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¿Cuándo se jodió la cultura en el Perú?

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Politiquería barata. Luisito Comunica, como un embajador de la cultura mexicana en Perú. Feminismo ignorante. Machismo avasallador. Oenegeros, autoritarios, conservadores, nostálgicos de las dictaduras. Defensores de valores familiares caducos. Panegiristas afiebrados de la revolución. Intelligentsia podrida enquistada en la burocracia del poder. Periodismo que mueve el trasero y no la pluma. Artistas lumpen que hacen pornografía de la miseria. Dictadura del algoritmo. Humor tiktokero y simplón. Literatura bipolar que oscila entre lo degradante y la evasión. Historiadores enfeudados a las sombras del pasado. ¿Cuándo se jodió la cultura en nuestro país?

Hay que decirlo con claridad: la cultura en el Perú se jodió con el advenimiento de la República. Si la cultura es la expresión viva y cambiante del hombre y su humanidad, este proyecto se truncó con el nacimiento de la República. Porque fue ahí cuando se prometió la igualdad y la forja del alma nacional. Y fue ahí cuando se obvió el valor mínimo de decencia social: la equidad. Lo que vivimos ahora es la consecuencia de ese proyecto postergado.

Esta cultura mediocre —nacida al calor del mojón de unos cuantos gallinazos— es lo que vivimos ahora.

La politiquería del siglo pasado y de este siglo, que no alcanza para drama beckettiano —y sí, en mucho, para un entremés de la jaula de las locas— es el magma diario que contamina nuestra respiración cívica. Y día a día, año tras año, la podredumbre de la prensa nos muestra las figuritas de papel, que dizque nos representan y rigen los designios del país, por elección popular. Y mientras los politicastros claman por una vitrina mediática para posicionarse en el escaparate, a esta prensa rastrera le urge más tiraje y más clickbait. Una simbiosis perfecta —de baba y pus— que deja más ignorante al ciudadano del Perú.

En este sueño —no de opio, porque Valdelomar y sus adláteres no nos dejaron ni un carajo— es donde pernoctan los partidos políticos en el Perú.

Y ahí está la izquierda destruida, procaz y oenegera, que intenta recomponerse y armarse como si replicara el mito del Inkarri. La izquierda sin intelligentsia —de analistas políticos que mueven las nalgas al ritmo del bitute y hablan de democracia— secuestrada por el buenismo de los políticamente correctos. El aprismo de las mil caras, ramplón y perverso —más alanista que hayista y menos aprista que Juan Gonzalo Rose— que intenta dar lecciones de moralidad. El fujimorismo de sotista,  dogmático, ignorante y corrupto, con politólogos asalariados que se mueven como fantasmas en los intersticios de la prensa y el poder. El antaurismo ortodoxo, que ha hecho del color de piel una religión y que catequiza incautos vendiendo miseria. El acciopopulismo del napalm en la selva y payasos subordinados, que viene a hacernos creer que Belaúnde fue el mejor presidente del Perú. El analfabetismo que Acuña la ignorancia, cuyo único progreso es tener intelectuales petipanes a sueldo, que ofician de traductores. Los moraditos desabridos que bailan al son de Reactiva. El podemismo analfabeto —de las universidades de papel— que no entiende el concepto de democracia. La panda del pescado, que se muerde la lengua porque el verbo no hace milagros en su boca. Y el vizcarrismo, que nadie eligió y nadie sabe cómo llegó; con la prensa adicta comiendo de su mano. La peste de los políticos, el agua servida de las leyes por encargo, de los carpetazos y los lobbys. La lacra del terrorismo carnicero y criminal. Y el autoritarismo y abuso de la milicia en el país. El silencio de los corderos obsecuentes, los programas de televisión de nombres deslumbrantes. Como si en nuestro país sucedieran hechos que transformaran la política mundial. Como si no fuéramos simple caja de resonancia de lo que otros gritan en el exterior.

En este humus, en esta pus, en este arroyo podrido de wáter closet es donde se mueve la prensa adicta que se amanceba con los jerarcas del poder. Con chupatintas a sueldo y opinólogos de oficina, con aprendices de periodismo que desconocen a Paco Igartua y a Luis Felipe Angell, Sofocleto, autor de “Los cojudos”. Esta prensa que perrea y tetea al ritmo de Reactiva. La prensa de opinólogos improvisados y analfabetos que disparan bolas de caca por encargo. La prensa de los consultores y mecedores de la opinión popular. El periodismo que olvida su más grande designio: ser una abeja zumbando en la lengua del poder. Esta prensa de periodistas evasores y alpinchistas. Estos periodistas de medio pelo, de tinta estéril, de pluma infestada de heces, que creen que por intercalar un verso de Rimbaud, un extracto de John Reed o una cita de Pulitzer ya son cultos, ya son conocedores, ya son preparados.

Ese es el caldo coprolálico que el ciudadano se come todas las mañanas. El caldo de la desinformación y el engaño. Con encuestas que funcionan como casas de tolerancia. Con sondeos que, dizque, miden la voluntad popular mientras llenan su bolsillo de marmaja, de biyuye, de molido. Y de esta misma realidad nace la historia, que los historiadores conocen cada vez menos y cada vez mal. Los historiadores que viven enfeudados a las sombras del pasado y que creen que por colocar la etiqueta de República en el título de sus libros, estos se van a vender mejor. Esos mismos que deslizan ideas provocadoras para generar ventas y revuelo.

Y aquí se forman y se consolidan los dizques intelectuales de nuestra nación; los académicos que viven divorciados de la realidad, evadidos del tráfago mundano, enquistados en departamentos, como si desde ahí se pudiera ejercer el pensamiento de un modo cabal. Los académicos que complotan y pactan, acartonados detrás de estúpidas tesis, al calor de teorías caducas, arropados por universidades de cartón. Estos académicos que ahora miran, sin horror, cómo es que seguimos viviendo —igual que hace 200 años— entre la corrupción y la venalidad.

Y más allá pulula también un sector de artistas contemporáneos, una panda de desastrados que oscila entre la evasión, el tour de la miseria o el culto al pasado. Que bajan la cerviz ante el poder, que hacen el recorrido de la miseria y prosan la desgracia. Y creen que así el país va a cambiar en algo. Con analfabetos e ignorantes que no entienden el lenguaje del arte. Con lumpenescos que se creen transgresores. Con soñolientos que intentan escapar de la realidad.

Y más acá, en este magma mugriento, se mueve también otro sector de diversos profesionales: abogados sin escrúpulos, con buena pilcha y la lengua afilada, delincuenciales, aviesos y de arteras mañas, sociólogos de consultoría y lobby, antropólogos sin vocación. Y toda la podredumbre que emerge cada año, tratando de ser la intelligentsia de nuestro país.

El feminismo burdo y odiador, que propone la unidad pero promueve la sospecha y la culpa: donde cualquier hombre es delincuente hasta que no demuestre lo contrario. El feminismo que destruye las palabras con la estaca de la x. El feminismo de todos y todas. El machismo que avasalla, viola y cree que tiene derecho a controlar la vestimenta de las mujeres. El homosexualismo ignorante, que no conoce ni a Wilde ni a Harvey Milk. El veganismo censurador, sectario y recalcitrante. El correctismo político donde todo está mal, donde todos ofenden. Y donde todo tiene que ser sacrosanto. El correctismo que quiere extirpar los deseos oscuros, las pulsiones de la humanidad. Y los políticamente incorrectos que se las dan de irreverentes —gracias al puritanismo de los políticamente correctos— y  lo único que hacen es defender valores caducos.

Las mujeres que empinan el culo para una foto de Instagram y creen que eso es empoderarse, los hombres analfabetos que se hacen peinados de Woody Woodpecker, El pájaro loco. Los tatuajes que se esparcen por los cuerpos, como si fueran la puerta graffiteada de un baño público. Los ignorantes adictos al balón, que se la dan de conocedores de fútbol y que siguen borregamente a Guerrero, pero  no saben que la selección peruana fue la única que le hizo un desplante a la Alemania nazi, el siglo pasado.

Los subnormales que creen que el sexo, en estos tiempos, es signo de empoderamiento, liberación o transgresión, como si no viviéramos en un sistema que impele a ello y le hace creer a los cojudos que ser así es ser cool. Como si el sexo no fuera el gran caramelo que nos venden y no vale nada. Un caramelo tan desgastado que no tiene sabor. Que no jode a nadie.  Pero que se vende como si fuera la última apacheta del desierto. Y los cojudos compran, como si fuera novedad.

Los politólogos estúpidos, que detectan teorías políticas en Game of Thrones, pero no conocen a Norberto Bobbio ni a Schmmit. Los intelectuales de Twitter, que creen que debatir es tener a cojudos comentando una idea cojuda.

El humorismo estúpido que se enrola a las filas del correctismo buenista. El humor de tik tok, de los que hablan estupideces, de lo que arman farsas idiotas. Ese humor que no conoce a Lenny Bruce, pero vibra con Asu Mare.

Así está la cultura en el país, mientras el ciudadano de a pie, el viandante, el peatón, tiene que manguear día a día para comer.

La cultura que promueve el alcoholismo y el exceso. Que le da voz y voto al parásito, al hijito de papá, al mantenido, al ocioso, al vago. La cultura que no promueve el deporte. La cultura que odia al intelectual y al académico. La cultura que promueve moda y música extranjera. La cultura que enaltece al procaz, al palabrero, al charlatán. La cultura que no tiene sentido ni dirección. La cultura que premia al antisocial, al enajenado, al que no le importa un carajo su sociedad. La cultura que genera desidia, apatía, alpinchismo e indiferencia. La cultura donde cualquier mequetrefe improvisado da lecciones, de cultura, a la galera.

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