Literatura

Alfredo Bryce Echenique entre premios y plagios

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TANTAS VECES BRYCE

Escribe Luis Dapelo
 (Université de Cergy-Pontoise, París)

Fotografía Hugo Enrique Alejos 

No todos los premios son “inocentes” ni “transparentes” y quizás sólo una minoría son otorgados con un claro sentido de la ética y de la justicia. Hay premios que no se conceden a causa de opiniones políticas desacertadas, que no se otorgan por indiferencia o por conveniencia. Hay escritores que, pese a tener los “méritos” literarios y personales, además de un historial limpio de cualquier desaguisado y/o atropello, nunca obtienen un reconocimiento y hay quienes, quizás sobredimensionados, parecen existir en función de los galardones como si fueran trofeos de caza.

El Premio FIL de Guadalajara (México), antaño denominado Juan Rulfo, ha tenido un itinerario prestigioso de reconocimientos.  Autores como Julio Ramón Ribeyro, Juan Goytisolo, Juan José Arreola, Sergio Pitol, Rubem Fonseca, entre otros, recibieron la importante distinción. La edición de este año designó como ganador a Alfredo Bryce Echenique por el conjunto de su obra. Hasta aquí nada que decir, si no hubiera deméritos suficientes que invalidan un premio y que se pretenden imponer como si nada hubiera ocurrido. ¿Cuáles? El amplio prontuario de plagios que Bryce Echenique perpetró hace algunos años, sin importarle las consecuencias ni la opinión de los lectores. Creo que un jurado que finge no verla evidencia ni admitirla gravedad de los plagios, relativizándolos y minimizándolos no tiene respeto por el público, envilece a las instituciones culturales que lo acogen y se burla de la voz de protesta de un grupo de intelectuales que manifiestan su oposición.

La historia de la literatura está cargada de episodios presuntos y verdaderos de plagio. En muchos casos, ha servido para echar por tierra reputaciones o para expulsar del establishment literario al culpable. Desde siempre, el plagio ha sido un demérito y ha tenido una fuerte connotación negativa porque es un ilícito penal. Está sistematizado en todos los códigos del mundo. No es, pues, un “pecadillo menor” ni una “distracción” como desearían afirmar algunos que se han prestado a tener la poco honrosa función de guardaespaldas de Bryce, demostrando no poseer una concepción de los límites ni pudor alguno. Han hecho fluir ríos de tinta llenos de patéticos contorsionismos retóricos. Han minimizado y vaciado de sentido el concepto de Autoría con poses presuntamente postmodernas, tan endebles y trilladas como ese lugar común que dice que la verdad es relativa y no hay una sola sino varias. Se han dirigido a Borges, a Octavio Paz y a otros para tratar de darle ropaje de dignidad a lo que, en cualquier parte y para cualquier persona con un mínimo de honradez, es una indecencia: el plagio. Tampoco el mismo Bryce Echenique ha demostrado ser muy “fantasioso” ni “perspicaz” en su propia defensa, inventándose toda una serie de excusas una menos creíble que otra. Lo que decepciona e indigna es constatar que se ha hecho una ecuación endeble entre “fama” y “méritos”, una suerte de escudo blindado para imponer una decisión que, más bien, parece dictada por una “ética prófuga”.

Atribuirle a la fama la capacidad de “lavar” u “ocultar” la gravedad de un hecho de tal naturaleza nos da la real medida del rasero del jurado y de cómo ha impuesto, de manera autoritaria y arrogante, una decisión que va más allá de lo tolerable y de lo digno. Por otro lado, Bryce Echenique ha demostrado con creces que le importa un comino el público de lectores y su reputación. Ni siquiera ha tenido el buen gusto de pedir disculpas a los plagiados, como hubiera correspondido si es que realmente los respetara. Tal vez está convencido que la fama junto con la complicidad o connivencia de sus similares pueda omitir y/u olvidar la gravedad de los hechos que no hacen otra cosa que acumular deméritos y demostrar la ausencia de credibilidad. Otros plagios se siguen sumando y apareciendo en la prensa. Y también el coro de defensores de lo indefendible hace frente común en cualquier ámbito para afirmar con el desparpajo que sólo pertenece a los estultos que la denuncia de los plagios significa” moralismo”, “envidia” y otras amenidades por el estilo. Como si esto no fuera suficiente, algunos también la pretenden “sustentar” desde las cavernas del chauvinismo, que muestra hasta qué punto cualquier medio es lícito para justificar lo ilícito. Es la táctica del “vale todo”, tan de moda en estos tiempos de cómoda desmemoria instrumental y oportunismo disfrazado que, al parecer, rinden bien a quienes lo practican; es la aceptación conformista del “pensamiento” de un establishment literario cada vez más cuestionable y cada vez más carente de credibilidad en sus declaraciones, sus afinidades y sus elecciones.

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