Cultura

«La literatura hecha música», por Angello Alcázar

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(Un baile de blues retratado por Miguel Covarrubias,1926)

Aunque he leído un número decente de novelas acompañadas de su respectivo audiolibro, debo confesar que ninguna me ha dado la impresión de que debe ser leída de esa manera con más insistencia que “Jazz” de Toni Morrison (Premio Nobel de Literatura 1993). Pocas cosas son más placenteras que internarse en los cauces de una ficción que, además de estar dotada de un gran poder de persuasión, suena bien. Hay algo en esas frases que encabalgan perfectamente una sobre la otra, fluyendo en un todo coherente y armónico, que solo puede disfrutarse a cabalidad cuando son leídas en voz alta o —mejor— cuando salen de la boca de ese lector que Borges consideraba como el predestinado a descifrar sus contenidos. Y, en el caso de “Jazz”, ¡qué mejor lector que la propia autora!

En el 2008, durante una de sus entrevistas en el programa de Charlie Rose, Morrison reveló que, para ella —y a diferencia de lo que propugnan muchos—, su mejor novela era “Jazz” (1992) y no “Beloved” (1987), zanjando así una duda que había aquejado a sus seguidores durante varios lustros. Inspirada en la desgarradora historia de una esclava afroamericana llamada Margaret Garner que a mediados del siglo XIX asesinó a su propia hija para que no volviera a la esclavitud, esta última obra ganó el Premio Pulitzer de 1988 e hizo de Morrison un nombre de culto en el mundo literario. Sin embargo, según refiere la nobel en la citada entrevista, “Jazz” es superior en la medida en que responde a un concepto mucho más novedoso y complejo de lo que había hecho hasta entonces.  

Por favor, créanle.

Una vez que nos enfrascamos en ella, la historia que cuenta “Jazz” se paladea como un manjar. En el invierno de 1926, Joe Trace, un vendedor de productos de belleza ya entrado en la cincuentena, mata a Dorcas, su amante adolescente; días después, Violet, la esposa de Joe, irrumpe en el funeral de Dorcas y ataca su cadáver con un cuchillo (todo esto ocurre en una enigmática metrópolis a la que la narradora se refiere como “La Ciudad”). En la misma línea que las anteriores novelas de Morrison, los entretelones de ese triángulo amoroso están enmarcados en un puñado de eventos históricos capitales para la población negra de los Estados Unidos. De esta manera, el relato sufre múltiples mudas temporales y geográficas que permiten unir las piezas de los rompecabezas que son las vidas de los personajes.

De un lado, cabe mencionar la Gran Migración que entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX llevó a seis millones de afroamericanos a trasladarse del sur al norte producto de la pobreza y la segregación y discriminación racial que causaba (todavía causa) tantos estragos en ese país. De otro, el movimiento bautizado como el Renacimiento de Harlem que durante los años veinte hizo resurgir el arte negro en varios campos; en varios, pero, sobre todo, en tres: la literatura, la pintura y —casi está de más decirlo— el jazz (cuyas raíces en realidad se remontan al tiempo de la esclavitud).

Ahora bien, como sucede casi siempre en el género novelesco, es en la forma que la materia narrativa de “Jazz” tiene a su mejor valedora. En su prólogo de la edición de 2004, Morrison señala que una de las metas que se trazó fue que en lugar de tratar acerca de las características de la música jazz, la novela se convirtiera en ellas. Y, por extensión, que la estructura fuera igual al significado. Así, el romance, la libertad anárquica, la sensualidad, la oscuridad, la furia, la mezcla de lo secular y lo sagrado, no son los temas de la novela, sino su medio de expresión, y, acaso, su razón de ser. A ratos, la narradora (¿o es un narrador?) pierde credibilidad como ente orquestador de la trama, puesto que los personajes se adueñan de la narración en momentos clave que hacen las veces de los solos de una improvisación de jazz.

Morrison en los años en que trabajaba como editora en Random House.

La prosa de Morrison, desasida de todo rastro de artificio, y ceñida como la poesía, está impregnada de una oralidad que es tributaria del habla coloquial de los afroamericanos. Es esa misma tradición oral que sobrevivió a pesar de los denodados esfuerzos de acallar a sus compositores, que aquí susurran bajo las sábanas, gritan, chillan y cantan. De dolor, de tristeza, de nostalgia, pero también de alegría, y de placer. En efecto, si la palabra “jazz” no aparece ni una sola vez en la novela es porque no hace falta enunciar lo que se es.  

Es por eso mismo que “Jazz” —y, a decir verdad, toda la producción de Toni Morrison— no solo debería ser leída sino también escuchada. Prueba de ello es el maravilloso audiolibro que grabó la escritora para Random House en el 2007 (aquí pueden oír un fragmento). En él, Morrison demuestra que las grandes obras de la literatura no están reñidas con formatos accesibles a todo tipo de público, y, también, que la buena lectura puede transformarse en una actividad que congrega a las multitudes y las hace gozar tanto como un concierto o un largometraje.

A menudo dicen que cuando un aspirante a escritor lee a un gran creador acaba desmoralizándose. Puede que haya mucho de cierto en esa afirmación, pero creo que al mismo tiempo uno encuentra esperanza al descubrir que es posible hacer cosas así de bellas con el lenguaje, y que siempre, aun cuando todo parece indicar lo contrario, hay alguien escuchando. A este respecto, vale la pena recurrir a una de las frases de Morrison: “Morimos. Ese puede ser el significado de la vida. Pero hacemos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas”.

Toni Morrison murió en agosto del año pasado. Me pregunto qué hubiera dicho acerca del homicidio de George Floyd y de las vejaciones que se cometen a diario en ese lejano país del norte cuyas heridas —como las nuestras— están más abiertas que nunca. Y la respuesta llega ondulante, delicada, envuelta en un fraseo licencioso y espontáneo, hecha música. //

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