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EL PERUANO MAYOR

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Imagen Diario16

La elección de Castañeda, su siniestro inicio de gobierno y la oportunidad que tienen Keiko Fujimori y Alan García para ocupar el sillón presidencial tras el descalabro gubernamental que ha sido el mandato de Ollanta, me hace pensar en el peruano; el peruano mayor, claro, porque a los jóvenes no se les puede echar la culpa de que este país se esté yendo al infierno –que a menudo está hecho de buenas intenciones, aunque en nuestro caso eso no aplica-, a pesar de que solemos echarles la culpa de todo: de sus marchas, de su música, de sus fiestas, de sus gustos, de sus ganas de no hacer nada, como si de repente olvidáramos que toda vaca fue alguna vez ternera y que todo niño necesita un ejemplo.

Y vaya uno a saber cuál será el ejemplo que la clase cibersocial (un término propio para referirme al mundillo adulto, sobrio, ecuánime y privilegiado de Facebook) le da a sus muchachos, leyendo a Arguedas y a Ciro Alegría, quizá, para contarles sobre las fracturas de su país, escuchando la guitarra de García Zárate, viendo todas las noches los programas culturales del canal siete… todo eso seguramente, toda esa dosis que hubiera podido crear una generación tan próspera y que sin embargo ha parido esta juventud sin ton ni son, sin norte ni cuartel, sin identidad ni integración; un grupo de manganzones que solo sabe reunirse a vagar por la ciudad haciendo cánticos en contra de una ley que los condenaba a ser esclavos ante las grandes empresas, esas que le inyectaron el crecimiento económico al país, esas que ahora le permiten a todos tener un celular inteligente en el bolsillo –a veces, inversamente proporcional al cerebro de quien lo usa- y comer chatarra en grandes espacios atestados de compradores que le sacan filo a sus tarjetas de crédito una y otra vez, sin descanso, convirtiendo sus placeres en un montículo de deudas que a fin de mes difícilmente podrán pagar con el sueldo de miseria de este desarrollado país. El peruano mayor no pierde el tiempo en esas fruslerías, vota por el que roba menos (“que robe nomás, que no es mi plata”, dicen) y trabaja duro todo el día, estudia sin estudiar en las noches para conseguir un cartón que le incremente su sueldo y ensaya todo tipo de fotos los fines de semana en función al canon de común acuerdo que se ha establecido en las redes sociales (piernitas frente al mar para las mujeres; chelas y parrillita para los hombres).

El peruano mayor no tolera la indiferencia de la juventud y trata en la medida de lo posible de hacerla partícipe de los grandes acontecimientos que la televisión local sirve en plato hondo: el romance de una modelo con algún desconocido (las vedettes han muerto, vivan las vedettes) y viceversa, y el análisis profundo de las alegóricas producciones nacionales en cada una de las ediciones noticiosas. De nada sirve indignarse con cosas que van más allá de nuestra comprensión (Comunicore, los narcoindultos, Belaunde Lossio, la centralita, las propiedades de Toledo, -Fujimori acabó con el terrorismo y es santo-), y ya saben nuestros jóvenes, aunque nunca está de más repetirlo,  que de religión, política y fútbol mejor ni hablar, sobre todo de la segunda, y menos en la mesa, a la hora del almuerzo, donde es preferible el silencio absoluto en torno a un montón de pantallitas encendidas con gigabytes de atosigante información. El peruano mayor tiene cancha y prestigio para hablar de pendejada, y como no hay mejor escuela que la experiencia, hará del joven su conejillo de indias, como el maestro de una película de karate con el pacato de su aprendiz, porque la vida es así y es mejor los muchachos lo sepan. Ya en la niñez, entre mimos y escuelas de verano, les enseñan la insignificancia del semáforo en rojo, sea peatón o conductor, salvo que haya policía (ahí sí cuidado, porque luego tienes que bajarles para su pollito y si manejas camioneta no te aceptarán menos de veinte soles), y los cuidan de la cojudez extrema, porque para eso están solo los bomberos, además de enseñarles otros antivalores que los preservarán en este país donde hay que tener cuidado hasta para cruzar la calle, y mirar a ambos lados así la vía sea en un solo sentido, “porque hay cada irrespetuoso e inconsciente”, dicen. Y es entonces que no cabe explicación alguna para estas nuevas generaciones, si tanto se ha hecho por ellas.

Es como si la indignación produjera ceguera e impidiera ver que cada derrota de la juventud es culpa del peruano mayor, del peruano que permite que cierren museos, que escasee la cultura, que se mueran los grandes pensadores nacionales, porque es más sencillo presionar el botoncito del control remoto y hacer zapping, o sentar a los muchachos frente al Play station y descansar un poco.

Porque un evento gratuito es aburrido, o es algo que no lo dejará bien parado ante su hijo, ya que hay que enseñarle que papá y mamá trabajan para darle todo eso que se merece en la medida que cumpla con traer buenas notas (así plagie, porque nunca estaremos en la capacidad de medir sus verdaderos conocimientos –PISA, PISA-, ya que ahora se estudia tanto) y que el dinero es lo más importante en la vida. Fuera de eso, hay que tratar de darles una infancia feliz y evitar que miren esas cositas tristes que pasan muy lejos de casa, aunque ocho de cada diez niños trabajen en el Perú y esta nación zozobre entre los millones de soles perdidos por la corrupción y en las muertes que día a día se lleva la delincuencia y el narcotráfico.

Cuando pienso en el peruano mayor, no puedo evitar recordar ese fabuloso relato de David Foster Wallace “El diablo es un hombre ocupado” y esa frase con la moraleja final a todo el asunto de los trastos, la desconfianza y el dinero –recomiendo que lean todo el relato (http://jorgegonzalvo.blogspot.com/2008/09/el-diablo-es-un-hombre-ocupado_15.html) para mantener el contexto-: “Le pedí a papá que me explicara cuál era la moraleja de aquello y me dijo que debía ser que no se podía enseñar a cantar a un cerdo”. Y cuando pienso en basura a raudales que sirven los medios y en el hambre del peruano mayor por consumirla, y cuando pienso en el lodo, el fango, la mugre que nos rodea, y la comodidad del peruano mayor por revolcarse en ella, la comparación sale más que sobrando, y la indignación por los agraces muchachos que han de seguir sus pasos no es más que una forma de matar el tiempo, mientras se espera que alguien más haga algo por el país para echar una mano dando un like en el Facebook.

 

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