Cultura

La crisis poética y literaria peruana

A propósito de la presentación del libro Crisis Poética del poeta Harold Wilson

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Escribe: Héctor Ñaupari[1]

Harold Wilson, joven poeta que estudió en el Colegio Salesiano, como Gustavo Valcárcel, Manuel Scorza (que ayer cumplió años), Marco Martos, Tulio Mora, Andrés Alencastre Gutiérrez, llamado Killku Waraka, a quien José María Arguedas consideró el poeta quechua más importante del siglo XX, el colombiano Rómulo Mora Saénz, el nicaragüense Julio Valle Castillo, el español José Hierro, entre otros, nos presenta hoy su libro de poesía Crisis Poética. Tengo el honor y el privilegio de llevarlo a ustedes, lectores, con estas palabras.

Debemos preguntarnos si las crisis son el tiempo para la poesía. Heberto Padilla, el gran poeta cubano mancillado por la dictadura que todavía oprime su patria, escribió Dicen los viejos bardos: “No lo olvides, poeta. En cualquier sitio y época/en que hagas o en que sufras la Historia, siempre estará acechándote algún poema peligroso”. De allí que la poesía sirva para golpear, con gran riesgo para su creador, con el poder que se martilla al enunciarla, al plexo de los peligrosos enemigos con los que nos enfrentamos como ciudadanos, como escritores, como pensadores.

Escribir en tiempos de crisis es también respirar, terminar con el dolor abatido del silencio de las calles vacías, sobreponerse a no ver la luz al final del camino, a resistir una crisis que nos golpea, sacude y cerca, pero sobre todo es no olvidar que siempre “nos queda la palabra” como decía Blas de Otero. Pero hay que ser capaces de leerla, de poseerla y de sacarle todo el partido posible, saboreando la sangre que nos deja en la comisura de los labios al pronunciarla, como lo hace Harold Wilson en Crisis Poética, para no perder la esperanza y sobreponerse, o dejar la piel en la pelea, vendiendo cara nuestra derrota, porque la literatura y la poesía reivindican nuestra capacidad de reconstituirnos como seres humanos, aún si sucumbimos frente a la peor adversidad. “El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”, sentenció el autor de El viejo y el mar cuando todos lo creían acabado. Así, la crisis es el único tiempo que la poesía y la literatura conocen.

Por otra parte, la poesía funciona como una instantánea capaz de recoger en palabras, en un solo vistazo, en un breve golpe de luz, las imágenes que enfoca. Sólo la poesía salva del olvido. Todo poema es profecía y memoria, al mismo tiempo. Una nación, una cultura pueden reconstruir su pasado, presente y futuro, si ésta ha sido devastada, en la medida en que su poesía los reproduce con sus palabras. La Grecia antigua aparece ante nosotros, viva, tras miles de años de desaparecida, porque Homero la retrató con genialidad y brillantez. Dante nos conduce presto y hierático por los infiernos, proyectando el medioevo de lepra, cruzadas y catedrales en nuestras mentes. Walt Whitman pudo captar con sus versos directos la fuerza de las mujeres y los hombres que edificaron los Estados Unidos en el siglo XIX, tanto como Henry David Thoreau el individualismo pacífico, civilmente desobediente, que fue su estandarte, alejado de la ciudad, la industria y sus terrores. Con el Víctor Hugo poeta leemos los labios de la boca de la sombra de su romanticismo parisino, el liberalismo en literatura, según el autor de Los Miserables lo definiera. Sin el poeta Aleksandr Pushkin, rebelde, romántico, mujeriego y duelista, Rusia sería en el recuerdo una gran estepa con cadáveres congelados en el frío y zares crueles, tal como es hoy, por desgracia. Junto a ellos, el joven Harold Wilson escribe sobre el tiempo deslavado y desamparado que le toca vivir, el tiempo de la crisis, cuando dice:

Se me olvidaron algunas cosas:

la decencia entre la ropa,

la vergüenza entre los dientes,

los mensajes en la cama

de los perros solitarios

Pastan verdes azulejos

los que el viejo de mi padre puso poco a poco para saberse más útil.

Por lo tanto, si la poesía peruana no nos permite afrontar nuestra adversidad como nación, si no nos salva del olvido, si no es remembranza y presagio, si no es recuerdo y conjuro, entonces, la poesía peruana enfrenta una severa crisis. Es la Crisis Poética que, entre líneas, Harold Wilson detalla en su libro. Es una crisis de aproximación y análisis de la propia poesía peruana como expresión artística, que toma ciegamente al colectivo, al género, y por último, a la vida pública y política nacional como elementos excluyentes y exclusivos de interpretación de la obra poética de los bardos peruanos, yendo de la revolución cubana a la dictadura velasquista, y de allí a la infame metáfora de “violencia política” (siguen resistiéndose a llamarlo por su nombre: terrorismo) hasta el término, vaciado de todo contenido, de “neoliberalismo”, creyendo que la poesía son sólo documentos de barbarie, negando la creatividad e individualidad del poeta, sus influencias y evolución propia, aferrándose profundamente a sus contradicciones, parafraseando a Wilson.

Otra crisis de la poesía peruana, más grave aún que la anterior, es la ideológica, donde el velo del templo ideológico marxista, todavía mayoritario entre los literatos peruanos, ya rasgado en dos por la realidad, la historia y el criterio de las gentes, está contra el tratamiento de la poesía en particular, ante la amenaza que ya nadie incendie el mundo, pues pretende aplicar las reglas de una doctrina económica fracasada a la creación pura e inmanente, que no tiene ninguna; y una crisis de los propios poetas, la que llamo el “Síndrome Vallejo”: ser incapaces de entender que vivir de la literatura nunca ha sido el propósito último de los que escriben, y que los trabajos alimenticios, además de proveer sustento a los creadores, resultan un insumo insoslayable a la hora de componer sus creaciones, como prueba la historiadora literaria italiana Daaria Galateria en su libro Trabajos forzados, los otros oficios de los escritores. El poeta peruano, como versa magistralmente Wilson, está “cansado de buscar/encuentro el sentido/siempre estuvo entre mis dedos/y yo tan ciego sin saberlo” y es de observar como acomete en forma genial ese síndrome vallejiano en su poema “Trabajar”.  

La poesía peruana está en crisis poética porque sus intérpretes y críticos no la dejan salir del marasmo literario donde la asfixian desde hace sesenta años. Estos sepulcros blanqueados literarios persisten en sus estériles y falsas disyuntivas, como la que se planteaba hace algunos años entre la “poesía social” y la “poesía pura”. El poeta cubano Eliseo Diego disolvió esta falsa querella con bastante fineza cuando dijo que la poesía, si realmente lo es, termina por ser de todos: el buen poema es un poema social por naturaleza; mientras que, por el contrario, un poema cuyo único sustento es el propósito supuestamente social, colectivo o popular de su contenido termina siendo mero simulacro didáctico. Harold Wilson nos muestra que es posible el poema que termina siendo de todos, cuando escribe:

Cuentan bien los muertos

que antes de morir se vive,

que antes de cantar se piensa,

que antes de gozar se muere varias veces,

que antes de bailar se pisa,

que antes de morir se come,

que antes de barrer se ensucia,

que antes de vivir se pierde….

Por enésima oportunidad, los muertos vivientes de la crítica literaria peruana acometen con el manoseado lugar común del compromiso político y la literatura, para clasificar a los poetas, como si fueran costureras proletarias, entre comprometidos y apóstatas, según la década: antes castristas y gusanos, revolucionarios y reaccionarios, como ahora feministas frente a defensores del patriarcado opresor. Olvidan que, desde hace décadas, la política desmenuzó a la poesía y la volvió bastardo panfleto. Allí están, para la historia universal de la infamia poética, de la que forman parte, la Oda a Stalin de Pablo Neruda: “hay que aprender de Stalin/su intensidad serena, su claridad concreta, su desprecio al oropel vacío, a la hueca abstracción editorial” …” “Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos”, el poema Una Canción a Stalin de Nicolás Guillén: “Stalin, Capitán, a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún”. Allí están, para el oprobio literario nacional, el panegírico de Javier Heraud al dictador Fidel Castro, “vi a Fidel de piedra movediza/escuché su voz de furia incontenible hacia los enemigos”, el elogio de Antonio Cisneros a este sátrapa, en su poema In memoriam, “cuando Cuba y Fidel y todas esas cosas fueron peso y color y la fuerza y la belleza necesaria a un mamífero joven”, o el silencio deliberado contra César Calvo, de lejos el mejor poeta de esa generación, quizás porque fue uno de los jurados que no cedió a las presiones de los comisarios del régimen cubano, y no se retractó a otorgar el Premio Julián del Casal en 1968 a Heberto Padilla por su poemario Fuera de juego, que le valió a este último el repudio, la cárcel, la autoinculpación y el exilio.

Si la única opción es considerar a los poetas peruanos de los últimos sesenta años como fieles amigos de dictadores, que mandan en sus países después de muertos; como devotos de otros tiranos que son santones de ex presidentes corruptos y sus hermanos; como feroces mastines o divertidos falderos, según se trate, de las revoluciones de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa en el Perú, ese tratamiento no es la respuesta. Es una afrenta. Si el objetivo de señalar a los poetas peruanos como tristes arlequines de siniestras dictaduras o corifeos de revueltas sanguinarias, en definitiva, ese objetivo no nos representa.

Digamos, por nuestra parte, que el único compromiso del escritor es con su literatura. Para T.S. Eliot se trata más bien de una jerarquía de responsabilidades: “Podemos decir que el compromiso del poeta, como poeta, con el pueblo, es sólo indirecto. El compromiso directo es con su lengua”. Observemos que la lengua es un bien común que incluye no sólo a los hablantes vivos, sino también a los muertos y a los que nacerán con dicha lengua por herencia. Digamos también que si lo que trasciende no es el poeta sino la poesía, pues, a fin de cuentas, es el idioma el que elige a los suyos, es esa manifestación de trascender, ese “volar sin ser humano que me detenga” como escribe el poeta que presentamos hoy, que se ejerce con la individualidad, la creatividad, la pericia, la disciplina y el talento, no con la adhesión al marxismo o a la perspectiva de género, lo que debemos analizar y reproducir.

Por eso es tan importante el libro de Harold Wilson. La poesía es crisis siempre, porque es orden y caos simultáneamente. Porque, citando a Samuel Beckett, “encontrar una forma que exprese el caos, ésa es la tarea del artista actual”. Porque si la poesía actual discute con sus métodos es porque discute fieramente con ella misma, como lo hace Harold Wilson, “es una sombra de miedo que no da miedo”. Es una zona, dentro del lenguaje, de reinvención y, por lo mismo, de inestabilidad, como es sus poemas “Libre luz” y “Polvo/calle/seco/pasto”. Para una lengua la poesía es su gran laboratorio. De ella pueden surgir fusiones atómicas, especies híbridas, nuevos materiales con propiedades desconocidas o monstruosos clones. Allí el poeta es historiador y profeta, protector del cayado y oráculo. Como cuando Wilson escribe: “Se han perdido mis amigos/en el tiempo y en los vasos. He gastado mis palabras sin encontrarlos. Se han perdido los colores/del recuerdo de vivirlos/por hacerme de las letras con las que escribo mi desdén”.

Termino este comentario de esta estupenda obra de Harold Wilson con el autor de El extranjero. Albert Camus escribió en el verano de 1954 una breve colección de ensayos titulada El verano. Y un fragmento de esa obra es imprescindible para los tiempos de crisis y pandemia que vivimos y, creo también, transmite fielmente lo que Harold Wilson nos quiere decir, de fondo, con su Crisis Poética. Dice Camus: “En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”.


[1] Héctor Ñaupari (Lima, 1972). Poeta, ensayista, abogado, conferencista internacional y profesor universitario. Preside el Instituto de Estudios de la Acción Humana. Ha sido Presidente de la Red Liberal de América Latina (RELIAL). Es autor de los libros de poesía En los sótanos del crepúsculo, Rosa de los vientos, Malévola tu ausencia y La boca de la sombra, libro este último que reúne toda su poesía. Poemas suyos han sido seleccionados en breves antologías individuales tituladas Incendio que me envuelve, Toda rama es aire y Salammbo. Publicó los libros de ensayos Páginas libertarias, Libertad para todos, Sentido liberal, Liberalismo es libertad y Por esta libertad en las más importantes editoriales de pensamiento liberal en Hispanoamérica. Ha compilado los libros de ensayos Políticas liberales exitosas 2, La nueva senda de la libertad, y Borges, Paz, Vargas Llosa: literatura y libertad en Latinoamérica. Es coautor de las antologías literarias peruanas Poemas sin límites de velocidad, antología poética 1990–2002 y La hoguera desencadenada, antología poética del Movimiento Cultural Neón 1990–2015.

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