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BALDOMERO PESTANA, EL HOMBRE QUE NOS OBSERVABA

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Baldomero Pestana – Retratos peruanos. (Hasta el 27 de Setiembre en el Museo de arte contemporáneo).

Baldomero Pestana es un virtuoso, un hombre de vida y de mundo. Había visto su trabajo muchas veces sin saber su nombre: fotografías en blanco y negro que parecen estar vivas a pesar de los años transcurridos. Hoy me di tiempo para visitar el Museo de Arte Contemporáneo y tuve la suerte, más allá de la generosa -pero injusta- entrada gratuita, de apreciar su trabajo libre de la frialdad de la pantalla de la computadora o de la rugosidad del papel periódico, una colección de retratos de una época bullente de arte e intelectualidad. Fue el mismo Baldomero en persona quien escogió una a una, las fotos que tomara en aquellos lejanos años sesenta, para poder presentarlas en esta exposición que el MAC le hace en homenaje. Uno no puede más que estar complacido de recibir ese juego abierto de talento concentrado en un clic.

Leí que en una ocasión, mientras caminaba por Lima, Baldomero encontró a Borges caminando abstraído por la calle y le tomó tres fotografías. Fueron las tres únicas, pues cuando Borges quedó ciego, Baldomero, a pesar de contar con la chance, no quiso volver a fotografiarlo por considerarlo una falta de respeto. Borges, para Baldo, tenía ya una mirada sin vida, y no había forma de retratarlo sin poder llegar a su alma,pues es en la mirada donde yace ese fuego interior que define en una sola imagen, lo que somos. Baldomero Pestana ha sabido capturar ese ardor que brotaba de la mirada de sus modelos. En cada una de las fotografías se siente la fuerza que los impulsaba, el carácter que los definía, la soledad que los acongojaba.

De entrada nada más, puedo apreciar a un estudioso Luis E. Valcárcel, el autor de la genial “Tempestad en los andes”. A su lado, Jorge Basadre está sentado, con manos laboriosas y un rostro adusto, cuya mirada trasciende el lente de la cámara y parece escarbar en el tiempo. Más allá, de pie y con los brazos cruzados –yo diré que en una clara alegoría a Kotosh-, el huanuqueño Esteban Pavletich me mira con rostro imponente, tiene el ceño sombrío y un bigote mustio. Está también Raúl Porras Barrenechea, acompañado por Juan Mejía Baca y Martín Adán, en una fotografía que Baldomero le tomó tres días antes de su muerte, con tal maestría, que la enfermedad pareciera haber hecho un alto para no ocultar el destello de sagacidad e inteligencia en su mirada.

José María Arguedas descansa sentado, apoyado en la pared.Tiene las manos en los bolsillos, la mirada resignada. A su lado hay una ventana y una flor solitaria, entre viva y marchita, que es el vivo reflejo del alma del amauta. Cualquier visionario anticiparía la tragedia, estoy seguro, aunque para nosotros ya solo se trate de historia. En otra foto, Martín Adán posa impecable, con sus lentes gruesos y su sombrero, en medio de un terral con una iglesia vieja en el fondo: un ermitaño de la ciudad.

Haya de La Torre deja unas flores en la tumba de Vallejo, y el contraste actual en esa foto me impacta, dos hombres que le dejaron al país un legado tan antagónico como sus propios espíritus. Ciro Alegría lee el periódico en un sillón y sostiene un cigarrillo que humea como las chimeneas de la comunidad de Rumi. Tiene la cabeza amplia, la mirada escrupulosa, los ojos devorando el mundo que se presenta en el diario que lleva en manos. Luego me topo con el collage de artistas, desde un lúdico Macedonio de la Torre hasta un severo Fernando de Szyszlo, pasando por un enigmático Rafael Hastings y el meditabundo Leslie Lee. En una pared solitaria está la hermosa Yvonne von Möllendorff, con la magia de la danza reposando en sus piernas cruzadas y una sonrisa amplia bajo una mirada intensa, ágil. Tiene como vecinos a los entonces jóvenes Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa, con toda la frescura y energía que años después les permitiría erigirse como maestros en las letras. Baldomero se dio el tiempo para estar con cada uno de ellos, de escucharlos, de leerlos, de esperar pacientemente el momento para apretar el disparador y capturar sus voces en el silencio perpetuo del blanco y negro.

No me marcho sin antes ver un pequeño documental de la muestra. Baldomero descansa al pie de la chimenea, revisando los slides y los negativos de su trabajo, confesando que fue cosa del azar que haya decidido quedarse en Lima y no marcharse a México como tenía planeado, y que fue una bendición haberse quedado.Tuvo una década entera para retratarlo todo. Habla de cada una de sus fotos con una claridad didáctica. Cada acercamiento de la cámara me invita a fijarme en su mirada. Sus ojos arden cuando contemplan su trabajo, como si fuera la vez primera de cada una de sus fotografías, y su sonrisa, al terminar cada frase, está llena de satisfacción, esasatisfacción que solo viven aquellos que escogen la libertad y obran con lealtad a la pasión que los desborda, sin pensar jamás en la recompensa, pues es el resultado de su obra la recompensa en sí misma. Don Baldo es un solitario más retratando hombres solitarios, en una época donde el arte era un camino cuesta arriba, un acto de valor o una locura.

El fuego cruje en la chimenea. Baldomero desea, con su voz gentil de acentos mezclados, que no lo olviden, que lo encuentren siempre en cada una de sus fotografías. Y luego sonríe, una vez más, pues a pesar de los 97 años transcurridos sin esperar nada, siente que al fin es parte de ese mundo que por mucho tiempo reposó ante su cámara. El documental llega a su fin, y tanto yo como mi novia, que me acompaña, terminamos conmovidos.

Yo no tengo corazón para decirle que hace un mes que Baldomero ha muerto, y que esa sonrisa proyectada en la pared en blanco es lo último que veremos de él. Ella desea conocerlo, y yo le prometo viajar pronto, ver alguna manera de visitarlo. No quiero arruinar su ilusión, sinomarcharnos del museo con la misma sonrisa con la que Baldomero se despide de nosotros, esa sonrisa que hace de la vida una victoria eterna, digna de ser fotografiada.

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