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Juan Carlos Onetti, el ignorado perro de la desgracia

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(Juan Carlos Onetti ca. 1993. Fotografía: Dolly Onetti)

La ofensa más atroz que se pueda inferir a un hombre es negarle que sufra.
Cesare Pavese

El único lugar donde el fracaso tiene esplendor y belleza es en la literatura. En ningún otro más. He ahí su encanto, misterio y fortaleza. Quizás los escritores sean los más conscientes respecto a la muerte y el olvido, los que están más acostumbrados a fracasar. La resignación les da la libertad y oportunidad para crear un mundo propio.

En las primeras décadas del siglo pasado, Jhon Dos Passos escribía en su novela “Manhatan Transfer” que lo sublime consistía encontrar a alguien que quisiera fracasar. En todo caso, si cambiásemos tal afirmación por la siguiente: lo sublime consiste en encontrar a alguien que invente personajes que quisieran fracasar, no habría de otra que pensar en Juan Carlos Onetti, el ignorado perro de la dicha y la desgracia.

La narrativa de Onetti ha sido calificada con distintos adjetivos, desde laberíntica, inaccesible, tempestuosa, críptica, barroca, desesperanzadora, trágica hasta machista (vaya estupidez). Apelativos muy debatibles, por supuesto, pero si hay alguno que no puede ser contrapuesta, es la de tierna. En la atmósfera grisácea y pesimista que rodea a todos los personajes onettianos, siempre hay un hálito de ternura y de amor que desempaña todo acto cretino, prostibulario y cobarde.

Las historias de amor o desamor (si acaso no son lo mismo) que Onetti ha escrito bordean entre la tragedia y la aceptación de que todo en la vida acaba en desilusión. Las relaciones amorosas están formadas por fragmentos de vidas ajenas, de las cuales nos posesionamos por un tiempo hasta que terminan por desaparecer, sirviendo como desperdicios a otros que nuevamente querrán construir algo nuevo. Con Onetti el amor es un círculo doloroso del que nadie puede escapar. Sino pregúntele a Jorge Malabia, personaje de Juntacadáveres (se me hace tan parecido a Zavalita de Conversación en la catedral), aquel adolescente adinerado que escribe poemas y se enamora de su joven y viuda cuñada que vive inmersa en la locura y en el olvido.

A Rizo, personaje de El infierno más temido, periodista de cuarenta años, viudo y con una hija de once años, que empieza a recibir fotografías que muestran a su expareja, una actriz de veinte años, en posturas sexuales con hombres desconocidos. Todo esto es una forma de venganza por la separación debido a una infidelidad cometida por ella. Él termina suicidándose.  

A Eladio Linacero, personaje de El pozo, que en plena madrugada le viene a la mente la imagen lejana de su mujer bajando por una rambla, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. Así que decide despertarla para confesarle que hay una posibilidad para poder recuperar el amor que los unió hace algunos años: repetir el mismo acto.   Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Varias veces ella sube y baja la misma calle, pero todo ya era en vano, no había nada por hacer.  

Y por último, entre los muchos personajes que llevan este estigma, está Juan María Brausen, protagonista de La vida Breve, quien ve terminada su vida conyugal debido a la amputación del seno izquierdo de su mujer (esta intervención quirúrgica simboliza la muerte del amor y el asco hacia su propia existencia). Por ello decide desdoblarse y empezar una vida oscura y torrencial con una prostituta que vive al costado de su departamento. Esto es el fin de una vida dedicada a la responsabilidad y la monotonía, al tedio y la indiferencia, al caos que muchos llaman amor. Brausen se imagina a sí mismo en otra vida, así que decide escaparse del mundo real para ir a vivir en el mundo imaginario (Santa María).

Hace algún tiempo Onetti leyó que el infierno estaba minuciosamente conformado por los ojos ocupados en mirarnos. Quizás ahí está el origen de su literatura. Las intimidades son reveladas en cada historia, no hay donde ocultarse de la desdicha. Gran parte de su narrativa tiene como epicentro la ciudad ficticia de Santa María. Tal como  su querido Faulkner inventó el condado de Yoknapatawpha donde transcurren varias de sus novelas (recurso utilizado por otros autores como García Márquez, Juan Rulfo, Gulliver, etc.). Las influencias más cercanas de Onetti son Balzac, Céline y Faulkner.

Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez, Barcelona ca. 1980. Fotografía: Dolly Onetti 

Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto.

Faulkner, Faulkner. Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo, ¿Para qué corno? Si él ya hizo todo. Es tan magnífico, tan perfecto …

Entonces se puede afirmar que la literatura es un gran plagio, incluso el amor y la vida misma también lo son. Según Emir Rodríguez Monegal, es con Onetti que el nuevo hombre latinoamericano se ve obligado a ingresar casi de golpe en una modernidad caótica, angustiosa, asumiendo el primer plano de la ficción. No hay que olvidar que su primera novela publicada “El pozo”, de corte existencial, fue escrita sin tener la influencia de los franceses Camus y Sartre, dato que resalta Vargas Llosa en la obra “El viaje a la ficción”.

Como ya se ha mencionado anteriormente, es con la publicación de “La vida breve” que se inicia la inmensa saga de Santa María, donde Juan María Brausen aparece como protagonista. Onetti logra una reinvención de este personaje para poder ingresarlo en un mundo paralelo donde es el creador de todo y de todos. Con este recurso narrativo, el escritor uruguayo logra un desdoblamiento fantástico, algo que también se puede encontrar en Jorge Luis Borges y Bioy Casares (si hablamos de escritores latinoamericanos). Brausen desaparece en las historias siguientes como narrador y personaje, para ser representado como dios o el fundador de la ciudad. Padre Brausen que estás en la nada …

Juan Carlos Onetti Jorge Luis Borges en Barcelona, 1978. Fotografía: Dolly Onetti 

La saga de Santa María es una cadena de historias entrecruzadas, desalineadas y atemporales. Para una mayor comprensión se recomienda seguir el siguiente orden de lectura de las novelas: La vida breve (1950), Juntacadáveres (1964), El astillero (1961), Para una tumba sin nombre (1959) y Dejemos hablar al viento (1979).

Los personajes aparecen y desaparecen en cada una de ellas, formando ciertas fisuras narrativas que buscan la complejidad de un argumento totalizante. Influencia total de Balzac.  Entre ellos tenemos a  Brausen, Díaz Grey, el boticario Barthé, Petrus, Jorge Malabia, Angélica Inés, Larsen, entre otros. Este último personaje, el más querido de la saga, aparece como un destello o una sombra fantasmagórica en La vida breve, para luego posicionarse como figura protagónica en Juntacadáveres y El astillero.

Cabe mencionar que esta última novela se le ocurrió de pronto a Onetti mientras caminaba por un pasillo de su apartamento. La imagen esencial era la muerte de Larsen, el macró duro y sentimental que llega a Santa María acompañado de mujeres poco agraciadas para establecer un prostíbulo, por ello la referencia de juntar cadáveres. Era irresistible el deseo de dejar de lado la novela que escribía en ese entonces, Juntacadáveres, para empezar a escribir El astillero, que marca la derrota y la muerte de Larsen.  Los críticos, y hasta el mismo Onetti, han señalado que esta acción interrumpe y debilita el ritmo y la fuerza de la primera.

Tan genial es Onetti, que hace que un personaje grotesco, cínico y fracasado como Larsen, sea poseedor de ternura y de bondad.  El caficho llega a Santa María no exclusivamente en busca de dinero, sino con el sueño de un prostíbulo propio y de la mujer perfecta para cada individuo. Finalmente termina convirtiéndose en una triste caricatura de sí mismo. Nada más onettiano que este antihéroe. Nada más onettiano que lo irónico y lo burlesco.

La ciudad mítica de Santa María es extraña y contradictoria, perturbadora y responsable del accionar de todos sus personajes. Es un laberinto moderno que posee una tragedia griega. Nadie puede escapar de su propio destino: cruel y desolador.

Como bien señala Ítalo Calvino:

Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos, de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda en otra.

Onetti no se sentía feliz en la ciudad en la que estaba viviendo, por ello imaginó una con la intención de fugarse y de existir en otro mundo donde sea posible no tener miedo. La ciudad de Santa María es una metáfora cruel y perturbadora de la vida misma. Él lo supo desde siempre, cuando era niño descubrió que todas las personas que quería se iban a morir algún día. 

Me acuerdo de que estaba en Buenos Aires, viviendo en la calle Independencia 858, y un día que me iba a mi trabajo y mientras caminaba por el corredor de mi apartamento, me cayó así, del cielo, La vida breve. Y la vi. Me puse a escribirla desesperadamente.

Es curiosa también la manera y las circunstancias que le permiten crear su primera novela, El pozo.  Esta nace en la desesperación por no poder fumar un fin de semana. En Buenos Aires habían decretado prohibido la venta de cigarrillos los sábados y domingos, por lo que Onetti compraba una mayor cantidad de cigarros los viernes para no verse afectado por tal absurdo decreto. Pero una semana se olvidó de comprar, y esa angustia por no fumar se tradujo en un cuento largo que fue la primera versión de El pozo, el cual nunca llegó a publicarse. Años después lo reescribiría a partir de los recuerdos y de nuevas angustias. El personaje ya mencionado, Eladio Linacero, es el antecedente de Juan María Brausen. Ambos se sitúan entre la realidad y la ficción, construyendo distintos espacios físicos y psicológicos para escapar de un presente adverso y agobiante. La fantasía es el único lugar posible para la reinvención de unas vidas tan miserables.

Juan Carlos Onetti. Fotografía: Dolly Onetti.

La figura inofensiva de Onetti, de culto y de silencios, se vio arrastrada por los escritores que representaban al mal llamado Boom latinoamericano. Mientras que estos se jactaban de escribir disciplinadamente día a día, el uruguayo confesaba que no tenía ningún método de trabajo, pues esto le hacía perder el interés en la escritura de una historia. Remarca que lo más importante que debe tener un escritor y su obra es la sinceridad. Las debilidades y fortalezas de una obra reflejan la personalidad de uno mismo.

El destino de los hombres es vivir una vida imperfecta, en especial los artistas. El único y verdadero fin de la existencia es el fracaso. Por ello la ciudad de Santa María termina incendiado por un loco, y con él, la literatura y el mundo entero. Eso nunca hemos de olvidar, querido Onetti.

BONUS TRACK:

1: Uno de los recuerdos más gratos de su infancia consistía en caminar por largos kilómetros hacia la casa de un familiar lejano para poder pedir prestado la colección de Fantomas. Siempre lo encontraba en una postura que muchos años después también adoptaría: el rostro hosco y desinteresado, tirado en la cama con el vientre desnudo, encima de este colocaba un platillo con una vela que se balanceaba en cada respiración, y con las manos extendidas sostenía un libro Cuando llegaba a su casa se encerraba en un gran ropero junto a su gato para leer.

2: En 1948 o 1949, ocurre un encuentro entre Onetti, Rodríguez Monegal y Borges en Buenos Aires. El autor de El astillero en todo el encuentro estaba callado, retraído y con la cara molesta. Atacaba de rato en rato con pequeños comentarios. La razón quizás era que él sí había leído a Borges, mientras este, posiblemente, nunca leería alguno de sus cuentos o novelas. Cuando terminó todo, Onetti se fue por su lado y Monegal acompañó a Borges a su apartamento. A la pregunta de qué le había parecido Onetti, Borges contestó que bien, agregando ¿Por qué habla como un compadrito italiano? Es en ese momento que Monegal se dio cuenta que Onetti estuvo toda la noche censurando a Borges, utilizando un acto fonético agresivo y agudo para personificar e imitar a Roberto Arlt, aquel escritor porteño contemporáneo que fue injustamente ignorado por una literatura elitista. Aquella noche, en que la literatura de Henry James fue el centro de atención, Onetti se las ingenió para que Arlt también estuviese presente.

3. Juan Carlos Onetti mantuvo una relación tumultuosa y paradójica con la poeta Idea Vilariño.  Él se casó cuatro veces, ella una. Cuentan que él le prepuso que se casaran, pero ella no aceptó. Sabía que la fama de mujeriego y difícil de Onetti iba a perjudicar su vida y escritura, no quería ser alguien sumisa para él. Cuando el novelista la conoció, estaba casado. Así que dejó a su tercera mujer, sin contemplaciones, para estar con la poeta. Y cuando mejor estaban los dos, decidió marcharse para poder casarse con Dorotea Muhr. Este largo adiós -Chandler- originó que Vilariño le escriba el siguiente poema:

Ya no será / ya no / no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa / no te tendré de noche/ no te besaré al irme/ nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros.

No llegaré a saber / por qué ni cómo nunca / ni si era de verdad / lo que dijiste que era / ni quién fuiste / ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido / vivir juntos / querernos /esperarnos /estar.

Ya no soy más que yo /para siempre y tú / ya / no serás para mí / más que tú. Ya no estás /en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién /ni si te acuerdas. / No me abrazarás nunca como esa noche / nunca.

No volveré a tocarte. / No te veré morir.

4. Cuenta Eduardo Galeano que leyó a Onetti unas líneas de la novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo donde Arguedas menciona que quisiera ir a Montevideo para apretarle la mano con que escribe. Tras una breve simulación, un tajo de humedad atravesó la cara de Onetti.

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