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Dogman, de Matteo Garrone (2018)

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Escribe Mario Castro Cobos

No hay problema. Parecerá hasta muy realista, pero es una fábula. Así que todo bajo control. Creo que entendí la fórmula (o la estructura): un ‘acercamiento distante’, un secamiento y enfriamiento de la puesta en escena, con toques bonitos, graciosos y hasta tiernos: la presencia de los perros, el sentimiento amoroso del protagonista por ellos, a lo que se suma el amor incondicional por su pequeña hija, donde se ve sin duda lo mejor de sí mismo. El personaje: ni alto ni bonito ni muy fuerte ni especialmente honesto. Si vemos el mundo desde la perspectiva de la escala física, efectivamente: él está más cerca del tamaño de los perros que cuida (y corta el pelo) y de su querida hija que del resto.

La fábula ya nos tiene bien dibujado al enano, al duende, al David, al perdedor, a la víctima, al bastante indefenso (y trabajador esforzado que además le cae simpático a todo el mundo). Entonces no podía faltar ahora el otro ingrediente (como opuesto complementario): el grandote, el patán, el drogo y medio loco delincuente con el plus (sabor a mito o arquetipo) de ser invencible. El tipo es la pesadilla del pueblo -y cual película de Dumont o los Dardenne se moviliza en moto-.

El prototipo del italiano matón en estado casi prehistórico. La mesa está servida y el plato cocinado por Garrone prepara con lento y paciente cocimiento el momento de la explosión. Solo que como objeto de odio y como objetivo a destruir el grandote de este cuento queda en realidad muy pequeñito.

Nuestro Dogman (Marcello Fonte, coqueteando con la perfección) es el pequeño hombre común crónicamente acobardado pero aún así más resistente de lo que esperas. Como varias señales lo anuncian, David le romperá (en un no muy sorprendente desenlace) la cabecita a Goliat. Si me desligo de lo más concreto y literal, o si trato de enunciar lo mejor que me dejó esta película, lo más notable de “Dogman” es la emoción primaria de vivir oprimido, con miedo, amenazado como una cucaracha… y cómo salir de ahí. Un tema por demás universal… Solo me temo que la fábula tan redonda y contenta consigo misma ponga en un segundo plano un malestar social que al concentrarse en la ya mencionada oposición complementaria no aporte mayores luces sobre su funcionamiento. Cosas de los arquetipos y de la circularidad de su ‘así es’.             

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