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CUENTO: EL NAZI

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Yo tenía 18 añitos, casi recién cumplidos porque soy de agosto y estábamos a principios de octubre. Acababa de llegar a mi nuevo destino. Una residencia de estudiantes, mixta para más señas, en realidad había 123 residentes y 100 eran chicos. Esa primera semana había descubierto que siendo colaboradora las novatadas eran más suaves y ya no me hacían novatadas las chicas, la jefa me había descartado, no era lo bastante alta, ni lo bastante tiposa, ni lo bastante nada como para ingresar en su círculo así que me dejó en manos de los veteranos el resto del mes. Ese día, a la hora de comer, pasé por la cafetería vestida con una camiseta de las de ferris de chico y un pantaloncito muy corto de los que en aquella época nos hacíamos reciclando un vaquero viejo, cortándole las patas a la altura del culo, no muy pegado más bien ancho, parecía una falda muy corta.

No llevaba sujetador jamás y con aquella pinta me paseaba por la residencia en deportivas porque la consideraba mi casa y era mi uniforme para estar cómoda. Él estaba sentado a la mesa junto a otros veteranos y me llamaron. Yo siempre iba corriendo a todas partes y la voz grave de aquel tipo me hizo parar en seco. Me ordenó subirme a la mesa y bailar para ellos supernatural de Marta Sánchez y obedecí sin darle demasiada importancia. Canté desafinando porque no sabía hacerlo de otra manera y bailé imitando los movimientos que ella hacía. Me sugirieron que dejara de cantar en voz alta pero siguiera bailando la canción entera. Yo me movía intentando recordar la letra sin prestarles mucha atención y cuando terminé me bajé de la mesa y me fui. Como novatada me parecía de lo más sencillita, me daba pánico la humillación pública pero aquellas tonterías no me importaba hacerlas. Seguí a lo mío, supongo que estaba buscando a alguien para variar.

Esa noche tocó novatadas. Yo no me había fijado en el grupo para el que había bailado, ni siquiera les miraba mientras lo hacía. Como todas las noches dejé la llave en la puerta y me cambié de pantalones por si nos tocaba salir a la calle, me puse unos largos y tenía preparado el anorak y la llave a mano porque a eso de las diez vendrían a buscarme. El tipo que llamó a la puerta lo hizo como si fuera a tirarla, dando unos golpes muy fuertes y yo abrí lo más rápido que pude. Ahí estaba. Con gafas de sol oscuras, el pelo rapado, barba de tres días, los rasgos muy marcados, moreno de piel pero de los que se le nota que toma mucho el sol. Vestido con un jersey negro de cuello vuelto, unos vaqueros oscuros muy pegados, botas de militar y chupa de cuero negra. Debía medir 1,80 y era muy ancho de espaldas, con unas manos grandes, cuadradas con palmas anchas y dedos gruesos. Llevaba en la mano un bate de béisbol que usaba para amenazar en coña al novato tembloroso que estaba a su derecha mientras otro veterano a su izquierda se reía. Me ordenó salir del cuarto inmediatamente y recordé el tono grave de su voz. No gritaba, no le hacía falta, aquella voz grave y su manera de marcar las palabras como si todo lo que dijera fuera importantísimo para nosotros era suficiente. Ni siquiera me miró, tampoco me iba a dar cuenta porque no se quitó las gafas, me ordenó seguirles y me uní al novato que habían sacado de la misma planta. Iban planta por planta reuniéndonos.

Era la primera noche que él se encargaba de nosotros, no le habíamos visto nunca. El novato que iba conmigo me hablaba en voz baja y ellos no nos oían porque estaban demasiado ocupados riéndose y amenazándonos con una noche infernal. Les encantaba asustarnos. El otro chico me contó que le llamaban el nazi, que era un cabrón despiadado, Dios sabe que le habían contado o se lo imaginaba porque no quitaba ojo al bate con el que el otro jugaba. La tortura era más bien psicológica. Él me contó que aquel tipo debía tener como 25 años por lo menos, que llevaba en la residencia mucho tiempo y sólo aparecía por las novatadas una vez cada año o a lo mejor un par de ellas. Habíamos tenido la mala suerte de que nos tocara esa noche. Creo que recogimos a otro par de chicos, chicas no ví ninguna, ni siquiera se acercó a sus habitaciones. Nos quedamos en la habitación de uno de los novatos. A mí no me hacían mucho caso, a ellos les gritaban y él seguía jugando con el bate y les insultaba de vez en cuando. Las novatadas no duraron más de una hora y mandó a la cama a los chicos.

A mí me ordenó acompañarle a un bar que había cerca de la residencia y cuando llegamos a la portería se nos unió el director. Él se había quitado las gafas de sol y había dejado el bate y las gafas al portero. Yo me fui con ellos porque no me atrevía a decir que no, aunque la presencia del director me gustó bien poco, el señor tenía más de cincuenta años y me miraba mucho. Cuando llegamos al sitio nos sentamos en un sillón y pidieron unas cervezas. Ellos hablaban de la residencia, de las novatadas, me preguntaban si me gustaba el ambiente, me estaban camelando vilmente pero ver a la bestia convertido en un tipo amable y al director tan considerado me hizo pensar que eran buena gente.

Nada era tan malo como parecía. Yo todavía no estaba muy acostumbrada al alcohol y con dos cervezas ya me notaba mareada pero ellos decidieron que parte de mi iniciación era seguir bebiendo un poco más. Algo más fuerte y me pidieron una copa. Había que hacer de tripas corazón y por lo menos tomarse la mitad. El director bebía whisky y muy rápido, se le trababa la lengua y parecía ido. El nazi cada vez me miraba más y le hacía menos caso al otro. Tenía unos ojos muy oscuros y una mirada penetrante, me ponía nerviosa. No me atrevía a salir de allí porque la sola idea de que mi paso por la residencia saliera también mal me acobardaba demasiado. Solo esperaba salir de la situación lo mejor parada posible.

El director me puso la mano en la pierna y con cara de pánico miré al nazi. La idea de que iba a acabar siendo el aperitivo de aquel viejo asqueroso cruzó por mi mente como una ráfaga y como la copa estaba haciendo su efecto todo me empezaba a dar vueltas. El nazi apartó al director sin hacer escándalo y me cogió por la cintura dándole a entender que él solo era el invitado, no el protagonista. Me lo tomé como un gesto de caballero andante y le sonreí agradecida. Me ofreció un trago de su copa porque él también bebía whisky y lo acepté porque me pareció una cuestión de educación, claro que al segundo trago estaba completamente atontada, se me había subido a lo bruto. El nazi ya no me miraba a los ojos, me acariciaba la cintura por debajo de la camiseta y yo me dejaba hacer. Solo pensaba en volver a la residencia. Era como una muñeca de trapo. Y en un momento dado, con el director como espectador sonriente, con los ojos casi en blanco, se me echó encima literalmente porque me tumbó en el sofá y empezó a meterme la lengua hasta la garganta y a sobarme los pechos por encima de la camiseta. El otro nos miraba sin soltar su vaso, sin perder detalle. Yo me sentía como en un sueño pero cuando noté sus dedos colándose por debajo de la camiseta le pedí que parara. No lo hizo entonces ni cuando el otro le recomendó que no diera el espectáculo en público y riéndose le recomendó que lo dejara para después. Pero el nazi estaba embalado y sin dejar de besarme siguió magreándome por encima y por debajo de la ropa.

No se cuanto tiempo se dedicó a jugar allí mismo delante de los cuatro gatos que había en el local, del camarero y del director. Él cerraba los ojos al besarme y yo los mantenía abiertos, observaba todo a mi alrededor, más pendiente de los muebles, de las copas, de las caras de los que se hacían como que no se fijaban y le dejaban hacer. Llegó un momento que prefirió buscar algo de intimidad y me hizo levantarme, no se como salimos de allí, porque de eso no me acuerdo, ni de cómo llegamos a la residencia. Sólo de que me llevaba sujeta y de que cuando entramos pidió mi llave y me llevó a mi cuarto. Siguió besándome mientras se desnudaba y me desnudaba a mí. Me preguntó que si era virgen y yo le dije que sí casi avergonzada, más bien asustada. Sin embargo, me dijo que no desvirgaba jovencitas como si fuera algo peligroso o problemático. Me dijo que no me preocupara que sólo quería dormir, estaba muy borracho y muy cansado.

Nos metimos en la cama en ropa interior y volvieron los besos cada vez más intensos. Me repetía que le dejara hacer a él. Yo tampoco me atrevía a hacer nada, no sabía por donde empezar, no me atrevía a tocarle, sólo le acariciaba el pecho tímidamente porque ya que estaba metida en aquel lío mi orgullo no me permitía seguir ejerciendo de muñeca de trapo. Sus manos me sobaban los pechos con más calma que en el bar y una de aquellas manos grandes empezó a acariciarme por encima de la braguita y me tensé entera. Me susurró al oído que no me preocupara no iba a hacer nada, pero le encantaba notar como se mojaban las braguitas de las niñas. Ahora que lo pienso la frase era penosa pero entonces tenía tan poquita experiencia y estaba tan asustada que eso me tranquilizó. Ya lo de notar sus dedos moviéndose por encima de la tela no me relajó nada y cuando sentí como esos dedos se colaban por debajo y rozaban mi sexo muy despacio me excité sin saber muy bien qué estaba pasando. Sus dedos se movían con delicadeza y fue metiendo uno de ellos lentamente en mi sexo pero solo un poco y lo empezó a mover. Un escalofrío me recorrió enterita y siguió jugando un rato y yo humedeciéndome por completo.

Cuando se dio cuenta de que estaba cada vez más mojada me dejó en paz. Siguió besándome y sobándome un poco más por encima de la tela, abandonó mi boca un par de veces para lamerme los pechos y chupar mis pezones pero no les dedicó muchas atenciones. Me dormí acurrucada en su pecho, tenía mucho pelo y olía a sudor pero estaba tan cansada, había estado tan tensa todo el tiempo. Era la primera vez que dormía con alguien, la primera vez que me tocaban de esa manera y ni siquiera me di cuenta de que había pasado la primera cata y se acababa de abrir la veda. Me convertí en carne, tierna, jugosa y con el cartel de sin estrenar como aviso a navegantes.

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