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Mario, la luz no se extingue

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No fuimos amigos. Me habría encantado serlo. Cuando lo conocí por los afanes del Mundial Rusia 2018, me sorprendió su inmensa y natural empatía. Divertido, lleno de anécdotas, sin distancias ni vueltas. Había hecho un peregrinaje alucinante hasta Moscú. Cruzó como un aventurero todas las fronteras que fueron necesarias en una combi que partió desde Bélgica. Y contaba esa historia con una gracia y una simpatía inigualables. Pero era mucho más que una persona con encanto. Era un camarógrafo todo terreno, conocido, respetado y querido en el ambiente periodístico. El imprescindible camarógrafo de raza que sabe ir detrás de las historias junto al reportero de calle.

En su adiós me apena también que con él se va, demasiado pronto, el camarógrafo que se está perdiendo como se pierde el periodismo de batalla. Las imágenes no se recolectan, se buscan, se eligen, se construyen, se captan. Y para eso hay que tener pasión, hay que amar lo que se hace, hay que arriesgarse, hay que meterse donde sea y como sea y hay que hacerlo con la cámara al hombro, hay que sentir que el ojo más valioso es el que mira por el visor. Ese era Mario Tarazona. Por eso siempre tenía una historia para contar.

En mi recuerdo quedó marcado el orgullo que él tenía por sus orígenes provincianos, algo muy valioso en una ruin ciudad como Lima que siempre trata de ponernos en segundo lugar a los que tenemos la suerte de venir del interior. Era de Pomabamba, Ancash. Tenía la pinta de sus ancestros españoles y la estima altiva por sus paisajes, su comida, sus costumbres. He leído unas línea de César Seijas que lo describen con la precisa ternura de un amigo: “Un pomelito a tu salud, un cuycito por la tarde y que tu camino al cielo sea con dicha hablándole a todos de las maravillas de nuestra tierra”. No es necesario añadir más para entender su amor por nuestra sierra.

Conocí a Mario Tarazona por mi querido amigo Lenin Díaz. Ambos compartían el amor por el cine. Lenin me hizo saber una historia entrañable: la película que se puso a filmar Mario. Un western andino. “El fugitivo de los andes”. Un Clint Eastwood del histórico spaghetti western rodado en los andes peruanos. Una hermosa locura que Mario filmó siguiendo el clima de las cuatro estaciones del año porque su guión (y su alma) así se lo exigían. Un loco maravilloso capaz de llevar su pasión por el cine a la realidad sin tener ningún complejo por atreverse a lo que se atrevió Sergio Leone. Si lo había embelesado de niño por qué no vivirlo.

Quienes compartieron oficio, charlas y diversión con él, le están dando el más hermoso adiós que se puede dar: la unánime coincidencia del afecto. Su amigo, el magnífico reportero Percy Guzmán, lo resume de este modo: “Un tipo encantador, donde llegaba caía bien, en cualquier destino del mundo él conocía a alguien, y las comisiones las convertía en una gran aventura”.

En mi caso, sencillamente, me habría gustado ser su amigo, beber unas copas charlando hasta extinguir la noche, como era antes en el buen periodismo. No ocurrió así. Para decirte adiós me presto esta linda frase de Alvina Ruiz, para ti Mario: “Ese encanto y luz que te caracterizaban”.

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