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EL PERIODISMO

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Hay dos públicos para el periodismo, los que buscan revelaciones, aunque no sean creíbles (William Randolph Hearst fue el creador del amarillismo, tan mítico como su alter ego en el Ciudadano Kane) y los que buscan la noticia seria y veraz.

El periodismo serio (el del segundo público) tiene como objeto la veracidad, que es la conformidad con la verdad.  Me refiero a la verdad que se expresa cabalmente por la frase de San Agustín: “La verdad es lo que es” (verum id quod est).

Pero la verdad puede ser inasible y más aún cuando lo que impera es el apremio por conocerla, pues las noticias son la actualidad y deben examinarse con la prisa del cierre.  Así, el desafío del periodista de un diario serio es la celeridad y la profundidad con la que bucea en una situación particular. Pese a los límites razonables, el observador, como en la fenomenológica frase de Teilhard de Chardin debe abordar “el fenómeno, solo el fenómeno y todo el fenómeno”.

Fue Pedro Beltrán en La Prensa, quien revolucionó el periodismo separando la noticia de la opinión y así debiera ser. Si bien el periodismo de hechos o noticioso es aséptico y pretendidamente objetivo, la opinión válida debe ser plural y convivir con la narración de los hechos. La opinión es subjetiva en su razón y perceptiva en su observación. El ser humano trata de someterse a la disciplina de la objetividad solo cuando investiga hechos noticiosos, pero cuando opina lo hace subjetivamente, de allí la necesidad de la pluralidad de visiones frente a cada hecho noticioso para discernir lo que puede ser verdad de lo que es una impresión.

No existe la opinión de consenso, las opiniones sobre los hechos pueden variar y ese es un valor per se del periódico, pero el periodismo noticioso (sobre hechos) sí debería tender al consenso, porque los hechos son “por sí mismos”, independientes de lo que de ellos lleguemos a creer. Un hecho determinado ocurrió de una sola forma, no de varias, no hay un hecho para cada observador sino vértices cuyas piezas debemos recoger y juntar. No son los hechos los que fallan sino la mala posición de quien los ve.

Las diferencias entre un periodista que investiga un hecho noticioso y otro periodista similar de otro diario solo las puede definir una buena o mala provisión de información, según sea el caso:  esto es, suficiencia o no de fuentes, credibilidad de las mismas, vinculación entre los datos o todo lo contrario (cuando no se atan cabos o se atan mal o cuando no se capturan todos los elementos),  rigor o escaso rigor, predominio o no de la carga subjetiva del observador, etc. El valor agregado de la noticia de un diario serio es la veracidad, lo que conduce a la credibilidad del conjunto. Esto reditúa en el interés del público para comprarlo, digo, de ese público serio que opta por la verdad antes que por la novedad, que puede ser o no creíble.

El periodista noticioso es el historiador del presente, su reto es la brevedad de la indagación. El reto del historiador es la lejanía de sus fuentes.  En ambos casos se impone el cuidado, la disciplina, la severidad del método tanto como el expertise y  el oficio periodístico de sus colaboradores que saben buscar la verdad, procesarla y comunicarla con estilo.

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