Es difícil encontrar un amigo. Alguien que escuche tus desvaríos, o sólo te acompañe a caminar una noche. Hay algunos buenos amigos que, como Andrés, están muertos. ¿Puede que el libro que dejamos caer de las manos sea el amigo que nos salve del suicidio? Cuando oí algo de Andrés todo hacía suponer que se trataba de algún maldito (ahora que es normal proclamar falsos héroes y matar a otros, a uno le entra los escrúpulos). Sus fachas estrafalarias y medio hippies, no dejaban alguna duda. Pero había que leerlo, había que conocerlo. Invitarlo a bailar, caminar con él.
La historia dice que vivió en Cali, que al segundo intento logró matarse, pero que murió tranquilo, feliz, porque dejó alguna obra. Porque, como decía, le puso una fecha a la muerte, para que no lo venciera, para vivir intensamente y no envejecer, no olvidar, no menguar su furia. Aunque en vida llegara a decir que nunca sería un escritor, que nunca llegaría a nada, atravesó ese filtro por donde se fuma la leyenda.
Dicen, también, que sexualmente era híbrido, odiaba el humo del cigarro, pero le encantaban las rumbas, mejor aún si sonaba Ray Barreto; que leía a Borges y criticaba el realismo mágico; que se enamoró de dos hermanitos, muy pequeños, y que por eso casi lo meten preso; que su novia lo dejó, una, dos veces; que ingirió más pastillas de la cuenta (lo suficiente para bajarse a un elefante); que viajó a tierras yanquis cargando un guion bajo el brazo, pero fracasó y terminó de consumirse en las drogas; que creía en fantasmas y vampiros; que amaba a Poe: «Odio mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad, odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas».
Caicedo le pertenece a los jóvenes, porque siempre quiso escribirle a ellos. A ese grupo medio voluble y rebelde, que lee en los baños, que lee en las clases de matemática, que busca una voz, que llena las calles, las academias, universidades, el mundo y que grita, suda y quiere, sobre todo, sentir.