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CUENTO: O UNA SOMBRA EN EL JARDÍN

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Lo amo. Siempre lo he amado: hasta el día de hoy con estas circunstancias, con estas intrigas, con estos deseos de querer desaparecer todo alrededor.

Estos pensamientos me quitan el tiempo, me distraen. No me centro en las cosas que tengo que hacer. Es una enfermedad, una enfermedad crónica. O un fantasma que me visita, otra vida, otra muerte, no lo sé exactamente, solo sé que me está robando la vida.

Los chicos no tardan en llegar, y yo mirando hacia la nada, contemplando espejismos, aturdiéndome, inquietándome con el silencio ¡cuánto más! Vuelvo a la realidad, a mi casa: los platos, la ropa, darle de comer al gato, no olvidarme del baño – tengo que limpiarlo- … y la ropa otra vez. Los niños no demoran: su comida. ¡Y qué hago con la televisión prendida! En esta casa hay tantas cosas por hacer me falta tiempo. No olvidarme de ir a recoger el vestidito de Dianita. Antes la lavandería, y dejar la ropa, y los platos, y el gato que no aparece… la casa, mis hijos, las llamadas furtivas, la noche, el silencio ¡y estos celos que me matan! No quiero llorar otra vez, Dios mío.

La llegada de los chicos me descubre las lágrimas en el rostro, trato de secármelas pero en eso aparece Dianita. Me pregunta por qué estoy llorando, yo le explico que es la cebolla y no es nada. Ella pregunta si me puede ayudar. “Anda cámbiate el uniforme y lávate las manos que la comida va a estar lista”, contesto dándole una sonrisa mal elaborada. Ella me mira. No observa, sino me mira directamente. A los ojos, específicamente a la los ojos, mis ojos rojos enrojecidos y sollozantes contra los suyos, de nueve años, de vida por delante, de qué culpa tiene ella de todo esto; mi linda Dianita, corazoncito, mi bebé, mamá no está llorando, no lo está. Solo que… tú no sabes, no sabes nada de la vida, no sabes nada del amor, del dolor, no lo sabes porque eres pequeñita, porque no has vivido, no del hecho biológico sino del emocional.

A todo este pensamiento habrá pasado un segundo pero para mí su mirada fue un paseo por el tiempo. Fue como si ella, con su cuerpecito haya madurado repentinamente, y que Dianita, en cuerpo de niña, en realidad tenga cincuenta años, y sus ojos me decían solamente, de mujer a mujer “ay, Raquel, pobre de ti”.

Mis hijos almorzaron.

A eso de las cinco de la tarde, luego de la siesta, le digo a Diana que me acompañe al sastre. Al principio ella se resiste pero finalmente acepta con una condición: que le compre un helado.

Hecho el acuerdo ella deja de hacer lo que estaba haciendo, o sea escribir en un cuadernito, tal vez sea su diario, me digo. “Ven para que te peine” le digo y ella me responde “sí pues, tenemos que salir regias a la calle ¿no, mami?” mientras le aliso el cabello a Diana y la miro por el espejo me hace acordar mucho a su padre. Tiene el mismo color de cabello, los mismos labios, y su frente, así de intelectual me recuerda mucho a Gonzalo. No sé exactamente por qué ahora me doy cuenta o lo percibo mejor en estos momentos, serán las circunstancias, será que a veces, también, me causa gracia el solo hecho de pensar que me está engañando y ser solo ocurrencias mías.

Es verdad, me doy razón en mis diligencias, estoy envejeciendo. Ahora que entrelazo todos mis pensamientos, la mirada de Diana me habla de un vacío en el tiempo. Hablo del aspecto cronológico, hablo de edades, épocas, de momentos pasados. Mi cuerpo no es el mismo en este espejo. Ya no tengo la juventud en mi piel, ya no los senos firmes ni las caderas moldeadas, ya no Raquel de veintiún años, ya esos tiempos pasaron, ahora soy una cuarentona más, una madre de familia, esclava de su hogar, pareja de un hombre también desaparecido.

Y los ojos de Diana son míos, quiero decir, salieron a mí. A mi esencia de mujer apasionada, sincera, hasta transparente podría decirse, soñadora como nadie; y, si los ves, podrás ver a través de ellos tu porvenir, el mío en este caso. Ella me lo dijo, no con palabras, sino con una mirada sincera: ¡ay Raquel, pobre de ti! Me auguran sus pupilas, me consuela la profundidad y misticismo incluido con que ella vio los míos. Me leyó la mente, mi hija, carne de mi carne, mi futuro o ella o Diana.

Termino de peinar a mi hija. Ella me sonríe. Parece que en todo el día me estuviera leyendo la mente. Son cosas mías. Tal vez esté alucinando con cada gesto, con cada cosa que ocurre a mi alrededor. Le resto importancia. Salimos a la calle, ¡bah!

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En Abril uno puede salir a la calle por la tarde y no sentir ni frío ni calor. Es un mes neutro. Tal vez, me pongo a pensar, que mi vida sea un total Abril, un Abril sin fin.

Mientras disfruto un helado de vainilla con mi hija, que no hace más que sonreír y mirar a la gente pasar, yo pienso (no sé si estoy en lo correcto en decir pensar al hecho de ver una masa de gente caminar por la calle) en lo ocurrido días atrás. Es un ruido en mi cabeza, no sé cómo definir esta sensación. Lo que estoy segura es que todo esto empezó con esa llamada.

El recuerdo está fresco. Mi cuerpo se humedece y corroe con aquello. La primera timbrada. El chorro de agua bañaba mi piel y de repente el sonido: el teléfono. Gonzalo en la planta baja; sus pies cobran vida, un andar acelerado “noc noc noc”, mientras yo escuchaba en silencio la dirección de sus pasos. Su voz me advierte “yo contesto”. El teléfono sigue sonando, sus pasos se detienen. Un impulso hace que mi cuerpo salga disparado de la ducha totalmente desnuda hacia nuestra habitación. Me sorprende la determinación de mi actuar. Ya el teléfono no timbraba, alguien del otro lado hablaba, y yo, con un torpe proceder abro lentamente la puerta del baño. Salgo sin nada que cubra mi cuerpo e intercepto la llamada. Mi corazón latía a mil, los poros de mi piel recibían un escalofrío al oír la otra voz.

Desde hace mucho tiempo lo mío eran sospechas. No recuerdo cuando fue que Gonzalo empezó a cambiar. Una mujer lo puede sentir. Sabe sin ver, que algo anda mal. Eran sombras que aparecían en mi casa. Una presencia extraña invadía mi territorio, mi hombre. Estaba en él, hablaba con él, se veía en él, pero yo no lo veía. ¿Cómo denominar algo que sabes que está ahí y que no lo ves?

Mi mente me traiciona. Una sombra ocupa mi lugar, mi tiempo y mi nombre. Estoy segura, ahora que lo sé, también mi nombre fue usurpado; pero antes de esa llamada… no sé si agradecer el haberme enterado. Antes todo era un simple será o no será, y aunque yo presentía algo no lo podía demostrar, es más, hasta llegaba a engañarme ¡a mí misma! Todo por no parecer que alguien alteraba mi conducta, y lo principal, para que mis hijos no se preocupen. Después de todo creo que soy yo la única engañada. Todo sigue igual, nada ha cambiado. Las misma intrigas, las mismas sospechas, pero ahora a otro nivel, ahora esa sombra tiene una voz. Y esa sombra tenía voz, y su voz, como lo sospechaba era más joven que la mía. Y esa sombra tenía nombre, y su nombre como no lo sospechaba era el mío, y más joven además. Se llamaba Raquel. Después todo fue asombro y masoquismo. Los “te extraño” y “sí, mi amor” acabaron con mi autoestima, y aún faltaba más, aún más.

La imagen de una mujer de cuarenta y tres años, totalmente desnuda, escuchando de pie y en silencio la conversación de otros es mi patético caso.

Luego de esa ceremonia trivial, vía telefónica llegó la estocada. Se iban a encontrar el fin de semana. Día, hora y lugar acordados. Mientras yo, ahora otra sombra oía atentamente en los altos de mi casa, desnuda y con el cuerpo empapado.

La conversación seguía pero para mí eso ya fue algo nauseabundo. Mi cabeza parecía que iba a estallar y no podía más. Decididamente colgué y mis pies arrastraron mi pasado, o sea yo, o sea la Raquel vieja, porque ahora hay una Raquel más joven que ocupa mi lugar.

Mis pies me arrastraron nuevamente a la ducha, que en todo ese momento seguía abierta para que Gonzalo no se diera cuenta de nada, y así fue. Mis pies digo, porque mi cabeza andaba cabizbaja. A confundirme yo misma con la transparencia, con la insoslayable presencia de otra Raquel. A confundirme, digo, con otra sombra.

 

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Ya de noche, con Gonzalo durmiendo a mi costado, el tiempo se convierte en tu peor enemigo. La casa está en silencio, los niños duermen, la eternidad en un segundo vendría a ser toda mi vida. Su respiración predomina en el ambiente. “Lo amo” digo, con los ojos abiertos. Lucho con mis fantasmas de medianoche, oigo voces, repeticiones, su voz, su voz, su voz me maldice. Siento que estoy en una pesadilla pero estoy despierta, estoy atrapada en mi propia celda. Gonzalo es una palabra que empieza a hacerme daño. Es curioso, de repente empiezo a sentir incomprensión, no hay más lógica ni solución a todos mis pensamientos, no hay un por qué a todo este dilema, no sé qué hice mal. Busco culpables, me incluyo, incluyo a todo el mundo. No hay más que delirios, no hay más que reproches para todos.

La transformación de un sentimiento es un proceso doloroso. Mi corazón empieza a latir a otro ritmo. Mis pupilas nocturnas conjuran ideas descabelladas. Mi amor, mi gran amor es también otra sombra. Él, ahora, es solo un hombre desconocido para mí. Lo amaba. Su cuerpo pierde volumen en mi vida, en mi ser; me siento defraudada. Es, de pronto, como si una cuchilla haya atravesado a pleno toda mi piel y se haya estancado en mi corazón, envenenándolo.

Era un pilar el amor, la cosa más sagrada para mí, y miren ahora; el destino me ha engañado. Cómo demonios sacarlo con palabras si esta ira va en aumento. Creía en él, creía en sus palabras, en sus besos, en sus caricias. ¡Maldición! La fidelidad es una mierda caducada. Yo creía en el amor hasta ahora. Ahora él se va a reunir con ella este sábado. No lo soporto. Los celos, estos celos me están matando. Y yo que estoy a su costado, oyéndolo respirar, seguro pensando en ella, deseándola; decirle también que la ama, repetir su nombre, mi nombre, nuestro nombre. Total, sería lo mismo, solo que ella no es yo, y yo no soy ella, con la piel deseosa de un hombre maduro. Ella, más joven, más esbelta seguramente, robándome a mi marido. Ella, una muchacha que no sabe en qué se está metiendo.

Me siento poca mujer, poca deseada para los hombres, ¡qué digo! Si no puedo ser deseada por un solo hombre. No soy vanidosa, pero esta ocasión hace que me preocupe nuevamente por mi apariencia. No me reprocho nada, los embarazos malograron mi silueta y el tiempo hizo lo mismo. Quiero ser bella otra vez. Empiezo a desesperarme, me mata la idea de que nunca más voy a volver a serlo. No quiero entenderlo. ¡No quiero seguir esa regla!

Gonzalo murmura algo, me dice si me siento pasa algo; yo, hecha unos nervios contesto que no. Se vuelve a dormir. Estoy alterada, no quiero aceptar esta vida, me entra el pánico, aprieto los dientes, sé que en algún momento voy a explotar.

La noche prosigue su luto en silencio, mi cuerpo quiere escapar de este ataúd. Me siento atrapada. Son una de esas noches en la que una no puede dormir y desea ir a cualquier parte, mas una no puede ni moverse; es como estar enferma y todo alrededor es oscuridad, o más bien un solo matiz para un panorama sombrío. Mi cuerpo se inquieta entre las sábanas, deseo libertad, me siento fastidiada e impotente. Respiro profundamente, el reloj del velador indica las cuatro y media. En todo este tiempo he llegado a sudar frío. Decido levantarme de la cama sin hacer mucho ruido, como si lo que hiciera fuera un delito; voy en dirección al baño.

Enciendo las luces. Mi rostro aparece sudoroso en el espejo. Un súbito mareo me sobreviene. Tengo ganas de vomitar, mis fuerzas enflaquecen. Me arrodillo delante del inodoro, mi corazón no deja de latir aceleradamente, parece que me voy a desmayar pero el frío de la mayólica llega hasta mis piernas desnudas. Quedo tendida en el suelo tratando de restablecer mi cordura pero todo a mi alrededor da vueltas como un torbellino creado por mis propios celos, por mi propia locura. Me levanto nuevamente, ahora mi rostro aparece pálido, casi sin vida, mis ojos notablemente dilatados y mi piel erizada por la presencia de un fantasma. Abro el caño para lavarme la cara, pronto empiezo a sentirme un poco mejor. Todo va volviendo a la normalidad solo que al verme en el espejo fue como si viera en mí lo que realmente soy y no quiero aceptar, nuevamente. Agacho la cabeza rehuyendo de mi propia imagen ¿qué soy, si hasta el nombre he perdido? ¿Puede acaso una mujer amar a un hombre si éste al llamarla la llama por el nombre de la amante? Ni  siquiera puedo decir que me confunda con su nombre porque es el mismo, y al decir Raquel ¿a quién estará llamando?

Me persigno, no sé por qué, como si la fe curara los celos. Tengo que dormir un poco, mis hijos tiene hoy clases. Debo dormir solo por hoy: mañana es sábado.

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Hoy rutina: el desayuno de mis hijos, la ropa de Gonzalo, la casa, la comida del gato que por fin apareció, el almuerzo, la limpieza de la casa, una tarde amarilla, mis hijos otra vez, una pistola en el armario de Gonzalo, la cena, buenas noches Gustavo, buenas noches Dianita. Buenas noches.

 

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Lima se ve distinta detrás de un cristal que te proteja de todo, es como estar y no estar a la vez. De pronto puedes ver todo sin que te afecte en lo más mínimo, como si fuese una película. Ves a todos desde otra perspectiva, todos juntos, todos extraños, todos ajenos a ti, que no sabes por dónde empieza todo. Parece que tú puedes ver pero ellos no, pasas tan rápido que nadie se fija en ti o será que no quieren fijarse en ti, al final, yo también soy una extraña detrás de un cristal.

Las luces de la ciudad empiezan a encenderse, eso quiere decir que son más de las seis. Es que estoy tan perdida que no he podido organizar bien mi cartera. Antes en ella había lo necesario para mi persona: un labial, un espejo de mano, mis sombras, chucherías. Ahora, cuando meto mi mano para verificar su contenido, siento la frialdad de una pistola. Es pesada y oscura, casi no la llego a ver ya que la noche se va apoderando de la ciudad. Ahora no se ve mucho que digamos, todo pasa en ráfagas luminosas; las personas hacen lo suyo, todas caminan apuradas, hacia cualquier parte, sin rumbo fijo.

La ciudad va cambiando. Voy dejando la Lima de la mayoría – en la que me incluyo- para pasar a la Lima de los afortunados. Me siento tan pequeñita ante tanto lujo. Todo es tan hermoso que no creo que sea la Lima de hace un rato.

El taxista me dice que ya llegamos. Lo miro, pregunto si ésta es la dirección, si está seguro. Él me mira por el retrovisor, asiente con los ojos. Le pago la carrera y bajo dando las gracias, él arranca dejándome a medio hablar. Busco el número de la casa. Una señora pasa por mi lado con su perrito, parece de algodón el animal y tan flaco que parece que se va a romper con un solo tacto.

El aire es fresco. Árboles a cada costado de la calle; parece un sueño todo. Sigo caminando, ahora casi no hay nadie afuera, todo es tan callado y tranquilo que me pone nerviosa. Meto otra vez mi mano en la cartera. Ahí está. Sigo caminando sola, mirando a todos lados; no encuentro a nadie para que me dé una referencia. Me tiemblan las piernas, tengo ganas de llorar. Toda esta belleza contrasta con mi figura. Todo, al parecer, afuera, es felicidad y ensueño. Ésta es la dirección.

Atravieso un jardín. A un costado, un arbusto en forma de elefante, al otro un frondoso ciprés bien cuidado. Más adelante injertos de toda clase de plantas, todas hermosas, todas nocturnas haciendo sombras a consecuencia de las luces que salen de la casa. El jardín acaba más allá de la fachada, al iniciar la cochera. Al parecer no hay nadie en la sala, tan grande que podría ser toda mi casa. Las luces siguen hasta una ventana a medio descubrir por una cortina de seda holandesa, muy fina, muy blanca. Avanzo resguardándome para que nadie me vea, como una fiera entre las sombras, observando a su presa, cuando de pronto, como si yo fuese la víctima, veo que Gonzalo aparece sonriendo, y detrás suyo Raquel, su amante.

Mis ojos se humedecen pero no dejan de ver todo lo que ocurre dentro cuando…

Los besos son de otra, su piel es invadida por caricias llenas de pasión. ¿Yo qué soy? Gonzalo la toma, la rodea con sus brazos, se les ve tan felices. Mi felicidad, la que por deber me pertenece. Siempre fue así, todos éramos felices. Gonzalo llegaba a casa y me sorprendía con algo romántico, como enamorándome por siempre.

No sé cómo debe verse mi rostro en este momento, lo más seguro es que no se parece a ella. Parece una muchacha tan frágil, con una piel de porcelana, tan lozana, tan suave, que los dedos de Gonzalo se deslizan como serpientes.

Tanta será la pasión y el desenfreno que no han podido llegar siquiera al dormitorio y solo se conforman con amarse en un rincón de la sala, a merced de esta espía que todo lo ve y todo lo siente, que estuvo ciega, que estuvo tullida, que fue un espectro de la desolación, una muerta en vida con deseos de vivir nuevamente. Quiero mi pasado, quiero mi nombre otra vez, quiero a Gonzalo a mi lado, quiero ser una Raquel, no quiero dividirme en dos sentimientos, no quiero que nadie atraviese mi cristal, mi vida, mi familia, mis sueños, mi amor… Saco la pistola de la cartera, sin dejar de ver a través de “su” cristal, maldita sea. Un disparo. Ahora soy ella… o una sombra en el jardín.

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