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Unión Civil: Religiosos contra los derechos de los gais

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Lo que más me apena de este traspié en aprobación de la ley para la unión civil es la conducta de muchas personas religiosas, que han celebrado de manera oronda y ufana -arguyendo haber salvado a la familia y a los niños- el hecho de que un grupo de personas no haya conseguido la igualdad de derechos que goza la mayoría.

No conformes con el triunfo, han despotricado contra la comunidad gay en las redes sociales, insultándolos, humillándolos y haciendo comentarios totalmente chatos y obtusos respecto al porqué no deberían -nunca, jamás- gozar de igualdad ante la ley.

Yo podría comprender la violencia en las personas que son parte de una secta evangélica, pues sus pastores son, generalmente, personas cuyos fundamentos religiosos se basan estrictamente en una interpretación personal y sesgada de la biblia, una pieza de literatura fantástica escrita hace más de dos mil años para una sociedad primitiva, y en un contexto muy diferente al que se vive ahora, pero lo que de verdad me duele es escuchar los comentarios de muchos católicos –miembros de una iglesia en la que crecí, participé y a la cual aprecio mucho- cargados de violencia, odio e ignorancia, denigrando a las personas que tienen una orientación sexual distinta, sindicándolos como desviados, inmorales, como aberraciones de la naturaleza o seres anormales, y zanjando la equivocada decisión del Congreso de la República bajo el argumento de que se ha cumplido la voluntad de la mayoría, como si la igualdad y los derechos dependieran de eso.

Me apena, porque parecen olvidar que los católicos primigenios persistieron en el amor a su Dios bajo la intolerancia de un imperio cruel, que los degradó al nivel de animales, los persiguió, humillo, torturó y degradó cada vez que tuvo la oportunidad. La iglesia católica fue construida por el sacrificio de mártires, hombres y mujeres que prefirieron arder o ser devorados por leones hambrientos antes que negar su amor a la entidad que afirmaban como su creador, (dios) y fueron por mucho tiempo una minoría oprimida, clandestina, que rezaba a escondidas y se reunía en alcantarillas y sótanos, que vivía encerrada sin poder confesar lo que sentían, sin poder declarar abiertamente el amor al dios que adoraban, y porque, al igual que la minoría que ahora rechazan y condenan, también tuvieron que luchar políticamente para ganar un espacio dentro de la sociedad.

Me apena la actitud de los católicos frente a la unión civil porque, a diferencia de otras iglesias y sectas, los católicos tienen como pilar de fe las enseñanzas de Jesucristo, que dedicó su vida a la prédica del amor y la igualdad ente los hombres, que nunca rechazó a nadie que lo buscara y que, víctima de la intolerancia, fue condenado y asesinado por el mismo pueblo que alguna vez lo alabó.

El Kerigma (nombre que recibe la pasión, muerte y resurrección de Cristo) debería representar un acto de amor sin precedentes de un ser al que dicen adorar, un acto de amor que debería guiar la conducta de todo católico, pues es parte de la regla de oro que Jesús dejó a sus discípulos: el amor, el perdón, la unidad, el amor al enemigo (o a los que son diferentes a nosotros). Y sin embargo pareciera que esta regla se evapora cuando se trata de dos personas de un mismo sexo que lo único que desean es poderse amar (no el sentido carnal y concupiscente que los fieles católicos ventilan actualmente en las redes sociales, sino de forma espiritual) y poder contar con derechos civiles esenciales, iguales a los de las parejas heterosexuales. No solo se evapora esta regla cristiana, sino que se tuerce de forma ignorante, responsabilizando a las personas gais de la posible extinción de la especie humana (vaya tontería, hay más gais ahora y nuestra especie sigue creciendo de manera exponencial), de la propagación de enfermedades terribles(la diabetes, el cáncer, la tuberculosis y el SIDA no distinguen orientación sexual) y de ser el precedente para la legalización de otros actos “impuros”, como tener relaciones con animales o niños (Como si un perro o un niño pudiera firmar documentos y tener uso de la razón para ser parte de un acuerdo civil).

Tales insensateces serían rechazadas de forma tajante por el Dios (uno y trino) al que dicen adorar, y deberían ser rechazadas también por los líderes de la iglesia, aunque he visto con hondo pesar que son estos líderes los que están azuzando la violencia y fomentando la intolerancia. Soy consciente de la que la práctica de relaciones homosexuales es algo que la iglesia no puede aprobar de ninguna manera, ya que son defensores del ideal romántico de la familia (un hogar compuesto por padre, madre e hijos, para asegurar la subsistencia de la especie), pero ello no significa que deban librar una cruzada para privar de derechos esenciales a los que no quieran calzar en ese ideal, marginándolos, hostigándolos y denigrándolos como seres humanos al calificarlos de “abominaciones”, al señalar que no nacen homosexuales sino que se hacen por desviaciones y errores. Un católico, un verdadero católico, debe aprender a tender puentes y fomentar la tolerancia, o mejor aún, la comprensión, el perdón y la salvación, sin oprimir a la gente que consideren “descarriadas” bajo la óptica de su moral. Un verdadero católico sabe que su fe no solo se basa en la biblia, sino en la tradición y en el catecismo romano, el Fidei Depositum, que es el documento que el magisterio usa “para conservar y explicar mejor el depósito de la doctrina cristiana”(Juan Pablo II, Oct 1992). De este documento puedo citar un párrafo muy importante que aprendí en la adolescencia:

2358: Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Debe ser acogido con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta.” (Catecismo de la iglesia Católica, tercera parte artículo 6-II)

Si ello no fuera suficiente, todo católico debería recordar las palabras del magisterio en el concilio del Vaticano II, buscando resolver lo que llaman “el problema del hombre:

“Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes” (Constitución pastoral Gaudium et spes, Concilio del Vaticano II, 1979).

Por esto, me cuesta mucho comprender la soberbia y virulencia de personas católicas que, se supone, son parte de un cuerpo espiritual que, en todo momento, debería valerse de la comprensión y el amor al prójimo que su dios les inculcó cuando hombre en la tierra, y, lejos de censurar y calificar a los demás, deberían dar una mano y luchar porque esta minoría goce de los mismos derechos, empezando por el derecho de poder amarse, que es lo que más necesita este mundo en tiempos tan terribles como los que vivimos actualmente. Lo que dos hombres o dos mujeres hagan en su intimidad no le corresponde a un católico juzgarlo, de eso se encargará su dios en el momento dado, en un lugar muy lejano a esta tierra caótica en la que vivimos y en la que debemos de tratar de convivir fomentando la unidad y la integración. Es difícil superar las diferencias, pero he ahí la verdadera trascendencia de nuestra humanidad. Yo espero, de corazón, que los católicos puedan encontrarse en los textos de su iglesia, como yo me encuentro en ellos cada vez que los leo y recuerdo mi antigua vida como cristiano. Pero, si es que fuera difícil y su corazón se empantanara, nunca olviden leer, todas las noches, la primera carta a los Corintios, capítulo 13, versículos 4-7: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

De eso se trata. #UnionCivilYa

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