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El epitafio no me importa, de José Manuel Sosa y Alberto Angulo Chumacero.

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Un cine peruano VIVO. Que diga la verdad. Personal, individual, sin miedo y sin complejos; que vaya a la esencia de lo humano sin concesiones. Corazones y cerebros libres e independientes porque el artista debe ser un guía de la percepción y no un lacayo del mercado. Yo quiero un cine que se juegue la vida, que sea digno. No importa si es ‘imperfecto’, ‘sucio’según los cánones de la mentalidad burguesa.

Alberto Angulo es visto como marciano por mucha gente. La pregunta del organizador (contrariado) de un recital poético al aire libre donde Angulo apenas es tolerado resulta perfecta: “¿Cuál es el límite de la democracia?” Angulo no se finge normal, sabe que no lo es. Sabe también que nadie lo es. Percibe la farsa, la evidencia.

Así que nos invita a que saquemos al marciano que llevamos TODOS dentro.Anda más cerca de la verdad que la mayoría. Pero la mitad del asunto es cómo se ve Angulo; la otra, es cómo lo ve (y a sí mismo como en reflejo) Sosa: el hombre de la cámara.Angulo no es perfecto, pero tiene toda la razón en un punto: tiene derecho a ser, esto es, a ser escuchado. A menos que el poeta ya no tenga nada que hacer excepto ser cruce de mártir con payaso. ¿O eso fue siempre? Sosa mira a su ‘objeto’: lo escucha, lo respeta, lo sigue, lo admira, se aburre, lo cuestiona; se desentiende y mira otras cosas… Angulo más allá del ridículo llega a ser sublime por momentos.

¿Sus obsesiones son un capricho de chiquito o la fidelidad a lo mejor de sí? Hay escenas inolvidables: demasiadas cosas hilarantes en ese bloque llamado plano. Hay una chica saludando mientras él explica su proyecto de documental; quizás la mejor escena que ha dado el cine peruano hasta ahora. Antes: Angulo lee un poema contra Dios, a la entrada de una iglesia. De nuevo ‘la intromisión deseada’ de la presencia femenina es una delicia pura.

O la presencia de la pequeña hija y del amoroso padre haciéndola volar -y que no evita hacerle un chiste sobre Nabokov-. El poema sobre el féretro que le queda demasiado grande es brillante… Hay un final con monólogo de ultratumba. La película le da lo que el resto le niega. Es el individuo rechazado porque la presión invisible exige que todos sean tan cobardes e idiotas como las tinieblas del promedio. Angulo protesta y, todos somos Angulo, o seremos el carnicero.

El Epitafio No me Importa

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