Política

Cronología de un fallido golpe de Estado: Las últimas horas de Pedro Castillo

Ex presidente confiaba en que el general Walter Córdova, entonces comandante general del Ejército, iba a apoyar sus desvaríos. Su destino era la embajada de México.

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Su destino estaba echado ya la noche previa, cuando se le vio ofreciendo un mensaje a la Nación completamente solo, sin sus habituales ministros. Un mensaje improvisado, como si el entonces mandatario Pedro Castillo lo hubiese hecho por mera obstinación, sin escuchar el consejo de su personal más cercano como Alejandro Salas o el propio ex premier Aníbal Torres, quienes le sugerían que recapacite, que vuelva a sus cabales y no cometa una torpeza irreversible. El presidente, fuera de sí y nervioso, hizo oídos sordos a todos ellos; en su mente había solo una escapatoria.

Al día siguiente, miércoles, desde muy temprano, Pedro Castillo, aún con la investidura presidencial, sostuvo una reunión con el comandante general del Ejército, general de división Walter Córdova Alemán, comunicándole lo que venía cavilando desde la noche previa, increpándole que este le debía absoluta lealtad por haberlo colocando en ese puesto. Con la mirada firme hacia el presidente, el general Córdova, sin titubear, le contestó que no estaba dispuesto a acatar semejante orden de instaurar un estado excepción y disolver el Congreso. Acto seguido el general dio media vuelta y se marchó de Palacio de Gobierno. La reunión duró solo 10 minutos.

Posteriormente, a través de las redes sociales, empezó a circular la carta de dimisión del comandante general, significando poco para Castillo quien ya su mente había sido invadida por voces que le martillaban los oídos con mensajes subliminales: “Hazlo”, “Huye”, “Ya todos se han enterado” … “Escapa”.

Ya casi llegando al mediodía su ex brazo derecho, Salatiel Marrufo, contaba a la Fiscalía con lujo de detalles cómo le entregaba mes a mes fuertes sumas de dinero a Pedro Castillo, dinero sucio proveniente de sobornos hacia la empresaria Sada Goray.

Casi todos los medios de prensa estaban enfocados en lo que venía diciendo Marrufo cuando de pronto las transmisiones se interrumpieron por un nuevo mensaje a la Nación. Era Castillo, nuevamente solo, acompañado de una pequeña bandera peruana, hablando en una sala vacía, mirando a la cámara y con las manos temblorosas. Esta vez se puso su mejor terno, su banda presidencial correctamente colocada le cruzaba el torso convexo, su camisa más almidonada de todas, pero toda esa pantomima era delatada por unas manos que sostenían, adoloridas, unas cuantas hojas garabateadas. 

Leyendo unas cuantas hojas escritas en el momento, Pedro Castillo anunciaba medidas completamente descabelladas. Foto: captura TV Perú.

Ese lacónico mensaje bien pudo darlo un personaje sacado de una película ficción, el típico villano que toma por asalto las instalaciones de una televisora para decir en señal abierta todas las atrocidades que estaba próximo a realizar. Disolver, toque de queda, estado de excepción, apoyo de los ronderos, nueva Constitución; sus palabras eran burbujas que poco duraban en el aire.

Era un autogolpe al mismo estilo del ex dictador Alberto Fujimori quien se atreviera a realizarlo 30 años atrás pero ahí sí con el apoyo de las Fuerzas Armadas. En contraste, Castillo era un ente deambulando por Palacio de Gobierno, agobiado por sus fobias que no le permitían ver y pensar con claridad.

Solo y abandonado, enterado de todo lo que venía confesando Salatiel Marrufo en vivo y en directo para el estupor, o solamente confirmación de millones de peruanos, de toda la corruptela que había tomado el Gobierno en estos últimos 17 meses, el ya rebelde Pedro Castillo escuchaba en lapsos de 2 a 5 minutos la renuncia de sus ministros de Estado, primero Salas, luego Chero, Landa, y todos los demás se apartaban del hombre que juraba estar con el pueblo, pero a último minuto quería someter como un dictadorzuelo a este.

Pasado el meridiano, a la 1:49 p.m. el Congreso de la República votó a favor de la vacancia presidencial. 101 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones convertían nuevamente a Pedro Castillo en un mortal más, sin los poderes de un presidente. Ya en esa condición su detención era inminente.

Ya previamente Inteligencia tenía conocimiento que Castillo tenía planeado buscar asilo en la Embajada de México, y que su recorrido iba a pasar por la avenida Garcilaso de la Vega (ex avenida Wilson). Dentro de dos vehículos oficiales viajaba la ex familia presidencial quienes corrían contra el tiempo, pues la orden de detención ya había sido dada y era cuestión de minutos que su seguridad personal vea ahora como objetivo no a seres foráneos sino al mismísimo Castillo Terrones.

Ya cerca a la Clínica Internacional, por cosas del destino, el tráfico limeño sirvió de barrera para impedir que Castillo cumpla su cometido. Agentes SUAT, con fusiles en mano, rodearon los vehículos oficiales ante la mirada atónita de todos los peatones, quienes se confundían entre gritos y vivas. Adentro de su carro, Castillo agachaba la cabeza, derrotado. Abrazó fuertemente a su pequeña hija Alondra y le dio un beso lánguido a su esposa Lilia, repitiéndole las palabras “todo va a estar bien”.

Como un niño que acaba de cometer una travesura, Aníbal Torres, muy a su pesar, no tiene otra que seguir hasta las últimas a Pedro Castillo. Foto: PNP.

Ahora Pedro Castillo dormirá en una carceleta, como un delincuente más, con las muñecas enmarrocadas, escoltado por el único de sus ex ministros, Aníbal Torres, quien ahora toma el rol de su abogado. Acusado de rebelión en delito flagrante, al profesor chotano le esperan hasta 20 años de prisión. Solo, destruido, y sin el apoyo político de absolutamente nadie, su historia presidencial, escrita a lápiz, se irá borrando sin menor esfuerzo que el olvido mismo del tiempo.

(*) Este texto cuenta con algunas partes de ficción. Lo demás ha sido tal como sucedieron los hechos.

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