Libertad bajo Palabra / Percy Vilchez Salvatierra

Falleció Hugo Blanco: ¡Que descanse en paz… si puede!

Murió el líder de izquierda de filiación trotskista a los 88 años de edad.

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Ha fallecido Hugo Blanco, un día después del Día del Campesino peruano como una suerte de símbolo, precisamente conmemorativo, que como tantas otras cosas en su vida (en la vida de cualquiera) nunca culminó de modo positivo.

En lo personal, debí decir que aprecio al hombre y no a pocas de sus acciones en torno a los principios de justicia social que lo indujeron a movilizarse contra la opresión, pero, cívicamente, es un error ensalzar la acción política del finado y no señalar un montón de detalles dignos de discusión en todo momento, como siempre suele hacer la alcahuetería peruana de toda la vida.

En este sentido, qué más se puede decir de un hombre que vivió en el engaño hasta el último día sino que era perseverante y que no calibró jamás sus propios errores ni la mayoría de matices que tiene la realidad. Tenía carácter y cierta ternura propia de los hombres duros que llegan a viejos tendiendo más al lado del bien que del mal, pero ni siquiera con estos méritos ha sido suficiente.

Cuando cayó preso junto a otros connotados izquierdistas fue el único que no transó con Velasco y eso se valora desde el marco de su clásico tesón, aún sin que hallemos prenda de elogio o descrédito en la acción misma desde lo político.

En este sentido, Hugo Blanco fue un líder del campesinado del sur en su momento y punto. Tuvo posibilidades para consolidar una cierta unidad de izquierda (que para el bien del país nunca obtuvo ningún mérito electoral), pero deshizo esas condiciones debido a la sujeción que tuvo en todo momento respecto de sus líderes trotskistas europeos y a una suma de detalles incidentales derivados de los intereses de todos los demás involucrados en la disolución de la ARI.

Desde hace décadas asumió el rol de figura tutelar y entrañable para los que aún husmean la posibilidad de la revolución y viven, en consecuencia, obcecados ante la utopía socialista (doble tragedia), pero no merece mayor atención de parte de la ciudadanía de bien que aún habita el Perú en los términos estrictos de su filiación y sus acciones, no así, respecto de su defensa de los intereses de los más desposeídos (aún cuando este mismo punto de enaltecimiento, sea de cierra forma un demérito, puesto que el objetivo de un gran político es favorecer a la nación entera y no solo a una clase social, etc.).

No debe olvidarse que fue un asesino ni que fue sentenciado a muerte y posteriormente indultado. Tampoco que con el paso de los años cambió de versión y dijo que había asumido la culpa por un homicidio que no cometió solo por defender a sus subordinados que fueron los ejecutantes reales, lo que da pie a todo tipo de posibilidades.

Siempre estuvo a favor del uso de la violencia (aún cuando hizo mención de estar más a favor de la autodefensa que de la acción directa, lo que es un mero matiz), pese a participar, por mero oportunismo, en contiendas electorales que lo llevaron a entidades gubernamentales que no respetó de ningún modo. Todo ello, sin embargo, no lo hizo un terrorista revolucionario de izquierda como podrían afirmar algunos ígnaros ciegos en las antípodas de la ciega ignorancia de cierta izquierda, es decir, la ignorante ceguera de casi toda la derecha.

En sus últimos años fungió de ecologista como bien corresponde a los efectos de sus reiteradas estancias en Europa y acaso a un resabio pachamamista muy de onda y muy a propósito por supuesto.

Al menos en todo lo expuesto fue claro y frontal y no actuó como tanto canalla que se finge demócrata en cada proceso electoral cuando, en realidad, los derramamientos de sangre en favor del pueblo les importa absolutamente nada.
¡Que descanse en paz… si puede!

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