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En las orillas del Rímac

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Camino por las orillas del Rímac y echo de menos caudales más ampulosos. Pienso en Faulkner y el Mississippi, pienso en Borges y el río de la Plata, pienso hasta en Joyce y el Liffey. Pienso si acaso este río nos ha hecho tan poco desbordantes más su estruendo compensa lo que le hace falta en volumen.

Me detengo en la mitad de un puente y veo (oigo) como el estruendo del río remonta el ruido del ligero tráfico que cruza el malecón en la noche, siento la garúa sobre mi rostro, y pienso, ahora sí, únicamente, en Borges aunque no sé bien porque sigo esa línea luminosa entre la bruma. De inmediato, abstraigo en él, al poeta y con ello empiezo a pensar en el poeta en sí mismo y en la evasión- en la posibilidad- de ser, tan pronto, un individuo y otro, es decir, el constante peregrinar de ciertos hombres como el vidente platense que se pasan la vida migrando entre almas ajenas, prestadas o asumidas como propias.

El temor a ser un individuo cualquiera se presenta intolerable en la vida de todo artista de raza. Quizás por eso, un poeta nunca es más poeta en tanto es asumido por sí mismo como otro. Borges, para ello, es el ejemplo capital y aunque también sería válido citar a Pessoa o a Bob Dylan, se me hace urgente confesar que Pessoa nunca me gustó y que Dylan es demasiado para esta noche ya que sólo espero llegar a mi casa y poner una y otra vez Series of Dreams(The Bootleg Series Volumes 1–3 (Rare & Unreleased) 1961–1991, Volumen 3, Song 16)

Atravieso el puente de Las Lomas hacia Zárate y cavilo, sumido en lo absurdo, que si a un chico de barrio le pasa por la mente ser un forajido basta y pase pero que a un chico burgués -muy bien educado, de apariencia débil, absorto en divagaciones metafísicas, embebido de innumerables lecturas y de exquisitas compañías- se le cruce por la mente ser no sólo uno más entre tantos otros forajidos sino ser de la clase de los eternos infames imperecederos, como muy bien representó en sus fantasías, sólo puede ser justificado por la necesidad de trascender un medio demasiado plácido para su espíritu turbulento pese a la apariencia calmada y a su fría lucidez. Parece mentira que escriba esto, pero veo a Borges como un poeta maldito reconcentrado en sí mismo pero tocado por la misma pulsión que en su tiempo llevó a Villon a ser aliado de las sendas más marginales y a Marlowe , a aprender a escribir con un cuchillo.

Borges más hábil, menos complejo o quizás, solamente unos tantos, más lúcido, prefirió la ruta segura del solo oficio literario. Pese a ello, en sus viajes imaginarios fue el hombre más transgresor que haya conocido. La transgresión de su delicada figura y su monótona existencia es muy clara en la nómina de todos los personajes que inventó y esta puede iniciarse en un brillante teólogo erudito condenado al fuego en esta vida hasta a un miserable asesino de arrabal que halla la oportunidad de ser noble en una noche absorta en la traición pasando por la vasta selección que pueblan su obra y que pueblan, inmortalmente, la mente de todos los que hemos tenido la felicidad de leerlo.

Borges fue reaccionario, apolítico y un gran conservador en su vida cotidiana pero en sus escritos la transgresión existencial es la norma habitual y es lo que conforma su sello particular. Piénsese, por ejemplo, en el tema del traidor y el héroe, en Judas y Jesucristo, etc.

Avanzo sigiloso en la noche iluminado por la luz anaranjada de los postes pero no puedo evitar distraerme y pensar en los modos encubiertos con los que un hombre hace manifiesta su intrincada intención de no dejarse ver por el mundo tal cual es, en estado de completa desnudez espiritual, aun cuando para ello se valga de un oficio tan impúdico y exhibicionista como es la literatura o quizás, precisamente por ello, y por la continua representación de otros yo, acaba dando forma a su interior o será que el exterior de un escritor acaba confluyendo con sus efluvios más íntimos por el sólo ejercicio de la confusión que es el oficio literario.

La noche siempre es un buen punto de partida pero cuando ya no queda nada más que agotar en ella hay que transgredir la nada intransgredida, inaudita e inexplorada que se tiende entre nosotros y el horizonte de los sueños.

Dejo de pensar en estas fantasías, la noche es peligrosa, hiperrealista y entretenida pero yo ya estoy harto de la noche. Lo peor es que no sé si he visto a Borges o si me he visto a mí mismo.

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