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Crash, de David Cronenberg (1996)

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Ver Crash; veinte años después. La película ‘enferma’ sobre cuerpos y psiques dañados, luce más saludable que nunca. Cada segundo para bien y para mal somos más y más y más tecnológicos.

Nuestro matrimonio con las máquinas, nuestra inminente fusión con ellas, sigue su marcha. Siento una satisfacción, profunda, en no sentirme casi perturbado. O en vez de sentirme perturbado me siento intrigado por la cuestión de si como ‘humanidad’ llegaremos tan o más lejos aún de lo que señala la película.

De manera abstracta y no tan abstracta ya vivimos en ese mundo: el de la colisión de nuestra psique con la tecnología. Como en Crash, ahora mismo, veo personajes por las calles que están y que no están, que están desconectados. Que acaso necesitan de choques literales y simbólicos para reconectarse.

Por cierto: me parece nada excéntrica, y muy natural, la idea de Cronenberg sobre cómo los choques de autos le recuerdan coitos. Me parece que no solo el tiempo no ha pasado sino que la película está más en el presente que antes.

Estamos más cerca de ella y ella está más cerca de nosotros. Es cierto que los personajes tienen algo de zombis sexuales y obsesionados eróticamente con la energía sexual que brota al contacto veloz y violento con los autos. Es cierto que nuestra tecnología, que somos nosotros, lo que está dentro de nosotros, se desborda y puede destruirnos. La carne y el metal, la carne y el chip, se desean mutuamente.   

Tercera película del Ciclo de setiembre del CineClub de la UCH: Mutaciones del papel a la pantalla.

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