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Lima 01.20 / BAR ‘PALERMO’, EL ASERRÍN ILUSTRADO

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1.
Lima entonces, era una ciudad que trasnochaba o amanecía en sus convulsos años cincuenta. En ese entonces, la avenida Nicolás de Piérola, en el centro de la ciudad y conocida por los lugareños como la «Colmena» -antes que Camilo José Cela habitara en su propia «Colmena»- era un acrisolado bulevar donde la modernidad y la elegancia caminaban de la mano en medio de una arquitectura que se construía ante la imperiosa necesidad de establecer una urbe cosmopolita.

En aquel entonces, Lima consolidaba una identidad urbanística única. Y sus gentes eran esos limeños que se paseaban por esa Colmena Izquierda -llamada así desde la Plaza San Martín hacia los rumbos del Este-, pasmándose cada día con los nuevos establecimientos de luminosos escaparates, los flamantes restaurantes de neón, sus estrenados cafés de espejos centelleantes y todos sus rostros y todos sus personajes y todos sus sonidos.

Al llegar al Parque Universitario -frente a la antigua casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos- que le había otorgado ese título estaba situado un edificio de seis pisos de rasgos adustos. Era el hotel Colmena en la mismísima vía; hospedaje obligado para los inéditos limeños de nuevo cuño, habitantes precisos del estrenado tiempo de la creciente capital peruana. En las amplias tiendas del primer piso del hotel y gozando de cierto prestigio ya, el «Café y heladería Palermo» era parada necesaria para hacerse de una legalidad y prez -exigencia propia que la quisquillosa Lima solicitaba a sus coterráneos-, amén de un momento de contrapunto social y unos cremosos helados, más para el espíritu que para el propio cuerpo.

Los inmigrantes italianos que llegaron al Perú desde el siglo pasado y masivamente después de la Segunda Guerra Mundial, se distinguieron en Lima por establecer sus comercios con aquellas esencias de su fibra peninsular: las pastas y facturas, las helados escrupulosamente batidos y por cierto, sus panes y pasteles generosos.

La familia Cocchella era de la zona norte de la península italiana, gente trabajadora pero ocasional. El padre de los Cocchellas había llevado con esmero el negocio del «Palermo» y el hotel, pero sus intereses mayores estaban puestos en la industria metálica. En el verano de 1950, el respetable señor Cocchella, agotado de tiempo, colocó muy a su pesar un aviso en la vitrina principal de la cafetería: «Traspaso tienda, precio moderado». Y esa ya es otra historia.

2.

Shinjo Kuniyoshi y su esposa Matsu Arashiro, después de observar con sosegada calma sus primeras 24 horas que pasaron en Lima aquel año de 1929 y luego de la travesía inenarrable de 58 días que los trajo desde Okinawa en el Japón, tomaron la decisión más trascendental de sus vidas: aquí nos quedamos, se dijeron y los dos agregaron solo con el pensamiento y la mirada en ese mismo instante: hasta que la muerte nos separe. Dos hijos habían quedado en Okinawa, dos hijos que luego murieron en la gran guerra y que nunca volvieron a ver a sus padres porque don Shinjo había prometido, al cabo de cinco años, regresar en mejor posición económica. Y desde ese mismo día en el Perú, el joven señor Shinjo pasó a llamarse Santiago y la joven señora Matsu tomó por nombre el de Margarita, ambos flamantes vecinos de las rumorosas y festivas calles porteñas del Callao.

Antes, muchos años antes, otras familias okinawenses se habían establecido no solamente en Lima sino a lo largo del valle del Alto Rímac al centro, en las valles de Chancay al norte y Cañete al sur. Casi todos, trabajaban en las duras y fatigosas faenas campesinas. Los que se quedaron a vivir en la capital, al principio como pequeños comerciantes ambulantes y ayudantes, se repartieron con familias y amigos, en los barrios del Cercado, La Victoria, Breña, Rímac y los Barrios Altos. Pero para ese entonces, los años cuarenta, ya se habían hecho de pequeños negocios, básicamente la conducción de reducidas bodegas, peluquerías, bares y cafés.

Los Kuniyoshi no tardaron en fundar una encomendaría, especie de breve almacén, en la industrial y transitada Plaza Unión a donde se habían mudado con el fruto de sus primeras ganancias. Para Santiago Kuniyoshi, luego de los ingratos sucesos de 1940-1945 y que los afecto de sobre manera, la tienda no le fue ajena. Muchos de sus paisanos, convertidos en expertos comerciantes y luego de administrar el reconocimiento general por sus sacrificios, esfuerzos y superaciones propias, no dejaron de apoyar a la emprendedora familia Kuniyoshi que ya para esto había ido creciendo, también generosamente, con el nacimiento de diez hijos.

3.

En «El Palermo», don Santiago Kuniyoshi inició el conocimiento de otro tipo de clientes. Todos llegaban a sus mesas de riguroso traje, cargados de libros y papeles, atados a conversaciones exaltadas e interminables que al principio él no comprendió. Pero don Santiago tenía otra facultad a parte de su palmaria tenacidad, le gustaba escuchar y mirar a los ojos. Así, cayó en cuenta que estaba al frente de una clientela clasificada. Cierto, su establecimiento se ubicaba frente a la universidad de San Marcos, la más prestigiosa y antigua de América. Cierto, estas personas eran distintas a aquella que lo frecuentaron en la encomendaría de la Plaza Unión. Cierto, era muy cierto entonces que había que tener otra aptitud y otro ‘trato’ porque don Santiago estaba de acuerdo con esa máxima que aprendió muy bien y que decía que el cliente siempre tiene la razón.

El aprendizaje fue su acto mayor. Entonces de un tiempo para adelante, al regresar a su casa de la avenida Brasil, su esposa y sus hijos, observaban a don Santiago leyendo profundamente extraños libros, enigmáticas revistas, indescifrables documentos que el cuidaba que extrema reserva. Eran las publicaciones que sus nuevos amigos, aquellos que habitaban el universo de sus dominios, le prestaban u obsequiaban luego de sesudas y grandilocuentes explicaciones. Don Santiago no tardó en cambiar. Así se hizo más reflexivo. Si antes pasaba como un tipo silencioso y de palabras exactas, ahora parecía más bien un monje tibetano, confundido como un cliente más en una de los apartados, tratando de explicar el mundo a sus nuevos amigos que él llamaba «los pensadores».

Entonces, uno de sus hijos, el que más lo seguía, que también se llamaba Santiago y que ya asumía las responsabilidades que exigía el enorme «Palermo», descubrió el origen de aquel cambio. El señor Kuniyoshi, había descubierto el casi inexpugnable universo de una buena parte de la intelectualidad peruana. Y ahora, el joven Santiago, había comenzado a seguir los atrevidos pasos de su padre. «El Palermo» era un establecimiento amplio, el más grande que se recuerde en la zona. La atención era esmerada pero nada especial en los servicios de la cafetería, el restaurant y el bar.

En su primeros años, sus 22 mesas familiares, alfombradas de aserrín y tatuada por la efervescencia nocturna, albergaban casi las 24 horas de día a un conjunto que reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de la Universidad Católica, la mayoría procedía de las Facultades de Letras y de Derecho. Pero también eran clientes conspicuos, toda la feligresía periodística, porque hasta allí llegaban, al cierre de la edición, toda laya de gente de prensa: redactores y reporteros de La Prensa, La Crónica y El Comercio, los diarios más importantes de aquel entonces.

4.

El lugar, atraía por varias razones que no eran por cierto el decorado y su escenografía. Era un café y bar como otros cualesquiera que existían en los predios de la universidad, el Parque Universitario o la Plaza San Martín. No obstante, la apacible contemplación que observaba don Santiago y sus hijos, la solícita atención que practicaban los mozos –Broncano, Linares y Vitelio– y que satisfacían las exigencias más extravagantes del clientelaje sin mayores dramas, era el encanto que trasuntaba ese «Palermo» de los años cincuenta. Porque los que llegaban con suficientes reservas económicas, podían ver sobre su mesa una buena botella de pisco peruano; los que lucían un presupuesto regular lograban atiborrar su espacio de cervezas y cigarrillos; los que mostraban exiguos recursos alcanzaba a tomarse algunas tasas de café; y los otros, aquellos que caminaban con los bolsillos vacíos, pues nada, se sentaban sin ser molestados y miraban pasar las horas y el mundo rodar.

De repente se observaba en agitadas reuniones, juntos pero no confundidos, al novelista José María Arguedas y al maestro Raúl Porras Barrenechea, a los poetas Alberto Escobar y Francisco Bendezú, al estudiante de historia Pablo Macera, y al pedagogo Oscar Franco. A los periodistas Pedro Alvarez del Villar y al crítico y poeta Augusto Salazar Bondy. Al filósofo Víctor Li Carrillo y al estudiante de derecho Félix Arias Schreiber. Al sociólogo Aníbal Quijano y al narrador Eleodoro Vargas Vicuña -en el 55, recién llegado de Arequipa-, al poeta Juan Gonzalo Rose y al historiador Emilio Choy, al cuentista Oswaldo Reynoso y al crítico de cine Hugo Bravo, a las estudiantes de Letras –casi musas–, Esperanza Ruiz, Nícida Coronado y Evalina Gayoso.

Todos, jóvenes personajes de un gran fresco que podía retratar la convulsa cultura peruana de los años cincuenta, años de la férrea dictadura militar del General Odría. La mayoría, asistentes en fervorosa procesión desde el leyendoso Patio de Letras de la Universidad de San Marcos. Otros, en sistemático ritual académico -los poetas Pablo Guevara, Leopoldo Chariarse, Washington Delgado y el escritor Julio Ramón Ribeyro-, llegaban en grupos acicalados desde los claustros de la Universidad Católica y atiborraban el lugar con su irrecusable deseo de descubrir el Perú de las ideas y de los dédalos políticos de su coyuntura. Encontraban, quién lo duda ahora, en «El Palermo», la libertad que no encontraban en los espacios universitarios que la sociedad peruana les había entregado para su continuidad.

Así el mítico «Bola» rejuraba que en uno de los baños había estrechado su diestra –y su siniestra también– al mismísimo Ernesto Guevara, antes de ser el «Che» y antes de ser «El Comandante», cuando estuvo de paso a la revolución y en moto. Y contiguos a otros escritores y poetas en ciernes, y junto a otros sublimados artistas de las letras y la plástica, y observados y comprendidos por la familia Kuniyoshi que los albergaban, inmigrantes también a su manera, componían un apasionado mosaico con esos otros parroquianos, la mayoría de clientes, foráneos en Lima, llegados desde el interior de las provincias del Perú a tomar posición en una geografía propia como ajena.

5.

Cierto, «El Palermo» se fue convirtiendo en capilla y catequesis, en aula alternativa y universidad de la propia vida. Aquel fue su atractivo y su pudor. Su exclusivo clientelaje sabía bien que ahí iba a encontrar a sus congéneres, a esos seres que vivían preocupados por el origen de las cosas, por la explicación de los fenómenos totales y por el fondo y la forma estética con qué explicar que la vida existe de otra manera. Así, se tejían los diálogos profusos y cotidianos, triviales o trascendentes, triunfales o dramáticos, amargos o hedonistas. Y en cualquier momento hacía su ingreso un gran maestro o un irreverente poeta, un profundo filósofo o un cultivado periodista, un anecdótico pintor o un fulgurante novelista, todos reunidos en ese café y bar limeño que el tiempo convirtió en sala magna e institución.

En medio de esa bohemia y tertulia, la familia Kuniyoshi, don Santiago y sus hijos mayores, protagonizaron una función normativa. Se los respetaba como ellos respetaban el resplandor de las ideas que en esas mesas de «El Palermo» adquirían categoría de fe teológica. Se los respetaba porque el joven Santiago y su hermano Julio, en los años siguientes, persistieron en esa mutua atención y tomaron la posta dejada por el fundador de aquel lugar entrañable para artistas, pensadores y políticos, desde aquellos tiempos de los primeros años de la década del cincuenta. Porque Santiago y Julio, en tiempos posteriores –ya existía el piano que era tocado por el maestro Freddy Ochoa cuando «El Palermo» era ya un snack bar–, con su proverbial protección, apoyaron y animaron publicaciones, presentaciones de libros y hasta respetuosas ceremonias para festejar un cumpleaños o la llegada o despedida de algún hijo ilustre de sus mesas.

Suele decirse que el gran poeta peruano Martín Adán fue el primer limeño certificado que inauguró la lúdica costumbre de asistir a «El Palermo» en las épocas de los italianos al final de la década del cuarenta. Le encantaba el tiempo detenido y el sordo estruendo de las ideas silentes y musicales –según confesión de parte–, y porque incluso en su horas más frenéticas –que las había sobre todo los fines de semana– era un simple y confuso bar, pero donde nadie lo molestaba ni interrumpía el discurrir de sus imágenes poéticas que escrupulosamente dejaba escritas en finas hojas de servilletas y que el mozo Broncano guardaban con sumiso respeto y para la posteridad.

Igual fervor habitaba en los sentimientos del notable pintor Víctor Humareda, quien todas las noches y mucho más en los años ochentas, se acercaba con su carga briosa de colores remojados en los vinos de su mundo cromático y secreto, a domar sus demonios y a contarle cada vez una historia distinta a Julio Kuniyoshi. Así, los espacios del mítico bar, albergaron en su momento a casi todos los militantes de la llamada «Generación del 50», constructores de una revista emblemática: «Letras Peruanas». Allí también se forjaron grupos y movimientos, los más importantes, aquel de los prosistas del grupo «Narración» en los años sesenta y su revista del mismo nombre.

6.

Un lustro más tarde, en casi la misma mesa, irrumpió con su sibilino universo integral el movimiento poético Hora Zero y todos sus manifiestos y toda su zarabanda de lúcidos locos tiernos. Y «El Palermo» de la familia Kuniyoshi, en aquel apasionante interregno, pertenece a la infinidad de páginas libres de la literatura peruana. Su nombre y su influencia se lee en la novela de Julio Ramón Ribeyro «Los geniecillos dominicales» donde los protagonistas, todos jóvenes iconoclastas y al mismo tiempo revolucionarios e incendiarios, traman cambiar el universo al calor de sus ideas y en el esplendor de sus cervezas.

Y ha quedado escrito también en célebres poemas, en cuentos y otras novelas como el marco de referencia de otras épocas, como registro vivencial y generacional –la llamada Guerra Fría, la Revolución Cubana, la muerte del poeta guerrillero Javier Heraud, la Revolución Cultural China, las revueltas de París y Praga, el Chile de Allende y Pinochet y el Perú, desde los fastos de la dictadura odriísta, pasando por la anémica gesta demócrata de Belaunde y hasta la revolución del General Velasco– en otras estatuas del tiempo. A Julio Kuniyoshi, en la lejanía de los años, le compitió la ingrata tarea de cerrar el capítulo de un ilustre pasado de este mítico café-leyenda. Fue una noche de noviembre de 1989 cuando se bajaron definitivamente las puertas metálicas de «El Palermo».

Cuarenta años habían pasado desde aquella vez cuando don Santiago o Shinjo Kuniyoshi había encendido las luces majestuosas de sus aposentos que iluminaron con su calor y resplandor a más de una generación de intelectuales, escritores y artistas, y que alguna vez escribieron en alguna de sus mesas, los versos abrumadores de sus vidas y de sus frescas presencias con las cualidades de los espejos de la memoria. Yo recuerdo de niño ese fulgor y los estruendos que escapaban desde las entrañas de sus mesas del fondo y me preguntaba qué era aquello que se defendía con tanta pasión.

7.

Era «el café de los ensueños», decían que decía mi padre, también activo concurrente y emisario de las influencias que de aquel «Palermo» se tejían para el mito. Después, hasta su barra llegué ya de adolescente a pedir una copa de pisco para el frío de la nueva vida, un picante cebiche para agarrar fiereza digestiva y una cerveza fría para soportar mis primeras calenturas ante la sensualidad de las partes ajenas. Años más tarde, en 1973, mi voz se hizo ronca porque ya instalado en una de sus mesas, y con otros jóvenes poetas del movimiento Hora Zero, gritaba cada vez más fuerte por las tardes, alto gritaba con los puños y de noche, para que el planeta oiga mi templanza y ahí ha quedado su filo y su ternura para rendirle este homenaje.

Pero no solo Friedrich Nietzsche, «más allá del bien y del mal», también desde su antiguo amor a la sabiduría no corrompida, aparecía Ortega y Gasset, y hasta el nirvana como fuente ideológica del fascismo germano, era el fuerte de Arthur Schopenhauer, en los gritos de Jorge Pimentel o Juan Ramírez Ruiz o Tulio Mora o Enrique Verástegui, jóvenes aún, entre los puchos de la vida y los cigarrillos prestados y las medias botellas de pisco Vargas y los capachos bien remachados. Kant se enfrentaba al general Velasco y la Reforma Agraria a Garcilaso.

Así Kin Novak era más mujer que Laura Antonelli o al revés y Gladys Arista decía ser más fiel que Cuchita Salazar. Y recitábamos a Thomas Nashe, poeta impuro del mil quinientos: «Una flor es la belleza, que se marcha y se consume…El polvo ha cerrado los ojos de Helen, es hora de morir estoy enfermo: Señor ten piedad de nosotros». Así, a las cuatro de la mañana, apagábamos la luz del «Palermo» y todos nos íbamos a dormir con Helen. Y así lo recuerdo.

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