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Cuento: Box Populi

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Foto: infocatolicos

 

Ellas simplemente no lo pueden creer.

—¿Tan grave es la cosa? —pregunta Celeste.

Argentina es una dama. Reprime con elegancia una risotada mordaz.

—No todo el mundo pasa media hora arrodillado en el confesionario —comenta.

—¿Entonces? —insiste Celeste.

—Si quieren, mejor regresen a la casa —ofrezco.

—¿Tanto te vas a demorar?

—Puede ser un poco largo. Nunca he hecho esto antes.

El tumulto dentro del templo empieza a formar una extensa fila mientras los acólitos disponen el anda y la cruz. Una multitud de velos y mantas negras comienza a agruparse alrededor de nosotros. El incienso invade el ambiente con ese olor típico que irrita la nariz pero que por un enigmático motivo acaricia el espíritu.

—Con toda esta gente no vas a poder rezar tranquilo —apunta Celeste.

—No, si no tengo que rezar.

Argentina frunce el ceño. Es obvio que abriga una sospecha.

—Benito, dime la verdad —coacta mi mujer—. ¡Qué penitencia te ha dado el cura!

—¡Baja la voz, hijita! —susurra Argentina, codeando las costillas de Celeste.

En ese momento pasa cerca de nosotros el padre Napoleón. Todos le dicen Loco Frío. Las vecinas del edificio donde vivimos sostienen que se debe a su piel pálida, su cabeza poblada por una jungla de cabellos negros, largos y desordenados que le cubren la cara, y sus manos siempre heladas.

Es el mismo sacerdote que escucha mi acto de reconciliación minutos antes de iniciar la misa.

—¿Te masturbas, hijo? —pregunta con insistencia.

—Padre, a veces no me puedo contener…

—Pero dime, hijo ¿te masturbas? ¿te masturbas?

Ignoro los secretos móviles de sus ansiosas inquisiciones, pero su afilada nariz da la sensación de penetrar la ventanilla del confesionario.

—Va a haber una procesión —declaro por fin.

Mi suegra hace un esfuerzo digno por mantener la discreción.

—Dónde —increpa Celeste.

—Aquí, dentro de la iglesia.

—Es el vía crucis, hija —explica Argentina.

—Benito, esta vez te pasaste.

Sólo se me ocurre adoptar la pose de un atribulado católico arrepentido.

—¡Cómo serán tus pecados, carajo! —exclama mi mujer—. No quiero ni que me cuentes.

—Hija, mejor vamos a la casa —sugiere Argentina—. Estos recorridos pueden durar bastante y mira la cantidad de gente que hay.

Liberadas del yugo, Celeste y Argentina deciden retirarse. Sólo Dios sabe por qué a solas puedo funcionar mejor. La penitencia termina siendo un privilegio para mí.

—La soledad es el remedio de los fuertes y la desesperación de los débiles —enuncia el padre Napoleón en la primera estación preliminar.

La experiencia de transitar el camino doloroso de Jesús deviene en un proceso de purificación personal. Durante la misa siempre pienso que la homilía es el plato de fondo y el resto del rito sólo la ensalada que lo acompaña. Esto es diferente. Veo claramente cómo yo también soy condenado a muerte y cargo mi propia cruz a causa de mis faltas. Caigo, me levanto y vuelvo a caer. Acudo a mi madre en busca de consuelo. Amigos, familiares y desconocidos ayudan a limpiar mi espíritu. Sigo levantándome tras una nueva caída. Soy despojado de mis ataduras. Muero crucificado. Y resucito a una nueva vida.

Los fieles armados de tambores, cornetas, bombos, faroles y velitas misioneras susurran rezos interminables en mis oídos. El padre Napoleón acomete en la novena estación:

—Dios quiere mirar cómo respondemos ante una situación difícil. Si la respuesta es la fe y la perseverancia, todo marchará bien.

El sonido de la carraca indica al séquito que debe detenerse. Las llamas emanando de los cirios iluminan mis reflexiones. El padre Napoleón ajusta sobre su tabique la montura parchada de sus lentes poto de botella. Estamos en la decimosegunda estación:

—Ésta es mi orden: Sé valiente y ten ánimo; no tiembles ni tengas miedo: Yavé tu Dios está contigo adondequiera que tú vayas.

No es casualidad escuchar mi oración favorita en un momento como éste. La necesidad de un drástico, dramático, radical, sustancial y agresivo cambio en mi vida se hace insoslayable. Lágrimas desconsoladas y desgarradoras demostraciones de gratitud azotan mi corazón. Retorno a casa envuelto en una nube de fervor religioso.

Encuentro a Celeste dormida. El trayecto desde los cuarteles generales de Caifás, Pilatos y Herodes hasta la cima del Monte Calvario ha sido agotador. Mejor aún: conmovedor. Sin despertarla, me inclino para darle un beso en la frente. En silencio reúno mis pertenencias, que no son muchas, y abandono el hogar. Estoy decidido a no regresar. Sé que eso es lo que ella ha estado esperando -y por lo que ha estado orando- desde hace mucho tiempo.

Soy el tipo de hombre que hace más feliz a su familia estando lejos de ella.

 

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