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La corrupción no quiere dejar el poder

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Durante el primer gobierno de Alan García en 1985, el Perú entró en un trance que le ha generado pesadillas, insomnios, gases y una intoxicación iniciada por el dólar MUC. Luego llegó el fujimorismo con el lema: “Honradez, tecnología y trabajo”, y nos jodimos casi todos. La dictadura generó un sistema de corrupción donde solo algunas familias de “buen apellido”, dueños de medios de comunicación y empresarios, acumularon inmensas riquezas a costa de la tragedia de un país.

Hoy, muchos de aquellos beneficiados se han lavado la cara, pero sobre sus hojas de vida ha quedado marcado su servicio al fujimorismo a cambio de montañas de dólares bien apilados sobre la mesita del SIN. Los jóvenes de hoy no los conocen porque esos personajes se han reciclado y cada vez que pueden se sacuden del fujimorismo y lo atacan para crear distancia del plato del cual se alimentaron.

Después de la caída de la dictadura de Alberto Fujimori, llegó Valentín Paniagua, y todos creímos que habíamos recuperado la “democracia”. Era el año 2001 y las nuevas elecciones pusieron como presidente a Alejandro Toledo. El gobierno toledista solo se dedicó a arar el terreno para las llamadas ONG’s y desde ese momento el Perú cayó en manos de una nueva dictadura. Hablo de la dictadura caviar, personajes que aprendieron a vivir sin trabajar. Zánganos que con el tiempo han creado movimientos políticos y han jugado en pared con vientres de alquiler, con una única finalidad de continuar viviendo sin trabajar. Una forma que se ha vuelto común para robarle al Estado.

De los cuatro presidentes mencionados hasta aquí, tres fueron elegidos por voto popular. Los tres: García, Fujimori y Toledo fueron denunciados por corrupción. De los tres, el primero se suicidó, el segundo sigue preso y el tercero, vive la vida loca en los Estados Unidos riéndose de la extradición y la justicia peruana, con los millones de dólares que le robó al Perú.

Sorprendentemente Alan García volvió a convertirse en presidente en el año 2006. En ese periodo la zona de confort de los caviares fue golpeada. Muchos de ellos quedaron fuera del poder, y se arroparon bajo el techo de sus llamadas ONG´s, pero con Ollanta Humala en el 2011, regresaron para quedarse. La corrupción no está en la derecha ni en la izquierda, mucho menos en los colores que las identifican. La corrupción está en la sangre de esos personajes que durante más de 30 años siguen dando vuelta como gallinazos sobre el poder. Todos los conocemos, son las mismas caras que salen en los diarios, los mismos rostros que aparecen en los televisores y los mismos candidatos que saltan como pulgas de partido en partido para instalarse a chupar la sangre del Estado, sangre que es el dinero generado por el sudor de los peruanos que sí trabajan y se fajan por su familia y por su país.

Los caviares son fáciles de detectar, les encanta la cháchara y al terminar la universidad levantan el teléfono para llamar al amigo, al tío o algún conocido para ingresar a desfalcar más al Estado. El caviar no ingresa a trabajar por sus capacidades, sino por la dedocracia. Todos hablan un mismo idioma y usan la pornomiseria como símbolo social.

Luego llegó el 2016 y a Palacio ingresó PPK, un nuevo inquilino que tomó el poder apoyado por la izquierda, los caviares y el voto antikeiko. El gobierno del presidente de lujo —bautizado así por los caviares— solo duró 20 meses. Una nueva denuncia de corrupción dinamitó su gobierno y PPK tuvo que renunciar.  El vicepresidente y exministro de Transporte que fue sacado del país por el escándalo del proyecto del Aeropuerto Chinchero, tuvo que regresar al Perú y dejar su puesto de embajador en Canadá, mientras en Lima los caviares salivaban y se frotaban las manos.

Hasta aquí, el destino no fue diferente para Ollanta Humala, PPK y Martín Vizcarra. Los tres cargan sobre sus hombros denuncias de corrupción, dos de ellos: Humala y PPK pisaron la cárcel y el tercero está muy cerca también de hacerlo. Mientras PPK sigue con arresto domiciliario, Humala y Vizcarra quieren seguir siendo parte del círculo vicioso y descaradamente son candidatos en estas elecciones, uno para la Presidencia y el otro para el Congreso.

Tras varios días agitados en el Congreso de la República, el expresidente Martín Vizcarra terminó vacado por incapacidad moral, el hedor de la corrupción otra vez sacó de Palacio al inquilino traidor. Esto llevó al expresidente del Congreso, Manuel Merino de Lama a convertirse en Presidente del Perú, tal como lo indica nuestra Constitución. Pero Merino solo duró cinco días como presidente. Aquí la dictadura caviar apareció en su mejor forma: vociferando “golpe de Estado”, se inventaron desaparecidos y convulsionaron las calles sin importarle la vida de miles de jóvenes. Los caviares no quisieron dejar el poder y no les importó que se derramara la sangre de dos jóvenes para mantenerse vigentes. ¿Y qué nos dejaron? Un remedo de presidente transitorio al cual hoy miran con gesto de asco y al que niegan hasta ponerse morados.

La dictadura nunca se acabó, solo mutó a algo más peligroso que ha llevado al Perú a convertirse en la vergüenza del mundo, siendo el país con el peor manejo de la pandemia. A pesar de todo, no tienen sangre en la cara, y hoy estos personajes que se siguen aprovechando del dinero del Estado te quieren decir por quién votar. Además, estos zánganos hoy salen a decir que la democracia está en peligro. Son unos sinvergüenzas. No seas inocente frente a sus discursos: piensa.

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Pedro Castillo le saca punta al lápiz

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Demoró varias semanas, pero el profesor comienza a hacer la tarea: acaba de presentar el block para los primeros cien días. Documento incluye lucha contra la pandemia, reactivación económica, impulso a la ciencia, segunda reforma agraria y referéndum. También se han dado los nombres de cuadros relevantes para su gestión: Modesto Montoya, Avelino Guillén, Juan Pari y Hernando Cevallos, entre otros. La atmósfera de improvisación que rodea a Castillo se va borrando. Mientras tanto, la señora K sigue presentando su exposición escolar, en el tour televisivo organizado por la gran concentración.

Después de tantas contradicciones y retrocesos, Pedro Castillo presenta un documento para los primeros cien días de gobierno. Con esto busca cerrar el paso al avance de la señora K. Avance que la candidata naranja ha experimentado en las últimas semanas, gracias a los errores del maestro chotano. A Castillo se le pedía que aterrice las ideas y presente directrices concretas: va por ese camino. El documento se aleja del ideario de Vladimir Cerrón; es mesurado, menos incendiario. Tiene omisiones, pero es un documento para los primeros cien días, por lo que se espera un refuerzo con nuevos compromisos.

En cuanto a la pandemia, el plan para los cien días actualiza el ideario de Perú Libre y anuncia una convocatoria masiva a diversos médicos y científicos para crear una contención contra el avance del virus. No se tendrán en cuenta tintes ideológicos. La estrategia, según se desprende del plan, será comunitaria, descentralizada y con afluencia de diversos sectores que trabajarán en equipo. Implementarán las denominadas “Casas Respira” para que las comunidades puedan proveerse de oxígeno y medicinas. Por otro lado se constituirá el “Equipo de Salud Familia” para monitorear las incidencias del virus.

En el aspecto económico el documento se enfoca en un trabajo conjunto entre empresas privadas y el Estado. De este modo el Estado actuará como un serio fiscalizador y buscará evitar las prácticas abusivas por parte de las empresas. Se pondrá énfasis en regular los monopolios y oligopolios fomentando la creación de empresas nacionales y el justo desenvolvimiento de las prácticas empresariales. La reactivación de la economía pasará por el impulso de las obras públicas y el acceso al crédito a los negocios vulnerables, apoyo a las Mypes y frenar la competencia desleal. Además se buscará obtener tributos de las grandes corporaciones que explotan los recursos naturales; por lo cual se establecerá un nuevo impuesto a las sobreganancias mineras, regalía en función de las ventas y renegociación de contratos de estabilidad tributaria.

En cuanto a la educación se informa que se plantearán medidas urgentes para el retorno a las clases presenciales. Más allá de eso el candidato del lápiz tendrá que articular políticas que tiendan a priorizar el empoderamiento de la educación en nuestro país. El presupuesto general de la República en el 2020 fue de 177, 365 millones de soles y al sector educación se le asignó 31, 328, lo cual representa solamente el 3,8% del PBI. Ya en el 2002, en el Acuerdo Nacional se aprobó que el estado garantizaría recursos para una reforma educativa en el Perú con un incremento mínimo del presupuesto al sector educación consistente en 0.25% anual del PBI.

Sin embargo, esto no se cumplió. Actualmente este Congreso ha aprobado una reforma constitucional que establece el presupuesto para la educación en una cifra no menor al 6% del PBI, pero esto requiere de una segunda votación. Y de aprobarse se generaría un obstáculo puesto que el Congreso no tiene iniciativa de gasto. Por eso, todo esto implica articular una política coherente que busque empoderar la educación en el Perú sin caer en la demagogia y en la inútil burocracia.

En el aspecto constitucional se convocará a un referéndum para que el pueblo decida si desea un cambio de Constitución o no. El documento expresa claramente que la voluntad popular se respetará.

Con este documento, Pedro Castillo va mostrando ciertas señales de solidez y se coloca el traje de gestor, que desde hace tiempo se le viene exigiendo.

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¿Pedro Castillo quiere ser presidente?

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El mayor obstáculo de Pedro Castillo es Pedro “Autogol” Castillo: parece un muñeco programado para sabotearse. Y además ¿Tiene alguna ideología?  Militó hasta el año 2017 en Perú Posible de Alejandro Toledo y ese mismo año se alió con congresistas fujimoristas durante las protestas magisteriales. Hoy es candidato por Perú Libre y dice que indultará al etnocacerista Antauro Humala. ¿Con quiénes juega? ¿Con el aprista Miguel del Castillo, con la izquierdista Verónica Mendoza, con el marxista Vladimir Cerrón? ¿Con todos, con nadie? ¿Es comunista? ¿Cree en los equipos técnicos? Pero la pregunta más relevante es: ¿Quiere ser presidente o no?

Pedro Castillo dice que la biblioteca la lleva en la nariz. Si es así ¿Dónde lleva las ideas? ¿En los pies? A puertas de la segunda vuelta ¿Qué propone? Su performance política consiste en replicar el mismo formato de mitin en todas las localidades del Perú.

Más allá de su discurso populista no se escuchan propuestas, ninguna idea que tenga anclaje en la realidad. Se dice que es marxista, pero —a estas alturas— ese epíteto es un término gaseoso. Castillo no es comunista ni marxista. Dice que no debe haber pobres y a quien proclama eso,  los desavisados —en nuestro país— le dicen comunista. Si el candidato del lápiz es comunista, es comunista en ese único sentido. Porque Castillo no tiene la formación de Cerrón, ni jerga marxista, ni la práctica leninista.

Claro, Castillo es profesor y es sindicalista: es experto en el tire y afloje; es ducho en las artes de la negociación. Eso no lo convierte en comunista. Es, antes que un dogmático, un negociador. Durante las protestas magisteriales no le hizo ascos a negociar con el fujimorismo y ahora no tiene reparos en aceptar las propuestas del aprista Miguel del Castillo, de Verónika Mendoza, de Marco Arana y de su incubadora partidaria. Ha estado con Toledo, hoy está con Vladimir Cerrón y va indultar a Antauro Humala. El punto es: ¿En qué cree Pedro Castillo, realmente?

Quien ve a Pedro Castillo como un purista dogmático, dispuesto a luchar contra los corruptos, se equivoca. El maestro chotano no es Raskolnikov, no es un fanático, ni un iluminado. Es un jugador, sabe mover su pelota. Pero ¿Hasta dónde la mueve?

Castillo presenta una faceta muy extraña. Tiene filia por la autofagia: una vocación por sabotearse. Los próximos comicios —muy a tono con el regreso de los ’90s— parecen un sketch de Laura Bozzo. Un cuento borgiano donde el héroe y el traidor se reúnen en la misma persona.

Actualmente lo único que sostiene a Pedro Castillo es el antifujimorismo y Castillo no es —necesariamente— un antifujimorista. Sin contar que el movimiento antifujimorista es reactivo y no propositivo: por eso no ha logrado consolidar ningún actor relevante en los últimos veinte años.

Ya ni siquiera Perú Libre sostiene a Pedro Castillo: el mismo candidato desautorizó a los congresistas que lo secundaban. ¿Con quiénes los reemplazó? Con nadie.

Dice el maestro chotano que él se representa a sí mismo. ¿Y de qué manera se representa a sí mismo? Desde su pase a la segunda vuelta ha reforzado la atmósfera de improvisación que le achacan sus adversarios. Dice que no es comunista, porque los comunistas se aprovechan de la miseria, pero el ideario de su partido se proclama comunista. Dice que no tiene nada que ver con el ala institucionalizada del senderismo, pero el senderismo aparece entre las sombras de algunos partidarios suyos. Mece a los periodistas que le preguntaban por su equipo técnico y al otro día afirma que los equipos técnicos son cosa del pasado, pero luego se desdice y sus partidarios informan que sí van a presentar un equipo técnico. Invita a su contrincante a debatir y cuando la otra parte acepta, él recula. Dice que va cerrar la Defensoría, pero pide garantías a la misma Defensoría. Proclama que va a cerrar el Tribunal Constitucional y luego, que ya no lo va a cerrar. Anuncia que está dispuesto a todos los debates, pero sus personeros han puesto obstáculos para los formatos. ¿A quién se le cree?

Dice que quiere llegar a Palacio de Gobierno, pero realmente ¿Quiere ser presidente? ¿Está replicando el quechuchismo de Lourdes Flores? ¿O se está haciendo el “loco” Quiroga?

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“Izquierda femenina” de Mendoza e “izquierda macha” de Castillo procrean un nuevo Perú

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Copularon para que no se extinga la democracia. La izquierda progresista y la izquierda regional se unen en servinakuy para refundar la nación. Verónika Mendoza y Juntos por el Perú apoyarán la candidatura de Pedro Castillo a la presidencia del país.

La reunión entre Mendoza y Castillo  vislumbra un horizonte luminoso. El encuentro de ambas izquierdas —ante la amenaza fujimorista— sella un compromiso para enfrentar los embates de la pandemia y el descalabro institucional.

En las elecciones de primera vuelta, el profesor chotano Pedro Castillo ha sido aupado como representante del voto regional, frente a la candidatura de la señora K: lo cual ha generado polarización entre los dos bandos que disputan la presidencia.

El escenario peruano contemporáneo es el campo de batalla de la derecha —que busca llenar sus arcas y repartir migajas a los peruanos— contra la izquierda, que ha conectado con la población. El voto por Castillo es la esperanza de los peruanos excluidos por el sistema, quienes prefieren jugarse por la incertidumbre del lápiz antes que entregarle el país a la señora K. 

En este orden de cosas, la izquierda de Mendoza —de posturas progresistas— es el complemento ideal para el ideario regionalista de Castillo. Las dos izquierdas trabajarán para escuchar los reclamos de un pueblo que exige la justa redistribución de los recursos y la lucha contra la corrupción. 

El encuentro de ambos líderes políticos ha culminado con un acuerdo que incluye priorizar la lucha contra la pandemia y  garantizar la vacunación gratuita de todos los peruanos, el fomento de los valores democráticos, el respeto por la institucionalidad y el estado de derecho, la defensa de la soberanía nacional, la lucha contra la corrupción, el cumplimiento de los tratados internacionales, el respeto de las libertades civiles y la defensa de los derechos humanos.

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Faranduleros y peloteros se unen en contracampaña a Pedro Castillo

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La “televisión basura” quiere seguir embruteciendo a los peruanos. Primero fue Magaly Medina quien despotricó airadamente de Pedro Castillo. A ella se han unido los conductores del programa “Esto es Guerra” y algunos peloteros, quienes dicen estar preocupados por la situación del país.

La coalición contra el candidato del lápiz cada vez toma más fuerza. Políticos, medios de prensa, artistas de farándula y peloteros intentan cerrarle el paso a Pedro Castillo, buscando endosarle votos a la señora K. Al comienzo fueron las bravatas de Magaly Medina y el “escueleo” anticomunista de los noticieros. A ellos se suman los conductores del programa “Esto es Guerra”, quienes dicen estar preocupados por el Perú,  pues no quieren que retroceda. No son los únicos. Desde el programa “Amor y Fuego”, Gigi Mitre lanzó duras invectivas contra el candidato Castillo, promoviendo descaradamente el voto por Keiko Fujimori.

Paralelamente los peloteros “Waly” Sáenz y el “Puma” Carranza han aparecido en un spot televisivo apelando a la unión nacional y a la “defensa” de la camiseta.

Todo esto se enmarca en un apoyo —en algunos casos explícito y en otros velado— a la candidatura de la señora K. Intentan crear la narrativa de la “defensa del país” contra el cuco del comunismo. Lo curioso es que la “salvadora” del país sería —para los promotores de esta visión— Keiko Fuimori y su partido político Fuerza Popular. De este modo buscan entregarle el poder a la señora K y a su grupo político, quienes ya demostraron —en el período pasado— sus mañas y componendas en contra de la institucionalidad democrática. Pero esto no es problema para sus promotores.  Tampoco les interesa que el equipo técnico de Fujimori lleve a diversos personajes que esquilmaron las arcas del estado, durante la década infame. Amparada en ese apoyo, la señora K sigue con un discurso altisonante y promueve una defensa cerrada del régimen de su padre, Alberto Fujimori.

De este modo, en una inversión de los valores, la señora K y Fuerza Popular intentan robarle la identidad a Pedro Castillo y a Perú Libre. Se posicionan como los defensores de la camiseta, los amantes del país, buscando restarle identificación popular a Pedro Castillo. Un acto perverso y a la vez ridículo. Por eso el candidato del lápiz debe tender puentes y convocar a las fuerzas democráticas del país. De lo contrario su candidatura será una simple anécdota y la hija de Albero Fujimori será la presidenta del bicentenario.

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El infame nacimiento de los fujikaviares en el Perú

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El progresismo liberal ha parido una nueva variante: el fujikaviarismo. Su acta de nacimiento está rubricada en el bicentenario de nuestra república; los exhibe siendo capitaneados por el converso marqués Vargas Llosa y su hijo Alvarito, secundados por Pedro Cateriano y amadrinados —en los medios de prensa— por la inefable Rosa María Palacios. Los fujikaviares son los mismos que combatieron fervorosamente el legado fujimorista y que, ahora, se refugian bajo el catingoso kimono naranja, para no perder sus privilegios.

La conversión política de Mario Vargas Llosa ha sintetizado los anhelos de un sector de la ciudadanía —crecientemente mayoritario— que sigue en confusión, debido al ascenso de Pedro Castillo y Keiko Fujimori como próximos contendientes de la segunda vuelta, para elegir presidente en el Perú. Puesto que, ambos candidatos, proponen un conservadurismo social y un autoritarismo en temas de democracia, la elección del mal menor se ha vuelto más difícil que encontrar honradez en el régimen de Alberto Fujimori. A estos candidatos los diferencia la postura estatista del candidato del lápiz y la defensa del modelo, que propone la heredera de la dictadura. Pero desde ya, el legado autoritario que encarna y condona la candidata naranja bastaría para no asumir una postura favorable con su candidatura. Sin embargo, Vargas Losa ha hecho todo lo contrario: se ha avenido con el proyecto político de la china y le ha dado su aval, condicionando ciertos puntos para complacer a la tribuna.

El giro de Vargas Llosa en el Perú —similares actuaciones ya ha tenido, apoyando a Bolsonaro y Uribe— es la punta de lanza que esperaban los progresistas vergonzantes que detestan a Pedro Castillo, pero que a la vez sienten legítimo asco por la candidatura de Keiko Fujimori. En un rápido balance ellos ya tenían su mejor opción,  pero hacer público el endoso a la candidata naranja era motivo de vergüenza. Ahora Vargas Llosa los ha liberado de esos prejuicios y amparados en un amor irrestricto por su patria ya pueden anunciar su apoyo a la candidatura de Keiko Fujimori.

Keiko Fujimori y Pedro Cateriano.

No sería extraño que luego de este pacto infame, que hace nacer al fujikaviarismo en el Perú, veamos a los antiguos caviares sirviendo en las covachas fujimoristas y acomodando sus discursos para medrar del estado, si es que la china llega al poder. Y es que —en el fondo— sus ideas liberales no atacan a todas las dictaduras, sino específicamente a las dictaduras de izquierda. En los regímenes autoritarios de derecha sí se sienten arropados.

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Vargas Llosa se jodió

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Se convirtió en lo que, alguna vez, juró destruir. En su columna Piedra de Toque —publicada en el diario La Crónica de hoy, de México— el Nobel peruano entierra su trayectoria política: pide a los peruanos apoyar a Keiko Fujimori. Políticos, intelectuales y antifujimoristas entran en trompo, mientras la señora K agradece el apoyo y fujis celebran chinos de risa.

Le ganó el cuco del comunismo: Vargas Llosa toma postura apresurada —faltan dos meses para las elecciones de segunda vuelta— y apoya indefectiblemente a Keiko Fujimori. Sostiene que el fujimorismo es el mal menor, si Keiko se compromete con un esquema democrático. Reconocido escritor olvida, o no quiere recordar, que la señora K ya se comprometió, en las elecciones pasadas, a respetar una serie de puntos que hubieran viabilizado un horizonte democrático en el Perú. Pero la señora K nunca cumplió. El marqués tira por la borda todos los años de lucha por la democracia y el respeto por los derechos humanos. Desecha —sin piedad— sus vehementes críticas contra todo tipo de dictaduras: se propone avalar a la hija de un dictador, que reivindica el legado de su padre.

Lo de Vargas Llosa es, desde todo punto de vista, inconcebible. Fue el mismo Nobel peruano quien —con justicia—  ayudó a forjar una narrativa antifujimorista en el Perú, la cual fue fundamental para comprender el descalabro que generó la dictadura del chino, la llamada década de la antipolítica. Hoy, el mismo Vargas Llosa, pide a sus compatriotas que voten por Keiko Fujimori, la heredera favorita de la cepa fujimorista. Según sus argumentos, el ascenso de Pedro Castillo desestabilizaría al país y sería un mal mayor pues su régimen podría degenerar en una dictadura.

De este modo, nuestro premio nobel repite el papel de garante, esta vez con Keiko Fujimori. Es necesario recordar que el marqués nunca la ha chuntado como garante: todos sus defendidos han terminado en cana.

Parece quedar claro que Vargas Llosa condena las dictaduras, pero no todas las dictaduras: prefiere las dictaduras de derecha, antes que las de izquierda. El régimen dictatorial, del chino Fujimori, es avalado por su hija Keiko Fujimori, lo cual dice mucho de su noción de democracia, más allá del rostro acojudado y los llamados a la convivencia, que lanza la misma señora K.

En su testamento político, el marqués no se opone al indulto a Alberto Fujimori, lo cual indica, implícitamente, que condona la dictadura del chino. Por el contrario condena la posible dictadura de Castillo, que es plausible, si se escuchan las prédicas de sus titiriteros. Y por eso se tienen que ajustar todos los candados democráticos, pero no llamar al voto por la heredera de uno de los peores regímenes que asolaron nuestro país.

Vistas así las cosas —y hablando desde el plano político—  viene a la memoria la frase que el asesor Hernando de Soto dijo años atrás en el programa de Dennis Vargas Marín: “Vargas Llosa es un hijo de puta”.

Esto no implica, desde luego, menoscabar la brillante trayectoria del Nobel ni resta un ápice a la portentosa obra narrativa que el reconocido escritor le ha legado a generaciones de peruanos. Las obras de Vargas Llosa constituyen uno de los más grandes monumentos de nuestra literatura nacional y cualquier exabrupto del nobel deja intacto su legado literario.

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Magaly se enfrenta a Castillo y defiende programas basura: “Cuando se pone cultura nadie ve”

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Popular Urraca le pone la cruz al candidato de Perú Libre, por posible regulación de la prensa. Dice que la televisión basura es un concepto subjetivo y que Castillo desea imitar a Velasco controlando los medios de comunicación.

Magaly Medina saca su artillería. Preocupada por una posible regulación de los medios —si el candidato Pedro Castillo llega al poder— dedicó un espacio de su programa farandulero a criticar los planteamientos del profesor cajamarquino. Defendió la libertad de prensa diciendo que la gente es libre de elegir el contenido de su preferencia. Además le metió su chiquita al canal del Estado y dijo que nadie ve su programación porque es aburrida y no tiene creatividad. Cree que —de llegar Castillo al poder— toda la prensa será regulada como en la época de Velasco y el Estado impondrá una programación política y cultural en todos los medios: “El estatismo ha fracasado” puntualizó.

Como es de conocimiento público, el presidenciable Pedro Castillo se ha manifestado siempre en contra de los llamados programas basura, pues considera que embrutecen a la sociedad y sobre todo a los niños. Se debe precisar que no sólo su símbolo electoral: el lápiz; sino todo su ideario y el apoyo que ha cosechado en numerosos ámbitos del país proviene de su prédica en defensa del magisterio peruano. En los lugares más lejanos del país hay un niño, una escuela y un maestro. Y las promesas de Castillo  de refundar la nación —tomando como base el empoderamiento de los valores ciudadanos desde la escuela— han llegado al elector de a pie, tanto como los postulados sobre repartir la riqueza de un modo más equitativo con todos los peruanos.

Es de esperar que la popular Urraca no sea la única que salga a pechar a Pedro Castillo. En el Perú los llamados programas basura mueven ingentes cantidades de dinero y sostienen varios medios de prensa, por lo que el candidato del lápiz no la tendrá fácil, si sigue en sus trece, con la regulación de los medios. No se puede negar tampoco la gran sintonía que este tipo de programas tiene entre los ciudadanos. Y aunque han existido diversos intentos por retirar estos programas de la televisión —huelgas incluidas— todo ha sido infructuoso.

Castillo tendrá que sopesar sus discursos, de cara a una nueva estrategia electoral para la segunda vuelta. Pues no solamente tendrá la campaña de terruqueo en su contra, sino que deberá enfrentar la arremetida de los medios de comunicación —programas de farándula incluidos— que harán lo indecible por minar su candidatura.  Es cierto que, desde un punto de vista institucional, no es adecuado que exista un órgano censor que decida qué se ve y qué no se puede ver. Sin embargo, esto no debería ser una carta libre para que los programas basura minen y modelen las emociones y el razonamiento del pueblo peruano. Se necesita una línea educativa programática y mayor alcance del estado en contenido cultural, para que los ciudadanos mismos puedan evaluar el contenido televisivo y restringir, ellos mismos, la llamada televisión basura. Pero eso requiere un trabajo sostenido. Los programas chatarra se han instalado de raíz en el imaginario peruano y no sería improbable que —así como antes se marchó para retirar estos programas de televisión— algún grupo marche por el retorno de Magaly Medina a la televisión, de ser censurada.

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Pedro Castillo, el chicote que castiga a la derecha y a la izquierda progresista

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Mientras la izquierda progresista se preocupaba por cojudeces —como el lenguaje inclusivo— y la derecha empresarial dosificaba su veneno entre las tres cepas del fujimorismo; Pedro “Speedy” Castillo corría de rincón a rincón, conquistando desde abajo —a punta de anacronismo, ira y populismo— al elector mayoritario del país. No lo empelotó la gran concentración y lo basureó la izquierda barranquina. Hoy el desconcierto cunde en los limeños que confunden el Perú con La Planicie y en los intelectuales que siguen esperando el voto de Nueva Zelanda.

El Perú parió a Pedro Castillo dos veces. Su primer nacimiento se dio en el marco de la lucha por la educación, los intríngulis del enfoque de género y la pauperización del magisterio.  Su retorno se produce en un país desangrado por la pandemia, que día a día bate el record de tener la peor gestión sanitaria, con un pueblo que descree de su clase política y de la política en general. En un país que ha hecho de la indecisión una costumbre, el voto es una veleta y se entrega de acuerdo al humor del momento. El boca a boca y el rechazo prenden más que los planes de gobierno, que nadie lee porque nadie tiene tiempo de leer. Todos los candidatos remontaron —en su momento— la ola, pero el crecimiento incontenible del profesor cajamarquino se produjo días antes de los comicios. Y llegó a las elecciones en la cresta misma de su popularidad. Ya nadie lo podía desbarrancar.

El padre de Pedro Castillo es la derecha despiadada, que lucra con la miseria de los peruanos, robando oxígeno y engordando sus arcas con la pandemia. La madre de Pedro Castillo es la izquierda hipster, enfocada en cojudeces como el lenguaje inclusivo y asuntos no prioritarios como el matrimonio igualitario y el aborto. Ya la encuesta del IEP, realizada a fines del año pasado, trazaba el sentir y las filias del pueblo peruano ad portas del bicentenario. ¿Y qué quería el pueblo peruano? Mayor intervención del estado en la economía, autoritarismo y respeto por los valores culturales tradicionales. Es decir: autoritarismo de izquierda, una izquierda conservadora. Una lectura atenta y desprejuiciada de esa encuesta hubiera diseñado, en mejor medida, la estrategia electoral de los políticos que hoy siguen desconcertados con el ascenso de Castillo. Pero los políticos tradicionales tienen los ojos puestos en su ombligo, cuando no en su pincho o su chucha: ombliguismo, alpinchismo y quechuchismo son las divisas de nuestros padres y madres de la patria.

¿Y dónde estuvo, todo este tiempo, Pedro Castillo? Decir que el profesor cajamarquino representa una novedad es mentir; encumbrar a Castillo como un purista identificado con el pueblo es hablar a medias. Y es que el profesor chotano es un zorro viejo de la política profunda, un equilibrista de la política regional, esa política que la caviarada limeña mira sobre el hombro y que hoy le patea el culo. Sin embargo, su incursión en Perú Libre —debido a la indisposición para postular del líder Vladimir Cerrón— no fue nunca un proyecto veterano, sino un recurso de último momento, para que el partido no pierda la inscripción. Castillo no es un improvisado en política de base; pero su fórmula electorera y con la cual aspira a ponerse la banda presidencial es un sancochado, un ceviche cuajado de mala manera, un tocosh que se desparrama por los bordes de la olla. Castillo y su discurso rupturista sintetizan, simplemente, los anhelos de una gran parte de los peruanos contemporáneos. Tan simple, tan arcano y tan verídico como eso.

No es menos verdad que la “Caperucita” Mendoza sintetizó mayoritariamente, allá por el lejano 2016, los anhelos del peruano profundo. Y siguió aglutinando dicho caudal en estos últimos comicios. Pero el terruqueo de la derecha, el sabotaje de los medios de prensa, el desprecio de sus enemigos y el ombliguismo de sus fanáticos impidieron que ese proyecto se concrete a cabalidad. ¿Castillo le quitó votos a Mendoza? ¿O Mendoza le regaló los boletos del pase a segunda vuelta? La respuesta tiene varias aristas, pero la desconexión entre Mendoza y el peruano de a pie se hizo sentir. Sí, la extrema derecha la terruqueó; sí, fue ignorada por los medios y sí, el progresismo liberal de derechas se cebó en su candidatura a punta de chongo y joda; pero no se puede negar que fueron sus propios fanáticos los que sabotearon su campaña. Fue su propia gente la que profundizó el abismo que la separaba del peruano de a pie. Y además, hay que decirlo claramente: el apoyo de la intelligentsia nacional a Mendoza no le endosó votos en lo absoluto. Los intelectuales, los artistas, los escritores, los académicos y politólogos no leen correctamente al Perú. Su opinión no importa. No tienen capacidad de endose. No son. No pintan. Es más: casi nadie los conoce.

Fue la misma gente de Mendoza quienes destiñeron su caperuza. Y frente a Castillo, ella se vio como la derecha de la izquierda. Con un candidato al congreso que funge como la Paisana Jacinta en versión travesti, con una candidata salida de la prensa concentrada, que vacaciona en Miami y desprecia a las universidades misias, con una candidata que ya no es virgen en política y que, por eso mismo  —con las mañas de los viejos zorros— basurea a su caudal de electores. Y con fanáticos trenzados de heroísmo, déspotas y distantes, que despreciaban a quienes no veían la superioridad moral de su candidata. Fue la misma gente de Mendoza quienes le dejaron la tierra arada a Castillo. Porque Mendoza dejó de hablar del agro y pregonó el lenguaje inclusivo, porque Mendoza mostró como una medalla el apoyo de los economistas gringos y olvidó al votante del sur profundo. Como si el voto en el Perú se decidiera en Barranco, en los yunaites o en las europas. Se dirá: pero eso es caer en dicotomías, se pueden hacer ambas cosas. Se dirá que Mendoza era la promesa de llevar a cabo reformas en varias direcciones. Y no es, necesariamente, así.

El progresismo de izquierdas debe entender que sus teorías y propuestas no le interesan a la mayoría del pueblo peruano. Que el peruano de a pie ve sus prédicas como cojudeces. Si se parte de ese punto la estrategia podría cambiar y en lugar de salir con la pata en alto, a batutear a la ciudadanía, podrían tender puentes con el electorado. Pero no, su estrategia fue confrontar, imponer y censurar. Y ajustar su argolla de superioridad moral, claro está. El progresismo liberal de izquierdas le comió el corazón a Verónika Mendoza y la alejó del peruano profundo. Castillo cosechó las flores que se deslizaban por la cesta mendocista. Cuando las flores que caen no se recogen… como decía Heraud. Y Castillo recogió y recogió bien.

Hoy el progresismo liberal de izquierda dice que el Perú se perdió a Verónika Mendoza. Y sí, en parte es cierto. Pero no es menos que verdad que fue ese mismo progresismo quien la alejó del Perú. Y es que en plena pandemia ¿A quién carajo le importa el lenguaje inclusivo? ¿Qué le importa el matrimonio igualitario a un hombre del Perú profundo? ¿Acaso el campesino, que envía a su hijo al colegio, desea escuchar las prédicas del enfoque de género?

Un hombre pasa con un pan al hombro/¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?/Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo/¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?/Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano/¿Hablar luego de Sócrates al médico?/Un cojo pasa dando el brazo a un niño/¿Voy, después, a leer a André Bretón?/Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre/¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?/ Otro busca en el fango huesos, cáscaras/¿Cómo escribir, después del infinito?/Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza/¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?/Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente/¿Hablar, después, de cuarta dimensión?/Un banquero falsea su balance/¿Con qué cara llorar en el teatro?/Un paria duerme con el pie a la espalda/¿Hablar, después, a nadie de Picasso?/Alguien va en un entierro sollozando/¿Cómo luego ingresar a la Academia?/Alguien limpia un fusil en su cocina/¿Con qué valor hablar del más allá?/Alguien pasa contando con sus dedos/¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

Pero los progresistas liberales de izquierdas no leen a Vallejo, pues se masturban con Michael Foucault y ven los campos de Bordieu hasta en la sopa; leen a Judith Butler y siguen creyendo que Simone de Beauvoir dirigió alguna vez la Biblioteca Nacional.

Esto no es desmerecer los ideales progresistas, claro está. No se puede caer en el esquematismo de quienes se pasan a la otra acerca y creen que la tradición es canon o que el orden cultural debe seguir tal como está. Y que el machismo, el autoritarismo y el culto al caudillo son valores nacionales que se deben respetar. Pero no se puede intentar un cambio cultural con imposiciones, con censuras y considerando a todo aquel que disiente como un potencial enemigo. Los progresistas liberales —que han copado diversas instituciones del estado— han arado sus feudos en base a ideologías progresistas, con las que el pueblo nunca comulgó. De ahí las premiaciones del estado a cualquier cojudez que ostente el lenguaje inclusivo, de ahí el poco consenso a la hora de discutir el enfoque de género, de ahí el plato servido que le dejaron a la extrema derecha para que los moteje como defensores de ideologías divorciadas del pueblo. De ahí nace Porky y su ataque a los caviares. Y es que, debido al puritanismo y a la argolla del progresismo liberal, el candidato de apariencia porcina pudo blandir el cuco del progresismo como el mayor enemigo del país. Si el progresismo liberal se hubiera abierto en pleno diálogo, en lugar de encerrarse en argollas para esquilmar del estado, si hubiera escuchado los intereses de la ciudadanía; entonces Verónika Mendoza sería más. Pero el progresismo liberal jugaba sus propios intereses y eso solamente conduce a un Pedro Castillo, a una Keiko Fujimori, a un Rafael López Aliaga o Hernando De Soto.

Y Pedro Castillo es el cuco que la gran prensa ahora no quiere ver. Porque Castillo es el cuco que construyó la gran prensa concentrada, ocupada como estaba en terruquear a la “Caperucita” Mendoza. Castillo es el engendro de los periodistas que emplazaban a la caperuza con preguntas sobre Venezuela como si la Mendoza fuera contendiente de Maduro. Y fue esta misma prensa la que ayudó a diseñar un candidato que sí reivindica a Maduro, que sí quiere disolver el Tribunal Constitucional y sí está dispuesto a cerrar el parlamento, como en los mejores tiempos del chino. Porque el muñeco cobró vida propia y ahora mantiene en ascuas a los amos. Y es que detrás del muñeco está el peruano de a pie, invisible pero decisivo en disputas electorales.

Pero nada más lejos que intentar ahora un elogio a los pergaminos de Castillo. Pues Castillo será novedoso para los limeños apitucados, pero es un zorro viejo de la política nacional, con todas las taras y filias de los viejos políticos. Un político que no dudó en tranzar con el fujimorismo durante las protestas del magisterio, saliendo con la sonrisa amplia al costado del indescriptible Becerril. Un viejo zorro que ha transitado por diversas tiendas políticas y cuyas conexiones o infiltraciones, en su círculo, del ala “institucionallizada” del senderismo siembran más sombras que luces. Un viejo político que recurre a la ira y al populismo para catequizar a su electorado. Y el representante de la izquierda más anacrónica, más macha, más medieval; en suma, más peruana.

Y si Castillo es un viejo zorro de la política regional,  su propuesta electoral es una suma de improvisación y de anacronismo: Castillo cree que seguimos en la Guerra Fría. Y el más grande pergamino que se cuelga y que sus seguidores le cuelgan, es el de ser el representante de la izquierda más sufrida. Y que por ese hecho tiene el deber moral de conducir los destinos del país. Que entonces, el Perú debe ser su chacra y que toda desviación se castiga a punta de chicotazos. Porque él es campesino, porque él es rondero, porque él es maestro: porque es un peruano del Perú profundo. Y si la credencial más importante para regir los designios de nuestro país es ser un peruano sufrido, entonces que sea presidente Tongo.

Algunos progresistas liberales han comenzado un mea culpa diciendo que no vieron al elector de Castillo. Y los izquierdistas recalcitrantes ya comienzan a elogiar un andinismo esencialista. Como si ser cholo, pobre y misio le otorgara, ipso facto, las credenciales democráticas. Nos movemos rápidamente al otro extremo: pasamos de los que han hecho de lo gay y del feminismo algo sagrado, a los que hacen de lo cholo y del andinismo lo sacrosanto. Pero quienes recurren a esos ejercicios de culpa y de mala fe son los mismos que viven desconectados del pueblo, aquellos que, enclaustrados en cómodos pupitres, no conocen las peripecias del peruano. Su culpa les hace sacralizar al cholo, que conocen a través de Quijano, Nugent o Bruce. Su penitencia es divinizar al cholo, porque solamente lo reconocen por manuales. Pero quien conoce las dinámicas populares no sufre de ese tipo de neurosis y sabe que ser cholo, como ser gringo, como ser negro, como ser chino, no implica un heroísmo atávico. Quienes paternalizan lo cholo son los que se sienten lejos de las dinámicas cholas, su mala fe y su distancia les hace ser acríticos e hipócritas. Y entonces, cuando lo cholo es criticado, sacan el dedo acusador del ¡clasismo, clasismo! para disimular su desconocimiento de las dinámicas peruanas. Según ellos, lo cholo es una categoría sagrada. Es más fácil, entonces, decir que Castillo es un fascista de izquierdas, o un autoritario de izquierdas, que decir que el grueso del electorado que votó por Castillo tiene el germen y el combustible del pensamiento autoritario. Porque Castillo no se representa a él mismo, sino al peruano de a pie, aquél peruano sobre el que trabajó, a medias y en vano, el caviarismo y al que despreció la derecha durante tantos años.

Y ahora se tiene que elegir entre la hija de un mafioso dictador y un autoritario de sinuosa carrera política —y representante del esencialismo andinista— que tranzó con la bancada del mafioso dictador. Entre el plomo y el chicote; entre la coca y la hoja de coca; entre “la letra con sangre entra” y el “nosotros matamos menos”. Entre la yakuza y los herederos de Benel; entre la derecha autoritaria y la izquierda intransigente. Entre la china hipócrita, que se calza un chullo para verse como peruana y el cholo, que dice representar – solamente él – al verdadero peruano.

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