Cangrejo Negro / Eloy Jáuregui

Marilyn Monroe / PIEL BLANCA CON EL DEMONIO ADENTRO

Published

on

Para Paco Espinosa

Fue en el dentista, en el satánico doctor Ruíz de la cuadra ocho del jirón Dante. Ahí donde Marilyn me sonrió por primera vez. Entonces yo, de preciso pantalón corto y de injusto y largo dolor de una sola muela, aferrado con una mano a la de mi madre y con la otra a la página trajinada de la revista Life en español, revista de salita de dentista, de dentista de barrio, la hice mía, a Marilyn y no a la pasada y pesada revista, la hice mía ante el Corazón de Jesús y un letrero solemne: «Silencio». Y silencioso fue aquel connubio entre las nubes de mi primer debut. Porque ese doloroso invierno de los sesenta, Marilyn estaba viva y voluptuosa aunque ya había muerto, estaba vivita y coleando en la gran foto a color y viva ante el soplete de mí mirada pubertosa y cómplice: yo, iniciado en los hervores del amante rito, Marilyn, empezando a erigir su inflamante mito.

Y ya se cumplen cincuenta años de su partida. Que tanto se ha dicho de su vida después que la encontraron cadáver en su residencia de Hollywood aquella mañana del 5 de agosto de 1963, que esa estrella del cine y las fotografías, por supuesto, como que volvió a existir para la vida infinita. Y aquí recupero el aliento y la retrato tal como fue, de cuerpo entero, desde las primeras fotos que se pudieron rescatar de ese ser humano en flamas infantiles, y como la encontró por primera vez, sonriendo y a toda portada, esa vieja revista.

Y cincuenta años no son nada, sí señor, y no hay duelo, en ese cuerpo amortajado en bermejo celofán, porque ella un 5 de agosto, se despidió de todos los ruedos de los reinos terrenales (solita se cortó la coleta dirán algunos) aquella mujer –mitad quimérica hechicera, mitad ángel lujurioso– bautizada sin iglesia al principio por su madre como Norma Jean Baker, acto seguido rebautizada por el que dijo ser su padre como Norman Jeane Moertenson y finalmente recontrabautizada por el sueño fatal del cine norteamericano como Marilyn Monroe, hija putativa de la Fox en contubernio con la sobredosis de soledad.

Llegué tarde para variar, más bien ella apareció temprano, con su lunar equidistante entre el labio superior casi siempre semiabierto y la fosa izquierda de su nariz desfachatadamente latina. Y era latina más que sajona, del alma para abajo. Equidistante entre el deseo y la comezón, el erotismo y la sexualidad, aquel cuadrángulo de las Bermudas, con sus mares de pecas pecaminosas regando el telón de su anatomía desde su lánguido cuello hasta los alfiles colorados de sus dedos inferiores imaginados siempre desnudos, escapando de la piscina, la alberca de mi sueño, esa muerte chiquita de ojo de agua.

Fue a las 9 y 30 de la mañana el día que ella nació hace ya más de sesenta años y su padre no fue el esposo de la mamá si no el otro, el que emergía de vez en cuando de la tramoya, de entre bambalinas, como que así fue su vida, entre tules, sedas, gasas y pieles sobre su piel. Y era rubia a pesar de sus enemigos -quién demonios no tiene enemigos en estas canchas del Señor- una delicada rubia sin hogar, sin esquelas ni permisos. Dicen sus biógrafos que desde que tuvo uso de razón mantuvo una imagen del padre que hubiera querido tener. Fantasía que después adquirió carne, pellejo y hueso de fotografía y ese retrato no pudo ser otro que el rostro de bigote y sonrisa erectos del Clark Gable, la foto misma que guardaba en el bolsillo trasero de su ya embutido primer jeans para mostrarla a sus pequeñas amigas. «Es mi padre». Y claro amigos y amigas, que después fue el mismo Gable su padre, su compañero, su amante -el viejo y delicioso amante.

Pero fue Hollywood, cuando no, el escenario y set de su vida -y de su muerte física y química. Su madre Gladys ya era experta en rollos, cintas y montajes en una compañía cinematográfica de poca monta y supo de romances en la ficción de su tarea, rodeada de Valentinos pelirrojos de moteles y gomas de mascar en bandolera, de tronos en fuentes de soda donde los emparedados y malteadas eran los afrodisiacos exactos y efectivos para cerrar los ojos y esperar lo mejor de la noche. Su padre -aquel que se supone- también laboraba en la Consolited Film Industries y cuentan que era apasionado con rabia estrella del orgasmo, propia del celuloide, de verdad, un perfecto cameraman sin cama fija.

Y contaba la propia Marilyn, ya entrada en carnes, según versión del siempre curioso Georges Belmont, uno de sus biógrafos de retratos y no su alcalde: «Mamá tenía… problemas mentales. Murió hace algunos años. Mis dos abuelos maternos murieron también locos. A mi madre hubo que internarla en un sanatorio. Recuerdo que una mañana -debía tener unos tres años a lo más- cuando me estaba bañando llamé «mamá» a la mujer que me cuidaba. Ella me dijo que no lo era, que la llamara «tía». También me dijo que su esposo no era mi padre. Para mí fue un choque terrible enterarme de eso». Ya ven, señores fotógrafos, cuál era el origen de ese rictus fatal.

Púber Marilyn entre el registro civil y el polvo de las estrellas. Púber Marilyn después de ser violada a los 9 años. Púber Marilyn el día que se dio cuenta que su verdadera madre era todo menos una persona equilibrada. Y así huyó del hogar y desfiló por las galerías más extrañas de esas faunas familiares de la ciudad de Los Ángeles donde antes de ser ciudadana con generales de ley, no fue más allá de ser una pupila, inocente pupila de un condado del Oeste. Ahí fue procreada Norma o Jane o Marilyn, y fue el parto más feliz de aquellos tres que ya había tenido la madre, sin asistencia y sin rencores. Nació de colecta, masivamente en tono de teletón y hubiera sido una niña rubia cualquiera, tonta y más rubia, pero era Marilyn, hija de padre-fauno -del que otra vez se supone- y en la sangre, su volcánica sangre, corría el legado ardiente de los espermas pater familia, su bandera, sus calzones y sus himnos.

Ser ilegítima no supuso, sin embargo, taras, ausencias ni temores en el campo de los cuerpos. Ese fue su encanto, su perverso y angelical encanto. Ojo que dije que era rubia por arriba y por abajo, no como Madonna azabache del pipute a los pies, y así lo asegura Sam Shaw, su retratista favorito, el que la observó infinidad de veces totalmente calata. Ahí va: «Siempre la conocí rubia. Aún en la foto del escándalo, desnuda en Playboy (Sí señor, con mayúsculas porque me da la gana -la acotación es mía no del fotogenario), era rubia. Por cierto ahí no se ve que es rubia natural, pero nada lo contradice tampoco»  ¿Qué tal?

De algo estoy seguro. Norma, Jeane o futura Marilyn, pasó los primeros 8 años de su vida en su hogar formado en el rigor religioso: la familia de los Bolander. Y esa casa la pintó y arrulló de una agradable apariencia, niña de chupete y ositos golosos. Así aparece en su primera fotografía donde apunta a ser atleta más que otra cosa, menos que descomunal modelo, después actriz. Años más tarde ella misma juraría que no estudió danza y que no quiso ser jamás bailarina, pero uno al ver sus películas y al revolverlas a ver, advierte que tenía una técnica extraordinaria para moverse en la pantalla, aunque supongo, que en otros espacios -sobre todo en los horizontales de seda- tampoco defraudaba.

Otro de sus biógrafos, el tal Maurice Zolotow, memorable guardián del templo de su memoria, refiriéndose a la niña de seis años declara: «Ella ya soñaba en convertirse en una mujer hermosa, que la gente volteara para mirarla por donde pase -Y no va a ser, asegura este cronista no de indias, sí de gringas- (…) se imaginaba andando desnuda por el mundo (…) mientras el órgano de la iglesia tronaba sus himnos, ella sentía un deseo convulsivo de despojarse de sus ropas y avanzar desnuda para que Dios pudiera verla tal como era» ¡Zamarro Zolotow! Sólo a ti se te pueden ocurrir tamañas herejías, pero aunque agnóstico gracias a Dios, te aseguro que te creo.

Y con la depresión norteamericana de 1933, la madre definitivamente aceptó estar terriblemente loca. Norma o Jeane o casi casi Marilyn, se tornó entonces en auténtico personaje de Charles Dickens e inició un periplo de orfanato en orfanato y más orfanatos. No intercambiaba camisetas, en todo caso mudaba fácilmente de camisones. Como quien dice, era huérfana falsa a punto de ser verdadera. Esa fue pues, su prueba de fuego para un fuego que ya se convertía en hoguera gigante o incendio de incesto. El aburrimiento que vivió en esas casas de recogidas la preparó para saber mentir muy bien en los años siguientes. El tedio inexorablemente la adobó para el capricho, y ese capricho posterior se llamó lujuria de pabellón, ardor de camas múltiples y de golosos y arrechos edredones.

Huérfana espiritual, había adquirido paciencia y dominio. Su llanto entonces fue un suspiro que guardó herméticamente para sus hombres del mañana, sus eternos amantes del ayer. Silente al principio, sería estridente más tarde, cuando la lascivia y las ganas trasladaron sus aullidos y gimoteos allende las fronteras alambradas y con clavos de la pasión. No obstante, cuenta Mrs. Ida Bolander -su supuesta mamá sin mamas-, que la niña aprendió sus primeras palabras al observar y por supuesto oír a una señora sosteniendo a un niño de la mano, en el preciso momento cuando el nene engreído ese pronunciaba clarito: «Ahí va mi mamá». Patético o no, Norma o Jeane o Marilyn, olvidó el cine mudo y se mudó a la pantalla de la grita y los espasmos sinfónicos en Fa Mayor.

 Hubo así, un bombero de casco y sin capucha, después policía, buscador de oro en río revuelto, bombero al fin nada ortodoxo,llamado en esos andurriales como James Dougherty, un ilustre reconocido después también en una fotografía, que quiso apagar ese prístino fuego -¡Qué huachafo!- y enamorado sin extinguidor, como tienen que ser los enamorados de fuente de soda, de primitivo rock and roll y casaca tornasolada, la cauterizó con el fuego de sus pecas y en un tris, la hizo mujer casi completa, la cazó, luego se casaron. Y Marilyn, aún no mujer pese a su esfuerzo, aún empleadita ya de tienda al estilo del poeta rabino nicaragüense Ernesto Cardenal, entregó el himen sagrado para el «bypass» del torrente universal de las fantasías, perdón damas y caballeros, de mi fantasía. «Palo pa’rumba» a la manera de Eddy Palmieri citado o sitiado por Agustín de Jesús Pérez Aldave.

Y el Dougherty este, juró y rejuró que al casarse con Norma o Jeane a punto de ser Marilyn, señaló por lo que más quiso, digo yo, que la todavía Marilyn era una perfecta virgen del sol. En realidad no me interesa, al final uno cuenta vidas ajenas -citando al maestro G. Caín, otro fotomachista-, porque a uno le pica el cerebelo y la huasamandrapa. Al final también, quién le cree a un bombero. No obstante, ciento de versiones existen sobre aquella violación sin aborto sentimental, a los 9 años en una casa de adopción, apenas salidita del orfanato, un capullito de alhelí. Miles de versiones que la propia, ahora sí Marilyn, regaba con la pólvora de su lengua, lengua sabrosa y mentirosa, lengua carnosa y memoriosa. Después de todo también, quién le cree a un policía y menos aún llamado James. ¡Vaya al diablo el perrito y la calandria!

Aquella pubertad la llevó a conocer sus primeros chicos con dientes cariados y sin bicicleta contrapedal del barrio. Todos bobos, todos henchidos de un patriotismo-cojudismo barato y muerto casi todos en la gran guerra. Marilyn emanaba antes que sensualidad, sexualidad y ella muy bien lo sabía, como ya lo dije por el otro lado. Cualquier pulóver barato sin ser chillón, hacían resaltar sus primigenias formas afroteutonas -o era que ella resaltaba al pulóver con sus reformas más bien africanas en negativo- y esa su personalidad fragmentada le otorgaban un encanto jamás visto por esos páramos. Y los muy pendejos, jóvenes adolescentes de la caliente palma hermética, descubrían la relación existente entre las apetencias sexuales y las otras estructuras inflexibles de sus hervidas personalidades. Y claro, más allá de la 4ta. avenida, Marilyn era carne viva, pulpa decapitada por los Gillette de los ojos.

Pero estaba escrito que su vida apetecía de películas filosóficas, de filmes metafísicos o de simplemente largos metrajes jamás cortos. Maestra vida o matrona muerte, la Marilyn -aquella que un día, madre dijo que poseía todos los encantos del dolor sin haber conocido la torta de Lesbos-, lo recontrajuro, fue mi estampita de la Virgen del Carmen, patrona de los recursos. Y madre me llevó al cine Primavera cuando este sujeto aborrecía la Emulsión de Scott o el aceite de bacalao -y en esa magistral «La comezón del séptimo año», la conocí tal como era, -Marilyn entonces tuvo movimiento, pero aquel del correr en el fotograma, ustedes me entienden- lechera y poderosa, jodida y candorosa. Y del «rubio ceniza, al rubio platino, al rubio oro, y no habrá más rubio en mi corazón que el rubio Marilyn -que no es un travesti sino la que me gusta a mí- Y a mí me pasa lo mismo que a usted. En ritmo de bolero apocalíptico y en primera fila de cine teatro de barrio.

Pero regresemos al primer marido que la atrapó en el insano musgo sensual de su kinder, aquel que atrapó sus primeros labios recién pintados como terciopelo de juguete y aprisionó con su droga a la joven atleta -ignorante pero joven ¡Oh juventud divino tesoro mío!- porque era James Dougherty, el que no tuvo más que alquilar un traje de etiqueta para la boda sobre el que, un atorrante camarero italiano, derramó un completo recipiente de salsa de tomate. Y Marilyn ahí mismo, moviendo la oster-caderas en una conga infernal, selló el primer pacto -luego fácilmente arrepentido- de amor loco hasta que estalló la guerra, y el pobre James ¿pobre? infeliz y celosazo, se marchó a navegar a otros mares de locura, porque infante de marina fue, y para ella murió esa madrugada como un triste Poseidón desfallecido después de.

Que si fue feliz sexualmente con el bombero telescópico, es asunto que lo tendría que analizar y no anualizar con toda seguridad el onánico Marco Aurelio Denegri. La verdad está en que él era fogoso e incansable (Vr. gr. le decían cinco al hilo como a cierto sujeto que no debo mencionar), aquella unidad entre la bomba y la manguera para el edén de los desatinos. Y Marilyn enloquecía cada vez que escuchaba rock en la radio y en carne de gallina, desarrollaba vibraciones jamás publicadas en un libro. Diez años después de su primera foto en la que posó absolutamente calata, los reporteros le preguntaron ¿Si tenía algo puesto? Y ella respondió: « ¡Oh sí, la radio!».

Pero la primera foto-foto en que apareció retratada casi como lo que iba a ser con el tiempo, fue ésa, cuando ya separada del esposo bombero, luego policía, finalmente infante y ella trabajando en un almacén donde se fabricaban paracaídas, hubo la necesidad estatal de publicitar el heroico refuerzo de las mujeres en paz con la guerra, y ella fue la elegida -supongo en medio de un billón de señoras- para que en overroll ¿estará bien dicho? muestre el detalle. Ahí terminó la casi núbil Norma o Jeane y nació ¡Bendita droga divina, bálsamo eterno! Marilyn Monroe. Diosa en paracaídas que desde el cielo cayó a salvarnos a «Propios como ajenos» – Toño Cisneros dixit-

El fotógrafo no fue el «Chino» Domínguez, más bien se llamaba David Conover -que no es lo mismo como puede usted imaginar ingenioso lector- quien en realidad no miraba más allá de la niña de su lente. Punto canallón y la retrató patriótica inmortal. Fue Peter Hueth más bien, un colega -del fotógrafo y no mío- que se interesó en Marilyn desechando los paracaídas y le propuso presentarla a la agencia de modelos Blue Boook. Cierto, inmediatamente fue aceptada y las clases de modelaje comenzaron como aquel desembarco en Dunkerke. Ella, la inagotable señorita de la cola parada, «era la chica más trabajadora que jamás pasó por mis manos», diría después su profesora Anne Dexter, de hermosos bigotes marxistas en la línea Groucho.

Años más tarde o más temprano, un joven húngaro, retratista de estrellas y su polvo respectivo, y vengador de Adolf Hitler, André de Dienes, tomó la posta envidiosa, la del fotógrafo y la del marido, así dicen las malas lenguas, las lenguas de fuego. Después llegaron las otras agencias y las tímidas portadas de revistas de modas: «Lakk», «Peek» and «See». El vivazo De Dianes a su tiempo, vendió su archivo fotográfico y del corazón -lo único que tenía- a las ya renombradas «U.S. Camera», «Pageant», and «Parade» -venganza poética para una corta relación prosaica- y ya la Marilyn ingresaba en el gran teatro del mundo del modelaje -con una vida nada modelo- y mejor no me quiero acordar.

Fue sin dudas el salvaje pituco Howard Huges aquel misterioso personaje, mezcla de Gorvachov y Robin Hood, quien sin querer queriendo se vio involucrado con la Marilyn -aquella muñeca de la portada y no la chica de carne y carne- en un affaire que el magnate jamás logró entender. Claro, él nunca entendía absolutamente nada, para eso estaba su bragueta de turno. Los diarios hablaron -en esas épocas el ser periodista era lo mismo que ser locutor, con el perdón de Guillermo Giacosa- de un romance frustrado por los berrinches de la modelo, y ya la Marilyn estaba rodeada de agentes y asesoras pero, error de los horrores, su peinado no daba fuego ni juego aunque en aquellos tiempos la apodaban «la bola de fuego», perdón por la cacofonía. ¡Joder! la chapa se lo tuvieron que cambiar.

Agárrense de las manos, así confesó una tarde de agosto un año antes de verse con el Morfeo Final: «En mis inicios la gente se preguntaba qué hacía cuando no estaba filmando. Muy simple: iba a la escuela. Conseguí terminar mis estudios e ir por las noches a la Universidad de Los Ángeles. En el día ganaba mi vida con pequeños roles. En la noche seguía cursos de literatura (Ya no ya «sic») e historia del país y leía mucho a los grandes autores…». Esa sí que no se la creo.

Sin chisme, Marlon Brando, el mantequillista se acostó con ella, Richard Burton se ofreció enseñarle al presocrático Shakespeare. Arthur Miller intentó corregir sus defectos y luego de aparatoso matrimonio cayó en el telón de su propia tragedia. Al fin, sus hombres fueron polifacéticos y lo escrito sobre su vida cuenta que se tornó sádica, ninfómana -¡Ay qué rico!- y alcohólica. Si fuera un cínico del cine fabularía de sus cintas, eso felizmente le queda al buen Lucas Barton, un recordado crítico de los noventa.

Dicen que por las mañanas daba vueltas en su habitación, sin cáscara, al mediodía tomaba un jugo de ciruela negra con una rebanada de queso «cottage» y se prendía de un cigarrillo hasta la mitad.  Todo sin embargo, lo hacía en su baby doll azul, aquel con el que apareció cuando ya era cadáver, un raro cadáver sin nada en el estómago, con algo en las venas, con esa hoguera nada extinguible de su cuerpo y de su alma, mi alma, aquel imposible funeral. Good nigth Marilyn, perdone la emoción y la fotografía de aquella revista Life en español de un consultorio de dentista de barrio. Perdone Marilyn, pero era lo único que tenía en una mano, la otra sólo sirvió para recordarla, hasta ahora.

Comentarios
Click to comment

Trending

Exit mobile version