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Opinión

El final del Partido Morado que siempre fue un despropósito

El objetivo de los Morados siempre fue pretender “mamar” del Estado, en desmedro de los derechos e intereses de los demás; porque así era más fácil, porque a diferencia del ámbito privado, en el aparato estatal no se mide los logros, ni resultados, y más bien se premia al inepto y al incompetente.

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El Registro de Organizaciones Políticas del JNE, a través de la Resolución Nº 413-2021 DNROP/JNE sacó al Partido Morado, del escenario electoral, tal como establece la ley, por no haber cumplido los requisitos requeridos para mantenerse vigentes perdieron su inscripción como partido.

Y rápidamente, su comité político o lo que quedaba de él, lanzaron un comunicado que rechazan la resolución del Registro de Organizaciones Políticas por considerarla arbitraria y añadieron que defenderán su inscripción hasta las últimas consecuencias.

El fallo del JNE canceló a esta agrupación de oficio, y está demás decir, que nada podrán hacer, porque declararon improcedente la solicitud que presentó Henry Tello Godoy a la DNROP para que no los cancelen; no obstante, los Morados siempre fueron buenos para originar “ruidos” y distraer a los incautos; aunque actualmente, eso no les servirá de mucho, porque ya pasaron a la fila de los “desaparecidos”. Y no por haber perdido la inscripción; sino, porque fácticamente, son invisibles, nadie los menciona y nadie los inserta a alguna tribuna comunicacional política, más allá del autobombo que ellos mismos se hacen en su red social de Twitter.

Así terminaron los Morados; sin embargo, a pesar de su descredito, llegaron al actual Congreso con 3 “parias” para infectarlo más de lo que está, y como no podían formar una bancada para salvarse y obtener “representación”, se unieron a los cuestionados de la “organización” de Patricia Li: Somos Perú.

En la vida y sobre todo en la política hay que saber perder, y los Morados no soportan la frustración de la derrota; y por eso ahora, a través de su personero salen a “llorar”.

Ni siquiera el Partido Aprista Peruano que estuvo a punto de cumplir el centenario de existencia, ni el PPC han salido a protestar, porque supongo que han cogido un ápice de honor y asumieron su caída; pero los “Morados”, desde que surgieron a la política, en realidad fueron un despropósito.  

O acaso, ya olvidaron que el año pasado orquestaron una “conspiración” desde las calles y se valieron de la muerte de dos jóvenes para llegar al “poder transitorio”, con la complicidad de los medios, que jugaron en pared entre Congreso-Ejecutivo, para cautelar y representar los intereses de los grandes emporios empresariales.

Los Morados nunca representaron a los peruanos de a pie, y apenas tuvieron rigor para insertar en sus filas a “profesionales instruidos” solo para pretender avasallar a los incautos con el “cuento” de tener “gente preparada”, pero sus verdaderos fines siempre fueron llegar al poder, para cumplir con el emprendimiento personal; una “autorrealización” distorsionada, muy distante a lo que planteó Maslow.

El objetivo de los Morados siempre fue pretender “mamar” del Estado, en desmedro de los derechos e intereses de los demás; porque así era más fácil, porque a diferencia del ámbito privado, en el aparato estatal no se mide los logros, ni resultados, y más bien se premia al inepto y al incompetente.

Y así fueron los Morados… aunque corremos el riesgo que retornen “reinventados”, porque la ley del ROP, ahora permite volver a inscribirse solo con 25 mil firmas.

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Luis Felipe Alpaca es egresado de la carrera de Derecho y Ciencias Políticas y estudió Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza; asimismo estudió en la Escuela de Escritura Creativa del CCPUCP, y tiene un Diplomado de Especialista en Derecho Comercial por la Escuela Superior de Negocios. Ha sido Editor de Cultura del Diario 16, y actualmente es Editor General del Grupo Editorial Lima Gris, y es conductor del programa radial Lima Gris Radio por La estación Planicie 91.5 de la FM. Como gestor cultural ha organizado y curado exposiciones de arte y eventos ligados a los derechos culturales. Asimismo es corrector de estilo, y ha escrito más de 400 artículos relacionados a cultura, actualidad y política. Como activista social ha sido miembro de la Red del Patrimonio Cultural con el afán de defender patrimonios inmateriales y materiales como el desaparecido Palais Concert, y el Complejo Arqueológico Puruchuco. Actualmente es miembro del Colectivo Antropoceno Identidad, y ha recorrido distintas regiones del país para brindar apoyo, encuentros y conferencias en universidades con temas relacionados al arte ancestral y la cultura originaria.

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Un erudito llamado Manuel Miguel de Priego Chacón

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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A fines de los ochenta, Miguel de Priego se paseaba por la escuela de periodismo “Jaime Bausate y Mesa” declamando un poema de Javier Heraud. Otro día aparecía escuchando a The Doors y nos decía que Mozart era el abuelo del rock. A sus pupilos interesados en la poesía o la literatura los invitaba a su casa. Te decía “tengo algo que quiero que veas”. Y cuando aparecías en la calle Huáscar de Jesús María, te hacía esperar en su salita y sacaba libros en sus primeras ediciones de los vates de su generación. Leía las dedicatorias en voz alta y después sacaba sus poemas de cuando era adolescente.

Y no solo eso, sino que llevaba a escritores al salón de clase: Gustavo Valcárcel, Winston Orrillo o Antonio Gálvez Ronceros venían a contarnos sus secretos y a incentivarnos a escribir. Podía declamar textos enteros o libros íntegros. Algo que he visto poquísimas veces, como cuando me encontré con Jaime Guadalupe, uno de esos personajes limeños y se puso a enunciar de memoria Redoble por Rancas casi completito, yo solo me sabía Los Adioses y Las imprecaciones y uno que otro poema por ahí. Lo cierto es que MMDPCH era uno de esos maestros que no solo podía cambiar la vida de los que lo rodean, sino que te enseñaba a amar la literatura. Te enseñaba a escribir con Azorín de una mano y con Truman Capote de la otra. Y sus clases maestras combinaba el rigor con la libertad absoluta. En el salón de clase podíamos hablar de autores, pero también de política, religión o ideologías. Todo estaba permitido siempre y cuando pudieras argumentar.

Algunos de sus libros fueron: Vallejo, el adiós y el regreso, Abraham Valdelomar, el conde plebeyo, ensayos y reportajes completos, entre otros. Debo confesar que fue MMDPCH quien corrigió mis primeros libros. Sus consejos siempre fueron vitales porque, así como aconsejaba también te decía las cosas como son, sin ambages y sin anestesia y a los desaprovechados escribidores los largaba: ¡dedícate a otra cosa!

Tener de maestro a Manuel De Priego fue todo un lujo, como también lo fue tener al lingüista Hernán Ramírez, al poeta y periodista Hernán Flores, al comunicador Walter Meza Valera, al quenista Alejandro Vivanco, etc.

En esos años, un maestro era eso y mucho más y por eso siempre permanecerán en la memoria.

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“Pendejos y achorados”

Lee la columna de Tino Santander

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Por Tino Santander Joo

La inmensa mayoría de peruanos somos pendejos y achorados. La pendejada nació en el virreinato con el pacto implícito entre curacas y encomenderos para robarle al rey el impuesto del quinto real. Los curacas querían mantener sus privilegios como miembros de la nobleza inca y hacerse ricos para reconstituir los viejos reinos y señoríos preincas y los encomenderos buscaban títulos nobiliarios y riqueza fácil. El achoramiento es un mecanismo de defensa que nació en los sectores populares como compensación a la marginación racial, social, y económica. Este comportamiento agresivo se ha extendido a todos los sectores sociales.

La pendejada se transformó en una forma de vida de la inmensa mayoría. Sacar ventaja pícaramente en cualquier circunstancia de la cotidianidad es un valor que los peruanos lucimos con orgullo, “si no eres pendejo estas en nada”. Me dijo un estudiante sanmarquino en la facultad de Ciencias Sociales.

La pendejada y el achoramiento son “valores” que gobiernan la vida de los peruanos. Es muy difícil conseguir algo en el Perú, sino eres pendejo y achorado; por ejemplo, todos saben que el poder judicial, el congreso, y cualquier institución estatal la corrupción esta generalizada, sin embargo, convivimos y la aceptamos con indiferencia. Una señora en los pasillos del poder judicial me dijo: “todos son pendejos; he tenido que pagar una coima para que el banco no me quite mi casa.

En las empresas privadas de servicios públicos, en los bancos, en las compañías mineras, en las organizaciones sociales populares, en algunas comunidades campesinas la forma de relacionarse con el Estado o entre ellas es a través de la pendejada y el achoramiento. “Colque” (dinero en quechua) es lo que importa; “minimizar costos” dicen los empresarios.  Mi amigo Chen, dueño de uno de los chifas más sabrosos de Lima, me dijo: “si no eres pendejo y achorado te roban todo el arroz en la cocina”.

¡Hacer lo correcto! ¿Qué es hacer lo correcto? Gritaba el gerente de una minera cuando le explicaba las razones del conflicto. “No jodas Tino, estos cholos de mierda nos extorsionan para que les paguemos más”. Los comuneros me decían: “compañero, la mina tiene que dejar algo para los dirigentes antes y después del acuerdo”. Descubrí que la vieja alianza de encomenderos y curacas para enriquecerse está vigente entre los gerentes de las empresas y dirigentes comunales que se ponen de acuerdo para que las demandas siempre dejen algo a sus protagonistas.

Es heroico sobrevivir en un medio informal, degradado, sin servicios públicos eficientes, con una clase política corrompida, con gremios sociales y empresariales que representan intereses tribales, con la percepción de que todo es corrupto y que no podemos confiar en nadie.  Los peruanos somos pendejos y achorados, entonces, los políticos y los aspirantes al poder son igual que nosotros; por eso, los odiamos tanto. Parece un círculo vicioso del que nunca podremos salir.

A pesar de todo, la inmensa mayoría quiere una revolución que transforme el Perú en libertad; eso no significa que de la noche a la mañana tendremos el paraíso terrenal; esa será una tarea de los jóvenes y de todos los que tengamos el coraje de acabar con los valores y vicios que agobian nuestras vidas. 

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El honor no es su divisa

Lee la columna de Luis Felipe Alpaca

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El honor es una cualidad moral que marca a las personas por su compromiso principista de cumplir con sus deberes y a través de la honestidad honrar a los demás.

Dicha honra va más allá de los logros sociales, económicos y políticos. Es decir, su valor es invaluable; sin embargo, en nuestro país y en pleno siglo XXI pareciera que el valor de la ética en la política, más bien se ha convertido en un antivalor. Una prueba contundente, es el caso de la presidenta Dina Boluarte, que tras la salida del cargo del exmandatario Pedro Castillo, ella se atornilló al poder y faltó a su palabra.

En diciembre del 2021, durante un evento en Juliaca, aseguró: “Si al presidente lo vacan, yo me voy con el presidente”, sin embargo, tras la vacancia del chotano ella acudió al Parlamento para juramentar como nueva presidenta, previa alianza con los legisladores, con el fin de asegurar el quinquenio.

Luego, se afianzaron las “cuotas” para el copamiento de los ministerios que albergaron a representantes de Alianza para el Progreso, Avanza País, Somos Perú, y Partido Morado. Entonces, se recicló a ministros como Jorge Chávez Cresta, César Cervantes, Vicente Romero, Ana María Choquehuanca, Paola Lazarte y Albina Ruiz.

Mientras tanto, la angurria y el afán de poder ha signado a un grupo de actuales ministros como los más deshonrosos. Empecemos por el premier Gustavo Adrianzén. En 2015 cuando fue ministro de Justicia durante el gobierno de Ollanta Humala destituyó a la procuradora Julia Príncipe porque estaba investigando a Nadine Heredia. Y tras cumplir la ‘consigna’, renunció al cargo y huyó como un cobarde… Pero volvió para continuar siendo un lambiscón.

Y qué decir, de la titular de Vivienda Hania Pérez de Cuellar, que desde que ingresó al portafolio únicamente blinda a la mandataria con respecto al ‘caso Rolex’. Asimismo, la titular de Cultura Leslie Urteaga y los ministros Raúl Pérez Reyes, Daniel Maurate, Eduardo Arana, Elizabeth Galdo y Morgan Quero, que junto a Ángela Hernández agraviaron con sus afirmaciones a las niñas Awajún que fueron violadas por sus profesores.

Estos ministros no tienen honor y vienen utilizando sus cargos para fungir de escuderos y voceros de Dina Boluarte, con el propósito de apañar sus malas prácticas.

Simplemente… que la historia los condene.  

(Columna publicada por Diario UNO)

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Cultura combi en rojo

Lee la columna de Edwin Cavello

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El fin de semana, un video que fue grabado por una cámara de seguridad del Centro de Lima, mostró un brutal atropello de cinco personas que se encontraban en medio de la Av. Abancay, una de las avenidas más transitadas y caóticas del país. El auto que embistió a las cinco personas era conducido por Alarino Gabriel Palma Valladares, un anciano de 70 años. Tras el grave hecho la policía demoró en someterlo al dosaje etílico, detalle que genera suspicacia. Hora después, el imprudente conductor manifestó a la PNP que se había distraído del volante porque volteó a ver a su perrita Luna, que se encontraba en el asiento posterior.

Su grosera distracción, envió al hospital a los transeúntes Antonio Murua Franco (67), Juan Diego Conejo Meléndez (31), José Condori (39), Rogelio Huamanía Palomino (41) y Viviana Sánchez Lulicha (22). El más grave de todos fue Murua Franco, ya que terminó con el cráneo destrozado e inducido a coma con respirador artificial.

Héctor Lavoe ya advertía en su canción “Juanito Alimaña” la delincuencia y la brutalidad del comportamiento del ser humano en las ciudades: “La calle es una selva de cemento/ Y de fieras salvajes como no/ Ya no hay quien salga loco de contento/ Donde quiera te espera lo peor”. A esto, hay que sumarle la cultura combi que se ha instalado en varias generaciones y que enfrentan la vida con el clásico “ya qué chucha”, actitud alpinchista de aquellos que prefieren la informalidad y romper las reglas.  Aquellos choferes que dejan a los pasajeros donde se les antoja, transeúntes imprudentes que cruzan en rojo como si estuviera en verde, borrachos al volante, policías coimeros y otros personajes que conviven en las arterias más transitadas de una ciudad con más de 10 millones de personas.

En cualquier otro país civilizado un conductor que te ve parado en medio de una avenida te da el paso. En Lima, un conductor que te ve parado en medio de la avenida te pasa el auto por encima y luego nos dice que se distrajo con una perrita. Esa excusa es una perrada.  Sigo convencido de que la raíz del problema de todo esto es la falta de educación, la falta de cultura ciudadana.

Mientras tanto, nos gobierna una presidenta responsable de la muerte de 60 personas y un ministro que considera las violaciones “prácticas culturales”. El país se sigue degradando y Dina se va a China.

(Columna publicada en Diario UNO)

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Huacho: José del Carmen Cañas Meza y la fiesta de San Pedro

Lee la columna de Rafael Romero

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Por Rafael Romero

Por más de medio siglo un pescador en el mar de Huacho, don José del Carmen Cañas Meza, próximo a cumplir 83 años de edad, empieza a dejar todo listo, junto a los hermanos católicos, para celebrar la fiesta de San Pedro, cuyas actividades centrales están programadas tradicionalmente para el 28 y 29 de junio.

Para vecinos huachanos como José del Carmen, alma noble y trabajadora, llamado con afecto “Canita” por sus amigos y hermanos de Gremio de Pescadores del Puerto de Huacho, esta fiesta tiene especial relevancia y emoción. La razón es muy simple: se trata de San Pedro, Patrón de los Pescadores y Santo Patrón de la Ciudad de Huacho.

Ahora, a menos de una semana para el día central de esta festividad, José “Cañita”, que ocupa el cargo de Piedad y Culto, y el vecino ilustre Alberto Grados, de 65 años, narraron para esta redacción diversos aspectos sobre el significado de San Pedro en Huacho.

Efectivamente, en dicho distrito de la provincia de Huaura, hace 36 años se organiza con gran devoción esta fiesta religiosa porque desde entonces el antiguo Gremio de Pescadores se elevó a la categoría de Hermandad (del Gremio de Pescadores del Puerto de Huacho) por Decreto Episcopal N° 02-74-09.RO.69 del 14 de mayo de 1988.

De manera que, a lo largo casi cuatro décadas, los pescadores, ya como Hermandad, se vuelcan a celebrar el día de San Pedro con gran devoción religiosa y participan en entusiastas actividades sociales y culturales. Quien está a cargo de esa coordinación general es José del Carmen “Cañita”, el único fundador vivo de la Hermandad. Asimismo, es capataz general y encargado de Piedad y Culto, poniendo cada año el mayor celo para cumplir el recorrido procesional (desde la salida de San Pedro de la Catedral hasta su posterior retorno al recinto sagrado).

Como en muchas localidades costeras, puertos y caletas del país, especial significado plantea la procesión de la sagrada imagen de San Pedro sobre las aguas del océano Pacífico. No obstante, cuando regresa a tierra y va por las calles o avenidas de la ciudad de Huacho se produce una serie de paradas en diversas casas e instituciones previamente programadas para el recorrido.

Esa lista de paradas, donde la sagrada imagen recibe los honores y la muestra de respeto de familias de Huacho, es coordinada por José del Carmen “Cañita”, junto a un equipo de notables devotos y hermanos en la fe, señalando que para esta próxima fiesta del 28 y 29 de junio, por primera vez, habrá dos capotes y dos cambios de ropas del santo patrón, con todo lo que ello implica previamente en la presentación semanal de novenas, misas de agradecimiento, misas solemnes y bendición de indumentarias (túnicas, capotes y bendones).

De otro lado, como ya es costumbre, un día antes de la procesión, el 28 de junio, los mayordomos hacen posible la presentación de retretes, de una degustación gratis de platos típicos y potajes, así como de la fiesta patronal y de los homenajes con bandas de músicos, grupos de arte tradicional y las agrupaciones folclóricas que hacen de Huacho una ciudad porteña amable y hospitalaria.

Con José “Cañita” y Alberto Grados hicimos un recorrido por el muelle de pescadores de Huacho, por las instalaciones de ENAPU y la Cruz Tallada de San Pedrito, y se recordó que fue precisamente “Cañita” quien recibió en sus manos la imagen del rostro de San Pedro, tallada en el distrito limeño de Barranco, donada por unos exalumnos maristas del Colegio San José, imagen que está instalada en una segunda cruz del malecón de Huacho.

Desde esta columna nos sumamos a los saludos de los devotos y al respeto que anualmente le tributa la Hermandad del Gremio de Pescadores del Puerto de Huacho al emblemático apóstol de Nuestro Señor Jesucristo, San Pedro.

Igualmente, en la persona de José “Cañita” y de Alberto Grados, congratulamos al pueblo de Huacho, por mantener vivas las tradiciones de una emotiva fiesta religiosa, cultural y popular, hecho más relevante en Huacho donde una de sus principales actividades económicas es la pesca artesanal, a la que debemos cuidar y defender.

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Un somero comentario sobre Revolución Caliente

Lee la columna de J.,MIguel Vargas Rosas

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Escribe: J. Miguel Vargas Rosas

Está demás manifestar que Rodolfo Ybarra tiene una gran destreza en el uso del lenguaje y en la creación poética, por lo que su novela Revolución caliente (Arteidea, 2020) que sobrepasa las 500 páginas, posee una prosa-poética impecable y dinamismos lingüísticos. Dicha novela trata de reescribir la “auténtica” Historia del Perú, tal como lo señala el subtítulo —y lo hace con un tono controversial y a través de alegorías—, y de esbozar teorías revolucionarias aparentemente aplicadas a los años ochenta y a la modernidad, aunque en un 60% del  discurso narrativo se limita a verter reclamos y protestas contra el sistema imperante, tal como señala Marco Aurelio Denegri: «El texto de Ybarra es un texto de denuncia, de invectiva; son manifestaciones, digamos, propias de los repentes fundados de ira ya desde un punto diferente del discurso para alzar los ánimos en las plazas públicas». Por tal motivo, hablar sobre la novela de Ybarra es hablar también sobre política y cuestiones filosóficas.

    Pero vayamos por partes; centrémonos de momento en el asunto literario, pues como decíamos, la novela contiene una prosa-poética muy bien elaborada y dinamismos lingüísticos, entre los que sobresale la polifonía (lengua erudita, culta, coloquial y hasta “replana”), logrando construcciones muy estéticas, a veces con una dulzura popular y otras, embarradas de una pasión desenfrenada. Todo esto ambientado en una realidad “distópica” como el propio autor lo señaló en su momento y tal como se da a entender en la página 11 del texto.

    «Y si, por algún motivo, volvemos a preguntar qué es una distopía, seguro encontraremos que esa palabra exacta o definición sustanciosa no nos servirá para completar correctamente el crucigrama de aquel viejo periódico con el que ahora envolvemos cualquiera cosa o lo guardamos entre nuestro pecho y espalda para que nadie se atreva a echarlo a la basura o dejarlo a la voracidad de las polillas o de los gusanos, larvas o pupas. Y así, de esta forma y no de otra (¿habrá otra forma de decirlo?), ¿alguien se recordará de nosotros?»

     Esta distopía es lo que permite soñar, tanto al autor como a uno de los narradores y al lector, con un futuro esperanzador revestido de lenguaje poético, que es a su vez una característica ínsita en el autor, el cual puede elaborar construcciones semánticas versificadas incluso con una dicción vulgar en las que se aprecian el torrente arrasador de las emociones. Poético podría ser la siguiente descripción que abandona la prosa simple para ornamentarse de metáforas profundas y complejas: «Nacimos en la oscuridad, bajo los conteiners, en los sótanos de los desagües, junto a las alimañas, muy cerca del corazón paroxístico de esta ciudad» (p. 15); además, cuando la voz narradora habla objetivamente sobre la realidad social o el entorno en el que se mueven los personajes, su verbo no está exento de poesía; por otro lado, hay subcapítulos que poseen una prosa ensayística en la que los narradores intentan explayarse sobre distintos tópicos desde sus perspectivas y concepciones. De esta manera, el libro se enriquece aún más, sin caer en lo didáctico ni abandonar la crítica social y el naturalismo literario, tal como lo señala Gonzalo Portals en el texto de contraportada: «(…) y en todas ellas el afán didáctico no cunde, se esclerotiza, se ralentiza en unas formas y lenguas corrosivas que, en su (im)pertinencia, dinamitan cualquiera estímulo de superación y sepultan bajo lajas cruciformes cualquier antídoto contra la desesperanza». En cuanto a la estructura, la novela rompe con el fluido lineal del tiempo —descollando los años 80— y abunda la diversidad espacial, aunque en la mayoría del texto bien podemos ubicarnos en una Lima hostil y en zonas proliferadas por jóvenes pequeño burgueses, quienes son expuestos al lector mediante sus descripciones psicológicas que se plasman en formas directas e indirectas, ya que Revolución caliente se inclina más hacia la etopeya que a la prosopografía, como si el autor buscase radiografiar principalmente la psiquis de cada personaje y, desde esta óptica psicológica, reflejar el proceso que conduce al anarquismo a iniciar su propio movimiento revolucionario, creando así una realidad distópica. De ahí la inevitable influencia ejercida por la literatura dostoievskiana; algunos de sus personajes intentan justificar conductas libertinas bajo argumentos  nietzscheanos y hasta “revolucionarios” —Esta influencia se halla con mayor notoriedad en “Grabaciones en directo: Identikit de Harter”— y en otros subcapítulos va a emular el discurso filosófico de Nietzsche, porque,  claro está, en el libro subsiste un intento por la experimentación narrativa y logra licuar varios subgéneros que bien podrían ser leídos de manera aisladas, tal como señalase Miguel Ildefonso: «Todo ello le da un carácter de novela-ensayo-documento-manifiesto y más..».

   Resulta interesante y necesario destacar la otra historia que va entretejiendo la voz (o voces) narradora(s) sobre la plaga de ratas que infesta la gran urbe, porque emplea magistralmente la alegoría y la interpretación de esta, va a forjar en los lectores una dicotomía analítica: bien puede ser la representación descarnada de la realidad política que lastima, que corroe, que saquea, que hiere al pueblo peruano; bien puede ser —debido a que así lo describe en algunas partes— la representación del hombre antisistema o de la parte consciente del pueblo que es vilipendiada, excluida, arrojada a sobrevivir en la miseria y empieza a rebelarse contra los que intentan matarla.  Sobre la misma, Gonzalo Portals enfatiza lo siguiente, estableciendo un parangón con la novela de José B. Adolph: «A diferencia de Mañana las ratas, la novela de ciencia ficción de José B. Adolph, en la que el autor plantea la invención de una Lima futurista y distópica en la que el sujeto-rata, el excluido del (anti)sistema es un sobreviviente que termina por empinarse como el representante más acerado del cuestionamiento y la crítica contra las formas políticas de gobernar el mundo, Revolución caliente de Rodolfo Ybarra nos coloca ante una realidad oleaginosa, envilecida y decadente»

    Sin embargo, debemos hacer una observación que estamos seguros no restará en nada el mérito alcanzado por Revolución caliente en la literatura peruana, y es que en su intento de alardear conocimientos sobre otras materias y elaborar capítulos en los que al parecer tiene como único fin desvariar a través de palabras rebuscadas o demostrar la amplitud lexical del narrador, Ybarra decide ignorar —sus razones tendrá— uno de los postulados de Aristóteles esbozados en La poética (1798) sobre la extensión justa de los textos —fábulas, dice este— que creemos sigue vigente y debería ser tomado en cuenta: «(…)la duración que verosímil o necesariamente se requiere según la serie continua de aventuras, para que la fortuna se trueque de feliz en desgraciada, o de infeliz en dichosa, esa es la medida justa en la extensión de la fábula»; y desde una óptica muy personal, Revolución caliente tiene subcapítulos que resultan innecesarios en el camino hacia el final (final que, por cierto, impacta en la conciencia del lector), alargando el texto injustificadamente o por la soberbia que ya mencionamos líneas arriba, pese a que desde el inicio de la novela ya es notoria la vastedad de conocimiento plasmada en el texto.

    Revolución caliente no solo es un libro que versa sobre el “anarquismo” en el Perú, sino que contiene un espíritu anarquista, aunque renuncia al “dogmatismo” y llega al reconocimiento positivo de los aportes dados por los clásicos del marxismo en pro de una revolución social. Incluso me atrevería a señalar que se aprecian más las citas y políticas específicas hechas por Marx, Lenin y Mao que las de los propios ideólogos anarquistas entre los que sobresalen Bakunin y Proudhon, de los cuales se citan sus postulados generales —teniendo en cuenta que Anarquismo y Marxismo tienen una rivalidad que no se centra en asuntos superficiales o triviales, sino en políticas determinantes—. La Alcantarilla agrupa a jóvenes anarquistas en la Lima gris dentro del libro y son estos los que se van a mostrar “humanos”, transparentes, con traumas psicológicos, con sus sueños, sus extravagancias, sus errores, etc. Y lo que precisamente les hace humanos es que, bajo el liderazgo de Anarquímedes —misterioso e inubicable—, reconocerán y respetarán los intentos fallidos de ciertos movimientos revolucionarios, entre los que se incluyen a Los rojos y Los negros en los años 80; denominación que se le da en el texto a los dos grupos alzados en armas durante la guerra interna. Entonces, en Revolución caliente hay una visión poliédrica de los años convulsos 80 y 90, en la que aparecen personajes reales a quienes se les modificó ligeramente los nombres; mediante el realismo nos describe el círculo anarquista anquilosado en una rebeldía sin causa y enfangado en el libertinaje —Harter Jarjacha, Monik, Bb la caballo, etc. reunidos en La Alcantarilla, sobre los cuales pesa la constante contradicción individualismo-comunidad— y hay sueños cuando —aquí, como ya lo señalamos, es útil la distopía— se crean líderes anarquistas ficticios como Anarquímedes, sobre el cual también hallamos rasgos pequeñoburgueses en su concepción “revolucionaria”, quien va a dotar de un ideario “revolucionario” a los anarquistas en el Perú; esta distopía tiene como fin supremo —según nuestro análisis— gritar a viva voz que el anarquismo va más allá de la simple “rebeldía sin causa”, del libertinaje o de las acciones impulsivas. Sueño es también el final abierto de la novela, en donde se habla del avance triunfal de una revolución anarquista y sobre el destino incierto de los personajes. La revolución anarquista no podría ser más que un sueño o una distopía, ya que si analizamos el derrotero anarquista desde el marxismo, Marx y Engels critican al anarquismo por estancar el estallido de la revolución social, por regocijarse en el individualismo pequeñoburgués —característica que puede apreciarse en todos los personajes que pertenecen a La Alcantarilla y en el propio Anarquímedes—, y critican también el mutualismo proudhoniano que los lleva a concluir que el anarquismo, debido a sus estudios poco concienzudos y científicos, brega indirectamente por mantener el modo de producción capitalista —Lenin arriba a la misma conclusión y enfatiza en su Socialismo y anarquismo: «El anarquismo es el individualismo burgués a la inversa» (O.E. p. 377) tras afirmar que más de 40 años después, el anarquismo no ha hecho nada más que elaborar frases generales contra la explotación y esto es quizá el motivo de por qué los personajes de Ybarra solo citan frases generales de los anarquistas—. Y aquel sueño de una revolución anarquista triunfante, encuentra su símil y a la vez su contrario en Tungsteno, la novela de César Vallejo, cuyo final abierto nos indica que la revolución socialista está por estallar.

    Por lo tanto, con y pese a todo lo dicho, el mérito de Revolución caliente no recae únicamente en la forma literaria, sino también en la intención magnánima de mostrar el mundo estancado del anarquismo en el Perú, haciendo un listado de grupos musicales de rock y metal, de canciones, drogas, etc. que nos ubica en el ambiente de los jóvenes marginales y clasemedieros y nos permite pernoctar en un círculo muy poco conocido —Sobre estos temas, claro que se habló ya en la literatura peruana y un ejemplo clave podría ser en Octubre no hay Milagros de Oswaldo Reynoso—; en escribir agriamente sobre la historia peruana (delinea una retahíla de imágenes que van desde la guerra civil incaica, pasando por la invasión española, la República, la guerra con Chile, hasta llegar  a sucesos contemporáneos, como el caso El frontón, etc.), esbozando constantes críticas contra el sistema capitalista en un tono vargasviliano, cuyo objetivo es mostrar al sistema como un aparato opresor que ve todo y a todos como una mercancía, y que todo acto dentro del sistema propugnado por los gobernantes, solo sirve para engrandecer las arcas individuales de los agentes “pretorianos”. Con esto, postula un anarquismo crítico (por no decir radical) y panfletario contra los enemigos del pueblo —a lo González Prada— y un anarquismo racional frente al socialismo científico o el marxismo, buscando hasta cierto punto confraternizar algunos lineamientos entre anarquismo y marxismo: dos posturas rivales y rivalizadas.

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Los Carnero

Lee la columna de Julio Barco

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Conozco a la familia Carnero. Los conozco de dos formas, por sus libros, y, claro, porque son mis amigos. En más de un siglo, sus diversas generaciones, mantienen la bitácora de la cultura, la política y el arte como sus firmes convicciones. El patriarca, Genaro Carnero Checa, fue miembro activo de la vieja izquierda. Desde 1937, como deportado político, tuvo diversos peregrinajes (Ecuador, México, Panamá) donde logró cultivar a plenitud su faceta de periodista.

Así, su obra La acción escrita (1964) es la primera biografía de Mariátegui, más recordado como ideólogo, pero dedicado al periodismo desde sus épocas de Juan Croniqueur. El título de la obra -un rutilante oxímoron- nos revela la tenaz tarea del Amauta: generar crítica a través de la palabra. Agreguemos que Genaro fundó, junto a Uzátegui y Escudero, la Federación de Periodistas del Perú. En 1941, nace su hijo Germán Carnero Roqué, que prosigue la herencia cultural. El padre lo estimula a concretar sus primeros escritos e incluso, en Europa, acerca sus versos a Pablo Neruda, amigo de la familia. Es un poeta, afirmó el Nobel. Así, Germán, cultiva el verso con obras de valiosa factura como Ese cantar de alondra (1962) o Triste Veranillo (1998); sin olvidar En el embriagado morir de cada instante (2021), escrito en la plenitud de sus dones líricos, octogenario y sapiente.

Añadamos que, por edad, los estudiosos lo colocan en la Generación del 60, junto a bardos como Heraud o César Calvo. También trabajo en la Unesco. De Germán y la pintora Ada Ester, nace Alejandro Carnero. Yo lo conocí cuando trabajaba en el Ibero de Miraflores y él me preguntó por una edición de Tradiciones Peruanas. Al otro día, regresó con un ejemplar de su estupendo libro de crónicas Tanta gente extinta, tanta tinta tonta (2010). Después, se sucedieron las memorables reuniones en la casa de sus padres, en su departamento Miraflores; donde, a veces, nos acompañaba el poeta Rodolfo Hinostroza. Alejandro trabajó por años en la ONU, editó su genial novela La pálida, de corte filosofía fantástica. Actualmente tiene un proyecto: Cerebro Perú.

(Columna publicada en Diario UNO)

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El Partido Cívico OBRAS y su filosofía política

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Por Rafael Romero

Al momento de pergeñar estas líneas, superada una antojadiza y ya desistida tacha, el Registro de Organizaciones Políticas (ROP) del Jurado Nacional de Elecciones tiene el camino listo para evacuar la resolución definitiva de inscripción del Partido Cívico OBRAS (PCO).

La participación electoral del PCO y el factor de su fundador, el periodista Ricardo Belmont Cassinelli, contribuirán mucho a elevar el nivel del debate y la calidad de la política, tan venidos a menos por la manipulación de los grupos del poder global que le cerró el paso a los verdaderos políticos y le abrió las puertas del Estado -de par en par- a los politicastros.

La pregunta clave es: ¿El Perú cómo podrá tener “políticos” y no “politicastros”? La respuesta es sencilla y consiste en hacer de los partidos verdaderas escuelas de pedagogía ciudadana; en edificar instituciones que respeten y practiquen la ética pública; y en debatir permanentemente con ideas o premunidos de filosofía política.

No más advenedizos y arlequines en las campañas electorales donde la farándula y el exhibicionismo han primado en estas tres décadas, razón por la cual personajes faranduleros, pillos, ladrones y politicastros resultaron ocupando miles de puestos públicos, llevando al país al hoyo en el que se encuentra.

Por tanto, la próxima campaña electoral tiene que ser diferente a las anteriores, y para eso el elector tiene que valorar antes de ir a las ánforas las ideas y meterse un poco más en la filosofía política. Esto es lo central en la ciudadanía con el objetivo de elevar el nivel del debate político y con el fin de exigir a las corporaciones mediáticas más transparencia y veracidad en sus noticias. De esta manera mejorará sustancialmente la calidad de los foros de discusión programática y de los candidatos a la cámara de diputados, al senado, a la presidencia y vicepresidencias, a los cargos municipales, provinciales y regionales.

En este contexto, el PCO tiene una filosofía consistente y eso le da fortaleza a diferencia de otras organizaciones políticas que se convirtieron en vientres de alquiler o clubes de tránsfugas. En consecuencia, lo sustantivo es la filosofía política, ya que de la cual se desprende el ideario, la doctrina y los planes de gobierno, y alrededor de esa filosofía deben girar las estrategias de comunicación, el marketing político y la convocatoria a los mejores hombres y mujeres de la Patria.

Ricardo Belmont ha configurado esa filosofía política desde el momento en el cual ha estado sometido a un proceso de dialéctica personal frente a los retos y al sistema imperante que le ha tocado confrontar, viendo pasar el último medio siglo de la historia del Perú hasta el presente, tiempo en el cual ha quedado completa e integrada su filosofía para ponerla de cara a la realidad nacional.

Sobre la base de la filosofía humanista y con el aporte de peruanos ilustres como José Faustino Sánchez Carrión, Manuel González Prada, Víctor Raúl Haya de la Torre y Augusto Belmont Bar, las ideas del PCO deben estar en concordancia con una praxis política responsable donde debe primar la disciplina, la ética y la integridad.

¿Cómo ser un líder estoico que refunde el Perú? Respecto de esta interrogante, sobre la base de la filosofía política planteada por Ricardo Belmont en distintos foros, en especial en los programas de Habla el Pueblo, y consultando por mi parte el interesante aporte de Daniel Ordaz, que resume muy bien a Ronnie H. Kinsey, para sintetizar lo que es un líder estoico, todos antes debemos conocer y revisar el significado de estoicismo.

Es la filosofía de Zenón, quien desde la Grecia antigua enseñó el autocontrol, la resiliencia y el pensamiento íntegro. Por eso es que la filosofía del PCO es totalizadora y regeneradora para la sociedad peruana, donde -como en cualquier otra- hay estrés, caos, desorganización, abuso e injusticia. De manera que el estoicismo ayudará a enderezar lo torcido, a pensar mejor y, por tanto, mejorará las relaciones personales y dará lugar a la toma de buenas decisiones (obviamente con ética).

Ricardo Belmont, siguiendo las máximas y mínimas de su abuelo Alejandro Belmont y Marquesado, descendiente de Ramón Castilla y Marquesado, así como siguiendo los pensamientos que solía inculcarle su padre Augusto Belmont Bar, logra conocer y meditar en la filosofía, a la que agrega el espíritu espartano, pero para aplicarla a la realidad práctica y a la vida diaria de los peruanos, ponderando la autodisciplina, la virtud y la razón, el autocontrol frente a los problemas y el dominio de sí mismo antes que las emociones negativas. Es decir, pone a los peruanos frente a la empatía y al buen temple para gobernar el Perú con el objetivo de reorganizarlo y darle a todos los compatriotas paz, bienestar, justicia y dignidad.

En esencia, lo que le dice al país la filosofía del Partido Cívico OBRAS es que no todo está perdido, hay que tomar mejores decisiones como, por ejemplo, darle el respaldo a una organización política en primera vuelta y se debe confrontar los problemas con mentalidad positiva, y ese positivismo Ricardo lo ha postulado por décadas.

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