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UN ATAÚD CERRADO

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Escribe Rodolfo Ybarra

Escribo esto con mucha tristeza. No me amilana la muerte. Es más, es casi una compañera inevitable, un viejo naipe de la baraja española. Pero siempre nos sorprende y más cuando se lleva a alguien cercano o a un amigo. Y a este dolor a veces tenemos que sumarle el hecho que a veces no hay cuerpo que enterrar o, en el mejor de los casos, hacerlo a cajón cerrado.

La primera vez que estuve en un velorio a cajón cerrado fue en mi otrora colegio “República de Argentina” cuando murió quemado mi compañero de carpeta Emeterio Vilca, un niño pobre provinciano que ayudaba a su mamá ambulante y un día prendiendo un primus le explotó en las manos y agonizó por varios días. Su ataúd cerrado fue llevado al colegio para darle su última despedida. En ese tiempo, yo era un niño y no entendía mucho de un entierro, solo sabía que a Emeterio Vilca nunca más lo volvería a ver. Aún le debo un cuento o quizás una novela.

La segunda vez fue en 1992 cuando un sobre bomba acabó con la vida de nuestra compañera Melissa Alfaro Méndez, todavía recuerdo la despedida en el diario Cambio y las palabras y los escritos que muchos dejamos sobre su féretro. Yo, incluso, le escribí un poema que dejé pegado en el periódico mural “El Vendaval” que colgaba en un pasadizo de la escuela en san Felipe y que, luego, nuestra Asociación de Poetas Aedosmil lo incluyó en el nro. 2 de su publicación en noviembre de 1992.

La tercera vez fue con nuestro amigo Josemári Recalde. Exequias en las que no participé porque la tristeza terminó por derrumbarme. Solo atiné a escribir como loco un largo ensayo que titulé Ensayo de Sol y que se lo dediqué a JR por todas las cosas que tuvimos que pasar y los proyectos truncos y porque yo estuve con él uno o dos días antes de que el fuego devorara su cuerpo y parte de sus poemas escritos a puño limpio.

Ayer 29 de septiembre me tocó otra vez despedir a un hermano con el cajón cerrado. Nuestro amigo Percy Hinostroza se ahogó en el río Monzón y su cuerpo fue hallado un día después. Y para más dolor, el cajón vino envuelto en varias bandas plásticas impenetrables sobre la que varios cófrades derramaron sus lágrimas. Solo atiné a pedir un plumón y empezar a escribir sobre el féretro de nuestro amigo. Luego le pedí a los poetas presentes que hicieran lo mismo y que cubrieran de poemas ese ataúd.

Y es que velar a un ser querido, en un ataúd cerrado, es un dolor inconmesurable, es la nada, el vacío, una pared final en la que ni siquiera puedes tener la certeza que está ahí la persona que dicen que es. Solo queda cerrar los ojos, imaginar y mantener viva la esperanza de volverse a ver y porque solo estamos aquí de paso. Y es algo que, casi siempre, se nos olvida.

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Adiós, querido amigo, Percy Hinostroza. Que la tierra te sea leve. Aquí nos quedamos para seguir haciendo las cosas que nos planteamos desde la adolescencia porque, como tú lo dijiste, “todo fluye” y hay que seguir. La poesía no puede parar. Salúdame, por favor, a todos mis amigos, hermanos, familiares y demás seres queridos, que tutelan estas letras que ahora salen de mis manos. Y porque la eternidad es también un verso y una lágrima es una despedida.

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