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Literatura

Escritor rechazó apoyo de empresa minera Cerro Verde: “La cultura no debe contaminarse con la corrupción”

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Un hecho curioso sucedió en la ciudad de Arequipa, donde el escritor Luis Manuel Ormachea Azpilicueta, fue uno de los cinco ganadores que accedió a un fondo concursable de producción bibliográfica. Ormachea recibiría 450 ejemplares de su libro para su libre distribución o venta, pero el escritor lanzó una dura crítica en medio de la ceremonia.

Durante la ceremonia de reconocimiento, el escritor Luis Manuel Ormachea tomó la palabra antes de recibir los ejemplares, y anunció que no se llevaría los libros porque son auspiciados por una empresa minera, en este caso Cerro Verde. Su crítica dejó perplejo a las autoridades presentes: “La cultura no debe contaminarse con la corrupción, no hay ninguna razón para que la cultura sea secuestrada por el comportamiento mafioso de algunas empresas que no respetan el medio ambiente», manifestó Ormache.

Sus palabras fueron una clara defensa a favor de la agricultura. Además, rechazó la corrupción y el lobby. Según el escritor, la Municipalidad Provincial de Arequipa actúa en «comparsa propagandística» con Cerro Verde y utiliza el nombre de los artistas que se ven obligados a recibir el apoyo que les ofrecen.

Contra la minera lanzó un duro mensaje: “A los señores de la minería, vayan a limpiarse el hocico con otras personas, (mis libros) tómenlos como un presente, derrepente va servirles cuando tengan que coimear”.

Luis Ormachea, a pesar de ser seleccionado rechazó el fondo concursable y los ejemplares impresos, participó con su obra «Pabellón del Resuello» y solo se llevo 1 ejemplar, libro que consiguió en un acto de arrebato al arrancarlo de las manos del subgerente de Educación y Cultura de la municipalidad provincial, Nilo Cruz.

Esta acción genera un importante precedente en el sector cultural, ya que durante años la gran mayoría de artistas se han mantenidos mudos ante los actos de corrupción, la destrucción de nuestro patrimonio o la explotación de nuestros recursos naturales dañando el medio ambiente. En este caso el caso Richard Swing ha sido el escándalo más sonado del sector cultural en el Perú, teniendo como epicentro el propio Ministerio de Cultura.

Fuente: HBA Noticias.

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Cultura

“Historias al ritmo de Chacalón”, de Fernando Carrasco Núñez

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Hace muchos años, en la década de los ‘80s, por esas cuestiones del azar, caí en la Carpa Grau.  Fue la primera vez que escuché en vivo a Chacalón y la Nueva Crema. Salíamos de un concierto subte por el centro de Lima y rebuscábamos Pisco Vargas o Conde de los Andes o Camino al Cielo.  Éramos un grupo de subterráneos de 18 años caminando por las callejuelas adyacentes a la avenida Iquitos y a ese edificio infame conocido como Palacio de Justicia, noticiados de la venta de estos licores espirituosos en fondas de temida reputación.

Entre empujones, burlas y miradas que pasaban del asombro al achoramiento y del reto al desprecio, los que en aquella época conocíamos como chicheros, observaban nuestras ropas negras, los chancabuques de milico, los pelos parados o muy largos, los rostros desconcertados de muchachos mestizos como ellos, pero cuyos padres tal vez llegaron antes a esta Ciudad de los Culpables que no considerábamos nuestra. Así nos zampamos a la Carpa por unas rendijas, sobornando con media res a un cholo trejo que oficiaba de guachimán. Recuerdo claramente que Chacalón cantaba El Provinciano y cientos o miles o millones de circunstantes, para el caso da lo mismo, se agitaban dando pasitos que mezclaban el rock setentero con la salsa y las notas tristes del huayno serrano.  Hombres y mujeres vestidos con ropas multicolores bebían cerveza por hectolitros y coreaban con hondo sentimiento, soy muchacho provinciano me levanto muy temprano, para ir con mis hermanos, a trabajar, no tengo padre ni madre, ni perro que a mí me ladre, sólo tengo la esperanza, de progresar, busco una nueva vida en esta ciudad…

Recuerdo que el Chato Jorge (tránsfuga de la Universidad de Lima refugiado en la Agraria), subte de Lince y fanático de Echo and the Bunnymen, Siouxsie y Gabinete Caligari, groupie de los aurorales Voz Propia y pata de la gente de Eutanasia, me miró y me dijo, oe Troglo, estos si son subterráneos, huevón… no esos anarco-fumones, borrachos y vagos mantenidos de la Helden o de la Jato Hardcore, esta gente chambea, huevón y sufre de verdad, huevas, este es el verdadero Perú.  Mira, mira, causa, mira ese pogo, dijo señalando a la masa ondulante y ebria: panaderos, mecánicos automotrices, empleadas del hogar, ambulantes, obreros metal-mecánicos, carpinteros, jornaleros, campesinos sub-proletarizados llorando con la estremecedora guitarra del maestro Carballo y la peculiar voz de Chacalón y entonces, sin darnos cuenta, ya nos encontrábamos cantando Qué dolor siente mi corazón…

Papá Chacalón.

Desde ese entonces empecé a escuchar las canciones de Chacalón. Mi barrio de origen era un barrio que se ufanaba de salsero y rockero, en el mejor de los casos, paisanos “decentones” devotos del huayno clásico del Jilguero del Huascarán, Pastorita Huaracina o Picaflor de los Andes, pero nunca propensos a esa “horrible música de serranos achorados” que era como calificaban a la música chicha la mayoría de universitarios e incluso los radicales que habían tomado las armas, quienes repetían cual catecismo: el que habla de razas es racista, el que habla de clases es clasista.

Pocos años después coincidiríamos con Cachuca en los estudios de Filderes en Ingeniería, cuando aún se formaban las canciones iniciales de Los Mojarras y Semilla Nociva pergeñaba las primeras notas de El Poema Anarquista y País Racista.  Para entonces, la realidad del país era otra, pero la música chicha seguía permaneciendo al margen. A pesar de sesudos tratados sobre el tema, a despecho de los intelectuales izquierdosos y de los esnobs que adoptaban la chicharra como emblema, cualquier estilo chichero (luego le dirían cumbiambero para asimilarla a los medios), seguía estando al margen de la ley de los bienpensantes criollos-blancoides, quienes en su temor cerval al indio levantisco asociaban la guitarra rockera-huaynera matizada con raptos de salsa, con el delincuente asaltabancos y el cholo altivo que no cree en nada ni en nadie, ni siquiera en el dios de los cristianos. 

Testimonio esto porque he leído varios comentarios, seguramente bien intencionados, respecto a “Historias al ritmo de Chacalón”,  magistral libro de cuentos de Fernando Carrasco Núñez.  Y un lugar común a estas reseñas es aquél que reza que el libro narra la historia de la Lima marginal, chichera y lumpen. Palabras más, palabras menos, este es el lugar que se está haciendo común para aquilatar la obra de Carrasco.  Craso error de quienes solo ven la epidermis de una obra que auguro será mayor con el tiempo, la madurez y los cojones bien puestos del autor.

Fue Marx quien categorizó a ese segmento de las clases sociales conocido por no dedicarse a actividades productivas, si no a acciones al margen de las leyes del Estado, con el término lumpen-proletariado (lumpen en alemán vendría a ser andrajoso), una subclase inferior incluso a la del proletariado, carente de conciencia de clase y como pretendían ciertos sectores, el perfecto colchón o punto de apoyo de la burguesía para sus fines particulares. 

Una definición más precisa la brinda el propio Marx en el capítulo V (escrito en 1852) de “El 18 de Brumario de Luis Bonaparte”: “Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de diciembre (…)”.

Pues bien, “Historias al ritmo de Chacalón” (SINCO Editores, 2020) de Fernando Carrasco Núñez (Lima, 1976), contiene algunas historias con personajes y argumentos propios de esa capa social tan temida por los criollos inservibles que se alucinan europeos, pero en conjunto el libro no es un fresco exclusivo de esa Lima lumpenesca, temida hasta la pichi por la izquierda almagrista y la derecha pizarrista, de esa Lima achorada compendio de los hijos del Perú Real, del Perú profundo, ese que le paró los machos al invasor chileno, al reptil Fujimori, al asesino AGP, al traidor Humala y a todos los Regentes que vienen gobernando nuestro país en contra de la voluntad popular manipulada en elecciones farsescas cada cinco años.  Esa Lima que muchos denuestan como lumpen (lo más cercano al lumpen-proletariado serían ahora los mototaxistas reguetoneros o la escoria caribe con estatus de refugiados políticos), esa no es la Lima que he podido percibir en el libro de Carrasco.

Veamos por qué digo todo esto y por qué resulta injusto ese reduccionismo facilista de etiquetar la narrativa de Fernando Carrasco, en particular la desplegada en este libro, como una oda al lumpen nacional, como la narrativa de la marginalidad. 

En primer lugar, los cuentos cumplen con el que tal vez deba ser el único requisito a exigir a cualquier creador: las historias están muy bien contadas, los cuentos son redondos y te mantienen en vilo, te conmueven, te asquean, te deleitan o simplemente te arrancan una sonrisa o una lágrima: este libro, amigos, se lee de un tirón.  No es pretensioso, ni artificiosamente almibarado, no desbarra en rosquetadas experimentales tan queridas por post-modernos de izquierda y derecha.  Desde lo más profundo del tuétano andino barrial, Carrasco chapa su chela, apela al recuerdo, usa su talento, conjura la nostalgia, afila la chaveta y empieza la fiesta de contar una buena historia, deleitando al circunstante, tal como lo hacía cuando entonaba boleros en el fenecido Bar de Ciro.

En segundo lugar, la verdadera narrativa del lumpen peruano, la auténtica narrativa de los marginales es, a mi entender, la narrativa de esos mamertos que se solazan contando historias onanistas de Mirafloresmanta, Sanborjayocc y La Molinamarca,  infradotados que alucinan ser ciudadanos del mundo,  hijos de milicos genocidas, sobrinos de congresistas rateros, entenados de altos burócratas ministeriales, hermanos de políticos de todos los pelajes, gaintelectuales incapaces de conmoverse con el llanto de un niño, marihuaneros sin horizonte, hijos de meretrices de la política lorcha, entenados de empresarios explotadores, escritorzuelos felatrices de Españistán y come-niños disfrazados de periodistas, es decir, el verdadero lumpen que apesta nuestra Patria, todos esos marginales al Perú hirviente de los barrios de un país con más de 32 millones de habitantes, mutantes de una realidad dolorosa, injusta y pletórica de historias que nada tendrían que envidiar al neorrealismo italiano o la narrativa de los jóvenes airados que tan bien contó el británico Alan Sillitoe en La Soledad del Corredor de Fondo, a mi parecer, el texto más inmediato al libro de Fernando Carrasco, vecino de Nocheto, El Agustino.

Cuando Chcalón canta, los cerros bajan.

Y como dicen que para muestra un botón, y como un solo botón sería mezquino, comentaré 3 cuentos redonditos, en donde relumbra la verdadera temática del libro: el racismo y la exclusión, la guerra de clases y la descomposición de una sociedad asentada en cimientos de papel, la habilidad y la honradez de un pueblo que sufre y trabaja sin descanso y sin temor a la muerte.

1. Carehuaco

2. El retorno de Carmela

3. Tú serás la causa de mi muerte.   

Carehuaco

Subtitulado “Llanto de un niño”, como la inolvidable canción de Chacalón, cuenta la historia de un niño que a la tierna edad de 8 años es rebautizado como Carehuaco, apelativo infame que en el Perú puede condenarte al acomplejamiento, al ostracismo y al fracaso.  El pequeño, cuyo nombre no se menciona, es oriundo del puerto de pescadores de Pimentel, en el norte peruano.  Hijo y nieto de pescadores, Carehuaco es el vivo retrato de su padre y es, además, el vivo retrato de los pescadores artesanales peruanos, esos hombres que se hacen a la mar en una chalana en busca del sustento cada madrugada, sin derechos laborales de ningún tipo, condenados por la gran industria pesquera y la contaminación a alejarse cada vez más mar adentro por cada vez menos pescado. El padre de Carehuaco es tragado una madrugada por la mar junto a tres compañeros y los cadáveres nunca aparecen. Aquí comienza la vida del niño norteño en la Ciudad de los Culpables: su madre, imposibilitada de hacerse cargo de 3 niños, decide enviarlo a Lima con sus tíos, mientras ella se queda en Pimentel (Chiclayo), trabajando para mantener a los 2 más pequeños, que ni siquiera pudieron conocer al padre.  Narrado en primera persona por el propio protagonista, quien lleva de la mano al maestro/escritor a través de la historia, este es sin duda alguna el relato más conmovedor del libro.  El personaje principal es un niño que a los 14 años recuerda cómo nació el apodo Carehuaco y cuenta sin complejos ni resentimiento las circunstancias en que surge el apelativo, atizado por la sabiduría y la discreción del maestro/escritor, alumbrados por un juguito de fresa con leche y varios cafés humeantes.   

El desenlace, magistral a mi modo de ver, ocurre cuando la maestra María Chumpitaz Arias lleva una mañana un libro de láminas para ilustrar la clase acerca de la Cultura Mochica.  Después de describir detalladamente los logros de esta gran cultura de la costa norte (arquitectura, hidráulica, la cultura militar y marinera, la orfebrería), la profesora saca de su cartera el libro bellamente ilustrado.  Va mostrando a los niños las imágenes de collares, orejeras, utensilios de oro, máscaras, hasta que aparecen las obras de alfarería: los famosos huaco-retrato.  En ese instante un palomilla grita, ¡Yarlequé, allí está tu cacharro!, y el salón revienta de risa.  Pero Carehuaco permanece impasible, maravillado, observando el huaco-retrato que le resulta tan familiar, que le trae a la memoria el rostro de su padre, el inconfundible rostro de su padre. De un momento a otro, sus ojos se inundan en lágrimas ante el recuerdo: “dirigente de los pescadores de Pimentel, aguerrido, sabio y fuerte como un algarrobo”.  Así era su padre.

La profesora lo abraza y lo saca del salón. Lo reconforta, lo instruye con sabiduría, le insufla amor propio, identidad y autoestima: “me dijo que yo siempre debería vivir orgulloso de mi padre, y, sobre todo, de haber heredado la inteligencia y la belleza de los antiguos moches”. 

Como es natural en Carrasco, este hermoso cuento tiene una banda sonora de amplio espectro.  Desde los gustos musicales de Yarlequé padre (La Paz y la Dicha y Llanto de un niño, de Chacalón y la Nueva Crema, valses, marineras y tonderos, entre los que menciona La Perla del Chira) hasta las canciones que la madre cantaba mientras cocinaba (Nueva Ola, baladas de Juan Gabriel) y los valses de Los Embajadores Criollos que entonaba su padre los domingos, las canciones fluyen como aguas trinas alumbrando escenarios y reforzando episodios.

Otro aspecto a destacar del cuento es la presencia inmanente del maestro/escritor y su bonita agenda de cuero verde. Más allá del fetiche, la presencia del Profe y su elegante agenda de cuero anuncian que el alter ego de Carrasco ya le echó el ojo a una buena historia. Lo demás es trabajo del artista. Carrasco no es un escritor profesional y dudo que quiera serlo.  Carrasco, lo sabemos, es Licenciado en Educación por la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle “La Cantuta” y se gana los frijoles como profesor y la literatura, barrunto, la considera como un oficio con el cual interpretar el caos y el desorden de este mundo, que si le permite ganarse unos cobres, bienvenido sea, pero la dimensión psicológica y el despliegue intelectual, la ética y la estética de este volumen de cuentos me impiden pensar que, por lo menos ahora, Carrasco acomode las nalgas para  escribir-corregir–quemar sus naves literarias sólo por la ilusión de agenciarse unos cuantos morlacos.

Un cuento como Carehuaco en épocas de globoidiotización  y cosmopolitismo epidérmico, objetivo de las nuevas izquierdas y las derechas decrépitas, podría parecer a los paladares “finos” un alegato cuasi provinciano.  Pero  no debemos olvidar que se puede ser universal desde lo local, sin haber salido nunca incluso de tu propia manzana, porque como respondió Arguedas a Cortázar, “todos somos provincianos en este mundo, provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”.

El retorno de Carmela

Carmela, muchacha ancashina, vive en Nocheto (Santa Anita) en un cuartito alquilado.  Oriunda de un caserío de Yungay es enfermera técnica y trabaja en una clínica de Lima.  Cada semana, los viernes por la noche, Carmela aborda un ómnibus interprovincial y enrumba hacia su natal Yungay, tras recorrer cerca de 500 kilómetros remontando la Cordillera de los Andes. Después de la obligatoria visita a la familia, la joven corre desesperada a los brazos de su amante secreta: el Hada Verde.

La técnica que usa Carrasco para narrar la historia demuestra que abundan en su taller literario las herramientas precisas para hilvanar fino.  Por un lado, el punto de vista omnisciente de una tercera persona cuenta a Carmela en remisión apelando al recuerdo para exorcizar las causas que la empujaron al vicio del alcoholismo. Por otro, es la propia Carmela quien detalla su historia a su apreciado profesor del taller de literatura.

Esta técnica usada por Carrasco resulta funcional para el difícil tema del alcoholismo femenino.  Carrasco deja fluir la historia en labios de Carmela, desde que siendo una adolescente se refugia en el licor para librarse del miedo y de la presencia lacerante de un agresor sexual (un familiar cercano venido desde Lima) que intenta someter a una pre-púber Carmela, casi con el consentimiento de su propia familia: Carmela debe enfrentar en soledad este episodio violatorio y el alcohol se convierte en refugio ante la imposibilidad de comunicar y exorcizar con alguien el atentado que sufre siendo niña.  Sin ápice de didactismo ni moralina, nos enteramos a través del desarrollo de la historia cómo la propia de familia es quien introduce juguetonamente a Carmela en el mundo del vicio. Los conocidos cumpleaños familiares, las festividades patronales, las fechas conmemorativas, cualquier pretexto es bueno para, entre bromas, obligar a los adolescentes a probar alcohol y son los propios padres y familiares directos quienes conducen a sus hijos al desbarrancadero donde mora Baco. 

Pero no es el canal familiar el único sendero para llegar a enviciarse con la droga más consumida entre los adolescentes peruanos.  El ambiente amical de Carmela, primero en el colegio y el barrio y luego en el Instituto de Enfermería de Yungay, en donde en contra de cualquier pronóstico, Carmela se gradúa de enfermera (porque era “una borrachita responsable”) y luego la Clínica limeña en la cual recala la protagonista, en todo lugar la muchacha encuentra una pandilla de dipsómanos dispuestos a entablar relaciones íntimas con el Hada Verde, algo que se inicia como un juego divertido y placentero pero termina desarmando el cerebro hasta apagarlo.

Sin embargo, son la vergüenza y el amor propio de Carmela los que la conducen a la decisión de escapar del Hada Verde que la tiene aprisionada y a punto de acabar con la dignidad de su existencia y con su propia vida. Sabemos que el alcohol daña los lóbulos frontales y temporales de la corteza cerebral.  Estas zonas del cerebro son las encargadas de procesos complejos como el control de los impulsos, el ajuste a las normas sociales, la autopercepción en sociedad y los propios comportamientos personales. Es decir, las zonas más importantes para controlar los problemas con la bebida resultan ser las más dañadas por el alcohol y por tanto, a más trago por más tiempo, mayor será el daño infligido al cerebro y al organismo.

Tal pareciera que Carrasco ha vivido la experiencia en carne propia, porque la descripción del período de abstinencia de Carmela, desde que toma la decisión de librarse del Hada Verde —es así como llamaba Wilde al ajenjo, el elíxir espirituoso de 89° preferido por la bohemia del siglo XIX—  hasta el momento en que debe pasar la prueba de fuego en el matrimonio de su hermana, es vívida y real.  Carmela resulta victoriosa y logra mantener la abstinencia: es  joven todavía, se aferra a los recuerdos bonitos de su infancia rural, al cariño de su familia, al recuerdo de su pueblito, a las canciones y el amor familiar que alumbraron sus primeros días.

Ante el espectáculo macabro de la descomposición de la Sociedad Andina (incluyendo en el término a la 100% andina Ciudad de los Culpables), siempre resultará interesante la banda sonora de cada cuento que nos entregue Fernando Carrasco. Porque la sinfonía de las ciudades cosmopolitas e hiper-pobladas constituye el trasfondo de la épica de los mortales comunes que se buscan el sustento diario en sus calles, parques, plazas, mercados y en los más impensables vericuetos.

En este caso, la odisea de Carmela transcurre al ritmo de la cumbia peruana y del huayno moderno.  Acompañan en las diferentes etapas de la odisea de la protagonista los huaynos de Sonia Morales (Perdóname) y Dina Páucar (Volveré), los cuales juegan probablemente una doble función: por un lado, evocan una infancia feliz lejos del mundanal ruido en su Yungay natal, pero por otro, a través precisamente de esa nostalgia, conducen o mantienen a Carmela en el desbarrancadero en el cual Baco celebra eternamente. Escuchamos también las cumbias de Agua Marina (El casorio) y Armonía 10 (Herido corazón, El Cervecero) y las del sempiterno Chacalón, idolatrado en el natal caserío de Carmela por su viejo amigo El Conejo chacalonero y que al ser escuchado en el barrio que le da cobijo en Lima (Nocheto, barrio chacalonero como el que más), la conduce a la añoranza y al deseo irrefrenable de aliviar la nostalgia en el alcohol.

Finalmente es imposible dejar de recordar el famoso poema El Brindis del Bohemio del mexicano Guillermo Aguirre Fierro (Pero en todos los labios había risas/Inspiración en todos los cerebros/Y repartidas en la mesa/Copas pletóricas de ron, whisky o ajenjo), ante el recuerdo de la familia perdida por culpa del vicio y las malas juntas que Carmela rememora en el bus de retorno a su pueblo natal.  La Carmela de Carrasco es el arquetipo de cierta mujer novo-andina, aquella que sale adelante pese a las vicisitudes y pese a que la mujer es más susceptible que el hombre a problemas asociados con el consumo de alcohol, tanto problemas de salud como de dependencia, por no mencionar la vulnerabilidad de una mujer ebria a recibir agresiones sexuales. 

Carrasco en la tumba de Chacalón en el cementerio El Ángel.

Tú serás la causa de mi muerte

Para el común de peruanos el término lumpen carece de significado, les resulta absolutamente desconocido. Incluso para jóvenes universitarios salidos de las canteras de las universidades-pollería de los últimos años, la palabra lumpen o lumpen-proletariado sonará a insulto en alemán o quechueslovaco, algo así como reconchetumare. Pero si les mencionas que el causa en cuestión es palomilla, bandidito, chueco, choro, ladrón, como que los muchachos ya van comprendiendo como es la nuez.  Un causa puede ser choro, pero si no choca con el barrio (como los choros de antaño), entonces el causa es bandidito no más.  Si el causa es un choro (torreja, monse, faite, taita, en fin) que tuvo que colgar los guantes porque lo lisiaron en un enfrentamiento, porque reflexionó en cana o porque vio la luz en algún lugar de culto evangélico, entonces ese choro plantado se dedicará a escuelear a los jóvenes del barrio sobre las inconveniencias de tan finos y elegantes menesteres. Sin embargo, hay otros que no se arrepienten nunca y aun cuando hayan colgado los guantes, mediante el viejo oficio de contar historias, se dedican a trabajar el ingenio y a ser memoria viva del gremio.

Uno de estos “hombres de la noche”, surgido de un barrio del cono este de Lima, es quien cuenta la historia al Escritor Noctámbulo en un bar del centro de Lima, no sin antes advertirle al colega (porque a fin de cuentas ambos son contadores de historias) que lo que va a escuchar es una verdadera historia (no una  historia verdadera): vitalista, callejera, “…no sonseritas de pecho frío, poseras e intelectuales”.

El arte de Carrasco se afina en este relato. El narrador es presentado como un lector impenitente, pero es a la vez un causa trabajado por la vida, un tipo con calle, lo cual le ha permitido entre otras insignias, conseguir joyas literarias a precios irrisorios (Arlt, Hemingway) y hacerse de historias asombrosas. Víctima del extraño vicio de leer caminando, empieza a referir su historia en la particular jerga de los conos de Lima, principiando en una infancia dura y llena de carencias con alusiones concretas al desastre del primer gobierno aprista, a la adolescencia pelotera en medio de los apagones causados por la voladura de torres de alta tensión en los ochentas y aquella canción “Viento” como dolorosa banda sonora de una niñez en la que aprendió a contar ficciones a sus patas del colegio para hacerse invitar el fiambre.  Sin censuras, el narrador oral va indicando al Escritor Noctámbulo los secretos para contar una buena historia, sin desviarse, exagerando un poquito pero haciéndola siempre creíble, sobre todo si  uno es el protagonista, “las cositas claves del escenario y de los personajes, minucias, gestos”.

Resulta curioso, ignoro si ha sido adrede, pero quien haya conversado con un narrador oral de estratos populares, descubre una capacidad increíble para hilar historias, la cual es mayor por la capacidad para improvisar, si el narrador es un individuo carente de preparación académica, si es un contador de historias nato. Esta capacidad nacida involucra actividades cerebrales complejas como recordar, manejar diferentes registros lingüísticos, leer, escribir, escuchar, recrear y componer música inclusive.

Para quienes hemos entroncado nuestro destino con el pueblo, subleva la incapacidad de la juventud actual para hilvanar apenas frases u oraciones inteligibles. Influencia de la televisión y la radio, del lenguaje cibernético y del reguetón vomitivo parido en las máquinas clónicas en el norte de América, los muchachos de estos días, se distinguen por su afasia y su incapacidad para comunicar ideas, emociones y sentimientos.  Pero, si uno se adentra en el corazón de los diferentes estratos de la masa viva, la cosa cambia.

Entonces, en personajes tan disímiles como los que presenta Carrasco, ¿cuál es la índole de la memoria? ¿Sería posible el pensamiento sin lenguaje? Según algunos neuro-psicólogos todos los procesos del pensamiento involucran o están determinados por el lenguaje y la afasia significa la muerte de la cognición.  Según otros, como los seguidores de Jean Piaget, pensamiento y lenguaje son corrientes separadas y creen que el pensamiento puede proseguir en forma inalterada pese a una afasia aguda.

Muchos pensadores han asociado la descomposición del lenguaje con la corrupción o descomposición social. Octavio Paz dice que “cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje”, Karl Kraus creía que toda depravación de la palabra permite reconocer la depravación del mundo, la prueba de que algo está podrido en la base. Consideraba Kraus que la corrupción lingüística era la causa de la degradación de los pensamientos y las conciencias; según él, las personas que hablan mal y escriben mal también pensarán y actuarán mal.

Carrasco, hijo del pueblo, ha conseguido maridar sin problemas el lenguaje lumpen de la Lima actual (incluida la jerga del hampa), con una prosa elegante y eficaz, carente de barroquismos ociosos.

El relato recorre sin dar tregua al lector escenarios tan disímiles como las cantinas de El Agustino y Barrios Altos, el óvalo de Santa Anita, un local en La Molina y el famoso Bar del Sastre en Nocheto, que es donde se va gestando la historia central del relato:  el viaje del protagonista a Tingo María, en la selva central del Perú, llevando un misterioso Toyota Yaris color guinda, por encargo de gente colombiana metida en “asuntos bien serios”, a través de un viejo conocido del anti-héroe del cuento, un zambo apodado Metralleta. Metralleta es un zambo canero y de poco confiar, famoso además por gilero y recurre al anti-héroe, hijo empobrecido de un antiguo Rey de la Papa abastecedor de las pollerías grandes de Lima, bonanza que le permitió al protagonista estudiar en el CMLP y aficionarse a las armas de fuego, afición que más tarde le servirá para agenciarse de un dinero extra.  Browning, Magnum y otros fierros, con el número de serie bien limado, le permiten ganarse unos cuantos cobres adicionales a su trabajo como taxista en un destartalado Daewoo Tico color amarillo.

De manera increíble, el carro estaba limpio de cualquier tipo de droga, pero era el gancho para endulzar al Chatín (el protagonista-narrador) con el fin de trasladar un cargamento de veinte kilos de cocaína desde Tingo María hasta Lima, en complicidad con un agente del CORAH (un proyecto especial de control y reducción de la coca en el Alto Huallaga, financiado por EU).  Todo está conversado, le van a dar incluso un nuevo DNI y es imposible que algo salga mal. El protagonista se debate en un mar de dudas, pero es pobre y siempre le ha gustado correr riesgos. Recuerda con nostalgia las buenas épocas de su vida, cuando el padre tenía dinero. Su joven mujer está gestando y no tiene seguro social ni un trabajo fijo.  Este segundo viaje le permitirá agenciarse un buen puñado de dólares y, si todo sale bien, armará un negocio en Lima, una bodeguita, tal vez una librería o un pequeño restaurante, lo que sea.  Las dudas atormentan su alma, pero como la primera vez se dice, o todo o nada.

Después de varias vueltas de tuerca magistrales, el desenlace del cuento es contundente e inesperado: Metralleta engaña a los colombianos, “cierra” a los policías cómplices del engaño, se queda con la droga, no le paga al Negro Humo, torturador de los colombianos para lograr el rescate, incluso ha sembrado una leyenda difundida por el Pucarino: ha sido ajusticiado por unos chiquillos lúmpenes del Callao y su cadáver arrojado en un basural de Caquetá. Pero Metralleta no puede engañar al más sapo de todos, al que se la tenía bien jurada, al dueño de la Beretta Magnum.

Colofón

Si esperábamos encontrar en la narrativa desplegada por Carrasco los viejos tópicos alusivos al Ande, apus tutelares, jarjachas terroríficas y wamanis sagrados, nos daremos de muelas contra el pavimento ahuecado, sucio y maloliente de las calles de Lima, mega-urbe en la cual se entremezclan al ritmo de Chacalón los hijos de los migrantes de todo el país, conformando una nueva raza que aún no sublima su más pura esencia por múltiples causales de orden social, político y económico, pero que en el camino irá adquiriendo forja e identidad, tal como lo hacen los inolvidables Carehuaco, Carmela, Jacinto y Eliseo, los Once Chavetas, los habitúes al Bar del Sastre y qué duda cabe, el personaje principal de todos los cuentos: el inconfundible Profe y su boina y zapatos marrones, pantalón beige y agenda de cuero verde, regalo de Carmela. Es el Profe quien logra arrancar con su sabiduría, cariño y paciencia las potentes historias a los personajes más disímiles como los que hemos disfrutado en los siete cuentos de Carrasco. 

A manera de epílogo anotaré que a lo largo de este hermoso volumen de cuentos permanece latente y dolorosa la herida principal que desgarra a la sociedad peruana real, no esa que se cuentan entre ellos mismos los malcriados ahijados del Marqués Lorcho. Comenzando por el niño norteño marginado con esa aleve maldad infantil por otros como él mismo, debido a las facciones de su rostro pre-hispánico, hasta el equipo de fútbol de los Once Chavetas, cruzando por la joven Carmela (huanuqueña, huaracina, huancaína, yungaína, puneña, con toda justicia neo-limeña) recuperada del alcoholismo por su fuerza de voluntad y el amor familiar, este volumen de cuentos arranca el velo con el cual el capitalismo de alta intensidad (implantado violentamente en el Perú hace casi 30 años) pretende ocultar nuestros rostros: seguimos todavía a una distancia sideral del pretendido paradigma integrador y optimista que planteara el Inca Garcilaso de la Vega hace más de 4 siglos. Ese sueño integrador de Garcilaso, convenientemente defendido por los que disfrutan de las gollerías de un sistema económico y un orden social injusto, asesino de las ilusiones de un pueblo de “hombres que aman y luchan llevados por un cruel destino”.

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Cultura

José Luis Ayala Olazával y el mundo mágico de la literatura

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José Luis Ayala Olazával nació el 24 de setiembre de 1942 en Huancané, pueblo hispano-quechua-aymara. Su bisabuelo fue el coronel Félix Olazával Romero, defendió el honor patriótico del Perú en 1879 frente a la Guerra con Chile. Es biznieto de Juan Ayala Catacora, a la vez biznieto de Juan Basilio Catacora Heredia. De niño escuchó estos nombres que han formado su memoria. Hijo del maestro huancaneño Juan Luis Ayala Loayza y de la dama moheña Leonor Olazával Angles, ambas familias de origen mestizo vasco y aymara. 

José Luis Ayala Olazával es un destacado cronivelista, poeta y transgresor de géneros literarios. Condecorado por su prolífica obra literaria. Ha publicado 78 libros, 20 libros inéditos. Le falta escribir 2 libros para llegar a los 100. Publicó una antología general de su poesía en dos tomos. No tiene tiempo para pensar en la muerte. Ha sido señalado por la crítica literaria como un escritor total y multifacético. 

En el Parque Pino de Puno: José Ruiz Rosas, José Luis Ayala y Pacha Jatha Willka.

La poesía es su oficio esencial, abarca y alienta sus libros. Escritor aymara con 65 años de oficio. Cofundador de la Promoción Intelectual “Carlos Oquendo de Amat” de Puno. El poema sinfónico: “Zorro, zorrito”, tiene la composición musical de Edgar Valcárcel Arze. Además, dio conferencias y recitales en Berlín, París, Madrid. Participó en el l Encuentro de Poetas y escritores latinoamericanos de Santiago de Chile. Invitado a la Feria Internacional del Libro de Turín (Italia), a la XIX Festival Internacional de Poesía en Medellín y al VI Festival Internacional de Poesía de Nicaragua. 

Es esencialmente un escritor nato, dotado de un calificado talento para desarrollar diversos temas ya sea en ensayo, cuento, novela, poesía, crítica, teatro y periodismo. Su vocación vanguardista lo ha llevado a transgredir los géneros literarios, de modo que ha escrito cronivelas, antinovelas, kipuemas, solemas, etc. Además ilustra sus poemas con grafías y alegorías que provienen del mundo andino.  

José Luis Ayala ofreciendo una lectura de poemas de su libro “Celebración del Universo”.

De niño estudió primaria en escuelas rurales donde su padre fue profesor, de modo que aprendió aymara y es uno de los más destacados poetas que escribe en ese idioma. Esa es la razón además por la que ha realizado el más importante texto: “Cultura y literatura aymara”. Su libro más destacado en aymara es “Jumanpi samkasiña”, “Soñar contigo”, editado por la Asamblea General de Rectores. 

Su trabajo en el periodismo es sumamente importante debido a que ejerce la crítica literaria y comentarios culturales, generalmente referidos a libros más importantes. Ha sido docente y funcionario público en el Tribunal Agrario y el Jurado Nacional de Elecciones, pero esas actividades no le han restado tiempo para una permanente acción literaria creadora. 

Crítico del sistema educativo peruano, adscrito al proceso de descolonización de la cultura dominante y permanente polemista en referencia al canon oficial. Sus trabajos de ensayo sobre historia, lo han llevado a plantear la necesidad de fundar la República Andina. Es decir, tratar de hacer realidad la utopía social para que el Perú, llegue a ser una nación integrada por todas las culturas vivas.   

Su vocación vanguardista lo ha llevado a transgredir los géneros literarios.

Me complace de modo especial señalar que la compilación de datos, textos, comentarios y juicios personales sobre la vida y obra del celebrado poeta José Luis Ayala Olazával, ha sido una tarea ardua, rigurosa, meticulosa y sistemática. De esa manera es posible visualizar, cada vez mejor, la trayectoria literaria de un personaje ilustre como paradigmático del departamento de Puno, que este año cumplirá 79 años de edad.   

José Luis Ayala Olazával es uno de los más notables exponentes de la literatura peruana. Se han ocupado de su trabajos literario críticos literarios como Roland Forgues, Antonio Melis, Ricardo González Vigil, Mauro Mamani Macedo, Dorian Espezúa Salmón, Edgar Montiel, Riccardo Badini, Gonzalo Espino Relucé, Feliciano Padilla Chalco, Jorge Flores-Áybar, Alfredo Herrera Flores, Julio Ortega, Jaime Chumbita, Carolina Ortiz, Rosina Valcárcel, Roger Rumrrill, Eduardo González Viaña, Manuel Pantigoso Pecero, etc.  

Muchos peruanos no conocemos todas las obras literarias del célebre escritor puneño José Luis Ayala Olazával, debido a su frondosa producción literaria. En nuestro caso hemos tenido acceso a las más importantes que ahora son inhallables. Es importante decir algo más en este preámbulo: La doctora y catedrática de la Universidad Austral de Chile, Giovanna Iubini Vidal, ha publicado recientemente el libro “Vanguardia andina, migrancia y heterogeneidad textual: Hacia una poética de lo cósmico en Cábala para inmigrantes de José Luis Ayala”. Se trata sin duda alguna de un trabajo serio, sustantivo, crítico y ubica al libro “Cábala para inmigrantes”, en el curso de la más importante poesía del siglo XX en el Perú. 

José Luis Ayala Olazával y Arturo Corcuera Osores.

Desde una óptica de la valoración literaria, habría que insertar al multifacético escritor puneño José Luis Ayala Olazával dentro del contexto de la literatura latinoamericana del siglo XXI. Pues se trata de un escritor total y figura emblemática que ennoblece las páginas de la Historia de la literatura del siglo XXI. Es además el más importante poeta que ejerce meritoriamente como el más renombrado poeta aymara de la literatura peruana. 

Por todas etas razones, los críticos, académicos, intelectuales, escritores, docentes, estudiantes, lectores en general, coincidirán conmigo en que sus obras literarias, contiene lo mejor que ha producido el más importante escritor peruano de cronivelas y antilavenos como es José Luis Ayala Olazával. 

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Actualidad

Marihuana terminal (apenas una historia)

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Marcelo, un larguirucho querendón, fue uno de los estudiantes más destacados de la promoción. Ingresó en primer lugar a Ingeniería Industrial y sabía tocar la guitarra como el que más (admiraba a Jimi Hendrix y a Gustavo Cerati). Además, era basquetbolista y amante de diversos deportes de aventura. Su padre era el amable bibliotecario del colegio y todos los profesores le decían convencidos, dándole una palmadita en el hombro: «tu muchacho va a llegar muy lejos», mientras el tipo se acomodaba el mostacho y asentía con inocultable orgullo.

—Su madre y yo pensamos lo mismo —agregaba él esperanzado.

            En la universidad no se esforzaba mucho y le alcanzaba para ser el mejor de su carrera. Tenía una linda enamorada —Tania, vecina de su barrio— y ella fue quien lo convenció para que se empezara a cachuelear fungiendo de guía turístico, pues dominaba el inglés con excelencia. Al parecer, allí se empezó a torcer.

Ocurrió en un viaje al Cañón de Cotahuasi. Un gringo le ofreció un troncho de weed y le gustó el efecto. Más de la cuenta. Poco a poco fue cambiando su conducta, su estilo de vida y sobre todo su peso —llegó a rozar los cien kilos—, porque luego de fumar marihuana le venía un hambre feroz. Andaba con el colirio de arriba para abajo para menguar el enrojecimiento de los ojos. Se empezó a juntar con los peores vagos del billar Jara; y, luego de perder a Tania, terminó sumergiéndose en el mundo de la pasta básica de cocaína. Para ese entonces su apariencia dejó de importarle un comino.

            Después de los exámenes finales del tercer ciclo de Ingeniería Industrial un surmenage lo dejó en el hospital. Estuvo internado durante varios días. Sus padres entendieron que la cosa estaba muy complicada y trataron de sacarlo de las drogas. Fracasaron. Marcelo abandonó la universidad (¿alguien recordaba el futuro que auguraban los profes del cole?). Se había dado cuenta de que ansiaba llevar otro tipo de vida: «Me llega al huevo la U», me dijo. «¿Y qué piensas hacer, Marcelo?», le pregunté.

            —Guitarrear en las combis, aunque no lo creas la gente se porta bien.

            —¿No te da roche andar pidiendo plata en los colectivos?

            —No seas huevón: roche me daría robar.

            —¿Y cómo te va con la maricucha?

            —Sólo me meto un cachito para dormir mejor. Yo la controlo, siempre la he controlado… Como dice el Guillermo: «soy drogo, pero no adicto».

            —¿El huevón del Guillermo te pasa la droga?

            —¡A ti qué chucha te importa! ¿Eres vigilante o qué?

            Guillermo vendría a ser algo así como el «marihuanero social» de la promoción. Controlaba su consumo. No se quedaba enganchado. A veces tenía sus encerronas, pero nada que lamentar. Eso me hacía recordar a Antonio Escohotado, aquel defensor pertinaz no de la legalización de las drogas, sino simplemente de erradicar su prohibición (o habría que decir satanización): «La cuerda que sirve al alpinista para escalar, sirve al suicida para ahorcarse, y al marino para que sus velas recojan el viento». No todos reaccionaban igual frente a tales estímulos, vaya que lo sé. Con el alcohol —esa droga legal— ocurría lo mismo. Había amigos que besaban el suelo con sólo tres vasitos de ron y otros que con una docena de cervezas apenas si se sentían picados.

            El estadio Ho Chi Minh de la UNSA era el recinto predilecto para iniciarse en el consumo de la marihuana. Guillermo conseguía esas verdosas hojas secas en los alrededores del Terminal Terrestre y las terminaba de triturar con sus dedos. Compraba papel para fumar (rizla) y armaba generosos tronchos. A veces no había reparos en usar papel de biblia. Algunos lo evitaban pues, según decían, era pecado mortal.

            —Vigila que nadie nos esté chequeando, gil.

            —¿Por qué, Guillermo?

            —Porque nos expulsan, pues. La adrenalina es parte del ritual: todo te tengo que explicar, carajo.

            —Tú siempre hablando huevadas.

            —Mira, mano, si se legalizan las drogas yo ya les perdería el gusto. Lo prohibido atrae más, ¿o no?

            —Quizá.

            —Ya te lo he dicho varias veces y no me paras bola: ¿cómo crees que Kafka se imaginó a Gregorio Samsa?

            —¿Cómo?

            —Fumando, pues. Esta vaina es intelectual, pero tú no estás listo para esta conversación.

            Lo cierto es que si estabas deprimido (quizá peleado con tu flaca), ese humo te bajoneaba muchísimo más. Y añadía taquicardias, angustia, ataques de pánico. Sensación de muerte inminente elevada al infinito. Uno sentía que el corazón se le salía del pecho y sufría paranoias, alucinaciones desbocadas que muchos llamaban «malos viajes». Para solucionarlo había que agenciarse de una pepa, es decir, un ansiolítico para «aterrizar» sin contratiempos. En contrapartida, si uno estaba alegre, con buen talante, sin mayores problemas; entonces podía literalmente «cagarse de risa» —de todo y de nada—, ponerse chino, obnubilarse hasta olvidarse de su nombre, de la dirección de su casa y del rostro de la hembrita que le movía el piso.

            Oswaldo Reynoso, por ejemplo, en Arequipa, lámpara incandescente (2014) le explica en una de sus misivas a un joven poeta, desde su propia experiencia, la diferencia entre el alcohol y la droga (se refiere a la marihuana o la pasta): «Sólo bebo ron, pues soy alérgico a cualquier tipo de droga. Me salen ronchas, me duele la cabeza y vomito. Como podrás comprender, no soy adicto a las drogas por voluntad sino por impedimento biológico».

            A algunos la marihuana, por sus terribles efectos, nos produce un rechazo rotundo. A Marcelo lo encandiló tanto que le jodió la existencia. Sus padres lo llevaron a una clínica privada de la capital para que le practiquen una suerte de lobotomía que prometía la cura definitiva a toda forma de adicción. Cuando volvió a la ciudad, luego de muchos meses, él había cambiado para siempre: le habían sacado un pedazo del alma en el quirófano. Marcelo lucía apagado, taciturno, hasta torpe. Ya no jugaba al básquet como en los buenos tiempos del colegio. Eso sí, todavía tocaba la guitarra con decoro. Una vez llegó a mi casa el día de mi cumpleaños. Vestía con un poncho y unas ojotas. Tocó las mejores canciones de Soda Stereo y de Los Prisioneros. Parecía ser el mismo de antes de la operación. A golpe de medianoche, Marcelo nos dijo que hiciéramos una chanchita al toque para prolongar la fiesta.

            —¿Para qué? —le preguntaron—. Todavía hay chela.

            —Yo me voy un toque al terminal y consigo de la buena.

            —¿Estás fumando de nuevo? ¿Tus viejos saben?

            —Yo la controlo: soy drogo y no adicto.

            A Marcelo lo agarraron a chavetazos hace una punta de años. Un vendedor de hierba de los alrededores del terminal terrestre lo ultimó sin misericordia. A veces pienso que si él hubiera nacido en otro país todavía estaría vivo. Quizá sólo trato de mentirme (Tania afirma que él no supo decir NO y punto).

No estoy en contra de la legalización o el consumo de drogas. Creo en la libertad del individuo y sé que cualquier prohibición acarrea peores males que los que intenta combatir. Sin embargo, cuando alguien me habla de lo genial y benéfica que le parece la marihuana yo recuerdo a Marcelo y una mezcla de impotencia y tristeza me embarga. No solamente Allen Ginsberg, creo que (casi) todos hemos visto a las mejores mentes de nuestras generaciones destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles al amanecer en busca de un colérico pinchazo… o de un tronchito de marihuana que venden los sórdidos chaveteros del terminal.

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Cultura

Julio Abelardo Luza Gironzini, poeta del vanguardismo puneño

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Julio Abelardo Luza Gironzini nació el 09 de junio de 1945 en la revolucionaria ciudad walawala de Huancané y murió el 24 de enero del 2014 en la legendaria e histórica Ciudad Blanca de Arequipa. Es hijo de Heriberto Luza Bretel, autor de las letras del Himno a Huancané y de Betzabeh Gironzini de la Vega, insigne dama huancaneña, casado con la Socióloga Edy Marcia Romero, con quien tuvieron dos hijos Betzabeh del Carmen y Abelardo Luza Romero.

BIENVENIDA. Julio Abelardo Luza Gironzini fue recibido en el Instituto Nacional de Cultura de Puno.

Estudió primaria en distintas escuelas rurales, debido al trabajo de su querido padre el Profesor Heriberto Luza Bretel, entre ellas, Caritamaya, Chocco y Acocollo, la secundaria lo realizó en el Colegio Nacional Varones de Huancané, luego estudió Educación en la Universidad Católica de Santa María de Arequipa, habiendo seguido estudios de Derecho, Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa y Antropología en la Universidad Nacional del Altiplano de Puno.

Julio Abelardo Luza Gironzini se introdujo en la poesía mediante un concurso de declamación poética en la secundaria con motivo del “Día de la Madre”, cuya competencia le permitió leer poemas de César Vallejo, José Santos Chocano, Martín Adán, Carlos Oquendo de Amat, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, entre otros. No está demás señalar que la ciudad blanca de Arequipa le dio oportunidad de mayor desarrollo literario, abriéndole muchas puertas. En la década del 60 empezó a leer en la librería “Trilce”, a los poetas arequipeños y a los poetas malditos de la Literatura Universal.

RECITAL. Poetas de la Generación del 70 ofrecieron lecturas de poemas en distintos lugares del Perú.

Desde esa época desplegó una gran actividad cultural, participando en el Coro Polifónico de la Universidad Nacional de San Agustín, en los concursos de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, siendo ganador en 1968. Fundó la Agrupación Universitaria de Danzas y Música de la Universidad Católica de Santa María de Arequipa, demostrando garbo y nostalgia de Puno, por lo que agregó las danzas puneñas.

En 1969 conoce al poeta Max Neira González, con quien trabajó en la revista cultural “Jornada poética”. En 1973 trabajó como promotor cultural en el INC de Arequipa. En 1977 es nombrado director del INC de Puno, permaneciendo en el cargo hasta 1987. Desde allí apoya al folklore, trasladando el “V Congreso Nacional del Folklore” a la ciudad lacustre de Puno juntamente a la Federación Folklórica Departamental de Puno, con quienes iniciaron reformas de conceptualización y organización del folklore puneño. También propició el Primer Programa de Turismo Vivencial en las Islas de Taquile en Puno, habiendo recibido el Reconocimiento de la Federación Folklórica Departamental de Puno por su participación y colaboración, así como el Reconocimiento del Fondo de Promoción Turística por la labor realizada en favor del folklore regional de Puno.

Fue miembro del Instituto Americano de Arte de Puno, desarrollando intensa actividad cultural, por ejemplo, la consolidación del grupo de danzas de la Escuela Regional de Bellas Artes, con quienes realizaron giras culturales en el sur del país. Paralelamente desarrolló actividad pedagógica en el programa de Perfeccionamiento Magisterial del Ministerio de Educación y fue director del Instituto Pedagógico Privado Hispanoamericano de Arequipa.

HERMANOS. Adrian, Julio Abelardo y Heriberto reunidos en la ciudad blanca de Arequipa.

Tiene en su haber dos ediciones de “Tambores pluviales”, “Las manos vacías”, “P’ukuy”, “Canto coral al Apu Poqopaca”, “Homenaje al Che”, “Dos poemas, un canto”, “Homenaje a Javier Heraud”, “Monografía de Huancané”, “La sangre grita”, “Tierra íntima”, “Elogio a la danza”, “Verdad y hablar”, “Monografías de Lampa”, “Investigación Educativa. Una alternativa para la calidad”, “Eternidad y canto”, “Hermenéutica del K´hori Chawlla”, “Impertinencias y tertulias”, “De la memoria y el tiempo”.

Ha recibido la Mención Honrosa del Concurso “César Vallejo” de la Municipalidad Provincial de Arequipa, el Primer Premio de Poesía del Concurso Regional de Trabajadores de la Administración Pública de Arequipa, el Reconocimiento del Instituto Nacional de Cultura de Arequipa, del Club Departamental Puno de Arequipa, de la Municipalidad Provincial de Puno, de la Asociación de Huancaneños Residentes de Arequipa, del Ministerio de Industria y Turismo de Puno y del Gobierno Regional de Arequipa.

Del mismo modo recibió el Diploma de Honor de la Ciudad de Arequipa por sus 30 años de actividad intelectual y cultural. Entre otras distinciones, en tanto que el poeta, ha recibido el Diploma de Honor en Mérito al Comité Nacional del Centenario del Nacimiento del Doctor Manuel María Núñez Butrón “Jatun Rijchari”. En las “Bodas de Rubí” de la Universidad Católica de Santa María de Arequipa, le reconoció por ser fundador del Ballet Folklórico de Danzas. Fue declarado Hijo Predilecto por la Municipalidad Provincial de Huancané.

Sus poemas están publicados en El Pueblo de Arequipa, Los Andes de Puno, Revista Kitipthansa de Juli, Revista de la Escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, Revista Mistiana y Jornada de Arequipa, El Contemporáneo de Argentina y Tebaida de Chile.   

Como dijera José Luis Ayala Olazával: “Tambores pluviales de Julio Abelardo Luza Gironzini, es el libro maduro de un poeta de corte esencialmente vanguardista que ha sabido preservar su personalidad literaria. La vanguardia se hizo carne con César Vallejo y Carlos Oquendo de Amat, ahora se acrecienta sin lugar a dudas con Luza Gironzini, es a la vez una continuidad y renovación en la poesía que siempre busca nuevas formas de expresión estética”.

Por esta y otras razones, la Biblioteca Municipal de Huancané lleva el nombre de “Julio Abelardo Luza Gironzini”, debido a su talento, ejercicio lúdico y lenguaje poético propio, se sitúa como uno de los importantes poetas puneños. Además representa la madurez intelectual del pueblo huancaneño, que durante muchos años batalla con fe por conquistar la plenitud de sus derechos.

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Cultura

La lotería de Shirley Jackson: “la supervivencia es un juego macabro”

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El 26 de junio de 1948, los lectores del semanario “The New Yorker” se sorprendieron e indignaron al encontrarse con uno de los cuentos más escalofriantes y tenebrosos que hasta ese entonces se había publicado: “La lotería”.  Todo el recibimiento hostil que se generó en torno a este relato marcó la carrera literaria de su creadora, una mujer de treinta y dos años que pasaba su vida entre las actividades domésticas, el frenesí de la escritura e imágenes fantasmagóricas que sacudían su estabilidad emocional desde niña.

 Ella era Shirley Jackson.  Acusada y señalada con adjetivos relacionados a la brujería y a lo macabro, supo salir adelante creando alegorías que reflejan su intimidad y el contexto en el que estaba inmersa.  No hay que olvidar que en el mundo aún se percibía un clima muy desconcertante, producto de todo lo vivido durante la Segunda Guerra Mundial.

Se han escrito muchas interpretaciones en torno a “La lotería”, entre las que destacan cierta representación del antisemitismo en su trama, para ello hay que tener en cuenta que el esposo de Shirley Jackson era judío; otra analogía interesante es el papel de la mujer en una sociedad muy marcada por el machismo y los falsos nacionalismos. Esto se evidencia de forma más clara en el papel que tiene un personaje del cuento llamado Tessie Hutchinson y en su trágico desenlace.

H.P. Lovecraft, en su libro “El horror sobrenatural en la literatura” menciona que el miedo es la emoción más antigua de la humanidad, sobretodo el miedo a lo desconocido. La irrupción de elementos fantásticos y mitológicos entre los límites de la realidad fue catalogada como “horror cósmico. En el caso de Shirley Jackson, se hablaría de un “horror doméstico” (como han señalado algunos críticos), pues el miedo o la tensa atmósfera que se genera en sus relatos parten de situaciones cotidianas y ordinarias, como es el caso de “La lotería”. Estas dos formas de horror tienen un posible punto de encuentro al considerar algunos antecedentes históricos. Lovecraft señala que el horror cósmico figura en el antiguo folklore de las culturas, teniendo en cuenta los rituales mágicos y surreales que buscaban el bienestar de una colectividad. En el caso de “La lotería” de Jackson, se podría hablar de una actividad ritualesca y tradicional, en un contexto más moderno, pero que, según uno de los personajes de la historia, se hace para la prosperidad y bienestar de todo el pueblo, pese a lo terrorífico de la acción.

Shirley Jackson junto a sus hijos.

El relato trata de un pueblo pequeño, que a simple vista es como cualquier otro, los pobladores tienen confianza entre ellos, conocen aspectos de sus vidas, bromean respecto a algunas situaciones cotidianas, organizan bailes en la plaza, tienen un club juvenil y programan fiestas de Halloween. Toda esta normalidad es irrumpida por una actividad, celebrada anualmente, que requiere la presencia obligatoria de todos ellos: el juego de la lotería. Esto genera un giro macabro en la trama, explicando el porqué de algunas acciones que podrían pasar desapercibidas en primera instancia, pero que resultan siendo muy cruciales.

Una de las características que, según mi apreciación, más destaca en “La lotería” es esta forma o uso de contrastes que se generan a lo largo de la trama, construyendo ciertas ambivalencias y una atmósfera más desequilibrada en el plano emocional. Tanto el inicio y el final de la historia están marcados por estas discordancias.

Como lo he mencionado líneas atrás, el relato inicia con una descripción cálida y festiva acerca de los preparativos de “La lotería”. El espacio físico central es la plaza, lugar donde empiezan a congregarse los habitantes del pueblo. Este espíritu armonioso de la colectividad se diferencia con la acción final del relato, donde las conductas iniciales de respeto e integridad se ven transgredidas y cambiadas por el deseo de muerte, sacrificio y apropiación. Incluso las amistades que en un inicio acompañan, no pueden evitar el control de sus impulsos más salvajes.

Otro elemento que sirve como contraste es el de la vestimenta, en el caso de los hombres con el de las mujeres. El personaje Summers, quien es el guía en el desarrollo de las actividades de la lotería es descrito de esta forma:

“El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin”.

En cambio, los personajes femeninos serán descritas bajo una visión despectiva y de subordinación a la figura masculina.

“Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos”.

Los giros narrativos reflejan fielmente la actitud de los pobladores ante el juego de la lotería. Si es que al inicio se menciona que existe un ambiente agradable entre ellos, esto se ve interrumpido cuando va a dar inicio a la lotería, que a simple vista parece una actividad de integración, pero que genera un total desconcierto en los personajes:

 “Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista. ¿Todos preparados? – preguntó”.

Este silencio repentino hace presagiar que algo terrorífico se avecina. Más aún cuando el personaje más antiguo de la población, partícipe de 77 loterías, elabora un diálogo muy crítico respecto al pensamiento de los jóvenes, generando un contraste generacional. Todo esto debido a que en algunos pueblos cercanos se ha comentado mucho sobre la supresión de la lotería, generando ciertas dudas e incertidumbres sobre la actividad:

“Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería —comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo”.

Existe una preponderancia del pensamiento arcaico y de las costumbres, minimizando posibles cambios alentados por jóvenes que quizás podrían tener una visión distinta a lo tradicional. Esto, obviamente, no sucede en el pueblo central del relato, pues tanto los niños, jóvenes y adultos están muy inmersos y adoctrinados a estas creencias, pese a lo trágico que puede resultar.

Como último elemento de contraste, también podría incluirse el estilo narrativo, muy marcado al inicio por el uso de descripciones panorámicos del lugar y de las acciones de los personajes, otorgando cierta pasividad a la trama, lo que no quita que haya detalles que parecen intrascendentales pero que al final resultan siendo figuras protagónicas (es el caso de las piedras, pues al inicio un grupo de niños aparecen recolectando las piedras más lisas y redondeadas para algo que sucederá más adelante, incluso se ponen de acuerdo para protegerlas de los otros niños). Este estilo narrativo se verá transgredida desde que se inicia el juego de la lotería, otorgando un mayor dinamismo en los diálogos y en el uso de descripciones. Es como si de pronto una historia densa y recargada se va desprendiendo poco a poco de sus artificios hasta llegar a alcanzar la esencia de todo, en este caso no se trataría de otra cosa que el horror y el desconcierto.

En este sentido, los contrastes de diferentes aspectos son los que generan un espacio psicológico tenso en la historia. A eso hay que agregar que en el pueblo el Estado, como elemento organizacional de un territorio gobernado, no está presente; esto, sin embargo, no genera una anarquía entre los pobladores, pues se percibe un control social representado por el Señor Summers (dirige el juego) y el miedo a tergiversar una tradición ancestral. Quizás se podría hablar de una normalización de la violencia en un pueblo de trecientos habitantes, lo cual no resulta muy descabellado teniendo en cuenta los distintos medios de coacción que existen. Además, la fatalidad de lo lúdico permite también una democratización de la violencia, ya que cualquier poblador podría ser el seleccionado en un juego que no es más que una lucha entre la vida la muerte, entre la pasividad y la rebeldía, entre la confianza y la traición, entre la libertad y el destino, entre el pasado y el futuro.

La publicación y la recepción de “La lotería” trascendió los límites de lo ficcional, pues, así como cayó salvajemente el pueblo sobre una de sus personajes, buscando una oscuridad aparentemente redentora, también lo hicieron con Shirley Jackson; sin embargo, no pudieron contra su maldita mente creadora, menos ahora que han aparecido escritoras latinoamericanas que siguen la misma senda: el horror en la vida diaria. Entre ellas destacan Mariana Enríquez, Samantha Schweblin y Ariana Harwicz.

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Cultura

Pedro Novoa y su lucha por la vida

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Desde hace semanas las redes sociales informan sobre el grave estado de salud del escritor Pedro Novoa, autor de una obra que abarca novela, cuento y poesía, creaciones que forman un conjunto sólido ya saludado por la crítica y reconocido con diversos galardones. Pero en las redes sociales no solo se informa del mal que aqueja a Pedro Novoa (un avanzado cáncer al colón), sino que además se denuncia y se alerta de los maltratos morales de los que ha sido objeto, así como de la forma en la que su caso clínico ha sido tratado, como ha declarado el autor.

Pedro Novoa (nacido en Huacho en 1974), fue ingresado hace unos meses al hospital Rebagliatti, al habérsele detectado el Covid19; poco después, se le diagnosticó cáncer al colón. Tras el inicio de la preparación para afrontar su mal, el cuerpo médico determinó que el cáncer que padece el escritor estaba demasiado avanzado y no se procedió al tratamiento de quimioterapia, lo desahuciaron y lo enviaron a su domicilio. Desde ese momento Pedro Novoa se niega a darse por desahuciado y exige la quimioterapia, para lo que se precisa su traslado al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, donde quiere seguir luchando por la vida.

Pedro Novoa batalla diariamente por su vida.

Pedro Novoa no es un hombre encerrado en el mundo de la creación literaria, entregado a las musas, a pergeñar ficciones. Pedro Novoa es, además de eso, un padre de familia responsable, un ciudadano, un pedagogo, un hombre que trabaja como docente. Aun así, en este Perú que va a “celebrar” su bicentenario como Estado independiente, Pedro Novoa, un profesional, se ha visto obligado a solicitar públicamente la ayuda financiera de sus amigos y colegas escritores, de las entidades públicas encargadas de la cultura pues, en este Perú que celebra su bicentenario, a un hombre que se gana la vida con su trabajo y es el sostén de su familia, sus ingresos no le permiten solventar los gastos de una hospitalización (¿qué decir de los desempleados y marginales?).

Esto explica probablemente la decisión del cuerpo médico del hospital Rebagliatti: ¿para qué perder medicinas, equipo y tiempo con un enfermo que ya no tiene cura?  De haber sido así, se trata de una lógica infame pues, como el mismo Pedro Novoa lo dice, la voluntad de vencer a la enfermedad, es esencial en estos casos, y él tiene esa fuerza intacta. Ha de continuar su combate por la vida en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas pero aun ahí seguirá precisando de apoyo material, que se le puede hacer llegar a la cuenta siguiente:    

CTA BCP soles 19125953812070

CCI 00219112595381207051

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Cultura

APOYO TOTAL AL ESCRITOR PEDRO NOVOA

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Nuestro hermano escritor Pedro Novoa se encuentra en mal estado de salud. El hospital Rebagliati ya no puede hacer mucho, el médico que lo atiende lo acaba de desahuciar y dice que “solo le puede dar calidad de vida”. Exigimos al ministerio de Cultura que responda y se haga cargo del tratamiento de nuestro hermano escritor. Asimismo, hacemos un llamado a la comunidad de poetas, narradores y artistas en general a levantar la voz frente a este hecho lamentable. Ya basta de dejar en el olvido a nuestros escritores y artistas que, como siempre es una constante, son un sector sensible y vulnerable de nuestro país, la mayoría tiene que hacer otras labores o recursearse para financiar su carrera y mantener a sus familias.

Esperamos respuesta inmediata.

Rodolfo Ybarra DNI: 09441432

PALABRAS DE PEDRO NOVOA: 

“En el hospital Rebagliati me cambian de oncólogo justo cuando recién iba a comenzar la quimioterapia y me despide el año de la peor manera: me desahucia. Dice que solo puede darme calidad de vida. Agradezco cualquier información sobre alguna manera de tratamiento en cualquier otra institución, hospital o clínica. Agradezco las muestras de solidaridad de colegas, amigos y familiares”.

CARTA DEL GREMIO DE ESCRITORES DEL PERÚ

SEÑOR MINISTRO DE CULTURA, EL ESCRITOR PEDRO NOVOA REQUIERE URGENTE ATENCIÓN

El destacado escritor nacional Pedro Félix Novoa Castillo se halla internado hace varias semanas, aquejado de una grave dolencia, en el Hospital Edgardo Rebagliatti. Lamentablemente en este centro de salud ya es imposible que reciba una mejor atención médica y humana.

Demandamos al señor Alejandro Neyra, ministro de Cultura y escritor, tome de manera inmediata las medidas necesarias que hagan posible el traslado de nuestro colega Pedro Novoa al Hospital  de Neoplásicas, a fin de garantizar mejores condiciones de atención.

Lima, 31 de diciembre de 2020

Gremio de Escritores del Perú

*Escritor peruano, Pedro Novoa es conocido tanto por sus relatos como por sus novelas, siendo ganador de premios como el Dante Alighieri de Colombia, el Horacio y el Vargas Llosa de Novela Corta.

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Cultura

Lima, la ciudad más triste del mundo (o reflexiones tras leer Lima, la horrible de Sebastián Salazar Bondy) por Julio Barco

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No recuerdo dónde ni cuándo escuché que Lima era una ciudad triste, tan triste que permitía, a modo de consuelo, volver a sus habitantes seres poéticos. La poesía pues como el hacha que sujetar cuando la desesperación nos hace quebrar los vidrios de auxilio.

Leyendo las páginas de Lima, la horrible (ed.2005) del poeta, dramaturgo, novelista y ensayista Sebastián Salazar Bondy veo que la idea de ser poeta en una ciudad como Lima no es tan descabellada; incluso, pienso que es una de las formas más saludables de habitar esta metrópolis.

El texto de Salazar Bondy no se limita a ser un recetario de las viejas casonas, como de los hábitos del virreinato que, sin embargo, arrastramos hasta nuestros días; ni de ser la infatigable y eterna fotografía de una ciudad donde muchos viven en barriadas, callejones y en la pobreza extrema; pues, detrás de la nostalgia y el vacío de habitar Lima, también se huele la danza de su poesía; es decir, la reflexión estética, que no deja de ser pensamiento abierto; y que mejor que sentirla en la voz indeleble de sus artistas,

“Hablar del vals criollo obliga a referirse a un limeño representativo: Felipe Pinglo Alva. Los grandes libros no lo citan, pero su memoria y su obra persisten en el pueblo. (…) Pinglo no es una excepción: el sentimiento es popular, sí, pero su expresión buscaba la forma ilustre. La noche cubre ya/ con su negro crespón, es una imagen que aspira a sintetizar, con metáfora insuficiente, la nocturna atonía del solitario”

Así, este polémico texto, uniendo pasado y presente, nos invita a observar nuestra ciudad y a entenderla desde sus artes, sus costumbres, la hipocresía de su moral, su servilismo.

No se equivocó Melville al manifestar, tal como aparece en uno de los muchos epígrafes citados por Bondy, que,

“no es enteramente el recuerdo de sus antiguos terremotos, ni la sequedad de sus cielos áridos, que nunca llueven; no son estas las cosas que hacen de la impasible Lima, la ciudad más triste y extraña que se pueda imaginar. Sino que Lima ha tomado el velo blanco, y así acrecienta el horror de la angustia”

…no sé equivocó decimos, ya que, al andar por Lima, al perderse en ciertos inviernos por sus callejuelas, es uno víctima de la melancolía de garúa, de la destreza de las bancas marchitas y la grisura de sus calles.

Abro entonces mi ventana, hoy diciembre del 2020, y no veo sino un cielo blancuzco, que impide ver un trozo de celeste mientras planean algunas avecitas negras. Cielo como la giba de la enorme ballena que el Capitán Ahab perseguía endemoniadamente desde su barco Pequod. Esta ciudad tiene de cielo la nitidez de una mortaja, un “velo” en el entender de Melville.

Por eso, Bondy la tenía clara: esta ciudad es un velo sobre sus habitantes. Un velo, en general, de prejuicios que invitan a observar con distancia la dimensión de nuestra identidad. Primero, esa mortaja o velo fue naturalmente usado por las tapadas, para luego ser usado como máscara de muchos habitantes. Me detengo en las tapadas, para explorar el tema femenino en las páginas de Lima, la horrible. Cito:

“La mujer por el matrimonio ha sacado ventaja de su estado servil y mediante la dulce estratagema que mezcla zalema y coerción se ha convertido en la eminencia gris de los gobiernos. Si el chileno Miguel Victoriano Lastarria achaba al vestido de la tapada –uniforme femenino hasta más de la mitad del pasado siglo- el poder que la limeña ha ejercido siempre en los destinos políticos y sociales de este país, su equivocación sólo consistió en la errónea identificación de la causa del fenómeno de dominación femenina.”

Vemos que, por un lado, existe una necesidad de entenderse la posición social nuclear de la mujer limeña, como también, observarla no solo en su dimensión pasado, sino en un presente (1950,digamos):

“Porque si ayer la limeña aspiraba a revolotear, cubierta su identidad bajo el rebozo de Manila o China, oteando con un solo ojo pícaro la aldea y sus figurantes, la larga falda hasta los torneados tobillos y un brazo desnudo (…) hoy quiere campear desde la desnudez de un fugaz reinado de Miss, del cual procura publicidad, popularidad y vanidad…”

Lo que hace Bondy, entonces, es devolvérmelos la desnudez que ocultamos: el miedo a la muerte, la sociedad jerarquizada, la vieja patria criolla que jamás volvió los ojos al ande menos a la selva, el boato de la clase adinerada, los pollos a la brasa que algunos hambrientos observan desde las calles. Y es que este afán de criticar con razones aunque duelan, no deja de ser enfático en el texto; y termina siendo una crítica de las costumbres, de la moral:

“Esa media voz es también media acción, y por las mismas causas. Una mesura en la conducta que no es la francesa, equilibrada por el juicio, sino la criolla, regida por el miedo, debido al cual un limeño nunca os dirá si o no (Federico More) y retrocederá ante la idea de vertir sangre ante su enemigo (Manuel A. Fuentes). Aparentar, adular, complacer, uniformar, constituyen aquí reglas de urbanidad. El exceso, positivo o negativo, y la demasía, aunque fuere la creadora y avasallante del genio, se tienen por ejemplos de vulgaridad o demencia.”

Bondy es claro y su afán no deja de ser didáctico: al sacudirnos el velo, vemos la real belleza de nuestra ciudad. Un desierto, calles donde se amontonan pobres, viejos buses ahogándose en las esquinas. Si para Rimbaud la belleza fue horrible cuando la sentó entre sus piernas, para el poeta Bondy Lima era hermosamente fea, desquiciadamente triste. Aunque sabemos que para otros autores cercanos a Bondy — pienso en Ribeyro o E. Congrains — no era precisamente bella, ni afable; en el trabajo de Bondy asistimos a una disección de un ser vivo; por ende, a entender sus células internas,

“A esto le llaman, nuestros burgueses aristócratas, democratización (el director de empresa se emborracha con sus obreros porque es muy criollo, razón por la cual el latifundista alterna con sus peones en la choza y el Señor Presidente estrecha la mano del audaz zambo que se le aproxima), aunque el trabajador siga siendo el “cholo de mierda”, “el serrano sucio”, “el negro bruto”, “el chino tísico”, que no mereced ni la centésima parte del salario que recibe su semejante de Illinois o Cincinatti, USA.”

A mi generación, los libros de Salazar Bondy llegaron en viejas ediciones.. Libros a los que accedimos gracias a las rumas de libros viejos que florecían en el centro de la ciudad, y donde permanecíamos luego de las aburridas clases de la academia.

Recuerdo la lectura de Pobres gentes de París, especialmente de su cuento “Soy sentimental”, que a muchos amigos no les gustaba por la delicadeza con la que los personajes afrontan un aborto, y, que, no obstante, me llamó la atención desde un inicio por la transparencia de su prosa.

O sus poemas, de los que tengo todavía un intenso recuerdo de música muy encarnada, sentida, que aletea vibrante luego de leído. Y eso me hace sospechar que con Bondy nos junta el sentimiento, no la razón; el apretujado compartir de emociones que nos embalsaman a los que habitamos, andamos, amamos y vivimos en la ciudad más triste del mundo.

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