Escribe Mario Castro Cobos
No hay problema. Parecerá hasta
muy realista, pero es una fábula. Así que todo bajo control. Creo que entendí
la fórmula (o la estructura): un ‘acercamiento distante’, un secamiento y
enfriamiento de la puesta en escena, con toques bonitos, graciosos y hasta
tiernos: la presencia de los perros, el sentimiento amoroso del protagonista
por ellos, a lo que se suma el amor incondicional por su pequeña hija, donde se
ve sin duda lo mejor de sí mismo. El personaje: ni alto ni bonito ni muy fuerte
ni especialmente honesto. Si vemos el mundo desde la perspectiva de la escala
física, efectivamente: él está más cerca del tamaño de los perros que cuida (y
corta el pelo) y de su querida hija que del resto.
La fábula ya nos tiene bien dibujado al enano, al duende, al David, al perdedor, a la víctima, al bastante indefenso (y trabajador esforzado que además le cae simpático a todo el mundo). Entonces no podía faltar ahora el otro ingrediente (como opuesto complementario): el grandote, el patán, el drogo y medio loco delincuente con el plus (sabor a mito o arquetipo) de ser invencible. El tipo es la pesadilla del pueblo -y cual película de Dumont o los Dardenne se moviliza en moto-.
El prototipo del italiano matón en estado casi prehistórico. La mesa está servida y el plato cocinado por Garrone prepara con lento y paciente cocimiento el momento de la explosión. Solo que como objeto de odio y como objetivo a destruir el grandote de este cuento queda en realidad muy pequeñito.
Nuestro Dogman (Marcello Fonte,
coqueteando con la perfección) es el pequeño hombre común crónicamente
acobardado pero aún así más resistente de lo que esperas. Como varias señales
lo anuncian, David le romperá (en un no muy sorprendente desenlace) la cabecita
a Goliat. Si me desligo de lo más concreto y literal, o si trato de enunciar lo
mejor que me dejó esta película, lo más notable de “Dogman” es la emoción
primaria de vivir oprimido, con miedo, amenazado como una cucaracha… y cómo
salir de ahí. Un tema por demás universal… Solo me temo que la fábula tan
redonda y contenta consigo misma ponga en un segundo plano un malestar social
que al concentrarse en la ya mencionada oposición complementaria no aporte
mayores luces sobre su funcionamiento. Cosas de los arquetipos y de la
circularidad de su ‘así es’.