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Eunice Odio: mi amor bajo tu voz resbala

Lee el artículo de Hans Herrera Núñez.

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Odio no es un pseudónimo, es un apellido antiguamente común en Centroamérica. Esta es la historia de una vocación y un destino, esta es la historia de la poesía en la carne de una mujer que encontró la piedra filosofal en la poesía.

Eunice Odio (San José, ¿1919 o 1922?-México D.F. 1974). “Hablo fuerte. Así soy y no tengo remedio. Digo la verdad, aunque no les guste”. El caso de la poeta Odio es el de una vida inquieta, con tres nacionalidades y habiendo vivido temporadas en El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, para luego migrar como todo centroamericano a México, además de una breve estancia en EE.UU.; la suya es la historia no de una poeta costarricense sino la de la poesía centroamericana. Alguien que no se identificó con una nacionalidad, generación literaria o facción política, solo con los atributos alquímicos de la poesía. Su poesía.

A los ocho meses de nacida Eunice sufrió graves quemaduras, que sin embargo no mermaron su belleza. Desde muy niña se escapaba de casa a pasear sola por San José: “A los siete años —tres después de mi primera fuga—, mamá se cansó de zurrarme y de interrogarme al regreso. Cuando volvía a casa, se limitaba a darme de comer y a mirarme, mirarme largamente talvez [sic] tratando de penetrar en mí, que me había convertido en enigma”. A los 20 años sus poemas son leídos en la radio con el seudónimo de Catalina Mariel.

A Eunice no le faltaron los premios. Tres poemarios: Los elementos terrestres (1948), Zona en territorio del alba (1953) y El tránsito de fuego (1959); el primero de ellos galardonado en Guatemala, por el Certamen Permanente Centroamericano 15 de septiembre. Entretanto, en 1957, envía por correo su obra maestra El tránsito de fuego, para participar en el Certamen de Cultura de El Salvador. Donde ganó el equivalente a la mitad del segundo premio y su publicación.

Es conocido el veredicto que sobre su obra hizo Octavio Paz, según relata Eunice en una carta: “un día me dijo en el colmo de la solemnidad y la seriedad: Tú, querida, eres de la línea de los poetas que inventan una mitología propia, como Blake, como Saint-John Perse, como Ezra Pound; y están fregados porque nadie los entiende hasta que tienen años o aun siglos de muertos”. Cómo una sentencia de muerte.

Tampoco las circunstancias políticas eran buenas. Desde la Guerra civil costarricense de 1948 hasta la Revolución cubana de 1959, toda la literatura hispanoamericana hervía de política. Eunice, sin embargo, nadaba contracorriente.

Opuesta a la mirada crítica de autores comprometidos con los movimientos de lucha, Odio volcó su atención a las revueltas dentro del Hombre. En vez de escribir sobre las aspiraciones políticas de los pueblos, ella se propuso desentrañar la compleja madeja de la lengua, como cuando en vez de resplandeciente prefiere resplandiciente. O su famosa creación del vocablo pluránimo, que como explica Eunice: “Si un poeta no es la suma de todas las ánimas, va mal”. Mientras que a sus compatriotas que no entendían a las vanguardias los llamó “costarrisibles”. Cosa que no sentó bien en el ego tico.

Sin embargo, Odio tuvo una relación estrecha con su país de cuna. En 1956, muere en casa de Odio otra costarricense, la escritora Yolanda Oreamuno, un alma gemela de Odio. Entre 1959 y 1962 vivirá en Estados Unidos, dónde conocerá a Kerouac, Borroughs, Ginsberg. Poco después se establecerá definitivamente en México, y allí cometerá el mayor pecado capital de un escritor de los 60s: se manifiestará en contra del comunismo y de Fidel Castro. Entonces empezará su muerte social.

Según algunos entendidos en la vida de Odio, a partir de noviembre 1964 comienza a ser testigo de extraños fenómenos, así como experiencias parasicológicas. Empieza a leer a los rosacruces. En una carta escribe: “Empecé a ver que el aire se llenaba de diminutos cuerpos luminosos que brillan como diamantes en la cueva de Blanca Nieves [sic] y los Siete Enanos. Digo la mina donde los enanitos iban a sacar diamantes (…) Cuando sale el sol […] siento su alegría solar como jamás: igual que un reloj que en vez de dar horas diera música (…) ¡Qué delicia tan grande! Creo que están empezando a abrírseme las puertas de los ojos (…) Siempre he creído que la poesía es “una puerta”. Esto marcará su búsqueda de la poesía como alquimia del ser.

Entre 1965 y 1968, Odio publicaría dos cuentos: “Había una vez un hombre” y “El rastro de la mariposa”, hoy salvó alguna pequeña reedición, inubicables. La idea base de estos relatos es la misma que la búsqueda en su poesía, la transfiguración del personaje: de hombres a mariposas, en resumen, una alquimista de la poiesis.

El 23 de marzo de 1974 descubren su cadáver, llevaba diez días muerta.  En su departamento de la calle Neva 16, solo acudía algún amigo a dejarle una bolsa de víveres hasta que el olor y la acumulación de bolsas no recogidas alertó de su final. Según Elena Poniatowska, que la conoció,  la encontraron muerta en la tina de su cuarto de baño. Jamás se esclareció si murió a causa de un percance, o se suicidó, o fue asesinada, como sugirió  Elena Garro. La llamada “agente de la CIA” según algunos escritores de izquierda resentidos con su postura anticastrista, había vivido sus últimos años en una miseria tal que un par de años antes, le escribió al pintor Zanabria que no había logrado vender ninguno de sus cuadros que colgaban en las paredes de la casa, con cierta resignación Odio le decía: “En medio de toda mi tristeza, tengo una alegría que me hace llorar: no haber vendido tus cuadros, que valdrá la pena estar viendo a la hora de morir; que ayudarán a bien morir a esta pobre criatura”.

Para el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, Odio era “la mujer que siempre está en su casa”, y para Alfonso Reyes “la gran poeta de las Américas”. Para Miguel Ángel Asturias, la suya era: “Poesía vaga y concreta… versos que son casi nube, casi un cuento de hadas, o como dice aquella leyenda indígena, de una nube que encerraba piedras preciosas”.

Si bien su obra se abrió paso sola, tomó, y aún viene tomando, mucho tiempo. Al principio solo el eco de un gran vacío de reseñas en los periódicos nacionales. El silencio centroamericano da pistas del desdén por la poeta costarricense. Porque a diferencia de las corrientes politizadas de la época, la suya era una poesía que planteaba la mutación del ser como una consecuencia de la poiesis.

En 1981 la escritora y compatriota de Eunice Odio, Rima de Vallbona, comenzó la labor de recuperar sus escritos en prosa. Estos son ensayos, reseñas de libros, relatos y algunas cartas que Eunice le escribió al editor venezolano Juan Lizcano. Este trabajo de Rima viene ayudando a desmontar la imagen en vida de una Odio como mujer y poeta ligera o bohemia. En 2001, Rima publicaría La palabra innumerable, un intento por ubicar su obra entre las más representativas del s. XX. Mientras quedan sus palabras: “Morir es simple; vivir, en cambio, es la complicación de la simplicidad que es creer hasta el fin”.

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