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Literatura

CUENTO: “DULCE HOGAR” de Luis Humberto Moreno Córdova

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DULCE HOGAR

Por Luis Humberto Moreno Córdova


 


La voz de la terramoza lo despertó. Antonio abrió los ojos lentamente, mientras contraía sus músculos, dejando escapar un bostezo. Por la ventana empañada de rocío divisó las montañas lejanas y las casas hechas de adobe y techadas con calaminas. Buscó su botella de agua, tomó un sorbo. A su lado, un hombre de cabello canoso le dio los buenos días.

Bienvenidos a la ciudad de Huánuco, fundada por los españoles en el año…

Antonio hizo un repaso rápido de sus pendientes: presentarse en el hotel, ponerse en contacto con algunas personas de la empresa. ¿Tendría tiempo? Tal vez podría dormir un poco.

Lo habían embarcado en el bus con una rapidez nunca antes vista. Nadie en la empresa había querido hacer ese viaje. Pero Antonio había levantado la mano presuroso. Era la mejor oportunidad para darse un respiro. Irse lejos era lo mejor que le podía pasar. Por eso no había dudado cuando en la reunión habían buscado un voluntario para supervisar la apertura del nuevo supermercado en Huánuco. Antonio fue el único en ofrecerse. “Sales hoy mismo”, le dijo su gerente.

Huánuco tiene un clima agradable por las mañanas, se recomienda por las tardes llevar abrigo ligero…

Llamó a su casa para pedirle a Cintia que empacara sus cosas. “¿No puedes hacerlo tú?” le había preguntado Cintia. “El bebé no me da tiempo para nada”.

Rodrigo, su hijo, había nacido hace dos meses. La vida para Antonio era infeliz desde entonces. No había planes, salidas, ni noches de sueño pacíficas. Le costaba concentrarse en el trabajo, estar de buen humor. Cintia era una criatura chillona, sensible y abominable, que pasaba todo el día quejándose de todo, sin humor para hacer las cosas que solían hacer apenas hace año y medio.

Lo peor de todo era el sexo. El sexo había muerto. Y Antonio no tenía ni un espacio de libertad donde al menos correrse la paja. Era demasiado cobarde como para enfrentar una aventura, y la casa le quedaba chica. Aún más desde el nacimiento de Rodrigo.

Puede visitar la plaza de armas, la laguna y el bulevar, el templo de las manos cruzadas en Kotosh…

El mundo de Antonio no tenía colores. Era un miasma en blanco y negro, emergiendo de una alcantarilla oscura. Vivía escapando de todo lo que le rodeaba. Se levantaba temprano para escapar de su casa, del llanto insoportable de Rodrigo, de los pedidos de auxilio de Cintia, de los saludos hipócritas de los vecinos. Llegaba al trabajo y tomaba un largo desayuno para escapar de las rabietas de su gerente, de esos engreimientos ridículos que eran reverenciados por todos sus compañeros. Se enclaustraba en su cubículo para revisar formularios y márgenes de ventas, y al caer la tarde miraba su reloj urgido, rogando que sean ya las seis en punto para escapar de la oficina.

De regreso, rogaba encontrar todos los semáforos en rojo, para tener unos minutos más de música y soledad. Luego aparcaba en el estacionamiento y contaba los pasos que le faltaban para llegar a casa y toparse nuevamente con todo el ciclo de su innombrable vida: La oficina, la casa, el llanto del bebé, su esposa llena de ojeras y reclamos, los recibos, la tv, el cansancio. Todos los días eran el mismo día.

Gracias por su preferencia. Esperamos que disfruten su estadía.

La voz de la terramoza dejó de torturarlo. El bus se detuvo dentro del terminal y la gente bajó en tropel a buscar sus cosas. Antonio había cargado dos maletas de mano, por lo que no tenía de qué preocuparse. Ante la negativa de Cintia de hacerle las maletas, había empacado cualquier cosa. Si necesitaba algo más se lo compraría en alguna tienda.


***

Antonio subió a un taxi con rumbo al hotel de turistas. ¿Hotel de turistas?, se preguntó. ¿Hay algún hotel que no sea para turistas?

Llegó al hotel. “Ande con cuidado, sobre todo en las noches, que asaltan”, le dijo el taxista mientras lo ayudaba con sus maletas. Antonio le dio un billete grande y le pidió que guardara el cambio. El taxista se persignó con el billete.

La habitación era pequeña pero confortable. El calor arreciaba. Antonio se fijó por la ventana y vio la piscina. Gracias a Dios, pensó. No hubiera podido con el calor. Se dio una ducha rápida, desayunó en la primera planta y salió del hotel rumbo al supermercado, que quedaba a una cuadra, cruzando la plaza de armas. Ahí lo esperaban algunos empleados administrativos, que al verlo lo saludaron con suma reverencia. Antonio se sintió importante. En la oficina principal no era más que un hámster dentro de una rueda, corriendo sin parar todos los días. En Huánuco sin embargo, se sintió como un rey. Entendió por qué su gerente se portaba siempre como un imbécil. Eran las licencias del poder.

Los empleados se presentaron uno a uno, se acercaban casi jorobados por la cortesía y estrechaban su mano. Hombres y mujeres, todos era igual de feos: bajitos, parduzcos, con el cabello hirsuto y los dientes chuecos. Antonio pensó que hubieran sido capaces incluso de besarle la mano como a un obispo. Estaba aburrido de ese protocolo innecesario. “gran acierto, señor Antonio, gran acierto”, le decían, felicitándolo por una obra en la cual él no había tenido participación alguna. No importaba. Antonio se sentía bañado por una gracia divina. No echaría a perder su endiosamiento con achaques de humildad.

Empezaron a recorrer los ambientes. Todo estaba en su lugar, aunque, concretamente, Antonio no sabía bien que era lo que tenía que supervisar. Le habían prometido mandarle instrucciones, pero hasta el momento nadie lo había llamado. Los empleados se peleaban por un turno para hablar y comentar sobre los trabajos realizados. Antonio asentía sin prestarles atención, mientras pensaba en qué pediría para el almuerzo. “Y esta es la zona de electrodomésticos, Don Antonio”, decía uno. Antonio asentía, mientras pensaba que a Cintia poco le importaría que el bus en el que viajó se hubiera volcado, mientras pudiera cobrar su millonario seguro de vida. En algún momento la llamaría, pensó. Daba igual.

-Lamento la demora –se escuchó por el pasadizo.

El ruido de unos tacos altos repercutió en la amplitud de la tienda. Clac, clac, clac. Una figura menuda, delgada, de larga cabellera negra apareció frente a todos. Tenía el cuerpo sufrido por el campo, pero era bella. Su sonrisa era una prolongación infinita de luz, y sus ojos resumían la noche. No tenía la tez parduzca, sino canela. Antonio sintió un flujo de saliva acumulándose en su boca. La tragó disimuladamente.

-Don Antonio, le presento a Nazarina Tello –dijo uno de los empleados- la jefa de tienda.

Nazarina se acercó y le dio un beso en la mejilla. No se jorobó ni se gastó en reverencias. Sólo lo saludó, como lo haría una vieja amiga. Antonio sintió una ligera molestia. Se sorprendió al percatarse de lo rápido que podía acostumbrarse a la sumisión de la gente.

-Veo que ya le han mostrado la tienda –dijo Nazarina, con los ojos fijos sobre Antonio-. Tenemos que ir a revisar algunos documentos.

Antonio asintió. La molestia se tornó en nerviosismo. Nazarina era bella. Las manos de Antonio empezaron a sudar. Pensó en aflojar un botón de la camisa, que empezaba a empaparse. Los empleados se despidieron y desaparecieron entre los corredores de la tienda. Nazarina le señaló unas escaleras que daban al segundo piso.

Llegaron a una oficina amplia, de ventanas grandes, por donde se colaba el viento rancio que anticipaba al mediodía. Nazarina echó algunos documentos sobre su escritorio y empezó un largo discurso sobre cuentas, números y productos en stock, que para Antonio no tenían ningún significado. Mientras ella hablaba emocionada de todo lo logrado, Antonio asentía y, de vez en cuando, reforzaba las ideas simples con algún comentario vano, para dar la sensación de que la estaba escuchando. Su estómago dio un gruñido. Hizo un ademán para ponerse de pie y empezó a guardar los papeles del escritorio.

-Estoy muy satisfecho con su trabajo, señora Tello. Todo saldrá bien en la inauguración.

Nazarina abrió sus ojos y contuvo una sonrisa orgullosa.

-No soy señora, don Antonio. Pero puede tratarme de tú.

-Pienso lo mismo. Creo que no estamos tan viejos para estos formalismos. ¿Almorzamos?

Nazarina aceptó.

-Vamos al mejor restaurante que conozcas –dijo Antonio.

El teléfono de la oficina los detuvo. “De Lima”, dijo Nazarina, después de contestar. Antonio tomó la llamada. Era su gerente.

Sujetó el auricular con el hombro y sacó una libreta para tomar notas. Nazarina lo vio sonreir nervioso, asentir, confundirse. Tomaba un apunte y luego lo tachaba, para después volver a remarcarlo. Después de quince minutos Antonio colgó.

Salieron del supermercado y subieron a un taxi. Cruzaron el malecón, el puente Pavletich rumbo a la Olla de Barro. “Te va a gustar”, le dijo Nazarina.

Se sentaron en una mesa al aire libre, cubierta por un toldo rústico. Frente a ellos había una gran piscina en donde varios niños chapoteaban felices. Nazarina le sugirió que pidiera pachamanca, era una porción grande y podían compartirla entre los dos. Antonio se emocionó al pensar que la idea de compartir podía llevar un mensaje oculto. El mozo tomó su pedido y les dejó un potecillo con cancha serrana.

-¿Cuánto tiempo llevas en la empresa? –preguntó Antonio mientras tomaba un puñado de cancha.

-Tres años ya van a ser.

-Tienes más tiempo que yo.

-Yo empecé desde auxiliar contable.

-Ah. ¿Eres contadora?

-Sí. Estudié en la Hermilio Valdizán.

Un grupo de niños pasó a lado de ellos, corriendo, gritando y salpicando agua. Antonio gruñó, pero se contuvo de hacer una rabieta al ver que Nazarina reía.

-¿Y nunca has pensado ir a Lima?

-Si conozco. Pero para trabajar allá tendría que estudiar de nuevo. Allá sólo aceptan egresados de universidades limeñas. No tengo dinero para eso.

-¿Piensas quedarte aquí para siempre?

-No. Me contaron que a la jefa de Chiclayo la promovieron a Lima por sus resultados. Quiero hacer lo mismo.

-Ahora entiendo tu preocupación por la tienda.

-Sí. Y tu aprobación me deja tranquila.

Antonio sintió un escalofrío por su espalda. Nazarina se sentía contenta por su aprobación, pero él apenas recordaba algo de todo lo que ella le había mostrado. Pensó que sería bueno regresar y revisar los documentos con calma. Lo haría después de almorzar. Era mejor cerciorarse.

El mozo trajo el plato de pachamanca. Nazarina no había mentido. Era enorme.


***

La comida resultó tan buena, que Antonio estuvo tentado de pedir más. El mozo, a manera de cortesía, les invitó un traguito de aguardiente, asegurándoles que era lo mejor para una buena digestión. Después de pagar la cuenta caminaron por un trecho rodeado de flores y eucaliptos. Antonio empezó a sentir el peso de almuerzo. Al diablo los documentos pendientes, pensó.

Después de mucho insistir, convenció a Nazarina para ir al hotel y pasar la tarde en la piscina. Antonio aguardó en el taxi, mientras Nazarina entró a su casa para recoger algunas cosas. Media hora después Antonio reposaba sobre una perezosa. Las gotas de agua chorreaban por su cuerpo. Su cabello húmedo lo defendía del calor inclemente. La voz de Nazarina lo animó a mirar por el rabillo del ojo.

La vio llegar, vistiendo un bikini negro. Sus caderas eran dos serpientes rebeldes que podían capturar a la presa más fuerte. Sus piernas macizas revelaban la infancia de alguien que había corrido por el campo, trepado cerros, cultivado la tierra. Sus rodillas estaban adornadas con cicatrices inocentes, sus hombros parecían dibujados a mano. Todo terminaba en un par de tetitas temerosas y friolentas, cuyas aureolas se imponían sobre la oscuridad de sus prendas.

Antonio la comparó con Cintia, y se sintió defraudado. Cintia, al lado de Nazarina, no era más que un enlatado limeño, orgullosa de haber hecho una hora de Tae Bo en el gimnasio, cantando sus dietas, midiendo su colesterol. Incapaz siquiera de cruzar una calle sin tener que tomarle la mano. Era un ratoncito minúsculo y quejón incapaz de descubrir su piel ante el sol. Era un clon fallido de mujer, de esas que compraban minifaldas atrevidas para luego pasarse la fiesta entera con una chompa cubriendo sus piernas. Criatura ridícula, Cintia. Ridícula.

-Está rico aquí –le dijo Nazarina-. Es la primera vez que entro.

-Espero que no sea la última –contestó Antonio-. Me estoy haciendo la promesa de venir seguido.

Nazarina sonrió.

-Sería lindo. Nos haríamos buenos amigos.

Buenos amigos. No era la palabra que Antonio esperaba. No luego de haber pedido una pachamanca para compartirla. No después de ver ese cuerpo canela frente a él. No te preocupes, Nazarina, pensó. Seremos más que eso.

-¿No piensas bañarte? –preguntó Antonio mientras se ponía de pie para echarse un clavado.

-No sé nadar muy bien.

Antonio infló su pecho, retuvo el estómago y caminó como un héroe de acción rumbo al podio. Flexionó las rodillas y se lanzó en un clavado digno de una olimpiada. Dio un par de brazadas hacía el canto de la piscina que daba al lado donde descansaba Nazarina. Le echó unas gotas de agua.

-Entra. Yo te enseño.

Nazarina lo pensó un rato, pero luego se animó. Antonio se percató de la erección dentro de su traje de baño cuando la sintió, abrazándolo. Pudo gozar la tensión de esas piernas macizas, apretándolo, mientras ella reía y temía por su vida. Nazarina intentaba mantenerse a flote, pero Antonio sólo  pensaba en lo dura que estaba su cosa. Luego de un forcejeo juguetón se quedaron en silencio. Antonio quedó cautivo, contemplando los labios trémulos y amoratados de Nazarina. Acercó los suyos lentamente, con sigilo, mientras ella lo miraba con un ratón aterrorizado. Sintió el leve roce de sus bocas; luego el rechazo. Nazarina torció su rostro.

-Eres mi jefe –dijo ella. Antonio tenía que pensar rápido. No le gustaba pensar rápido.

-Pero eso no importa –fue lo único que pudo decir-. Todo está tan bien.

-No –insistió Nazarina-. ¿Cómo va a ser eso, pues?

Se apartó de él y salió de la piscina. Antonio la siguió. Se sentaron un momento sobre las perezosas, callados, como si fueran cómplices de un crimen.

-Debo irme –dijo ella-. Nos vemos más tarde para ver lo último de la inauguración.

-Todo saldrá bien mañana, Nazarina. Ya lo verás.


***

Antonio intentó fumar un cigarro, pero sintió que se ahogaba. Esperaba a Nazarina afuera del supermercado, frente a la plaza de armas. La noche era absoluta, con estrellas incrustadas en un cielo oscuro y conmovedor. Huánuco tenía un ritmo lento, cadencioso, repetitivo. La gente daba vueltas a la plaza en grupos, intercambiando palabras breves, risas. En los bares aledaños, un grupo nuevo de borrachos reemplazaba a los de la tarde, que previamente habían reemplazado a los de la mañana. La ciudad era cruel con su gente, incapaz de brindarles alternativas. O bebías hasta la inconsciencia o te subías al tiovivo interminable de la plaza. Antonio sabía que el supermercado daría un cambio. Por una vez en su vida, sintió que era parte de algo importante. Luego recordó la oficina, su casa, el llanto del bebe y los achaques de Cintia.

Divisó a Nazarina caminando por la plaza. Su andar era presuroso. Antonio cruzó la calle para darle el encuentro. Quedaron frente a frente cerca a la pileta central. Nazarina tenía el rostro pesado. Saludó a Antonio sin darle un beso en la mejilla. Antonio sintió el incordio. Estaba avergonzado por el incidente de la tarde pero, aún así, le costaba ser indiferente ante la belleza cada vez más notoria de la jefa de tienda.

-Lamento lo que pasó –dijo Antonio. Nazarina apenas lo dejó terminar:

-Está bien.

Antonio insistió:

-En serio. Me caes bien. Quisiera que seamos amigos.

El rostro de Nazarina se alivió. Sus ojos recuperaron el brillo y su sonrisa empezó a iluminar la noche.

-¿De verdad? –preguntó. Antonio extendió sus brazos y ladeó la cabeza.

-De verdad.

Se abrazaron. Luego subieron hasta la oficina y revisaron el stock de productos. Antonio le echó una revisada al vuelo a todos los documentos. Todo parecía estar bien.

-Creo que estamos listos para mañana –dijo.

Nazarina dio unas palmaditas nerviosas:

-Mañana será un gran día.

Antonio le sugirió ir a algún lugar para brindar. Nazarina lo pensó por un momento antes de sugerirle que fueran a la laguna. Antonio no tenía idea de qué sería eso, pero le pareció buena idea.

Subieron a una mototaxi, que les cobró dos soles por llevarlos hasta la laguna. “Es que es lejos, señorita” dijo el chofer mientras manejaba. Antonio rió al escuchar a Nazarina, quejándose del maltrato hacia el turista. En el fondo pudo notar cierta vanidad en ella. Tal vez de que la confundieran con una capitalina, pensó.

Era en realidad una laguna enorme, rodeada de arboles y cortada por un puente elevado. En el fondo, dos cerros formaban un embudo por donde asomaba la luna. Las motos surcaban los alrededores, recogiendo y dejando jóvenes con espíritu de fiesta. Antonio siguió a Nazarina hasta la zona de los bares y discotecas. Terminaron sentados en un segundo piso. La vista hacia la laguna era hermosa, sólo contaminada por el ruido asordante de la música.

Pidieron cerveza. Antonio le sugirió a Nazarina que se animara por algún licor, pero ella solo atinó a decir “lo mismo que tú bebas”. Chocaron sus botellas.

-Después de mañana ya puedes pensar en trabajar en la capital –Dijo Antonio, y echó un trago.

-Eso espero –contestó Nazarina, sorbiendo la cerveza con cierto recato.

-Hablaré con la gente en Lima para que te tengan en cuenta –mintió Antonio-. Tengo contactos que te ayudaran.

Brindaron de nuevo. Cada cerveza fue una oportunidad para ambos. Antonio mezcló mentiras con verdades al momento de contar su vida; Nazarina, en cambio, se dedicó a contarle todo lo que haría después de cobrar su primer sueldo en Lima. Mientras Antonio cubría con niebla su pasado, Nazarina creaba nubes enormes en el futuro de su vida. La cerveza fue adormeciendo sus conciencias, los hizo reír al borde del llanto con anécdotas de oficina y chistes mal contados. Los animó a bailar, tomados de la mano, entre abrazos gentiles y movimientos lujuriosos; evaporó la delgada línea que los separaba.

Salieron del bar con un par de botellas en la mano, riendo. Subieron a una moto y se perdieron entre las luces cansadas de la ciudad, que empezaban a contrastar con la claridad de la mañana.


***

Antonio despertó en el hotel, desnudo. Su ropa estaba regada por toda la habitación. Puso los pies en el suelo y sintió un dolor agudo. Se fijó. Era su reloj. No logró encontrar su celular. No importaba. Al mirar la hora sintió que su alma escapaba del cuerpo, que su estómago vacío volaba a mil kilómetros por hora. Hacía tres horas que se había inaugurado la tienda.

Mientras se daba una ducha rápida pensó en Nazarina y trató de recordar los pormenores de la noche. Recordaba las cervezas interminables, el baile. Podía jurar que había vuelto a besarse con ella. Se preguntó si habrían hecho el amor. Mientras se vestía, echó un vistazo a la habitación, buscando alguna prueba que le demostrara que había sucedido algo. Pero solo estaba su ropa y el desorden de un borracho que había sufrido para encontrar su cama. Se puso el reloj en la muñeca y salió de la habitación.

Al cruzar la puerta del hotel, quedó paralizado.

Desde ahí podía ver el tropel de gente que se amontonaba en la entrada del supermercado. Con el poco valor que le quedaba, cruzó la plaza de armas casi corriendo, pero bajó el ritmo de su andar cuando empezó a notar que el caos que reinaba dentro de la tienda era mil veces peor. La gente entraba y salía por cualquier lado, las alarmas contra robo sonaban sin que nadie verificara las compras; más allá de las cajas, un grupo de gente hacía reclamos por productos en mal estado y electrodomésticos que no funcionaban. Antonio tragó saliva, ya estaba a unos pasos del supermercado cuando unos empleados se le acercaron para pedir instrucciones. Lo bombardeaban con preguntas incomprensibles, hablando todos a la vez, produciéndole una jaqueca similar al golpe de un taladro sobre una campana de catedral. Antonio forcejeó con algunos clientes iracundos, esquivó a algunas cajeras que estaban al borde del llanto y subió al segundo piso.

La oficina estaba con la puerta cerrada. Antonio tocó varias veces sin recibir respuesta. “Nazarina, abre. Soy Antonio”, dijo, finalmente. La puerta se abrió entonces. Antonio vio a un empleado salir, sin mirarlo. Cuando entró, Nazarina estaba sentada frente al escritorio, con un mar de papeles regados encima. Sus ojos, llorosos, parecían buscar una respuesta a todo el caos que reinaba en la primera planta. El teléfono de la oficina sonaba incansable. Antonio empezó a sentirse inmerso dentro de una burbuja soporífera. Podía escuchar los latidos de su corazón. El teléfono seguía sonando sin parar

-¿No piensas contestar? –preguntó. No obtuvo respuesta.

-Contesta tú, amor. Deben ser de la oficina.

Antonio puso la mano sobre el teléfono, cuando sintió un helor en la nunca que lo detuvo.

-¿Cómo me llamaste?

Nazarina levantó la mirada, sin dejar de apilar los papeles.

-Dije que contestaras tú, cielo. Estoy ocupada, mi vida, ¿no ves?

Antonio cerró los ojos, su mente bullía, tratando de descifrar imágenes difusas: un calzón negro. Una piernas rebeldes, el sube y baja de su cintura taladrando el vientre de Nazarina. Quiero estar contigo, Nazarina. Quiero que seas mi novia…

Antonio todavía podía escuchar el eco de su voz perdiéndose en su mente. Levantó el auricular. La voz furiosa de su gerente lo hizo mojar sus axilas.

Sí, señor. Lo sé señor, me he percatado de eso. No señor. Tuve un contratiempo. Lo revisé. Todo parecía estar bien. Sí, señor, así debe haber sucedido. Era mejor eso señor. Debió hacerse así. Sí, señor. Que sea de Lima de ahora en adelante. Yo me encargo. Eso le diré. Claro que sí, señor.

Cuando colgó el auricular, vio que Nazarina tenía los ojos fijos en él, como cuando la conoció. Parecían años desde entonces y tan sólo había trascurrido horas.

-¿Qué cosa será de Lima de ahora en adelante, cielo? –preguntó ella.

Antonio tomó aire, tragó saliva. Levantó la cerviz y apretó los labios. Se sintió una mierda.

-Señorita Tello. Las cosas se han salido de control, lo que muestra su ineficiencia para el cargo que se le ha encomendado…

-¿Qué dices, Toñito?

-Por decisión de la gerencia comercial, queda usted despedida…

-¿Qué te pasa, cielo?

-Le pido por favor que guarde la compostura al momento de referirse a mi persona.

-¿Así nada más?

Antonio no dijo nada.

-¿Pero y todo lo de anoche, amor?

Antonio seguía mudo.

-¿Lo de anoche, Antonio?

-Anoche no pasó nada, señorita Tello.

-Anoche me hiciste el amor, huevón –gritó Nazarina.

Antonio abrió la puerta rápidamente y llamó a seguridad. Los pasos de los vigilantes subiendo las escaleras empezaron a cobrar intensidad. Nazarina se puso de pie y empezó a aventarle lo que tenía a la mano. Antonio se cubrió el rostro, mientras la lluvia de útiles de oficina lo lastimaba.

-Le haremos llegar su liquidación conforme a ley…

-Cállate, mierda. Cállate.

-Más una indemnización por el tiempo trabajado…

-¡Eres un maricón! ¡Maricón!

Los vigilantes entraron a la oficina y sujetaron a Nazarina de los brazos, sin impedir que Antonio recibiera un escupitajo. Entre golpes y patadas, lograron sacarla de la oficina y echarla del supermercado. Dos empleados se acercaron a Antonio para ayudarlo y limpiarlo todo lo que le había llovido, pero éste se sacudió de ellos de mala gana.

-Déjenme. Largo.

Luego de unos minutos la oficina quedó vacía.

Antonio se asomó a la ventana. Desde ahí pudo ver a Nazarina, despeinada, con la ropa rotosa, aventándole los tacos a los vigilantes. La policía llegó en un patrullero viejo y se la llevó, entre lágrimas. El teléfono de la oficina volvió a sonar. Antonio contestó.

“Ya está, señor”, dijo. Y colgó.

 El caos en el supermercado desapareció lentamente. Cuando se dio cuenta, las cosas fluían tranquilas, sin problemas. Todos estaban en su lugar. La gente entraba y salía cargando bolsas enormes. Alguien vendría de Lima para tomar las riendas de la tienda. Eso estaba bien para él. Pensó en Cintia, en su pequeño Rodrigo y ese llantito conmovedor que tanto le gustaba. Su bus salía esa noche del terminal; mañana estaría en Lima, listo para regresar a la oficina, a su pequeño cubículo donde el día se pasa tranquilo, sin los alborotos de un supermercado. Él era una pieza pequeña dentro de algo grande. Pronto estaría en Lima. En su dulce hogar.

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Literatura

Entrevista al poeta cusqueño Pavel Ugarte: “Estamos en el país de las maravillas, aquí es posible todo” [VIDEO]

El también antropólogo desde hace muchos años se viene haciendo un nombre, a pulso, dentro de la poesía peruana.

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Lima Gris conversó con el escritor, poeta y antropólogo cusqueño Pavel Ugarte Céspedes, quien hizo una revisión de la novena edición de la Feria Internacional del Libro (FIL) del Cusco, y la constante lucha para que ese evento se llegue a realizar en la Plaza Mayor de su ciudad, señalando, en un principio, la oposición del alcalde cusqueño de que se dé en ese punto estratégico de la ciudad.

Las comparaciones son odiosas, pero a veces toca mirarse con sus vecinos más cercanos, y eso lo sabe muy bien Pavel, quien mira con envidia sana las ferias en la ciudad de México, en donde se acostumbra año a año a realizar en la Plaza de la Constitución, o mejor conocida como el Zócalo; o la que se realiza en Buenos Aires – Argentina, en la Plaza San Martín. El poeta, desde su visión crítica cree conveniente que la FIL del Cusco permanezca en la Plaza Mayor, porque es ahí donde se puede revalorizar aún más a la literatura peruana, y sobre todo la cusqueña.

Por otro lado, el autor del poemario “Andes Ground” (2019) ha resaltado el homenaje que se le ha dado a la escritora indigenista Clorinda Matto de Turner (Cusco, 11 de noviembre de 1852 – Buenos Aires, 25 de octubre de 1909), en ocasión de la celebración del festival, considerando que el Perú aún mantiene una gran deuda con esa escritora, periodista y luchadora social.

Asimismo, no deja de lado la coyuntura política, sintiéndose decepcionado del Presidente Pedro Castillo, así como de las instituciones del Estado, viéndolos como una oposición extrañamente “agresiva”.

Al respecto de la futura candidatura de Antauro Humala, el poeta no vacila en responder que los ciudadanos peruanos cada vez que van a las urnas crean un mundo muy parecido a las novelas de García Márquez: “Estamos en el país de las maravillas, aquí todo es posible”.

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Cultura

Novela mística como espejo social: El grito de Asterión de Malku Abraxas

Lee la columna de Julio Barco.

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Hablar de la narrativa peruana última es sujetarnos a diferentes enfoques de nuestra propia tradición. Tenemos, sin duda, ya una buena cantidad de autores que nos permiten observar que tendencias son más hegemónicas, y cuales terminan siendo experimentadas dentro de pequeños cenáculos. La literatura, como cualquier otra arte, se divide en el río de las influencias y originalidades, resolviéndose en la creación de lo nuevo.

En esta obra, El grito del Asterión de Malku Abraxas (Ed. Caja Negra), como en las novelas del alemán Herman Hesse, hay una exploración hacia lo místico, amplificando el viejo registro de lo real. El grito de Asterión permite observar una primera capa de influencia indigenista, pasando por el realismo hegemónico, y, finalmente, como una suerte de novela de iniciación espiritual. Lo gnóstico, como un enfoque crítico dentro de las diversas interpretaciones religiosas, termina cobrando un papel de vigente actualidad.

La historia versa sobre un puñado de jóvenes, de diversos estratos sociales, que terminarán coincidiendo por el azar objetivo en la Lima de hoy: las huelgas, marchas, bares, calles, Centros Culturales, pasaran a formar parte de sus páginas, para darnos un registro de lo artificial del momento y del deseo de alcanzar aquel grito, aquel llamado que devuelva la conexión última; hacia ese fondo van estás páginas, donde la estructura va cobrando un énfasis de corte místico.

Este escenario no puede alejarse de contexto político nacional, donde fue predominante la política de la más radical izquierda, que congregó a diferentes movimientos en una guerra contra el Estado.   El tema de esta novela entonces nos arroja hacia nuestra propia época, en un ejercicio de memoria, conectando lo histórico con los personajes, protagonistas de una época en crisis, donde los goces mundanos no logran responder las interrogantes de quienes se atreven a observar interiormente.

Es un libro de personajes entrañables, de niños que aman a los conejos, de niñas de provincia que se escapan de su pueblo, de mujeres y guerrilleros, de un joven solo en la ciudad de Lima buscando su destino. Si bien la narrativa moderna tiene su origen en los diferentes autores europeos, especialmente los franceses, el fin de la actualidad con este género siempre revolucionario es el de determinar una suerte de espejo grande sobre nuestra propia realidad.

Si la poesía es el canto desde la emoción, la prosa es la reconstrucción desde una cavilación de escenarios donde el efecto de la prosa permite que fluyan y nos generan un relato interno. Si la poesía es honda en la claridad del yo, la prosa despeja el escenario de la acción del yo, o los yoes. Cuando el narrador del viejo Yo romántico (como Víctor Hugo, por ejemplo) cede su espacio al narrador omnisciente, y Flaubert determina que el recurso literario debe forjarse desde lo aséptico, la narrativa cobra una dimensión de relato sociológico. Ya es como Emile Zola (y en el siglo XX, con Sartre, Vargas Llosa, Ciro Alegría, Arguedas) asegura que la prosa puede abrir y hacernos vislumbrar los divergentes registros de nuestro entorno.

El grito de Asterión, novela de aliento diverso, novela del interior, de la sed verdadera, nos introduce a su propia atmósfera, desde el corazón y la voz de jóvenes que reflejan el espíritu de nuestros tiempos: dudas y escepticismo con respecto al futuro, crisis política, crisis interna. Si como dicen los medios de comunicación, ya siendo 8 mil millones de personas en todo el mundo es obvio que nuestra propia interrogante ética sea cada día más inquietante. Donde se desfalca el estado de supervivencia animal, sea por el clima y su degradación, o la dura violencia que se respira, surge el deseo de materializar estas inquietudes desde la carga de una historia. Malku Abraxas se pone del lado de los que buscan una respuesta a las inquietudes de nuestros tiempos, desde una ética interior. Es una narrativa desafectada de ínfulas retóricas, y funcione con la intención de expresar una verdad, más no de abrir una nueva estética o lenguaje. Es una novela de fondo, más que de forma. Sin embargo, no deja de ser un buen debut y una ventana fresca para observar nuestro presente.

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Literatura

Mario Guevara, escritor y fundador de la revista ‘Sieteculebras’ [VIDEO]

Lima Gris conversó con uno de los editores más reconocidos de la ciudad del Cusco.

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Lima Gris llegó a la ciudad imperial para cubrir todos los días de la novena edición de la Feria Internacional del Libro (FIL) del Cusco, donde pudo conversar con el escritor y editor Mario Guevara, quien nos habló sobre la movida literaria de su ciudad y cómo se encuentra en un segundo plano, a comparación de los escritores de la capital.

Me parece muy grato llegar al Cusco y saber que no solamente estas participando en un stand en la FIL del Cusco con tu sello ‘Sieteculebras’, sino que el día sábado (5 de noviembre) vas a recibir un reconocimiento por tu labor dentro de la literatura.

Sí, justamente este sábado 5 de noviembre la DDCC (Dirección Desconcentrada de Cultura) del Cusco me otorga un reconocimiento por los 40 años de trabajo que tengo dentro de la literatura cusqueña y peruana, y creo con justicia porque me lo merezco.

¿Te sorprendió? ¿Cómo fue ese anuncio?

Me llamaron por teléfono. Yo no tengo buena relación con la DDCC o con el Ministerio de Cultura, y eso que yo trabajé ahí a inicios de los noventas, en lo que era el INC del Cusco, pero duró solamente unos menos porque el director, quien era el poeta Ángel Avendaño Farfán, lo sacaron de su cargo por defender una zona arqueológica que fue invadida por un grupo de locutores.

¿Estás hablando de la zona arqueológica de Marcavalle que fue invadida por los periodistas?

Claro, ahí se perdieron casi 22 mil metros cuadrados; en ese lugar se podría haber hecho el Museo del Tawantinsuyu.

Parece un poco absurdo que periodistas invadan un sitio arqueológico en vez de defenderlo.

Se aprovecharon porque era una zona residencial. Como te digo, eran 22 mil metros cuadrados, y si ahora sacamos números actualmente el metro cuadrado cuesta más de 2 mil dólares, y en total serían casi 50 millones de dólares.

¿Esa fricción que hubo en ese momento generó tu distanciamiento?

No, esa vez yo estudiaba arqueología. Sacábamos comunicados [sobre la invasión] pero no nos hacían caso porque la mayoría de periodistas estaban metidos en ese terreno. Mi distanciamiento sucedió mucho después, ya en el nuevo milenio. Lamentablemente hay directores que se aprovechan del cargo, no es posible que un instituto o la DDCC mande cientos de millones de dólares al erario público, pero que no se invite a los escritores a las ferias, y eso sucede porque los directores nunca han reclamado por los derechos de los artistas del Cusco.

Desde el ombligo del mundo para todas las mentes sedientas de literatura. Portada de la edición número 44 de la revista ‘Sieteculebras’.

Pasando a tu trabajo como escritor y editor, ya son 31 años de existencia de la revista ‘Sieteculebras’, ¿en qué número ya van?

Estamos trabajando en el número 51. La revista no solamente se ha difundido acá sino por toda Latinoamérica; tengo colaboradores en diferentes países. Hemos llegado a tener más de 300 colaboradores. He hecho bastante trabajo, tengo más de 3 mil páginas publicadas, pero a las autoridades cusqueñas no les interesa.

Me comentabas que primero sacaste una revista llamada Origen.

Sí, de arqueología, cuando estudiaba ahí. Se llamaba ‘Origen’, ahí fue mi inicio en el mundo de las revistas, que en Perú no cuentan con ni un apoyo. No hay una política cultural para las revistas. Tú sabes que en España el Estado compra las revistas para colocarlas en bibliotecas, centros culturales y universidades; o en México se les da becas a los directores de revistas. En cambio, en Perú pareciera que quieren que desaparezcan.

Es una noticia alentadora que en estos 31 años la revista ‘Sieteculebras’ ha estado viajando por el mundo

Claro, cuando vienen amigos de Colombia o Bolivia es posible que las ediciones puedan salir del país.

¿Cómo esta el panorama de la literatura cusqueña?

Esta en un gran avance por los jóvenes, mayormente en la poesía que en la narrativa. Hay un evento donde se congregan decenas de poetas y eso hace que se mueva. Pienso que de acá a unos diez años va a salir una buena camada de narradores cusqueños.

¿Cuál es tu resumen de esta novena edición de la feria en el Cusco?

Me imagino que por culpa de la pandemia no ha habido los fondos suficientes para esta edición porque no se han invitado a tantos escritores internacionales. Me parece que esta es la última vez que lo organiza la DDCC, ya que actualmente hay una comisión de un grupo de editores que está viendo la organización de las venideras.

Me parece que es la Cámara del Libro del Cusco.

Claro, el gran problema es ver si consiguen las subvenciones para la organización, acá en el Cusco es un complicado conseguir dinero. Creo que si entre ellos existe una buena compenetración, y se encargan de conseguir los auspiciadores durante los meses previos del evento, yo creo que se puede hacer un buen trabajo.

La del cierre, recomiéndanos un libro

Que compren “Gringas sí, yankees no”, y un libro de Ángel Avendaño sobre Túpac Amaru que se esta vendiendo justamente en el stand de ‘Sieteculebras’.

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Literatura

La prosa poética desquiciadamente urbana de Bazalar López  

Lee la columna de Julio Barco.

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De Gabriel Bazalar López (El Callao, Perú, 1981) vemos una conexión vital tanto en la pintura como en el verso. En ambos registros, manifiesta un poderoso esfuerzo por situarse en los márgenes, hablar desde un yo quebrado, expresar la mente rabiosa de ideas y laberintos personales. Por estos motivos, lo agregué a la antología Andenes de la Nueva Lírica Peruana[1] En Pequeña novela posplástico se explora el eterno divagar de un joven en la ciudad moderna. Caos y experiencia, pesadumbre y fiesta: el lenguaje busca representar la música de un universo en perpetua destrucción y abismo. La poesía no se ancla en un solo sonido: transpira, oscila, encuentra música donde hay solo desesperación o vacuidad. Se desespera, pero canta; dice, se refuta; se oye a sí misma, se sostiene; oscila en el nihilismo, se metamorfosea en el delirio; empuja dentro de su propia forma; se pierde; se encuentra: el yo poético que se resuelve dentro de un eje que fluye, como río. Río nocturno: interno y oscuro. Si bien el título nos habla de una historia y de prosa, el aliento lírico nos da la factura de una entrega en las dos orillas. ¿Qué diferencia hay entre verso y prosa? La visión. La mirada. La música. Y lo plástico surge como el ecosistema donde se configura la música mental de este autor. Plástico en los teléfonos celulares, en las bolsitas del pan, en las pantallas diarias. La poesía como realidad íntima y la prosa como expresión de lo cotidiano:

Vidrio y plástico rabioso

El destino negro y la mala fe

Afuera justifican el silencio y se pudre la verdad

Afuera mueren escarabajos del engaño sometidos

Afuera violan niños y los queman en las canastas navideñas (Pequeña novela posplástico, pág. 13-14)

     ¿Escarabajos del engaño sometidos? ¿Kafka? Así, el tono de esta poesía es desgarradora y sincera: destruye cualquier artilugio donde pueda yacer el yo poético para, en digna embestida, mostrar una realidad decadente. Salpica rabia, enjuga tristeza, exprime desesperación. Sigue la senda de Vallejo y de Pessoa, de no permitir un diálogo tan cercano: de poner astillas en el mismo lenguaje. El yo poético duda del lenguaje, pero habla. Signo de su espejo: mirar limita. Esta historia que implica una etnografía social es la que se repite en muchos lados del mundo, donde la vida se torna brutal y excesiva para muchos. Acercarnos al arte de la poesía nos permite participar en la realidad de forma más intensa y despertar a nuevos matices, a nuevas realidades que se abren cuando el uso del lenguaje se expande. Podríamos sostener que la poesía es un registro de experimentalismo, un escenario donde cada época pone en duda las grandes verdades. Escribir poesía es trabajar con el elemento vivo de la realidad, que siempre arroja nuevas metáforas, y abre más expresiones sobre el registro de lo humano. En ese sentido, hacer poesía es participar en el diálogo de una época: esta voz, por eso, resulta necesaria de atender, por su singularidad y crítica. Pequeña novela posplástico es un híbrido de género, lo que resulta una propuesta refrescante para estos tiempos:

[Soy la percepción o la interpretación de un cuerpo ordinario que se reestablece en la desdicha. Soy el arte inexplorado, la prevalecencia del yo en un espacio donde no hay espacio, recorriendo un tiempo donde no lo hay. ¿Qué narrativa puede prevalecer en un arte carente de humanidad?] (Ibid. Pág.28)

     Estas modalidades de poesía nos llevan a interrogarnos sobre los límites de lo qué es lo poético. La mezcla de poesía y verso se ve en poetas clásicos como Rubén Darío, que hace una sección de cuentos en su obra Azul; o, en nuestra localidad, César Vallejo, desarrollando una obra llamada Poesía en Prosa. Vemos que la fusión de ambos elementos es vieja y nos permite saber que la prosa, en su integración de diferentes ejes, puede ser la nueva poesía de estos tiempos. Tiene el poder de aglomerar más sentimientos mentales, tiene la capacidad de arrojarnos diferentes interpretaciones de espacio y tiempo; sin embargo, la propia poesía, en su musicalidad, tiene la ventaja de lo resumido. Gabriel Bazalar apuesta por una obra con ambos registros: tanto lo atómico como lo desparramado, su voz se torna un agente propiciador de la imagen y del sentido. A esto añade una crítica a lo artificial de nuestro tiempo, a lo plástico, a este tiempo que, como sugirió Fisher, es el fin de las utopías y el nacimiento del capitalismo realista. ¿Qué es la prosa en el capitalismo realista? ¿En qué se diferencia de la poesía? Preguntas que nos llevan al propio texto parar observar una mutación de los dos géneros en un lienzo de construcción verbal chispeante. El contexto de esta obra es mundo nada positivo, donde se compite, donde se vive de modo individual, donde se consume el opio diario de medios de comunicación, ¿qué poesía puede surgir? Leer este poemario nos arroja, de manera imprevista, un súbito lirismo sucio y descripciones al borde del delirio de la ciudad. Si algo dejó el experimentalismo y la poesía transgresora de la década —del 2010 al 2020 — fue el arrebato de usar la lírica para meterse y habitar la piel de lo privado, logrando un puente entre lo que le pasa a uno y lo que sucede en el mundo. Digamos que aquí ubico a poetas como J. Stiven Medina, Ray Paz, Chumbile, Omar Livano, Álvaro Cortés Montúfar, Yhan Coronel, Julia Wong, Eduardo Borjas, por citar a unos cuantos; y, claro, abrió una zanja entre lo muy culto (Montalbetti) y lo muy urbano (lldefonso) En suma, esta triada de autores, esculpe inagotables senderos, donde la poética de Gabriel Bazalar transita, sin deuda, aunque con conocimiento lírico de causa, y con propia naturalidad. ¿Y cuál es esa? Me animo a intuir que un intenso viaje dentro de sí mismo; lo que nos recuerda que el tema del Yo no ha sido finiquitado. Otro asunto es que se malverse en temas anodinos, pero es aún una mina por explotar…¿o acaso alguien puede decir que se conoce a sí mismo de modo cabal? Pienso en que todos los poetas citados intentan una experiencia desde la Urbe, un canto desde el Yo, una suerte de épica convulsa desde su propia voz interna. Por ende, estas poéticas son parte de una época dura y de un contexto de capitalismo salvaje; áspera dualidad que no impide la rabia del verso. Este mundo no da opciones a ningún tipo de arte, salvo el crear un soporte vital; y todos los poetas, lo saben. Las reglas del mercado no favorecen la poética. Por eso, lo que van a leer en breve es un libro de corte urbano, con un enorme registro verbal y de abrupta crítica social, sin obviar el nihilismo. Ahí donde otros autores encorsetan su ritmo interno bajo lo retórico, en Bazalar suena suelto y anárquico. A modo de cierre, no puedo dejar de reflexionar en el uso de alucinógenos, reiterativo en diversos poemas. Este registro, lo acerca a libros como El almuerzo desnudo, y nos arroja un espejo sobre los males que acechan nuestra cultura. Si para Gastón Bachelard la poesía era una suerte de droga (pues permitía imágenes psicotrópicas), veremos en este poemario muchas imágenes que rozan esa experiencia desde un lenguaje tanto onírico como abismal. Esta experiencia se transmite de modo descarnado y directo, sin lirismo. Quizás en este mundo plástico, lo más desnudo sea el lenguaje: la palabra, al no ser imagen, se torna esencia. Semilla pura, palabra, signo: no hay escapatoria, el lenguaje es una molotov que abre nuevas direcciones internas. Hablar es mostrar y mostrarse. Se quiebran las lunas de este prólogo, ahora les toca recorrer el camino solos. 

Lima, Setiembre -2022


[1] Leer aquí: https://cultura.fundacionneruda.org/2021/11/25/antologia-general-de-la-poesia-peruana-entrega-final/

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Cultura

Algunas ideas generales sobre Oswaldo Reynoso

Lee la columna de Julio Barco.

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1

Borges, Vargas Llosa, Bolaño, Reynoso no se me van de la mente. Justo por estos días, a nivel Perú, hubo una polémica sobre Reynoso y la venta de sus libros para ser editados en Alfaguara.  Por estos mismos días, Vargas Llosa recordó que Borges se enojó con él porque le cuestionó la precariedad con la que vivía; o eso sentí; y Bolaño, pues, pienso en lo que solía decir sobre los escritores de su tiempo; que eran de la clase media más baja, y que en general, aspiraban a ser parte de la vida burguesa del momento.  Al final, estos tres escritores difunden su obra por todo el orbe; y esas posturas quedan solo como modo de entender la ubicación ideológica de cada autor en su tiempo; lo que me hace ver y leer las posturas en las que se ubicaron. Supongo que, en parte, ese discurso antisistema es lo atrayente de Bolaño, ahora que es industrializado en Alfaguara. Igual de curioso es lo que pasó con M. Gutiérrez y una de sus últimas novelas, editadas en el mismo sello.

2

De fondo, el texto anterior era una radiografía de un tiempo: el instante donde las novelas de temas contra el sistema se volvían parte del mismo. Yo lo miré desde lejos, pero sentí cólera. Habíamos perdido ese idealismo que todavía flotaba en los años finales de la segunda mitad del siglo XX.  Y hoy que retomo estos apuntes para pensar en algunas ideas sobre Oswaldo Reynoso aspiró la dulce nostalgia de un pasado que se va: ahora todo es vender y a ello se reduce lo que entendemos por éxito literario. Si tu libro vende, no lo dudes, es bueno; si nadie lo compra, escúchalo bien: es malo. Sin embargo, Reynoso vendía. Y vendía harto, incluso antes de ser devorado por las transnacionales. Lo vemos ahí en los colegios, sentado en carpetas toscas de madera marrón oscura, ofreciéndoles una charla sobre educación, arte, política y ortografía a un puñado de adolescentes aburridos y angustiados de tener que pasarse la hora del salón frente a un viejo canoso. Pero la imagen no es exacta: Reynoso tocaba fibras. Y, siendo un intelectual, gustaba. Las fibras de esos jóvenes inocentes se estremecían: que no sabían que la literatura trababa de ellos. Jóvenes como ellos, aunque de otros barrios, con el desorden de existir propio de la edad, reinan en esa novelita escrita por los cincuentas con epígrafe de Jean Genet. La importancia de Reynoso es descubrir la ciudad. Él pertenece a esa camada de arequipeños que aprovecharon a Lima como tema de trabajo. Mario Vargas Llosa, por ejemplo. En realidad, el tema de lo arequipeño no es baladí: hay una tradición muy enriquecida de autores del sur, de donde viene Reynoso. De Arequipa también son Hidalgo, Montesinos, A. Guzmán. Volviendo al literato: asimila la calle, la jerga, lo popular, pero con ojos de niño, de poeta, con ojos limpios. Como dijo el puneño Oquendo de Amat: con el lenguaje del primer hablar. Sigue, tal vez, la onda de Baudelaire: la genialidad es la infancia recuperada a tesón. O, de repente, lo que sugiere Bataille: solo en la infancia es posible la libertad. Habla de peluquerías y uno siente el sabor dulzón del lenguaje de las tijeras cortando una cabeza y ¡zas! ya estás andando por el centro de Lima, Plaza San Martín, y observas todo el lenguaje de la realidad más inmediata:

Diligente como dueña de casa desplegó un paño blanco, blanco. Limpió acomedido máquinas y tijeras. Abrió un frasco de perfume y aspiró, goloso, y, con disimulo coquetón, se miró en el espejo. Don Lucho, entre tanto, prendió un inca. (Fragmento de Los inocentes (1992) Editoria: Aladino)

      La Lima reynosiana tiene sinestesia: sabor, olor, textura: verde caramelo de menta, semáforos. La obra de Reynoso es fenomenológica: se acerca a la realidad, busca la belleza de lo concreto. No importa que su Lima no sea la Lima que observamos, porque lo enriquecedor de la literatura no es copiar la realidad, sino, interpretarla. Su arte prosístico no linda con lo denotado, busca connotar, interpreta: dice metafórico, dice en sublime. Hay algo de furioso gozo en su Ubre. La ciudad se dice en los colores, los sabores, en la virtud de los climas internos: en el monólogo. Es, como quería Barthes, una literatura del placer. Y un joven, al abrir este trabajo, como si pelará una fruta, siente la furiosa sinceridad de este libro y termina cobrando empatía por Cara de Ángel, el Príncipe, Manos Voladoras, entre otros. Degusta un libro vivo, un helado de sentires urbanos.

Reynoso termina de dar su charla y se sienta en una mesa. Pone una pila de sus libros y dice:

-Bueno jóvenes, a precio popular. Solo a 10 soles.

Los muchachos, altos y entusiastas, hacen cola a borbotones. Y mientras el escritor pregunta, con antelación, los nombres, para sellar su firma, nosotros comprendemos de dónde viene la urgencia del trabajo diario. Nos da así un ejemplo en vida del ser escritor y comunicarse con la realidad. En algún diario, declarará que no hace literatura para los burgueses que pueden pagarse un libro de 50 soles. No, lo hace para los estratos populares. Así fue cercano al frágil imperio de los Populibros de Manuel Scorza, donde se publicó en un tiraje alto este libro con otro nombre: Lima en rock. Y puntualizo lo de tiraje largo porque en el Perú, señores, no se publica más de 500 libros, porque aquí la gente no lee y no se trata de desperdiciar el dinero, aunque para el poeta librero -o librero poeta- Ángel Yzquierdo Duclós esto sea vital: porque él desea sacar 50000 ejemplares de su Albatros o nunca sacarlo. Volviendo al tema. Sin embargo, hay que aclarar, que es este Reynoso, profesor en diferentes universidades del Perú e incluso de Venezuela, no es el único que recordamos. Su obra juvenil -que influenció a Sergio Galarza, Óscar Malca, Richard Parra, entre otros tantos autores-, y que dibujó a un Reynoso juvenil y escolar (o, mejor dicho, comprometido con la escolaridad, es decir, con la infancia) no es el único Reynoso. Está también el gran conversador de la bohemia de Lima, en las mesas del Queirolo, junto a poetas de la generación del 70, del 80, y en el mítico Don Lucho, que tuvo por años una foto del maestro de un homenaje hecho por Miguel Ildefonso, a pocos años de su muerte. Hombre de ideas donde se mezclaba su conocimiento de la Historia Peruana, la Literatura Francesa, la Guerra entre Sendero y el Estado… Ese rey de los diálogos, la buena charla, las citas exquisitas y los comentarios profundos de política y toda clase de temas. Este autor no era pues un vargasllosiano alejado de los bares, corriendo, religioso, por las mañanas y escribiendo bajo un horario. Le gustaba el ambiente: había una poesía en sentarse, beber una cerveza y desperdiciar algunas horas frente a una hermosa conversación. Sentir el gozo visual: la espuma dorada brotando de las mesas. En el Bar Ciro, por ejemplo, y donde estuvo hasta el final su cuadro. Hubo un tiempo donde se lo robaron, así que pusieron un segunda que ya nadie pudo robar porque llegó la pandemia y el bar fue clausurado. ¿Me preguntó dónde estará ese cuadro de marco negro y con vidrio que, en noches de bohemia, nos recordaba al escritor? Haciendo memoria, Reynoso también se me presenta en el parque de Huancayo, allá por el año 2013 en una Feria del Libro, donde fuimos junto a Omar Livano -poeta tajador- y su novia de entonces; y Nelcy, una amiga que estudiaba inglés y de reynosiana sensibilidad. Me acuerdo que en ese mismo evento conocí al poeta horazeriano Sergio Castillo, el del parche negro y de versos como:

Y eres un otorongo escapado de la noche
La sublime violencia de los justos
El signo dulce de aquellos extremistas
Eres tan denso que haces brillar la noche en tus ojos
Encendidos
(De “Los broches mayores del sonido (209) Mora, Tulio. Editorial: Cultura Peruana)

       Reynoso tenía facilidad de palabras y se movía entre ferias del libro y colegios, o en eventuales mesas de bohemia. ¿Será que el aliento lírico de su obra En octubre no hay milagros nace de aquella ráfaga de experiencias? Si Los inocentes es el gozo, este libro es la herida, el dolor. Prosa a cinceladas, a mordiscones dulces, como de fruta cortada en proporciones jugosas y geométricas. El fondo, el mismo, pero más pútrido: la realidad social, la corrupción, la hipocresía. ¿Qué milagros pedirle a la efigie del Señor de los Milagros si la sociedad limeña se ahoga en su propio caos? Hay una dualidad en los limeños: por un lado, le rezan y hacen pedidos a una efigie; por otro, tratan mal a sus semejantes. Un provinciano (como Reynoso o Vargas Llosa, los de Arequipa) pueden sumergirse en esa naturaleza axiológica. Sin embargo, la respuesta del autor no es solo ética, es estética: el valor de una novela sin moral ni principios es sostenerse por una poesía bruñida, por un lenguaje sonoro y ardiente de calles, de soledad, de morado: exceso de morado, que torna lila a veces el cielo, o color chicha morada… De fondo, claro, un golpe a la sociedad limeña, a sus hipocresía y sinsabores. Líneas arriba, el poeta horazeriano Castillo hablaba de otorongos, para referirse quizás a la propia intensidad: Reynoso eligió otro animal: un insecto: el Escarabajo. ¿Homenaje kafkiano? Este es su libro Metaliterario. Habla del propio esfuerzo del artista por convertir, como aquel insecto, su desperdicio diario en una sólida hoja de palabras. Literatura hablando de literatura. La metáfora es clara como la dorada cerveza: escribir es utilizar todos tus recursos internos, incluso los más miserables e ínfimos. El inicio, la oralidad del primer diálogo es importante: Reynoso capta el decir de la calle, escucha el ritmo del hablar diario, embalsamado de refranes, de ritmos, de palabras con más tono y peso, palabras que guardan una distancia con lo dicho y ofrecen contrastes; y, luego, escribe. En eso se diferencia de Ribeyro, pero se acerca a Cronwell Jara, otro autor de una furiosa poética escatológica. Sin embargo, Ribeyro, Jara, Reynoso son poetas a su manera de la Urbe, de la realidad más inmediata.  También entre los que le cantaron a Lima podemos ubicar al memorable Ladislao Plasencki, y a autores de su propia generación como Enrique Congrains.

         Durante todos estos años mis ejemplares de la obra de Reynoso han ido desapareciendo. Lo que resulta bastante positivo para saber qué la obra de este autor se mueve, se cambia, se vende, se pierde y encuentra: ese movimiento dice mucho de la vida de este libro. El último ejemplar que conseguí de Los inocentes fue editado en 1992; en principio este cuentario se publicó en 1961 y el último libro de Reynoso salió en el 2012. En busca de la sonrisa encontrada podemos afirmar este goce textual:

Leer estos textos es abrir una ventana para contemplar la aventura de la vida desde el goce fáustico de la palabra y de los sentidos. (Del libro En busca de la sonrisa encontrada (2012) Editorial: Cascahuesos Editores)

     Aquí vemos un pasaporte al gozo textual: riqueza de imágenes, prosa mística y sinestésica. Sin embargo, también en este trabajo podemos encontrar algo de filosofía fenomenológica:

y entonces descubrí que su sonrisa y el resplandor de su mirada venían también de una milenaria cultura refinada que no solo había dejado huellas en su cerámica, en sus tejidos o en sus monumentos de piedra o de barro, sino también en la belleza de los rostros de los muchachos pobres, indios, mestizos, selváticos o afroperuanos, de mi patria, sin futuro. (Del libro En busca de la sonrisa encontrada, ibidem)

 Sobre la publicación de Los inocentes, Arguedas dijo que:

Quisiéramos afirmar que con “Los inocentes”, de Oswaldo Reynoso, se inicia el hallazgo de las formas de revelarlo. Reynoso ha creado un estilo nuevo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándome. Nos recuerda un poco a Rulfo, en esto. (Del libro Los Inocentes, ibidem)

Cierto: la prosa del mexicano Rulfo mantiene un estilo bastante cuidado, donde la prosa logra atmósferas solo concebidas por la poesía. No es pues tiempo de clasificar un género en otro: Reynoso hace poesía haciendo prosa, como Vila-Matas hace ensayo haciendo novelas, o Balzac (o Palma) hacen historia haciendo novelas. Reynoso escribió sus obras con pulso poético, lo que impide que su fulgor pereza y su música nos siga encantando. Entre los vídeos y documentos que hay en internet, sorprende encontrar uno (https://www.youtube.com/watch?v=8LA7IzH1j2Y) donde el escritor regresa a Arequipa, junto al narrador Orlando Mazeyra; en este vídeo se observa al autor tocando puertas y descubriendo una donde estaba una sobrina de su profesora, la señorita Alicia, y que nos permite entrar más a fondo en la vida adolescente del autor. Y ver más a fondo de donde parte la obra de Reynoso, como joven mataperros silbando sus versos cerca al Río Chili… con seguridad riendo, porque aquí en el Perú el gozo es rebeldía, la sonrisa imposible y la inocencia un crimen. Sin embargo, y aquí la prédica de Reynoso, era necesario cambiar esos parámetros luchando por una mejor educación, alimentándonos de libros y de rebeldía.

(Publicado en la revista Poetas de Asfalto número 171-172)

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Cultura

Ensayo crítico sobre el poemario “Resumen (Ciudad Lila)” de Julio Barco, por Ana Abregú

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Por Ana Abregú

El yo subjetivo de los poemas de Ciudad lila de Julio Barco, como un apartamiento del habla adquiere formas lexicales de diversos orígenes; la sangre del poeta es la vivencia de la ciudad, Lima, para el caso, homenaje a un cuerpo presente que late con el cotidiano de su estar, que no oculta sus referencias y permiten expresar lo corporal, los sentimientos y el rigor intelectual desde una focalización en una flotación de las imágenes con énfasis en trazos panópticos que tienden a denotar una interioridades reflexivas, mientras la ciudad acontece.

“Café”, “caos”, y “un estado en la mente/ una revolución silenciosa.”, íntimo, propio; abierta y cerrada composición de un espacio ciudadano bajo una luz propia, lila, dice Barco de Lima la gris: “Cuando el panadero destruye la tarde y nos encontramos de nuevo en la noche lila,…”. Panadero, es también el nombre de los dientes de león; si hay claves en la poética de Barco, la ciudad lila y los dientes de león, son una huella de anclaje entre dos fuerzas, la ciudad, las raíces, el vuelo del alma, el vuelo al azar, la búsqueda, pivotes referenciales de reacciones exacerbadas.

Toda mi época es poca para explicar lo que siento.

Toda mi época es luz sobre mi poesía.

Toda mi época es luz en una conversa de sueños podridos.

Como recortes de existencia, la introspección como tropo, funcional dentro del espacio de significaciones entre opuestos, luz, poesía, sueños podridos, relativiza operaciones de cambio de escenario, revela las instancias de decisión bajo el impacto de cambios históricos, personales, en el resultado de cuestiones poéticas, individuales. La ciudad, las influencias, la necesidad de la escritura, participan de un conflicto ancestral que enfrentan los poetas, escritores, aquello indecible, la función referencial del lenguaje para dar cuenta de lo que significa el yo interior, el estar, la expresión fundante de la identidad, la simbiosis con la realidad.

Medias con huecos, y tantos cuadernos, tanta escritura que pretendió descifrar nuestra forma última como un puñado de signos crípticos.

Exhibición de una opacidad deliberada entre pequeños símbolos sobre hechos de la realidad social del poeta, los elementos de su cotidiano como decodificadores de la función referencial. Las carencias y las necesidades que acompañan la formulación de ideales estéticos, la poesía, que impregnan su voz y escritura y restituyen un hecho lírico sobre un espacio de insuficiencia, imponen el poder del poema por sobre las circunstancia.

Si la voz de los escritores del Boom, Carlos Fuentes –La nueva novela hispanomericana–, produjo un cambio sustancial en la visión de la literatura, como vehículo para retratar una sociedad y una política específica de Latinoamérica, vivimos otro impacto de orden tan manifiesto como aquel: la era de la Internet; nuevas formas de expresión que desdibujan los límites geográficos, idiomas, géneros y distorsión del tiempo; es dentro de este sistema de múltiples referentes cuando parecen perderse los anclajes, donde Julio Barco exhibe Ciudad lila, una perspectiva territorial, un lenguaje con potente fuerza comunicativa, una cuña fundacional que clava en el centro mismo de su ciudad y la hace suya bajo el peso del orden jerárquico que impone su poesía.

pero aquí, en Lima,

venden a granel a peso a tristeza

Barco diseña una fenomenología de transformación de percepción de la realidad en estilo literario, una estética que privilegia las experiencias cotidianas, convirtiendo tropos en simbologías que atraviesan planos antitéticos a modo de deslizamientos atravesados por una dicotomía, el comercio, el producto el sentimiento, venden, granel, tristeza, como un resumen en la tríada de lo que es vivir en Lima. A propósito de ello, el título de este texto: Resumen: Ciudad lila, expone esta búsqueda cifrada en diferentes entonaciones que abordan el relato de su vida.

En la poética de Barco, no es inusual encontrar puntos en fuga entre versos subsumidos en una lógica urbana y sus sentimientos, así como descripciones del barrio donde vive, susceptible a las demandas de la vida como si necesitara moldear todo en la escritura de instantes, conformaran un proceso escritural que elude la frecuencia temporal, se puede asimilar esa característica a un poeta de la Internet, el tiempo pierde su sincronía para convertirse en relieves que miden un punto, pero no el transcurrir. La síncopa de los versos, son como el latido de la ciudad: indiscreta, perturbadora, cruel.

En esta soledad donde mi corazón se expande

y mi pecho se carga de tenazas de cangrejo.

Parque de Seremsa: 11 y 30 de la noche.

Cuestiona y resignifica el anclaje connotativo: es un lugar no muy seguro, hay una opresión, un corazón desvalido, en un espacio del desamparo.

Quisiera ahora

ver una estrella sobre el cielo sobre Lima

pero no hay nada. Veo nubes, nubes amorfas y

lilas.

A veces no parece haber conflicto entre literatura y vida, la enfática relación entre ciudad y estar conmueven los diversos planos de relación marcadas por un efecto conmovedor.

La poética de Julio Barco muestra un poeta sensible al entorno, a su época, al lenguaje; en Ciudad lila hay una propuesta de consolidar una obra del estar espacial, histórico, testimonial, que pone la carga significativa en dar cuenta de todo ello en un canto poético y vivencial.

La lectura se desliza, incrementando la incidencia de un yo autobiográfico hacia vivencias vertiginosas en el entorno social; palabras que celebran y no transige su propio destino de poeta.

Leer el libro en versión online aquí: https://www.academia.edu/86606429/Ciudad_Lila_Julio_Barco

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Cultura

José Córdova: “El Hay Festival en Arequipa es un evento elitista” [VIDEO]

Desde Arequipa, una entrevista con el director del sello editorial Cascahuesos.

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Hace unos días, Lima Gris llegó hasta la ciudad blanca para conversar con José Córdova, director de la editorial Cascahuesos, sello literario que en unas semanas cumple 15 años de actividad, y que ya lleva más de 150 títulos publicados. A José lo encontramos en su stand de la Feria Internacional del Libro de Arequipa, evento que lamentablemente dejó mucho que desear, ya que no tuvo la convocatoria que se esperaba.

En esta entrevista, Córdova nos habla de su experiencia como editor, su mirada a la tradición literaria arequipeña y sobre la polémica de los escritores peruanos a la FIL de Guadalajara. También califica al Hay Festival, como un evento elitista, y reflexiona sobre los porcentajes abusivos que cobran las librerías.

El director de Cascahuesos también criticó a las autoridades arequipeñas: “El Gobierno Regional o la Municipalidad Provincial, tienen grandes presupuestos para el aniversario de Arequipa, pero no tienen presupuesto para hacer un fondo editorial o para poder contratar derechos de autor. Despilfarran el dinero en otras cosas pero no en el aspecto cultural”, mencionó Córdova.

Libros editados por José Córdova.

Otro de los temas que se cuestionó, fue la incomprensible decisión de la Municipalidad Provincial de Arequipa, de no permitir que la feria del libro se realice en la Plaza de Armas, tal como se realiza la FIL de Cusco. Además, sobre el Ministerio de Cultura, José Córdova señaló: “La DDC de Arequipa acá es nula, nunca hemos sabido su quehacer, nunca lo hemos visto con algún tipo de actividad o algún proyecto que pueda visualizarse. Creo que esto pasa en varias regiones”.

Y sobre la polémica de la FIL de Guadalajara mencionó: “El señor Alejandro Neyra se zurró en el acuerdo que tenía el Ministerio de Cultura con nosotros, que somos actores culturales de regiones. Hizo toda una lista que lo dejó para el cambio de gobierno y ahí vino el conflicto“.

Además, nos habló de Pionono de Vitrina, libro de Zully Pinchi, que se convirtió en uno de los más vendidos de la Feria Internacional del Libro de Lima y sobre el gran lanzamiento que hará Cascahuesos por la celebración de sus 15 años.

Aquí la entrevista completa con José Córdova.

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Cultura

Entrevista a Kareen Spano, actriz, poeta y agente literario

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El mundo del libro es tan fascinante como controvertido. Convertido en producto comercial una vez salido de la imprenta y colocado en librerías, el libro requiere de un largo proceso de tiempo durante su creación, pero, también, de un experto que lo coloque en el mercado local e internacional.

Estos expertos reciben el nombre de Agentes Literarios, y los hay tan megafamosos como Carmen Balcells, Willy Schavelzon o Andrew Willy (solo por mencionar a tres referentes inmediatos). En el Perú esa figura no existe, debido en parte a lo limitado del mercado lector y a la falta de espacios fuera de Lima dónde desarrollar actividades de promoción comercial del libro (además de su alto costo como producto).

Sin embargo, hay figuras como la de la actriz y poeta Kareen Spano, que han empezado por apostar por este rubro inexistente en el país. Y de ese y otros temas conversó con ella el escritor y periodista Gabriel Rimachi Sialer.

Una entrevista interesante y llena de anécdotas. Que la disfruten.

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