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El trabajo que nadie quería

Las jornadas agotadoras del Comando Humanitario de Pucallpa. Hombres que diariamente conviven con la muerte.

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Recoger cadáveres debe ser un oficio terrible. Y la gente a cargo, curtida por las labores, debería ser áspera, tosca, cansada de la muerte, indiferente a ella. Boris Guerra y Charly Pascal forman parte del Comando Humanitario de Pucallpa. Aquí nos cuentan cómo la pandemia transformó para siempre sus vidas.

En los meses de abril, mayo y junio se registraron las mayores cifras de fallecidos en Pucallpa y alrededores. Las imágenes de fallecidos en las puertas de los hospitales, sin siquiera poder recibir algún tipo de alivio, mostraban la crudeza de una enfermedad que no perdona. Como en todo el país, las regiones empezaron a organizar grupos especiales para el recojo de cadáveres. La emergencia era enorme debido al exceso de fallecidos, creando una situación inmanejable para los servicios funerarios convencionales. ¿Cómo enfrentar esta emergencia humanitaria?

El comando humanitario

“Nadie quería este trabajo. Nosotros pensábamos que los profesionales, pues, los médicos o los enfermeros, gente profesional iba a hacerse cargo de este trabajo, pero no fue así…” nos cuenta Boris. “Al inicio nosotros teníamos miedo, pero pensábamos que había que hacerlo por la gente, porque también eran seres humanos como nosotros… además, nuestra labor era importante, levantando el cuerpo, limpiando la zona, haciendo que otra gente no se contagie. Así nosotros también ayudamos a salvar vidas…”

Para mayo del 2020, el Comando Humanitario, el equipo de recojo de cadáveres de Pucallpa, trabajaba 20 horas al día. Las muertes, por docenas diariamente, ya habían excedido la capacidad del cementerio local y se habilitaba el cementerio Covid, en el kilómetro 20 de la carretera Federico Basadre.

“Era terrible. Al principio nos chocaba. Mis compañeros y yo mismo nos poníamos a llorar de la nada… después nos fuimos haciendo duros, pero aun así, todavía da mucha pena…” recuerda Charly, quien cambia la sonrisa por un gesto apagado, casi solemne. La rutina del equipo era agotadora. Listos todos a las 6 de la mañana, al llamado de las autoridades sanitarias, recorrían la ciudad y las comunidades de la periferia para atender los decesos. No importaba la hora o si era domingo, todos los días había mucho trabajo.

Comando Humanitario de Pucallpa.

Borís recuerda que un día la rutina, como siempre, empezó a las 6 de la mañana. Recorrieron la ciudad varias veces, docenas de veces. A las 8 de la noche, cuando por fin pudieron sentarse a almorzar, una nueva llamada, un nuevo deceso, los sacó de la base. Aquella noche acabó a las 3 am, con 5 casos nuevos, y apenas un par de horas más tarde, a las 6, la rutina empezó de nuevo.

Los 17 miembros del Comando Humanitario recibieron el entrenamiento y apoyo de la Dirección Ejecutiva de Salud Ambiental de Ucayali – DESA, quienes los entrenaron, les dieron el equipo, y el soporte logístico, material y psicológico para su labor. Con la práctica, la labor de recojo se hizo más eficiente y rápida. “Demoramos como 10 minutos en atender un cuerpo y dejarlo listo para su traslado a un cementerio”, nos cuenta. “Algunas personas no avisan de la muerte de sus familiares. Nos avisan recién al día siguiente para mientras tanto poder velarlos. Nosotros respetamos el dolor de las familias, pero ellos mismos se ponen en riesgo de la enfermedad”.

Sin embargo, Para Boris y Charly el mayor sacrificio fue separarse de sus familias. “cuando estaba el mayor contagio, nosotros mismos hemos decidido ya no ir a nuestras casas. Nos quedamos en un hotel para no poner en riesgo a nuestras familias. Tres meses nos hemos alejado para cuidarlos, para tenerlos sanos”.

“Acá en la base todos somos como familia. Nos apoyamos, nos cuidamos, nos preocupamos por los compañeros, por sus familiares”. La abuelita de uno de nuestros amigos murió y nos ha dolido, lo mismo un familiar de otro compañero del comando. Ahora somos como familia.”

La pena se contagia

Le pregunté a Charly, si la pandemia, si este trabajo lo ha transformado. “Si. Yo nunca pensé que iba a estar en este trabajo, que iba a poder ver a los fallecidos y ya no sentir tanto la pena. Este trabajo te hace duro, te pone así… ya no sientes pena. O sea, sabes que es un ser humano que dejó su cuerpo, que la familia lo llora, pero para mi ya me he vuelto duro. Al inicio sí, me chocaba y aunque no conocía al difunto me daba pena. O será que estar cerca de tanto dolor, de tanta gente llorando, esa energía pues te va llegando, te va hundiendo, acabas también llorando… es que la pena se contagia”

¿Y la gente, les agradece su labor?, le pregunto. “Muchos pensaban que nosotros, como llevábamos los cajones en camiones, porque ya no había de qué otra forma llevarlos, pues decían que los tirábamos nomás en fosas comunes. Y no es así, pero la gente no creía. ¿Cómo vamos a tirar así a los difuntos? Es nuestro deber, como miembros del comando, darle un trato respetuoso, cuidar a la población. Nosotros tratamos con seres humanos, por eso hay que tener cuidado. Recién cuando un periodista ha traído su dron, recién han visto el cementerio con todo ordenado, con sus cruces y sus nombres en cada tumba”.

Cientos de ataúdes han sido fabricados en Pucallpa por la pandemia.

Además de esos cambios, Boris siente que este trabajo le ha hecho apreciar la vida de otra manera. “uno tiene que aprender a sacarle jugo a su tiempo, porque un día uno está bien y al otro día ya estás muerto. Hay que estar más con la familia, con los hijos, darles nuestro tiempo, gozar esas cosas buenas. La pandemia me ha enseñado a ser mejor persona, a cuidar a mi familia, a mi hijo, a ver mis errores, a darle mi tiempo a lo que de verdad es importante”.

Thiago es el nombre del hijo de Boris, y le encanta el río, ir a bañarse y jugar. ¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando ya puedas salir a pasear con Thiago? Boris sonríe y me dice que hará lo que él quiera: pasear, ir al río, jugar futbol o ir al cine. Lo importante es estar con él, que sepa lo que hago, que sienta orgullo de su padre.

Boris y Charly están listos de nuevo. La pandemia no ha acabado y su penoso deber se mantiene. Cuando acabe la pandemia, no saben cuál será su destino, si volverán a trabajar como CAS en alguna institución pública o si solo pasarán a ser parte del enorme grupo de héroes anónimos, de trabajadores indispensables, de peruanos con coraje, que diariamente olvidamos. Ambos, junto con todo el equipo del Comando Humanitario seguirán dando la cara, arriesgando su salud y la de sus familias, por cumplir un deber: ayudar a los caídos en su último viaje y hacer el trabajo que nadie más quiere.

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