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LA CIUDAD DE LAS TARAS

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La propuesta de adaptar un texto peruano de la década de 1960  a nuestro tiempo devela una triste realidad: en 50 años no hemos avanzado nada respecto a nuestras taras sociales, yo diría que hasta hemos empeorado. 50 años y no haber aprendido nada, eso es grave. Y es la lección que te da esta propuesta teatral llamada La ciudad de los Reyes de Hernando Cortés, dirigida por Renzo Chávez y producida por Renato Rueda y el Taller de  producción Teatral II de la PUCP. Un sabor amargamente realista aderezada con la chacota de ensayo teatral.

La obra arranca tras bambalinas, con la discusión de actores profesionales a la hora de repartirse los personajes (papeles de ministros, empleados, domesticas, etc.), esto  nos hace conscientes a nosotros el público del juego de los roles en el teatro, como en la discusión de los actores en torno a la distribución de los papeles manifestando sus taras personales en relación a la raza, la clase, el género  y  status en relación al rol a interpretar, como a quien le queda mejor el papel de ministro y a  quien de empleada; esto queda más patente en frases segregadoras de común uso hoy como “a ti te calza mejor ese papel (…)tienes sabor, barrio”; cuando los actores  ofrecen darle el papel de hombre machista de callejón al único actor negro de la obra. Por otro lado está la patente denuncia de nuestro bipensamiento, de nuestra doble moral limeña, tan constantemente denunciado  (nos lo restriega tira en la cara por cerca de dos horas ¡y sin edulcorante!) que en lugar de doler ya solo cansa.

La propuesta de Renzo Chávez tiene un comienzo interesante pero un desenvolvimiento algo lento, pesado, no acaba de tomar forma hasta la mitad. Si sobreviven a este escalar de Everest encontraran un paisaje escabroso, que va de lo risible (el encuentro de un nuevo rico criador de perros con un viejo rico criador de caballos) a lo doloroso de los abusos y discriminación de las empleadas domésticas y su lucha heroica como madres solteras en un mundo hostil. No acaba de ser ni comedia ni tragedia propiamente.

La obra de Hernando Cortés escrita en los sesenta es muy postmoderna para su tiempo en cuanto estructura pero la adaptación… yo esperaba algo más millenial (no se menciona nuestra tara contemporánea del Fujimorismo y como adaptación debería estar más que presente, ni tampoco el rollo LGTB que es un elemento diferenciador de nuestro tiempo).

Un aporte algo flojo a la obra es la proyección de dibujo en vivo de David Pimentel, no por los dibujos en sí, que están bravazos, sino porque su proyección se opaca a ratos por la interpretación de los actores según van avanzando en la obra, se supone que la presencia de los dibujos debieran apoyar el fluir de la obra como elemento auxiliar en la narración, pero queda muy relegado, pues apenas le prestaras atención al comienzo o cuando las interpretaciones de los actores caigan en cierta planicie emotiva, salvo eso apenas le darás seguimiento y eso es una pena, los dibujos en blanco y negro, en un formato de tebeo de los setenta resulta muy  interesante pero dentro de la composición de la obra definitivamente no acaba de convencer.

Según la apreciación de la artista plástica y  comunicadora social  P. Holiday, el problema de la obra yace en  que es “muy explícita, descriptiva, además se repite mucho” lo cual le hace menos fluida. Según ella de haber apostado más por la sutileza el mensaje habría llegado más hondo. Porque el tema que trata, el lado oscuro de nuestra identidad limeña es un tema que queda muy patente, demasiado,  pero que como tal va más allá del género, de la raza, la clase, es en palabras de P. Holliday “una cuestión humana”, y Ciudad de los Reyes a ratos logra esa universalidad como en la escena final de la obra en que todo el elenco interpreta el abuso y sufrimiento de una domestica andina en casa de su patrón y el embarazo no deseado  del que resultan estos abusos.

El hecho de hacerlos participar a todos los actores en esta narración (tanto hombres como mujeres) realza la responsabilidad de todos en este problema, el calzarnos en esa tragedia y tomar consciencia de que todos somos ciudadanos de la misma Lima. Ese es el mayor logro de la obra, y realmente duele cuando  abrimos nuestros ojos a nuestras taras. Y es por eso que deberíamos todos ver esta obra, porque siendo así vale la pena subir el Everest o el Cerro San Cristóbal con tal de ver nuestras taras y entender que debemos emprender la larga lucha por superarlas.

Sobresalen las actuaciones de Juanjo Espinoza y Pier Padilla.

LA CIUDAD DE LOS REYES VA EL 7, 8, 14 Y 15 DE JULIO EN  CALLE FEDERICO RECAVARREN 560 MIRAFLORES

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