe de la realidad. El amor que sintieron entre ellos, aunque inmenso, nunca fue suficiente.

Y con ello doy por respondida mi pregunta.

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EL RECUERDO DE MI MADRE

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Fotograma de la película “Madre e hijo” del director Alexander Sokurov.

Una de las cosas que más recuerdo de mi madre, por triste que parezca, son sus ojos en el último día en que la vi con vida. Había subido al taxi y se iba de emergencia al hospital Rebagliati, y yo acababa de portarme mal con ella. Y mientras la enfermedad que la atormentó por diez años daba su puntalada final, sus ojos me miraban tristes, pero cargados de un amor infinito.

El último día de su vida, mi madre le preguntó a mi papá por mí y por mi hermano. Luego mi padre tuvo que salir un minuto a pedido de la enfermera, que al rato salió corriendo para llamar a los médicos, quienes empezaron a entrar y salir de la habitación a paso presuroso, hasta que, a decir de su andar ya calmo, no pudieron hacer más por ella.

Mi madre fue una persona como cualquier otra, y cometió muchos errores, algunos conmigo, otros con mi hermano, muchos con ella misma. Pero si algo debo reconocer en ella es que a pesar de los tropiezos en la difícil tarea de educar a dos tipos rebeldes y testarudos, tuvo un amor inagotable, que puso en cada cosa que nos brindó. Y cuando la enfermedad no le permitió hacer más, empezó finalmente a traducir en palabras todo aquello que antes nos mostraba en hechos. Me dijo “te amo” las veces suficientes como para nunca olvidarme que lo hizo, con todo su corazón. Ese corazón que yo partí el último día que nos vimos.

Aunque he vuelto a recuperar mi paz, no hay día que pase en el que no desee tener la oportunidad de hacer las cosas correctas. Murmuré muchas disculpas después -empuje la camilla con su cuerpo inerte desde la habitación y por todo el pasadizo, bajé por los ascensores, la dejé en el mortuorio-, pero como bien podrían suponer, ya era en vano.
Así que hoy, si me permiten el consejo, les pediría que gasten menos en memes, en fotos, en mirar el smatphone y traten de hacer de este día el momento correcto para grabar un gran recuerdo en sus corazones. No lo llenen de estridencia ni lo carguen de majestuosidad, háganlo simple y sentido, no revienten una tarjeta de crédito en un restaurante pomposo, plagado de bullicio y desorden, busquen un momento de calma y traten de decirle eso que sienten, que puede sonar tan cursi a nuestros años, pero que es -créanme- tan necesario. La vida es corta, y si hay algo que no podemos dejar de lado en este breve tiempo que tenemos, es la oportunidad de ser honestos y decirle lo que sentimos a las personas que amamos. Hoy es un buen día para hacerlo. No lo pierdan. La vida no nos guarda el saldo de amor desperdiciado.

Un abrazo.

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LENGUA, LIBROS Y LIBERTAD

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La tribu maorí tiene un proverbio con el cual me identifico mucho: “mi idioma es mi despertar, mi idioma es una ventana hacia mi alma”.

El lenguaje es, ciertamente, un rasgo característico e inherente al ser humano, lo único que nos distingue claramente de la especie animal más cercana. Este complejo uso de sonidos guturales articulados de forma sistematizada y comprensible, la posibilidad de llevar un registro de ellos mediante símbolos escritos para poder dejar constancia de nuestro pensamiento en la distancia y el tiempo es lo que ha marcado la enorme distancia entre nosotros y el resto de criaturas en el planeta. La posibilidad de materializar nuestra psique y de canalizar nuestras emociones de forma tal que podamos establecer una conexión con nuestro entorno es, a mi parecer, la muestra más plena de nuestra grandiosidad como especie y quizá la única garantía de nuestra humanidad.

Nuestro lenguaje es, además, el resultado de nuestra interacción con el medio que nos rodea. América, por ejemplo, a pesar de estar unida por un idioma vinculante –el español- tiene, dentro de este lenguaje en común un sinfín de expresiones regionales que nos permiten reconocernos como parte de un territorio en particular. Esto, sin embargo, no exclusividad de nuestro continente. El lenguaje es parte de nuestro proceso evolutivo, se nutre de nuestras experiencias como sociedad, de nuestra vinculación con la geografía y la fauna que nos rodea, con las actividades que realizamos para subsistir, es un código natural que nos ayuda a estrechar lazos con los demás.

El mundo, en su maravillosa diversidad, está construido en la complejidad de las lenguas que lo conforman. Los daneses por ejemplo usan la palabra hyggelig para referirse a la calidez de un momento con amigos muy íntimos o con la familia; litost es una palabra checa que Milan Kundera definía como “el estado de agonía y tormento que produce la visión futura de nuestra propia miseria”; toska, según Nabokov, es una palabra cargada de fuertes matices que recorre desde la angustia espiritual hasta el conflicto mental por alguna aflicción irresoluta.

De todas las palabras que han llegado a mis oídos, hay una que ha calado en mi vida: Awunbuk, una palabra de la tribu Baining, en nueva guinea, que se refiere a la sensación que se produce cuando un grupo de personas que ha visitado tu casa se marcha y dejan un pesado vacío en el hogar.

Los Baining suelen dejar una fuente con agua en la puerta de su casa, porque creen que el awunbuk se produce por una bruma que los visitantes dejan tras de sí para poder viajar ligeros a casa. La tradición dice que hay que echar fuera de casa el agua de esa fuente para que la casa cobre vida nuevamente. He compartido la sensación y claro, ya tengo –al menos de forma personal- una palabra para referirme a esa sensación, ya que “desasosiego” no me resultaba suficiente para expresarla.

Sin embargo, a pesar de la maravillosa complejidad y diversidad comunicacional, el acecho del mundo visual está poniendo en riesgo la capacidad de las personas para expresar sus sentimientos, los emoticones, los memes, están homogeneizando nuestra enorme capacidad de expresión, reduciéndola a una estrecha gama de opciones fácilmente reproducibles en medios informáticos y audiovisuales, pero que en detrimento del idioma, le resta complejidad y dimensión a la independencia de nuestra emotividad. Cierto es que la desesperación, el descontento, la infelicidad, la desesperanza, el abatimiento, la miseria y la melancolía, aunque parezcan sinónimos, son expresiones precisas para definir un estado muy particular en nuestro espíritu.

Se descuelgan de ello la vergüenza, la decepción, el arrepentimiento, la culpa y a veces la consternación, el abandono, el aislamiento, la humillación y el rechazo; expresiones que hemos podido construir a través de siglos y cúmulos de experiencias individuales con las cuales otros han podido identificarse.

En contraparte, nuestra alegría (que, debido a nuestra escasez lingüística siempre confundimos con felicidad) también recorre diversos estados. Así, podemos estar satisfechos o complacidos, triunfantes u orgullosos; encantados, fascinados o cautivados por algo; podemos sentirnos optimistas, entusiastas o esperanzados de acuerdo a la dimensión de nuestros sueños y expectativas; aliviados, extáticos, excitados, estremecidos.

Podemos también sentir admiración por la buenaventura de nuestro prójimo, que debido a nuestra ignorancia y reticencia frente a los logros ajenos, solemos llamar equívocamente envidia sana.

La ventana hacia nuestra alma es poderosa, y mientras más grande sea la capacidad de expresar nuestros sentimientos, más profundo será nuestro autoconocimiento y nuestra comprensión del mundo. Por ende, más cercanos estaremos a alcanzar nuestra plenitud como personas, y nos deslindaremos de la necesidad de encontrar la “felicidad” en emociones externas y costosas que a fin de cuentas son solo remedios temporales para algo más profundo e incomprensible en proporción a la escasez de nuestro léxico.

Un libro es la salvación del espíritu, una alternativa a nuestro mundo, la oportunidad de ser muchos más sin dejar de ser uno mismo. Es también, a mi parecer, el camino más efectivo para avivar nuestro lenguaje. Y hoy más que nunca, en este auge del mundo informático, de la vida rutinaria y mecánica, individualista y solitaria, la lucha por la integridad de nuestro lenguaje debe de convertirse no solo en un compromiso, sino en una lucha generacional.

El idioma, claro está, es un flujo constante, y en definitiva irá sumando y restando palabras de acuerdo al lugar y la época. Sin embargo, hemos de tener cuidado de que en ese ir y venir de expresiones no se terminen perdiendo aquellas que definen nuestra integridad como humanos. No podemos permitir que el tiempo borre de nuestra lengua, por causa de esta fría y monótona sociedad que se nos avecina, aquellas expresiones que por tanto tiempo le dieron forma a nuestra vida y que nos permitieron, de alguna manera, conciliar nuestras diferencia y vivir tiempos más civilizados, siempre atentos y despiertos ante cualquier posibilidad de sometimiento.

Por ardua que parezca, la batalla puede iniciarse noche a noche al pie de la cama de esos hijos que tanto queremos, puede encenderse una gran hoguera con el solo hecho de coger un pequeño libro de la biblioteca y, con un poco de paciencia, producir ese destello en sus pequeñas mentes con un pequeño conjuro cargado de inmortalidad, el mismo que hiciera mi padre en mi niñez, y que en días como este recuerdo con tanta gratitud: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”

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TODO CUANTO VALE EN ESTA VIDA

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Jack Kerouac.

Era 1958. Jack Kerouac tenía treinta y seis años cuando conoció a Lois, quien había cumplido veintitrés. Meditaba bajo un árbol en su jardín cuando la vio aparecer frente a sus ojos. No la esperaba. No tenía pensado siquiera que ella fuera una tímida admiradora rendida ante la magnífica prosa de su novela recién publicada “Los subterráneos”, ni que en un arrebato propio de los intrépidos hubiera decidido subirse a su coche y atravesar todo el país, desde California hasta Long Island, solo para poder decirle que estaba enamorada de él.

Fue una relación intermitente a través de los años, cuyo refugio fue un apartamento en Greenwich Village, Nueva York, un lugar alejado del mundo, donde pasaron los días bebiendo vino, bailando y haciendo el amor. Se leyeron libros, asistieron a recitales de poesía y llevaron una vida que a otros hubiera dejado sin aliento. Cada vez que Jack tenía que dejarla, le escribía una nota. Vivieron un romance particular, un romance migratorio, de altas y bajas.

Tiempo después, la madre de Lois murió. Ella, sumida en una terrible depresión, decidió mudarse a vivir con su padre.

Jack apareció en su puerta una noche. Se hallaba de gira y ya era un escritor famoso, pero no dudó en suspender su agenda ni bien recibió la carta de Lois contándole sobre la muerte de su madre. Jack tomó un largo vuelo, y caminó ocho kilómetros desde el otro lado de la ciudad con una enorme grabadora de carrete cargada a la espalda, en la que llevaba una vieja canción para tratar de levantar el ánimo de aquella mujer que tanto lo amaba.

Ya en aquellos días en Greenwich, Lois había sentido el dolor profundo que embargaba a Jack. También su belleza y su conocimiento. Jack era ser en cuyo interior cohabitaba la ternura y la perturbación. Un ser salvajemente hermoso. A medida que su fama aumentó, también lo hizo la bebida. Su conducta autodestructiva era incontenible. Ni siquiera el amor podía salvarlo.

No he bebido hoy, me siento bien… Quizá voy a vivir. Quiero decir, el licor me lastra. El infierno es uno mismo, soñé eso anoche, las palabras YO SOY EL FUEGO”, escribió Jack.

Julio Cortázar y Gabriel García Marquez.

Tres años antes, Gabriel García Márquez lograba, citando sus propias palabras, cumplir uno de los sueños de su vida: sentarse a escribir sin que nadie lo jodiera. Inmerso en su sueño, tanto por vocación como por el escaso dinero en sus bolsillos, eran pocas las veces que se aventuraba a ir más allá de su habitación. “¿Una mujer recitando poesía?”, le dijo al portugués que lo animó a ir al recital de la poeta Tachia Quintana. “Vaya usted, yo lo espero en el Mabillón”.

Con lo que Gabriel no contaba era que Tachia aparecería junto al portugués en el café. Tampoco que se enamoraría perdidamente de ella. Un pobre hombre en la ciudad luz, escribiendo día a día la historia de un viejo coronel esperando buenas nuevas. Las dudas de Tachia quedaban de lado cuando la ternura de Gabriel afloraba. Toda la pretensión intelectual, la arrogancia y ese compartimiento niñato que mostraba ante los demás, quedaba relegado ante palabras finas y mucha belleza. “Qué maravilla de crepúsculo”, dijo Tachia una tarde. “Se lo regalo”, respondió él.

Pero lo que al principio fue el fuego que los hizo arder se convirtió en un sofocante obstáculo para la vida que Tachia consideraba real. Gabriel no quería hacer otra cosa más que escribir, mientras ella trataba de ganarse la vida como podía. “No puedes vivir así. Tienes que hacer algo”,le dijo Tachia un día. Pero García Márquez no sabía hacer otra cosa más que escribir y ella reía, como quien ríe del iluso y del necio. A pesar de la devoción que Gabriel le demostró en el breve tiempo que estuvieron juntos, ella decidió marcharse. Gabriel la despidió en la estación. Fue una despedida cargada de todos esos detalles que lo sobrecogían en las películas que veía en el cine, pero fue algo bello: el impulso necesario para terminar sus primeras novelas.

Frank Kafka.

La misma angustia de aquel viejo coronel que retrataba García Márquez la sufrió Franz Kafka en carne propia cuando las misivas de su querida Milena no parecían llegar. En la década de los 20, por espacio de dos años, ambosse encargaron de alimentar un amor epistolar intenso, que inició cuando ella se atrevió a escribirle, impresionada por su obra, pidiendo permiso para traducir su obra al checo.Y que devino, carta tras carta, en una serie de confesiones que empezaron a desnudarlos mutuamente, mientras el temor inicial de los escritos era reemplazado por una honestidad y pureza que iba más allá de una simple relación entre un escritor y su traductora. “Algo tenemos en común, Milena, según creo: somos tan tímidos y tan temerosos que cada carta es distinta, casi todas las cartas se asustan de la anterior y aún más de la respuesta.”, escribe él, y a partir de entonces pone de manifiesto el amor que siente por ella como el temor que lo invade ante la idea de amarla. Es viejo, es judío, es pobre, y todo ello lo percibe como una condena ante el fuego que Milena representa.

Solo dos veces pudieron encontrarse en persona: un día en Gmünd y cuatro en Viena, en los que apenas si pudieron poner de manifiesto todo el fuego contenido en sus letras. Tan efímero su encuentro que ella no duda en escribirle luego: “Advierto que no consigo recordar su rostro en detalle. Sólo recuerdo cómo se alejaba entre las mesitas del café;su figura, su vestido todavía los veo”. Kafka le sugiere que se escriban todos los días. Se siente un privilegiado. Un hombre cuya fortuna va más allá que la fortuna de la humanidad que la rodea. Un virtuoso que tiene el placer de abrir diariamente tres cartas de puño y letra de una mujer maravillosa. De un soporte emocional para su vida sumida en la honda depresión de una realidad tísica y llena de fracasos.

La enfermedad finalmente le hace perder la fe: “Es posible que mis escritos no valgan nada, pero entonces es seguro e indudable que yo mismo no valgo nada en absoluto”.Kafka moriría pensando en el fracaso. Pero Milena lo mantenía vivo, creyendo sinceramente en que el breve paso por la tierra de aquel hombre que había amado retumbaría por el resto de los años. “No tiene el más pequeño refugio  o la más pequeña cobertura. Es como un hombre desnudo entre gente vestida. Pero ni siquiera dice y vive en la verdad. Es un modo de ser en y para sí mismo, exento de todos los añadidos que podrían ayudarle a perfilar su vida en la belleza o en la miseria, poco importaría.”

El amor a Kafka insuflaría en Milena una vena heroica. Aquella que la llevaría a dedicarse al periodismo, y a oponerse al antisemitismo reinante en Europa, a no dejar de lado a sus amigos judíos, a morir con ellos dentro de un campo de concentración en la Alemania Nazi.

 

Las letras resultan a menudo un refugio para el romance. Lo sabía Kafka y Milena, como también Julio Cortázar y Aurora Bernardez, la mujer que más influyera en su vida, la compañera en aquel pavillon parisino donde él gestaría “Rayuela” y “Todos los fuegos el fuego”, y la cómplice de su renuncia a la plaza vitalicia como traductor en la UNESCO para dedicarse a la literatura sin ataduras. Lo sabe también Jonathan Franzen, quien se casó muy joven con una novia de la universidad y que decidió junto a ella dedicarse a escribir la gran novela, el sueño de opio de todo escritor, y alcanzar la fama. Delirio que los llevó a alquilar un departamento barato en las afueras de Boston y a disciplinarse en una dieta invariable de pollo y arroz congelado, para no alterar las mañanas creativas en las que ambos escribían lado a lado, sin parar, y sus tardes de lectura, en las que recurrían a sus luminarias literarias para encontrar el camino a la opera prima que tanto anhelaban.

Tanto Julio como Jonathan alcanzaron el pequeño cielo de los que lograr heredarle a una generación una obra maestra, y alcanzaron la fama soñada. A pesar el viento en contra, disfrutaron de una cuota de amor que destiló literatura. Pero tuvieron tarde o temprano que renunciar a esa pareja que, se suponía, los acompañaría hasta el fin de la marcha. El amor, a diferencia de la literatura, se escribe en presente continuo, y no se sostiene por cuenta propia. Julio se separó de Aurora, se encerró en una isla, se volcó a la política. Fue un paso que ella decidió no acompañar. Esa “pareja amorosa que sabía como nadie enriquecer  su complicidad”, terminó a la deriva. Franzen, por su lado, reconoce el error de haberse aventurado tan joven en el compromiso, el daño que les hizo alejarse de todo y la forma en que él y su esposa terminaron hiriéndose hasta hacer insoportable la convivencia. Pero como bien lo escribe en “Más Afuera”, “el amor duele, pero no mata”. Franzen hizo el viaje inverso que Lois hiciera buscando a Kerouac y ancló en California, en la ciudad de Santa Cruz, de la mano de un nuevo amor, Kathryn Chetkovich. No es un amor perfecto –qué iluso suponerlo-, y bastaría con leer ese estupendo relato “Envidia” que Kathryn publicó en la revista Granta, para comprender de qué está hecho un amor que lleva ya más de diez años.

Julio, en cambio, no cayó en lo competitivo sino en lo sublime. A finales de los 70, buscó por última vez a Aurora para pedirle el divorcio y así poder emprender el viaje de ensueño –el último en su vida- al lado de Carolina Dunlop: joven, hermosa, intensa. Un amor que llenó a Cortázar de una vitalidad como nunca antes habría sentido, y que sin embargo, no pudo sostenerse debido a la tragedia. Carol murió y Cortázar, desolado, se dos años después con ella.

 

Lois y Kerouac dejaron de ser amantes. De aquel gesto de ternura que él hiciera aquella noche, no quedaba ya sino un sabor agridulce, pues la fama y la bebida habían consumido todo lo que Jack pudo llegar a ser, y con ello, todo lo que pudo llegar a amar. A pesar de todo, Lois nunca olvidó a Jack. Decidió incluso perpetuar su magnífico gesto en un hermoso poema cuyo título me duele traducir. “Universe-onesong”, es el testimonio vivo de que en fondo del caos que impera dentro las almas conflictivas de los grandes creadores de mundos ficticios, hay una luz pugnando por salir, no para quedarse reposando sobre una hoja en blanco, sino para ser un elemento activo, una fuerza renovadora, creadora de todo cuanto vale en esta vida. El amor, lo sabemos todos, es el único camino para salvarnos del tormento, y es un tormento en sí mismo. Pero solo al abrazarlo es que sabemos que la vida tiene un sabor tragicómico, y que sin embargo vale la pena correr el riesgo, porque crea, y saca lo mejor de nosotros, sin límites ni fronteras, sea en París, en Nueva York o en California, como aquí, en esta Lima gris y melancólica.

(PUBLICADO EN LA REVISTA IMPRESA LIMA GRIS NÚMERO 10)

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El falso cielo de un escritor

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John Fante.

Find what you love

And letit kill you

 

-Bukowski.

 

La primera vez que me enteré que existían talleres de narrativa, me enteré también que escribir no era el paraíso que había pensado. El compañero de trabajo que me sugirió inscribirme a un taller con Alonso Cueto en el centro cultural de la universidad Católica fue claro al hacerme la advertencia: “ahí verás si te interesa o no”.

Al igual que muchos otros, llegué al taller con una idea totalmente equivocada de lo que era el oficio de escribir. Cada quién tenía una imagen de ensueño de su futura vida como escritor. Se pensaba más en la imagen personal, en las tapas de los libros, en los galardones. Muchos habían creado todo un estereotipo para sentirse escritores: El morralito o talego con su laptop, la barbita, los lentes, la ropita que ahora se le atribuye al hípster. Conocí un muchacho que le añadió un guion a su apellido para darle caché a su nombre.

Ideas habían, la mayoría eran copias honestas de los estilos de escritores muy influyentes. Muchos estaban perdidos, otros, como yo, creían estar en el camino correcto. Había también gente con talento.

El gran problema, lo digo ahora en retrospectiva, era que en aquel entonces todos amábamos el resultado, la imagen futura, pero ninguno estaba dispuesto a pagar el precio. Escribir es un proceso que demanda dedicación, empeño y mucho sacrificio. Me gustaría decir que hay otro camino, pero quiero ser honesto. Escribir es una vocación dura y penosa. Tan extraña como incomprendida, subestimada y, sobre todo, solitaria y silenciosa. El talento por sí solo no asegura nada.

La pregunta que yo le haría a alguien si me dijera que quiere ser escritor no sería “¿sobre qué quieres escribir?”, sino “¿cuánto estás dispuesto a sacrificar?”

Nunca me hice esa pregunta hasta el año 2009, para ser más preciso, el día en que falleció mi madre. Hasta entonces había pasado más de diez años soñando con ser un escritor, solo soñando, nunca dispuesto a hacer mucho al respecto (salvo el taller y una que otra madrugada escribiendo antes de ir a la oficina), divagando sobre mi futura primera novela y –aunque me avergüenza decirlo- los grandes aspectos de la humanidad que exploraría. Mi madre agonizó durante tres días y no pude verla. Me la pasé trabajando en la oficina hasta tarde con la idea de asumir una jefatura. Para entonces ya me había resignado a seguir la profesión que mis padres escogieron: Gestión de Recursos Humanos.

Una profesión que dejó de gustarme en séptimo ciclo de la carrera y que sin embargo me ayudó mucho, sobre todo a saber qué es lo que quería hacer con mi vida. Aquella vez, en pleno velorio y mientras recibía el pésame de la familia y amigos, pensaba en los tres días que pasé trabajado, en las cosas que me hubiera gustado decirle a mi madre antes de que su vida terminara, empezando por “lo siento, perdóname”. Nunca pude decírselo. Fue entonces que comprendí que la pregunta esencial en mi vida no era “¿Qué es lo que me hace feliz?’”, porque comprendí que la felicidad es efímera e intermitente, y su persecución, por lo tanto, solo me haría encontrar todo lo opuesto a ella. La verdadera pregunta que debía hacerme era “¿cuánto estás dispuesto a sacrificar?”

De pronto me di cuenta que había deseado algo durante años y nunca me había siquiera acercado a mi sueño. Quería el premio, pero no sabía nada del costo que tomaría alcanzarlo. Peor aún: no tenía idea deque no existía ningún premio. Fue por entonces que leí a John Fante. Nada de lo que aprendí en talleres, blogs y cursos a distancia me ha enseñado tanto como esa pequeña novela Pregúntale al Polvo. Una vez que la interiorizas sabes lo que se te vendrá encima tras decidir que serás escritor. Yo me hice una lista de consejos que a veces repaso y corrijo. Es una especie de guía para no perder el camino (como si hubiese uno) al escribir.

Podríamos decir por ejemplo, que escribir no genera éxito alguno. Bolaño, pobrísimo; Kafka, pobrísimo; los seiscientos escritores muy por debajo de ellos que rematan sus libros en las ferias, peor; porque ni siquiera los leen, o peor aún, porque caen en manos de editoriales que a fin de cuentas son imprentas disfrazadas que prometen oro y moro, y luego te cierran con el poco dinero que podías conseguir. La fama tampoco sirve de nada. Los premios literarios menos. Aquí no voy a citar nombres, porque sobran.

El olvido es un monstruo hambriento que nos traga a todos. Busca el dinero por otro lado, si es posible un trabajo de medio tiempo.Aprende a liberarte del consumismo. Vive con lo necesario, disfruta las cosas simples. Aprenderás no solo a mesurarte sino a sacar partido de la esencia de las cosas, lo cual te hará ver lo intrascendentes y absurdos que pueden llegar a ser tantos protocolos y obligaciones en la vida. Entender el absurdo es quitarse una venda de los ojos.

En cada parque hay una historia. No necesitas irte al fin del mundo para escribir, ni aprender sobre tribus caníbales, o romances parisinos. Escribe sobre lo que te joda y sé honesto al hacerlo. No hay técnica narrativa ni dominio de lenguaje que pueda ocultar tu falta de honestidad. Si tienes miedo de decir algo, estás frito.

No hay una meta en el horizonte de un escritor. No hay ascensos, ni medallas, ni reconocimientos, ni aplausos, ni se tiene un jefe que te diga cuándo estás haciendo lo correcto y en qué momento puedes marcharte. Escribir no tiene sueldo quincenal, ni vacaciones, ni bonos, ni gratificaciones de Julio o Fiestas Patrias, ni aguinaldo navideño, ni CTS. Escribir no mata el hambre ni te compra ropa. Tampoco te hace más inteligente o más interesante, y te hace tomar distancia de muchas personas, sea por tiempo, sea porque odiarán tu actitud crítica y tu ateísmo, sea porque no sabrán de qué carajo conversar contigo en las reuniones, sea porque no tendrás dinero para frecuentar a tantos amigos como quisieras, o porque simplemente la historia que estás escribiendo no te dejará salir de casa.

Escribir, sin embargo, te hace darte cuenta de quiénes son tus verdaderos amigos. Cuando los descubras, cuídalos y no los cambies por nada ni los traiciones. Se leal a ellos. Eso te ahorrará tener que pasar por la cárcel o por alguna enfermedad, como reza un poema de Bukowski. Escribir no es algo tan trágico, pero sí muy revelador.

Hablando de Bukowski. Asimila su técnica, pero no te compres al mito. Bukowski es el Santa Claus de los escritores.

Salvo esos cuatro o cinco gatos nobles e incondicionales el resto en la vida del que escribe es soledad. Enhorabuena si tienes el millón de amigos, el problema es cuando piensas escribir si te pasas todo el día viéndolos.

Escribir implica dormir mal y pensar mucho; despertarse en la madrugada con una idea, sentarse en la soledad de la sala y recurrir a todas las herramientas conocidas del lenguaje y la narrativa para hacer que esa idea cobre vida. A veces no podrás expresar lo que quieres con la suficiencia que quieres. Si no puedes hacerlo, no busques la solución fácil, no cambies la idea por otra o trates de engañar al lector. No lo estás engañando: te estás engañando a ti mismo. Si la dimensión de la idea sobrepasa tu capacidad de expresarla entonces felicítate porque tienes un pensamiento ambicioso, y luego date de cabezazos contra la pared por no haber acumulado las suficientes buenas lecturas como para aprender a manifestar tus ideas sobre la página en blanco.

Eso de las buenas lecturas es una cuestión propia. No es que te tenga que gustar todo lo que le gusta a los grandes genios de las letras. Además, muchos te van a decir que leas libros que ni ellos han leído. Lee lo que te motive, pero que sea contundente, trascendental. No te guíes por los críticos, muchos son como los doctores al momento de recetarte un medicamento. En todo caso sigue el consejo de Hemingway: lee a los muertos, que ya superaron la prueba del tiempo y sobrevivieron.

Escribir en un salto al vacío que nadie comprenderá. No te aflijas por eso. Nunca dejarán de pensar que estás loco. Escribir en este país, sin padrino ni apellido de alcurnia, es casi un suicidio. Tus amigos y familia tienen razón al preocuparse, tienen muchísima razón. Puedes en todo caso tratar de ser sociable y estrechar unas cuantas manos para que te hagan el favor de reseñarte o darte un espacio en algún periódico o blog y empezar a hacer tus pininos. No hay nada de malo en hacerlo. En lo personal nunca me ha gustado ser lambiscón ni interesado con nadie. Solo me junto con la gente por lo que valen como seres humanos, no por lo que puedan darme. El director de esta revista puede dar testimonio de ello. Esa convicción me acompañará hasta la muerte, para bien o para mal, aunque seguramente más para esto último, porque en este mundo del networking y las relaciones pro negocios, pro empleo, pro lo que sea, ya nadie vale por lo que es, sino por el beneficio que puede proveerte y eso es lamentable.

Si sientes que necesitas cosas exclusivas para poder escribir, entonces solo estás fantaseando con la idea. Si crees que necesitas una Mac Book Pro, una taza con algún motivo especial, un escritorio con lámpara y un asiento de gerencia enorme, hojas couché para imprimir tus borradores y lapiceros de tinta líquida para hacer tus correcciones entonces tienes una idea equivocada y miserable. Escribir es un proceso interno, una pila de energía auto sostenible. Una vez que nace, no necesita motivación externa alguna para ponerse de manifiesto. Cuando de verdad quieres escribir lo haces con lápiz y papel, en una mesa informe y sentado durante horas sobre una banca de madera plana e incómoda que terminará moliendo tus riñones. Pero ni pensarás en eso. Me pasé un mes tirado en cama y escribía hasta en pleno delirio por la fiebre. Tengo un montón de cuadernos llenos porque en ocasiones no he tenido computadora. También tengo el celular lleno de notas. Esto último es lo más incómodo. Prefiero pasar horas sentado en la banca.

Eso sí, ejercítate mucho. Sobre todo ejercita la espalda.

Beber y fumar cuando se escribe puede ser un elemento accesorio, un acto reflejo. Mucho se hablan de grandes escritores y sus adicciones al alcohol o las drogas. Depende de cada quien pero no es un requisito indispensable. El único requisito indispensable es leer mucho y muy bien, y tener un lápiz y un papel. Yo no puedo escribir si bebo, menos con una resaca encima. Dicen que Hemingway escribía hasta de pie y con la resaca de dos fiestas de año nuevo encima. Quién como él, bendito sea. Dicen, dicen y dicen… no hagas lo que dicen, has lo que quieres. Si escribes es porque tienes la capacidad de autoconocimiento e introspección suficiente para saber cómo funcionas mejor. Tienes que tratar de rendir al máximo, salvo que seas un elegido como Faulkner.

Dicen que Facebook es un agente procrastinador. Es algo relativo. Cuando te pasas un fin de semana completo metido en casa sin ver a nadie y empiezas a hablar con tu perro entonces te das cuenta de que Facebook es un mal necesario. Es un buen sitio también para manifestarte, aunque la mayoría de tus contactos te terminen bloqueando o eliminándote. Es eso o hablarle a una pelota manchada de sangre, o a tu perro. Claro que es mejor si sales a la calle y conoces gente. No les digas que escribes. Créeme.

Hablando de Facebook: No vivas del like. Hay personas que no le dan like a nada, hay personas que te dan like por cualquier motivo que no tiene que ver con lo que haces, hay quienes miden sus likes, hay quienes no te darán like porque no pueden aceptar que seas tú el que haya parido una idea tan buena. Razones hay muchas. Facebook es la vida lo que Dios al más allá.

Tampoco vivas de la crítica, pero sí permítela y aprende de ella. La mejor crítica te la hace la gente que no escribe. Si no logran engancharse con tu historia, estás frito. Reverencia a los que te critican. Te quieren. Se han tomado el trabajo de leer tu cuento en un mundo dónde la tolerancia máxima es de 180 caracteres. Quiérelos más si es que lo que han leído es tu primera novela, que casi siempre será mala y no terminará en la imprenta.

No corretees a escritores para que lean tu trabajo. Se ve penoso, y no sacarás nada bueno. Corregir lo propio ya es demasiado jodido como para leer lo ajeno. Yo le pedí una vez a un profesor que me ayudara, pero desistí cuando comprendí esto de corregir lo ajeno. Lo mejor que puedes hacer es siempre recurrir a las buenas lecturas.Lee a Jonathan Franzen. Escucha todo lo que diga Jonathan Franzen. Si sientes que ya todo está escrito lee a Alice Munro, KjellAskildsen o a Salvador Benesdra. Si sientes que falta creatividad lee a William Blake, a Marcel Schwob, a David Foster Wallace. Te dirán que leas Mientras escribió, de Stephen King. Pero mejor me ha parecido John Gardner.

Aprende a estar solo, a no distraerte mucho, a no aferrarte a nada salvo a esa persona que se enamore de ti a pesar de la barbaridad que has hecho y esté dispuesta a vivir debajo de un puente si es necesario, pero contigo (Existe, lo juro). Aprende también sacarle provecho a tu tiempo. Empezar una historia es algo sencillo, a pesar de que a veces puedes estar bloqueado; terminar una historia, eso sí que es una proeza. Ahí están como testimonio cientos de historias inconclusas en una carpeta olvidada en mi computadora. Claro que es mejor escribir a medias que no escribir nada. Pero hay que tratar de llegar lo más lejos que se pueda. De cuando en vez asomará una historia. Después tendrás que averiguar si es buena. Generalmente no lo será, y tendrás que luchar contra el desaliento y empezar de nuevo, ese es el ciclo. García Márquez decía que si te aburres escribiendo, el escritor se aburrirá leyéndote. Me parece la manera más sencilla de definir el entusiasmo por el proceso creativo. No te hagas el inteligente. En este mundo de internet la información está al alcance de la mano. Dedícate a contar la historia. Deja las sesudas y grandilocuentes muestras de inteligencia para cosechar bloqueos en el Facebook.

Pasar de la idea al hecho no es fácil. Hay prioridades diversas en nuestra vida: tener una pareja, hijos, un ingreso que permita sostener todo ello y, sobre todo, disfrutar de la vida, que a fin de cuentas también viene siendo algo importante, o al menos eso nos han vendido en occidente. Es difícil renunciar a los placeres mundanos, muy difícil, como bien me lo dijo aquel amigo que me recomendó aquella vez asistir a un taller. No sé cómo harán otros escritores, todo lo que menciono es la experiencia personal y solitaria de mi decisión. Lo único que sé es que es la lucha la que va a determinar nuestra suerte en este oficio: la lucha contra la indiferencia y la duda perpetua. Escribir es siempre dudar, pensar, cuestionarlo todo, deshacerse de la planificación a largo plazo y a la vez angustiarse por la incertidumbre del futuro. Vivir horas sentado escribiendo una novela, pasarse otras horas más trabajando para conseguir dinero, y otras tantas horas más leyendo, y tratar después de todo eso, de sacarle el poquito jugo a la vida con el escaso tiempo que queda, mientras tu familia se reúne a tus espaldas y habla de ti con pena. Eso no es todo. Nuestra actitud crítica hará que muchos nos tilden de negativos y odiosos, sin saber que una persona negativa jamás se arriesgaría a dejar una vida realizada en pos del incierto camino de la literatura, menos a los treinta años que es cuando ya muchos van planificando en que universidad estudiarán sus hijos y que viajes harán cuando les llegue el retiro. Escribir es amar el riesgo, pero el verdadero riesgo. La aventura por la que muchos pagan la vivimos gratis y ponemos todo en juego. Nadie sabrá de nosotros, ni de toda la vorágine de dolorosos recuerdos que sacamos a flote cada vez que nos sentamos a golpear las teclas o mover el lápiz. Porque claro, si escribir no te mueve un pelo, entonces no estás hecho para ello. Es la única cosa de la que estoy completamente seguro. Por lo demás, he de decir que a pesar de todas las inclemencias propias de mi vocación o quizá debido a estas, es que he llegado a una especie de plenitud donde me siento resuelto a seguir escribiendo, a seguir en la lucha por cumplir con un anhelo que creí que nunca sería capaz de llevar a cabo. Ya no puedo pensar en otra cosa que no sea hacer esto.

Somos, a fin de cuentas, las batallas que libramos y el dolor que aprendemos a procesar. Solo ahí hemos de demostrar de qué estamos hechos, así se nos vaya la vida en ello.

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POR QUÉ ESCRIBO

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Ernest Hemingway.

Alguna vez me dijeron que escribir implica la tortura del lenguaje persiguiendo fines estéticos. En lo personal no puedo explicar por qué escribo. Por qué me levanto con la necesidad de contar una historia, una historia que no necesariamente terminará publicada, pero que clama por tener vida propia.

Hay una satisfacción inenarrable en el hecho de darle a vida a seres y lugares que nunca antes existieron y que yacen contenidos en el mundo virtual de la hoja en blanco de una pantalla de diecisiete pulgadas, una especie de liberación o redención, un peso de encima del que nos libramos. Uno no piensa en nada más después de ello. Una vez contada, la historia deja de ser nuestra. Con suerte, dicha historia terminará en alguna página web, en una revista impresa o formando parte de un libro que lleve nuestra foto. Pero la razón por la cual ha sido escrita resulta siempre misteriosa, como el afluente que por las noches llena nuestra cabeza de sueños.

La revista “The Atlantic” hace, como todos los años, un resumen de las mejores entrevistas a escritores realizadas durante este 2015, en el que hablan sobre su arte y los autores que reverencian. El título de esta sección de entrevistas, “By Heart”, es una oportunidad única para quienes deseamos empezar en el oficio de escribir, pues permite un acercamiento a la intimidad del proceso creativo, influencia literaria y libros que han pulido la narrativa de escritores que están en el pico de su popularidad.

Joe Fassler, autor de las entrevistas y compilador de la nota, señala: «Si estas entregas tienen un tema en común, es como la lectura tiene el poder de cambiar nuestras mentes y de transformar la forma en que vemos las cosas. Cada escritor tiende a contarme la misma historia con pequeñas variantes: “Leí algo, y ya no fui el mismo después”. Pero lo que leyeron y el tipo de cambio que se dio en ellos, es algo diferente en cada historia».

By Heart está llena de consejos para escribir. No es un consejo en el sentido propio de la palabra, sino el recuento de los retos de cada escritor en determinado trabajo o proceso. No poder encontrar la voz correcta para el narrador, el enfoque correcto para la historia que va a ser contada.

Escuchar el batallar diario de personas que han creado obras admiradas por la crítica y vernos reflejados en sus angustias y miedos nos permite sensibilizarnos y encontrar un norte para la idea que tenemos en mente, además de lidiar con el desánimo que produce una profesión solitaria y rigurosa como es el de contar historias, crear personajes ficticios que resulten creíbles, brindar nuestra interpretación del mundo con la claridad suficiente para calar en la conciencia y en el espíritu de un lector. Dice Fassler: «Esta empatía con los testimonios vertidos por escritores profesionales nos ayudará a tomar mejores y aguzadas decisiones».

Todo proceso creativo resulta muy personal, incluso irrepetible, propio de las mentes individuales, y sin embargo hay retos en la escritura que resultan cuestiones comunes. Todo aquel que haya decidido hacer literatura sabe que el deseo de escribir es apenas una chispa, incapaz de crear fuego sostenible en el tiempo. Es un trabajo diario, encomiable, el hacer que esa pequeña brasa encendida no se eche a perder.

Requiere constancia, disciplina, lecturas diarias (la calidad de nuestros escritos siempre estará en proporción directa con la calidad de nuestras lecturas) y muchas, pero muchísimas renuncias a todo lo que antes era parte de nuestra vida. Y eso es solo el comienzo. Escribir requiere tiempo, distancia del mundo, soledad, silencio. El mundo actual es una caja llena de ruido, el tiempo del que disponemos apenas alcanza para reponernos de las jornadas agotadoras que pagan las cuentas en casa y nos dan de comer.

Hay que lidiar con la mirada desconfiada de quienes creen que hemos perdido la cabeza, desquiciados por algún evento trágico del cual no hemos podido reponernos, y de otros tantos –los que más, que creen que el título de escritor es un eufemismo para una vida de vagancia y relajo. Que escribir es algo que cualquier puede hacer sentándose una hora a golpear las teclas como venga en gana, o peor aún, que no tiene valor alguno si no produce un ingreso económico y cuya producción solo puede medirse en la cantidad de hojas que escribas al día.

Ante ese golpe de realidad, el proceso de escribir se vuelve casi una bochornosa confesión dentro de la sociedad que nos rodea, y una práctica difícil si es que la motivación que impulsa nuestro deseo de escribir no es la correcta. A eso hay que sumarle el engorroso, pero necesario, aprendizaje de las reglas básicas del lenguaje (olvídate de las tildes, pero la puntuación es una regla necesaria) y de los tropos literarios y de, como se lee en una parte de la novela “Ask the dust” de John Fante: escribir mucho y viviendo la mitad de lo que vive el resto, pues la otra mitad la pasamos sentados frente a la hoja en blanco.

Una de las cosas que se explora en By Heart es “el sonido y el (sin) sentido: dejando de lado la gramática y leyendo en voz alta”. Al respecto, Jesse Ball, autor la genial (pero genial) novela “Toque de queda”, dice: «Cuando me dejo llevar, empiezo a murmurar en voz baja lo que voy escribiendo. Probablemente sea vergonzoso si lo hago en un lugar público, sentado ahí, hablándome a mí mismo (a menudo trato de sentarme lo más lejos posible del resto). Cuando uno lee en voz alta, uno se encuentra con partes que debería desechar: nos damos cuenta que son cosas que no deseamos leer en voz alta. Esas son las partes débiles. Es difícil encontrarlas de otro modo, solo leyéndolas de largo. Pero uno puede juzgar el trabajo con mayor claridad cuando puede oírlo y sentir como suena».

A veces escribir resulta más una deseo que ronda nuestra cabeza y que se mantiene ahí mientras los días y los años pasan sin que podamos siquiera acumular el atrevimiento de llenar una sola página por temor a que el resultado sea simplemente patético. Al respecto, el reverenciado Karl Ove Knausgaard, autor de “Mi Lucha”, habla de una escritura “sin pensar”, que lo ayudó a llenar páginas de páginas. Su proceso de composición diaria solo requiere dos cosas: Un tema al cual ceñirse y la resolución personal de no analizar lo que está escribiendo mientras trabaja en ello. «Cada mañana me levanto muy temprano y escribo una página en dos horas. Empiezo con una palabra, puede ser “manzana” o “sol” o “dientes”, cualquier cosa, no importa. Es solo un punto de partida –una palabra, una asociación- y la restricción de solo escribir acerca de ello y nada más. Entonces empiezo a escribir sin saber a dónde voy, y es como si el texto se escribiera por sí solo. Cuando no eres consciente de ti mismo, empiezas a escribir cosas que nunca antes habías imaginado. Tus ideas no siguen el camino que normalmente seguirían, y tu pensamiento deja de ser el habitual. El lenguaje está en ti, pero fuera de tu control y no te pertenece. Eso es lo que literatura es capaz de hacer en uno. Algo lanzamos y algo más viene de vuelta. Si tienes fe en tu escritura, será fácil. Es cuando quitas la fe que las cosas se vuelven difíciles, cuando empiezas a pensar: “esto es estúpido”, “esto es idiota”, “esto no vale”, y cosas así. Esa es la verdadera lucha: sobrellevar ese tipo de pensamiento.

Al respecto de esa misteriosa creación literaria, una de las entrevistas que más he disfrutado es la que Fassler le hace a la parisina Yasmina Reza, autora de la notable obra teatral “Un Dios Salvaje”, hablando sobre qué tiene la escritura en común con la felicidad y en la cual ella cuenta cómo es que Borges resulta un referente para su ficción (en alusión al título de su última novela “Felices los felices”, un libro donde logra reunir dieciocho voces narrativas). «Pienso que escribir ficción no es un proceso intelectual. Es tan misterioso como la pintura, como dibujar sobre un lienzo con un pincel y ver qué ocurre. Supongo que el arte es distorsionar el mundo y reestructurarlo pero, ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué las personas escriben y pintan? ¿Por qué la vida no resulta suficiente? Es un completo misterio».

Escribir, me parece, es algo que nos trasciende. Las entrevistas compiladas en By Heart dejan en claro que se trata de un proceso que en ocasiones toca una especie de trance a través del cual nos liberamos de la rigidez mental que usamos de manera cotidiana y nos envolvemos en una excelsa liberación a través de la cual fluye lo más profundo y descarnado de nuestro ser. Escribir es, a su vez, un ejercicio de honestidad y sensatez. Del equilibrio de ambos estados es que puede nacer un trabajo valioso y satisfactorio. Escribir es despertarnos todas las mañanas para abandonarnos en pos de algo que escapa a nuestra comprensión y que solo se explica una vez que podemos leer el resultado; es vivir en la niebla de personajes y situaciones inciertas cuya bruma despejamos solo con el uso de nuestro lenguaje, y a través de los cuales nos comunicamos con nosotros mismos, formando una conciencia de nuestra realidad que a menudo duele, tanto como fortifica. Escribir es, para mí, el más tormentoso de los placeres que pueden existir en esta vida.

En una entrevista le pidieron a Richard Ford, autor de la bellísima obra “Incendios”, que le diera un consejo a todo aquel que quisiera ser escritor. Su respuesta ha de ser la mejor que he escuchado hasta ahora: “Que no lo sea”.

Tómenlo o déjenlo. La advertencia está hecha.

 

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FILOSOFÍA EN TV (MAD Y HILDEBRANDT)

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Marco Aurelio Denegri y César Hildebrandt.

«Más que nunca necesitamos de la filosofía en la actualidad, inclusive la más especulativa, en el sentido que se refleja sobre sí misma», dice Slavoj Žižek en una entrevista sobre el pensamiento la razón y la crítica.

Anoche, César Hildebdrandt fue invitado en el programa de Marco Aurelio Denegri, evento que caló en las redes sociales y cuya expectativa y atención superó en tendencia al estreno de la estridente y marketera “Star Wars”. Podemos hablar, al menos por una hora, del triunfo de la dialéctica sobre la inmensa maquinaria visual que hipnotiza en pos de recaudar millones, y no es poca cosa, teniendo en cuenta que hoy por hoy nuestra dispersión y desatención han alcanzado la cumbre de la inhumanidad. Teniendo en cuenta además que, en el esfuerzo por presenciar algo magno –para el promedio de la teleaudiencia nacional (la que no tiene Netflix [el cable ya no es garantía de buen contenido televisivo] pero sí llegada a las redes sociales)- muchas personas dejaron por una noche sus programas habituales para prestar atención a lo que tenían que decir dos individuos que forman parte de lo que consideramos el mundo intelectual, si bien terminaran luego aburriéndose en el primer bloque, o incapaces de seguir la conversación, o agotados por la soporífera solemnidad de un programa silencioso, al sus cerebros, bombardeados por kilotones de ruido y movimiento visual, ya no están acostumbrados.

¿Fue el programa un choque descomunal de dos mentes pujantes? No. En todo caso, no pretendía serlo. Creo que dos personas con tanta elocuencia y sagacidad como Hildebrandt y Denegri han tenido que regularse levemente en aras de sostener un programa que resulte interesante para la mayoría. Y qué mejor tema elegido que uno que resulta comidilla diaria en las esperanzas de la “cibersociedad” nacional: la televisión.

Y sí, fue maravilloso para el público que quiso hacerlo, escuchar la voz de dos experimentados pensadores hablando sobre la situación actual de la televisión. Una delicia oír el afilado verbo de Hildebrandt, destripando las monstruosas entrañas de esa bestia inmunda que día a día vierte sus heces sobre nuestras tiznadas conciencias. Y asentir lóbregamente frente a la nostalgia de ambos hombres por la televisión que consideraban blanca, la de Pepe Ludmir, la de Kiko Ledgard, la de Pablo de Madalengoitia, frente a la vomitiva televisión actual, plagada de programas vacuos construidos sobre el chisme, la denostación y el escándalo; o programas concurso de gladiadores que más resultan monos encerrados en un laboratorio de pruebas, desde su participación en los juegos, hasta su incontrolable necesidad de apareamiento, rotando entre unos y otros sin tapujo alguno, como bestias sin control frente a la atención de un público descerebrado por el embobamiento sistemático que –como bien señala Hildebrandt- está hecho adrede por ciertos grupos que saben que la democracia no puede manejarse en un mundo hipercrítico, y que necesitan sedar a la sociedad para evitar el cuestionamiento. “Si la televisión está así es porque hay una democracia de tumulto, de muchedumbre, de oclocracia”, dijo Hildebrandt.

Hubo también tiempo para hablar de la renga y famélica prensa local, encharcada en su momento más triste, donde sus profesionales, tras cinco años de estudios, se convierten en cazadores de memes, en recicladores de esquina, solo que con la basura que vierte el internet, y a la cual convierten en titulares diarios, carentes de interés por la noticia per se, más que por la repetición del hecho –“la pornografía de la muerte”, diría Hildebrandt- (un hombre muere atropellado, mire usted bien el momento en el que el carro pasa encima de él / una mujer recibe un balazo, atentos de nuevo a la imagen, mire usted bien como recibe la bala); al ensalzamiento de la tragedia antes que el cuestionamiento de la situación. La prensa, bajo la excusa de “mostrar la noticia” ha caído en el simple trabajo de darle play al vídeo de Youtube para cumplir con la hora de programación diaria. “El periodismo es fingir que todos los días pasan cosas importantes”, dice Hildenbrandt con acierto. El muerto nuestro de cada día dánoslo hoy.

Resulta suculento escuchar a dos personas leídas por su irremediable manía de citar a sus referentes. Hay quienes lo consideran un acto de presunción y vanidad; pero hay quienes saben tomarlo como una oportunidad de profundizar en el enriquecimiento espiritual. La conversación de ayer trajo la voz de hombres que deberían estar en nuestras cuotas diarias de lectura (semanales siquiera, la lectura mensual no cala): Sartori, Bernard Shaw, Camus, Bradbury y el notable Emil Cioran, de quien nunca olvido su: «Señor, dame la facultad de no rezar jamás, líbrame de la insania de toda adoración, aleja de mi esa tentación de amor que me entregaría eternamente a ti».

La televisión como acto deliberado de sometimiento mental por parte de grupos de poder llevó a los dos hombres a pasar por la política, ante la cual expresaron su desaliento, clasificando a los candidatos actuales como fraseoclastas por sus opiniones vertidas en la CADE 2015, que resultaron casi histriónicas. “Un demagogo de profesión andaluz”, dijo Hildebrandt sobre Alan García, mortificado al saberlo el más aplaudido de la CADE con un discurso (esperpéntico también a mi parecer) tonto y lleno de promesas absurdas. “Paporretear todo lo que limpie la imagen del papi al que encarna”, dijo de Keiko, candidata sin experiencia y trabajo conocido, que representa para muchos la continuación de una dinastía de “mano dura” con la delincuencia, acostumbrados como estamos a no saber nada de los poderes fácticos del estado y sumidos aun en el espíritu servil del colonialismo, devotos siempre del caudillo o del patrón, a quien permitimos robar y matar con tal de que nos deje vivir tranquilos.

La televisión tiene un deber con la sociedad, dijo Hildenbrandt, citando a la constitución, para luego afirmar lo evidente. “La constitución tranquilamente la pudo haber escrito Sofocleto”.

Carentes de dignidad como somos en mayoría, volcados al interés personal antes que el comunitario, de conciencias débiles y mal educadas, Hildebrandt nos acusa además de habernos nutrido de una autosuficiencia imbécil por creernos un país grande cuando estamos por lo más bajo en educación y cultura. Nota en Perú un tiempo circular de la teoría del progreso, donde las frustraciones y pérdida de oportunidades son las mismas de ayer, en manos de una clase política paupérrima e indigente. La tragedia que describen no resulta poca teniendo en cuenta el período de bonanza económica que el Perú ha desaprovechado, con el cual pudo invertir en educación y cultura, prefiriendo no hacer nada –y creo que adrede- y produciendo una nación idiota y empachada de comida marca Perú. Una nación en la que tras diez años de recibir dinero a caudales, solo han sido unos cuantos Cheffs los beneficiados.

“La inminencia de la extinción producirá tal nivel de terror que generará un cambio”, dijo Hildenbrandt hablando de la realidad global del planeta, haciendo una analogía directa con Robespierre y el nacimiento de los derechos humanos. Fue la conversación entre Denegri y Hildenbrandt la oportunidad de ver expresadas en palabras esa sensación que a muchos de nosotros nos carcome, pero que por nuestra precaria educación superior (las universidades están muriendo como forjadoras de conciencia) y falta de ágoras o  foros nos cuesta expresar. Todo son fiestas y reuniones felices en estos tiempos. El hombre es un esclavo de su indiferencia. La mayoría de personas son una pandilla de zombies que comen el seso de todo aquel que se atreva a cuestionar.

Denegri, en la charla sostenida con Hildebrandt se refirió a los cuatro “ismos” que tienen lastrada a la sociedad contemporánea (y que a menudo cita en sus programas): El inmediatismo, el fragmentarismo, el superficialismo y el facilismo. “No hay humanismo posible hoy en día. No es posible”, dijo Hildebrant luego. Una hora resultó escasa para todo lo que podían verter dos personas que tienen claro -cada uno desde el bastión de sapiencia que lo resguarda- el desalentador panorama de la nación, a puertas del bicentenario de la independencia. Una nación cuyo 30% respalda, escudada en una paupérrima democracia, la continuidad de un régimen perverso como el Fujimorista, además de otros grupos minúsculos cuya mente, sino está interesada en el carné y el beneficio propio, como sucede con los apristas, está cautiva por el dinero. Una nación que ha sacrificado toda posibilidad de desarrollo y que continua tan solo exportando materia prima, como si esta fuera eterna, pero sobre todo una nación que sigue dejando pasar generaciones de jóvenes que anegan sus mentes en horas interminables de televisión estúpida y que son víctimas de un sistema educativo escolar negligente, y una educación superior mercenaria que no forja más que simples operarios a merced del sistema y las grandes corporaciones que serán por siempre sus jefes. Un estado que no estimula la empresa nacional, que priva a los jóvenes del entusiasmo y del atrevimiento de ser sus propios jefes y que se convertirán, como les ha pasado a tantos, en meros fantasmas de paso cansado que pasaran su gafete de ocho a seis de la tarde, antes de sentarse a terminar de ser aniquilados por esa pantalla luminosa que se lleva consigo todas nuestras esperanzas, mientras en las calles un narcoestado sigue creciendo y la delincuencia empieza a asolarnos como en el viejo oeste.

Pero todo tendrá su tiempo. Hildebrandt y Denegri no han sido más que una muestra de que la filosofía en TV puede tener ciertos réditos, en pequeñas dosis, como las vacunas que terminan por salvarnos tarde o temprano la vida.

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