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A quemarropa

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Siempre que pasaba por mi casa saludaba a mi padre, se conocían como vecinos del barrio, hombres que le dieron un sentido a San Hilarión y que ahí, junto a sus familias, construyeron un pedacito más de San Juan de Lurigancho. Confieso que en mi niñez no sabía de quién se trataba pero algo había escuchado del señor empresario, con los años supe que se llamaba Américo Oropeza y que era uno de los dirigentes apristas que postuló a la alcaldía del distrito. Tal vez por eso mi padre siempre lo saludaba le lejos, manteniendo su distancia.

El rostro de Oropeza colgó buen tiempo en algunos postes y fachadas de las casas. A pesar de ser un empresario exitoso su campaña política era austera y con un terrible manejo de marketing. Después de la década del noventa no ha sido fácil para los candidatos apristas cargar esa estrella, pero él lo hacía con cierto decoro; algunos fines de semana lo veían conversando con los vecinos, a quienes saludaba y compartía sus planes para el distrito. Sus últimos meses con vida noté algo en sus ojos que lo inquietaba mucho: había miedo. Tras su asesinato entendí todo, por ejemplo porqué ya no caminaba solo si no con dos o tres personas más cuando regresaba por las noches a su casa.

Lo primero que recuerdo del día de su asesinato son los disparos y el grito de una mujer que se mezclaba con los ladridos de los perros. Desde el tercer piso de mi casa grité “¡Nadie se asome a la ventana, no saquen la cabeza!”.

Recuerdo que estaba sentado frente a la computadora subiendo información, con mi pequeña filmadora a la mano; a los pocos segundos una mujer gritó “¡Lo han matado!, ¡lo han matado al vecino!”. Asomé la cabeza y me di cuenta que a treinta metros de mi casa, en toda la esquina del jirón Los Linos y las Oxalidas, la gente estaba como petrificada. Bajé a los saltos con la cámara, el instinto de filmarlo todo hizo que la prendiera mientras descendía las gradas como quien desciende a un pequeño infierno al que no ha sido invitado pero que le ha tocado sentir.

Lo que vi al llegar era gente paralizada con un cuerpo en el suelo que se iba desangrando. El charco carmesí, que se hacía cada vez más grande, se acercaba peligrosamente a mis zapatillas. Papicha, un vecino del barrio, lo sostenía sin saber qué hacer. Oropeza todavía estaba vivo. “Hay que llevarlo a la clínica”, les dije, fui corriendo a decirle al chino que prendiera su auto, lo levanté desesperado, dejó su salchipapa en el carrito sanguchero y sin dudarlo se cuadró al costado de Oropeza, al regresar vi que nadie quería acercase, apagué la cámara y lo tomé de las piernas, lo cargamos al auto, entré primero retrocediendo, Oropeza se quejaba, murmuraba cosas pero no se le entendía nada, la sangre lo ahogaba y manchaba toda su ropa. Papicha lo sostenía de la cabeza intentando calmarlo. El chino arrancó el auto y salió entre el tumulto a la avenida Los Postes, la luz del salón del auto estaba encendida y la apagué, sentí que nos seguían y tal vez nos podrían disparar, pero era sólo el miedo que brotaba entre la sangre y la desesperación.

Llegamos a la clínica por emergencia, bajamos rápido a pedir una camilla “¡Le han disparado, le han disparado!” les gritaba a los enfermeros. En unos segundos lo pusieron en la camilla y por un momento creí que se salvaría. Me quedé unos minutos en la clínica esperando buenas noticias pero luego de media hora me fui. Al regresar a casa le escribí a un colega que trabajaba en Caretas. Le comenté rápidamente lo que había pasado pero no mostró mayor interés por los detalles. Al final de la noche solo escribí en mi Facebook lo ocurrido e intenté dormir. Por la mañana las noticias confirmaron que los tres balazos a quemarropa habían acabado con la vida de Oropeza.

Américo Oropeza había muerto, y con él muchos secretos. Su velorio fue masivo. No me acerqué, solo veía a la distancia a la gente que lo lloraba. Lo que me sorprendió mucho y hasta ahora recuerdo, es haber visto a Alan García en el velorio. Por esos días García era Presidente del Perú. La imagen de Alan de pie frente al difunto me quedó grabada como una postal de la tragedia y con muchas preguntas sin responder. Una de ellas fue ¿por qué no filmé esa noche? Con el tiempo entendí que en algunas situaciones dejamos de ser periodistas para actuar como seres humanos; esa noche sólo intenté ayudar.

Luego de eso la cobertura de prensa fue brutal. Canales de televisión, periódicos y medios digitales hacían coberturas entre teorías de despecho y venganza, y soltaban titulares dignos de la crónica roja nacional. A la semana se aparecieron dos policías de investigación en mi casa, preguntaban por mí. Una de mis hermanas me avisó, salí del segundo piso y los esperé en el descanso de la escalera. Uno de ellos me preguntó “¿Tú eres Edwin?”, “Sí”, le respondí. Mirándome con sus lentes oscuros y su pose de agente del FBI, me ordenó bajar con voz de mando. Inmediatamente le contesté “Si tú quieres conversar conmigo tienes que subir, el interesado aquí eres tú”, los policías se miraron y subieron sorprendidos por mi respuesta. Me hicieron algunas preguntas sobre esa noche, pero lo que más me sorprendió fue su excesivo interés por un dinero que supuestamente Américo Oropeza tenía en los bolsillos.

Luego de eso me llegó una citación para ir a la DININCRI de la avenida España. Fui solo una vez y me tomaron mi declaración. En esas frías oficinas donde a diario se escriben las historias más truculentas y rojas de la ciudad, el oficial sacó una máquina de escribir y comenzó a teclear mis palabras. Salí molesto, se demoró una vida escribiendo mi declaración. Con el tiempo el apellido Oropeza aparecería nuevamente en las noticias, esta vez por causa de su hijo, Gerald, detenido por narcotráfico. Nadie sabe la vida de nadie. Nadie tiene vecinos perfectos. Nadie sabe quién es quién a la hora de morir.

 

 

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