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EL OTRO SENDERO

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En mi familia la religión siempre se mantuvo cercana. Nunca la buscamos, sino ella se acercó a nosotros camuflada entre la casualidad y la coincidencia. Mi abuelo echó unos cachuelos durante su juventud en el seminario de Juan Luis Gonzaga de Ica y luego llegó a Lima, a pasar tiempo con los Salesianos. De ambos aprendió sobre la fe y la doctrina, virtudes que puso en práctica tiempo después, en los cuarentas, cuando de regreso a su tierra, trabajó como capataz para el servicio de caminos del Ministerio de Fomento, encargado de construir la el tramo de la carretera central que unía la sierra con la selva, entre Tingo María y el Boquerón del padre Abad. Tras la larga jornada de trabajo en campo, mi abuelo solía reunir a los indios y peones para leerles la biblia y revelarles la palabra de Dios. Durante los fines de semana, se tomaba un momento de la mañana para celebrar una sentida para liturgia.

Los peones le pusieron Mishu, que era el derivativo huanuqueño de la palabra española “Misionero”. Llegaron a tenerlo en alta estima. Mi abuelo se ahogó en el río Marañón, embravecido por las lluvias, al querer recuperar el bolso de una señora. Dejó a una esposa joven con dos hijos de menos de tres años a cuestas y uno más en camino.

Años después, cuando mi padre llegó a la pubertad, mi abuela se empezó a ganarse la vida lavando la ropa para los curas en el seminario conciliar de San Teodoro de Huánuco. Como favor adicional, los curas –españoles todos ellos- dejaron que mi padre hiciera los deberes del colegio en sus salones y ganara unas monedas pasando la escoba y manteniendo el orden. Después de unos meses, el sacerdote Mateo Diez le ofreció la posibilidad de quedarse para tener la posibilidad, a futuro, de ordenarse con ellos, pero mi abuela no quiso saber de perder a nadie más en su vida, y se marchó a trabajar a las haciendas de las afueras de la ciudad con sus tres hijos. Ya en lima y cumplida su mayoría de edad, mi papá volvió a tener la oportunidad de trabajar en el Arzobispado de Lima, cobrando la renta de las propiedades que la iglesia tenía repartidas por Lima, incluso la propiedad de un tal “Tatán”. Consiguió, además, un pequeño cuarto y el trabajo adicional como conserje en un edificio en Tambo de Belén, cortesía de unas monjas del Monasterio de Santa Rosa, unas manos benévolas que lo mantuvieron a salvo de la impiedad limeña.

En mi casa, desde pequeños, tuvimos el hábito de leer la Biblia todas las noches, se iba a misa los domingos y fiestas de guardar bajo amenaza de arresto y multa y, de vez en cuando, papá solía leernos la Historia Sagrada y la Biblia de los niños de Piet Wörn. Teníamos también un libro de oraciones para infantes, un librito minúsculo de color morado, en el cual podíamos escoger plegarias al azar para agradecer por algo específico noche a noche. Cuando cumplí los once años empecé a servir como acólito en la Iglesia. Un nuevo sacerdote jesuita había llegado, y decían que era rebelde de pensamiento y firme en sus convicciones. Cuando unos amigos del barrio me presentaron al cura recuerdo que me pidió, como único requisito para servir a Dios, ser un buen hijo y ayudar en casa, cosa que hacíamos desde siempre –bajo pena de arresto y multa-. Entonces mi hermano y yo quedamos unidos al grupo de acólitos más numeroso que jamás he podido ver en una iglesia.

El padre, por supuesto, me deslumbró por completo. Ya me deslumbraba mucho la sabiduría de mi madre, el conocimiento y los libros que mi padre atesoraba en su gran biblioteca, pero en el sacerdote pude ver por primera vez una demostración magna de inteligencia: Hablaba latín, inglés, francés, portugués e italiano, tocaba el órgano con maestría, y tenía en su cabeza una infinidad de citas textuales a las que solía acudir cuando tenía que explicarnos algo. Tenía la costumbre de citarlas siempre en el idioma original en el que las había leído, y lo traducía de inmediato al castellano. En las tardes, luego de la oración vespertina, solía mostrarnos fotos y recuerdos de su vida en Roma, ahí aparecía, joven y entusiasta, al lado de Juan Pablo II y otros notables obispos de una iglesia que a la que entonces la consideraba libre de toda mácula; aparecía también con Teresa de Calcuta y algunos miembros su orden. ¿Qué hace un sacerdote así en un lugar como este?, me preguntaba a menudo. Y así pasé los años cargando mi sotana negra, mi cíngulo y mi sobrepelliz, que el cura nos dejaba llevar a casa para remendar, lavar y planchar antes de toda misa, intentando contagiarme del entusiasmo y la devoción con el que el cura solía hacer todo en su vida. Empecé también a interesarme en las encíclicas, en los concilios y otros textos religiosos que explicaban de forma muy profunda la mística católica.

Pero el tiempo y la adolescencia fueron alejándome de la sacristía y mermando mis ganas de pasar una hora escuchando el disco repetido de todos los domingos por la noche –en el día me levantaba tarde-, y empecé a torcer el rumbo que mis padres me tenían destinado, cambiándolo por un poco de relojeo en el parque y las primeras pitadas al cigarrillo camuflado en alguna calle mal iluminada. Habría que sumar que mi interés por la lectura me llevó a tocar textos que confrontaban con procaz inteligencia todo aquello en lo que yo había creído desde siempre: la semilla que me habían sembrado desde niño. Recuerdo que no quise confirmarme, que las últimas veces que fui a la sacristía peleé con mis compañeros por tonterías y que empecé a enfadar demasiado al cura. Entonces decidí retirarme, antes que ser retirado.

No quise confirmarme, y mis padres pusieron el grito en el cielo y gastaron sus más viles amenazas para que no hubiera un hijo hereje en casa –siempre pensando más en el qué dirán de los vecinos que en mi propio juicio-. Y a pesar de las amables exhortaciones de mis tíos, que decían que no podría casarme si no me confirmaba, y de mis tías, que me decían que hiciera un sacrificio por mis padres, me empeciné en no hacerlo y dejé de ir a la preparación que daban en mi colegio. No recuerdo muy bien quién fue la persona que finalmente me convenció, pero para cuando acepté confirmarme la preparación estaba muy avanzada. Sin embargo, el sacerdote del barrio aceptó darme una clase intensiva. Me preguntó si lo hacía por mis padres y le dije que sí, entonces me dijo que en realidad debía hacerlo por Dios. “No estoy convencido de que Dios sea verdad, padre”, le dije. Volví a pensar en eso cuando el obispo me metió una pequeña bofetada en la iglesia, como lo hizo con el resto de mis compañeros de colegio, mientras mi padrino se cagaba de la risa.

Tiempo después, el cura jesuita fue destacado a una Iglesia mucho más pequeña y vieja, “un nuevo reto para su notable labor”, dicen que dijo el párroco miembro del Opus Dei, que lo veía como una amenaza; otros dijeron que se fue en medio de terribles calumnias que –conociéndolo- no eran más que infundios de viejas sin vida que majaban su pecho de rodillas frente al altar, pero sin una pizca de Cristo en ellas. Poco antes de marcharse el padre recibió una golpiza de unos supuestos ladrones. Le dañaron la rodilla para siempre y desde entonces tuvo que usar un bastón para soportar su cojera. Entonces preferí no complicarme la vida y olvidarme de Dios, su injusticia y todo eso que se supone no es su culpa y que no tiene remedio. Seguí mi juventud y tomé distancia por completo de todo aquello, hasta casi convertirlo en algo parecido a un sueño.

Por supuesto que mantuve un rezago de fe durante mucho tiempo, un rezago que se alimentó de la necesidad de mi madre de creer que había algo esperándola cuando la enfermedad hubiera terminado con ella. En sus últimos años la llevé a misa empujando su silla de ruedas y, otras veces, recibí en casa al nuevo sacerdote del barrio, que llegaba a darle la comunión cuando la enfermedad le impedía a mamá ir a la iglesia. La semana antes de que falleciera recuerdo que envié un email pidiéndoles a mis amigos que iniciáramos una cadena de oración por ella. Por supuesto y como era de esperarse ante tan mezquino emplazamiento, recibí mensajes totalmente sentidos y palabras muy nobles de amigos y gente que con todo amor sé que rezó por ella.

Mi madre murió tras tres días de agonía por un infarto al miocardio. Para entonces había perdido la pierna derecha y tenía unas terribles heridas que estaban comprometiendo la izquierda. Le hacían hemodiálisis tres veces a la semana, sufría de incontinencia y su ceguera era casi completa. Por las noches a veces le caía sangre por la nariz de forma incontrolable –nunca puedo olvidar mis manos intentando contenerla- y otras veces perdía la razón por pequeños colapsos hipoglucémicos, lo cual le impedía hablar y reconocernos. Yo recibí su muerte como al acto más piadoso que una cadena de oración pudo hacer por ella. Cualquier otra circunstancia hubiera resultado simplemente la satisfacción de un acto enteramente egoísta, que era el de anhelar que ella permaneciera con nosotros a pesar de todo su sufrimiento. Un año después, para la misa de honras, mi fe había muerto por completo. Hay quienes piensan que es debido a la muerte de mi madre, porque desconocían la lucha que había cargado durante años, pensando en cuál es la verdad y el camino a seguir. No pretendo hacer aquí comentario alguno al respecto de esa disyuntiva, pero sí confesar que no ha habido nada más difícil en mi vida que dejar la religión de lado, cortar un cordón umbilical al que estuve atado casi toda mi vida. Todavía me recuerdo en las noches rezando sin querer hacerlo, y sentir esa incomodidad y culpa que recorría mi cuerpo al pasar frente a una imagen o iglesia sin persignarme. Quitar de mi boca palabras como “Dios no quiera”, “Dios mediante”, “gracias a Dios” y consolar el luto de las personas con palabras más profundas que “ahora has ganado un ángel”. No ha sido solo un ejercicio de rechazo –en absoluto, sino de un nuevo e interminable aprendizaje. Y aunque parece a todas luces un camino de soledad, no es sino todo lo contrario. Ya no remanece en mí la idea de que Dios está conmigo, sino de que yo estoy conmigo mismo, en completa y perpetua conexión con mi pensamiento y –perdonarán el tonito coelhiano- con el mundo que me rodea. Haberme liberado de la esperanza de otra vida después de la muerte me hace vivir esta con más intensidad, pues considero esta vida como única y finita, y el provecho que pueda sacarle a cada momento me parece sustancial. Pero, por encima de todo, valoro mucho haberme librado del juicio y la amenaza, de la idea de obrar con bondad para no recibir la condena divina, sino hacer lo debido en base a mis convicciones y mi propio criterio, alimentado de la humanidad que dejan en mí la lectura y los pocos pero nutridos pasatiempos que tengo.

Hay días, como este, en que la vida se pone cuesta arriba, el mundo se vuelve injusto y me hace recordar aquellos tiempos de la infancia, y el legado de mi padre y de mi abuelo. Todavía conservo todos los libros religiosos en casa, sin bien ya no recurro a ellos como fuente, sino como complemento. Las señoras de la hermandad a veces dicen que he torcido mi sendero y que estoy extraviado, que no debo esperar a que la adversidad me golpee para voltear mi cara hacia Dios. Siempre les sonrío con amabilidad. No les cuento, por supuesto, de mi infarto, de aquel momento cercano a la muerte en el que me sentí completamente libre y ante el cual aguardé mi final sin miedo alguno. No elevé ninguna oración ni pensé en el cielo o el infierno, y me sentí libre y pleno, satisfecho de haber llevado una buena vida y sabiéndome amado.

No morí, por supuesto. Y aquí estoy, listo para seguir caminando.

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