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Cultura

“Copas antes de la fiesta”, un relato de Paco Moreno

Redacción Lima Gris

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Es de noche. Falta aún una hora. Al parecer hay un gran alboroto abajo. Me dijeron que empezaría a las ocho en punto. Desde este piso 17, la ciudad se ve espléndida: avisos gigantes de empresas multinacionales, niños y niñas sonrientes en los paneles publicitarios, lúdicas luces de neón interactuando con la indiferencia de la ciudad y sus miles de autos de lujo, como si en esta ciudad estuviese prohibida la tristeza y más prohibido aún el fracaso. Oigo el sonido tenue de un claxon y pienso en lo mucho que tuve que viajar para llegar hasta aquí. «Se parece a mí», digo no con vanidad, sino con orgullo. Fue muy largo el camino que tuve que vencer para llegar estar aquí: de Cangallo a Nueva York. Ya que odio el aire acondicionado, son las ventanas abiertas las que calman el calor de esta noche. Hay un silencio sordo. Veo que las cortinas se entienden bien con el viento neoyorquino, desde esta altura pueden contemplarse mejor las cosas. Me acompaña una botella de vino. Cada vez que bebo escucho huaynos, aunque diga que solo me gustan los boleros. Los huaynos ayacuchanos llevan el ángel de la melancolía, sobre todo cuando estás fuera del Perú. Pero no hay motivo para estar triste ahora. La inauguración será a las ocho.

Dicen que no es bueno hablar de los logros propios, pero no importa. Estoy solo. Además, este logro no es solo mío, sino de todos aquellos que cierto día escapamos de las garras de la muerte y evitamos que la sonrisa nos dejara para siempre. ¡Ah!, también es de otros, claro. Me propusieron dar un discurso esta noche. Digamos que esta charla a solas es un ensayo para este discurso. Quien siempre haya sido rico nunca sentirá la riqueza como yo; digo, tal como la sentiré yo, porque después de esta apertura estoy seguro de que vendrán más y más, hasta llegar a Europa. Salud por eso. Salud.

Intuyo que este palabreo sin orden es el resultado del vino, aunque ahora creo que hubiesen sido mejor unas copas de pisco. Tengo la rara costumbre de anticiparme a las celebraciones, y nadie comparte eso conmigo, de modo que, como siempre, estoy celebrando solo. Mejor así porque no tengo a ningún aguafiestas cerca que pueda lanzarme esa frase pesimista: «No cantes victoria antes de tiempo».

Es inevitable que el tiempo pase. Falta muy poco para que llegue la hora, pero no quiero que se me acerque todavía. Una copa más. Salud. Siento casi los mismos nervios que sentí aquel día en que inauguramos el primer local en Miraflores, o cuando empezamos a vender comida a los obreros en San Borja. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces: 25 años, más o menos. Debo confesar que lo siento como si hubiese sido ayer. Debe ser porque todo este tiempo he trabajado como mula. Salud por las mulas que nos sirven de ejemplo. Salud con este vino que, aún sin marca registrada, es de Chincha, ¡carajo! Un vino casero, hecho por una familia amiga. Es tan bueno que, si le pusieran marca, con diseñito y todo, su publicidad en la televisión, la Internet, la radio y lo vendiesen en las grandes ciudades como Nueva York, Madrid, París, mis amigos se harían ricos. Pero ahora lo bebo solo y feliz, y no sé por qué siento una vaga tristeza, como si mi orgullo se convirtiese en pena.

Es curioso: el vino y la música nos regresan siempre a la infancia. Es como si la infancia fuese la única etapa de la vida que anhelamos, a pesar la imposibilidad. Un anhelo infinito. Alguien dijo —no recuerdo quién— que después de los nueve años no le había ocurrido nada importante. Mi infancia… yo vestía con camisa de cuadros y jeans, de esos con tirantes largos y hebillas de metal. Todo un vaquero andino, con esa ropa enviada desde Lima. Corría alegremente por las colinas verdes donde se dibujaban los caminos que daban a mi casa de adobe y grandes tejas rojas y chacras de maíz, papas, ollucos, arvejas y habas; con corral de animales caballos, vacas, cerdos, toros, terneros, gallinas y patos. Cangallo era entonces un pueblo sin luz eléctrica ni agua potable, pero con un hermoso río como los que ahora solo se ven en las fotografías.

Lo que más me gustaba de la casa era la cocina. Detestaba ir a labrar la tierra del campo, pero tenía que hacerlo pues las reglas están para cumplirlas. Por eso me gustaban las tardes, tardes de cielo azul, de viento fresco, de silencio con música de pajaritos. Me encantaba mirar desde la ventana de la cocina a las orugas que buscaban refugio cerca del marco de la ventana; la lluvia cayendo de los tejados, y la sobria tranquilidad de los animales en el corral, acostumbrados a la lluvia y el frío, felices.

Yo tenía siete años y ya sentía un gusto extraño por la cocina. Quería estar ahí, a cada momento hacer combinaciones, jugar con los ingredientes. Así, la cocina, de pasatiempo se convirtió en una forma de vida para mí; luego en un don que a veces me asustaba. Intuyo que todo esto empezó por mi gusto por la comida de mamá, por el aroma de las humitas, los ajíes, por el sabor de las carnes, de los guisos. Disfrutaba mirándola en su cocina, cómo se movía, con ritmo, como si estuviera practicando una danza oriental. A veces, pensaba que, aunque mamá estuviese ciega, no tendría problemas para prepararnos algo.

– ¿Qué tantas miras, Paquito? -decía.

–Algún día tendré mi propia cocina.

Papá no entendía esas cosas. En aquel tiempo creía él, como la mayoría en Cangallo, que la cocina era labor de mujeres, que los hombres habían nacido para el trabajo rudo, como si cocinar fuera para débiles.

Cierto día, me escondí y no fui al campo. Me quedé a ayudar a mamá. Papá volvió antes de la hora de costumbre, con el ceño fruncidos golpeando cosas, vociferando, y me dijo clavando sus ojos en mis ojos: «Carajo, ya te he dicho, la cocina es para las mujeres», y yo me metí entre los brazos de mi madre y lloré ahí, quietecito, hasta que papá volvió a gritar. Mamá no decía nada y me miraba con esos ojos donde yo podía leer la resignación.

–Tranquilo, mi hijo, tú eres tan valiente que ni las cebollas te hacen llorar.

Somos cinco hermanos. Yo soy el tercero. Aquel tiempo a mis hermanos mayores no les gustaba la cocina. Entendían muy bien sus funciones de hijos varones: el campo, la chacra, la pala, el pico, los animales. Cuando llegamos a Lima, en la medida en que mis hermanos fueron creciendo, empezaron a seguir mis pasos, primero por necesidad y después por placer. En Lima, a diferencia de Cangallo, los hombres podían cobrar por «divertirse» en la cocina. Nada hubiese podido hacer sin la ayuda de mis hermanos. En este momento, mientras suelto estas palabras mirando las luces de la ciudad, deben de estar buscándome, aunque ellos saben de esta rara costumbre de celebrar antes de tiempo.

—Ya es una cábala que Paquito llegue picadito a las fiestas —dijo uno de mis hermanos en nuestra última inauguración en Caracas, después lo dijo en la inauguración en Bogotá, así como en la de Buenos Aires, Santiago y Quito.

 Es innecesario decir que, para llegar hasta aquí, tuve que gastar muchos zapatos, amistades y hasta amores. Una copa más por ellos: ¡salud! La botella no se resiste a quedarse vacía. La música es precisa, exacta, y llega adonde debe llegar, a ese espacio donde los sonidos se graban y despiertan cuando la música vuelve a vibrar. Una botella de vino jamás me ha emborrachado. Jamás. Bebo porque beber es un placer delicioso como hacer el amor, solo que se practica más seguido.

A pesar de que vi a mis padres esta mañana, me gustaría verlos ahora, en este instante. Quiero abrazarlos, estamparles besos, brindar con ellos; pero a ellos les gusta la chicha de jora. Bueno, a papá, también la cerveza. Mis padres tienen la misma edad. Cuando tenían treinta años, ya tenían cinco hijos. Todo un mérito en Cangallo. Pero, claro está, en Lima es una desgracia. A pesar de todo, ellos supieron criarnos a los cinco. Nos dieron el ejemplo del tesón y el trabajo. Tremendos viejos. Ahora deben estar abajo ayudando; sobre todo mamá, que se ha ganado el apodo de «La Coronela» por la voz de mando que tiene en los restaurantes. Uno de los trabajadores, que tiene vena artística –como todos los cocineros–, ha hecho una caricatura de ella, dio la vuelta por todos los locales. Es ella, como una coronela, con las tres puntas en la mano guiando para que todo salga bien.

En Cangallo, cierta noche, papá llegó borracho a casa y nos reunió a todos en su cuarto. Él, que hablaba poco, esa noche habló tanto que terminó haciéndonos llorar a todos. Yo no entendía mucho lo que decía, pero mis hermanos mayores me lo explicaron después. Papá trabajaba haciendo carreteras, y en una de esas jornadas en un pueblo cercano presenció cómo unos encapuchados raptaron a personas del pueblo poco antes de la cosecha. Papá lloraba por el temor de que esos encapuchados llegasen a nuestro pueblo. Llegaron muy rápido, como plagas, como una maldición del cielo. Pero papá y otros hombres del pueblo ya habían huido a Lima. Nosotros escapamos después en un camión.

Por suerte, llegamos a San Borja, a un lugar que papá había conseguido con ayuda de unos parientes. Era un almacén de materiales de construcción de una compañía en la que él había empezado a trabajar como peón. El lugar era muy amplio y estaba frente a un parque, en medio de lo que sería una urbanización de lujo en plena construcción. Lo primero que compramos para nuestra nueva casa fue un televisor. La confusión era lo que más entendía en esa época. Mis padres lloraban viendo las noticias, Habían tomado Cangallo la gente desaparecía en Ayacucho. Decenas de campesinos lloraban en la pantalla: «Son los encapuchados los que hacen desaparecer a la gente», «No, son los sinchis los que hacen desaparecer a la gente». Todo era confuso y a mí no me gustaba escuchar esas cosas. Mis hermanos y papá callaban. Mamá se ponía triste.

En San Borja, éramos una familia extraña. Pobres en medio de ricos, cetrinos entre blancos. Los gringuitos se nos acercaban para jugar con nosotros. Mis hermanos mayores y yo nos burlábamos de ellos tanto como ellos se burlaban de nosotros, pero hicimos más amigos que enemigos. Ver la opulencia de ellos, sus mansiones y sus autos de lujo, me hicieron saber que con trabajo se podía lograr todo eso. Aunque papá había ascendido a albañil, mamá, para ayudarlo con los gastos de la casa, comenzó a vender comida a los señores de la compañía en la que trabajaba papá.

Creo que tuvimos mucha suerte porque mis primos, cuya suerte en Cangallo era casi la misma que la de nosotros, se perdían en los inhóspitos arenales de entonces: Villa El Salvador, Villa María del Triunfo, San Juan de Miraflores, San Juan de Lurigancho. Eran tiempos duros.  Al presidente de la República, el gobierno se le iba de las manos; y las cosas empeoraban con los cambios mando. Mis hermanos y yo hacíamos colas interminables en los centros comerciales para comprar azúcar y arroz. Pero mis primos la pasaban peor. Ellos ni siquiera sabían que era un centro comercial. Ahora son trabajadores exitosos de nuestra cadena de restaurantes. Este departamento, por ejemplo, lo alquiló uno de ellos que, en este momento, debe estar abajo en todo el ajetreo de la inauguración.

Mis hermanos y yo estudiamos por las mañanas en un colegio público de Surquillo. Volvíamos caminando a casa. En Cangallo estábamos acostumbrados a caminar y caminábamos por donde queríamos.  En Lima quisimos hacer lo mismo, pero no tuvimos suerte. Las calles, las avenidas, las casas nos parecían todas iguales. Cierta tarde aparecimos en la avenida Pardo de Miraflores. No supimos cómo llegamos hasta ahí porque no recordábamos en qué momento habíamos cruzado la Vía Expresa. Ese día llegamos a casa como a las seis, y papá ya había llegado de trabajar. Fue la primera vez que mamá no nos defendió cuando papá nos castigó con las tres puntas que el abuelo había hecho en Cangallo poco antes de morir. Nosotros nos persignamos ante esas tres puntas: las hemos traído como amuleto hasta Nueva York y hemos dejado réplicas en los otros restaurantes. Salud por las tres puntas. Salud. Desde aquella tarde del golpe, nunca más volvimos a casa después de papá; pero seguimos caminando por toda la ciudad, y con eso aprendí que en Lima la comida puede un rito que se celebra en casas, en quintas, picanterías, cebicherías, chifas y hasta en la propia calle. Mis hermanos y yo disfrutábamos de suculentos anticuchos y picarones. Aquellos tiempos, carajo, buenos y bellos tiempos. Jamás me los robará el olvido. Salud. Menos mal que esta copa es pequeña y me permite tomar más tragos.

Observar fue lo primero que hice para aprender a cocinar. Mamá fue mi ejemplo; es mi ejemplo todavía. Ella, que cocinaba para campesinos de Cangallo, tuvo que ingeniárselas para satisfacer los gustos de los obreros de construcción civil en San Borja. Pero no se crea que no comen bien. Ellos exigen mucho. Quizá porque la hora de la comida es uno de sus pocos placeres del día. Al principio preparábamos lomo saltado, arroz con pollo, seco con frejoles, ají de gallina, pero los obreros pedían variedad. Yo imaginaba algunas combinaciones con las cuales mi madre y los obreros se sorprendían.

Partía del sentido común. Por ejemplo, pensaba que el guardián de la obra necesitaba una dieta distinta de la que requería quien llenaba techos o quien cargaba ladrillos. Todo obrero necesitaba un menú distinto de acuerdo con su trabajo, y yo me daba el trabajo de explicarles por qué.

En ese tiempo, los obreros de construcción eran, por lo general, provincianos con experiencias similares a la de papá; entonces preparábamos un menú distinto para los de la selva, otro para los de la sierra y otro para los de la costa; y también platos especiales para los que eran del mismo departamento.

Así, siempre pensando en la cocina, empecé a estudiar, viajar, experimentar, combinar, crear. Inventaba nuevos platos con nombres curiosos que divertían a los obreros: el guiso del carpintero chelero, frejoles a la techera, ensalada para pintores frescos, dieta fresca para el día de los acabados, plato especial para la resaca, cebiche sanborjino levantamuertos, sopa para chóferes. Se me ocurrían tantas cosas. Algunos platos eran rechazados desde el saque. Mamá, a veces, no quería ofrecer a los obreros las combinaciones inventadas por mí. Fue acostumbrándose poco a poco.

Yo trabajaba y estudiaba, y a los 16 años, concluí la secundaria. Papá quería que yo estudiase ingeniería civil porque admiraba a su jefe. Soñaba con que al menos uno de sus hijos se pusiera un reluciente casco blanco, mirase planos y guiara a los maestros de obra. Mis hermanos mayores entraron en las academias preuniversitarias para saltar a la universidad y lograr el sueño de papá. Yo no quería seguir sus pasos. A mi mamá tampoco le gustaba la idea de que yo fuese cocinero. Poco a poco se le fue esa idea, hasta el punto de que me matriculó en una escuela de cocina. Se reía cuando me veía con mi traje blanco y con esa cosa rara en mi cabeza.

—Si te sacaras eso de la cabeza, pasarías por doctor.

—Soy cocinero, mamá.

Después de un tiempo, mamá se convirtió en mi aliada principal. Papá dejó de hablarme, pero mejoró su trato conmigo cuando gané un concurso gastronómico y fui felicitado en la escuela de cocina frente a decenas de alumnos y profesores. Papá entendió: ya estábamos en otro mundo, donde la diferencia de sexos en los trabajos tendía a desaparecer, donde las cosas cambiaban para bien de todos, donde a los hombres les pagaban por cocinar, y donde las mujeres —en muchos casos— solo cocinaban en sus casas.

Más o menos así empezó nuestra aventura, como si todo estuviese escrito. Me gusta creer en el destino cuando me conviene, y cuando no me conviene, lo cambio a punta de persistencia. Creo que todo lo que estoy haciendo en este piso 17 ya está escrito. Salud por eso. Salud.

Mis hermanos mayores dejaron de lado el sueño de papá. Dejaron los números para seguir el camino de los sabores. Nuestras armas eran el estudio y la persistencia. Poco a poco, preguntando, leyendo recetas que salían en los diarios, interrogando a los profesores, visitando a las vecinas del barrio de buena sazón, viajando por todo el país recabando recetas y, en fin, así pues, fuimos abriéndonos un campo en el mercado de la cocina. Cierto día, mis hermanos y yo fuimos a ver cómo se cocinaba en un comedor popular de un asentamiento humano, en San Juan de Lurigancho. Fue una experiencia maravillosa. Recordamos entonces las épocas en la que teníamos que dar de comer a cientos de obreros con bajo presupuesto.

La cuestión empresarial vino después. Las ideas de mis hermanos menores fueron imprescindibles. Ellos crecieron viendo nuestro esfuerzo, de sol a sol, nuestros ahorros en cajitas de zapatos con monedas y billetes humildes. Ellos saltaron con mayor facilidad las redes que a nosotros nos hicieron sufrir. Aprendieron más cosas, no cometieron nuestros errores e hicieron lo que nosotros dejamos de hacer. Querían hacer empresa aprovechando las habilidades que nosotros íbamos perfeccionando. «Todo trabajo tiene que profesionalizarse para que luego se integre a una empresa”, decía uno de ellos, y el otro asentía con la cabeza.

Así, después de una reunión familiar alrededor de una mesa, nació la idea de hacer un restaurante donde debían estar todos los sabores de nuestra comida. «Hay que aprovechar que nosotros, los peruanos, todo nos entra por la boca. Solo podemos ser peruanos a través de un placer tan elemental como la comida. Lo acabo de leer en una revista», decía uno de mis manos menores, y el otro, que también había leído aquella revista, agregaba: «claro, hay que aprovecharlo. Nosotros vemos comida en todas partes. Cuando vemos piernas decimos yucas, cuando vernos tetas pensamos en melones, cuando vemos un trasero imaginamos un queque; y nos hacemos paltas cuando estamos en problemas y tiramos arroz cuando queremos zafar de un compromiso», decía con aires de experto.

Nosotros, que habíamos empezado dando de comer a obreros de construcción civil, fuimos ampliando el número de nuestros clientes. A mí se me ocurrió que debíamos poner un quiosco en las entradas de las playas, pero sin dejar a nuestros clientes engreídos: los obreros. También pusimos un quiosco cerca de las Torres de Limatambo donde se planificaba construir un coliseo de básquet. Papá nos había avisado de ese proyecto, y nos fue muy bien. Ganamos tanto dinero que podíamos poner un restaurante con permiso de la Municipalidad y todo. Yo quería que fuese en San Borja, en la avenida Aviación, en nuestro barrio. Pero a mi hermano mayor se le ocurrió una mejor idea.

—Que sea en Miraflores.

— ¿Por qué en Miraflores? —le preguntamos.

—Es el centro de Lima y, además, en ese distrito la gente paga muy bien.

Todos sabíamos que la brillante idea no era solo de él, sino de su enamorada, a quien había conocido cuando atendía en nuestro quiosco en la playa. En ese entonces, Carla estudiaba Turismo y Hotelería en una prestigiosa universidad; después estudió también cocina, gastronomía, nutrición y tantas cosas más que ahora anda diciendo que es una artista culinaria integral. Ahora ella es la administradora de nuestra cadena de restaurantes, y nos ha animado a todos para que estudiemos más, para tener éxito en los negocios, en el mercado, en la marca y todo eso. Hacen un buen equipo mis hermanos menores y ella. Trabajan duro. Hoy nuestra empresa tiene tantos empleados que ni conozco a todos, a pesar de que siempre nos reunamos con ellos. ¡Qué bueno que papá y mamá nos enseñaron la virtud del ahorro! Sin ello, no hubiéramos abierto ni siquiera el quiosco. Salud por eso. ¡Salud!

Aquella vez que inauguramos el primer restaurante en Miraflores, un crítico de la revista «Caretas» escribió: «Esa familia ha juntado en un solo lugar todos los sabores exóticos y exquisitos de la comida peruana». Salud por eso, ¡carajo! Fue el inicio del éxito. Luego vinieron los otros locales, en San Isidro, Surco, La Molina, y el tiempo nos fue trayendo más sorpresas todavía. Así como las cosas malas, las buenas también pasan en serie.

Creo que ya hablé demasiado. Debo bajar. Deben estar esperándome. Pero faltan diez minutos todavía. Me gusta recordar Cangallo desde aquí, con este vino amigo. iUff! falta solo un trago. Mejor. Esta última copa será en honor de mi amigo Víctor Hurtado Oviedo que disfruta de la felicidad en Costa Rica. Un hombre de letras que es también muy exquisito en el buen comer, todo un sibarita. Él me lanzó por correo electrónico este mensaje alucinante: «La lista de platos peruanos equivaldría a un diccionario de exotismos: las carnes de cabrito, cuy, venado, chancho, cordero, sajino; los ríos y el populoso mar con lindos los cebiches, el pejerrey, el suche, el tiradito, el pulpo, el mero, el paiche, los choros; el seco de chabelo y la desbordante pachamanca; el ají de gallina, los juanes y el hornado de pavo; la carapulca, la ocopa, la fritanga, el ajiaco, la ensalada de chonta y la patasca; el locro de gallina, el conejo a la ayacuchana y el tacu tacu; el cielo goloso de los dulces: la mazamorra morada y la del chuño, el arroz zambito, las tejas de Ica, el King Kong, el sanguito de pasas, los guargüeros, los voladores, el polvorón, el camotillo, las acuñas de maíz, la patilla, el suspiro de la limeña, la chancaca y las humitas; los brindis habladores con la chicha morada, de jora y de maní; la algarrobina, el chapo de aguaje, el chilcano de guinda y el pisco inspirador».

Salud Víctor, salud por esa lista maravillosa. Todo eso y más se servirá en el nuevo restaurante. Salud, otra vez, porque «el tiempo se pone cada día más hermoso». ¡Salud!

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Cine

Hugo Blanco, río profundo, de Malena Martínez (2019)

Mario Castro Cobos

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Me gustó, la verdad, sobre todo, ver las caras de algunos jóvenes, emocionados, escuchando a Hugo Blanco, en una escena en una escuela. Sentí que el pasado (que el relato del pasado) solo tenía sentido si este pasado nos lleva hacia algún futuro… Y es eso justo lo que está, ahora más que nunca, en cuestión. Vivimos al filo mismo del hueco del no-futuro, y son ellos, más que nadie, los más jóvenes, la encarnación humana de ese… ¿futuro? ¡Y qué futuro!: uno que ya está en un punto crítico, casi de no-retorno.

El nexo, entre alguien muy viejo que sí tiene algo que decir, que es importante y urgente, y que tiene la autoridad para decirlo porque ha sido consecuente (cualidad humana bastante rara), y otros muy jóvenes, escuchándolo, era un momento fugaz pero pleno de potencialidades reveladoras y dramáticas. ¿Insistimos aún en olvidar que la catástrofe climática ya está entre nosotros? (Si menciono lo obvio es porque hay una alarmante represión de lo obvio.)

Y fíjense que, como contraste brutal frente al discurso anticientífico, asesino y suicida de los enemigos declarados de la humanidad, alguien como Hugo Blanco aparece, ¡sorpresa!, como un tipo totalmente razonable. “Pertenecemos a la tierra… la tierra no nos pertenece”. Haciendo suyas frases por cierto provenientes de saberes autóctonos y ancestrales. En efecto, Hugo Blanco descubre que su lucha por la tierra era aún más profunda -ahora, ampliada, es una lucha por la Tierra-.

Si la pertinencia del tema se agradece, la faceta ‘biopic al uso’ en este documental resulta problemática. El biopic tiende típicamente a ser -y a caer en- un mero y acentuado ejercicio de admiración, que a menudo puede ser también un ejercicio de simplificación (léase: encantamiento inerte y/o amor (casi) incondicional de fan hecho película). En algún nivel el personaje es sagrado, y en vez de desmontar el mito será mejor no tocarlo demasiado… Otros preferirán ‘golpearlo’ o picar a su personaje un poco más para sondear su capacidad mental, es decir, para verificar que no se rompe o cuartea a la primera. En suma, para comprobar de qué está hecho.

Me quedo con la impresión de que en lugar de habernos sumergidos en el río del título (que tratándose de Hugo Blanco seguramente era profundo) solo tocamos con rapidez uno que otro punto en la orilla… Hubiera sido mejor: centrarse, saltar menos en tiempos y espacios (¿idea de un documental moderno solo por cierto look, por estar fragmentado y por parecer ‘dinámico’?) y lanzarse a investigar en vivo e in situ la mente del personaje. Que se suponía era lo que había que hacer. ¿El río de su conciencia? Me parece desde todo punto de vista una gran oportunidad desaprovechada.

El lugar de Hugo Blanco en la historia del Perú es aún un campo de batalla. No provoca indiferencia, sino que agarra un nervio vivo. La película reivindica a este personaje y sobre todo a la lucha de un pueblo, muestra un camino y acierta al indicar y enfatizar que ese camino no está cerrado. Eso pasa necesariamente, no hay que olvidarlo (de nuevo lo obvio), por una ‘lucha por el relato’. Que nadie se sorprenda por eso.

Los mismos terratenientes, los mismos gamonales, los mismos hacendados, con los nombres o los disfraces levemente cambiados nos siguen esclavizando -y son los mismos que están acabando con el planeta, y lo hacen cada vez a mayor velocidad y en todas partes-. No hay que olvidar que (esto tal vez resulta menos obvio) ‘toda historia es contemporánea’.

Escena en interiores. Universidad de San Marcos. Un auditorio escalonado mayormente vacío. Viejos, más bien pocos, y estudiantes, todavía menos. La imagen, qué duda cabe, patética, podría ser una cínica respuesta a la pregunta sobre qué fue de los tiempos revolucionarios. La película no nos ahorra esa imagen, que desasosiega y amarga, y hace bien. Es un punto crítico, que se anota como de pasada.

¿Cómo contribuye el cine, o -monstruosa palabra- el ‘audiovisual’ a hacernos más conscientes, de nosotros mismos, de nuestra historia, de nuestro pasado, de nuestro presente y futuro, de nuestras opciones, de lo que debemos o podemos hacer? La pregunta tiene que abrirse más, siempre más, así como el rango de experimentación.

Y el Estado (ese mal ‘necesario’) está en la obligación absoluta de ser fiel a los fines democráticos que son la razón misma de su existencia. Atrévanse a llevar su teoría a la práctica.

Al mismo tiempo -todo hay que decirlo- algunos no necesitan de ningún Estado para expresarse ‘en cine’ de la manera más auténticamente libre. ¿Los burócratas y sus sesgos ideológicos Prom Marca Perú, qué pueden decirle a quienes se han tomado la increíble e insólita molestia de ser mínimamente conscientes de las reales posibilidades del cine?

El propio Hugo Blanco por su parte dice en este documental que nunca hizo menos que cuando estuvo en el Congreso.  

Aquí el tráiler.

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Cultura

«Condorito en la peluquería», por Angello Alcázar

Yo descubrí a Condorito en una peluquería. Y acaso sea por eso que mis recuerdos de él están inexorablemente asociados a imágenes de tijeras, peines y montículos de cabello regados en el suelo.

Angello Alcázar

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Este 14 de julio se cumplen dos décadas de la partida del caricaturista chileno René Ríos Boettiger, más conocido por el seudónimo con el que firmó la mayoría de sus historietas: “Pepo”. No sé por qué, pero tengo la impresión de que su historia personal, la cual es tan interesante y divertida como sus obras, ha tendido a verse opacada por estas últimas.

Niño prodigio, Pepo publicó su primera caricatura a los siete años en el diario “El Sur” de Concepción, su ciudad natal, e hizo su primera exposición a los 10 en una confitería. Años más tarde, luego de abandonar la carrera de medicina, se mudó a Santiago para estudiar dibujo en la Escuela de Bellas Artes. Una vez allí dio inicio a una fructífera carrera como creador de tiras cómicas en las que retrataba la vida política de Chile. Entre las revistas en las que colaboró, cabe mencionar “Topaze”, “El Jefe”, “Can Can”, “El Peneca”, “Pichanga” y “Pobre Diablo”. Recibieron una gran acogida sus caricaturas de presidentes de la República y otras figuras del mundo político como su tío Juan Antonio Ríos, Gabriel González Videla (“Don Gabito”), Pedro Aguirre Cerda (“Don Pedrito”) y Carlos Ibáñez del Campo (“Don Sonámbulo”).

Ahora bien, cuenta la leyenda que, a mediados de 1949, Pepo vio la película animada “Saludos amigos” de Walt Disney —cuyo principal objetivo era congraciarse con el público sudamericano— y se quedó profundamente fastidiado con la imagen de Chile que daba un personaje llamado “Avión Pedrito”. Acto seguido se propuso crear un personaje más representativo de lo que, a su juicio, era su país. Y fue así como nació Condorito, aquel cóndor antropomorfo de clase trabajadora que ha hecho reír a miles, sino millones de niños y adultos por más de setenta años.

Autocaricatura de René Ríos «Pepo» en «Los actuales dibujantes de Zig Zag» (1955)

Junto a “Mafalda”, del humorista argentino Quino, “Condorito” encabeza la lista de historietas escritas en castellano. Salpicadas de humor blanco y desprovistas de groserías y chilenismos difíciles de digerir, las historias en las que se ve envuelto Condorito suelen terminar con un “¡PLOP!” que expresa lo absurdo de sus vivencias, y, a la vez, sirve como un recordatorio de que a veces no hay que tomarse tan en serio las cosas (empezando por uno mismo). Puedo imaginar a Pepo en el balneario de El Quisco, donde ahora yace una estatua de su personaje más famoso, dibujando y carcajeándose día y noche frente a las olas del Pacífico. 

Yo descubrí a Condorito en una peluquería. Y acaso sea por eso que mis recuerdos de él están inexorablemente asociados a imágenes de tijeras, peines y montículos de cabello regados en el suelo. Tendría unos cuatro o cinco años la primera vez que me llevaron mis padres. Recuerdo que ya en ese momento el local tenía una muy bien surtida colección de revistas, entre las cuales resaltaba, de lejos, la tira cómica de Pepo. Con el tiempo aprendí que las peluquerías son espacios de gran intimidad en los que uno constantemente deposita su fe en el otro (o por lo menos en sus manos). Pero, además, que pueden ser lugares propicios para la lectura. Una lectura más ligera, si se quiere; pero lectura al fin y al cabo.  

En los sofás y las sillas de esa peluquería me retorcí de risa al lado de Yayita, Coné, el perro Washington, el loro Matías, Doña Tremebunda, Don Cuasimodo, Pepe Cortisona, Don Chuma, Huevoduro, y tantos otros seres de cuyos nombres me he ido olvidando. Hasta ahora no me atrevido a leer “Condorito” en otro lugar. En parte, porque sospecho que, si lo hago, esos personajes y las situaciones rocambolescas que protagonizan perderán su magia y me parecerán acartonados y frívolos.

Espero volver pronto. Aunque sea solo para ver en qué anda ese pajarraco al cual todavía no sé si llamar desplumado o lampiño.

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Cultura

«Uniendo voluntades en política cultural», por Mariana Mould de Pease

Redacción Lima Gris

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Escribe: Mariana Mould de Pease

Sala del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia que se remonta al Centenario y que evoca la continuidad hispano andina de nuestro país que estuvo vigente en el Sesquicentenario. Cuando nos acercamos al Bicentenario está continuidad que se inició en los alrededores del Lago Titicaca, como evidencia esta chulpa inca, está siendo desarmada desde agosto del 2013 porque el gobierno central decidió fraccionar la visión continua de nuestro país que se exhibía en Pueblo Libre.

El General José de San Martín propuso -fallidamente- al virrey José de la Serna en la casa capilla Santiago de Punchauca acordar la independencia de nuestro país sin derramamiento de sangre ni destrucción de bienes materiales.  En diciembre del 2012 el Ministerio de Cultura y la Municipalidad de Carabayllo acordaron restaurar este monumento histórico, que es tarea pendiente desde la ley de Reforma Agraria de 1969 porque se desvaneció desde agosto del 2013.      

Teniendo especialmente en cuenta las enseñanzas históricas de Raúl Porras Barrenechea (1897- 1960), el personaje que engalana nuestro billete de 20 soles; y, dado que estamos   en tiempos revueltos que llevan a una nueva normalidad apelo al artículo 8 de la ley 31011 porque alude al cierre de las brechas que tenemos entre la infraestructura y el patrimonio cultural de la Nación.

En esta línea de razonamiento político propongo desde Lima Gris al Congreso así como al Ministerio de Cultura que para salvar Punchauca, se decidan aplicar a este monumento histórico el artículo 968 del Código Civil que señala que la propiedad inmueble se pierde por abandono durante 20 años sin hacer ningún distingo sobre el tipo de finca por lo que el predio pasa a manos del Estado sin pago alguno.  

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Cultura

Artes marciales y poesía

Rodolfo Ybarra

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Hace muchos años, cuando el poeta Percy Hinostroza recién había salido del colegio y este servidor no publicaba ningún libro, tuvimos una conversa muy interesante con los viejos Aedos de la desaparecida ANEA que funcionaba en el jirón Puno 421 del centro de Lima. Ahí hablábamos de que la poesía tenía que ser vívida, fuerte y agarrar a las patadas a los lectores. Lógicamente todo esto eran barullos de adolescentes que poco o nada sabían de la poesía y menos de peleas. Eran inicios de los noventa. Muchos años después de que todo se hundiera en el marasmo: Alan-Fujimori-Toledo-etc., y después de muchos viajes y el retorno de Francia de Percy, nos reencontramos en Miraflores donde el poeta tenía una casa cedida por su hermana para volver a hablar de poesía y de la vida. Y otra vez nos reencontramos con los temas de siempre y de que la poesía tenía que golpear.

Para esto, Percy ya era un luchador de Karate y artes marciales que practicaba los fines de semana en la UNMSM y este servidor había aprendido a darle duro a una bolsa de box. Y nos propusimos hacer un recital de “Artes Marciales y Poesía”, entre otros cantos de versos planteado con el gran Héctor Ñaupari. Ya estábamos viendo a quiénes invitar y quiénes podían ser aliados naturales, seguidores de Mishima: Dante Castro que había sido peleador de karate y que alguna vez había retado al cinturón negro de Gustavo Gorriti. Rafael Inocente que sabía pelear a puño limpio o nuestro recordado novelista Manuel Rilo que batallaba a lo Bukowski. Eso sin contar, en el recuerdo,  al desaparecido José Pancorvo que dominaba el arte de la katana, al mejor estilo de los samuráis de los siglos X y XII, etc. Incluso pensamos hacer este evento en el Estadio Nacional. Soñar nunca ha costado nada y menos si es algo que sale de las tripas o del dolor humano o de un moretón en el rostro.

Lastimosamente, nuestro hermano Percy perdió la vida en un río de la selva hace solo unos meses. Su cuerpo fue encontrado tres días después. Y la tristeza nos dejó sin palabras y con los puños batiéndose en el aire. Desde Europa, nos escribió el viejo aedo César Cárdenas e incluso aportó pecuniaramente para que se le hiciera un homenaje a Percy. Lastimosamente todo este entuerto de la peste nos dejó sin probabilidades y las fechas pendientes fueron abolidas. Y a partir de ahora el gran homenaje que le debemos a Percy será de manera virtual. No nos acostumbramos, pero hay que intentarlo. Empezaremos por patear y golpear la pared de la indiferencia. Y derribar todos los olvidos a nuestros hermanos caídos.

Donde estés viejo amigo, hermanito querido. Paz y libertad.

Aquí siempre,


Rodolfo Ybarra.

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Cultura

De la poética a la prosística (la mutación en Enmanuel Grau o reflexiones sobre Hijos de la guerra)

Julio Barco

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Roberto Bermúdez –así con ese nombre conocí a Enmanuel Grau, y lo digo súbitamente con la confianza que tengo de conocerlo durante años–  fue uno de mis amigos cercanos en aquellos locos y juveniles años de la universidad, donde prácticamente todo lo que nos importaba giraba en torno a volvernos escritores o poetas y nuestras lecturas.

Por esos días Roberto Bermúdez me habló de unos cuentos inéditos de Valdelomar que había leído en una de sus lecturas en la Biblioteca Nacional. Yo, muchísimo tiempo antes de entrar a la universidad había leído en internet el manifiesto Palabras Urgentes de Hora Zero y me había fascinado esa forma de ser y entender la poesía. Es que, valgan verdades, con Hora Zero, no solo ingresa lo coloquial anglosajón más acriollado sino también un estilo de libertad, del poeta como ser lanzado a la vida y su épica como motor. 

Supongo que me acuerdo lo de Valdelomar por la rareza, lo sutil o digamos variopinto del caso; la necesaria magia que tenía y tiene Roberto (diré, Enmanuel) en los detalles; particularmente a mí no se me habría jamás ocurrido ir a buscar un libro así  a la Biblioteca Nacional. Eran las épocas en las cuales Roberto arañaba sus primeros poemas en partes blancas de los afiches de academias pre-universitarias que repartían en la avenida Nicolás de Piérola y su verbo poético era fluido como un río.

También se me viene a la mente los días en que vagábamos, así llamábamos a este ejercicio de pensar y charlar por Lima disertando de poetas; quimérico tema que crece rápido cuando la sed por conocer es idónea; y me hablaba de la sugerencia que poseen los poetas como Salaverry o Eguren:

-Mi abuelo me contaba –comentaba Enmanuel–, que el arte poético es más sugerir que decir. Que no hay que decirlo de forma exacta sino sugerir y dar la sensación.

-Sí, lo sé, -le decía yo- y eso es lo fascinante del arte poético, aunque leyendo a los Hora Zero creo que lo mejor es idear una nueva sensibilidad; algo que no sea solo repetir su onda, sino extenderla, hacer un tajo en nuestra tradición, romper el maldito servilismo académico.

-Cierto, todo eso mata. Mira a todas las personas ahora, Julio, qué loco, ¿no? Todos preocupados por comprar, pagar sus deudas y vivir lo mismo de siempre, y tú y yo hablando de estos temas hermano, qué loco. 

-Es que igual –reflexionaba mirando las calles– siempre fue así… al menos en nuestro Perú.

Eran días de andar y conversar y no ir a clases para si ir a un café, al Café Sonida, donde también caía Eduardo, Oscar, Omar, Chumbile, Miguel, Cynthia, Renzo, Olger, Karol, Plinio, Deno, y tantos otros amigos y amigas, narradores o poetas, pintores y vagos o sociólogos inventando nuevas teorías para la izquierda enclenque o gente que buscaba reformas universitarias organizando tomas de universidad; yo me acuerdo que ya iba pensando cómo armar un espacio de poetas en la universidad que sirviera como soporte de movimiento de nuestras lecturas, debates, revistas; y así fundamos con Roberto el primer número de la revista que tendría una larga vida de casi 6 años con dos etapas marcadas claramente. Digamos, la Primera Etapa a nivel universitario, con Roberto, Plinio, Omar y Miguel como núcleo duro; y la Segunda Etapa, con Chumbile, Omar, Rafaelle y Deno, eran días que después se volvieron un continuo habitar con Chumbile leyendo Me llamo Sudor bajo la llovizna de Lima; Miguel Urbizagástegui armando Escombros, libro que contaba como pie de página la historia del terremoto que derrumbó la casa de Pisco de Enrique Verástegui; también Renzo Quiróz devolvía claridad a los dibujos, con magníficas caricaturas; tantos poetas, tantos amigos, tanta belleza y vida vivida.

Al grupo, a veces, se sumaba Óscar Zapata, que fue mi compañero de carpeta de la academia Aduni y que motivaba la conversa con sus lecturas  críticas. También por esos días Eduardo Borjas, autor del emblemático poemario Trendelemburg, nos trajo una edición de Un par de vueltas por la realidad, que le acababa de prestar Miguel Ildefonso y literalmente toda la mancha fotocopio y repartió ejemplares de Un par de vueltas por la realidad.

Este libro, como también la obra de Vargas Llosa (que yo había leído en la secundaria en soledad y que ahora mis amigos empezaban a conocer) En todos, el fuego de la creación literaria, era fuerte y contundente, arañaba, dejaba marcas internas jodidas, tan jodidas como un tajo, un rasguño, un corte en la mano.

El verso era natural hemorragia, continuidad de nuestra forma de respirar. Nosotros sufríamos de hambre de querer leer y aprender en un país donde todo sueño literario sucumbe bajo el gravamen del libre mercado, la prensa amarilla, la educación paupérrima. Roberto, entre otras cosas, era mi amigo también por su vitalidad; vitalidad que era y fue torrente de sus primeros poemas, con la textura tan fresca de su tono tan intenso de versar.

La vida para el poeta en el Perú como en cualquier mundo es difícil; primero porque tiene que luchar contra sus propios pensamientos, como después contra los prejuicios y malicias de una sociedad enferma con los otros, que no acepta mentalmente nada que salga del pensamiento establecido por el libre mercado de compra y ventas.

-Tus poemas no son la realidad, ¿entiendes? -te dicen los Medios de Comunicación- La realidad es comprarse una tele plasma de mil pulgadas y ver Netflix.

Ese pensamiento dominante, bobo e insípido, hace que muchos deserten del poema y su acto. Escribir es, como leía el otro día, una resistencia.

La gente que piensa o escribe en los países latinoamericanos de inicios del siglo XXI aún vivimos en medio de una alta ignorancia y olvido de la literatura y descrédito de los que se dedican en cuerpo y mente y alma y sangre a ella.

En ese cosmos, el poeta lleva la peor parte. La lleva en el propio trato diario, como también en el logos social de nuestro medio. Como la literatura es también un espacio de Poder y Relaciones Humanas, los que hacen Novelas son más cercanos a estos Poderes. Ningún poeta nacional, por ejemplo, tiene presencia en los medios de comunicación de masa: sea Tele o Radio; recientemente, gracias al internet, se puede fluir y abrir más espacios. Aunque son, en cierto modo y si no tienes recursos, modos aún incipientes. Intuyo, digo, que en ese mundo, el poeta es el, sin embargo, lleva la tarea de descifrar los signos y cantar las energías, dibujas las mentes y situar la realidad de las seres. Discurso intransitable para una sociedad tan plástica y vacua.

Con Tajo, y coincidiendo todos en Villarreal armamos la movida, como también se iba armando, a nivel universitario, otras en La San Marcos o La Católica y La Cantuta.

De aquellos días a la escritura de Los hijos de la guerra (2020, Hipocampoeditores) hay un abismo de sensaciones, generaciones y un peso de años sumados al arte de escribir; la vieja y musical poética de Roberto ahora es la prosa limpia y  vargasllosiana de Enmanuel. Vargasllosiana, es decir, narrada con un pulso neutral y urbano, ese urbanismo técnicamente adjetivado, de líneas adustas y largas, en la onda de Conversación en la Catedral; a este estilo, Enmanuel aporta su voz, pero más que eso, su universo de sentimientos personal. 

Quizá Enmanuel leyó esos versos populares de Jorge Pimentel donde explicaba con ironía que ser poeta más allá de los 25 años es una locura. Lo cierto es que la poesía de sus versos, ahora es tema de alguno de sus cuentos. Lo vemos en el epígrafe con un verso de poeta guerrillero Javier Heraud: “Yo soy el río que viaja dentro de los hombres”

Como también vemos ese musgo poético en los temas de algunos cuentos. Ojo que, curiosamente, siguiendo la onda de la prosa vargasllosiana y la poesía al javierheraudmodo muchos recordarán el encuentro entre el Nobel con el guerrillero, donde este último decidió dejar el camino de una vida literaria por seguir el rumbo de la guerrilla.

La poesía, entonces, como temática de sus cuentos. Por ejemplo,  en el primer caso, Guerra Perpetua  tenemos un relato de la historia de la esposa de Vallejo, Geogette, narrado en primera persona; el cuento se sostiene por ser una prosa diáfana, como también por mantener un ritmo reflexivo sobre la realidad, citemos:

“Poco antes de que esta discusión nos sumiera en el silencio, una tarde en que la luz de la calle hacía vibrar tenuemente la figura de las palomas en los vidrios, hicimos el amor, y hablamos durante mucho tiempo del Perú, de Lima y sus calles y su ruido y su alienación brillante.(PÁGINA 13)”

Texto, en suma, que nos permite observar la situación  de un artista, su esposa, una guerra, la inevitable necesidad de escribir, las obligaciones de la pareja, la soledad, la pobreza y la miseria. Como también, curiosamente, la esposa de Vallejo como la de Vargas Llosa, son enfrentadas a la reflexión de Grau:

“César dormía, lo copié, página por página, entre cables de guerra, soportando con dulzura toda la violencia que ese tiempo nos entregó a cambio de nuestros mejores años.”(PÁGINA 14)

Otro cuento que transita por la poesía es Juanrra, que ya desde el título nos avisa que tratará sobre el inolvidable poeta –a tiempo completo– Juan Ramírez Ruiz. Para esto Enmanuel, diseña la historia de unas charlas con el autor de Vida Perpetua, en el que curiosamente un personaje tiene mi nombre:

“–¿Qué es la poesía, Juan? –le dijo Julio de golpe.

El poeta levantó la cara de la taza y sin apartar los ojos del libro se puso a temblar.

–Sí, Juanrra, la maldita poesía.

Habíamos leído mil veces todos sus libros y además de admirarlo sentíamos lastima por él.

–No hay duda que es un gran poeta.

–Es el mejor de todos, y está jodido.” (PÁGINA 47)

Y está jodido, dice y yo lo repito para mí. Curiosamente, nuestro grupo se llamó Tajo, pero el blog donde subíamos las reseñas y comentarios se llamó tajotajodido.blogspot.com Eso de estar jodido era natural para un escritor fiel a su arte y que no se vende al Sistema de Cosas Impuesto. Su situación jodida incluso responde a la pregunta vargasllosiana de “¿en qué momento se jodió el Perú?” Entonces, en la prosa de Enmanuel siento que cuestiona la propia poesía de Roberto. Incluso el autor de La historia de Mayta es un desertor del género poético al que en las ocasiones que puede denigra; también recordemos que en un inicio Mario fue poeta hasta que tomó la drástica medida de solo dedicarse a la novelística. La narración enmanuelgraudiana continua con escenas surrealistas donde la poesía era la invitada a la fiesta, el centro del conversatorio y el más perfecto idioma:

 “Sabíamos que la obra de un poeta no solo estaba escrita en tinta, sino también en tonos más sutiles, estructura alegórica en la que siempre está cifrada su propia vida. De esto existían, como es lógico, un sin número de casos; ninguno como Juanrra. (PÁGINA 50)”

Como también es destacable la forma de contarnos e introducirnos a la vida y obras de Juan Ramírez Ruiz, poeta del norte peruano, de Chiclayo, que curiosamente fundó Hora Zero en las aulas de la Villarreal, la misma donde fundamos Tajo. Enmanuel escribe:

 “Lo demás es historia: libros, recitales, manifiestos y en el centro la figura de Juanrra in crescendo como un torbellino en la pacata sociedad peruana de las letras y extendiéndose todavía más, tocando incluso otros continentes, despertando otros corazones. A los veintiocho años había publicado dos libros y preparaba otro, donde –como dando cauce a intuiciones juveniles–, servirían de hilo conductor entre vida y poesía, los algoritmos y las matemáticas. (PÁGINA 52)”

Me acuerdo que cierta vez, andando con Eduardo Borjas en la Villarreal, nos vimos en la cola de almuerzo del cafetín universitario. Eduardo miró a todos y dijo sereno:

-Tú y yo hablando de poesía y todos aquí esperando que sea viernes para ir a perrear y chupar.

Sigo leyendo el cuento de Enmanuel Grau y siento ese doble desencanto del que observa la poesía lejos de su campos magnética y la explora. Alejarte de la música para entenderla. Finalmente, el tema de Juanrra es el encuentro de la poesía, su búsqueda detectivesca, que es también la respuesta a por qué carajos uno escribe poesía. Respuesta y preguntan obligan al deseo a crearse un discurso que lo justifique y lo resuelva. La duda o la interrogación es el viaje del creador. La prosa aquí ampara esa reflexión y ayuda a situar en un contexto la voz poética.  Como Cortazar en El Perseguidor, o Bolaño en Los detectives salvajes. Igual la prosa, que se aleja de lo cántico del verbo poético, sirve para solidificar realidades que cuestionan y narran.

Al narrar, al prosar, se entiende bajo otro razonamiento, lógico, de sentidos que van del inicio al desenlace, se racionaliza el acto. Enmanuel Grau, en estos relatos confirma su deuda con la poesía como su necesidad de narrar, deja el cantar para meterse al contar; es decir, contar, dejarnos ver los dibujos y teoremas de sus historias.

Sin  duda, los otros relatos, amplían los temas y nos hacen ver que Grau narra desde las periferias, con  docta experiencia de sus escenas y manejo del ritmo y claridad etcétera; pero en relación al todo, me quedo con Juanrra, que resulta también un cuento interesante para pensar en la poesía, en estos tiempos. Me resulta curioso cómo la poesía y los poetas siguen siendo tema de los relatos por estos días, donde sencillamente el papel de las humanidades es desplazo por un campo limitado de temas científicos o estadísticos.

La deuda, no es solo con Vargas Llosa, también sentimos aquí algo de Reynoso, algo que en autores como Enmanuel Grau nos devuelve el oxígeno no de una prosa almidonada, sino que respira, es sangre, fluye y mana en síntesis con su ritmo interno. La mutación del poeta que yo conocí, al prosista que ahora leo es sin duda una positiva floración en el vasto jardín de las letras continentales.

(Lima, julio, 2020)

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Cultura

César Vallejo, «Mi reino es de este mundo»

Joe Guzmán

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Comentario acerca del libro “El arte y la revolución”

Los intelectuales son rebeldes, pero no revolucionarios
C.V

Es difícil ser escritor en el Perú, sí, es difícil, pero no es un impedimento para serlo. Esta lucha está plagada de pros y de contras, pese a los esfuerzos titánicos en organizar concursos, eventos y caravanas literarias que se celebran anualmente. Reafirmo, es difícil ser escritor en nuestro país, y no lo digo con un afán retórico, hueco e inconcluso. Lo digo porque las condiciones socioeconómicas, que aún seguimos arrastrando desde hace siglos, son complejas, injustas y contradictorias.

La literatura no es un producto estático, sino dinámico, ya que tanto el arte como la ideología están relacionadas productivamente en el proceso social. Se puede decir entonces que el arte es un fenómeno histórico. Hay un elemento trascendental para todo ello: la economía (sirve como “demiurgo social”). Toda sociedad está condicionada por los cambios trascendentales en lo económico, lo cultural y lo político. Estos tres factores son indesligables.

Como afirmaba Antonio Cornejo Polar en su libro “La formación en la tradición literaria en el Perú”:

La producción literaria, sin perder su especificidad en cuanto plasmadora de símbolos verbales, es parte y funciona dentro de la totalidad socia, de la cual -por consiguiente- resulta incomprensible.

Por ende nuestra literatura es heterogénea, híbrida y conflictiva entre los dominios internos y externos del país. Nuestro contexto ha permitido que aparezcan escritores rabiosos y transgresores, pero también ha impedido que surjan otro tipo de autores. Por ejemplo, hace algunos meses leí un texto donde el autor se preguntaba ¿por qué no pudimos tener un poeta naturalista como Thoreau? Bueno, pues, posiblemente porque los posibles Thoreaus que pudimos tener, fueron maltratados o asesinados por algún gamonal o hacendado en nuestra serranía, hace ya muchos años.

Ahora, todo lo mencionado anteriormente tira a la borda la polémica que se gestó durante la segunda mitad del siglo pasado en nuestra tradición respecto a la esencia y/o función de la literatura. Al diablo con la distinción entre la pureza y el compromiso del arte.  En nuestro país son extraños los casos en que el creador decide teorizar acerca de su arte, sabiendo las consecuencias que esto podría tener.  César Vallejo lo hizo, quién más sino es él. Nuestro brujo andino.  

Hay libros que te forman un carácter como lector, estos abundan, pero también hay otros que forman un carácter como escritor (cuestión totalmente distinta), de estos hay pocos, y son mucho más importantes.  Uno de ellos es “EL ARTE Y LA REVOLUCIÓN”.  La lectura de este libro te da madurez, amplía la visión de la realidad y del arte, forja tu ambición y reafirma lo que es ser un artista pleno, quizás por ello son los pocos los autores que emprenden el difícil camino de teorizar su propio campo de escritura, la gran mayoría prefiere simplemente ignorarlo.

Este “libro de pensamientos” escrito, en su gran mayoría entre los años de 1928 y 1932, consolidan una idea que Vallejo fue tejiendo desde que se inició en la poesía. Decir que el autor de “Fabla salvaje” recién recurrió a una poesía colectiva y de protesta en la última etapa de su vida es caer en un grave error. Según el crítico Gonzáles-Vigil, “Los heraldos negros” fue un factor medular en el acercamiento de Vallejo a la concepción marxista”. Este poemario da los primeros pasos para la búsqueda de una utopía poética que se consolida con “España, aparta de mí este cáliz”. El viaje a España y Rusia, un acercamiento más realista y teórico sobre el marxismo, ser consciente de la realidad del Perú y del mundo entero y la influencia de José Carlos Mariátegui (por qué no decirlo) le permitió a Vallejo ahondar y desarrollar convicciones estéticas que tuvo desde muy joven.

El abismo que pareciera haber entre la literatura “pura” y la “comprometida” se va acortando cada vez más con la lectura del libro. Por qué hallar una división absurda donde no lo debe haber.  Los autores y los lectores tienen derecho a cambiar, mejor dicho, transformar su pensamiento.

En el proceso de la escritura del “Arte y la revolución”, Vallejo se supera a sí mismo, embraveciéndose con todo y contra todos en la búsqueda de definir el verdadero arte. Acusarlo de dogmático es otro grave error. Tanto él, como Mariátegui, criticaron duramente a aquellos marxistas que no sabían condicionar lo teoría al contexto y las circunstancias de una realidad.

Los marxistas rigurosos, fanáticos, gramaticales, que persiguen la realización del marxismo al pie de la letra, obligando a la realidad histórica y social a comprobar literal y fielmente la teoría del materialismo histórico – aun desnaturalizando los hechos y violentando el sentido de los acontecimientos- pertenecen a esta clase de hombre. Está hablando de aquellos hombres que se forman una teoría y encuadran la vida, cayendo en el dogmatismo.

Vallejo se supera a sí mismo en ideología y en escritura. Respecto a lo primero, en plena gestación de “Trilce”, Vallejo considera que “el artista es, inevitablemente, un sujeto político”, pero también reclama y apuesta por un arte libre de toda instrumentalización política. Una década después, luego de su afiliación al Partido Socialista, termina confesando a su amigo Pablo Abril de Vivero (posterior a su primer viaje a Rusia):

“Estoy dispuesto a trabajar cuanto pueda, al servicio de la justicia económica, cuyos errores actuales sufrimos (…). Voy sintiéndome revolucionario y revolucionario por experiencia vivida, más que por ideas aprendidas”.

 Esta gran confesión lo complementa en el libro al afirmar lo siguiente:

El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones encontradas de la realidad social y objetiva, nada de esto llega hasta el bufete del escritor a puerta cerrada.

Los críticos han considerado a “Trilce” como una obra netamente vanguardista, aseveración polémica y controversial. Para calificarlo de esta manera se debe investigar en qué consistió el vanguardismo y tomar como punto de referencia las frases desdeñosas que tuvo Vallejo hacia el futurismo (tanto ruso como italiano) y el surrealismo. Ahora, si solo nos abocamos al elemento transgresor que la sintaxis y la gramática, resultaría más controversial, ya que en “El arte y la revolución” se afirma que:

“Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma. El poeta puede hasta cambiar, en cierta manera, la estructura literal y fonética de una misma palabra, según los casos. Y esto, en vez de restringir el alcance socialista y universal de la poesía, como pudiera creerse, lo dilata al infinito …”.

Para Vallejo, la obra ha dejado de ser tratada como un artefacto literario, donde solo encuentras en el interior fonemas, prosodia, ritmo y entonación, para adicionar un elemento que resulta conmovedor y esperanzador: EL VITALISMO.

La noción de forma poética que posee una integridad dinámica y concreta contenida en sí mismo, debe cambiar y avocarse a la sociedad en sí (masivo y popular). La lengua poética ya no solo solo es intencional, sino también transformadora (“España, aparta de mí este cáliz”).

Con “El arte y la revolución”, Vallejo apuesta por una posición humanista ante el arte, hablamos de un humanismo que emprende una lucha contra lo hegemónico, de un humanismo confrontacional y activo, no de uno caritativo y pasivo.

Reflexiona críticamente sobre la función social y política del aspecto artístico, tomando como gran referencia el compromiso del artista socialista, “socialista” desde una concepción más antropológica que política (cabe mencionar ya que esta palabra suele asustar a muchos).

No se puede hablar de arte socialista en sociedad en que el hombre es explotado por el hombre.

Los distintos subtítulos en interrogantes: ¿Qué es un artista revolucionario?, ¿Existe el arte socialista?, ¿En qué medida el arte y la literatura soviético son socialistas? Dan a entrever lo que ya había afirmado anteriormente en uno de sus artículos sobre que todo artista es político. Pero no por ello debe estar su arte condicionado como un instrumento político, sino que busca orientarse hacia algo más grande, responder a un concepto universal de masa, sentimientos y sensibilidad para que las personas tengan los mismos intereses, y de esa forma evitar la explotación del hombre por el hombre. Esto va más allá que cualquier doctrina política “antes que el arte, la vida y la justicia”.

Sí existe un arte socialista, lleva un concepto universal de masa y sentimientos, ideas e intereses comunes.

Es necesario mencionar que la figura de Lenin ha sido importante en la consolidación de la postura vallejiana, ya que apoya la voluntad de crear una literatura inspirada en la idea socialista y en la simpatía por los trabajadores. Pero la figura de ruso no solo ha sido considerada por Vallejo, sino también por José María Arguedas, al afirmar que gracias a Mariátegui y a Lenin pudo encontrar un orden a sus cavilaciones, incertidumbres y sueños

César Vallejo no solamente aporta a la cultura de nuestro continente, sino que también lo hace con la estética marxista, teorizando y poniendo en práctica la unión entre la estructura histórica (plano ideológico) y la estructura artística.

Uno de los mayores esfuerzos que se busca en el libro es la delimitación la estética marxista, haciendo una clara diferencia entre tres tipos de artes:

El arte burgués, nubla la conciencia de las masas, sujetando el progreso de la ciencia y retardando el desenvolvimiento cultural de la humanidad.

El arte bolchevique, principalmente de propaganda y agitación. Se propone adoctrinar la rebelión y la organización de las masas para la protesta, para las reivindicaciones y para la lucha de clases.

El arte socialista, aquí existe una preponderancia de los valores humanos. No se reduce a los temas, ni a la técnica, ni a movilizar requisitorias, sino a una sensibilidad orgánica y tácitamente socialista. Es preciso afirmar que aquella sensibilidad debe producir una obra vitalista que enmarque el espíritu del contexto sobre el cual se escribe.

Hay otro aspecto muy interesante que propone Vallejo, este consiste en que es imposible la posibilidad de crear una obra alejada del contexto social, ya sea de forma consciente o subconsciente. Me es difícil, entonces, no pensar en José María Eguren, el poeta que recurre al simbolismo para alcanzar una interpretación figurada de la realidad. Del autor de “Simbólicas” se ha escrito que su obra es pura, irreal y onírica. Quizás lo sea en algunos poemas, pero en otros se deja entrever una crítica al contexto político y social en que vive. Revisar el poema “Tiza blanca” y el análisis que hace Fernández Cozman sobre esta.

Por último, es casi trascendental el análisis que se hace del “intelectual revolucionario”, buscando transformar la idea de que los intelectuales son rebeldes, pero no revolucionarios.

Para Vallejo, el intelectual revolucionario actúa siempre cerca de su realidad circundante, no es ajeno a todo lo que sucede en su contexto, de ello se alimenta para crear una obra vitalista. Ser un artista pleno es ser un revolucionario en arte y política.

“El intelectual revolucionario desplaza la fórmula mesiánica, diciendo: “mi reino es de este mundo”.

“El espíritu de heroicidad y sacrificio personal del intelectual revolucionario, es, pues, esencial característica de su destino”.

Si hablamos de sacrificios y de arte, no debemos olvidar a Javier Heraud y a Carlos Oquendo de Amat. Este último muriendo en España por una tuberculosis que se agudizó mientras estaba encarcelado en “El frontón” por su filiación marxista. De Heraud, ya lo sabemos casi todo.

Poco o nada nos sirve seguir con la tonta concepción de que el escritor santiaguino encarna el dolor, la pobreza y la desdicha. Incluso hay cierta intencionalidad, por algunos grupos, en que esto permanezca así. No hemos llegado a nada pensando de esa manera. Posiblemente algunos escritores, que aparecen después de los cincuenta, leyeron mal a Vallejo. Acusarlo de llorón, de quedado, de provinciano, refleja la dejadez y la falta de tino para poder llegar a su esencia poética. Es cierto que en algunos poemas, encontramos la nostalgia de un fallido retorno a la infancia, la muerte de sus familiares, la soledad de saberse provinciano, amores olvidados e hiriente (entre otros tópicos) , pero qué es un poeta, sino la suma de sus propias voces, la suma de sus propios recuerdos, la suma de sus propios ideales, la suma de sus propias luchas (internas y sociales) y la suma de sus propias utopías. Esto último es muy importante. César Vallejo emprendió la búsqueda de una utopía donde arte e ideología formen un solo corpus, desliteraturizando el lenguaje (salir del canon dariano) para alcanzar un retorno a la oralidad, tal como lo decía Pablo Macera “a partir de la oralidad se reconstruye una patria, recupera un pasado y se delinea una utopía.

Primer paso para ser escritor en un país tercermundista, pobre y dependiente de los grandes sistemas de poder: leer “El arte y la revolución” de César Vallejo.

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Cultura

Antonio Cillóniz y el premio a la cultura

María Luz Crevoisier

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Desde el 30 de setiembre de 1942, se otorga el Premio Nacional de Literatura en tres categorías, teniendo en cuenta el talento y la trayectoria de los galardonados. Entre algunos de los poetas que se hicieron meritorios a esta  distinción están, Mario Florián (1944), Jorge Eduardo Eielson (1945), Carlos Germán Belli (1962).

Hasta ahora Cecilia Bustamante Moscoso, es la única poeta mujer que ha obtenido este reconocimiento. Esperamos que en próximos eventos se rectifique este vacío para que otras poetas puedan acceder con toda justicia a tan preciado reconocimiento.

El último evento, se realizó en noviembre del año pasado y el poeta limeño Antonio Cillóniz de la Guerra, fue uno de los galardonados. Lo conocí cuando en setiembre se llegó a Lima desde España en donde radica, para presentar su primer libro de narrativa “Así, así nomás.” Se hospedaba en el hotel Riviera del centro de Lima, junto a su esposa. Allí pude conversar con amplitud para una posible nota que no se editó esa vez, pero me sirvió de base para un segundo encuentro que se dio en el Ministerio de  Cultura con motivo de la entrega del Premio Nacional de Literatura.

Cillóniz ha sido galardonado anteriormente con el premio Poeta Joven del Perú (1970) por su poemario “Después de caminar cierto tiempo hacia el este” compartido con José Watanabe quien lo obtuvo por su “Álbum de familia.” El segundo fue  el Premio Extraordinario de Poesía Iberoamericana en 1985 por “Una noche en el caballo de Troya”.

Antonio Cillóniz.

Antonio Cillóniz (Lima 1944) recibió el Premio Nacional de Literatura en la categoría de Poesía por “Usía del dolor” (2018), una edición que es un regalo de absoluta belleza de palabras unido a un sentimiento de hermandad por el dolor que sufren los olvidados, y el deseo vivencial del poeta, de transformarse en la voz de los seres anónimos y olvidados por ser los nadies del sistema.

Otros nombres de su biblioteca personal son, “Verso Vulgar” (1968), “Siguió la sombra de los sueños” (1978),“Victoriosos vencidos” (2016),”Tríptico de las furias” (2019), “Versión del Otorongo” (2019) y tiene en imprenta una nueva entrega.

Lima Gris: Aún recuerdo la mañana de la premiación en el Ministerio de Cultura y me gustó que manifestaras que tu poesía era una manera de comunicar el sentimiento de los que no podían hacerlo, dedicándoles ese libro, Usina de dolor. ¿Esta posición es por tu educación jesuítica o por haber abrazado ideas políticas de la llamada izquierda?, creo apoyaste al régimen Velasquista, que se decía humanista y social.

Antonio Cillóniz: La formación jesuítica no tiene nada que ver con mi compromiso social; esa educación, al menos en la época en que yo la recibía, consistía fundamentalmente en fomentar la racionalidad, de ahí que quienes en mayor medida desarrollasen esa facultad al mismo tiempo les resultase más difícil la fe; el otro aspecto es el de la voluntad y, por último, el profundo trasfondo elitista, porque en este sentido aún recuerdo las palabras de Felipe Mac Gregor, rector de la Inmaculada cuando mi promoción salía del colegio de La Colmena, afirmando que los ex alumnos jesuitas deben destacar, sea para bien o para mal. El abrazar ideas políticas de izquierda, como dices, requiere por su propia finalidad fundamental luchar por conseguir una justicia social y eso sí que puede llevar a un escritor a poner su voz al servicio del pueblo, de los silenciados por la sociedad burguesa capitalista. Pero para tener esa conciencia no es necesario comulgar con las ideas de la tercera internacional, bastaría con ser cristiano, en el sentido que relatan los cuatro evangelistas, esto es, en absoluto en lo que es ser católico. Y, sí, en mi caso es por esos sentimientos e ideas de izquierdas, que fue por lo que participé en el proceso revolucionario del gobierno de Velasco Alvarado, en razón de una justicia humana y social.

LG: ¿Cuántos cambios ha tenido tu empeño de comunicarte desde Verso Vulgar? ¿Desde cuándo decidiste ser el portavoz de los que no tienen una voz en la sociedad? Que me parece la están consiguiendo de alguna manera.

AC: Desde el momento en que convertí en 1965 toda mi obra poética en prehistoria. Porque yo había empezado a escribir digamos que poemas en 1958 y desde entonces hasta 1965, que en esas edades que van de los catorce a los veintiún años son todo un mundo, así que tenía un montón de poemas en numerosos poemarios. Todo eso desapareció para dar comienzo con Verso vulgar a una nueva estética, que precisamente tiene ese sentido humano y social, porque vulgar significa que pertenece al vulgo, a la plebe, no a que sea algo grosero, inculto, basto, chabacano. Así que toda mi producción literaria se encuadra en ese sentimiento, en esa intención de ser social.

Históricamente, los estamentos o clases sociales han logrado modificar su sociedad siempre a través de instrumentos colectivos, llámense enciclopedias, sindicatos o partidos. Y si analizo la actualidad, veo que es al contrario, ahora en Europa se está destruyendo el estado del bienestar, que se concedió para contrarrestar los derechos sociales tras el llamado telón de acero, esos países de capitalismo de Estado, y que, tras la desaparición del equilibrio mundial entre los bloques, no tiene sentido ya para Occidente. Y en el Perú más de lo mismo, aunque no en el sentido de abolición de un estado del bienestar que nunca existió, sino en el descrédito de los partidos tradicionales, que respondían a idearios programáticos de gobierno, pasando casi todas las nuevas formaciones a presentarse como lugares comunes, genéricos, tan globales que casi están vacíos semánticamente, como todos por el Perú, frente popular, frente amplio, en los que todo peruano puede identificarse. En resumen, hay una desideologización política y una despolitización ciudadana.

LG: ¿Es grande el movimiento literario y poético en Ceuta? ¿Cuál es el espíritu que anima a los nuevos creadores? ¿Qué sentimientos tienen hacia los escritores y poetas de América Latina?

AC: Yo fui visto por Oviedo en Estos 13 como casi un marginal, por Falla en Fondo de fuego como insular, Víctor Fuentes, un español de la Universidad de California Santa Bárbara, me llamó periférico, y finalmente Antonio Melis, de la Universidad de Siena, calificó mi poesía de atípica. Todo eso responde no sólo a que jamás me adscribí a ningún grupo ni me sentí miembro de una generación, quizás porque fui considerado poeta del 70 cuando yo no conocía a nadie del 70 ni tenía nada en común con ellos, más bien yo conocía a casi todos los 60, tanto su persona como su poesía; y eso acrecentó en mí la sensación de ser un anacoreta. Pero en realidad también se trata de mi temperamento, de no ser un alharaquiento, de no hacer muchos aspavientos para ser más visibilizado, que se dice ahora. Más bien creo que la poesía se vive en silencio, en soledad, por eso creo que fui durante mucho tiempo un extemporáneo, alguien que escribía para no se sabe cuándo, y tal vez por eso mismo esa característica bajtineana señalada por cierta crítica en mi poesía, de ser una voz que habla desde la muerte. Y ese aislamiento que se dio en el Perú también se daba en España, así que no puedo hablar tampoco mucho del entorno ceutí.

LG: Volviendo a América Latina, ¿cuál es tu visión sobre los nuevos escritores-as y poetas? ¿Podrías darme algunos nombres?

AC: Por nuevos escritores entiendo los inéditos. Y he conocido muchos, que han venido a mí a través de las redes sociales o que se han acercado a mí en algún acto durante estos últimos años. Unos son muy jóvenes y otros ya no tanto. Pero a todos les he dedicado todo el tiempo que me han requerido, incluso les he prologado sus primeras ediciones. Eso también es fruto de esa función humana y social de mi escritura, porque serán los jóvenes quienes tomen el testigo no sólo mío sino de todas las generaciones anteriores a ellos; en otras palabras, ellos serán los escritores del momento que vendrá. Entre ellos están Jonathan Ramiro Mostacero, Rubén Alcántara, Priscila Reyes, Nick Rosales; nombro sólo a los primeros; porque aunque sigo abierto a atender a quienes me trasladan sus dudas, han sido tantos, que he tenido que dejar de prologar libros para no tener que realizar unos y rechazar otros sólo por falta de tiempo.

LG: Particularmente no creo el cuento de que la humanidad cambiará de milagro de la pandemia, porque no lo hizo con las otras pestes, con la gripe española; creo que lo único que va a cambiar es el incremento de los medios de informática más centrados en lo virtual. ¿Será un triste desaparecer de libros editados?

AC: Totalmente de acuerdo. Aunque es un poco paradójica la situación en el Perú respecto a Internet antes de la epidemia. Por un lado, nadie se fía del dinero electrónico, pero todo el mundo publica sus poemas en las redes sociales; por eso mismo, nadie compra libros con tarjetas bancarias, nadie se fía del pago a través de la red. Por eso también es que Amazon no opera prácticamente en América Latina; y ahora en el Perú existe la posibilidad de hacerlo a través de BiblioManager, una plataforma semejante a Amazon, de impresión bajo demanda, que se realiza en la imprenta El Aleph y cuyo pedido en teoría hay que hacerlo en SBS Librería Internacional, pero que en la práctica no funciona. ¿Cómo va a funcionar algo que no tiene funcionalidad porque nadie lo utiliza? Así que también en teoría como en la práctica los libros en papel no van a desaparecer, no tienen porqué desaparecer jamás. Lo que espero es que en principio las librerías del Perú se incorporen a la plataforma de BiblioManager para poder vender los libros como impresión bajo demanda, sin necesidad de tenerlos físicamente en sus locales. Eso sería una revolución en el mundo del libro en el Perú. Y si BiblioManager adopta el sistema de Amazon todo sería más simple y directo, hasta con envío a domicilio de los pedidos.

LG: Apuntas hacia el cuidado del medio ambiente. Sí, estoy totalmente de acuerdo, pero Antonio, los poetas se olvidaron de hacerlo, se perdieron en sus monólogos existencialistas y dejaron de luchar por la preservación de la Casa en donde vivimos.

AC: Todo tiene explicación. Siempre se ha dicho que en los textos literarios hay que distinguir el fondo de la forma, aunque eso resulta antiguo. Más bien la creación literaria, también la poética, produce signos, todo poema es un signo, y como tal signo tiene significante y significado; ahora bien, su significante es la concepción artística del poema, lo que se llamaba forma, y su significado es su visión del mundo, lo que se tenía como fondo. Pero dicho de un modo más vallejiano, la estética de un poema depende de su concepción artística, que al mismo tiempo debe depender de la visión del mundo que muestra y ésta dependerá de la ideología del poeta.

Así que no es que los poetas se hayan olvidado de dar voz al pueblo, porque seguirán leyendo que todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él. Lo que ocurre es que ya no prima la creación heroica sin calco ni copia. Dicho de otro modo, se han vuelto portavoces inconscientes y subliminales del neoliberalismo, es decir de un capitalismo envuelto en ilusiones demagógicas, un verdadero populismo, pero que en realidad es el despotismo de la economía más desilustrado que puedas encontrarte. Nada más.

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Cultura

Casa Hacienda Retes: «Tenemos información de que maquinaria pesada pertenece a la Municipalidad de Huaral»

Gabriel Rimachi Sialer

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(Antonio Bazán Velásquez, capilla de Casa Hacienda Retes y PNP junto a la comunidad en Huaral)

El día jueves 02 de julio el director del Museo Arqueológico de Huaral, Antonio Bazán Velásquez, denunció ante el ministerio de Cultura la posible demolición de la capilla de la ex casa hacienda de Retes, considerada por ley como patrimonio histórico de la nación. Esa noche el ministerio de cultura se comunicó con el señor Aldo Cotrina, presidente del centro poblado de Retes, para conminarlo a no realizar acto alguno. A las 6 de la mañana del viernes 03 de julio, Aldo Cotrina acompañado de maquinaria pesada procedió a demoler la antigua capilla de la casa hacienda de Retes, donde ahora se levantará un centro comunal.

El Ministerio de cultura nos envió un comunicado donde se indica que la capilla no forma parte del patrimonio por no hallarse “dentro del área”, pero, consultando con la especialista Dr. Sandra Negro, entendimos que es imposible desvincular esta estructura del “todo” que la tipología de la casa hacienda define.

Ante nuestras publicaciones, la Municipalidad de Huaral y algunos funcionarios intentan confundir a la población mediante algunas páginas web donde incluso mencionan que Lima Gris «se ha rectificado». Esto resulta anecdótico y revela el nerviosismo de los funcionarios de las instituciones encargadas de velar por el patrimonio cultural. Acá recalcamos que Lima Gris en ningún momento se ha rectificado sobre la destrucción de nuestro monumento histórico. Hacemos un llamado a la comunidad de Huaral para que no se deje sorprender con publicaciones que intentan confundir a la opinión pública. Este tipo de manejo de los medios para desinformar nos recuerda a la época más oscura del fujimontesinismo.

Conversamos entonces con Antonio Bazán Velásquez, director del Museo Arqueológico de Huaral para conocer más sobre este delicado tema y las medidas que se tomarán al respecto.

Hemos recibido un comunicado del Ministerio de Cultura donde indican que la capilla de la casa hacienda de Retes estaría a 80 metros de la casa principal, y no forma parte del conjunto histórico, por eso mismo, no se le considera patrimonio.

Eso es completamente falso. A mí me gustaría saber quién es el que ha elaborado ese comunicado porque, para que exista alguna responsabilidad sobre lo que se afirma, debe existir algún nombre de alguien que se responsabilice. Sabiendo quién lo ha elaborado, sabremos si ha sido un especialista, y si ha cometido un error pues debe ser inmediatamente denunciado porque todo funcionario público está sujeto a las leyes.

¿Por qué es que, dentro de la resolución del INC no se considera a la capilla como parte de la ex casa hacienda de Retes?

Para hacer la declaratoria de un bien cultural se debe empezar por la solicitud de declaratoria que, en el año 2008, realizó la municipalidad, y pareciera que quienes estuvieron a cargo de la responsabilidad de declaratoria han obviado por algunas razones que desconocemos, la carga histórica que tiene Huaral y lo han obviado, pero eso no quiere decir de que no esté protegido por ley. La identificación y el registro de nuestros bienes culturales es un libro abierto en el Ministerio de Cultura. No está cerrado. Siempre hay nuevos hallazgos, nuevos descubrimientos, y en este caso esto se sabía desde hace muchos años, pero el Ministerio de Cultura nunca se ha manifestado al respecto, porque no solamente hemos solicitado el trámite para la casa hacienda de Retes sino también para la de Pasamayo, de Huando, de Cuyo, etc., que no poseen la protección del Estado porque no cuentan con esa declaratoria.

Según dicta la ley, los municipios están en la obligación de velar, promover y difundir el patrimonio arqueológico, histórico y artístico que se encuentren dentro de su jurisdicción, y esto incluye inversión económica para tal fin. ¿Cuál es la ayuda económica que han recibido para el mantenimiento, conservación, puesta en valor, investigación, etc. de parte de la Municipalidad de Huaral?

No recibimos ningún tipo de ayuda, ni económica ni moral. Ni de la Municipalidad de Huaral ni del Ministerio de Cultura ni de ninguna otra entidad estatal o privada.  Este es un trabajado que realizamos ad-honorem, no somos asalariados del Estado. Por ello en más de una ocasión hemos tenido que salir a enfrentarnos a las autoridades que desconocen el valor histórico de nuestro patrimonio.

¿A qué le atribuye usted esta actitud tomando en cuenta que estamos a menos de un año de celebrar el bicentenario?

El señor Aldo Cotrina dice que recientemente ha sido elegido presidente del centro poblado, pero esa directiva es una pseudo directiva, porque no tiene personería jurídica y, es más, todos los terrenos que se encuentran en Retes aún pertenecen a la Cooperativa Agraria, por eso mismo no poseen el saneamiento físico legal por el cual la Cooperativa, que ya no está en funciones, haga entrega de sus tierras para que estas obtengan los beneficios de ley. El Estado no puede invertir sobre propiedad privada, y por eso mismo Retes no cuenta con agua, desagüe, veredas, pistas y una serie de cosas que le faltan. Entonces, si las tierras están a nombre de la Cooperativa de Retes, es ilógico que exista una directiva del centro poblado porque ¿qué administraría si no tiene nada como pertenencias? Sin embargo, esta directiva, a través del señor Cotrina, ha estado pidiendo dinero casa por casa para contratar maquinaria pesada para la demolición de la Capilla. Por eso mismo nosotros hemos enviado alertas y comunicaciones a todas las instancias: el Ministerio de Cultura, la viceministra, el área de patrimonio, la arquitecta Chiquilín, a toda esa jerarquía el informamos de nuestra preocupación por la demolición de la Capilla, porque nos habían informado de su demolición, pero el ministerio de Cultura tomó esto a la ligera. Nos hemos tenido que quejar con la arquitecta Chiquilín por esta actitud tan ligera y ella manifestó que ya se había oficiado al Gobierno Regional y a la policía cuando el Gobierno Regional no tiene oficinas en Huaral y sus oficinas están en Huacho. Después de exigir una medida más pronta, ellos programaron una visita para el día lunes 06 de julio, pero el viernes 03 por la mañana la capilla fue demolida. Ahora, tenemos información de buena fuente de que esta maquinaria pesada pertenece a la Municipalidad de Huaral, es decir que el señor Cotrina habría coordinado con algún funcionario de la municipalidad para que demuelan ese inmueble. Estamos esperando finalizar las investigaciones para realizar las denuncias correspondientes.

La Dra. Sandra Negro explicó en una entrevista que la Capilla es parte inherente de la casa hacienda porque forma parte de un todo arquitectónico ¿Cuáles son los criterios con los que el Ministerio de Cultura define qué es o no es parte del patrimonio histórico del Perú?

Yo agradezco que hayan consultado con una persona especializada en el tema, que además ha brindado una respuesta muy concreta. Lamentablemente el personal que elaboró ese expediente de declaratoria no ha estado bien preparado para reconocer el legado cultural que existe aquí en el valle. Ahora, aquí nos han visitado también destacados arquitectos y restauradores de ICOMOS como José María Gálvez Pérez, Silvia de los Ríos, y hemos estado trabajando coordinadamente con el arquitecto Miguel Guzmán de la universidad Ricardo Palma. Tenemos pues el conocimiento de profesionales en el tema, que se respalda con evidencia gráfica como las fotos aéreas de 1940 y 1945 o las informaciones de Max Uhle en 1908 que registró algunas casas hacienda. Tras el terremoto de 1940, la capilla sufrió fuertes alteraciones y tuvieron que construir una nueva, utilizando la edificación antigua como un almacén. Recordemos que Retes fue uno de los centros algodoneros más importantes del Perú. Lo mismo ocurrió a partir de 1971 cuando se crean las cooperativas agrarias que funcionaron hasta inicios de los 90. La investigadora del Ministerio de Cultura, Olinda Villa Estévez halló un cementerio al interior de la Capilla.

Hallan cuerpos de soldados de la guerra de la independencia, con sus uniformes e implementos…

Así es, por eso es que yo no entiendo la actitud de las autoridades y de la propia municipalidad de querer hacernos creer que no es importante la antigua capilla, que no está dentro de la ley, que no está declarada, que no es patrimonio. A mí me gustaría que la municipalidad se pronuncie formalmente y explique qué piensa de la demolición: fue o no un atentado de lesa cultura, hay o no culpabilidad funcional, hay o no responsables de la demolición o simplemente no les importa.

Me comentó que alrededor de las zonas consideradas patrimonio existe un área que se conoce como “de amortiguamiento” ¿cuánto en metraje corresponde para este caso? ¿dentro de este metraje se hallaría comprendida la Capilla?

Estamos hablando de un área mínima de 100 metros, aproximadamente, alrededor del inmueble. Pero eso tiene que ser aprobado. Lo que tiene que hacer la oficina de patrimonio histórico es enviar a su especialista, trazar una poligonal, plasmarlo en un plano y este ser aprobado mediante una resolución directoral para que tenga valor legal. Ese es el procedimiento.

Huaral no puede darse el lujo de perder su memoria histórica. A diferencia de otros lugares, Huaral solo tiene un lugar de referencia histórica vinculada a la gesta emancipadora del libertador San Martín, que es la casa hacienda Retes. La demolición de esta capilla es el reflejo del grado de educación y desconocimiento de la sociedad.

Aquí un video sobre lo que viene sucediendo en Huaral.

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