Cultura

Chilina: el puente de las despedidas

Un artículo de Por: Hélard Fuentes Pastor

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Por Hélard Fuentes Pastor

Hay puentes que acortan la distancia, incluso con la misma muerte, y no se trata precisamente de un portal hacia otra dimensión, sino de 562 m de hormigón y una altura siquiera comparable al Bellavista en San Martín con sus 58 m, lo que ha dado lugar a que Arequipa cuente con la vía urbana más larga de todo el país y el cuarto puente de mayor longitud, después de Loreto, Madre de Dios y Ucayali. El llamado Chilina, inaugurado en el 2014 con el nombre de «Mariano Melgar Valdivieso», se ha convertido también en el puente de las despedidas o del último adiós por el alto índice de suicidios o intentos registrados en estos últimos años.

Arequipa, a la fecha, es una de las ciudades con mayor índice de decesos por suicidio y muchos de estos escenarios, sumamente dolorosos, han tenido lugar en el enigmático puente de 48 m de altura. En los últimos años, uno de los acontecimientos que ha conmocionado a la región fue el instante en que el médico Miguel Abril Barreda, detuvo la marcha de su vehículo en el arcén del puente Chilina, y, sin pensarlo dos veces, descendió de su camioneta y brincó por la baranda al vacío. A la semana, otra víctima tuvo aquel trágico desenlace consternando a los transeúntes. Los motivos son múltiples y personales, pero conducen a una problemática mundial: la depresión.

Un reporte del diario La República de julio del 2018, registró desde el año 2014 un total de 19 personas que se han quitado la vida en las alturas del Chilina. No obstante, un reportaje de Dany Chirme para la revista El Búho, dio a conocer que, entre el 2016 y 2022, la suma era de 94 casos y por cada uno de estos, la tentativa de suicidios se aproximó a 20. Un número, sin duda, estremecedor que socava la estabilidad emocional de los arequipeños, quienes están exigiendo a las autoridades mayor vigilancia y el enmallado de dicha vía.

En ese sentido, no se debe manifestar indiferencia a una problemática que desde otrora es un asunto público, quizás lo que ha cambiado es la manera de atender aquellos casos, pues una mirada al suicidio en tiempos del virreinato estaba marcada por los conceptos rígidos de la moralidad, como bien menciona Pedro Rada y Gamio (1950), en la sociedad colonial era “el más horrendo y raro acontecimiento”. En la actualidad sigue siendo un momento difícil, impactante, pero lamentablemente ya no es un “raro acontecimiento”, lo cual resulta preocupante ya que corre el riesgo de ser normalizado en los imaginarios sociales.

Por ello, también es importante destacar la significativa cifra de muertes que se han evitado con la intervención oportuna de los efectivos de la policía, serenazgo y ciudadanos comprometidos con el bienestar social de nuestra ciudad. Si bien muchos usuarios de las redes sociales han dado en rebautizar al puente como «de los suicidios», del mismo modo se ha convertido en un testimonio de sensibilidad, humanidad y muestras de fraternidad entre los arequipeños. Un asunto que muchas veces pasa desapercibido porque, naturalmente, ante las malas noticias, nos gana la frustración, la desesperación y el pesimismo.

En el siglo pasado, un escenario que también preocupó a la ciudadanía fue el histórico puente Grau, con muchos registros a lo largo de su historia, o, el puente Simón Bolívar ―conocido como «de Fierro»―, de donde presuntamente se precipitó una mujer y un niño cuyos cadáveres fueron hallados en el río, según lo notificó el diario El Pueblo en 1912. Asimismo, el intento de suicidio de Manuel Rivera en mayo de 1914, que tras impactar con el suelo sufrió varias lesiones, tal cual ha pasado en esta última década, por ejemplo, una mujer gravemente herida en el 2016 y un joven que sobrevivió de milagro en el 2019. Los dos últimos intentos en el enigmático Grau.

La realidad nos lleva a pensar que tanto el puente Chilina como el Grau y de Fierro, son puntos de atracción y concentración de dicha energía. Una nota periodística de 1929, advierte que los “suicidios están de moda” y que el puente de Fierro “ha resultado el Patíbulo de los desesperados” (Juan G. Carpio. Texao 2019: T. VI, 163). Precisamente, un ciudadano de nombre Emilio Carbajal Fernández, se encaminó a dicho lugar con la intención de terminar con su vida, felizmente, fue socorrido por el guardia Crisólogo Rubio, que encontró en el bolsillo de su pantalón la siguiente inscripción: “Arequipa 28 de octubre de 1929. En esta fecha me voy a la gloria, aburrido de mi pobreza y al no soportar más, me voy yo, y por haberme despojado de mi mujer”. No fue el único caso. Ese mismo año y mes, una muchacha identificada como Nicolasa Guevara falleció al caer sobre el cauce del río Chili. 

Cada una de estas historias revela lo vulnerable que es la vida y nos conduce a múltiples reflexiones, a la imperiosa necesidad de atender la salud mental de los habitantes ―de los peruanos en general― ya que vivimos en un país donde día a día se acentúan diferentes crisis, desde aquellas que tienen que ver con la planificación y economía familiar, el desarrollo personal o profesional, la enfermedad, hasta las de carácter social y cultural que pueden llevar a patologías depresivas. En consecuencia, el Estado a través de sus instituciones debe ofrecer un soporte psicológico que brinde herramientas para que los ciudadanos lidien de mejor manera con los procesos afectivos emocionales, inherentes a todo ser humano.

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