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Río turbulento y mar agitado (La correspondencia de José María Arguedas con Emilio Adolfo Westphalen)

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Emilio Adolfo Westphalen. Fotografía de Herman Schwarz

(Lacorrespondencia de José María Arguedas con Emilio Adolfo Westphalen y un libro de desmemoriada memoria)

Cuando en 2011 se cumplieron cien años del nacimiento de Arguedas y Westphalen el Estado peruano no se dignó siquiera dedicarles oficialmente el año del onomástico, pese a que se trata, desde perspectivas diferentes, de dos de los mayores representantes de la literatura peruana.

Arguedas sobre todo desde una narrativa (y algo de poesía) con una mirada hacia los Andes y con un castellano plagado de quechua, y, además, un trabajo antropológico que lo llevó a reafirmar la realidad cultural del mestizaje. Westphalen desde un asumido cosmopolitismo, una poesía de vena y tradición surrealista y un impresionante trabajo de editor, con revistas que han dejado huellas imborrables en la cultura peruana. Estos dos hombres, estos dos creadores, a pesar de sus enormes diferencias de visión de mundo y de estética, fueron amigos durante décadas. Y, precisamente, la correspondencia entre José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen reunida bajo el título de El río y el mar (Fondo de Cultura Económica, 2011) nos introduce en la intimidad de una amistad de treinta años, entre 1939 y 1969; una amistad profunda e irrenunciable de dos hombres nacidos en 1911 a los que, en principio, todo separaba.

Son 57 cartas, la mayoría de ellas escritas por Arguedas. En la primera de ellas, fechada en Sicuani el 9 de enero de 1939, Arguedas plantea las bases de su común amistad: “creo conocerte bastante, aprendí a estimarte mucho en los últimos días que estuve en Lima; tú y Enmanuel (Manuel Moreno Jimeno) eran los únicos que quedaban de esa gente que hubo antes, a los otros les perdí todo afecto desde hace tiempo” (p. 45).

Ya desde esa primera carta, el autor de Los ríos profundos, se muestra duro e implacable en la crítica. “Lima es un antro” -dice- y manifiesta sentirse feliz por haberla dejado, pero eso no lo lleva a idealizar el lugar donde está viviendo, Sicuani, donde se dedica a la enseñanza secundaria. Le molesta la ignorancia que lo rodea: “La indignación y la rabia se apoderan de uno” -escribe- y luego con ácida ironía le cuenta a Westphalen: “El Director de mi colegio me preguntó de qué año era ese alumno Calderón de la Barca, cuando leyó este nombre en el programa del Día del Idioma”. (pp. 46 y 48). Arguedas muestra desde ya no ser tan dulce y campechano como a menudo lo han pintado sus adoradores. La verdad es que es extremadamente crítico con sus contemporáneos y con el país en el que le tocó nacer y del que varias veces quisiera escapar para afincarse en Roma (“es la ciudad donde más me gustaría vivir”) o en París. Para muestra de la dureza de su crítica a los intelectuales de su tiempo basta un botón: “¿Leíste el artículo de Estuardo Núñez sobre el sentimiento de la naturaleza en la nueva poesía del Perú? Yo no sé quién es más bruto: el que lo escribió o quienes lo publicaron. A mí ni siquiera me da náuseas, sino que me molesta…” (p. 49). Y atacando de frente a quienes no comprenden la poesía de Westphalen, Arguedas arremete el 16 de julio de 1939: “…toda esa carroña escogida de pequeños literatos, tienen incapacidad mental para entender nada de lo que verdaderamente es arte” (p. 54).

Años más tarde, en carta del 23 de noviembre de 1951, prosigue en esta misma vena de crítica implacable: Y en términos similares ataca, por ejemplo, a Sebastián Salazar Bondy: “Su vanidad es mucho más grande que cualquiera de sus virtudes, las que corren el peligro de desaparecer devoradas por esa vanidad que le hace suponerse absolutamente perfecto y superior a todos ‘los de su tiempo’” (p. 88). Confieso que no me esperaba semejante virulencia en un hombre que se confiesa frágil, sentimental y emotivo, que se muestra muy inseguro de sus propias capacidades tanto como antropólogo que como narrador y que se queja a menudo de sus depresiones y otros problemas psicológicos. Al contrario de él, Westphalen ya había dado muestras de su tendencia a reaccionar violentamente a través de sus acciones provocadoras con los surrealistas y, por ejemplo, en sus artículos para la revista El Uso de la Palabra. En carta del 23 de agosto de 1939, por ejemplo, Westphalen llega a decir de un artículo de Serafín Delmar, poeta con pretensiones vanguardistas: “El bacín y la caca al fin acaban por unirse” (p. 60).

(Lee el artículo completo en la revista Lima Gris N°7) 

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