Escribe: Rodolfo Ybarra
Conocí a Patricia de Souza a
inicios de los noventa, cuando, con otros escritores, admirábamos, a
escondidas, su inteligencia y su belleza. Nunca fui su amigo. Solo nos
saludábamos con los ojos o asintiendo la cabeza, y, a las justas, unas cuantas
veces nos dimos la mano. Y otras tantas me tocó estar a su lado y poner el codo
al costado suyo. Éramos muy “subtes” o muy “posmodernos”, pues. Y ahora que ya
no está siento una tristeza enorme porque me acuerdo cuando era una casi
adolescente y ella andaba con sus libros de filosofía e iba a los eventos
literarios con una amiga, en los tiempos de Bausate y la Escuela de Periodismo,
y juntas escapaban de esa recua de escritores y sachaartistas que deliraban con
“profanar la belleza”.
Después vinieron sus libros,
novelas y ensayos, que compré
secretamente, así como encargué de que mis libros llegaran a sus manos. Sus
títulos se quedarán con nosotros: “La mentira de un fauno” (1999), “El último
cuerpo de Úrsula”, “Stabat Mater” (2001), “Electra en la ciudad” (2006),
“Aquella imagen que transpira” (2006), “Ellos dos” (2007), “Erótika, escenas de
la vida sexual” (2008), “Tristán” (2010), “Vergüenza” (2014) y “Mujeres que
trepan a los árboles” (2017). Sus ensayos “Eva no tiene paraíso” (2011) y
“Descolonizar el lenguaje” (2015), y su trabajo como traductora de francés de
diversos autores como Jean Echenoz y Michel Leiris.
Y su inevitable alejamiento de
tierras peruanas para asentarse en Francia desde donde irradiaba inteligencia,
muchas veces polémica y a contracorriente.
Descansa en Paz, querida Patricia.
Mil flores y mil poemas para ti.
Seguro nos debemos una gran y
larga conversa sobre Venezuela, sobre la ecología, sobre el feminismo de clase
y sobre los pajaritos muertos por pesticidas en Francia.
Buen viaje, colega, camarada,
mujer de valores.
Tienes todos mis respetos y mi
absoluta admiración.
Siempre,
ry.
——
Tener que escribir no es algo sencillo, no. Escribir es asumir la
responsabilidad de hacerlo, es como si una escritura (marcas), que está
inscrita en alguna parte oscura de nuestra memoria, desease hacerse visible,
empujando por salir convertida en un objeto, un libro. A veces son heridas.
Estamos en un tiempo en que muchas cosas han cambiado para el común de las
personas, la noción de espacio y tiempo, es una de ellas. El espacio geográfico
es ahora mucho más subjetivo y tirano. Las redes sociales los han ampliado ad
infinitum, el mundo parece vasto y pequeño. Creo que no estamos tomando en
cuenta este aspecto, la disposición del texto (y de su duración al ser leído,
el tiempo que se le pueda dedicar), es también una nueva medida de tiempo con
la que cada persona acepta recorrerse aunque esté limitada en sus
desplazamientos, impelida al diálogo corto, ausente, obligada a afirmarse en
sus percepciones, no sé si más autónoma, pero sí más centrada sobre sí misma.
El poder adquisitivo se hace concreto en la capacidad de rodearse de todos
estos dispositivos que crean redes virtuales extendiendo nuestra presencia
invisible y donde el cuerpo se encuentra completamente ausente. Es la
propaganda neoliberal, terminamos por tener un lenguaje de slogan, pensamos en
bloque, sin entrar en el análisis. Estamos ausentes.
—Patricia de Souza