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Literatura

METAMORFOSIS VAMPÍRICAS

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“Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte?”

La condesa sangrienta, Alejandra Pizarnik.

 (Primera parte)

Creencias en demonios chupasangre las han tenido casi todas las culturas sin excepción. Solo para mostrar una criatura de ese pasado remoto podríamos citar no a Lilith (a despecho de los góticos, la bíblica Lilith es una súcubo antes que una chupasangre) sino a Sekhmet o Sejmet, diosa del Antiguo Egipto con cabeza de león, versión cruel de la bondadosa Hathor,  que se pasó de sádica con la humanidad: como en una especie de versión alfa del mito de Noé, Ra (el mandamás de los dioses) ordena a Sejmet  cargarse a cuanto hombre, mujer, viejo y joven encontrase en su camino, pero ella se muestra tan esmerada en su misión y en su deseo y necesidad de beber  sangre  que sobrepasa todas las expectativas de su jefe, al punto de casi acabar con la humanidad. La solución: los dioses, apiadados,  aconsejaron a la humanidad, a la poca humanidad que quedaba, engañarla vertiendo cerveza roja en la tierra hasta formar un pozo para así poder emborracharla.

Hablar del origen de los vampiros es casi una tarea ociosa, pues la bibliografía es muy abundante. Encontrarán en muchos libros, y sobre todo en la red, etimologías, leyendas, referentes, películas de todo tipo, etc. Más bien en este artículo quisiera repasar los cambios que ha tenido el fenotipo vampiresco en las leyendas populares y en la ficción a lo largo de los siglos, desde que los vampiros aparecieron en el folclore y en la literatura occidentales.

 

VAMPIROS PRERROMÁNTICOS.

Los vampiros propiamente dichos fueron hijos del siglo dieciocho, del pre-romanticismo y convivieron al lado de las proclamas ilustradas de los defensores de la ciencia y de la razón, y fueron extremadamente populares, no obstante las airadas discusiones de los filósofos de la época, como Voltaire, y de religiosos como el padre  Augustin Dom Calmet, que abordó el tema en su libro “Tratado sobre los vampiros”. En su libro podremos darnos una idea completa de los procedimientos legales de la época respectivos a las autopsias realizadas  cuando se incluían las sospechas de vampirismo sobre algunos cadáveres, tal es así que cuando se tenía la idea de que algún vecino difunto era un vampiro, luego de auscultarlo y encontrar en él aparentes signos vitales, se le clavaba una estaca en el corazón, o se le rompía la quijada,  o bien se le abría el pecho y se le extraía el corazón, además de decapitarlo  para además colocar su cabeza entre sus piernas. En algunas regiones preferían añadir a estas vejaciones el fracturar la mandíbula del muerto insertándole, o tratando de insertarle, un ladrillo en la boca. Y si el terror era extremo, el cadáver mutilado era entregado a las llamas de una hoguera.

Dom Calmet hizo los reparos del caso, atendiéndose a la sola evidencia para descartar  el vampirismo de los diagnósticos. Todo lo que los especiales de vampiros de Nat Geo dijeron sobre el particular, presentándolo en TV cual si fuera una novedad, el propio Calmet lo dijo trescientos años antes, es cierto que apelando a una ciencia rudimentaria, pero en esencia trataba de ilustrar la misma idea, que los engañosos signos vitales de los supuestos vampiros se debían más a un proceso de descomposición que a la sola voluntad de Satanás:

Llego ahora a esos cadáveres llenos de sangre fluida cuya barba, cabellos y uñas siguen creciendo.  Se pueden descontar los tres cuartos de esos prodigios; aún así, tengamos la bondad de admitir una pequeña parte. Todos los filósofos conocen demasiado bien cómo el pueblo, e incluso algunos historiadores, aumentan las cosas que parezcan por poco que sea(n)  extraordinarias. Sin embargo, no resulta imposible explicar físicamente la causa de ello. (…) En cuanto al crecimiento de las uñas, los cabellos y la barba, es cosa que se percibe muy a menudo en diversos cadáveres. Mientras quede todavía mucha humedad en el cuerpo no tiene nada de sorprendente que, por algún tiempo, se vean algunos aumentos en partes que no exigen la conservación de los espíritus vitales.

La sangre fluida, corriendo por los canales del cuerpo, parece ofrecer una mayor dificultad; pero pueden darse razones físicas de ese flujo. Podría muy bien suceder que, recalentando el calor del sol, las partes nitrosas y sulfurosas que se encuentran en los terrenos aptos para conservar los cuerpos, y habiéndose incorporado estas partes en los cadáveres recién enterrados, empiecen a fermentar, descuajen la sangre coagulada, la vuelvan líquida, y le permitan así fluir poco a poco por los canales.”

El vampiro del siglo dieciocho es un ser nauseabundo, similar a un zombi, que según las regiones donde se le mitifica o usa los incisivos antes que los colmillos, o  tiene un aguijón debajo de la lengua para succionar la sangre de la vena yugular (y a veces usa ambas cosas) y que, vestido siempre con su mortaja y sus roídas y mohosas ropas fúnebres molestaba a sus vecinos, empezando por su propia familia. El folclore europeo de la época está atiborrado de historias de vampiros que, haciendo caso omiso del consabido “hasta que la muerte nos separe”,  se niegan a renunciar a sus derechos conyugales.  Casi todas estas historias de vampiros acababan en la ya clásica escena de la turba con rastrillos y antorchas en mano en su busca, para hacerlos picadillo.

El libro de Calmet, publicado en 1746, fue una deliciosa recopilación de casos ejemplares sobre vampirismo, debidamente documentados, que lejos de lograr su objetivo avivó aún más entre el público la fascinación por estos seres.  Lejos estuvo la gente de dejar de creer en los vampiros, incluso encontraron maneras de justificarlos, algunas muy bizarras, para dar un ejemplo adelantémonos un poco en el tiempo, vayamos a mediados del siglo XIX, a la época del surgimiento del gnosticismo moderno y del neopaganismo. Madame Blavatsky  en su libro “los espíritus vampiros”, después de referirse al famoso episodio de  La Odisea donde Ulises invoca, con sangre, el espíritu del adivino Tiresias, detalla: “La Epístola V a los Hebreos trata del sacrificio de sangre. “En donde existe un testamento –dice –necesariamente debe mediar la muerte del testador…Sin el derramamiento de sangre no hay remisión alguna…” La sangre produce fantasmas, y sus emanaciones proporcionan a ciertos espíritus los materiales necesarios para formar sus apariciones transitorias. “La sangre –dice Eliphas Levi es la primera encarnación del fluido universal, la luz vital materializada. Su producción es la más maravillosa de todas las maravillas de la Naturaleza; vive, porque se transforma perpetuamente, siendo el efectivo Proteo universal. La sangre procede de principios en los cuales antes no existía nada análogo, y que se convierte en carne, huesos, cabellos, sudor, lágrimas…La sustancia universal, con su doble movimiento, es el gran arcano del Ser, la sangre es a su vez el gran arcano de la vida.

“La sangre, dice el hindú Ramatsariar, contiene todos los secretos de la existencia; ningún ser viviente puede existir sin ella. El comer sangre es profanar la obra del Creador.” Por ello Moisés, siguiendo la universal tradición prohíbe hacerlo. Paracelso escribe que con los vapores de la sangre puede uno evocar cualquier espíritu que desee ver, puesto que con sus emanaciones se formará una apariencia, un cuerpo visible –pero esto es perfecta hechicería o necromancia. –Los hierofantes de Baal se inferían profundas incisiones en su cuerpo y con su propia sangre producían apariciones objetivas y tangibles.”

En otras partes de su libro, citando a otros autores:

“Al referirnos Maimónides en su obra Abodah Sarah que las gentes de su tiempo se veían obligadas a mantener íntimas relaciones con sus difuntos, describen las fiestas de sangre que en tales casos se celebraban. Cavaban al efecto un hoyo en el suelo en el cual vertían sangre fresca y, colocando encima del mismo una mesa, evocaban a los espíritus, quienes presurosos acudían, contestando a todas sus preguntas. No obstante de ello, Pierart, con toda su doctrina teurgista acerca del vampirismo, se muestra indignadísimo contra la superstición del clero al ordenar que se atraviese con una estaca el corazón de todo cadáver sobre quien hayan recaído sospechas de vampirismo. En tanto que la forma astral del muerto no esté completamente desprendida del cuerpo, existe, en efecto, cierta trabazón en virtud de la cual, mediante la atracción magnética, puede obligarse a aquella forma a que retorne y se posesione de nuevo del cuerpo. Acontece en ocasiones que la forma astral no se ha desprendido de éste más que a medias, por decirlo así, cuando el cuerpo es enterrado por presentar todas las apariencias de una muerte efectiva. En semejantes horribles casos, el alma astral, aterrada, retorna violentamente a su envoltura de carne, y entonces la desdichada víctima, o bien acaba de morir realmente tras el paroxismo de las atroces angustias de la sofocación, o bien, si durante su existencia terrestre, ha sido groseramente material, se convierte en un vampiro…

En este segundo caso, empieza para el mísero cataléptico, así enterrado en vida, una existencia verdaderamente bicorpórea, en la que el cuerpo que yace aprisionado en la tumba es sostenido con la sangre o fluidos vitales que sus cuerpos astrales fantasmáticos roban aquí y allá a los vivos, porque, es sabido, que esta última forma etérea puede ir donde le plazca y, en tanto que el lazo que la mantiene unida al cuerpo no se rompa, vagar en forma ya visible ya invisible, alimentándose arteramente de sus humanas víctimas.”

Entre los siglos XVIII y XIX se van configurando las características esenciales de los vampiros clásicos, la fotosensibilidad (todavía en el siglo dieciocho se asumía que el vampiro podía soportar la luz solar, aunque eso disminuía considerablemente sus poderes), la imposibilidad de reflejarse en superficies bruñidas, los clásicos colmillos (esto, producto más de la fantasía literaria, que se impuso sobre la musa popular), cierto control mental sobre sus víctimas, el terror al ajo, la cruz, al agua bendita, la capacidad de transformarse en otros seres, como los murciélagos,  y la necesidad del difunto de no separarse de la tierra de su tumba. A esto último quería llegar.

Como ha sugerido la doctora en antropología Sharona Fredericko, gran parte de la imaginería asociada al vampirismo se nutre de los prejuicios antisemitas de la época. Por ejemplo, y citándola a ella (la transcripción es obra de Marcelo Kisilevski ): “La idea de empezar el día con la aparición de una o varias estrellas en el cielo es nítidamente judía. Drácula, de acuerdo con Bram Stoker, dormía en un ataúd. Y hete aquí que en Rumania, a partir del siglo XIII, de hecho hasta los principios del siglo XX, existía una costumbre de enterrar a los judíos, cuando morían, en un ataúd con un puñado de tierra debajo de la cabeza, representando la Tierra Santa, la Tierra de Israel. Si lees bien el libro de Bram Stoker, te encuentras con que Drácula dormía en un ataúd con un puñado de tierra de “su país de origen”, país no nombrado.  O sea que Stoker cita una costumbre nítidamente judeo-rumana, e insinúa que Drácula no era nativo del lugar, lo cual es lo más ridículo, porque el Drácula histórico no sólo era oriundo del lugar, sino que pertenecía a una de las familias dinásticas más insignes del país. Pero Stoker lo convierte en forastero. Y un forastero que duerme en un ataúd con un puñado de tierra debajo de su cabeza, perdóname, pero sólo puede ser un cadáver judío.”

Como también sugiere Sharona Fredericko, la creación del fenotipo de la “vampiresa” es también obra de los prejuicios de la época. Y podría tener mucha razón, ya que no solo existieron relatos que respaldaban la idea de que los judíos sacrificaban niños cristianos en la pascua (llega súbitamente a mi memoria el relato “La rosa de pasión” de Bécquer) sino que la aparición del vampiro en la literatura comenzó con su metamorfosis de un cadáver casi irracional a una sensual y misteriosa forma femenina.

 

VAMPIROS(AS)  LITERARIOS(AS).

Vampiros, mejor dicho, vampiras en la literatura antigua: tal vez la primera que se me viene a la mente sea la celebérrima Novia de Corinto, un episodio del historiador griego Filóstrato en su “Vida de Apolonio de Tiana”. Versiones de esta historia las hay muchas, productos de diversas fuentes, viejas leyendas populares de la era  romana tratadas con variaciones por autores antiguos . De una versión similar del griego Flegón de Trales (de su libro “De las cosas maravillosas”) Goethe tomaría inspiración para crear su propia “Novia de Corinto.”  La historia de Goethe es como sigue: dos familias hicieron un pacto de matrimonio entre sus dos hijos pequeños, pero la familia de la novia se vuelve cristiana y la lejanía entre familias hace que el pacto quede roto, al menos tácitamente, pero el joven, ya adulto, no se resigna y va a buscar a su prometida. Sus ex suegros lo hospedan, él pasa la noche allí, se le aparece la tan requerida novia  y…

“En ese momento suena la hora lúgubre de los espíritus, y  entonces, solamente, la joven parece sentirse a gusto. Ávidamente, de sus labios pálidos ella bebió el vino de un rojo sombrío como la sangre. Pero del pan de trigo que él le ofreció amablemente, no tomó la menor migaja.”

Es un muy buen poema, y lo que sigue es muy hot, cosa que me sorprende teniendo en cuenta la fama de fríos e insensibles que poseen los alemanes. El asunto deriva en que la madre de la muerta los escucha “jugar” tras la puerta, entra y reprende a su hija vampira, que no tuvo mejor idea para deshacerse de su virginidad que entregarse por sí misma al muchacho al que bajo juramento estaba prometida, a pesar de que ella, de antemano, estaba muerta.  O sea que, encima de difunta, resbalosa.

Hacia fines del siglo dieciocho otro vampiro irrumpe en la imaginación popular, vía la literatura.  Tal vez sea solo una coincidencia que se asocie al vampiro con la figura del hombre y la mujer nobles, pero recordemos que eran los tiempos de la revolución francesa, y no habría sido difícil la asociación de la riqueza y los blasones con la perversidad (Sade utilizaría esta figura para atacar a sus rivales políticos, nota aparte, la literatura pornográfica nació en Europa con la clara finalidad de desprestigiar a ciertas figuras de autoridad, nació en la Italia renacentista con Poggio  Bracciolini y el Aretino, pero la encontramos también, y muy bien instalada,  en la Francia revolucionaria).

Aún así, podría existir otros factores: las visitas a ruinas medievales que hicieron muchos escritores en el transcurso de sus viajes (el naciente romanticismo y su gusto por lo irracional,  lo tenebroso y atormentado) y la existencia en el pasado de algunos serial killers famosos debidamente documentados (principalmente Giles de Rais y la condesa Báthory),  o, ya que la literatura gótica tiene a la mayoría de sus mejores exponentes en Inglaterra, podemos simplemente deducir que se trataba de un gesto muy snob de la época. Como hubiese dicho Jane Austen de haber suspirado por un vampiro guapo y ricachón: “es una verdad universalmente aceptada que toda mujer soltera necesita un guapo vampiro que le ceda sus poderes y que la mantenga.”

John Sheridan Le Fanu nos regala su maravillosa y sexy “Carmilla” (1872) un relato romántico vampírico a toda regla, que no solo sorprende por la anécdota sino por los intensos guiños lésbicos que la acompañan. No es Carmilla, como se dice por allí, la primera vampira de la literatura (hubo muchísimas anteriormente en cuentos, y eso sin contar las vampiras de la literatura antigua¡y ni siquiera cito a las vampiras de Edgard Allan Poe, lo que seguramente me traerá la inquina de más de un lector!), pero sí es la primera (y corríjanme si me equivoco) en preferir a una mujer antes que a un hombre como su víctima predilecta.

“A veces, después de un largo período de indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente de la mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía: serás mía…debes ser mía…tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre.”

Uf, les dije que era intenso. Bueno, además de ello en Carmilla se dan casi todos los tópicos usuales hoy en las figuras vampirescas, fuerza prodigiosa y capacidad casi mágica para desvanecerse, por ejemplo, (“pero, antes de que yo pudiera gritar, el general descargó el hacha sobre ella con todas sus fuerzas. Carmilla pareció inclinarse hacia delante a consecuencia del golpe, pero en realidad lo que hizo fue coger la muñeca del general con su delicada mano. El anciano se debatió vigorosamente, luchando por soltarse, pero se vio obligado a abrir la mano y dejar caer el hacha. Carmilla desapareció como si se la hubiera tragado el aire”) pero resulta curioso que a Carmilla no la afecte la luz solar.

“La doble vida de los vampiros se mantiene gracias al sueño cotidiano en la tumba. Su monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona la energía necesaria para subsistir durante las horas de vigilia. El vampiro está propenso a ser víctima de vehementes pasiones, parecidas  a las del amor, ante determinadas personas. Para obtener su sangre, pone en juego una paciencia infinita y recurre a toda clase de estratagemas a fin de superar los obstáculos que le separan del objeto deseado. No desiste de su empresa hasta que su pasión ha sido colmada y ha podido sorber la vida de la codiciada víctima. Llegan incluso a contraer matrimonio con ella, prolongando su placer criminal con el refinamiento de un epicúreo. Pero con más frecuencia se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora a su víctima en un solo festín.”

Carmilla parece ser la madre literaria de los seductores, ambiguos y atormentados vampiros de Anne Rice. Nótese que Carmilla es anterior al Drácula de Bram Stoker (1897), y que Drácula pondrá la misma paciencia, la misma vehemencia y el mismo ímpetu erótico en cazar a Mina Harker.

Muchísimos vampiros literarios no he mencionado, como el apuesto lord Ruthven de “El Vampiro” (1819) de John William Polidori,  que además de ser antisociales, aristócratas y algo decadentes, y claramente reaccionarios frente a la burguesía,  exacerban un rasgo que los vampiros hediondos del folclore habían tenido desde ya, el erotismo, es decir,  la asociación erótica entre el sexo y la muerte. De los primeros vampiros no se sabe a ciencia cierta si pueden tener sexo o no, las opiniones difieren,  ya que según las circunstancias se los comparaba con los íncubos y los súcubos de la demonología medieval. En todo caso, los escritores del siglo XIX llegaron a un acuerdo tácito y todo derivó en que no, en que los vampiros eran incapaces de tener sexo y de procrear, ya que básicamente se trataba de cadáveres andantes, y que la succión de la sangre del cuello de sus víctimas era el reemplazo esencial para aquel acto carnal que hace tan deliciosa, y justificable, la existencia en este mediocre planeta.

 

OTRAS FORMAS VAMPIRESCAS.

La literatura no es un corpus inmutable y se da en ella toda clase de hibridaciones esenciales. Para fines del siglo XIX e inicios del siglo XX irrumpían géneros literarios tales como el género policial, la novela de detectives, la ciencia ficción y el relato fantástico. Esto supuso un nuevo campo de acción para replantearse la figura del vampiro y darle a sus trilladas historias la tan ansiada vuelta de tuerca con la que todo escritor sueña. Tenemos, por ejemplo, el tan celebrado relato “El Horla” de Guy de Maupassant (1886) donde el vampiro ya no es ni hombre ni mujer, y ni siquiera tiene forma humana.

“Yo acechaba con todos mis sentidos excitados. Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz. (…) Como dije antes, simulaba escribir, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo! ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. (…) De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de transparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.”

En “La floración de la extraña orquídea” (1895) de H.G Wells, el terror cede paso al humor, Wedderburn es un hombre anodino y simple, coleccionista de orquídeas,  que con riesgo de su vida obtiene la que es quizá la mayor aventura de su vida, de la que termina jactándose vana e ingenuamente. El título ya nos da la idea de qué forma tiene el vampiro que protagoniza la historia.

En el célebre cuento “El almohadón de pluma”  del libro “Cuentos de amor, de locura y de muerte” (1917) de Horacio Quiroga,  el vampiro es una criatura monstruosa pero pequeña oculta en un artefacto doméstico, se lo describe como “una bola viviente y viscosa”, con patas velludas, y con trompa, que succionaba la sangre de su víctima en las sienes de la misma, apenas dejando marcas perceptibles.

Tal vez los vampiros, mejor dicho, las vampiras más interesantes de la literatura de fantasía sean las criaturas de “Las mujeres Flor” (1935) de Clark Ashton Smith. En un universo fabuloso describe los viajes de un poderoso mago llamado Maal Dweb, y su encuentro con unos extraños seres mitad mujeres, mitad plantas, sin piernas, arraigadas a la tierra por sus tallos y raíces y con los pétalos gigantescos alrededor de sus cinturas cual si se tratasen de  tutús de ballet. Sus brazos terminan en tentáculos que se extienden para dar caza a sus víctimas y su forma de cazar, cantando, nos remite a las míticas sirenas de Odiseo.

Y en “Genius Loci” (1948) del mismo Clark Ashton Smith, el vampiro ya ni siquiera es una entidad espiritual o un bicho no humano, es un prado, un lugar.

Nos detendremos aquí, porque seguramente han de haber más vampiros en la sci fi y en la literatura fantástica que tengan formas sorprendentes y no humanas. Para ejemplos basta por el momento con los anteriores.

 

CONTINUARÁ.

 

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Francisco Joaquín Marro. (Lima, 1981)Escritor, ha publicado la cínica y satírica novela "Sol de Tokio".

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Literatura

El escritor y candidato a la alcaldía de Jesús maría, Luiz Carlos Reátegui, presentó su nuevo libro “El susurro de tu piel” en la FIL de Lima

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El libro “El susurro de tu piel” ha causado mucha expectativa entre los lectores que se encuentran ya en su búsqueda para poder tenerlo entre sus manos y disfrutar de la genial pluma característica de Luiz Carlos Reátegui, consta de siete relatos, donde se tocan temas sobre las percepciones humanas, la discriminación, la homosexualidad, la infidelidad, la relación conflictiva entre padres e hijos, la mirada y sentido de urgencia del mundo, etc. Luego de que sus libros anteriores (Isabella Nápoles, Prohibido besar a las cholas, La casa abuela) se agotaran rápidamente en tan solo unos meses, la acogida y los buenos comentarios por parte de los lectores en redes sociales han sido más que notorios y satisfactorios.

La literatura es como la democracia, en donde la voz de los lectores, es la voz de Dios. Dijo el político y escritor  Luiz Carlos Reátegui ante el buen recibimiento de los lectores.

En virtud a ello, es que en la Feria Internacional del Libro de Lima hoy se presentó a las 3pm en la sala Clorinda Matto y ya se encuentra disponible en el stand 11 del grupo editorial Mesa Redonda para todos aquellos que deseen adquirir este imperdible conjunto de relatos.

Luiz Carlos Reátegui trabajó el libro sobre cuatro ejes. La percepción humana vivida en carne propia en sus diversas formas, la insatisfacción, el sentido de urgencia en el mundo, y la indolencia social.

En El susurro de tu piel cuenta su autor: Aún hay personajes que pueden parecerse mucho a nosotros o ser una proyección de lo que jamás desearíamos. Son siete relatos que se han venido trabajando desde hace tres años, se tocan diversas tramas, cada uno es independiente pero en su conjunto quizá se pueda percibir la sensación de una realidad social y universal. En los buscadores de internet y redes sociales pueden ver el camino que han recorrido estos relatos de corte Ribeyriano, Carveriano quizá o hasta podría decirse con un guiño a Cortázar. Sabemos que Reátegui ha ganado Premios literarios nacionales e internacionales y en otros ha sido finalista, hasta llegar a ésta bien merecida edición que viene acompañada de más personajes como nosotros: reales, tangibles, genuinos, conmovedores, perturbadores.

Del libro y de su autor ha señalado la periodista Carla Tello, lo siguiente: “Luiz Carlos Reátegui, nos lleva de paseo por distintas situaciones. En lo cotidiano podemos encontrar lo extraordinario. Son historias en la que te ves identificado, los va a sorprender.”

Y añade el escritor Eloy Jáuregui: “Luiz Carlos Reátegui es un autor que tiene en su escritura una sensualidad que ilumina, forja, moldea e intriga, hace magia emulsionando el zumo de las historias, haciéndonos soñar despiertos.”.

Asimismo el músico Salim Vera, menciona: “Muy buenos cuentos, excelente narrativa, es inevitable encontrarse e identificarse en ellos”.

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Cultura

Comida de Gusanos: el arte como enfermedad

Una mirada a la novela de Jonathan Diez.

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¿Se puede ser cuerdo y amar la locura? La respuesta es un rotundo Sí. El policial es todavía un género raro en las letras peruanas, pero un policial sobre un pintor y con un fondo de paisajes de locura es algo que se asemeja a despertar la curiosidad por vivir una pesadilla. Comida de Gusanos de Jonathan Diez, es precisamente eso: vivir una locura y querer quedarse en ella solo por amor a la locura.

Es difícil saber porqué hacemos lo que hacemos, tal vez por eso los escritores solo se dedican a escribir. El oficio de escritor es un oficio de valientes, un ejercicio solitario, se escribe desde uno mismo para uno mismo. Y en lo profundo de esa soledad se está cara a cara con uno mismo. Si no se acaba loco es porque se escribe. Cervantes pudo ser Don Quijote, pero optó por hacer algo más práctico: exorcizarse escribiéndolo.

Jonathan Diez es un escritor limeño perdido entre Francia, Alemania y Luxemburgo. Tiene un perro, le gusta el rock pesado, toca la batería y se pasea por campos sembrados de torres de alta tensión si es que no cerca de centrales nucleares. Da clases de español a despreocupados preadolescentes europeos. Y en todo ese tiempo piensa, piensa, piensa qué escribir, qué contar y por qué sentir lo que siente cuando siente de verdad.

Hincha de Alianza Lima, escribió hasta hace poco en El Peruano, pero su carácter de escritor lo empujó a retirarse pronto frente a las directrices del diario oficial de El Estado. No le gusta las medias tintas ni las cervezas sin alcohol. Defiende su libertad como lo haría un francés del siglo XIX. Su primera aparición como escritor fue con un cuento intimista dentro de la antología Hastío editado y dirigido por Kareen Spano en el año 2020. Su primera novela Comida de Gusanos se publicó este año, 2022, apenas hace unos meses. Esta novela es una rara y bien lograda exploración del alma del artista. Matias, sin tilde, es el protagonista de la historia, un hombre aquejado por una extraña enfermedad desde niño. A través de un misterioso médico, el Dr. Tristán, Matias encontrará en la pintura su tabla de salvación y una cura a su enfermedad. Años después, ya adulto, Matias buscará reencontrarse con su mentor y salvador con el único fin de hacerle un retrato. En el camino conocerá a Violeta, la femme fatal de esta historia, una mujer de identidad escurridiza, un homenaje a Dalí. Entretanto Matias caerá en El silencio, un extraño pueblo donde nada es lo que parece, y en dónde hasta los mendigos traen sorpresas.

Con una estructura narrativa que recuerda a una novela policial, pero con permanentes guiños a la historia del arte y el psicoanálisis, Comida de Gusanos se presta como un raro artefacto dónde la poesía aparece salpicando la historia en un ejercicio de intuición y música que hace justicia a lo que siente y sueña un pintor. Pero sobre todo para graficar los ojos de un demente rodeado de dementes. Y en cuyas páginas la locura puede ser un espejo que quizá podemos comprender más de lo que quisiéramos.

Lo único malo de la novela es que la terminas de leer rápido.

Su libro está disponible en librerías El Virrey, La Familia y ahora también en el stand 22 y 26 de la Feria Internacional del Libro de Lima, también lo encuentras en el stand de Estruendomudo. Imperdible si te gustan las historias de locura y misterio que se transforman en baladas de amor a la orilla de un río de un país sin nombre.

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Cultura

Roger Santiváñez presenta su libro ‘New Port’ en Lima

Escritor y catedrático radicado en los EEUU, Roger Santiváñez, presentará una nueva edición de su aclamado poemario ‘New Port’, en el local municipal de Salamanca de Monterrico, con la participación especial de diversos artistas.

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El poeta y catedrático piurano radicado en EEUU, Roger Santiváñez, presentará su aclamado poemario ‘New Port’ (Francisco León Editor, 2021) en Perú, el próximo sábado 6 de agosto, a partir de las 6:00 PM, en el local municipal de Salamanca de Monterrico (cuadra 11 de la avenida Los Quechuas).

La presentación del libro ‘New Port’, se llevará a cabo en el marco del evento ‘Descentralización de la cultura’, organizado por la Asociación Salamanquinos en Acción.

La presentación del poemario ‘New Port’ contará con la participación en los comentarios del autor, Roger Santiváñez, además de destacadas personalidades de la poesía local: José Agustín Haya de la Torre, Mayra Jara, Carla Vanessa, Leda Quintana Rondón, Francisco León, Gino Dueñas y Pablo Salazar Calderón, quienes ofrecerán un recital de poesía en homenaje al autor.

La actividad poética también tendrá un espacio musical, el cual tendrá como invitados a: Rafo Ráez, Carlos Boro (pionero del rock en Salamanca), Javier Rodríguez (violinista de la Sinfónica Nacional del Perú), Los Viejitos de Barrón (del escritor Juan José Sandoval) y el Conjunto Caminar.

Cabe señalar, que el poemario ‘New Port’ apareció en el año 2015 en una primera edición de formato libro objeto. Desde su lanzamiento, ‘New Port’ fue considerado un homenaje al barrio de Puerto Nuevo, en el Callao. El poemario en sí presenta dos textos interdependientes y muy narrativos: aquellos dedicados propiamente a Puerto Nuevo, con personajes como Vietnam Guerra, Jimmy Marchena y el negro Lalo, y que hace uso del lenguaje de la calle, en una experiencia que remite a la escritura de Antonin Artaud y William Burruoughs, donde se narran experiencias con el síndrome de abstinencia, con un estilo alucinado y neobarroco.

Róger Santiváñez (Piura, 1956) integró el grupo poético La Sagrada Familia y fue fundador del colectivo Kloaka.

DATOS

Presentación del poemario ‘New Port’, de Roger Santiváñez.

  • Fecha: sábado 6 de agosto, a las 6:00 PM.
  • Lugar: Local Municipal de Salamanca de Monterrico (Los Quechuas 1120).
  • Participación poética: José Agustín Haya de la Torre, Mayra Jara, Carla Vanessa, Leda Quintana Rondón, Francisco León, Gino Dueñas y Pablo Salazar Calderón.
  • Participación musical: Rafo Ráez, Carlos Boro (pionero del rock en Salamanca), Javier Rodríguez (violinista de la Sinfónica Nacional del Perú), Los Viejitos de Barrón (del escritor Juan José Sandoval) y el Conjunto Caminar.

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Literatura

“El pasaje”, un cuento de Mario Castro Cobos

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El pasaje, a los ojos de la mayor parte de personas que pasaban y repasaban por ahí, no contenía esencialmente nada fuera de lo común, así que por lo tanto no tenía sentido ocuparse de él. Solo atravesarlo, como atravesamos… muchas cosas, muchos seres, casi todo. A lo más, en algunos, el pasaje provocaba un principio de curiosidad -como para decir que el pasaje despertaba justamente en su condición de pasaje una curiosidad pasajera…- Tras pasar pasabas suave y raudo a otra cosa y entonces era como si nunca hubiese existido.

Lo olvidabas así, sin más, por completo. No era por fuerza mi caso, en repetidas ocasiones. Mi fascinación era inconsciente, involuntaria, sensual, oscura. Agujereaba algo en mi imaginación. A mí, debo confesar, ese pasaje me producía una especie de simpática debilidad. No lo dudaba. El pasaje era definitivamente más fuerte que yo, como si me induciera al ensueño, estando a la vez totalmente despierto. En efecto, como quien sueña, o como quien tiene visiones puntuales y espontáneas, como si su imagen estuviera o fuera proyectada en el aire a muy poca distancia, una película muy corta que no cesa de repetirse enfrascada y enroscada en ella misma como una obsesión independiente del soñador o como un río que hace de puente tumultuoso entre dos mares y no como algo ‘real’ pero resulta que sí fue real: el pasaje permitía, con la interrupción de su irrupción inesperada, ir -casi diría deslizarse, como dentro de un tobogán o un útero alargado- de una calle a otra, en manido tiempo récord, abriendo, con su presencia solapada y subrepticia, la larga cuadra, singular y monótona, entre anónima y severa, que era ‘nada más’ que un muro gastado -a la vez que abstracto- entre las dos calles que todos sabíamos extrañamente paralelas y radicalmente distintas entre sí.

Evocaban dos destinos cercanos, muy cercanos, que nunca, pasara lo que fuera, se cruzarían. No se entendía cómo uno las sentía tan lejanas y excluyéndose mutuamente estando de manera crudamente física tan mágicamente cerca. El pasaje, sin que importara que estuvieras apresurado y abstraído y retraído y distraído y contraído y expandido te hacía detenerte (sin detenerte necesariamente del todo en él, pero ‘algo’ se detenía en ti) -era un hueco horizontal- y te hacía como saborearlo, como un pensamiento impetuoso y vertical que exigía ser pensado en el momento mismo, tenía un aire propio, un espesor delicado, era una membrana metafísica, te sacaba de donde fuera que estuvieras con su indefinible (y sensible e inexplicable y palpable) fuerza de atracción, era mucho más que un área decolorada o gris indecisa o borrosa que conectaba en breves momentos de automáticos pasos fáciles dos estados de ánimo de esa parte equívocamente apacible y de vulgaridad próspera de la contradictoria ciudad.

Yo pasaba por ahí por el puro placer de pasar, era como algo ya pensado desde antes o como algo sin pensar ¿mis pasos pensaban por mí? y lo que el cuerpo disfrutaba la mente aún no lo podía nombrar, y de pasada diré que al pasar por el pasaje yo también era el pasaje por el cual yo pasaba, como al pasar por el pasaje el pasaje pasaba por mí.

El tiempo en efecto pasaba formado de otra forma ahí.

Conectaba el lugar con algún recuerdo perdido en el abismo sin cerrar de la infancia. Como cuando el misterio de cualquier cosa resultaba más bien dulce que oscuro u hosco o inquietante. De niño, sin embargo, que yo pudiese recordar, nunca pasé por ahí… ¿O es que sí pasé por ahí y pasó algo que he olvidado y por eso vuelvo? Sería muy fácil pensar así. El pasaje sería destruido tiempo después y reemplazado por un rentable estacionamiento, tan práctico como un robo o un asesinato, pero más allá de ese detalle me seguía preguntando qué otra cosa más sentía cada vez que atravesaba ese espacio terso e intrigante, y que siempre, hiciera lo que hiciera, se me escapaba al tratar de atraparlo cuando era yo quien quedaba atrapado.

Era (aquí vamos de nuevo, pero ya acaba) una especie graciosa de mini-calle que, teóricamente, no debería encontrarse allí, y que, por tanto, casi clandestina, bien improvisada, superpuesta, pero inocente y apacible, ambigua en su concepción y completamente clara en su uso, se diría una callecita como de juguete y de hecho solo para peatones, que debería dar a un parque, me gustaba que estuviese pensada como un error hecho a propósito, como una broma dentro de una arquitectura más pesada o seria, pero enormemente funcional. Era como si disimulara su existencia sin decidirse a reemplazar por completo el orgullo por la modestia, pero sin esconderla tampoco completamente, el pasaje no daba muestras de experimentar vergüenza de ser lo que era, como alguien que no quería sobresalir pero que, no obstante, queriéndolo o no, transparentaba una incógnita ignorada, que se sentía pero que no se sabía al final qué era… cual ámbito privado hecho público, como una porción de una casa sacrificada para beneficio de la gente que usaba el pasaje y sintiendo su poder sin ponerse a pensar en el porqué.

Conservaba una prestancia discreta y evocadora, un pasillo que lejos de borrarse al cruzarse no solo llevaba de un estado de ánimo a otro y de una calle a otra y de un mundo a otro y de unas personas a otras sino que era un estado de ánimo en sí. ¡Y de qué manera lo era! ¿Pero aún no he dicho qué unía? Dos calles opuestas, como amantes secretos que se entienden y encuentran sus momentos más espirituales en el acto tan preciso de la conversación entre sus sexos. Era lo que necesitaba unirse porque estaba separado.

Era un corte. Sí. Cortaba flujos de pensamientos. Te metía en otro flujo. Y yo me pegaba a qué. Pero no era estridente, no chocaba. Era un corte que no producía dolor sino placer. Era como una puerta sin puerta -abierta y disimulada por la que podía pasar cualquiera. Te llevaba de un punto a otro, sin que le importara para nada unirlos, sin unirlos realmente. Lo hacía limpiamente, pero en el fondo no era cosa suya. El pasaje objetivamente ya no existe pero está en mi mente, y con este texto pretendo, al menos en parte, que esté en la tuya, que viva en ti, y que te incomodes y tampoco entiendas bien nunca de qué rayos estoy hablando y porqué tendrías, maldita sea, que leer algo que ni se entiende y de lo que ahora vas a escapar.

Pero ahora puede que encuentres pasajes así o cosas así por todas partes.

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Cultura

Lima: una foto en pleno siglo XXI

Lee la columna de Julio Barco.

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Foto: El Comercio.

Caminar por las calles del centro de Lima es un asunto entretenido para el que no va con un teléfono celular en la mano. Se puede uno quedar tranquilo con todo lo que observará. En una calle, por ejemplo, las adyacentes a la Plaza de Armas, puede uno ver una protesta de señoras con banderas ondeando y exigiendo un pago a la Municipalidad, y, al otro lado, ver a una jovencita posando para un joven fotógrafo de pelo largo y desgreñado. Al otro lado, observar una orquesta en la calle, jugando con sus baquetas, dando inicio a una canción estruendosa y divertida. También se observan a las palomas, ir entre los pasos apurados de la Alameda Chabuca Granda: señoriales, no olvidan que vivieron en épocas del virreinato.

En esa misma plaza, abundan los jóvenes enamorados, o solitarios, o amigos que muerden un helado, y señoritas solitarias mirando sus celulares, y señoras con sus sobrinas, nietas, hijas, primas, cuñadas, caminando y charlando, mordisqueando una generosa y densa tajada de pizza. Jirón de la Unión hierbe en gente. O, por ejemplo, este jovencito que, sentado en una banca de madera junto a su flaca, frente al Metro de Emancipación, le da vueltas a su cigarrito de cannabis para distraerse del smog cotidiano, o simple y lento, buscar el auxilio doña María.

En las galerías, salen y entran ávidos compradores. Frente a la Plaza de Armas, se observan galerías de vestidos, con jóvenes enfundadas en trajes de novias, y también pollerías lujosas, de ventanas de vidrio, donde los pollos rostizados dan vueltas en tubos metálicos. La librería El Virrey, en la esquina, descansa tranquila del bullicio: adentro reina el silencio fugaz de los lectores. Señoritas te detienen para preguntarte si deseas un par de lentes. También se puede oír a jóvenes delincuentes charlando a voz en cuello, gritando en el Jirón Conde de Superunda. Uno se debe cuidar, procurar distancia y mantenerse alerta frente a esos jóvenes.

Después quedan las calles eternamente averiadas que principian por Cailloma, con el asfalto descuartizado por orden del municipio, enmarañadas de redes de plástico anaranjado levemente sucias que impiden el paso a peatones curiosos a esta destrucción cotidiana. Si queda ganas de conocer más la calle más literaria de la vieja ciudad, pueden pasar por la Avenida Tacna, que reúne una serie de locales a la vera de sus enormes autopistas. En estos locales, veremos inciensos y palo santos encendidos, arrojando el acre humo de su esencia. Aquí, venden crujientes picarones embalsamados de abundante miel; y, claro, sin esperar octubre, turrones de todos los sabores y colores: en caja, en oferta. Cirios rojos y rosarios de plástico fosforescente, todo esto encontramos regado en las calles. Como también, señoras que cortan su fruta para venderla en bolsitas; o señores que arrojan una tela al suelo para ofrecer un abanico de ofertas hechas con telas de colores, como pulseras, o con cablecitos de metal, que logran tomar formas diversas. ¿Ven que un grupo de personas se acumula tras las rejas y se sujeta a ellas en actitud reverencial?

Hemos llegado a la casa de reposo de la imagen de El Señor de los Milagros donde feligreses y niños y vendedores se acomodan según sus necesidades afectivas o económicas. Cuenta los sacristanes que esta imagen fue esculpida por manos hábiles de esclavos africanos, y que tiene poderes sobrenaturales como ayudarte en alguna enfermedad. Sentémonos un rato a observar la calle Camaná, que en su extensión le hace un tajo a todo el centro: frente a nuestra banca, observamos a un señor que cubre a su menor en su pecho. Este lleva colchas y él a veces saca su celular y lo guarda. El celular presenta un estuche de cuero negro, que nos hace pensar que se trata de un señor que cuida sus pertenencias. La calle de Camaná, en dirección a Plaza Francia, nos presenta algunos puestos de libros y de objetos antiguos que es necesario comentar.

Ribeyro dirá que la higuerilla crece como planta salvaje en cualquier lado, así también crece la cultura en Lima: a contracorriente. Aquí empiezan los primeros brotes de una calle capital del centro: Quilca. Acabamos de pasar y vimos a un joven tomando una fotografía a un balcón donde reposa una maceta de hojas secas que reptan al filo del tiesto. ¿Acaso capta el instante que se estrella en la apolillada geografía? En estas calles, hace años, se organiza la rebeldía juvenil, sin embargo, hoy en día es una calle con tatuajes del pasado, como muros pintarrajeados de diferentes tonos, y algunas librerías donde todavía se puede conseguir un tomo con todas las ediciones de la revista Colónida. Jirón de la Unión es la calle comercial y mítica de esta parte de Lima; como todo orden, este modelo de calle se repite en las grandes ciudades de todo el Perú —el Jirón Pizarro en Trujillo, por ejemplo; o el Jirón Mercaderes— y traduce el ritmo de la gran urbe peruana.                              

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Cultura

“Cazador de gringas”, un cuento de Mario Guevara

“Cazador de gringas” cumplió 33 años de editado. El cuento se ha publicado en revistas y periódicos de diferentes países de Latinoamérica y Europa. Aquí el texto que se viene convirtiendo en un clásico de la literatura cusqueña.

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Escritor Mario Guevara Paredes.

El cuento se publicó por primera vez en 1989. El texto de Mario Guevara Paredes ha inspirado a diversas publicaciones literarias incluido el comic. Cazador de gringas también ha sido llevado al teatro, cine y ha servido como base para diversos estudios académicos. Además, fue traducido al inglés, alemán, holandés, italiano y quechua.

Aquí la historia del brichero que saltó las fronteras.

Un cuento de Mario Guevara

Como le contaba, la gente nos ve como a bicho raro. Cuando camino por la calle bien aparrado de una gringa, al instante percibo sus  miradas que dicen: «feo y enano y con una gringa mamacita». Pero usted sabrá que no es nada fácil computar gringas. Este oficio, no se ría, aunque no crea es un oficio como cualquier otro, que tiene ventajas y desventajas. Figúrese que se encuentra con una gringa neurótica y feminista que le transfiere sus problemas. ¿Y qué me dice de las frígidas? ¿Conoció a una frígida? ¿No conoció?  Mejor no las conozca, porque ni un volcán en erupción las calienta. Ni qué hablar de las fumonas que sólo vienen al país a vacilarse con todo tipo de drogas. ¿Qué si yo fumo drogas?  La verdad es que alguna vez lo hice, pero no gusto de ellas y no es mi estilo computar gringas por ese medio, aunque algunos bricheros lo hacen.  También llegan las que buscan exóticas aventuras, porque en sus países andan tan mecanizadas que se olvidaron de esa palabrita llamada amor. Es por eso que gustan de nosotros los latinos y dicen que somos ardientes y cariñosos.

¿Quiere saber sobre la extranjera de anoche? Bueno, a esa gringuita la conocí en la taberna Qhatuchay. Apenas ingresé al local, la vi y me dije: así me la recomendó el médico; no se ría, es cierto, era bonita la fulana, usted la conoce y no me dejará mentir. Estaba sola en una de las mesas, mirando embobada al grupo de invidentes que interpretaban una canción andina. Como le digo, me impresionó sobremanera y como hacía días que andaba pateando latas, mis bolsillos silbaban de pena. Ahora el dinero no alcanza y eso me pasa desde que se marchó la norteamericana con quien conviví durante meses. La gringa era cosa seria. Imagínese que se enamoró locamente de mí, al extremo que prometió enviarme el pasaje para visitarle. La experiencia me enseñó que de esas promesas sólo viven los tontos. Pero no me quejo de los meses que pasamos juntos. Tenía mujer, que más parecía maniquí de feria comercial; habitación en un hostal céntrico y comida de lo mejor. Figúrese que mis bolsillos siempre aparecían con dinero y todo por darle a la gringa un poco de amor. Y pensar que con ese dinero me emborrachaba hasta quedar nublado y ella, sumisa como toda esposa, me soportaba. ¿Y sabe por qué?  Si algo me reprochaba, pues se iba su andean-lover. Las gringas podrán decir muchas cosas de mí, pero nunca que no las hice felices.

¿Que no me vaya por la rama? Bien, iré al grano. Como le decía, la vi y al toque me acerqué a su mesa. En este oficio la competencia está al día. Ahora cualquier aprendiz de brichero te gana por puesta de mano y eso jode, porque las probabilidades de computar gringas se reducen a cero. Además, la gringa de anoche era nórdica de nacimiento. Aunque no le miento al decirle: fuese de donde fuese igual la hubiese enamorado. Ya podrá imaginarse que hacía días andaba como un cazador al acecho por lugares que frecuentan las gringas: plazoletas, cafetines, tabernas y complejos arqueológicos, hasta la noche de ayer en que la pude encontrar. Lo interesante de ella, como usted pudo comprobar, es que hablaba español. Dijo haberlo aprendido durante su estadía en Cataluña, veraneando en las tórridas playas de la Costa Brava. De no haber sabido español hubiésemos dialogado en inglés, idioma que domino desde que me inicié en este oficio. ¿Que cuánto tiempo llevo bricheando? A decir verdad deben ser como diez años. Ahora recuerdo que la primera gringa que computé fue una sudafricana que era un sueño de mujer y créame que por primera vez perdí los papeles, mejor dicho, me enamoré, al extremo que la seguí hasta Corumbá, en Brasil, donde se me acabaron los últimos soles que tenía y tuve que regresar tirando dedo. Como ve, no todo es felicidad en este oficio. Conozco a muchos bricheros que de tan mala vida envejecieron prematuramente y ahora las gringas no darían un solo puto dólar por ellos. Continuando con la nórdica, le diré que su profesión de sicóloga —según ella, le ayudaba a conocerse mejor y por ende a los demás— tampoco fue problema porque le cambié sus esquemas. ¿Que cómo fue?  Pues se lo contaré. Con la gringuita utilicé una vieja artimaña que siempre me dio buenos resultados. Se trataba de convencerla de que este encuentro no era casual, sino que se debía al magnetismo que irradia esta ciudad, haciendo posible que esta noche nos encontráramos, pues hacía tiempo la conocía en sueños. Sonriendo trató de explicarme sobre los sueños, citando no sé si a Jung o Adler. Como ve, la gringa intentaba conducirme al campo de la sicología. Entonces, para trastocarle sus teorías le manifesté que, como iniciado en la práctica del conocimiento del mundo andino, tenía otra manera de percibir la realidad. Y no era la realidad simple que ve la mayoría de la gente, sino la realidad que está dentro de la misma realidad. Y frente a ello, las intuiciones clínicas y psicoanalíticas nada tenían que hacer, ya que mi percepción provenía y se sustentaba en toda una creencia milenaria que sólo se transfería a los elegidos. Ser elegido significaba haber pasado por diversas etapas de conocimiento, en las cuales el desapego por las cosas materiales es una de nuestras principales cualidades. Bueno, no crea que toda la noche nos pasamos hablando, no señor, también tomamos nuestras cervecitas que ella necesariamente tenía que pagar. Además, entre conversación y conversación, le agarraba la mano y susurrándole dulcemente al oído, salíamos a bailar. Como bailo de maravilla no sólo huayno, también salsa y rock, la condenada gozaba cuando la hacía girar como a trompo. Al final, la gringa quedó convencida de que este encuentro era mágico y por efecto de la conversación y la cerveza, afirmaba ser la reencarnación de una valkiria que se había perdido en el tiempo. Salimos de la taberna cuando las mesas estaban vacías y los mozos se aprestaban a limpiar el local.

Como afuera hacía frío, la abracé y caminamos bajo los portales de la Plaza de Armas, donde niños de rostros demacrados y soñolientos se acercaban a ofrecernos cigarrillos o pedirnos dinero. La noche era totalmente nuestra. Así, entre besos y abrazos deambulamos por calles silenciosas hasta llegar al hostal en el que pernoctaríamos. En la penumbra de la habitación y echado sobre una cama matrimonial, empecé lentamente a desnudarla mientras la besaba y la acariciaba. Todo marchaba a pedir de boca. Cuando me disponía a realizar el contacto final, usted me entiende, ocurrió lo inesperado. La gringa, abriendo desmesuradamente los ojos, se desprendió con violencia de mis brazos y, saltando de la cama, prorrumpió a gritar y lloriquear de una forma tan escandalosa que despertó al hostal. Como se podrá imaginar, yo estaba aturdido y desesperado por lo que acontecía y temiendo que la conquista se truncara, me acerqué para tranquilizarla; pero la muy histérica, olvidándose de lo amorosa que estuvo, se me abalanzó como una gata enloquecida, intentando desfigurarme el rostro. Créame que nunca hago uso de la violencia y menos con mujeres indefensas. Por eso, no pensé que al atizarle el golpe la iba a dejar inconsciente. Cuando trataba de reanimarla y estando todavía en cueros, llegaron ustedes y sin mediar palabra alguna arremetieron a golpes, poniéndome de cara en la pared. Insulso fue protestar, ya que me callaron a punta de varazos y mentadas de madre. Lo demás usted lo sabe, porque estuvo cuando me trajeron esposado a esta comisaría. Ahora que se convenció de mi inocencia y de lo jodido que es ganarse la vida en este país, no dudara en dejarme en libertad, señor comisario.

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Cultura

Literatura en Perú: de la hegemonía de la PUCP al ascenso de la Universidad de Lima

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“Para mí este es el momento cultural: estos jóvenes caníbales que empiezan a surgir del fondo de la jungla o de los edificios. Jóvenes lobos.”
Roberto Bolaño

En 2024 se cumplirán 30 años de Salón de belleza, del mexicano Mario Bellatin, un autor formado en la ULima, y cuya irrupción simbolizó también la irrupción de toda una nueva camada de escritores en el ecosistema literario peruano, hasta ahora dominado por autores de la PUCP. A diferencia de los escritores de la Católica, estos autores son un fenómeno reciente, pero persistente, que no se puede suscribir a una generación o a una corriente literaria, como grupo son inclasificables y raros. Más que individualistas son personalistas. Nada los une, salvo una cosa, el origen: la Universidad de Lima.

Y tú, escritor, ¿de qué universidad eres?

Agremiar a escritores por su origen universitario parece más práctico que cualquier otra catalogación como puede ser la clase, afiliación política, raza, sexo o incluso procedencia regional. La universidad era, y aún lo es, pero en muy pocas universidades, un formador de personas. Y he ahí que favorece el desarrollo del arte, pero también una conciencia sobre la condición humana.

La universidad como tal, y por encima de otras circunstancias o contextos, propició un espacio de debate, encuentro y motivación en el desarrollo de la vocación de muchos escritores. Luego, entonces en una gran medida la universidad marcó   el derrotero por el que transita la literatura. Ningún otro espacio organizado ha brindado lo que brindó la universidad en el panorama literario peruano. En un país desorganizado cómo es Perú, y además alérgico a la literatura, la universidad fue esa madre comprensiva que estimuló la vida de miles de escritores. Sin la universidad, os digo hermanos, seríamos más pobres de lo que ya somos.

Es a lo que queda de ese espíritu de universidad, y a lo que fue, al que dedico este artículo.

En el pasado fue San Marcos

Universidad de cholos, comunistas y  ateos. Así la llamaron los bien pensantes de la primera mitad del siglo XX. Entre revolucionarios y académicos fue el primer nicho de escritores peruanos.

Cabe recordar que la Decana de América fue durante siglos la que monopolizó el origen de la gran mayoría de autores peruanos. Hasta mediados del siglo XX muchos de los nombres escritos en bronce de la literatura en lengua española en Perú vinieron de San Marcos: Vallejo (primero en la de Trujillo y luego en San Marcos), Arguedas, Scorza, Ricardo Palma, Valdelomar, Bryce, Blanca Varela, María Emilia Cornejo, la aprista Magda Portal, Eielson, Martín Adán, Verástegui, Ollé. No obstante hubieron notables excepciones provenientes de universidades de provincia, como Reynoso de la San Agustín, y algunos otros más con no menor talento que los sanmarquinos, pero con menor alcance y difusión.

El autor por antonomasia de San Marcos es Mario Vargas Llosa, el último dinosaurio sanmarquino, del Perú para el mundo. Cómo él, la mayoría de futuras vocaciones literarias se formaron en la facultad de Derecho, madriguera de poetas y novelistas, que para lo único que resultaban útiles para la miopía de sus familias, que veían con sospecha su fascinación por la lectura, era la redención de ser abogados.

Sin embargo, esta égida sanmarquina empezó a entrar en declive desde 1960, cuando otra universidad empezó a relevarla como nicho de futuras vocaciones de escritores.

A partir de 1970 comenzaban a ser menos los nombres de autores nativos de la San Marcos, destacaban Verástegui y Ollé, en los ochentas Cromwell Jara y después de los 90s poco menos. Pero sin lugar a duda el mejor novelista que a revitalizado el panorama narrativo peruano de los últimos diez años, sea sin lugar a dudas, Francisco Ángeles, el último sanmarquino joven que aún campea en la arena de la literatura. Salvo está excepción podemos hablar de San Marcos como un geriátrico que va camino a ser cementerio de grandes nombres, porque en San Marcos ya no hay escritores, hay críticos, y nada más.

PUCP, como los masones pero más evidentes

Si crees que el Opus Dei solo se contratan y promocionan entre ellos, es porque no has conocido todavía la PUCP. Quien no conoce a Dios le reza a cualquier santo.

Ribeyro, Fernando Ampuero del Bosque, Alonso Cueto, Iván Thays (durante varios años conductor del programa de tv Vano oficio), Rossella Di Paolo Ferrarini, Isabel Sabogal (la única traductora peruana de literatura polaca al español), Eduardo Chirinos, Santiago Roncagliolo Lohmann, Fernando Iwasaki, Gabriela Wienner, Enrique Prochazka, Luis Palomino, o el matrimonio Montalbetti-Chirif son solo algunos de los nombres que llenan la literatura en Perú de la actualidad. No solo son buenos escritores, sino que son los autores hegemónicos que el lector peruano verá en todas partes. No solo aparecen en página completa de Luces, están sobre todo en tu librero mirándote a la cara con una sonrisa y la pose de un café de París.

Cuando en los años 60, el padre McGregor era rector de la PUCP, él nunca soñó que tan lejos llegaría su sueño, y que tan hegemónico sería la presencia de sus estudiantes en el ámbito cultural peruano.

La hegemonía de la PUCP es aplastante. No hay otra casa de estudio o agremiación con una presencia tan fuerte en todos los aspectos de la vida literaria. La omnipresencia de la PUCP en el ecosistema literario y cultural peruano es arrolladora, están en las principales editoriales y en las que emergen, son miembros de los jurados de premios, gran parte del ministerio de cultura tiene una evidente presencia de ellos, y su red de contactos en el exterior ayuda a posicionar nombres, por lo general siempre de la PUCP. A esto súmese el fino aparato crítico que promueve y difunde escritores y editores, una telaraña de prensa que va de El Comercio, el diario de la derecha, a La República, el diario de la izquierda, pasando por revistas, gerencias de tv, blogs, portales web, etc. Por ejemplo Gonzalo Villamonte, egresado de la Especialidad de Historia de la PUCP, formó parte del equipo organizador de Wayka cuando buscaban financiamiento, y el portal de la PUCP les dio apoyo en difusión para lograr concretar el proyecto; o Rolando Toledo, el fundador de La Mula, quien estudió antropología en la PUCP. Entonces, lo que tenemos es algo muy interesante, algo muy a lo House of cards, de la cultura: puertas giratorias. De las aulas a redactores de prensa, de editores a directivos de medios, de docentes en la universidad a figuras de opinión, y en medio ser escritores. Todo atado y bien atado.

Otro indicador de su hegemonía son los puestos de honor en instituciones aparentemente irrelevantes pero de peso institucional internacional como lo es la Academia Peruana de la Lengua, la cual está asociada con las academias de la lengua de casi una veintena de países y bajo la égida de la toda poderosa Real Academia de la Lengua.

De los 23 académicos de número de la Academia Peruana de la Lengua, que se incorporaron desde 1971, 11 son egresados de la PUCP, y otros dos más trabajan para esta universidad. Tenemos a Ferdinand Carlos Léopold de Trazegnies Granda, José Antonio León Herrera, Ricardo González Vigil, Ricardo Silva-Santisteban, Salomón Lerner Febres, Alberto Varillas, Harry Belevan-McBride, Alonso Cueto, Víctor Oswaldo Holguín Callo, al decano de Estudios Generales Letras de la PUCP Carlos Garatea Grau, y hasta el mismísimo ex rector Marcial Rubio. Otros dos miembros de número son el experto en lenguas indígenas, Rodolfo Marcial Cerrón-Palomino de San Marcos, pero desde 1998 trabaja a tiempo completo como docente en la PUCP, y Eduardo Francisco Hopkins Rodríguez, también empleado de la PUCP.

Cabe mencionar que el último miembro de número de la Academia nombrado fue hace poco Eliana González Cruz, docente de la Universidad de Piura, quien es la segunda mujer en formar parte de la academia desde el ingreso de Martha Hildebrandt 46 años antes. No viene al caso, pero lo menciono porque en su momento muy pocos medios rescataron su nombre.

Otro indicador es la Casa de la Literatura Peruana, que es un órgano de línea del Viceministerio de Gestión Pedagógica del Ministerio de Educación del Perú, el cual entrega, desde 2010, un premio a destacados escritores e investigadores de las letras peruanas como reconocimiento a su contribución a la reflexión y la creación en torno a la literatura nacional, es decir institucionalización de la cultura a través del poder. Este premio es de carácter gerontocrático, y por ende es el que mejor expresa el paso del poder y la presencia de la literatura de San Marcos a la Católica. Sus ganadores, personas de la tercera edad, son sanmarquinos cómo Vargas Llosa, Ollé, etc. Pero Recientemente también empiezan a ganarlo los escritores de la PUCP cómo José Miguel Oviedo, Rossella Di Paolo. A medida que literalmente muere la literatura de San Marcos, también aquí la PUCP la viene reemplazando.

Fuera de evidentes obvias envidias, la PUCP ha hecho muy bien su trabajo, en un país desorganizado la Universidad Católica ha creado su propio orden y ha hecho de las humanidades su principal músculo. De ahí el peso de sus autores en la literatura, de ahí la colocación en el extranjero de sus autores, que ya no son de la PUCP sino los rostros de la literatura del Perú actual. Si, cuesta creer que el rostro de Perú en Madrid o en México DF sea Mariana de Althaus, pero ni modo. Lo que ves es lo que hay.

Finalmente la PUCP llena no solo los estantes de las librerías sino la lista  también el canon. Sea esto inocente o no, la literatura en Perú ahora es de la PUCP.

Bueno, hasta ahora…

Universidad de Lima, una extraña suerte

Si, más caras blancas, pero menos masonería.

Lo de la Universidad de Lima en los últimos 20 años no hay quien lo explique. A diferencia de ese orden existente en la PUCP, en la ULima parece que esto de los escritores surgió sin ningún orden o meta. Como Lima misma: de repente y sin ningún planeamiento. De ahí su sabor a originalidad.

Mario Bellatin, Sergio Galarza, Diego Trelles, Jeremías Gamboa y el Best seller peruano, Renato Cisneros son algunos de los nombres que han emergido con fuerza desde mediados de los 90 y todo el 2000 en adelante.

A diferencia de lo que pasa entre autores de la Cato, dónde encuentras vasos comunicantes en cuanto temática o estilo, aquí ocurre algo distinto, ninguno de estos autores se parece a ninguno. Y la razón podría estar en su propio origen, escriben porque quieren, y surgieron por generación espontánea.

Si me pongo a explicar diría que la respuesta está en una pregunta maliciosa ¿Un escritor de la ULima tiene conciencia social? La sola pregunta es una broma que se hacen los mismos estudiantes y egresados, los estereotipos que provienen de afuera tienen cierto asidero de verdad. No la tienen, no por frívolos , que también pueden serlo, sino por una mejor y más rara  excusa. Los de la de Lima cuando escriben, escriben no para ganar un premio y obtener una buena reseña. No es un tema político el que les preocupa, o la justicia social o de género lo que buscan expresar. Lo suyo no es propio de un  bienpensante. Sus prioridades narrativas son ellos mismos. .

Los de la de Lima va más por una Literatura personalista. En parte todavía contaminada por la lepra de la autoficción, pero con marcadas diferencias. Un autor de la de Lima se parece a otro de la de Lima precisamente en que no se parecen en nada, es ahí su acierto. No hay una mirada ideológica o sesgada de la realidad, no hay una corrección política sumida en un comando de pensamiento progresista o conservador, es más bien lo que la literatura tiene que ser: un ejercicio limpio y honesto de libertad.

Entonces un cuento o una novela de la de Lima por lo general es una película en cámara man, sin juicios ni adoctrinamientos. Es una observación minuciosa y a veces exagerada en egoísmo de sus propios sentimientos, emociones y observaciones de un mundo que solo podemos ver y sentir a través de su autor. Esa es la ley de Lima: Ven y mira.

La mayoría de los autores de esta universidad provienen de la facultad de comunicaciones, pero también de Derecho, psicología y varios más de ingeniería. Las causas de su vocación se desconocen pero se sospechan. Tal vez la ausencia de estudios de género o de literatura etnográfica impulsa a que ellos mismos se busquen sus referentes. Eso ya es especular. Lo que si es un hecho es el aumento en el número de publicados y la mayor relevancia que con los años van ganando en el ecosistema literario peruano e internacional, y todo de manera espontánea. En promedio un escritor de la Lima es alguien joven, de 27 a 47 años. En la flor de su vida, parecen ellos estar determinados a lanzarse a escribir. La respuesta de por qué, es una respuesta personal.

Entre más nuevas voces que emergen están Juma Paredes, Oscar Rengifo (apareció en la antología Hastío en 2020), también hay promesas que se empecinan a no cumplirse como el poeta Rodrigo Ahumada, editores y periodistas culturales cómo Diego Arévalo, o Eugenio Vidal, estos últimos tres tercamente inéditos, hasta ahora.

Leer a uno de estos autores es tener esperanza, y refresca saber que no todo es la literatura canónica de una sola universidad.

Pero, y las escritoras de la ULima ¿Existen?

Bonus track: Los sniper

Pero no todo son un par de universidades. Hay autores aparapetados en los techos empolvados de Lima, esperando su momento para disparar. Son los snipers, huérfanos de instituciones o contactos. Son los apátridas. Escriben en la soledad de dos. Escriben de noche hasta amanecer, con hambre, con frío, con cansancio y el sueño salvaje de solo escribir. Escritores cómo estos fueron en otros tiempos y latitudes: Roberto Bolaño, el desertor del colegio, Juan Manuel de Prada, ese estudiante de Derecho que a los 25 años se propuso ser escritor y nunca abogado. En Perú solo conozco una, se llama Kareen Spano.

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Cultura

Cámara Peruana del Libro se pronunció por el caso de Manuel Rilo Podestá

La Cámara Peruana del Libro tomó la decisión de suspender indefinidamente todos los derechos y atribuciones de su asociado Manuel María Rilo Podestá, por haber sido sindicado como cabecilla de una red de trata de personas que se dedicada a la explotación sexual de mujeres extranjeras en el centro de Lima.

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Manuel Rilo Podestá, asociado de la Cámara Peruana del Libro (CPL), fue sindicado como cabecilla de una organización de trata de personas que operaba en el centro de Lima ejerciendo la explotación sexual de mujeres extranjeras. Luego de cuatro días y ante la presión de distintos sectores, la CPL se tuvo que pronunciar sobre el caso.

Mediante un comunicado publicado anoche, la entidad que organiza la Feria Internacional del Libro de Lima, señaló: “En relación a la orden de captura contra Manuel María Rilo Podestá, señalado como presunto líder de una red criminal de prostitución y trata de personas, la Cámara Peruana del Libro, se dirige a la opinión pública, y a las autoridades para expresar: El Consejo Directivo y la Comisión de Honor han tomado la decisión de suspender indefinidamente todos los derechos y atribuciones que Manuel María Rilo Podestá tenía como asociado, a través de su empresa Amelie E.I.R.L”.

Un comunicado que sale tarde pero que marca una posición dentro de la Cámara Peruana del Libro, que de ahora en adelante debe mejorar el filtro para aceptar asociados dentro de su institución, ya que la CPL es organizadora de la FIL de Lima y de la Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores, eventos donde Manuel Rilo participó como expositor con su sello editorial Amelie.

Este no es un caso aislado, ya que hace algunos años un editor y asociado a la Cámara Peruana del Libro fue denunciado por violencia sexual por cinco mujeres. Sobre ese hecho, lamentablemente la CPL no se pronunció.

Sobre Manuel Rilo, se conoce que obtuvo una licenciatura en literatura hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú (1997) y un doctorado en la Universidad de Miami (2006). Ha publicado Contraeltráfico (Lima, 1997), textos críticos suyos han aparecido en diversas publicaciones como Revista Peruana de Literatura y Hostos Review, entre otras. Además, impartió cátedra de literatura latinoamericana en la Stephen F. Austin State University en Texas (EUA).

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