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Feminismos oportunistas

Mientras la brutal violencia de los ronderos es justificada con argumentos delirantes, Carlos Álvarez es denunciado en el Ministerio de la Mujer por imitar a la esposa de Pedro Castillo en sketch cómico.

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La imagen del video es perturbadora: una mujer está colgando de una viga de madera, le han atado una soga a uno de sus tobillos y la han dejado ahí, entre el piso y el techo. Su cuerpo se bambolea alrededor de varios hombres que le gritan mientras le azotan la espalda y los muslos con sus látigos de cuero trenzado. La mujer emite sonidos guturales, retorciéndose de dolor, intenta cubrirse del castigo con las manos, pero es inútil, su voz no llega a modularse correctamente, pero sus ojos están desesperados, su mirada intenta decir lo que su lengua no puede hacer como cualquier mujer normal, los hombres interpretan esto como maldiciones que lanza una bruja en pleno siglo XXI. Pero lo que no saben estos celebrados “jueces populares” es que la mujer que cuelga y que en ese momento están reventando a latigazos, es sorda.

Pero esta tortura no ha durado una hora, ni un día, ni ha sido la única mujer. Son ocho las mujeres que han sido acusadas de brujería en el pueblo de Carhuacocha, provincia de Pataz en La Libertad, y que han permanecido secuestradas y torturadas durante diez largos días por los ronderos bajo la excusa de que, amparados en “la ley”, pueden ejercerla para “poner orden” sin que a ellos nadie pueda juzgarlos por su brutal violencia. Nadie. Ni siquiera el Estado, representado por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, ni su ministra fantasma cuando le conviene. Nadie. Porque, según sus defensores en la capital del Perú, “así son sus costumbres y hay que respetarlas”, esa es su “cultura” y “hay que entenderla desde esa óptica”, o es que “no entendemos desde la capital su forma de vida”. Excusas que solo sirven para encubrir lo real: los ronderos representan a un sector que apoyó la candidatura de Pedro Castillo y a los que vimos en el Centro de Lima en las marchas de apoyo a su entonces candidato, con machetes en mano y látigos también (recuerden a la rondera que intentó azotar a una periodista de ATV que se tuvo que esconder en la estación de Bomberos de Belén, a media cuadra de la Plaza San Martín).

Pero lo que más ha llamado la atención de este caso es el silencio sepulcral desde las instituciones del Estado que deberían defender a esas mismas mujeres. El video del azotamiento estuvo circulando la semana pasada en redes y en Whatsapp, llegó a los noticieros en los dominicales del fin de semana, salió en todas las noticias, pero ningún movimiento feminista salió a poner el grito en el cielo (como suelen hacer y muchas veces con toda razón), por estas mujeres. Ni siquiera la ministra de la mujer le tomó interés al caso sino hasta que el escándalo ya fue mayúsculo, y aún así la burocracia hizo que recién ayer martes un grupo de esas mujeres fuera liberado del secuestro ronderil. Solo una mujer de ese grupo se ha atrevido a poner una denuncia en la comisaría: las demás están mudas de terror.

Y en el colmo del cinismo, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables salió a condenar la imitación que el cómico Carlos Álvarez hizo de la primera dama, Lilia Paredes, en un sketch televisivo. ¿Por qué ahí si saltan a defender absurdos? Presidentes, primeras damas, ministros, políticos, candidatos, todos figuras públicas son susceptibles de imitación por los cómicos, es más -ya basta de hipocresías- muchos de ellos pagan para que los imiten cuando están en campaña electoral y se reúnen con sus imitadores en sus programas y los celebran y capitalizan esa exposición ¿o es que no se acuerdan de eso? Pero mientras se rasgan las vestiduras por una imitación, las ocho mujeres secuestradas por los ronderos tienen que estar en cama hasta que los hematomas de sus cuerpos les puedan devolver algo de paz, al menos corporal, sin que a nadie se le mueva un pelo ni las defienda con tanta rabia.

Ni un post de Facebook, ni un comunicado, ni una columna de opinión en diarios extranjeros. Nada. El silencio es peligroso cuando las libertades personales son afectadas, sean de derecha o de izquierda; la libertad es lo más valioso que tiene la persona. No se puede permitir ni aceptar ni callar que, cuando las víctimas no son afines a mi pensamiento político ni a mi activismo, sus verdugos pueden hacer lo que les plazca. Claro, hasta que esa violencia les alcance.

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