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HACEN FALTA MUJERES EN EL PODER

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A pesar de la larga brecha de desigualdad existente entre hombres y mujeres en diversos campos, es en la política donde prácticamente se ha alcanzado una paridad de participación en el presente siglo. Queda atrás la imagen segregadora de gabinetes ministeriales exclusivamente integrados por hombres, y los más altos puestos del Estado han venido a caer con más frecuencia y sin mayor asombro en cada vez más mujeres.

Pero frente a esta entrada de la mujer en el poder emerge un serio problema para las mismas involucradas, y es la cuestión de su identidad, en tanto mujeres frente a un entorno milenariamente masculino como es la política, donde a saber si lo están ejerciendo (el poder) en tanto como mujeres o, se están travistiendo en hombres (como parece ser).

Max Weber, un sociólogo clásico decía que “es muy difícil entrar en política y estar seguro de la salvación de  tu alma”, porque si no estás en la cena es porque eres parte del menú (sino eres quien está conspirando contra otros, son otros quienes conspira contra ti), en síntesis eso es la política y es muy difícil entrar en política y ascender, debes generar redes de apoyo, desarrollar  lealtades, traicionarlas para cambiar de lealtades y así configurar nuevos apoyos. En este ambiente caníbal las mujeres para avanzar han tenido que masculinizar sus comportamientos, ser conspiradoras, casi psicópatas, totalmente frías y calculadoras para así competir en un mundo de hombres y desarrollar una red de apoyos  que es más difícil cuando se es mujer.

Sean las ex presidentas de Argentina o Brasil, Cristina y Dilma respectivamente, o la jefa del FMI, o Theresa May y Angela Merkel en Europa, las mujeres en el poder son percibidas con desconfianza no solo por los hombres. Han cambiado lo bueno de ser mujer para ocupar un lugar entre hombres, se han masculinizado y todas ellas se parecen a Robin Wright al interpretar a la fría y ambiciosa Claire Underwood en House of Cards.

Ese es el mayor error de las mujeres políticas del s.XXI, pues han adoptado el modelo de mujer política dura, de Dama de Hierro como Margareth Tatcher (una mujer que le quitó el vaso de leche a los niños ingleses y declaró la guerra a Argentina) en lugar de modelos auténticamente femeninos (dados al diálogo y la compasión)  como Evita Perón en Argentina o la Chamorro en Nicaragua. En un mundo perfecto para ciertas feministas  el mundo hoy lo gobernarían Hilary Clinton en EE.UU. y Marine Le Pen en Francia junto a Angela Merkel en Alemania y Christine Lagard en el FMI.

La cuestión política  ahora, de un auténtico feminismo es: ¿se puede feminizar la política? Porque urge otro modo en el mundo de entender la  política, un modo más humano, quizá más femenino es lo que nos haga falta para acabar con tanta guerra y represión política y no más mujeres políticas masculinizadas. Necesitamos de su sensibilidad. Necesitamos esperanza. Necesitamos mujeres de verdad.

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