Libertad bajo Palabra / Percy Vilchez Salvatierra

Elogio de una mujer cuyo nombre es sinónimo del Cielo

Mi madre ha cumplió 66 años y es una genia a la que no le he rendido todos los homenajes que merece así que empiezo ahora mismo.

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En todo el tiempo que llevamos juntos hemos tenido una relación que solo se puede comparar con el océano, bello a veces, a veces borrascoso, siempre sobrenatural. Y dado que no soy marino ni buzo, siempre ha sido como un misterio y creo que no me he atrevido a mirar a mi madre a fondo en el curso de todos estos años. No sé a qué le tendría miedo o lo sé muy bien lo que para este caso viene a ser lo mismo.

En tanto que, en relación al carácter, en apariencia, soy cercano a mi padre, he descubierto, sobre todo, tras algunos meses de convivencia en familia, gracias a la pandemia, que mis sentimientos, mi rebeldía y hasta ciertas formas de entender el mundo tienen absolutamente todo que ver con mi madre.

Le debo todo, por otro lado, y, seguramente, habrá mil formas mejores para poder apreciar y enunciar lo que una buena madre significa para un hijo pero para mí, ahora y siempre, su solo nombre ha sido el sinónimo absoluto del Cielo…y como el cielo siempre ha compendiado todas las posibilidades de la emoción más pura, el color más claro, la calma más divina y la tormenta más tremenda.

Creo que, sin dos o tres impulsos fundamentales realizados por mi madre, seguramente, sería un tipo mucho más ordinario. Por ejemplo, algo de lo más grande que hizo por mí y que siempre voy a encumbrar en mis recuerdos es que me haya inscrito en dos cursos hermosos que, a la postre, serían mis únicos contactos con el arte hasta que ya estuve grande y me las busqué por mí mismo. Me refiero a las clases de cerámica y expresión corporal que llevé en el verano de 1990 en el Museo de Arte de Lima. Sin esa experiencia no habría robustecido al artista que siempre llevé dentro de mí, quizás en el lado más honesto y puro que tengo. Esos cursos maravillosos me hicieron creer que era un escultor y un actor pero lo más bonito es que íbamos solo los cuatro, mi madre y mis hermanos, y éramos felices en ese momento hasta que al término del año siguiente todas nuestras vidas dieron un vuelco inmenso y no hubo más arte ni serenidad por largo tiempo.

Francamente, es por ella que he estudiado todo lo que he estudiado desde una perspectiva académica o profesional. Es decir, que todo lo que he leído y escrito desde una óptica no académica es por mi cuenta y no hubiera requerido ir a la universidad para satisfacerme. De hecho, los miles de libros que he leído y las miles de páginas que he escrito fueron realizados 

solo para satisfacer mi apetito de conocimiento y sabiduría, pero todo lo que corresponde a mis títulos profesionales y posgrados, ha sido hecho por y para mi madre.

Sucede que mi madre no pudo estudiar más en su época de juventud, por mil razones y problemas que no vienen al caso referir, y hubo algo así como un mal entendido respecto de esa circunstancia, pero no existe ningún problema, mi madre es genial. Entonces, yo estudié todo lo que he estudiado para demostrar que mi madre también podría haberlo hecho y esa ha sido una manera de agradecerle y de mostrar que soy capaz de sacrificarme por las personas que amo porque, la verdad, siempre me aburrí en los predios universitarios y aun en la maestría última que acabé hace unos años. De hecho, debo confesar que me matriculé en ella no solo para aprender la parte operativa del ejercicio gubernamental, la administración pública, y porque, al fin, vivía bajo un cierto orden y porque vale bastante tener una credencial académica cuando uno está en esta disciplina, pero, sobre todo, para que mi madre esté orgullosa y para que sepa que su sangre lo puede todo y porque estoy muy orgulloso de ser su hijo.

Mi madre es cristiana y aprista y muy crítica con esas dos pasiones tanto así que no deja que cualquiera se meta, de mala onda, con ellas, aunque sea la primera en criticar lo que debe ser criticado. Es brava, cuando quiere. De hecho, cuando está molesta es terrible y hace correr a cualquiera pero cuando está en paz es una santa. Desde que es abuela de Domenica es más santa que otra cosa pero, como a toda santa, el demonio de la cólera la tienta cada cierto tiempo y casi me dan ganas, pese a mi desdén de la teología, de agradecerle a Dios que ya no se desate más.

Gracias, madre amada, Isabel Salvatierra, por la vida y por la música, por tus sueños y por tus manos, por tu dureza y tu calidez. Gracias por todo. Te amo y aunque tengo mucho que escribir basta esto por hoy. Sigamos celebrando… Y recuerda que aún hoy para mí, tu solo nombre (mamá Isabel) es un sinónimo absoluto del Paraíso.

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