Cultura

Antonio Gálvez Ronceros, un breve recuerdo

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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Fue el profesor y poeta, Manuel de Priego Chacón, quien, en una clase de periodismo, en la Bausate y Meza, nos dijo que iba a traer a clase a su gran amigo de infancia y juventud, don Antonio Gálvez Ronceros; pero antes de eso nos hizo leer a la fuerza y por exigencia del escritor, su Monólogo desde las tinieblas, Los Ermitaños, Perro con poeta en la taberna y otros libros más. Yo todavía estaba en base uno y no sabía de lo importante de la literatura regionalista ni menos de la literatura afrodescendiente.

Lo cierto es que, por esa época —todavía eran los ochenta— como paraba con mi mochila azul me encontré con los nietos rubios y locos de los Wiesse que andaban con una camioneta 4×4 color roja y me dieron una tremenda jalada arriba en la tolva, a mí y a mi novia de entonces, hasta Chincha, hasta el Carmen y pasé varios días en la casa de don Amador Ballumbrosio, un moreno grandazo recontra buena gente, tomando tutuma y otros tragos con colores fosforescente y, tocando cajón, guitarra y lo que sea. Y en una de esas madrugadas me acordé que por ahí vivía o había nacido el escritor del que tanto nos había hablado Manuelito de Priego y que nunca logró llevar a clase y no sé porque sentí tanta tristeza. La misma tristeza que ahora tengo al saber que acaba de partir este gran creador, hermano mayor de las letras y sin duda, uno de los grandes puntales de lo que fue el grupo Narración. Y porque, además, yo si lo leí y a conciencia.

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UNAS CALLES MEDIO RARAS

Antonio Gálvez Ronceros

En la ciudad de Chincha Alta hay una calle que empieza en la Plaza de Armas y acaba en el extremo sur. Oficialmente y por muchos años se la llamó Derecha, a pesar de que todas las demás calles siempre han sido tan rectas, tan derechas como ella. El nombre se prestaba para ciertas bromas. Alguien que relatara algún suceso acaecido antaño en esa calle y quisiera bromear, era probable que dijera: «Ocurrió cuando esa calle todavía era torcida» o «antes que la enderezaran». El nombre producía también estupor y confusión. Que algún chinchano la mencionara en una conversación fuera de la provincia, conducía al interlocutor a una inevitable deducción que lo asombraba: «Las otras calles deben de ser ahí torcidas. Qué raro». Y si algún viajero que hubiera oído hablar de ella recorría la ciudad y se daba con que también las restantes eran ajenas al trazo torcido, era posible que pensara o que los del municipio estaban zafados o que, sabiendo que derecho tiene en el habla familiar peruana la connotación de ‘honesto’, el nombre debía de venirle a la calle como reconocimiento municipal a la honestidad de quienes domiciliaban en ella y creyera entonces que los de las otras calles eran unos tipos de cuidado.

Bordeando el extremo norte de la ciudad una calle pone en comunicación las campiñas este y oeste. Durante muchos años ostentó en sus esquinas la placa municipal que exhibía su nombre: Ñoquito. Era una calle infestada de huecos, la mayoría menudos, que hacía del tránsito de vehículos y peatones una travesía mortificante. A lo largo de ella corría una delgada acequia que en verano llevaba agua desde un lejano acequión —la acequia de Ñoco— hasta las huertas que había en algunas casas de esta calle. Como ñoco es en el castellano del Perú sinónimo de huequito, nadie pudo saber nunca si el nombre que el municipio le acordó a la calle provenía de la inusitada cantidad de huequitos o de estimar a la delgada acequia un hijito de la acequia de Noco.

En Chincha Alta la mayoría de los taxistas tenían esto como una divisa: «Hay dos calles a las que nunca llevaré a nadie: la calle San Carlos y la calle Donayre». Si el forastero quería saber por qué, ellos le explicaban: «Porque en esas calles hay un millón de huecos».

Se decía que cuando la ciudad de Chincha Alta dormía las horas mayores de soledad y silencio ciertas calles se tornaban pesadas, modo de indicar que en ellas aparecían espíritus malignos bajo espeluznantes formas humanas o de animales a fin de que el solitario trasnochador que se encontrara con alguna, muriera de terror con solo verla. Cuando se agregaba que lo que aparecía en cada una de esas calles jamás se repetía en las otras, se tenía la sospecha de que en ese salirle al paso al transeúnte tardío, la pesada calle actuaba con sentido de especialidad. Se afirmaba, por ejemplo, que en el extremo oeste de la calle Pilpa, cerca del gran mercado de abasto, se veía a una mujer con cara de caballo; en la calle Tambo de Mora, a un hombre rubio y desnudo, dando alaridos y al que le faltaba media cara; allí donde la calle Grau acaba y empieza la campiña, a un viejo jorobado haciendo sin cesar guiños y muecas; en la calle Ferrocarril, a una mujer con cara de chivo, riendo incansablemente mientras iba rodando un tonel de vino; en Maúrtua, a un pavo parado en el lomo de un cerdo; en Los Ángeles, un cortejo fúnebre; en Jorge Chávez, a un enano ensombrerado; en San Carlos, a una mula de seis patas; en Ñoquito, a una mujer diminuta montada en una burra de belfo inferior tan crecido que lo llevaba arrastrando por el suelo… Se añadía que había quienes habían logrado sobrevivir al horrible encuentro, gracias a que se habían desmayado. Pero en cuanto se daban sus nombres, la gente advertía que siempre se trataba de quienes gozaban del reconocimiento unánime de ser las más grandes cubas con que contaba la ciudad, individuos que diariamente, luego de los incalculables tragos que desde tempranas horas del día y en diferentes chinganas se habían trasegado al buche, emprendían el retorno a sus hogares ya muy avanzada la noche. Y claro —pensaba la gente—, era explicable que en algún momento del regreso de la espirituosa jomada, tomaran por espíritus del otro mundo los que durante el día les habían entrado por el gargüero.

Aun así, en no pocos ciudadanos quedaba por lo menos la duda, sobre todo en torno a lo que se murmuraba de una calle aledaña al gran mercado de abasto: que entre tres y cuatro de la madrugada de los jueves, la extinta viuda del señor Lamas —médium avezada y temible que en tormentosas sesiones de espiritismo congregaba en su domicilio a señores pudientes de la provincia— paseaba montada sobre un gran cerdo color de zanahoria, animal en quien se había reencarnado —se aseguraba— el espíritu del comerciante italiano Rómulo Lanza, hombre que padeció de inmensa gordura y fue el más fiel seguidor que tuvo la médium en sus tratos con el más allá. Una inesperada variante, difundida con tanta o más fuerza que la versión original, fue sentida como patada de mula en ciertos sectores de la ciudad: sostenía que el jinete era Rómulo Lanza y el cerdo la viuda del señor Lamas. Gente de dichos sectores, indignada, calificó de insidiosa la variante; se quejaban de que dejaba mal parada a la médium y como malagradecidos a los espíritus del otro mundo. Pero a esa variante le salió al paso otra, que provocó el desconcierto: la viuda del señor Lamas, sin modificación alguna de su apariencia humana, soportaba con agobio las treintaitantas arrobas que se le calculaba al italiano en su versión porcina. Los adictos a esta variante se preguntaban si tomaría otro rumbo el incómodo papel que le había tocado a la viuda según la susodicha variante. Tan enigmática materia no impidió, sin embargo, dividirlos entre quienes opinaban que la viuda habría de llevar por toda la eternidad los rigores del monstruoso peso del puerco Rómulo Lanza y los que creían que se libraría del cerdo. Estos entraban en detalle: ello ocurrirá solo después de trescientos siglos; una madrugada ya prevista por los espíritus que gobiernan el mundo de las tinieblas, un trasnochador empapado de alcohol se deslumbrará con la espléndida corpulencia del puerco y se lo llevará; lo hará fácilmente con solo ir retorciéndole la cola, pues se tratará de un diestro en arrear puercos ajenos; y sin esperar el amanecer, en la parte posterior de una casa de la campiña el hombre acabará con la reencarnación del italiano, mediante uno de esos cuchillos de filo irresistible que solo usan los matarifes.

En Aventuras con el candor (1989)

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