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Literatura

Cuento: Aquella Cosa Que Nunca Tuve

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CUENTO

AQUELLA COSA QUE NUNCA TUVE

Escribe Marilia Flores Franco


Ahora que estoy a puertas de la muerte siento la libertad que nunca tuve. Esa sensación de que el aire y yo somos uno, solo uno y de que no hay nadie más compartiendo mi empresa.

Antes de morir espero que llegue su visita. Pablo me ha avisado que llegará en Setiembre, y aunque falta mucho tiempo y el borrador de la pizarra no puede acortar esa línea negra tan larga, los días se están yendo como las estaciones se van de mi cabeza, sin ser sentidas.

Siempre tengo frío. Frío. Sea invierno o verano, el frío se ha apoderado de mí desde mi niñez y ahora es personaje importante de mi vida. Siempre con un gorrito en la cabeza porque las orejas, los oídos, el tímpano, todo se estrepita.

En estos días estoy esperando a mi madre, esperando a que haga lo que tenga que hacer y deje de hacer lo que le faltó hacer siempre en mi vida. En dos horas estaré en el psicólogo para una evaluación minuciosa de mi coeficiente intelectual, memoria y otros componentes que no puedo recordar porque hoy tampoco he dormido, ni una sola hora.

La ilusión que tuve en la mañana fue tan dulce y tan real que pudo haber sido un sueño, o quizá también uno de mis pensamientos recurrentes. Era una pesadilla, viva o muerta, una serpiente negra cogía la pierna de mi profesor de literatura… ¿qué más sucedió? Es tan complicado intentar conectar lo no conectable.

Estas pruebas neuropsicológicas se me tomarán en un tiempo de tres días, como dijo ayer la secretaria del psiquiatra que me está atendiendo por el momento.  Por el momento, porque mi negatividad continúa viva y me dice que no será fácil dormir uno de estos días.

Recuerdo cuando Pablo vino por primera vez  a mi casa. Tenía el corazón helado, pausado, pero no dejaba de sentirlo. Estaba en pijama por mi costumbre de recibir a mis amigos en pijama. A Pablo recién lo conocía de hace unos meses y lo invitaba a mi casa como queriendo dar un paso más, un poco temprano, pero quizá fue eso lo que le llamó la atención.

Abrí la puerta y su sonrisa fue lo único que pudieron captar mis ojos. Y seguía expandiéndose, delante del tronco y de las hojas que han seguido estando detrás de la casa de los vecinos. Había mucho sol y no podía abrir mucho los ojos, pero ahí estaba su sonrisa. Siempre su sonrisa.

Lo invité a entrar a mi casa mientras no podía dirigirle la mirada. No podía. Pisamos la sala principal de la casa y cuando quise cerrar la puerta, él cogió mi mano y la cerró por mí. Han transcurrido más de seis años y es difícil que los recuerdos bellos sean más bellos de lo que ya fueron.

Mi abuelo estaba sentado en el sillón de la habitación donde estaba la única computadora que teníamos en la casa por esos tiempos y al ver a Pablo se puso de pie al instante.

-¡Hola!

Un saludo iluso y desaforado salió de la boca de mi abuelo.

-¿Qué le pasó a tu mano?- preguntó.

Pablo tenía una de sus muñecas vendadas hasta la mitad del brazo. Pero él siempre la tenía vendada, también cuando lo veía de reojo en el colegio, así que no me preocupé.

Mientras él le explicaba a mi abuelo lo sucedido, yo los veía y ambos parecían amigos de toda la vida, riéndose, mirándose a los ojos. Ya se conocen, me dije. Por fin se conocen.

Pablo y yo seguimos de frente hacia mi cuarto. Era Diciembre, pasadas las Navidades, pasadas las fiestas y las alegrías, pero él llegó para darme la alegría más grande de mi vida.

No podíamos cerrar la puerta de mi cuarto porque ambos éramos pequeños y por esos tiempos yo no me permitía tanta privacidad con mis amigos, solamente para que la familia no pensara cosas que no debía pensar. Además, recién nos conocíamos.

Nos quedamos unos momentos en mi habitación. Él estaba nervioso, no sabía si sentarse o quedarse de pie. Eso es un comportamiento tan sutil en la vida de uno, pero cuando se comparte entre dos personas, suele volverse un poco complicado. Yo estaba tirada en mi cama porque era mi casa y así había que estar. Tenía quince años y toda una vida por delante.

Cuando pienso en él pienso en el amor de mi vida, en alguien a quién dejé ir y no sé si pueda recuperar.

Dicen que hay personas que se quedan con el recuerdo de su primer amor para toda la vida y que de viejos, sentados con un bastón en algún asilo para ancianos repiten y repiten el nombre de esa persona que les hizo ver la naturaleza y la vida viva. Parecerán locos a la vista de otros, pero dentro de sus corazones son solo amantes que nunca dejaron de amar.

Cuando pienso esto pienso que voy a terminar así. Que el paseo de ayer de dos horas en auto al hospital Larco Herrera fue un vaticinio de lo que se vendrá en algunos días y que yo quedaré encerrada en una habitación toda mi vida repitiendo el nombre de Pablo. Pablo, Pablo.

Pablo no fue mi primer amor, sin embargo es aquel que recuerdo con más simpatía. Me enseñó cómo jugar con papel periódico podía  traerme el mejor día de mi vida, me enseñó cómo ver una película varias veces con la misma emoción, como me dejó entrever él hace poco, en un correo electrónico que me fue difícil ver con ambos ojos.

Nunca le he contado a nadie que no pude olvidarlo, que han transcurrido seis años y sigue en mi memoria, que aunque no duerma todos los días, él está ahí acompañándome. Que aunque sienta dolor porque me dejó por irse a vivir a otra ciudad, él está en mi pequeño corazón.

Las lágrimas caen de mi rostro como todos los días, pero las de Pablo duelen más, porque solo necesito dos meses para volver a verlo y recordarle que lo quiero, que nunca voy a dejar de quererlo y que daría todo menos mis recuerdo de él porque se quedara a mi lado.

Él vive en otra ciudad desde hace ya varios años. Tiene una enamorada u otra enamorada, porque su mejor amigo me cuenta que cambia de pareja como de zapatos, pero utilizar mi tiempo pensando en él no es algo de lo que me arrepienta.

Ayer fui al hospital referido para poder conseguir unas pastillas con las que iniciaré un nuevo tratamiento, para ver si pueden alejar al insomnio de mí o si después de todo, mi razón nunca me abandonó y moriré en una triste muerte.

En el auto de mamá lloraba y lloraba porque recordaba a Pablo y a mi mejor amigo del colegio y pensaba estúpidamente que si llegara a estar en las condiciones exactas, vaticinadas para que me encierren en un hospital, sea normal, sea mental, ellos no me visitarían. Quizá sea verdad, quizá por la complicación del tiempo y del espacio, quizá por la complicación del qué dirán o por el miedo de acercarse a alguien que ya perdió la razón. Lloraba amargamente porque si pudiera traerlos de vuelta como dos pequeños llaveros y tenerlos en mi bolsillo, sería la persona más feliz de este vasto universo.

El insomnio se ha recrudecido y ya no es por ansiedad o por depresión, es puro insomnio. Eso es algo que mi psiquiatra no termina de entender, que yo cierro los ojos y con mi extraña habilidad de quedarme sin pensar me quedo sin pensar, pero que las horas transcurren y no me quedo dormida. Insomnio post trauma, querría decirle yo. Pero él es el doctor y yo ya no soy una paciente, hoy soy una persona que está en sus últimos días – duren lo que tengan que durar- y que quiere pasarla bien hasta que ya no pueda estar más en esta tierra.

Solo espero que mi muerte no le cause ningún daño a nadie o que nadie me extrañe, que, creo yo, será lo que sucederá.

El Hospital Larco Herrera me dio miedo, era de noche, y las curvas y las puntas afiladas de la edificación me hicieron remembrar  una película que vi sobre enfermos mentales. Una reja enorme constituía la puerta de entrada y no había, a mi vista, ningún guardia de seguridad. Un lugar desolado, en medio de la oscuridad que brinda la brisa del mar. Mi madre y yo esperamos en el espacio por unos segundos. Apareció una señora con una bolsa, apurada, como viniendo de alguna actividad que nadie quiere recordar. Mi madre bajó del auto y el guardia de seguridad apareció en sus ojos, ahí, escondido, en su pequeña casita, casi durmiéndose.

Decidí entrar aunque mi madre me dijo que me quedara en el auto. Decidí entrar con la idea de que algo más loco que yo podría alocarme más y así arrancar la locura de mí. Es decir, a partir del trauma hipotético de ver los interiores de un hospital mental al fin comenzaría a dormir como lo hacía antes. Entrecortado, poco, con pesadillas, pero de nuevo mi sueño.

 

Pablo y yo no podíamos permanecer en mi cuarto, porque la familia piensa mal y luego las explicaciones había que no darlas y esto y lo otro. Nos fuimos al escritorio de mi abuelo. Yo me senté en el sillón y él en la silla de la computadora. Como no podía verlo a los ojos, y esto él nunca lo ha sabido, cogí la nueva cámara de mis abuelos y comencé a tomarle fotos mientras él me miraba y no dejaba de mirarme. Y me sonreía. Sus ojos no eran negros, eran cafés y estaban clavados en mi mirada. Incluso con la cámara fotográfica interponiéndose entre los dos, incluso así, sus ojos estaban consumiéndome. Creo que lo notó, porque se sonrojó y no dejaba de reírse.

Antes de venir a mi casa, ambos habíamos hecho una apuesta divertida. No recuerdo los términos de la apuesta ni de qué trataba, pero yo perdí y él terminó con una bolsa de chupetes en la mano.

Esas fotografías tuyas continúan guardadas en mi correo electrónico y se van a quedar ahí hasta que tú regreses.

Como no sabíamos qué hacer y él no dejaba de mirarme, decidimos armar un rompecabezas. Para tener los ojos en las piezas y no en nosotros. Mientras conversábamos, mis mejillas seguían coloreándose más y más. ¿Cuánto rojo puede haber en esta tierra?

El sonido de un celular nos interrumpió. Era su mejor amigo, Diego. Sentí que estaban hablando de mí, porque él dijo “en su casa”. Ya. En esos tiempos todavía no conocía a profundidad a su uña y mugre, así que no le presté tanta atención a la llamada. Solo veía las vendas entreveradas en su muñeca y quería saber la razón de la lesión, pero no me atrevía a preguntarle. No me atrevía a preguntarle nada, pero quería decirle tantas cosas. Quise decirle tantas cosas.

El rompecabezas que armamos tenía de dibujo una casita roja rodeada por un campo lleno de árboles y rosas rojas. A ambos nos gustó la fotografía, lo que nos urgió a intentar terminarlo el mismo día. Pero ya era hora de almuerzo. Y yo siempre recuerdo las  “horas de almuerzo” como “horas desgraciadas de tener que mirar a tu amigo a los ojos” y qué se diga de los pies debajo de la mesa, si eso sucede.

Las manos me temblaron, ese día que le serví la comida, me temblaron. Aún recuerdo el plato de fondo, carne con arroz. Le pregunté si quería postre y me mató.

“Lo que me sirvan tus manos está bien”.

Esa es una frase que he podido reproducir fielmente por el resto de mis días.

Yo tuve que tomar una dieta porque estaba con mi famosa gastritis hundiéndome. Y aunque me demoraba mientras me metía cada cucharada a la boca, él me decía que me demorara lo que quisiera, que él tenía todo el tiempo del mundo.

Pero yo lo veía consultar constantemente su reloj. Pablo, ¿por qué siempre veías tu reloj?

 

Ya es tiempo de ir al centro psicológico a que me realicen la prueba de tres días. Pablo puede esperar. Eso pienso. Porque yo lo esperé por seis años. Y lo seguiré haciendo.

 

Mi madre y yo llegamos al centro antes de lo pactado. Entre su urgencia por llegar, lo único que nos esperó fue el televisor con la misma telenovela de siempre y la secretaria sentada detrás de su escritorio.  La cita era a las dos y siendo la una y cuarenta y cinco de la tarde, el aburrimiento me abatía. Son mis últimos días –pensaba- y me gustan las pruebas psicológicas. Aguardaba con impaciencia.

Para pasar el rato, le enseñé uno de mis escritos a mi madre, quien por segunda vez me dirigió esa mirada que ya le conozco desde que le enseño lo que escribo. Tragedia. Desazón. Un pensamiento de: Hijita, estás mal, ¿por qué escribes esto?

La discusión comenzó.

–          Mamá, nunca te gusta lo que escribo.

–          No se trata de gustarme o no gustarme, no me gusta pues, es deprimente.

–          Mamá, no es deprimente, ¡es feliz! -intentaba convencerla.

–          Es la vida de… comencé a contarle la historia con todas las alegrías que un nuevo escrito me traían, pero mi madre empeoraba la expresión facial a cada palabra que le decía.

–          Es deprimente.

–          ¡Mamá! ¿Entonces para qué te enseño lo que escribo? A nadie le va a gustar ahora –le dije tristemente.

–          Solo porque no me guste a mí no significa que no le guste a los demás. Quizá – y lo dijo como si quisiera que yo lo entendiera más que nada- hay personas como tú, muchas personas que SON COMO TÚ y les gustará lo que escribes.

–          Pero, mamá, Titanic es una obra maestra y es hermosa.

–          Es deprimente, no puedo, la película es deprimente. Esto deberías enseñarle al psiquiatra.

–          Pero si quieres se lo enseño. Además, ¿qué tiene que ver? Tienes que ser capaz de diferenciar un pensamiento de un libro.

–          Sí… sí – dos vagas afirmaciones salieron de sus labios  claro. Pero esto es lo que tú piensas de verdad pues.

–          Mamá, es simplemente un libro. La historia es linda.

–          Entonces debo ser yo la que está mal.

La conversación continuó, pero mi tristeza también. Mi madre nunca estará a gusto con lo que escriba, pensé.

Era la una y cincuenta y seis de la tarde y el presunto psicólogo no se aparecía.

–          Mamá, ¿no me van a atender?

Mi mamá se levantó del sillón en el que tan lindamente nos habíamos colocado y fue directamente hacia donde la secretaria, un poco presurosa. No porque mi madre cumpla fielmente las nociones de puntualidad y respeto, sino que tenía que regresar al trabajo en una hora y el estrés de no ser atendida comenzaba a subirse como una enredadera por sus sienes.

–          Señorita, ¿a qué hora van a atender a mi hija?

–          Este es el que le va a realizar las pruebas  – la secretaria entonces señaló a un hombre que estaba a su lado.

En mi afán por enseñarle un poco de mi arte a mi propia madre, había perdido de vista al hombre que había entrado al edificio minutos atrás. Pensé que era algún trabajador de ahí, de estatus bajo. El cargador de cajas.

Se había inmiscuido, quizá porque recién llegaba, quizá para ver a su paciente desde lejos sin que ella se sienta notada. Me pareció interesante su entrada.

Mi mamá también se sorprendió. Lo vi en su rostro.

–          Ah, ¿es él quien le va a realizar las pruebas?

–          Sí, señora – dijo el hombre cortésmente- yo soy el psicólogo.

–          ¿Y a qué hora se las va a tomar, ah? – preguntó mi mamá recelosamente.

–          A las dos en punto, señora – le respondió la secretaria.

Mi mamá regresó cabizbaja al sillón donde se encontraba todo mi cuerpo desparramado.

 

Pablo, Pablo. Acaba de llegarme un correo electrónico suyo. Pensaba que ya estaba mejor. Durmiendo sin pastillas. Nunca le dije eso. Espero verte pronto, le respondí entonces.

 

La secretaria del centro psicológico nos indicó que fuéramos subiendo por las escaleras. Al tercer piso, la tercera puerta a la izquierda. Sinceramente, parecía que me estaba mandando al baño, pero bueno, ¿quién era yo en esos momentos para no acatar órdenes?

–          Mamá, ¿dónde está la tercera puerta? – Le pregunté dubitativa mientras sentía un ligero temblor en el cerebro. No podía con las puertas, ¿por qué habían tantas?

–          Anabella.

Una voz dijo mi nombre, mi cabeza se asomó a la puerta. Ahí estaba el psicólogo sentado en su gran silla.

Cuando dijo mi nombre sentí algo extraño. No estoy acostumbrada a que se aprendan mi nombre a la primera. Siempre he tenido problemas con eso.

El psicólogo me llevó con un ademán de manos a mi respectivo asiento mientras invitaba a pasar a mi madre.

–          Siéntese, señora.

–          ¿Qué hace aquí? -pensé- Mi madre siempre dice cosas que no son…después va a decir que estoy resentida con el mundo, ay, ¿por qué no se va?

Y el psicólogo comenzó con las preguntas de rutina. Mencionarlas sería reproducir el monólogo clínico de mi abuela, así que en resumen pasamos del parto al nido, del nido a la primaria, de la primaria a la secundaria, de la secundaria al abandono de mi madre, y del abandono de mi madre de vuelta a su regreso ya para trabajar en el mismo centro en el que yo estudio. Desarrollo social, intelectual, conductual.

Mi madre se fue, porque el psicólogo la botó amablemente. Y entonces comenzó la diversión.

¿Por qué me afanan tanto los psicólogos? – pensé.

–          Ok. Empezamos -dijo él.

Me preguntó si ya me habían hecho ese tipo de pruebas antes y le dije que sí, que varias, pero nunca tan detalladas. Era la primera vez que me mostraban fotografías y me preguntaban que faltaba. Preveo que era para el tema del déficit de atención que refirió el psiquiatra que me trata y con el que concuerdo… al menos en eso.

Las imágenes se pausaban, se hacía la pregunta, se intentaba arduamente encontrar una respuesta, se encontraba la respuesta, a veces no, y la prueba terminó.

Terminó -pensé fatalistamente- Qué pena, yo que me estaba divirtiendo.

Pero la situación mejoró. Adicciones. De un tema a otro, de una naranja a un plátano, de izquierda a derecha, no sé cómo, pero siempre, siempre, llegamos al tema de las adicciones. Mi asunto favorito. El que me ha traído tantas felicidades. Las cosas malas, esas no las recuerdo.

–          ¿Dónde crees que nacen las adicciones?

La primera vez que me lo preguntó me quedé perpleja. El término “dónde” puede tener muchas significaciones. Bajé la cabeza.  Odio las preguntas sin respuesta. Me aclaró que se refería a la parte orgánica.

¿Dónde nacen las adicciones, en qué parte del cuerpo?

–          Ah, en el cerebro  –le dije.

Y entonces le conté de mis antiguas y amadas adicciones y de mis antiguas y amadas proezas, porque me las arranqué todas, todas, insulsamente todas.

 

A veces pienso que esperar a Pablo va a ser una tarea más complicada de lo que creí. Incluso cuando hemos mantenido el contacto, poco, pero las suficientes veces estos meses, incluso así, los días transcurren tan lento porque no duermo. Veinticuatro horas son las que siento en mi interior, conectadas a otras veinticuatro.

 

Ese día, que cayó día de los Inocentes, no le regalé a Pablo una de esas bromas pesadas que solía hacerle a mi abuela, colocarle una cucaracha o un escarabajo – hasta una lagartija- en el hombro para que se pusiera a gritar y a gritar como lo hacía todos los años, mientras viéndose al espejo intentaba quitarse la quimera cosa del hombro, sino que le regalé un llavero.

El día anterior la familia había salido de paseo conmigo. Extrañamente. A almorzar. Habíamos estado en Barranco. Y allí siempre encuentras lo que buscas. Yo encontré un llavero, me costó un sol, pero compré dos iguales y fue en ese preciso instante en que el llavero pasó de ser una nadería a ser algo preciado para mí. Y quizá una manera poco percatada de amarrar a alguien. Pensaba regalárselo a Pablo, pero me daba un poco de vergüenza.

Cuando terminamos de almorzar, regresamos a armar el rompecabezas. Yo me moría de sueño y él me decía: Anto, Anto no te duermas. Luego me decía, Anto, mejor duérmete, así te quedas dormida en mis brazos… Parecía la frase de otro galán más, pero la pausa con que me la dijo, esa no la he olvidado. Extendió sus brazos mientras yo intentaba encontrar una de las perdidas piezas del rompecabezas, de esas que siempre faltan en el borde. Y mientras intentaba por todos los cielos no quedarme dormida…

Tenía un polo negro, y su venda, su bendita venda me quería, o me lo demostraban. Me hice la loca, otra frase más, pensé. Y así continuamos armando el rompecabezas.

Luego se nos ocurrió la idea de ir al cine. Ir al cine en estos días es como leer un libro, ¿quién no lo hace? O más bien ¿quién, a causa de la depresión, no lo ha dejado de hacer? Quien como yo. Ir al cine para nosotros era toda una ilusión.

Veía su espalda acomodada en la silla de mi cuarto, polo verde, espalda, espalda…. mientras yo me acomodaba las pantuflas en la cama.

–          Pablo, ve a traer el periódico.

–          ¿Para qué?

–          Para ver las funciones, pues – le dije con cariño.

Y ya estábamos en el cine. Fue esa película que vimos la que nunca pudo borrarse de nuestras memorias. Elizabethtown. La película catalogada como la peor del año por no sé quien, pero era nuestra película.

Antes de que comenzara, en la tanda de propagandas y trailers, Pablo no dejaba de reírse con las escenas de una película cómica. Su risa se escuchaba en toda la sala. Varias personas le secundaron la risa mientras él se movía en el asiento desesperadamente. A punto de convulsionar estaba el chico. Y yo pensé: ¿Por qué se ríe tan lindo?

Él me miró como queriendo que me ría, pensando extrañado que no me reía. Pero es que la películas cómicas no me dan risa, le dije.. Pero no se inmutó. Al menos su mirada, seguía ahogada en mí.

Mientras veía de reojo a Pablo, como quien no quiere la cosa, me di cuenta de que las escenas del padre y del hijo en juventud  le hacían recordar a su papá, a quien no veía muy frecuentemente. Interiormente, mi preocupación pasó de la trama de la película a la trama del interior de la sangre de Pablo. La música de la película nos transportó hasta un mundo nuevo.  Las lágrimas cayeron de mi rostro, y esa primera vez él no se dio cuenta.

En el tiempo que transcurrió la película, Pablo con un ojo fijo en mí – habilidad que es inconcebible para cualquier ser humano- y el otro en el filme, me tocaba el hombro derecho con ese dedito índice suyo que ya todos le conocían en el colegio. Y eso que aún no tenía DNI.

Regresamos como dos tontos felices a mi casa, y entre el camino de la avenida, lleno de tiza azul grisácea y árboles, iniciamos  una vaga conversación sobre nuestras vida. Es una pena que no recuerde mucho de esa charla, pero sí de su caminar, lento y bailarín por toda la alameda.

Tengo deseos de llorar de nuevo, porque aunque solo hayan sido seis años, te sigo queriendo Pablo.

Mi madre llega a la casa, a la acostumbrada tarea de intentar tranquilizarme para adentrarme en el estado vegetativo de los sueños. Lo que olvida es que cuando pienso sobre Pablo no hay nada más sobre qué pensar. Y en estos días el pensarlo me deja un sentimiento dulce en el corazón. Porque me dejó, pero yo nunca lo voy a dejar de vivir en mi memoria.

He llorado, tanto esta tarde, tan tristemente porque el recuerdo de Pablo y de mi antiguo mejor amigo, Sebastián, me carcome por dentro.  Justo cuando pensaba mandarle un correo electrónico de auxilio a este último, porque necesito de su presencia cuando mis lágrimas caen por la noche, el gran Internet ha desaparecido. Desesperada le he dicho a mi madre que le dé una llamadita a Sebastián, que necesito verlo.

Ha sido tanto el llanto que me he ido a dormir y no he podido conciliar el sueño con la nueva pastilla. No porque no funcionase, pues hoy a las seis de la mañana al levantarme sentí un profundo cansancio y una sensación de que si me hubiera quedado en la cama hubiera entrado en sueño, sino porque de tanto llorar se me ha tupido la nariz y mi rinitis alérgica ha empeorado.

¿Qué estaría haciendo Sebastián ayer a las diez de la noche? Porque no contestaba el teléfono. A veces siento que tiene toda la razón del mundo para no hacerlo.

Fui hacia la cabaña de mi madre. Abrí la puerta. Ella todavía no había abierto el ojo. Su cuerpo tembló.

–          Ves hijita, por llorar es que tienes la nariz así.

Me quise reír, pero recordé que hace más de un año lloré por la misma razón, por extrañar a un mejor amigo que ya no puede seguir siéndolo. Y que esas lágrimas tardaron en terminar.

Mi madre me trajo un antialérgico, para lo cual se demoró mucho, mucho tiempo y luego me trajo el desayuno. Allí fue donde me perdí, porque yo seguía esperándola abrigándome como podía con todas las sábanas y frazadas en la cama y convirtiéndome en una empanadita… pero ella no llegaba… y entonces hubo un momento en que volteé a ver la mesa de noche de mi madre, con la lámpara y la siempre presente virgencita fluorescente, y el desayuno estaba metido ahí, casi cayéndose.  ¿En qué momento entró a la cabaña?, ¿me dormí por unos segundos?
Regresamos a la casa. Pablo y yo nos quedamos conversando un momento en la puerta principal y luego procedimos a entrar. Recuerdo que sacó su billetera y entonces me enseño la colonia que usaba. Llegamos a una riña de personas que se quieren.

–          A ver tu perfume.

–          Es colonia.

–          Perfume, colonia, es lo mismo.

–          No. Los hombres no usan perfume. Usamos colonia.

–          Lo que sea. A ver, échate un poquito.

Pablo se echó un poco de colonia en un su brazo izquierdo, el que no tenía la venda, y me lo puso rápidamente debajo de la nariz.

–          ¿Te gusta?

Yo no era una fanática de los perfumes o colonias, me producían alergia, pero comprendí entonces que ese era el olor que había estado disfrutando desde que él entró a mi casa.

Pablo seguía mirando su reloj. Y yo pensaba que era muy pronto para que él se fuera. Pero tenía un hermano pequeño que cuidar y su madre siempre fue estricta con él. Y yo era una pequeña niña tonta, así que no tenía ninguna buena razón para decirle que se quedara. Pero igual se lo dije.

–          Quédate.

–          No puedo, mi mamá me está llamando – me decía mientras veía su celular.

–          Vengo otro día.

Puse mi carita de puchero, porque siempre la pongo cuando quiero algo y no me hacen caso. Así funciona.

–          Ya, está bien. Un ratito más.

Fuimos al escritorio de mi abuelo y Pablo se sentó esta vez en el sillón. Se le notaba cansado y tenía ojeras rodeándole los ojos. Pero se echó ahí el desgraciado, como si fuera su sillón.

–          Voy a cerrar mis ojos –me dijo ese día que no olvido- Hazme lo que quieras.

Estábamos solos o relativamente solos. La empleada estaba rondando por otras habitaciones de la casa y estaba muy oscuro. Yo lo vi  y lo volví a ver y él seguía con los ojos cerrados.

–          Porsiacaso, yo estoy aquí a tu disposición…

–          ¿Sí?

–          Sí. Ya te dije que puedes hacerme lo que quieras.

Tragué saliva.

–          Pero – haciéndome la tonta- ¿qué te puedo hacer? O sea –estaba utilizando mi tono lineal de la alta sociedad limeña- no sé qué estás esperando…

–          Oh… – su rostro se entristeció- está bien, los abriré.

Y abrió sus pestañitas que eran más largas y gruesas que las mías. Era lo que más me atraía de su cuerpo, sus pestañas y su pelito enrulado. Nuestros ojos se quedaron en el otro por un largo tiempo.

Recuerdo cuando en el colegio, días atrás de su primera visita a mi casa, Pablo había estado siguiéndome solapadamente, como quien está interesado pero no termina de confesarlo. En ese sitio educativo siempre nos obligaban a formar filas y como ambos éramos de años diferentes, la fila india de su salón se formaba paralelamente a la mía.

Yo me quedaba estática. “No me miren”. Le preguntaba a cualquier amiga que estuviera delante o atrás de mí si Pablo me estaba mirando. Y la chica me decía que sí. Qué vergüenza.

Uno de esos días volteé, y lo vi. Sus ojos… no… todo su rostro estaba fijo en mí, su pelo enrulado y sus ojos caídos, su sonrisa que ya no podía ser más grande, y su manita levantada queriendo saludarme.

Por eso te dije que ese saludo impasible comenzó contigo. Levanté mi manita y te respondí el saludo, pero la sonrisa la tuve que inventar porque estaba tan caliente que ya no podía reaccionar.

Las filas indias comenzaron a moverse al mismo tiempo. Qué afán el de las profesoras por querer que continuáramos cerca si ya había acabado el recreo, ya había acabado el: “Antonella, ven, que Pablo quiere hablar contigo”.

Mis amigas mayores, las que estaban en su mismo salón, tenían como diversión unánime el  juntarnos a los dos en el recreo. Primero me lo presentaron. Al día siguiente, volvieron a presentármelo, y continuaban haciéndolo. Nunca las voy a olvidar. Me jalaban del brazo y aunque yo me detenía y no quería, me llevaban hacia él y hacia su mejor amigo. Hacia ese grupo de cuatro chicos, los chicos de cuarto de secundaria.

Ya estoy de nuevo donde el psicólogo. Necesito una inyección, no quiero, pero ya no puedo más. El cansancio es parte ya de mis piernas y me impide llegar con urgencia al tercer piso. Me he golpeado contra la pared. Mi madre camina firme detrás de mí.

Pruebas con números, pruebas con cubos, pruebas de memoria… ¿por qué llegamos a hablar de Pablo? Es un recurrente no pedido, pero es imposible no sonreír al mencionarlo.

Estoy preocupada porque Sebastián no le ha devuelto la llamada a mi madre. Más que por mí, porque le haya ocurrido algo a él. Siempre estoy pendiente de su salud como si fuera la mía y eso quizá no le guste mucho.

El psicólogo se ha quedado anonadado con mi idea de volverme loca. Es que siento que voy por ese camino. Que la voz de Pablo y una que otra canción del recuerdo me llevan a la cordura, pero que nada más me lleva a la cordura. Le conté que cuando inicié el tratamiento psiquiátrico, recibí una llamada de él, y que me fue imposible no alegrar mi voz. Estaba llorando en mi cama, pero su voz y su cuidado me dejan siempre apacible.

La inyección a la que me refiero es para dormir, porque a mi abuela le han colocado tantas que pienso yo, insistente e ingenuamente, ¿por qué no pueden ponerme una a mí también? Si la realidad cada vez se hace menos real, o ya ¿qué es real?, déjenme en el sueño, en ese profundo, que despertaré como un cielo nuevo, como un nuevo ser. Pensar en el futuro, en lo que se vendrá, en si funcionará el nuevo tratamiento luego del Valium que quiero que me metan a la vena es cosa del futuro. Si algo aprendí – y lo digo cómicamente- en la experiencia de mi vida, es que el futuro es futuro, y hay que vivir el día. Como una perdida. Pero… estoy perdida, ¿cuánta más perdición hay en este mundo?

En las pruebas psicológicas a las que me sometieron hoy hubo un cuestionario de preguntas que presumo son para definir la personalidad y trastornos patológicos, pero había una incógnita repetida: ¿le gustan las flores?, ¿le gusta plantar flores en su casa?

En ese momento pensé que habían escrito ese cuestionario para mí, porque amo la naturaleza y creo que comenzaré a plantar flores en mi casa. Claro, si es que la abuela no se enoja porque ya hay muchas plantas en la casa, o mucha vida, diría yo más bien.

La parte de los cubos, de formar figuras extrañas con los cubos que me iba dando el psicólogo me dio la certeza de que debía inyectarme el Valium pero ya, porque una de las últimas figuras que vi fue una casa abstracta que nunca pude formar con los cubos. Nunca.

Mi madre llama insistentemente al psiquiatra que me atiende para ver si me pueden “dormir a la fuerza” como ha referido ella. Porque, ya no doy, mamá. Estoy sentada en el sillón principal de la casa, en el que una vez estuvo sentado Pablo, esperando a que el psiquiatra se digne a contestar porque siento que ya no puedo más. ¿Dónde están todos?

Parece que me van a colocar tres ampolletas por tres días. Porque mis ojeras son más grandes que mis probabilidades de morir. Porque ya no puedo más, mamá.

Le he avisado a mis mejores amigos, antiguos, otros nuevos, que estén pendientes, que no se pierden, porque no quiero volverme una drogadicta. Una adicta a la solución más fácil para dormir. Veo las luces de mi cuarto y veo que juegan entre ellas, forman figuras geométricas y luego se deshacen en el espacio. Como los cubitos de hoy en la tarde. Los deshacía con mis manos.

Tengo miedo de no despertar después de una de esas inyecciones, o lo que es más temible, despertar muy temprano, a los ocho minutos de haberme quedado dormida, como sucedió con una operación  que me realizaron hace poco, o a las tres horas. Si es así, Dios, que no sea así, si es así, ya no sé qué voy a hacer. ¿En qué mundo de medicamentos me han metido?, ¿qué otros medicamentos existen para dormir? Siento que ya están gastando todas sus energías en mí y siento que hay algo que no están descubriendo. La razón de mi insomnio. Yo tampoco la encuentro.

Quiero avisarle a Pablo, pero un correo electrónico que leerá luego de semanas no es el medio más adecuado para hacerlo. Ya le avisé a Sebastián, pero parece que su celular ya no es suyo y es de otra persona, porque no me contesta. ¿Dónde estás, Sebastián?, ¿estoy tomando el camino adecuado? Porque me duele escribir. Y mis amigas dicen que es solo el camino hacia la decadencia.

Mi antiguo profesor de literatura ha sabido darme paz, por segunda vez. Me ha respondido el mail mandado pidiéndole ridículamente que rece por mí. Él no cree, a veces, ni en su profesión. Es que yo sigo diciendo que es un padre para mí.

Una de mis grandes amigas me hace recordar que hoy sentí  la muerte. Salí a la calle y el vapor, la neblina, el día frío, el invierno que llegó, llegó a decirme que este día se parece tanto al día en que sentí  que mi tía iba a morir, vi una sombra cubriéndole el rostro… y se parece tanto al día en que murió Heath Ledger por sobredosis de pastillas para dormir… Estoy atormentada y tengo pavor, pero mi profesor de literatura y nuestra pequeña cita de profesor-alumna este viernes me deja en calma, porque sé que aguantaré hasta el viernes.

Pablo me ha respondido por el celular, bastante preocupado y entonces, después de seis años lo valoro más que nunca. Porque Sebastián sigue sin aparecerse y Pablo fue el primero en responder. Siendo un mujeriego, y siendo aborrecido por mis mejores amigas que me decían por años que lo olvide, Pablo está ahí, lejos, pero cerca en el pensamiento.

La enfermera ha llegado. Traída a rastras a la casa porque ya son las once de la noche y hay que dormir a Antonella. Busca en su bolso de primeros auxilios una aguja que esté estéril, nueva o que parezca nueva. Me baja la pijama mientras veo su maquillaje de miedo pelo y me mete la punta filuda en la parte trasera. Para que me olvide del mundo. No lo sentirás, dijo.  No la sentiré, repito, mientras pienso que esa libertad que tanto anunciaba fue ilusión de mi mente, pues la visita fue concebida desde hace más de seis años y sigue siendo concebida.

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Cultura

Casalit: Ya viene el día

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Repaso la frase y me digo, ¿cómo pudo componer este verso plegaria, el poeta César Abraham  Vallejo Mendoza, el hombre que recibiera injusta prisión de 112 días en la cárcel de Trujillo, acusado de hechos delictuosos? Seguramente por su admirable fe, por ese espíritu místico y religioso que se descubre en sus versos. El poeta, nacido en Santiago de Chuco de 1892, purgó injusta cárcel que como describe fue “el momento más grave de su vida” a partir del 6 de noviembre de 1920 hasta el 26 de marzo de 1921. Tenía solo 28 años.

Al año siguiente, 1922 edita “Trilce,” un poemario  que desestructura el lenguaje, lo innova y lo hace universal, pues para el vate el único medio que tiene el hombre para ser auténticamente libre, es este, el lenguaje. Y por medio de ese lenguaje manifiesta el dolor que habría de sentir el resto de su corta vida: “En la celda, en lo sólido, también se encuentran los rincones” (LVIII).Pero es en “Escalas” (1923)  donde manifiesta su mayor desolación nacida de esta abrumadora experiencia.

Estos hechos y la orfandad (su madre ya había fallecido) lo decidieron a irse del Perú para siempre. Parte desde la dársena del Callao el 17 de junio de 1923, en el barco “Oroya” y llega a Marsella el 14 de julio, fecha del aniversario de la Revolución Francesa. A partir de entonces, sus trabajos, nostalgias, amores, amistades, el inmenso dolor que le causó la guerra civil española, son ya otra historia.

Portada_Rusia en 1931

LA CASLIT HA VUELTO

La Casa de la Literatura ha reabierto sus puertas y lo hace con una primera exposición temporal  que se inaugura el 26 de mayo a las 7 de la noche. La misma se titula “YA VIENE EL DIA. CÉSAR VALLEJO, EL FERVOR Y LA PALABRA”  y se podrá visitar hasta el mes de noviembre en su local de la antigua estación de Desamparados, centro histórico de Lima.

El título de esta muestra ha sido tomado del poema “Los desgraciados”, que forman parte de sus “Poemas Humanos” (1939). Vallejo  cambia el verso “Va a venir el día” por “ya viene el día”. La curaduría está a cargo de la experimentada especialista Yaneth Sucasaca, responsable de anteriores exhibiciones.

Ya viene el día, está dividido en tres secciones: “Jamás tan cerca arremetió tan lejos”, que nos presenta a un Vallejo migrante, nostálgico, descubridor de los avances tecnológicos de la post guerra, su interés por el cine, su gran preocupación por la alienación del hombre moderno.

La segunda, “Quiero decir muchísimo y me atollo” indaga en “Trilce”, libro de gran importancia en nuestra historia literaria, allí que muestra la angustia por decir a toda voz lo que siente, lo que vive, pero la palabra le resulta escasa.

Rafael Alberti, Georgette Philipart y César Vallejo. Madrid, 1931. Fuente César Vallejo. Iconografía (APL, Lima, 2017)

La tercera: “Abisa a todos los compañeros pronto”, sintetiza su espíritu político y social, la rabia por las desigualdades, el dolor impotente por la indiferencia, por esa España que se desangra  y que le hace exclamar: “España aparta de mí, este cáliz”.

Como complemento, atraviesan a la sala estructuras metálicas y tiras de papel con  poemas de Vallejo. La realización de los papeles estuvo a cargo de la artista visual Liliana Melchor Agüero. La instalación sonora con lectura de versos vallejianos por doce personas, ha sido realizado por el especialista en sonido José Málaga.

Lima Gris, conversó con la curadora Yaneth Sucasaca, para que nos diera mayores alcances de esta exposición.

¿Qué criterios se tomaron en cuenta para titular de esta manera la muestra sobre Vallejo? ¿Se realiza  por un aniversario más de su fallecimiento?

Bueno, este año se cumplen 100 años de la publicación de “Trilce”, sin duda es una fecha significativa. Por eso surgieron distintas iniciativas para conmemorar o volver a acercarnos a la obra de Vallejo. Y claro, nosotros también nos sumamos a este ímpetu. Pero, la exposición para nosotros obedece también a otros motivos. Algo que nos parecía fundamental, es la pertinencia de la voz de Vallejo hoy.

En el caso del título. “Ya viene el día” es el inicio del verso final del poema “Los desgraciados”. En la investigación nos llamó la atención como al final de este poema, el anuncio de un nuevo día que siempre es planteado como una posibilidad “Ya va a venir el día, ponte el alma”, de pronto adquiere un nuevo tono. La latencia se transforma en una realidad “Ya viene el día”. Además, revisando los manuscritos y mecanografiados de este poema notamos que en las versiones iniciales el poema culminaba con el anuncio de un día por venir, pero que luego el mismo tachaba este texto y lo corregía, remarcando la afirmación. Para nosotros este y otros gestos en la escritura de Vallejo fueron fundamentales para remarcar en él su sentido afirmativo ante la vida, su apuesta por la esperanza, la fraternidad.

Los poemas de César Vallejo, especialmente los de TRILCE, en donde rompe con todas las reglas del lenguaje, podrían considerarse como creaciones del undergrounds o una nueva propuesta para liberar al lenguaje y darle más fuerza?

Una apuesta central en la obra de Vallejo es efectivamente la búsqueda de libertad y esto claramente atraviesa su escritura. Es allí que el lenguaje se revela insuficiente para expresar la incertidumbre o la angustia. Creo que el modo en que se relaciona con las palabras, esa tensión que observamos en sus poemas y que además tiene que ver con cómo se apoya en la oralidad, o la invención de palabras, o incluso la inserción de términos insólitos, obedecen  entre otras cosas a un querer liberarse. Y es significativo porque de algún modo en su poesía encontramos una realidad desencajada y descoyuntada que encuentra valor en lo emocional, lo impar, lo carente, aquello contrario al orden impuesto.

Julio C. Gamboa, Abraham Valdelomar y César Vallejo en la avenida Costanera. Fuente César Vallejo. Iconografía (APL, Lima, 2017)

A más de 70 años de su desaparición física; ¿cómo se puede calificar su vigencia internacional y  el ser tomado como referente aún en las nuevas generaciones?

Considero que la vigencia de su voz es indiscutible, creo que esto tiene que ver fundamentalmente con esa atención que él tiene a lo humano, pero también con que es una voz que siempre nos sorprende. Por ejemplo, en la investigación notamos la atención que él tiene a la ciencia, a los avances tecnológicos, a como esto transformaba percepciones básicas de la vida y de allí nació el libro “Del siglo al minuto. Crónicas sobre máquinas y ciencia”. Sin duda, estas crónicas resultan sumamente  pertinentes para el hoy. Y seguramente si seguimos investigando aparecerán más cosas, creo que es un autor que no se estancó en un solo tema, estaba mirando todo, preguntándose por todo siempre y esta misma actitud me parece lo hace hoy tan actual.

¿Existe un sólo Vallejo o varios? porque los autores que se ocupan del gran poeta santiagueño, recogen diversos aspectos de su vida y creatividad, pero creo que la mejor ha sido la extraordinaria edición que realizó Milla Batres por los años 70 pues abarca todos los caminos que siguió y escogió. ¿Se debería seguir ese ejemplo para presentarlo como una totalidad?

Creo que todos conocemos un Vallejo y hay que aceptar ello como algo enriquecedor. El que investigadores de distintas disciplinas se ocupen de su obra siempre va a ser importante, puesto esto precisamente nos revela distintas facetas de este autor. Lo que sí me parece importante es que estos acercamientos se hagan de manera responsable, sin desconectarlo de su contexto, de sus inquietudes permanentes y para esto sí me parece importante tener en cuenta sus distintas facetas.

¿Se recogieron criterios de especialistas nacionales y/o internacionales para la realización de esta muestra?

Si. Junto con Rodrigo Vera, Mariana Rodríguez, Diana Amaya y yo conversamos con investigadores peruanos e internacionales, los convocamos para contarles nuestros avances, plantearles nuestras miradas y ellos fueron comentando y compartiendo también sus propios hallazgos. Me parece importante, porque en todo momento se mostraron muy receptivos con la propuesta y de todas maneras la curaduría se alimentó de estas conversaciones.

¿La CASLIT seguirá por este derrotero? paralelamente a esta muestra, ¿qué otras exposiciones ha programado?

Claro que sí. Esta exposición estará hasta el mes de noviembre. En estos meses vienen varias actividades en torno a ella: talleres, conversatorios y publicaciones. Ahora en junio tendremos una mesa de diálogo y una jornada de impresión tipográfica en la que conversaremos sobre el proceso de producción de Trilce. Este  año nos enfocaremos en acercar las distintas facetas de Vallejo y compartir la investigación que realizamos.

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Cultura

Poemas de Cromwell Castillo Cabrejos

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Cromwell Castillo es un poeta, artista plástico y diseñador gráfico, motupano de armas tomar y en estado permanente de trabajo. Siempre habla claro y potente. Por ejemplo, dice que “los malos poemas nacen de los chantajes y los falsos estremecimientos del autor para consigo mismo y para con su obra” y que, en poesía, existe el verdadero poeta y el pendejo; el primero es el honesto que batalla contra los molinos de viento y las modas y demás líneas de fuerza que arrastran a horneadas de poetas al barranco de la mediocridad y la repetición ad infinitum. Y el pendejo es el que se respalda con las argollas, el amiguismo, los letratenientes y la “alcahuetería literaria”, casi siempre carecen de talento y buscan el grupo o la mancha para avanzar en masa y copar los espacios culturales y obtener alguna aprobación retiniana o una palmada de hombro dentro del esplín de bardos viejos o culturosos que, como ciertos parásitos, buscan vivir en otro cuerpo.

Los poemas que compartimos aquí pertenecen al libro “Círculo de fuego”.

ARTE P(R)O(F)ÉTICA

El lenguaje es un puente

por el que la palabra cruza, desafiante, todas las fronteras.

Armazón articulado de espectros.

Nudo espléndido que evoca los orígenes del reino.

Si digo ‘esta voz es mía’, no es mi voz,

es el reflujo de la insuficiencia

que nos llama deseoso

desde la sombra de un aire primigenio.

Ni siquiera el presentimiento aborda

este halo espeso que asoma su caudal ardiente.

La voluntad es un accidente del deseo.

vocación de no-ser / torre suprema de la incertidumbre.

Escritura: tesoro perdurable.

Te ofrezco aquí toda mi desgracia,

universal como las revelaciones.

Escribir es asir el silencio y echarlo andar.

Escribir es sostener el pensamiento con la voz.

Escribir es domesticar el instinto ─pensamiento impensado─.

¿Te has preguntado a dónde va el rumor

que agita la puerta inefable de este sueño milenario?

El lenguaje de las pesadillas

es el infame pasadizo de las pesadillas de la realidad.

LA NUEVA CASTA DE ABRAHAM

No es momento de forzar rutas cómplices.

Abrasemos la memoria

evocando a nuestros muertos

con su heredad perdurable

de batallas inconclusas.

Cerremos filas al silencio:

infraterna y vieja costra de las componendas.

(32) Oremos. Levantemos el corazón.

Lo tenemos levantado hacia al Señor.

(33) La esperanza aguarda en catedrales

donde rigen estremecimientos vanos:

Sumidos en una fe desfigurada,

las iglesias bendicen cadáveres

en nombre de la guerra y la mentira,

y sus ministros nos obligan a hundirnos el llanto

enarbolando insólitas rectificaciones.

Luego sobrevendrá el clamor universal:

Bienaventurados los que siguen el nuevo orden

de las constelaciones:

lluvia invisible / triángulo de fuego / la fe ahogará Europa

(primero será Europa: dos mil veintidós ─más uno─,

la era del aire)

Armazón de Barro Ungido / Dios Arde en una Bienaventuranza Incierta:

Casta creciente de Abraham en Latinoamérica.

No hay Verdad en lo que solo encierra dolor y remordimientos:

el mismo éxodo / la misma fatiga / el mismo origen de las rectificaciones

Animales salvajes serán soltados en el lugar del Edén:

Bienaventurados los hijos de la gran unificación tripartita.

No te acerques a la ciudad devastada por el aire,

de ella nacen ríos que erigieron su caudal en nombre de la muerte.

La Casa ha sido restaurada.

Levanta los ojos al cielo y mira:

estamos perdidos en una vastedad insignificante

de promesas celestes.

ASUNTO CRIMINAL

Con Herica, desde uno de los acantilados

de Puerto Eten; a propósito del ecocidio

de Repsol en el Perú.

I

En este mar solo cabe la memoria

de una música hegemónica que golpea nuestro cráneo

insistentemente

como una balada hostil, una compulsión

asombrosa de rumores

donde reina la incuria y la muerte.

Ah, las raíces de la infancia

que el mar sacude raudamente

convirtiéndolas en espuma:

quisiera tener la certeza

que este mar no existe

y que la ciudad devorada por el agua

es solo el inútil espejismo del olvido.

Pero no, el dolor arrecia con ardua marea negra,

y yo desde la cresta de este acantilado

veo olas tenebrosas descarnando peces y nutrias.

¿De dónde viene el fuerte oleaje

que ha deshecho los pilares de la Tierra?

El mar resuena en mi interior

donde una caracola anuncia los presagios de los puertos:

no hay nadie en los navíos, solo la tempestad

mece el corazón herido de las aguas.

Ha llegado el tiempo de la ceniza.

En un vasto cementerio de rocas húmedas,

oigo la voz del gentío arrastrando el cadáver del último verano.

Todo ha sido consumido por la niebla,

y la mentira galopante del Viejo Mundo

es silencio / espada / lesión:

Prometido infierno / fruto perdurable.

La historia es un puñado de escombros

que canta una alegoría al viento amordazado

de nuestras costas:

caravana de aves picoteando en las playas

la noble mansedumbre de sus alas rotas.

El mar es triste en su saqueada fecundidad,

como el suelo donde aguardan los albores de la guerra.

Nada ofrendarán sus aguas

que mueren

lentamente

bajo el cielo estrellado

de enero.

2022:

¿Oda a la sangre / Oda a la traición / Oda a la locura?

Revelaciones duermen y se orillan al roído murallón de piedra.

Estampida de bestias lascivas copulan en la negritud ascendente de la arena.

Polución sanguinaria / carnicería oscilante / región abatida.

Solo cuerpos fatigados pendiendo del horizonte abarcan este mar amado,

O es el sol abrasante que sujeta la indecible fragancia de lo incierto?

Luego sobrevendrán las tribulaciones:

reminiscencias de frágiles ciudades

desplomándose

al otro lado de la marea.

Todo está perdido.

II

La invisible danza de mis redes

devorada por las profundidades,

no logra descifrar el agua:

nada nos ha ofrendado el mar.

Leves augurios nos atan

al llamado impuro de tu voz, ¡oh, reino del crepúsculo!,

y apenas si el silencio sabe acariciarnos la memoria.

─¿Acaso desoímos el rumor vibrante de las preguntas

que encallan sobre esta orilla

ornamentada de aleteos moribundos

y negras constelaciones?─

He vuelto a mirar la extensa muralla de agua

y algo delata el inútil pretexto

de lo que somos:

el abismo seduce

y nos asoma a una estación pétrea

vigilada por peces abisales

y sombras inalcanzables.

Es el mar o la azulada versión de la muerte,

esa otra red imperiosa que lanzan los dioses

arrastrando nuestros ojos

a un viaje largo

a través de la noche.

He visto mi reflejo sobre sus aguas

presumiendo la esperanza de los náufragos

de corazón incurable / oscilantes

entre el volver o quedarse a fundar la niebla.

Inusitado reino de las transfiguraciones,

donde el viento es el soplido ruin

de bestias invisibles que atraviesan las ventanas de los puertos:

Verano galopante / hedor inmóvil

Tiránica armazón de fuego

que desliza su furia en el lomo de las aguas

y engendra animales fatigados

y mórbidos.

¿Quién clava sus agujas en este ambiguo

jardín de incertidumbres?

Lanzo las redes

al anchuroso ojo de agua

            una y otra vez

            una y otra vez

            una y tantas veces

y solo atrapo una pregunta irredimible:

¿Por qué nuestras plegarias ya no se oyen?

─¿A dónde va el canto constelado que mi alma escupe

al cielo abominable de las postrimerías? ─

Aves milenarias surcan el horizonte

colisionando su pico

contra un paisaje de cadáveres

que esperan el gesto entrañable del aire.

¿Qué es una lágrima sino un deseoso aleteo nocturno?

Una lágrima caída al mar

es el mar devorando las profundidades

de los hombres.

Es el mar recuperando sus raíces.

III

La patria de mis ojos es el mar,

y tú una barca balanceándose,

discreta,

en sus profundidades.

Vocación impura

y babilónica la del lenguaje:

Hacer fluir el poema

en medio de un mar

repleto de inmundicias.

CROMWELL CASTILLO CABREJOS

Poeta y artista plástico peruano. Exmiembro fundador del Grupo Literario Signos y autor de “Agua” y “Transfiguración o el sonido” —libros incluidos en “Signos” (Chiclayo, 2007)—, “¿Dónde acaso es camino?” —incluido en “Demolición de los reinos” (Lima, 2010)—, “Estética de las revelaciones” (Arequipa, 2011), y el plaquette “Fuego” (Arica, 2010). Forma parte de “Cuervo Iluminado”, Colección de Nueva Poesía Peruana (Lima, 2010); “Rito verbal”, Muestra de Poesía Peruana 2000 – 2010 (Lima, 2011); “Me Usa”, Brevísima Antología Arbitraria Perú – Uruguay (Perú, Venezuela, Chile, 2012) y “Circo de pulgas”, Antología de la minificción peruana (Lima, 2012).

Trabajos suyos han sido publicados en revistas impresas y virtuales de Perú y el extranjero.

Es director de Semanario del Norte, primer periódico virtual de la Macroregión. Tiene inéditos los libros “La cabeza del Minotauro” y “Círculo de fuego”.

CONTACTO:

Móvil: +51 (074)942959742

E-mail: cromwellcastillo81@gmail.com

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Cultura

La anarco Revolución Caliente de Rodolfo Ybarra

Revolución caliente, novela para rechinar los dientes.

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Por Maynor Freyre

Desde un mundo esclerótico, donde  los órganos de la vida social se van atrofiando, para el grupo La Alcantarilla no queda otro camino que el romper con todo tipo de organización social, el implantar un anarquismo decimonónico como el de El hombre que fue jueves, escrito por G.K. Chesterton desde la burla y el corrosivo humor o lo planteado también por Antonio Muñoz Molina en su novela El dueño del secreto con fina ironía acerca de una frustrado levantamiento de ácratas al lado de militares, curas y banqueros en España, justo un año antes de que falleciera el falangista dictador Francisco Franco en España, e inspirados en la “revolución de los claveles”.

Revolución caliente se titula esta novela de Rodolfo Ybarra (Lima, 2020, Arteidea Perú), y tal como la antigua canción-pregón que recorría las calles de la Lima de mitad del siglo XX precedida por un farol Coleman, nos hace rechinar los dientes por su atrevimiento tipo El almuerzo desnudo del narrador beatnik William S. Burroughs que rompe con todos los cánones narrativos para contar como a través de un continuo vuelo de drogadicción. Asimismo, Ybarra se vale de descripciones, artículos, estampas, diálogos cuasi teatrales, poemas inesperados y una especie de proselitismo ideológico neo anarquista.

Como los beatniks, Ybarra trata de romper con el estilo neo liberal democrático que rige en el mundo actual y no siguiendo las pautas de los escritos marxistas, leninistas maoístas que se impusieron en muchas partes del mundo como entelequias para transformar la sociedad. Claro que se trata de un escrito ficcional que no necesariamente se vincula con el autor a toda costa. Hay textos que afrontan las relaciones íntimas y otros que suponen la organización de grupos de destrucción, al estilo de la canción de los Saicos de los años ’60 que pregonaban con Demoler “echar abajo la estación del tren”, en referencia metafórica al viaje a través de los cánones establecidos.

Para finalizar este breve comentario, diremos que la hermandad con el movimiento beatnik —acuñado en 1958 por el periodista Herb Caen, posterior premio Pulitzer— de San Francisco, EE.UU., radica en que el nombre parte de beat que en la jerga estadounidense significa cultura, actitud y literatura a los cuales este periodista le añadió nik, la última sílaba de la palabra Sputnik, el primer satélite soviético que atemorizó a los norteamericanos pensando que desde un satélite como ese les iban a lanzar la bomba atómica. Casi al terminar de leer Revolución caliente, en 201, EL QUÍMICO: CÓMO Y QUÉ HACER PARA UN CORRECTO SABOTAJE nos da cinco fórmulas para preparar bombas explosivas, así como cinco consejos para malograr un vehículo motorizado y otra sarta de consejos para descontrolar y alterar el orden.

“Resinoso, como prueba de todo lo dicho, dejas aquí el primer último párrafo de esta tu, dizque, novela inconclusa que es la Historia del Perú, en estos precisos momentos en que la huelga general está tomando las calles dando vivas en voces de la muchedumbre, y en que se escuchan disparos y explosiones que retumban en las periferias, caseríos y barriadas y vas dejando de redactar”. Porque al final un helicóptero humeante se precipita al vacío. El sonar de la metralla son las voces de La Alcantarilla. Entonces empiezan a desfilar los personajes que conforman ese anarco grupo.

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Cultura

Joe Guzmán presenta su poemario “La arqueología del caos” en la Feria del Libro de Los Olivos

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Hoy por la tarde en Lima, el escritor Joe Guzmán presentará su libro “La arqueología del caos” publicado por la editorial trujillana “Paloma Ajena Editores”. La presentación se realizará en la Feria del Libro 2022 – Los Olivos: Ciudad con Cultura (ubicada en la explanada de la Municipalidad de Los Olivos – Lima) organizada por Ciudad Librera y el Fondo de Cultura Económica Perú.

En la mesa de presentación estarán Amós León (director de la editorial), Ángel Flores (docente y crítico literario) y talentoso escritor Joe Guzmán (autor del libro).

Descripción no disponible.

Sobre el libro, el escritor y crítico Luis Eduardo García mencionó: “Un segundo libro en el que explora la naturaleza y el origen del caos como parte esencial de la naturaleza humana, confirma a Joe Guzmán como una de las voces más auténticas y originales surgidas en la poesía trujillana de los últimos años”.

También el periodista, escritor y gestor cultural Augusto Rubio, se refirió al libro: “En las páginas de este libro aparecen el miedo, el cadáver que crece al interior nuestro, la noción de felicidad y la locura, la interpretación de la historia y de nuestro origen. El significado de la poesía y el destino de las mujeres, así como la soledad y la colisión cultural entre lo prehispánico y el saber de los invasores, hacen de estas páginas una lectura necesaria, un descenso a los infiernos, pero también una luz de esperanza en el horizonte de lo que significa estar de pie en un país como el nuestro”.

Para finalizar, el crítico literario y docente Ángel Flores, señaló: “Este poemario quiere constituir una voz colectiva en diálogo con los sujetos subalternos, lo cual le permite abordar temas sensibles como la condición de la mujer, mediante la evocación del personaje de la bruja como una justificación para perseguir a las librepensadoras de la Edad Media, o el de la pobreza, entendida como el despojo total de las libertades del sujeto. Joe Guzmán ha escuchado la voz de Ojeda: “tendré que retornar a las raíces/ buscando la evidencia bajo la confusión” sin temor de haberse llenado de siglos y de fósiles“.

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Cultura

Ascenso, auge y declive de la hegemonía Bolaño

Una mirada al mercado editorial y su trascendencia entre los escritores que aparecieron luego del 2010.

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Un autor que no es ni chileno ni mexicano, un latinoamericano perdido en Latinoamérica que como muchos se exilió en España y acabó muriendo tempranamente con relativa fama en un ambiente bastante estrecho de la literatura. Admirado hasta la imitación por menores de 40 años y casi intrascendente para mayores de 50 años, el fenómeno Bolaño es una pieza clave en la historia de la literatura en español que inaugura entre los hispanoamericanos el postboom. Sin embargo, lo que buscó exorcizar acabó convirtiéndose en otro demonio a exorcizar:  el mismo Bolaño. Este es un artículo enfocado a su impacto en el mercado editorial y su trascendencia entre los escritores que emergieran después del 2010.

El ascenso: cómo pescar peces gordos

A principios de 1990, Bolaño era otro latino de segunda clase con ínfulas de escritor sin suerte en un pueblo de provincia en España. Todo deparaba que acabaría sin pena ni gloria sino fuera porque a diferencia de muchos escritores con ambición, Bolaño era un buen lector que conocía su mercado.

Después de publicar algunos libros intrascendentes apareció un libro raro en las estanterías que si llamó la atención: Literatura nazi en América. Lo que sus primeros lectores imaginaron era un ensayo de historia de autores reales acabó siendo un señuelo que mordió el mismo Herralde. Una metáfora del oficio de escritor a través del morbo de muchos lectores por el fascismo y su presencia poco difundida en la literatura. Este juego de Bolaño fue un acierto mercadotécnico. El libro no se vendió mal pero tampoco fue un éxito, su mérito yace en que llegó a donde se tenía que llegar: a los editores.

Jorge Herralde director de Anagrama, la gran editorial de los años 90 y 2000 que emergió como una alternativa a colosos en español como Planeta o Random, supo ver en el hábil Bolaño la habilidad de un escritor que si había captado el signo de los tiempos en el mercado editorial. Se cuenta que el mismo Herralde al leer el libro llamó a casa de Bolaño. El autor no se sorprendió de esa llamada, seguramente solo se alegró. Había picado uno.

Un par de años después, Bolaño enviaba su siguiente novela al premio Anagrama. Una novela de 600 páginas, Detectives Salvajes, se hacía con el primer premio. Bolaño había aparecido en el mapa editorial español. El libro es un homenaje al estilo y juegos estructurales de los autores del Boom latinoamericano (los primeros escritores de Latam en triunfar en Europa y el resto del mundo en la década de 1960). Comparado con frecuencia a Rayuela de Cortázar, el libro de Bolaño sin embargo se parece más a un realismo urbano a lo Vargas Llosa a ratos con toques de Fuentes y ciertas referencias al imaginario de Borges.

Roberto Bolaño con Herralde en su premiación en Anagrama.

En resumen, un estudio detallado e inteligente del gusto dominante del mercado del libro. Pero tenía dos cosas más. Primero era una enorme glosa de chismes sobre autores de segunda Liga que Bolaño conocía muy bien (los infrarrealistas mexicanos o el grupo peruano Hora Zero, entre muchos otros). Si estos grupos gozan de estima fuera de sus países al día de hoy se lo deben a la novela de Bolaño, quien a través de cambiarle los nombres a escritores fácilmente reconocibles para el lector ducho, nos cuenta quien era gay, quien le sacaba la vuelta a quien, quien le debía plata a quien, y un largo etcétera. Eso produjo un interés y un odio entre sus contemporáneos, pero eso no importaba a la hora de hacer ruido. El segundo mérito era que la novela que si bien jugaba a un homenaje a los libros del Boom también significó una superación del mismo en tanto desafío abierto. La imagen atacada por sus personajes a una vaca sagrada como era Octavio Paz, es también una metáfora de la literatura institucionalizada de los autores hegemónicos de entonces como era todo el Boom. Poco después de ganar el premio Anagrama, esta misma novela ganaría el premio Rómulo Gallegos, el gran premio que consagraba a los autores de Latinoamérica. Con estos dos galardones empezaba un camino que la desgracia y la suerte a través del mito y una cantante de rock estadounidense consolidaría.

Auge: no se trata solo de los libros, se trata de vender al autor

En 2003 y con 49 años Bolaño moría por falla hepática. Su último libro, 2666 se publicaría poco después inacabado. En ese momento su obra estaba bien editada pero no tenía el futuro asegurado, una vez muerto el autor que no había terminado de consolidarse, el riesgo de ser relegado del mercado era lo evidente. Sin embargo no hay muerto malo, y menos cuando su historia es una versión de Rocky o la Cenicienta versión Literatura. Estos factores más 2666 (el libro latinoamericano con mejor título en 40 años) ayudaría a que llegara a los oídos de Patty Smith, la poeta y cantante norteamericana que al conocer la primera traducción de Detectives Salvajes no dudó en impulsar la carrera de un muerto.

Bolaño con Enrique Vila Matas.

A través del mito se vende mejor un personaje, y en eso tienen años de delantera los gringos. Patty Smith vendió a Bolaño prácticamente como drogadicto (cosa que en vida no fue), una especie de Rockstar poeta en un México salvaje de los 70s, época en que está ambientada  los Detectives Salvajes, entonces esa imagen joven, con melena, más drogas y mucho retro, fue lo que finalmente terminó por enganchar  al público especializado gringo. Un par de años después de fallecido el autor, en EE.UU. publicaban 2666 en su primera traducción en inglés, y gracias al mito como marketing el libro con todos sus méritos ganó el premio de la crítica de la estadounidense. Cómo consecuencia el público especializado ya crítica en Latinoamérica, como buenos alienados, empezaron a interesarse por este autor que recogía en su breve biografía todos los típicos de una leyenda (vivir la dictadura chilena, el exilio, ser inmigrante en Europa, y realmente poco más, pero que se vendió como LA VIDA DEL POETA).

Pero es recién a partir de 2010 a 2012 que se establece una auténtica HEGEMONÍA entre los lectores latinos menores de 30 años que descubren a Bolaño hasta volverlo un autor de culto. El resultado no podía ser mejor: los escritores jóvenes empezaron a dedicarle sus libros a través de epígrafes o la simple imitación. Bolaño lo había logrado.

Patti Smith con el libro 2666 de Roberto Bolaño.

Declive: más es menos

Toda HEGEMONÍA es un imperialismo y todo imperialismo no es eterno y menos en literatura. Bolaño paso de ser la alternativa de superación de la lacra del Boom latinoamericano (esa lacra narrativa por la que los lectores y por tanto los editores europeos buscaban en los nuevos autores latinoamericanos papagayos, tucanes  y mujeres volando), a convertirse en un estilo tomado y repetido de una u otra forma hasta el hartazgo.

El fenómeno de su declive es reciente. En los últimos cinco años el entusiasmo y cariño por la obra de Bolaño ha empezado a estancarse, incluso a enfriarse, las ventas no son lo que eran antes y menos desde que Alfaguara de hizo con los derechos de sus libros (Anagrama supo vender los libros a tiempo). El fenómeno pasó, su influencia sin embargo todavía se mantiene como nociva. Los imitadores no faltan. Yo mismo fui uno, mea culpa. El detalle es que todavía no emerge una superación de su narrativa, ni siquiera alternativas claras entre autores latinoamericanos. Tal vez como Bolaño exista otro escritor astuto que haya sabido leer el signo de los tiempos del mercado editorial. Tal vez este año, tal vez el próximo. Mientras el mercado espera.

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Cultura

Natalie Celio, una poeta subte e inédita

Lee la columna de Rodolfo Ybarra.

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Hace varios años que, en el centro de Lima, el rezago de la movida subterránea nos ha entregado excelentes poetas. Muchos de ellos, es cierto, derivaron en cierto conformismo o en integrarse al establishment y “combatir al monstruo desde adentro” y bla bla bla. Lo cierto es que un grupo de poetas, músicos y artistas undergrounds, todavía siguen haciendo lo que se hacía en los ochenta y el “hazlo tú mismo” con fanzines hechos a mano (El Poste del desaparecido Máskara, Los Poetas del Asfalto de Richi Lakra y Primo Mujica que va en el nro. 170!, etc.,) y en eventos callejeros con gran cantidad de público que abarrota sus convocatorias.

Una de estas personalidades, salida de esta poesía citadina y subte destroy hasta la médula, es Natalie Celio. Su poesía es venal, vivencial, con rasgos de saliva, lágrimas y sangre. Aunque su profesión tiene que ver con la salud, eso no es escollo para (de)mostrarnos que puede hacer de soprano al lado del mismo Chinaski: Me gustaría ser Bukowski, // haberte amado como conocido // una templada noche de mayo, unos centavos, un hotel // un corazón que termina, // cuando los perros rondan el infierno. O cantarnos de forma cruda y sin delay y sin reverb: Pensé que mi corazón se perdió en Lima // Bajo bolsas de plástico y periódicos amarillos. Eso y muchas figuras y metáforas salen como navajas de sus textos y uno no queda invicto ni sale ileso. Mejor leamos lo que ella nos dice de sí misma:

“Nacida en Comas, Lima un 7 de Setiembre. Enfermera de profesión y escritora por frustración, miembro del colectivo artístico independiente Poetas del Asfalto, donde colabora con artículos hasta la fecha. Fundadora y exintegrante del colectivo Poetálica, cantante de la banda de rock Cirko Terror; sin libros ni poemarios publicados pero no descarta en algún momento publicar algo cuando su odio o amor por Lima lo ordenen.

 A veces suele hacer relatos cortos con alter egos masculinos, el mejor toma el nombre de “Vito ” o “Miguel”, dueña de una página virtual poética llamada ” La ventana de Jezabel” en honor a la reina fenicia que en algún momento también se convierte en su alter ego en su mayoría en sus reflexiones filosóficas.

Seguirá escribiendo hasta cesar, bien su vida o su frustración.

Natalie Celio”

LIMA, LA PERDIDA

Guarda los pocos recuerdos que tuvimos,

ausculta, por ratos

 los latidos perdidos,

La rabia de los perros,

circulación mayor de los vicios.

Pensé que mi corazón se perdió en Lima

Bajo bolsas de plástico y periódicos amarillos,

Oliendo lo poco que queda del ayer

De su terrible colonización,

de virreyes,

tapadas y reformas borbonas,

de su quechua

sin signos.

Ayer bajo un vaso,

pensé verte en esta Lima,

Pero sólo fue un recuerdo más en el vacío,

que sació este vehemente olvido.

Lima, de tristes poetas,

negados

abatidos de mentes,

con forma y sin contenido,

 círculos religiosos

de “buena y mala poesía”

disfrazados de intelectuales,

 enfermos de conceptos.

Eres aquello que amo y odio,

eres la madre enferman que cuido y protejo

Querida Lima mía, no te mueras

Aún guardas buenos tiempos

de Revolución,

de Inkarri,

de bohemia

de tus niños limeños,

Si tu palacio no te salva, te salvarán los insatisfechos.

3,1416 DE TODO

Un beso es ahora

como contemplar una estrella,

Pero no por la excelencia

sino por la distancia,

Como aquella canción,

la delicadeza

el recuerdo de su melodía

años luz de tus sensibles tímpanos.

Recuerdo, un ósculo, no común, ni muchos,

Aquél que pueda hacer sentir a la muerte perderse miles de vidas.

Como unas alas,

como el regalo de la tierra

hacia el cielo.

Aún sueño …

Un beso ¿Qué no daría por un beso?

Todas las determinantes que nos separan,

aquél 3,1416 de todo,

La agonía de la mentira,

 y la verdad absoluta

Penúltima gota de vino

para saciar la beodez

del cinismo,

Eso es un beso, somos.

La máscara del amor, encono profundo y

después,

soñar despiertos

SER BUKOWSKI

Me gustaba ser Bukowski,

viajar en un carro elegante y rojo,

desgastar mis poemas en perecederos amores,

de esquinas, procaces

como aquello que me diste.

Me gustaría ser Bukowski,

así no prometer nada que no llegue a los 15 dólares,

costaba mi vida diaria,

decaer en Lima

eructar vapores etílicos,

como las piernas de las esquinas

quejarme por intentar dolerme.

Me gustaba ser Bukowski,

 vomitada de las sectas poéticas,

que no den un centavo por mí,

graznan, escépticos

mientras me dicen: ¿Por qué tú?

yo respondo: Por ustedes.

Me gustaría ser Bukowski,

haberte amado como conocido

una templada noche de mayo, unos centavos, un hotel

un corazón que termina,

cuando los perros rondan el infierno.

Me gustaba ser Bukowski,

aún tengo una jaula,

un pájaro azul en mi pecho,

en proceso de adaptación.

Me gustaría ser Bukowski,

y vivir bajo una niñez presente

entre mis demonios, evaporarse bajo alma de bovino,

caminar, pensante, por la ciudad

a punto de fagocitarme.

Me gustaba ser Bukowski.

tragarme la guerra,

mi leucemia,

mis otras dolencias,

acariciar mis personajes,

viciosos

perpetuos

pedófilos,

sudando el oficio errante del cartero;

Lima carece de muchos,

los pocos que quedan, piensan en volarse los sesos.

Me gustaría ser Bukowski,

no sería tercermundista

tal vez me compraría un rifle,

mi escuela se afilaría de cadáveres,

el patio del recreo,

a la última campanada de clase.

Me gustaba ser Bukowski

y aún no era Bukowski,

ni la última letra de su apellido

sólo fui la sensación, al pasar la hoja de su libro;

orean a mi, el amor infiere,

 como gatos que visten de negro en invierno

 aún no conozco el infierno,

y lo mejor de conocerlo,

es no serlo.

Me gustaría ser Bukowski,

 no decirte aquello que destella mis labios

cuando desnudos, quiera encontrar,

 tus ojos,

cuando desnudo, quieras huir,

de mis labios.

Tomaría el tinto, sin vaso

y a tu primera palabra interrumpiría

intenta

intenta

 solo soy una puta,

con sus propios poemas.

Don ´t try.

AYER, HOY… SIEMPRE

Hoy,

hay sinnúmero de cartas, 

en mi cabeza,

llenas de perversiones.

Ayer, hoy

siempre.

Supongo que esta mierda de aparato siempre me habla,

y no sé si será real

compadecer la figura,

o darlo por hecho.

Y entonces,

vuelve la paranoia

tomar, patear,

cerrar mis ojos,

escuchar el silencio

de los viejos edificios.

Mañana,

se encenderá una luz que

ayer tal vez ya no encienda.

(ven, huye descalzo y en puntillas) vete.

Bebe inalcanzablemente

mi cuerpo,

no olvides vaciar la botella,

suele caminar triste,

sin tu vacío dentro.

COMO PARA DECIRTE ADIÓS

Actúo, como para decirte adiós

sin preguntar con quién estás,

sin mirarte a la cara cuando tus ojos brillan

sin brillar, cuando tu sonrisa me ilumina.

Actúo, para decirte adiós

sin que te des cuenta,

y sonrío, mientras me tocas

y me iré contigo, sin que me lo pidas

para despedirme, sin que me des la bienvenida.

Te digo adiós, sin marcharme

buscando las manijas de nuestras horas,

no estaré cuando la noche te conozca

y llegaré cuando vea el día.

Te digo adiós,

esperaré al amor antes de darte un beso,

en nuestras despedidas malas,

al cerrarme la reja de tu casa.

Y mientras me dices te quiero,

No pienses en amarme mientras las aves regresen,

porque

mientras no estén, aún podemos amarnos.

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Cultura

“Un año más del asesinato de Javier Heraud”, por Percy Vilchez Salvatierra

Lee la columna de Percy Vilchez Salvatierra.

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Hace 59 años (15 de mayo de 1963) fue asesinado el poeta-guerrillero Javier Heraud y casi toda la gente de la poesía celebra su memoria. Eso es correcto puesto que su poesía, sin duda, es muy buena pero sus ideales políticos pueden y deben ser cuestionados, sobre todo, cuando le costaron la vida.

Siendo más claros, asesinaron a Heraud cuando estaba rodeado por pájaros y árboles como profetizó en un famoso poema pero no mataron a un evangelista ni a un santo. Mataron a un hombre que decidió ejercer la violencia contra un gobierno tan “democrático” y legítimo como los que le precedieron y como los que vinieron luego, esto es que no estaban exentos de imperfecciones y de algunos méritos, y esto debe ser señalado con rotunda claridad. Los propósitos o los motivos que lo impulsaron se valorarán de acuerdo al criterio de cada uno pero en los hechos fue un subversivo. De hecho, fue uno bastante inhábil.

Simplemente, lo mataron antes de que empezase a matar. Truncaron, así, la carrera de un poeta muy prometedor y, también, la carrera de un potencial asesino.

Como en todo en la vida, saber apreciar los matices en las conductas de las personas, sin incidir en la negación de todo valor ni en la complicidad o alcahuetería, lo es todo.

Particularmente, nunca vi en Heraud un paradigma ni nada por el estilo y aunque no le niego valentía al hecho de tomar las armas siempre me pareció ingenua y suicida su intentona “revolucionaria”.

En todo caso, el fin de Chirinos Cúneo, como bien escribió Hinostroza, o el de Juan Ojeda, para solo mencionar a otros poetas de la misma generación, fueron aun más terribles. Sucede que en el caso heraudiano ha primado el sesgo clasista habitual en cierto sector de nuestra sociedad para justificar la violencia política de sus “pares” más la predisposición del peruano para ser alcahuete y nada más.

A ver si la cortan un día por el bien de la poesía y de la memoria histórica nacional.

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Cultura

“Transando con la muerte” un libro de cuentos de Guillermo Quiroz

“El Dr. Guillermo Quiroz ha escrito, en clave de ficción, un puñado de historias en las que cada uno de nosotros puede ver temerariamente reflejado”.

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Edwin Cavello, Dr. Guillermo Quiroz y Gabriel Rimachi Sialer.

“Un corazón adulto late entre sesenta y cien veces por minuto. Podemos, a partir de este dato científico, imaginar la cantidad de veces que nuestro corazón ha latido hasta el momento en que usted se encuentre leyendo este libro. Tiempo. El corazón es una máquina que solo falla una vez y, esa única vez, puede ser para siempre”, se lee en la contratapa del libro presentado por la editorial Casatomada.

Pero el corazón no es sólo un músculo que permite la vida mientras esté activo, es un órgano muy complejo que está supeditado también a nuestras emociones más intensas. Desde la alegría de un nacimiento hasta el sobrecogimiento por la muerte de un ser querido, desde la emoción del primer beso hasta la tristeza que se diluye en un vaso de alcohol por el amor perdido, el corazón, nuestro corazón, va marcando a fuego nuestra existencia. En ese sentido, no podemos desligar nuestras emociones de aquella máquina de carne que nos mantiene de pie en esta vida. Y de eso trata justamente este libro.

Pocas veces hemos asistido al lanzamiento de un libro tan interesante como intenso. Una colección de cuentos donde encontramos eso que debe hacer la buena literatura: contarnos historias, sumergirnos en la experiencia ajena de sus personajes y convertirnos en testigos que no solo acompañan sus tragedias y alegrías, sino que también nos convierte en testigos silenciosos que los acompañan como una sombra sobre sus destinos. Y acá entra entonces la mano del escritor. Conozco al autor por este libro, y puedo deducir que es un gran lector y, sobre todo, un gran observador. Pero además hay un plus interesante y que resulta capital en todo esto: el Dr. Guillermo Quiroz es un médico cardiólogo. El amigo que todos queremos tener, por supuesto, muy cerca siempre. Ya la literatura nos ha entregado historias escritas por médicos y que han reflejado su profesión, con éxitos que contribuyen a la divulgación científica y a la denuncia social.

Remontémonos a un clásico indiscutible: Gustave Flaubert, hijo y nieto de médicos, que vivió durante su infancia en el hospital donde trabajaba su padre, y que defendió hasta su muerte que la escritura tenía que experimentar la misma proximidad con las personas que los médicos. A este ejercicio de profunda y obsesa observación, Flaubert bautizó como la mirada médica, y usó esta expresión en una carta en la que criticaba la novela Graziella, de Alphonse de Lamartine: “El escritor no tiene la mirada médica de la vida, esa visión de aquello que realmente importa, y que es el único medio para conseguir los grandes efectos de la emoción”. No juzga la obra por elementos como los personajes, la trama, o el estilo, sino por la falta de una mirada humana sobre los seres vivos y los sentimientos. Esto es, señores, la base de la literatura.

La lista de escritores que también fueron médicos es tan larga como extraordinaria: desde Arthur Conan Doyle , Anton Chéjov , Sigmund Freud, Frank Gill Slaughter, entre otros. Profesionales de la salud que decidieron aplicar sus conocimientos a la literatura. Centrémonos en un par de casos que considero bastante ilustrativos: Sir Arthur Conan Doyle , el creador de Sherlock Holmes, era un médico observador, con un potente razonamiento deductivo que lo llevaba a diagnosticar con un gran acierto las enfermedades de sus pacientes. Pero a finales del siglo XIX, estas habilidades le servían de poca cosa dado que la medicina era muy rudimentaria, comprendía pobremente el proceso patológico y no disponía de las pruebas necesarias para confirmar un diagnóstico; en cambio, en esa época nacía y prosperaba la ciencia forense, ya que se establecían las bases de la balística, y por primera vez se aplicaban la fotografía y las huellas dactilares como métodos de identificación. Por eso Conan Doyle, aburrido y frustrado por las limitaciones de la clínica, trasladó su inclinación por la observación al ámbito de la ciencia criminal. Cambió la bata blanca y el estetoscopio, que se acababa de inventar, por una gorra con visera doble y una lupa, y de esta manera se creó la novela de detectives, que ha sido la cuna de la popular novela negra actual.

Hasta aquí un panorama brevísimo pero intenso de la importancia que los hombres de ciencia han tenido en la literatura. En el Perú, en este momento, podemos decir que el libro del Dr. Guillermo Quiroz constituye un aporte valioso a la literatura desde la visión del médico, pues no solo nos acerca a los dramas en ese sencillo y plano ejercicio de la escritura a la que nos ha acostumbrado la moda editorial de los últimos años, sino que Quiroz les otorga dimensión a sus personajes y, sobre todo, los dota de humanidad. Los acerca al filo de la muerte y desde ese acercarse al abismo, nos cuenta el drama que sus vidas le infligen a sus corazones. Pero además sus historias constituyen también la radiografía de sectores altos, medios y bajos de la sociedad peruana. Acá todos tienen corazón. Y todos van a padecerlo en algún momento. Hay tristeza en el trágico destino de Rodrigo Junior, un dandy limeño que verá trastocada su vida por una afección coronaria que cerrará con una frase lapidaria: “Toda mi fortuna por un poco de salud, doc”; y de los lujosos espacios del Club Nacional pasamos a las carreteras que llevan al norte del Perú, donde un camionero descubrirá el amor a pesar de estar casado, y esta condición, que tan vivo lo hace sentir, lo llevará irremediablemente a la muerte. Pero hay también corazones que se encogen alrededor de un corazón ya muerto, como ocurre en Nunca dejé de fumar, cuento que cierra esta estupenda entrega de Guillermo Quiroz, y que nos enseña -sin buscar hacerlo, es decir, haciendo buena literatura- los estragos que provocan ciertos vicios tan humanos en nuestro organismo.

La pluma de Quiroz nos entrega también la observación de un médico escritor que es, además, un gran lector. Esta colección de cuentos se convierte así en un referente interesante y necesario dentro del panorama literario nacional, de historias donde la medicina interviene para determinar el destino de sus personajes. Y aquí, estimados amigos, en este preciso punto, todos podemos convertirnos también en personajes porque, al final de cuentas, todos nos vamos a morir. El asunto es “cómo”.

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